viernes, 29 de junio de 2018

EL EFECTO MARIPOSA O EL ABISMO EN LULU, DE MIRCEA CARTARESCU




Antes de hablar sobre Lulu es bueno recordar que Rumania posee una larga tradición literaria así no sea muy reconocida en Colombia. Por otra parte, algunos de sus grandes escritores son identificados como si fuesen franceses; me refiero a Cioran, o al historiador de las religiones Mircea Eliade, o al padre del teatro del absurdo, Ionesco; y así hayan escrito sus obras en Francia y escrito en francés, su cultura, al menos el sustrato de la misma, es la cultura rumana, de eso no hay la menor duda; y así hay que entenderlo para poder aproximarse a su obra, para poder entender la complejidad que engendra su universalidad.

Después de haber hecho esta breve introducción pasemos a otro gran autor, Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), varias veces nominado al Premio Nobel de Literatura; es de anotar que ninguno de sus colegas ha recibido este galardón, así que de ganarlo él sería el primer rumano que tendría ese honor. También es cierto que lo del honor es bastante dudoso, puesto que muchos de los premiados lo han sido simple y llanamente por sus posiciones políticas, y otros que lo merecían por la alta calidad estética de sus obras, pero considerados políticamente incorrectos, no lo recibieron nunca. Me refiero por supuesto a Borges, a Philip Roth o a Marguerite Yourcenar. Otra autora que considero que la Academia sueca está en deuda con ella es la rusa Ludmila Oulitzkaïa; así que a veces creo que es mejor ser ignorado por la Academia y saber que esos grandes autores pueden sentarse juntos a contemplar la eternidad, mientras que muchos otros solo son recordados por tener el Nobel, aunque su obra carezca de la calidad literaria necesaria para que sus nombres pasen a ser escritos en lajas de mármol. Así que si Mircea Cartarescu sigue siendo invisible en Estocolmo eso a lo mejor es un reconocimiento a su trabajo literario.

Ahora bien, pasemos a la obra que nos ocupa, Lulu (título original: Travesti), Editorial Impedimenta (2º edición marzo 2018, 156 páginas), una hermosa y cuidada edición que tuve el privilegio de comprar en el Parque del Retiro, donde se realiza cada año la Feria del Libro de Madrid.

Y para hablar de esta obra inquietante, sombría, cenagosa, debo antes recordar el Efecto Mariposa; un concepto de la Teoría del Caos que sostiene que un simple aleteo de una mariposa puede generar un huracán al otro lado del planeta. Y ese es precisamente el efecto que Lulu, la mariposa soñada y evocada por Víctor, el escritor que la rememora a todo lo largo del libro que nos ocupa, va a desencadenar en la vida de este hombre gris y atormentado para quien la vida nunca será igual después del breve y a la vez eterno aleteo de Lulu.

Víctor, un adolescente de diez y siete años, con baja autoestima, ya que considera que su rostro es feo y asimétrico, asiste a una excursión con su compañeros de aula para celebrar el fin de la secundaria; y la última noche, en una fiesta de disfraces, aparece Lulu, para no dejarlo nunca más, para poseerlo noche tras noche detrás de las tinieblas de su propia angustia. Los afeites, el perfume de Lulu, y sobre todo el aleteo de sus pestañas postizas, lo perseguirán durante los siguientes diez y siete años cuando finalmente se encierre en una vieja casona de los Cárpatos para exorcizar los dolores de la ausencia y traer a su olfato el olor de animal en celo de Lulu; el compañero de clase que con su parpadeo incesante y provocador lo lanzó al centro del ojo del huracán y del cual Víctor ya no supo -léase no quiso- abandonar nunca más.

Con esto puede intuirse que si bien el relato nos sumerge en una pesadilla, que el libro es onírico, surrealista, donde la realidad se mimetiza con el delirio, con los fantasmas y las voces que aturden los oídos de Víctor y del lector, que como un voyeur, sigue uno a uno sus pasos así sienta que cada uno de ellos lo amenaza a cada instante con lanzarlo al vacío; y que aunque es un relato ficcional también es un relato matemático. Como matemático es El Sur de Borges. No en vano Borges dice: “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”.

 Recuérdese al bibliotecario Juan Dahlmann que un día cualquiera busca un viejo ejemplar de Las Mil y una Noches y al llegar a su edificio sube rápidamente las escaleras sumidas en una semipenumbra que anuncia la noche, por lo que él no ve el postigo abierto en uno de sus tramos, ¿o eran las alas de un murciélago?[1]; el resto ya lo sabemos. Algunos días después despierta en un hospital[2], luego vendrá el viaje al sur y el encuentro con los cuchilleros de una estación de tren perdida en La Pampa y su salida a ese terreno infinito con un cuchillo que alguien le ha puesto en las manos, pero que él, bibliotecario de Buenos Aires, no sabe utilizar, y al frente, dándole la espalda al horizonte, un cuchillero avezado en su uso. Y por supuesto que este final puede ser real o puede ser una imagen dantesca, igual que la máscara de Lulu que aparece y desaparece en cada puerta, en cada recodo de la casa, al final de cada tramo de las escaleras, y eso durante diez y siete años, sin dar pie a un respiro, una máscara que podría ser como el puñal que le pusieron en la mano a Dahlmann.

¿Cómo salir indemne después del horror?
¿Cómo salir indemnes después de leer esta obra magna de Cartarescu?

Lo pregunto porque esta lectura es un descenso más allá de los círculos dantescos, puesto que cada uno de ellos forma parte de una espiral que  succiona al lector-voyeur hasta el siguiente círculo; sin tocar fondo jamás y sin poder ascender de nuevo.

Víctor crea infiernos que se suceden los unos a los otros y omite perversamente crear salidas, puertas de escape, ventanas donde mirar entornos menos sórdidos, más acogedores. Y es que Víctor es un exiliado en sí mismo. Entiende que aunque crease otros mundos más afables, su tortura -la tortura de Lulu- lo precedería siempre, hasta más allá de la eternidad.



Lulu es una obra alucinante y sin lugar a dudas es un homenaje a Aurelia, de Gérard de Nerval, y a La Metamorfosis, de Kafka; y aunque el autor no nombra en ningún momento Informe sobre ciegos, de Ernesto Sábato, estoy segura que Víctor sigue uno a uno los pasos de Fernando Vidal Olmos. Lulu es una obra laberíntica que invita a un viaje donde  Ariadna no ha sido convocada. Es un relato perturbador y el lector-voyeur se pasea por escenarios oníricos, grises, turbulentos, en los que camina por terrenos poblados de  arenas movedizas que amenazan con succionarlo; y cuando logra ver un poco más allá de lo que le permite el ojo de una cerradura, es para ponerlo al frente de sus propios demonios. Y es que Cartarescu lo que en realidad hace es crear un escenario de desafíos permanentes para desestabilizar a ese lector-voyeur que busca encontrar el meollo de la tragedia; así que le pone trampas, juega con él como el gato con el ratón, borra los límites de su propia imaginación y lo amenaza con lanzarlo al más profundo de los abismos; y lo que es aún más inquietante, sin que el lector-voyeur olvide que una vez que esa caída ha comenzado el regreso es imposible.

La grieta por la que atraviesa Víctor, grieta que arrastra a su vez al lector-voyeur que lo sigue y que respira su oxigeno envenenado, se cierra a medida que ellos avanzan por el laberinto de su propio desvarío. Y mientras avanzan, guiados por la pluma de Cartarescu, van recreando una galería de espejos donde se ven multiplicados hasta el infinito; así que ¿cómo reconocerse a sí mismos? ¿cómo identificar la imagen que no es repetida ni soñada sino la verdadera?; por lo que habría que preguntarse ¿existe una imagen verdadera? ¿acaso no son todas efímeras, imaginadas y tramposas? Tal vez por ello Víctor había llevado consigo el poema Soledad de Rilke para que fuera su compañía en esa excursión donde perdería el rumbo de su vida. Lo que nos lleva a pensar que el paraíso no existe, que la adolescencia es una puerta al infierno y que una vez cruzado su umbral ya no hay marcha atrás, solo espera el juego de espejos que van a arrebatarle la cordura, y a demostrarle, una y otra vez, que él solo es una pequeña e ínfima pieza de un gran puzzle donde la tragedia es el gran titiritero que controla cada movimiento y por lo tanto es el único personaje que conoce cada milímetro del espacio donde han sido lanzados; aunque a veces imaginen que han caído por su propia voluntad.

Antes de terminar habría que recordar que en la tragedia griega no existen ni el azar ni los hechos fortuitos, simple y llanamente el hombre obedece a designios previamente trazados; y en el caso específico de Víctor, y del lector-voyeur que lo sigue,  sus pasos han sido ya esculpidos por las tres Erinias, las Furias hijas de la noche; no en vano vigilan la entrada al inframundo; incluso a veces salen para perseguir a los que huyen de sí mismos.

Por último diría que Lulu es una obra de ficción enorme; pocas veces tengo el placer estético de sumergirme en una narración que me lleva al límite de mi propia imaginación y que amenaza con lanzarme al más profundo de los abismos. 

Lulu, de Mircea Cartarescu, es una lectura altamente recomendada.



[1] Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida”. El Sur, de Jorge Luis Borges.
[2] en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno”. Idem.

miércoles, 9 de mayo de 2018


Acabo de leer de un tirón, casi sin respirar, Amor en la nube (Editorial Universidad de Antioquia, 2018) la primera novela de Ana Cristina Vélez, a quien conocemos por sus libros sobre arte y ciencia, y sobre todo por su blog Catrecillo de elespectador.com.; y antes de continuar con esta reseña quiero decir lo gratamente sorprendida que me ha dejado su obra, algo que me sucede muy raras veces, sobre todo en los últimos años.

Conozco a la escritora Ana Cristina Vélez desde hace algunos años, y a pesar de no habernos visto nunca “tête à tête”, puedo afirmar que somos muy buenas amigas; mucho más que si nos hubiésemos conocido de toda la vida. Tenemos muchas afinidades en común y hemos ido cultivando nuestra amistad como un inmenso privilegio que la vida -no el cielo- nos ha otorgado. Me siento más cerca de ella que de otras personas con las que solo comparto lazos de “sangre”. Sin embargo, el afecto, la admiración y el respeto que siento por ella, no influyen para nada en mi criterio para apreciar o no su obra; algo que a veces algunos de mis detractores no entienden cuando escribo sobre autores que conozco personalmente o con los que comparto apellido más no lazos familiares; como es el caso de la gran poeta Lucía Estrada, y a quien desafortunadamente no conozco personalmente. En Colombia, el país camandulero y relativamente provincial, hacer elogios pasa necesariamente por los supuestos beneficios que van a obtenerse después; eso incluye cuando se critica o se apoya a un candidato político. Si se le apoya es porque ya nos han ofrecido algún cargo público; y si gana, y así vivamos en un país a diez mil Km de distancia, cogeremos el primer avión para ir a arrodillarnos ante el supuesto honor que representa tener un cargo público. Eso habla de la mezquindad del pensamiento burocrático y clientelista de los colombianos del común.

Habiendo hecho esta aclaración previa paso a hablar sobre Amor en la nube, la novela que me sorprendió por su gran sentido del humor y por la agudeza de su argumentación a todo lo largo de la narración donde la escritora Vélez, no Anita, ese diminutivo muy utilizado por los hombres cuando algunas de nosotras sobresale en algún ejercicio profesional que ellos consideran de su ámbito personal. No es sino mirar en lo político (entonces nos llaman Clarita, por Clara López, o Claudia, por Claudia López, cuando no es “la mujer brava que parece más bien un hombre”). En fin, esa constante descalificación que la sociedad patriarcal hace del trabajo profesional y disciplinado que hemos venido ejerciendo las mujeres en todos los ámbitos del conocimiento.  Incluso hay poetas que cuando escriben sobre alguna escritora que les ha impresionado, en vez de profundizar en la maestría del lenguaje o en su poética, o en el tema por ella desarrollado, o en la complejidad de la construcción narrativa, simple y llanamente dicen algo así: “ muy simpática”, muy buena persona”; y el peor de todos: “es bonita y simpática”; como si la belleza física o su simpatía fueran más importantes que la inteligencia y que el trabajo intelectual desarrollados y adquiridos en largos y constantes años de estudio y de mucha lectura.

Porque lectura y trabajo es lo que hay detrás de Amor en la nube de Ana Cristina Vélez. Su novela, aparte de un maravilloso divertimento, es una prueba fehaciente de su inmensa sapiencia, de su erudición; tanto desde el punto de vista literario y artístico, como desde el punto de vista científico. Además, conoce y maneja muy bien lo que yo denomino secretos del andamiaje (lo que comúnmente suele llamarse trabajo de carpintería), que hay detrás de la construcción de una obra literaria.

La obra, tal y como lo anotaba al principio, se lee de un tirón, no da respiro, cerrar el libro, sin haberlo terminado, es como si el aire desapareciera de nuestro entorno; queremos saber que sigue, cual va a ser el siguiente apunte de Teresa, su protagonista, geóloga y docente universitaria,  poseedora de una gran inteligencia y rebeldía, una contestaría en el sentido literal de la palabra; laica, librepensadora, atea hasta la médula, consciente que para la preservación del planeta debemos ser menos consumidores; crítica con las mujeres que se visten como si siempre fuesen a entrevistarse con el papa  -lo del papa es una expresión mía-; Teresa alude todo el tiempo a  esas mujeres que creen que salir a la calle sin maquillarse es un crimen y que por lo tanto son menos femeninas; a lo que yo le respondo que la mayoría de ellas abusa tanto de los afeites que son eternos árboles de navidad, ya que no se maquillan sino que se decoran.

Pero sobre todo Amor en la nube es un elogio a la libertad, es la búsqueda del amor y de la pasión, algo que no siempre va de la mano, y para ello Teresa no escatima en buscar todos los artilugios posibles, desde Internet, de ahí el título de la novela, hasta hacerle la corte a un colega de la universidad; solo que su “corte” es bastante discreta, tan discreta que el “objetivo” tarda meses en darse cuenta que ella existe.

Ana Cristina Vélez se refiere a su novela como “anticatólica”, yo le respondo que es ante todo una obra laica en el sentido literal de la palabra, por lo tanto es una obra “antirreligiosa” que hurga en los miedos, en las taras que la religión nos ha inculcado a través de los siglos. Vélez lo dice muy bien, palabras más palabras menos, nos recuerda que hace apenas 2018 años que el hombre puede salvarse; antes, al no saber que el dios de los cristianos existía, aparentemente estaba condenado al fuego eterno. Tampoco deja de recordarnos el peso descomunal de las “culpas”, de los “pecados” que la religión, en este caso judeo-cristiana, nos ha inoculado con la peor de las cicutas; sobre todo si se trata de preservar la sumisión y el virtuosismo que según la sociedad patriarcal y mojigata debería ser la bandera del comportamiento de una mujer; de no ser así, es “marimacha”, “pecadora”, “está condenada al infierno” y que si no se casa por la Iglesia es poco menos que una prostituta; y que hay que tener un hombre permanente en el hogar para zurcirle las medias y tenerle la sopa caliente cuando llegue del trabajo. Lo que me recuerda a una amiga que me decía “que es mejor tener un calzoncillo sucio tirado al lado de la cama que una docena limpios y bien doblados en el armario”; lo que quería decir que prefería un amante furtivo a un esposo de “polvos  fugaces”.

Y es que Amor en la nube es una obra feminista en el sentido literal de la palabra. Es una obra que resalta la importancia de la educación de la mujer, de su independencia económica, de su derecho al trabajo y a una vida digna, de su derecho de no depender de ningún hombre para vivir, viajar o simplemente para su solaz. Y si hablo de solaz, es porque la sociedad patriarcal condena a las mujeres solteras; como si ser célibe fuera una tara, como si no casarse con el “príncipe azul” fuese una tragedia griega. Se nos olvida que a veces es mejor la “autoayuda” que el “polvo obligado”.

Amor en la nube debería convertirse en una lectura OBLIGADA, y aquí si reivindico el concepto de imposición, en todos los colegios y universidades. Amor en la nube debería ser una iniciación en la vida afectiva, sexual y social de todos los colombianos. La lectura de María, de Jorge Isaacs, debería aplazarse para después; lo digo porque prefiero una sexualidad satisfecha que un beso en la mano cuando ya me encuentre definitivamente en los brazos de Tánatos sin haber dejado de ser doncella.
Por último Ana Cristina Vélez solo me resta decir ¡FELICITACIONES! Leer tu libro fue una experiencia intelectual, estética y personal de gran envergadura. Espero con ansias tu próxima novela, ojala tenga el gusto de escribirle un prólogo.











miércoles, 15 de noviembre de 2017

UN CAFÉ EN BUENOS AIRES, ENTREVISTADOR PABLO HERNÁN DI MARCO A BERTA LUCÍA ESTRADA

Un café en Buenos Aires con Berta Lucía Estrada
by Libros y Letras - 5 HRS HACE - 6 MINUTE READ
Berta Lucía Estrada
Por: Pablo Di Marco / Argentina / Especial para Libros y Letras.
“Gracias a la escritura y a la lectura soy un ser humano libre, independiente, autónomo”: Berta Lucía Estrada
Ernesto Sabato solía decir que el buen escritor debiera ser revolucionario en tiempos conservadores y conservador en tiempos de revoluciones. En suma, el buen escritor debiera cuestionar e incomodar, nadar a contracorriente de los tiempos imperantes. Tal vez no sea casual que Berta Lucía Estrada admire al escritor argentino. La obra de nuestra entrevistada de hoy — una obra inquieta e insumisa, luminosa y oscura en partes iguales—, está impregnada de esa rebeldía que Sabato tanto reclamaba. Pueden sentarse a nuestra mesa, el café está servido.
—La obra de un escritor suele girar en torno a una o dos obsesiones. ¿Cuáles son las suyas?
La fragilidad humana —léase miseria humana— y la condición femenina.
—Por estos días se ha creado una polémica en torno a la decisión del Ministerio de Cultura de Colombia de no incluir a escritoras en un evento literario a realizarse en noviembre en París. ¿Qué opinión tiene al respecto?
Este lamentable suceso demuestra una vez más hasta qué punto Colombia es un país machista y misógino desde las entrañas mismas del poder. La verdad no me extrañó, he vivido en carne propia la exclusión en el ámbito profesional y literario, y eso incluye la discriminación del Estado colombiano. Incluso me manifesté en mi blog “El hilo de Ariadna”, del diario El Espectador, con una denuncia que hice con respecto a las “listas” que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia “maneja” para tener en cuenta a los escritores que invita a certámenes internacionales. Esta es mi denuncia al respecto:
http://blogs.elespectador.com/cultura/el-hilo-de-ariadna/la-discriminacion-las-escritoras- parte-del-estado- colombiano
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También muestra que si bien las mujeres aparentemente leemos más que los hombres —lo digo porque hay diferentes sondeos que confirmarían esa premisa—-, y que nos educamos más que nuestros homólogos masculinos —las universidades colombianas tienen más estudiantes mujeres que hombres—, seguimos relegadas a cargos de menor importancia y a salarios más bajos. Incluso hasta hace dos o tres años cuando una mujer era seleccionada para un puesto de trabajo debía hacerse una prueba de embarazo, y si daba positivo perdía la posibilidad de ser empleada. Y hay que tener en cuenta otro aspecto que raramente se menciona, el mundo editorial, que en definitiva es el encargado de formar lectores, no apoya ni edita a las mujeres en la medida en que lo hace con los hombres. Una prueba de lo que digo es que para el director de Visor “no hay mujeres poetas”; imagino que nunca ha leído la maravillosa entrevista que le hiciera Matthieu Galey a Marguerite Yourcenar y que puede leerse en Con los ojos abiertos (1981): “Un hombre que lee, o que piensa, o que calcula, pertenece a la especie y no al sexo; en sus mejores momentos escapa incluso a lo humano”.
—Su actividad literaria excede el ámbito de la poesía, ya que también suele incursionar en la crítica literaria. ¿Qué cree usted que le ha sucedido a la crítica que ha dejado de lado toda exigencia y objetividad para reducirse a un gueto de pseudoescritores que no hacen más que felicitarse entre ellos?
Gracias por formular esa pregunta. Antes que “poeta”, lo digo entre comillas porque siento un inmenso respeto por la poesía, o cuentista, me considero ante todo crítica literaria, esa es la única certeza que tengo en el oficio que ejerzo; independientemente que a la gente le guste o no mi trabajo. Ahora bien, hago crítica literaria por una sola razón, por egoísmo. Me explico: Cuando leo una obra siento la necesidad de interactuar con ella, de establecer un diálogo, de cuestionarla, de formularle millones de preguntas, la relaciono con otros libros, con autores disímiles; en otras palabras, trato de entender, de desvelar sus arcanos, de buscar en sus profundidades; y por supuesto no siempre me sucede esa “epifanía”. Ahora bien, paso a responder la pregunta: Yo fui formada como crítica literaria, quería estudiar literatura y escribir; sin embargo, el pensum de la carrera en los años setenta del siglo pasado y su vocación estaban enfocados en la crítica literaria, al menos en la universidad donde hice mis estudios; algo que agradezco porque gracias a ese pensum yo soy la que soy hoy en día. Lo que pienso es que no por ser escritor se es crítico literario, algo que la mayoría de la gente no entiende.
—Y no solo no lo entienden los lectores, tampoco parecieran entenderlo muchos autores. Es sorprendente la frecuencia, liviandad y poco espíritu crítico con la que tantos escritores reseñan a sus amigos escritores.
Es posible que muchos escritores paguen “favores” con elogios mutuos o bien traten de ponerle zancadillas a los que no están dentro de su círculo de afectos literarios o personales; creo que en todas partes existen ese tipo de “celos” o de “autoelogios” que yo no comparto. Yo diría que el 98% de mis ensayos o reseñas como crítica literaria son sobre autores que no saben ni siquiera que yo existo, y la verdad es que me interesa seguir así. De hecho hay algunas personas que se han ofendido porque he rechazado escribir sobre alguno de sus libros o porque me he negado a un breve comentario sobre uno de sus poemas. Y esta postura nace de mi deseo de ser libre, de no encadenarme, de no deber “favores”. Además soy el ser más huraño que alguien pueda encontrar en su senda, y algo que sorprende a mucha gente, soy muy tímida.

"Antes que “poeta”, lo digo entre comillas porque siento un inmenso respeto por la poesía, o cuentista, me considero ante todo crítica literaria, esa es la única certeza que tengo en el oficio que ejerzo. "

—Usted ha tenido la valentía y honestidad intelectual de escribir reseñas negativas de novelas ganadoras de premios de peso.
Gracias, aunque nunca lo había visto como un acto de valentía.
—Lo es. Se lo aseguro.

Eso sí, la honestidad intelectual ha sido una premisa en mi vida, y no renuncio a ella por nada del mundo, así se me cierren puertas. Hay obras que me aburren, o que considero muy malas, sobre todo las que se llevan premios de editoriales, como el Goncourt que me parece que se equivoca bastante; es el caso de Canción dulce de Leïla Slimani, incluso escribí una nota sobre dicho libro:

http://blogs.elespectador.com/cultura/el-hilo-de-ariadna/chanson-douce-leila-slimani- premio-goncourt- 2016#

O el Premio Alfaguara 2015 que premió el libro de Carla Guelfenbein, Contigo en la distancia. http://www.panoramacultural.com.co/index.php?option=com_content&view=article&id=4154&catid=23&I
temid=135

Lamentablemente las editoriales se rigen por las políticas de mercado, no están muy interesadas en formar espíritus críticos y analíticos; así que la literatura light está de moda, se vende y se reemplaza muy fácilmente. Los autores, como los cantantes juveniles, a veces son simplemente flores de un día.

—¿Qué ha ganado y que ha perdido desde sus comienzos en la escritura a hoy?
¿Perder? Nada, absolutamente nada. ¿Cómo podría decir que la escritura me ha hecho perder algo? Por el contrario, gracias a la escritura y a la lectura soy un ser humano libre, independiente, autónomo. Gracias a ella trato todos los días de sacudirme de viejos prejuicios, ideas erróneas, de estigmas sociales, religiosos y culturales. Hace algún tiempo escribí lo siguiente al respecto: La literatura me ha hecho libre y espero seguir siéndolo, soy contestaria, rebelde por antonomasia, no comulgo con ningún partido político, ni creo en ninguno de sus representantes, participo poco en las elecciones, ni pertenezco a ninguna religión, no soy seguidora de equipos de
fútbol, ni de artistas, ni de personajes de la farándula, no soy racista, ni homofóbica, ni estoy en contra del aborto. Estoy en contra de toda clase de fanatismo, llámese religioso o ideológico, creo en el libre albedrío del hombre; y también soy consciente que los estados totalitarios nos ponen una mordaza enorme, que nos encadenan a su forma de pensar y que nos obligan a tener que convivir con sus excesos.
—Vamos con la última y clásica pregunta de Un café en Buenos Aires, Berta Lucía: le regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería, a qué bar lo llevaría y qué pregunta le haría.
¡Ah! Esperaba esta pregunta con muchas ansías...
—Adelante, entonces.
Respondo sin titubeos, a Alejandra Vidal y a Bruno. ¿Cómo?, se preguntarán muchos lectores de Libros y Letras. Sencillamente yo no estaría aquí hablando de todo esto si no hubiese sido porque Sobre héroes y tumbas se me atravesó en el camino, hasta el punto que mi tesis de grado fue sobre esa obra y El túnel. Sabato me cambió la vida para siempre, él nunca lo supo, pero yo soy en cierta forma su hija, y me siento muy orgullosa de esa afiliación.
—¿Y qué le diría a Alejandra?
Más que decirle algo le pediría que me condujera de la mano por los corredores de su casa. La imagino húmeda, con olor a casa encerrada, en las tinieblas permanentes, poblada de soledad, de una soledad atávica y sempiterna.
—¿Y a Bruno?
¡Ah! Le pediría que me cuente una vez más su teoría de la literatura universal. Recuerdo que en un parque él le dice a Martín que no entiende por qué los europeos esperan de los argentinos una literatura sobre temas gauchos, cuando hablar de una pareja besándose en un parque es un asunto universal. Eso le diría entre otras cosas.
—No me ha respondido a qué bar los llevaría. No me lo diga ahora. Dejemos esa respuesta como una excusa para un próximo café en Buenos Aires.

* Pablo Hernán Di Marco.
Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico deldesamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros &
Letras. Leer más AQUÍ Sígalo en Facebook: pablohernan.dimarco

martes, 14 de noviembre de 2017

Una aclaración con respecto a una desafortunada columna de Catalina Ruiz Navarro:

No voy a referirme a su “análisis” de la obra de Gabriel García Márquez, ya Juan David Torres Duarte lo hizo en un lúcido artículo así que voy a tratar de dilucidar un dato que la columnista en cuestión da sobre Pablo Neruda y la violación que él mismo contó en Confieso que he vivido, un libro que recomiendo. Paso a hablar sobre este aspecto: Sé que desde hace unos dos años se ha venido contando en FB la historia de la violación de P Neruda; historia que él mismo narró en Confieso que he vivido. No obstante, la gente la repite sin haber leído el libro. Catalina Ruiz Navarro sostiene que la mujer a la que Neruda violó era su mucama, o sea, que arreglaba su cuarto; ese es un dato que no corresponde a la narración de Neruda; ¡cuánta falta nos hace leer antes de repetir datos que hemos leído en las redes! La historia es esta: En 1929 Neruda había sido nombrado cónsul en Colombo (Ceylán), vivía solo y se daba cuenta que la letrina amanecía cada día limpia sin que nunca viera a la persona que hacía el aseo; así que un buen día decidió espiar su llegada; al alba vio llegar a una mujer de una inconmensurable belleza, era una “intocable”, al día siguiente la violó. Dos o tres días después, no recuerdo muy bien ese dato, despertó asustado, a su lado estaba la mujer con un cuchillo apuntándole directamente al pecho. Neruda entendió muy bien el mensaje, muchos años después narró esta lamentable historia. También hay otro dato con respecto a Pablo Neruda; y es la historia de Maya, la hija hidrocefálica a la que abandonó siendo un bebé; un dato que conozco desde los años 70 y ahora la gente ha comenzado a hablar sobre ese turbio asunto porque recientemente una periodista holandesa la sacó nuevamente a la luz. Y ahora que hablo de hijos abandonados habría que recordar que Rousseau -que daba lecciones de educación- abandonó a sus siete hijos en un hospicio, imagino que para evitar que lo distrajeran de su actividad como escritor; entonces ¿habría que dejar de leer su Emilio o de la educación? ¿Tampoco podríamos leer a François Villon ? Recuerden que era un asaltante de caminos e incluso fue un asesino. ¿Ni a los poetas Simbolistas, más conocidos como Malditos? ¿Habría que prohibir a Philippe Roth? ¿Tampoco podríamos apreciar la obra de Frida Kahlo? Lo digo porque sus costumbres, desde el punto de vista religioso, son bastante ¿disolutas? ¿Y Bajo el Volcán de Malcolm Lowry? ¿Y la literatura negra? Lo digo porque de pronto incita al asesinato; igual habría que proscribir El Sur, ese magnífico cuento de Borges puesto que de pronto la gente sale a buscar peleas en los bares de mala muerte y termina dándole una cuchillada a alguien; y ni qué decir de Crimen y Castigo de Dostoïevsky. Y para los que son muy religiosos habría que decirles que no lean ni a Madame Bovary ni a Ana Karenina; lo digo porque son libros que hablan de mujeres adúlteras. Con esa perspectiva moralista de Catalina Navarro Ruiz habría que descolgar los cuadros de Vassily Kandisnky, ya que por años vivió gracias al dinero que tenía su compañera, la gran fotógrafa y pintora surrealista Gabrielle Münter, a la que luego abandonó después de años de convivencia. Y podría seguir y este breve artículo daría para una enciclopedia, digamos ¿de la infamia? Lo que pasa es que se olvida que los escritores son seres humanos, y como todos los seres humanos están llenos de luces y sombras; y con esto no quiero justificar la actuación de Neruda. Por ejemplo, Virginia Woolf era antisemita, y eso que V. Woolf se casó con un judío. Y podría contar muchas otras facetas de escritores o artistas (hombres y mujeres) que han tenido aspectos turbios en sus vidas privadas. Por último quisiera agregar que el rol de la literatura no es dar lecciones de moral, eso es mejor dejárselo a las Paulinas, lo digo sobre todo por el “análisis” que hizo la columnista Ruiz sobre Cien años de soledad. La gran literatura es la que hurga en el inconsciente humano, es la que muestra esa linea frágil e invisible en la que los seres humanos caminamos cada día como eternos funámbulos, a veces caemos al vacío insondable, o seguimos nuestro rumbo dando golpes a uno y otro lado; a veces perdemos la razón, a veces nos suicidamos, o a veces logramos levantarnos y seguir adelante, esa es la vida, esa es la condición humana, léase miseria humana. A un autor hay que leerlo por su obra, su vida personal puede criticarse, no digo lo contrario, pero una cosa es la literatura y otra su vida, a veces se encuentran y se hacen imprescindibles la una a la otra, o a veces el creador logra hacer una obra en la que su vida quedé en su ámbito privado. Para terminar quiero dejar en claro que un escritor o un artista, como todas las personas, si transgrede la ley debe ser condenado si se prueba su culpabilidad. En el caso de Roman Polanski creo que además del crimen que cometió al violar a una adolescente es un verdadero cobarde, se ha pasado la vida huyendo de la justicia, puede ser un genio pero el crimen que cometió no se borra nunca, lo mismo aplicaría para Woody Allen y tantos otros depredadores sexuales que van por ahí destruyendo la vida de las personas sobre las que ejercen poder.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA DISCRIMINACIÓN A LAS ESCRITORAS POR PARTE DEL ESTADO COLOMBIANO

Hace más o menos un año recibí una invitación a una Feria del Libro Internacional, para poder asistir el comité organizador le solicitó a una de las Embajadas colombianas que incluyeran mi nombre, la respuesta clara y contundente fue que yo no estaba en la lista de escritores y artistas que maneja el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia ; hasta ese momento yo no conocía la existencia de dicho listado. El resultado fue que perdí la invitación y el Ministerio envió a dos escritores que imagino escogió en esa base de datos. Posteriormente quise « inscribirme », así que llamé por teléfono a la Embajada de Colombia en París y ellos me dijeron que debía comunicarme directamente con el Ministerio de Relaciones Exteriores, así, sin más detalles, no me dieron el nombre de la persona con la que debía comunicarme ni el teléfono al que debía llamar. Comenzó enotonces una extraña odisea, llamé al Ministerio al que hago referencia y allí me dieron un teléfono al que debía llamar, lo hice varias veces y jamás contestaron. Posteriormente alguien que sabía que estaba en esa búsqueda me dio el nombre de la persona encargada de dicho trámite y su correo electrónico, le escribí explicándole quien era y solicitando ser incluída en la lista para así poder ser invitada a certámenes literarios internacionales. La respuesta fue clara y contundente, debía pasar un proyecto para el 2018, y ellos estudiarían la posibilidad de adjudicarme una ayuda; les expliqué que no estaba pidiendo dinero y que no me dedicaba a pasar proyectos, nuevamente respondieron que iban a tener en cuenta mi carta. Nunca más se comunicaron conmigo ni me hicieron saber si efectivamente mi nombre había sido incluído en la lista que manejan para escoger los escritores que envían a las Ferias del Libro que se realizan periódicamente en diferentes partes del mundo. En otras palabras entendí que mi solicitud había sido simple y llanamente archivada en ese castillo kafkiano. Y si ahora publico este lamentable episodio que muestra como se maneja la escogencia de los autores que deben representar a Colombia en certámenes internacionales, o sea que el Estado los escoge a dedo, es por el lamentable episodio de los escritores que han sido escogidos para asistir en los próximos días a la Biblioteca del Arsenal (París), donde las mujeres brillan por su ausencia, una de ellas está muerta, la otra no puede asistir y las otras dos serán las encargadas de representar a cientos de escritoras y poetas colombianas que el Gobierno de Juan Manuel Santos, como todos los anteriores, se niega a ver. http://www.revistaarcadia.com/noticias/articulo/discriminacion-y-sexismo-desde-el-ministerio-de-cultura-a-las-mujeres/66571 Y no hablo solo de los políticos o de la Ministra de Cultura Mariana Garcés, sino de muchos escritores e intelectuales colombianos que se niegan a reconocer la actividad literaria e intelectual realizada por sus homólogas. En otras palabras las escritoras, poetas y críticas literarias somos invisibles en este país que sigue siendo machista y misógino desde las entrañas mismas del poder. La discriminación intelectual y literaria por parte del Estado colombiano es enorme; para los Ministerios de Cultura y de Relaciones Exteriores solo cuentan cuatro o cinco escritores que son los mismos que invitan a todas partes, una gran vergüenza y un gran desatino. En cuanto a las escritoras es indudable que somos invisibles, no existimos; al menos esa es la lectura que se hace de esta enorme injusticia que se ha hecho en contra de nosotras.