2009 será recordado en la historia de los premios literarios como el año de las escritoras. Y es que los principales premios, comenzando por el Nobel, fueron ganados, en franca lid con sus homólogos masculinos, por mujeres de gran trayectoria literaria. Me refiero a la alemana Herta Müller (1953), Premio Nobel de Literatura 2009, a la senegalesa Marie NDiaye (1967), Premio Goncourt, la canadiense Alice Munro (1931), Premio Man Booker International, la estadounidense Elizabeth Strout (1956), Premio Pulitzer de Ficción, la inglesa Hillary Mantel (1952), Man Booker Prize, la mexicana Cristina Rivera Garza (1964), Premio Sor Juana Inés de la Cruz, obteniéndolo por segunda vez, la colombiana Ángela Becerra (1957), Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa de las Américas y la española Ángeles Caso (1959), Premio Planeta. Y aunque todas estas mujeres tienen en común el oficio de la escritura y su pasión por la ficción, sólo me referiré en este artículo a la ganadora del Premio Planeta.
Ángeles Caso, si bien es desconocida en Colombia, e imagino que en América Latina, en España su nombre es reconocido y algunas de sus obras han sido premiadas con anterioridad. Me refiero a “Un largo silencio” (2000), con la que obtuvo el V Premio Fernando Lara de Novela y “Peso de las sombras”, finalista del Premio Planeta 1994. Ha publicado varios libros, entre los que se cuentan varias biografías, habiendo sido incluso la única española en haber escrito la vida del compositor Giusseppi Verdi, ha incursionado también en el género del ensayo.
Ángeles Caso es hija de un eminente profesor universitario, filólogo y especialista en el siglo XVIII, incluso fue rector de la Universidad de Oviedo. La pasión por el estudio de las lenguas la transmitió a su hija, ya que ella estudió francés, inglés, italiano y portugués, por lo que se ha desempeñado como traductora. También ejerció el periodismo, pero finalmente lo abandonó para dedicarse en exclusividad a la literatura.
“Contra el viento”, ganadora del Premio Planeta 2009, es la historia de Zao, una valiente mujer nacida en Cabo Verde. Pero al mismo tiempo aparecen otras mujeres con sus vidas y sus dramas. La obra es ante todo la historia de las redes secretas e invisibles que suelen tejer las mujeres en la lucha contra la adversidad y el infortunio. Los hombres que aparecen a lo largo del relato son déspotas, machistas, violentos y egoístas. Sin embargo, en la narración aparecen tres hombres llenos de ternura y de respeto por tres de las mujeres que pueblan la ficción de Caso. Una hermosa forma de reconciliarse con el género masculino y de mostrarnos que los hombres también pueden ser solidarios y amarnos sin límites.
El libro de Ángeles Caso es una denuncia social, política y económica; ya que “Contra el viento” nos muestra la vida de las mujeres africanas que deben dejar todo, padres, hijos, hermanos, a veces sus propios maridos, amigas, para ir a trabajar en condiciones de inmensa precariedad a Europa, en este caso preciso a Portugal y España. Pero también podría ser el caso de muchas colombianas o ecuatorianas o bolivianas, por no seguir enumerando todo el continente latinoamericano. En otras palabras, es la historia de la migración sur-norte, basada en la búsqueda de un mundo mejor, más equitativo; pero donde la realidad es muy diferente a la imaginada. En vez de igualdad, se encuentra un racismo obscuro, soterrado y ancorado en lo más profundo de muchos hombres y mujeres que no han entendido que en la diversidad radica la riqueza de la especie humana. La migración conlleva, en la mayoría de los casos, al renunciamiento de un pasado personal, lleno de raíces y de identidad cultural y a veces lingüística. Cuando eso sucede la persona que emigra se convierte en un exiliado en sí mismo, lo que hace muy difícil la integración a la sociedad que se pretende adoptar, máxime si las políticas de los países donde se llega, adolecen de postulados y programas que ayuden a que la integración sea más fácil; por lo que la mayoría de los emigrantes terminan viviendo en guetos, con todo lo que ello puede significar de bueno o de contraproducente en la nueva vida que se emprende.
“Contra el viento”, es la historia de la precariedad, del abuso sexual, de la explotación, que a veces raya con la esclavitud. Es la historia de un mundo opulento y racista, que ve en las extranjeras seres de poca valía, a las que un mendrugo de pan y un salario de miseria deben bastarles para su supervivencia y la de sus familias. Es también la historia de las inequidades entre el primer mundo y el mal llamado tercero. Las mujeres africanas, que son obligadas a la migración, son en su mayoría analfabetas, ya que en sus países de origen se les suele negar el derecho inalienable a la educación; por lo que muchas de ellas son explotadas por las modernas redes de esclavitud, o trata de blancas, como se llama ahora a tan infame explotación. Otras, como es el caso de Zao, deben trabajar en pequeños oficios, meseras o tareas domésticas, cuidado de los niños, cuando los propios deben ser abandonados en sus propios países, o deben pagarles a vecinas para que se los cuiden mientras ellas trabajan para poder alimentarlos. El libro es una denuncia de la pobreza, de esa carencia a todo nivel, difícil de imaginar en la España de hoy en día: “La pobreza las rodeaba, como una cadena que las sujetara contra la esquina del mundo donde se acumulan la miseria y la marginación, de las que difícilmente lograrían salir sin sentir al menos el estigma marcado para siempre en sus frentes” (Ángeles Caso, Contra el viento, pág: 72).
“Contra el viento” está escrito en un lenguaje sencillo, no académico, lleno de poesía y de imágenes dolorosas, las imágenes de las mujeres olvidadas, invisibles. No obstante, gracias a ellas muchas de nosotras hemos podido superarnos en este mundo dominado por los hombres. Ellas nos han ayudado con el cuidado de nuestros hijos, para que nosotras podamos trabajar, escribir, viajar. Su renuncia y sumisión han contribuido para que perseveremos en nuestra carrera loca hacia el éxito. Pero también es la historia de la amistad sin límites que se establece entre dos mujeres de culturas diferentes; en este caso preciso entre Zao y la autora del libro. Y traigo a colación este dato ya que Zao existe. Ella conoció a Ángeles Caso cuando fue a solicitarle trabajo como empleada doméstica. Es por ello que en las declaraciones que Caso dio el día de la entrega del Premio Planeta, dijo que la mitad del dinero ganado era para ella; ya que era consciente que Zao sólo le había prestado su propia historia, la historia de la migración y del exilio.
CASO, Ángeles. Contra el viento. Editorial Planeta, 2009. 267 páginas
lunes 21 de diciembre de 2009
martes 17 de noviembre de 2009
LE CLÉZIO
El Africano de Le Clezio
El Africano (2003) es una obra escrita para tratar de comprender a un padre poco amado y más temido que respetado. Le Clézio nos cuenta como su vida cambia radicalmente cuando en los años de la postguerra debe abandonar Niza y el apartamento burgués de sus abuelos, para ir junto con su madre y hermano al encuentro de su padre médico a quien no conoce y quien vive desde varios años en África donde se desempeña como médico.
En África conoce la penuria y el rigor, pero también conoce la sensación de libertad que emana de las vastas praderas y de los paisajes que se pierden en el horizonte, conoce el mundo de la desmesura, los violentos aguaceros, los ríos infinitos, los animales salvajes y los mosquitos que impiden dormir. Conoce su propio cuerpo y aprende a identificarse con esa naturaleza inhóspita que acoge y rechaza al mismo tiempo a quien osa internarse en sus secretos. Aprende a amar y a respetar las culturas y creencias diferentes a la suya. Encuentra un mundo que lo marcará para siempre formando el Le Clézio que todos conocemos, un hombre defensor de la otredad, el etnólogo que sabe poner en su justo lugar la forma de pensar que no corresponde a la racionalidad occidental. Es precisamente esta característica lo que lo lleva a indagar sobre la figura paterna. Trata de entender a ese hombre que le ha dado la vida, pero con el que no se siente identificado. Entiende que la soledad y las inclemencias del tiempo, al igual que la precariedad económica, han hecho de él una persona irascible, violenta y fría. Entiende que su padre se funde con el paisaje agreste, y que al hacerlo se transforma en una persona huraña y hostil. El libro es ante todo una forma de reconciliación con la imagen paterna. Le Clézio, en este caso el hijo, trata de entender a un hombre al que llama padre pero que en realidad es un perfecto desconocido. Es una forma hermosa de reconciliación, tanto con su padre como consigo mismo. El padre es un antihéroe o héroe a la inversa y el hijo hurga en el pasado para tratar de entenderlo. Es entonces cuando descubre su inmensa soledad y desarraigo, como si siempre hubiera sido un eterno exiliado, un exiliado en sí mismo, un apátrida, alguien que vive en un cuerpo ajeno y en un país extraño. Y tratar de vivir en el cuerpo de otro debe de ser la peor de las pesadillas. El descubrimiento de una soledad sin límites le permite conocer también el dolor y la angustia que caracterizó su existencia. Al llegar a este punto entendemos que el libro El africano, es una obra de hondo contenido metafísico. Y es que a su padre hay que entenderlo como un hombre roto, destruido por el sistema, por la soledad y por las adversidades que le tocó enfrentar. Es un libro de la incomunicación humana. Es el libro del abandono, del rechazo más absoluto y visceral que pueda concebirse hacia y desde un ser humano. En últimas es un canto a la vida y a las relaciones filiales tan complejas y disimiles, ya que si bien nos muestra el retrato de un padre que es la antítesis de la ternura y que nunca demostró a sus hijos que los amaba, le Clézio si nos relata el amor de sus padres antes de su llegada al mundo y nos deja entrever que él es el resultado de un gran amor y compenetración de pareja.
El Africano es también una denuncia del colonialismo inglés y francés, de la desidia del sistema colonial y de la explotación que lo caracterizó. Es una denuncia del orgullo y de la prepotencia occidental y del avasallamiento que dicho sistema causó en África. Es una denuncia de las grandes desigualdades económicas y sociales que engendró.
El libro posee un hermoso lenguaje, poético y sensible; es una evocación de la niñez perdida y de un mundo que nunca más volverá. Es una búsqueda de los orígenes y de la razón de ser y porque no del reencuentro consigo mismo. Es un libro subjetivo, y aunque autobiográfico, no deja de ser una hermosa nouvelle y porque no, una especie de diario íntimo, puesto que Le Clézio publica en él algunas fotos tomadas por su padre con una vieja Leica. Al final de la obra el lector tiene la sensación que la reconciliación del hijo con su padre es un hecho y que por primera vez el hijo siente que aunque su padre ya no esté vivo, su amor por él es auténtico y definitivo. El Africano es una enorme lección de vida y de comprensión humana y su lectura me hizo pensar todo el tiempo en El olvido que seremos (2006) de Héctor Abad Faciolince.
El Africano (2003) es una obra escrita para tratar de comprender a un padre poco amado y más temido que respetado. Le Clézio nos cuenta como su vida cambia radicalmente cuando en los años de la postguerra debe abandonar Niza y el apartamento burgués de sus abuelos, para ir junto con su madre y hermano al encuentro de su padre médico a quien no conoce y quien vive desde varios años en África donde se desempeña como médico.
En África conoce la penuria y el rigor, pero también conoce la sensación de libertad que emana de las vastas praderas y de los paisajes que se pierden en el horizonte, conoce el mundo de la desmesura, los violentos aguaceros, los ríos infinitos, los animales salvajes y los mosquitos que impiden dormir. Conoce su propio cuerpo y aprende a identificarse con esa naturaleza inhóspita que acoge y rechaza al mismo tiempo a quien osa internarse en sus secretos. Aprende a amar y a respetar las culturas y creencias diferentes a la suya. Encuentra un mundo que lo marcará para siempre formando el Le Clézio que todos conocemos, un hombre defensor de la otredad, el etnólogo que sabe poner en su justo lugar la forma de pensar que no corresponde a la racionalidad occidental. Es precisamente esta característica lo que lo lleva a indagar sobre la figura paterna. Trata de entender a ese hombre que le ha dado la vida, pero con el que no se siente identificado. Entiende que la soledad y las inclemencias del tiempo, al igual que la precariedad económica, han hecho de él una persona irascible, violenta y fría. Entiende que su padre se funde con el paisaje agreste, y que al hacerlo se transforma en una persona huraña y hostil. El libro es ante todo una forma de reconciliación con la imagen paterna. Le Clézio, en este caso el hijo, trata de entender a un hombre al que llama padre pero que en realidad es un perfecto desconocido. Es una forma hermosa de reconciliación, tanto con su padre como consigo mismo. El padre es un antihéroe o héroe a la inversa y el hijo hurga en el pasado para tratar de entenderlo. Es entonces cuando descubre su inmensa soledad y desarraigo, como si siempre hubiera sido un eterno exiliado, un exiliado en sí mismo, un apátrida, alguien que vive en un cuerpo ajeno y en un país extraño. Y tratar de vivir en el cuerpo de otro debe de ser la peor de las pesadillas. El descubrimiento de una soledad sin límites le permite conocer también el dolor y la angustia que caracterizó su existencia. Al llegar a este punto entendemos que el libro El africano, es una obra de hondo contenido metafísico. Y es que a su padre hay que entenderlo como un hombre roto, destruido por el sistema, por la soledad y por las adversidades que le tocó enfrentar. Es un libro de la incomunicación humana. Es el libro del abandono, del rechazo más absoluto y visceral que pueda concebirse hacia y desde un ser humano. En últimas es un canto a la vida y a las relaciones filiales tan complejas y disimiles, ya que si bien nos muestra el retrato de un padre que es la antítesis de la ternura y que nunca demostró a sus hijos que los amaba, le Clézio si nos relata el amor de sus padres antes de su llegada al mundo y nos deja entrever que él es el resultado de un gran amor y compenetración de pareja.
El Africano es también una denuncia del colonialismo inglés y francés, de la desidia del sistema colonial y de la explotación que lo caracterizó. Es una denuncia del orgullo y de la prepotencia occidental y del avasallamiento que dicho sistema causó en África. Es una denuncia de las grandes desigualdades económicas y sociales que engendró.
El libro posee un hermoso lenguaje, poético y sensible; es una evocación de la niñez perdida y de un mundo que nunca más volverá. Es una búsqueda de los orígenes y de la razón de ser y porque no del reencuentro consigo mismo. Es un libro subjetivo, y aunque autobiográfico, no deja de ser una hermosa nouvelle y porque no, una especie de diario íntimo, puesto que Le Clézio publica en él algunas fotos tomadas por su padre con una vieja Leica. Al final de la obra el lector tiene la sensación que la reconciliación del hijo con su padre es un hecho y que por primera vez el hijo siente que aunque su padre ya no esté vivo, su amor por él es auténtico y definitivo. El Africano es una enorme lección de vida y de comprensión humana y su lectura me hizo pensar todo el tiempo en El olvido que seremos (2006) de Héctor Abad Faciolince.
CLAUDE LÉVI-STRAUSS
MI ACERCAMIENTO A CLAUDE LÉVI-STRAUSS
En los años 70, mientras realizaba mis estudios de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), tuve la gran fortuna de tener como profesor a un jesuita a quien le debo mi pasión por la historia de las religiones. Su curso se llamaba Ciencias Religiosas, y estaba dirigido a dilucidar el pensamiento de uno de los más grandes pensadores del siglo XX en dicha materia, Mircea Eliade, pero también estaban Georges Frazer o Roger Caillois. No fue sino hasta más tarde, cuando me encontraba realizando la Maestría y el DEA en la Universidad de la Sorbona (París), cuando tuve la oportunidad de conocer a otro gran pensador, Claude Lévi-Strauss (1908-1909).
Si bien Lévi-Strauss ha pasado a la historia como etnólogo y antropólogo, su formación universitaria fue como filósofo. Su recorrido por esas dos disciplinas, que apenas se estaban formando en la primera mitad del siglo XX, se debió a su conocimiento de las tribus brasileñas del Matto Grosso y de la Amazonía. En Brasil trabajó como profesor desde 1932 hasta 1939. No es sino hasta 1955 que publica Tristes Trópicos, un diario sobre su experiencia con algunas de las tribus brasileñas. Pero también es una reflexión sobre el pensamiento religioso y sobre las diversas creencias religiosas. Entre ellas el Islam, doctrina a la que critica abiertamente; pero también se encuentra su admiración por el budismo. Tristes Trópicos es una obra de gran importancia y actualidad, ya que Lévi-Strauss supo adelantarse más de medio siglo a la discusión que llena todos los espacios políticos actualmente: la protección del medio ambiente. Ya en los años 50 este gran pensador tenía en claro que la destrucción del planeta tierra lleva consigo la destrucción de la especia humana, y de todas las demás especies. Su discurso era claramente ecológico, en un momento en que nadie que fuera occidental lo había planteado, ni figuraba como eje central de su discurso. El libro fue un verdadero éxito, y aún hoy en día sigue siendo de obligatoria lectura, para aquellas personas que se interesan por la diversidad cultural y por la protección del medio ambiente.
Y es que a Claude Lévi-Strauss hay que mirarlo como el gran defensor de la diversidad cultural y religiosa. De origen judío, pronto sintió en carne propia lo que era ser rechazado en la escuela por compañeros intolerantes, y porque no decirlo ignorantes. Pero su gran persecución no se dio sino hasta la Segunda Guerra mundial, cuando perdió el empleo como profesor de filosofía, por ser judío. El gobierno de Vichy no sólo estaba persiguiendo a un hombre por sus orígenes religiosos, sino que estaba persiguiendo a una de las mentes más brillantes del siglo XX. En 1941 se exilia en Estados Unidos, donde tiene la oportunidad de conocer a Roman Jackobson. Las investigaciones que realiza van a desembocar en lo que más tarde se conocería como el pensamiento estructuralista.
Otra de sus obras cumbres, es Las estructuras elementales del parentesco (1949), donde desarrolla, de una forma magistral, su tesis sobre el incesto y las normas que lo prohíben en diversas culturas. Más que nada, es un intento para demostrar que la prohibición del incesto es una norma cultural, que tiene múltiples formas de desarrollo. Es así como en una cultura puede ser considerado incesto las relaciones entre tía y sobrino, pero en el caso contrario, tío-sobrina pueden ser plenamente aceptadas. La lectura de este libro es más que nada un descubrimiento de una de las normas que han llevado a ejercer el control sobre la sociedad. Pero sobre todo, es la posibilidad de entender los mitos judeocristianos que se han tejido con respecto a dicha prohibición; permitiendo de este modo la comprensión de un tema tan complejo.
Hablar de Claude Lévi-Strauss, es también hablar de Émile Durkheim o de Paul Rivet, pero ante todo es hablar de Ferdinand de Saussure. Lévi-Strauss comenzó a indagar en los lineamientos que buscasen desarrollar una teoría sobre los fenómenos sociales como vehículos de comunicación. Su teoría convergía en la lingüística de Saussure, uno de los más importantes lingüistas del siglo XX. Saussure nos explicó que era un “signo” y cuáles eran sus funciones dentro de la comunicación humana y Lévi-Strauss nos explicó que “el etnólogo es como un lector que debe descifrar un complejo mensaje que se hace presente en su experiencia, y la cultura extraña es ese mensaje que transmite, por diferencia, una variante más del tema “humanidad” (Claude Lévi-Strauss. Antropología Estructural. Altaya, 1994. Pág. 17). Los fenómenos sociales son vistos a la luz como códigos que deben ser leídos y comprendidos. Cuando esos códigos pertenecen a la cultura en la que el individuo ha nacido y con la que ha crecido, son fácilmente decodificados y entendidos; es más, se hace de una forma inconsciente y natural. No obstante, cuando dicho individuo se cruza con los códigos de una cultura diferente a la suya, debe entonces entrar a la decodificación de dichos mensajes; es decir, debe proceder a observar de una manera científica la cultura objeto de estudio.
En 1959 es elegido profesor en el Colegio de Francia, un importante reconocimiento a su vida profesional y en 1973 entra en la Academia francesa
En 1960 publica Mitologías, como resultado de su cátedra en la Sorbona sobre Religiones Comparadas.
En 2008 la prestigiosa editorial La Pléiade publica una selección de sus obras, que habían sido previamente escogidas por el mismo Lévi-Strauss. Este gran pensador murió el pasado 31 de octubre, cuando sólo le faltaban algunos días para cumplir 101 años.
Algunas de sus obras son:
Raza e Historia. Altaya.
El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. 1964
Antropología Estructural. Altaya. 1994
En los años 70, mientras realizaba mis estudios de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), tuve la gran fortuna de tener como profesor a un jesuita a quien le debo mi pasión por la historia de las religiones. Su curso se llamaba Ciencias Religiosas, y estaba dirigido a dilucidar el pensamiento de uno de los más grandes pensadores del siglo XX en dicha materia, Mircea Eliade, pero también estaban Georges Frazer o Roger Caillois. No fue sino hasta más tarde, cuando me encontraba realizando la Maestría y el DEA en la Universidad de la Sorbona (París), cuando tuve la oportunidad de conocer a otro gran pensador, Claude Lévi-Strauss (1908-1909).
Si bien Lévi-Strauss ha pasado a la historia como etnólogo y antropólogo, su formación universitaria fue como filósofo. Su recorrido por esas dos disciplinas, que apenas se estaban formando en la primera mitad del siglo XX, se debió a su conocimiento de las tribus brasileñas del Matto Grosso y de la Amazonía. En Brasil trabajó como profesor desde 1932 hasta 1939. No es sino hasta 1955 que publica Tristes Trópicos, un diario sobre su experiencia con algunas de las tribus brasileñas. Pero también es una reflexión sobre el pensamiento religioso y sobre las diversas creencias religiosas. Entre ellas el Islam, doctrina a la que critica abiertamente; pero también se encuentra su admiración por el budismo. Tristes Trópicos es una obra de gran importancia y actualidad, ya que Lévi-Strauss supo adelantarse más de medio siglo a la discusión que llena todos los espacios políticos actualmente: la protección del medio ambiente. Ya en los años 50 este gran pensador tenía en claro que la destrucción del planeta tierra lleva consigo la destrucción de la especia humana, y de todas las demás especies. Su discurso era claramente ecológico, en un momento en que nadie que fuera occidental lo había planteado, ni figuraba como eje central de su discurso. El libro fue un verdadero éxito, y aún hoy en día sigue siendo de obligatoria lectura, para aquellas personas que se interesan por la diversidad cultural y por la protección del medio ambiente.
Y es que a Claude Lévi-Strauss hay que mirarlo como el gran defensor de la diversidad cultural y religiosa. De origen judío, pronto sintió en carne propia lo que era ser rechazado en la escuela por compañeros intolerantes, y porque no decirlo ignorantes. Pero su gran persecución no se dio sino hasta la Segunda Guerra mundial, cuando perdió el empleo como profesor de filosofía, por ser judío. El gobierno de Vichy no sólo estaba persiguiendo a un hombre por sus orígenes religiosos, sino que estaba persiguiendo a una de las mentes más brillantes del siglo XX. En 1941 se exilia en Estados Unidos, donde tiene la oportunidad de conocer a Roman Jackobson. Las investigaciones que realiza van a desembocar en lo que más tarde se conocería como el pensamiento estructuralista.
Otra de sus obras cumbres, es Las estructuras elementales del parentesco (1949), donde desarrolla, de una forma magistral, su tesis sobre el incesto y las normas que lo prohíben en diversas culturas. Más que nada, es un intento para demostrar que la prohibición del incesto es una norma cultural, que tiene múltiples formas de desarrollo. Es así como en una cultura puede ser considerado incesto las relaciones entre tía y sobrino, pero en el caso contrario, tío-sobrina pueden ser plenamente aceptadas. La lectura de este libro es más que nada un descubrimiento de una de las normas que han llevado a ejercer el control sobre la sociedad. Pero sobre todo, es la posibilidad de entender los mitos judeocristianos que se han tejido con respecto a dicha prohibición; permitiendo de este modo la comprensión de un tema tan complejo.
Hablar de Claude Lévi-Strauss, es también hablar de Émile Durkheim o de Paul Rivet, pero ante todo es hablar de Ferdinand de Saussure. Lévi-Strauss comenzó a indagar en los lineamientos que buscasen desarrollar una teoría sobre los fenómenos sociales como vehículos de comunicación. Su teoría convergía en la lingüística de Saussure, uno de los más importantes lingüistas del siglo XX. Saussure nos explicó que era un “signo” y cuáles eran sus funciones dentro de la comunicación humana y Lévi-Strauss nos explicó que “el etnólogo es como un lector que debe descifrar un complejo mensaje que se hace presente en su experiencia, y la cultura extraña es ese mensaje que transmite, por diferencia, una variante más del tema “humanidad” (Claude Lévi-Strauss. Antropología Estructural. Altaya, 1994. Pág. 17). Los fenómenos sociales son vistos a la luz como códigos que deben ser leídos y comprendidos. Cuando esos códigos pertenecen a la cultura en la que el individuo ha nacido y con la que ha crecido, son fácilmente decodificados y entendidos; es más, se hace de una forma inconsciente y natural. No obstante, cuando dicho individuo se cruza con los códigos de una cultura diferente a la suya, debe entonces entrar a la decodificación de dichos mensajes; es decir, debe proceder a observar de una manera científica la cultura objeto de estudio.
En 1959 es elegido profesor en el Colegio de Francia, un importante reconocimiento a su vida profesional y en 1973 entra en la Academia francesa
En 1960 publica Mitologías, como resultado de su cátedra en la Sorbona sobre Religiones Comparadas.
En 2008 la prestigiosa editorial La Pléiade publica una selección de sus obras, que habían sido previamente escogidas por el mismo Lévi-Strauss. Este gran pensador murió el pasado 31 de octubre, cuando sólo le faltaban algunos días para cumplir 101 años.
Algunas de sus obras son:
Raza e Historia. Altaya.
El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. 1964
Antropología Estructural. Altaya. 1994
HARUKI MURAKAMI
Hace escasos dos meses, cuando me encontraba buscando novedades en una librería, tuve la fortuna de encontrar algunos libros de Haruki Murakami (1949), escritor hasta ese momento desconocido para mí. Y como siempre he tratado de acercarme un poco a la literatura japonesa decidí comprar uno de sus libros. Sputnik, mi amor. Dos días después adquiría Tokio blues, conocido también como Norwegian Woods, y a la semana siguiente compré Kafka en la orilla. El descubrimiento de este autor me abrió las puertas a un universo extraordinario, donde todo puede suceder. No obstante, la obra que más me ha impactado es precisamente Kafka en la otra orilla, y a la que me referiré más adelante.
Su obra hace gala de una gran erudición, ya que su autor es ante todo un gran lector, y además un melómano apasionado, gran conocedor de la música clásica y del jazz. Él mismo dice que el jazz le cambió la vida para siempre, al punto de haber tenido en su juventud un almacén de discos y un bar donde sólo se escuchaba dicho género.
Por otra parte es un autor poco apreciado por sus colegas japoneses, quienes lo consideran demasiado occidentalizado. Él mismo ha dicho que la literatura japonesa actual le llama muy poco la atención. Con respecto a Yukio Mishima confiesa que ha sido incapaz de leer la mayoría de sus libros. Sin embargo, es un gran admirador de la literatura clásica japonesa. Es un escritor muy leído por los jóvenes japoneses, lo que lo llena de orgullo y satisfacción. No le gusta dar entrevistas y evita ser fotografiado, puesto que no desea perder ni un ápice de su privacidad; esto hace que no se mueva dentro de los círculos intelectuales nipones, lo que acentúa aún más su característica underground y el rechazo de sus colegas japoneses. Ha sido nominado varias veces al Nobel de literatura, aunque él mismo siente cierta aversión por los premios literarios.
Su obra está marcada por la música, podría decirse que es la columna vertebral de su obra. Cómo si la narrativa fuese sólo un pretexto para rendir homenaje a músicos de la talla de Puccini, Haydn, Beethoven, Mozart, Bach; o del grupo “Million-Dollar trio”, integrado por Rubinstein, Heifetz y Feuermann. El rock también encuentra su espacio y en sus páginas encontramos alusiones a The Beatles, Rolling Stones, The Beach Boys, Simon&Garfunkel, Stevie Wonders o a Prince. Tampoco se olvida del cine y encontramos a Casablanca o las películas de François Truffaut. En filosofía nos habla de Sófocles, Aristóteles, Hegel; y en literatura de Shakespeare, Antón Chejov, Lorca, Hemingway, Kafka, entre otros. Ha traducido a Scott Fitzgerald al japonés.
Por otra parte en sus obras hace breves análisis de las obras de los autores que más le han impactado, es el caso de Murasaki Shikibu, la primera novelista en la historia de la literatura.
La obra, de Haruki Murakami, es ante todo una obra surrealista, donde las fronteras entre el sueño, la irrealidad, el inframundo y el mundo real, consciente, se entremezclan; dando como resultado un universo único, donde el onirismo juega un papel predominante. Otro de sus temas obsesivos es la soledad y la incomunicación humana. Es un autor que me hace pensar mucho en Ernesto Sabato, aunque no sé si Murakami lo haya leído alguna vez.
En Kafka en la orilla, nos encontramos con todos estos componentes. Es la historia de un adolescente de 15 años que abandona la casa paterna para huir de una terrible profecía que le ha lanzado su padre, a la manera del oráculo de Delfos, como si Kafka, el protagonista, fuera un moderno Edipo. Pero nadie escapa a su destino, al menos es lo que creían los griegos y es lo que de alguna forma proclama Murakami. En este libro, hermosamente escrito, nos encontramos con prostitutas que seducen hablando de Hegel, o con soldados que huyeron en la segunda guerra mundial para esconderse en bosques inhóspitos y que a pesar del tiempo siguen en la flor de la juventud. O encontramos a otro de sus personajes principales, Nakata, un viejo iletrado y simple, pero poseedor de un gran sentido de altruismo, y que tiene la gran virtud de poder comunicarse con los gatos. O un transexual, erudito y melómano, cuya verdadera morfología es la de una mujer.
Este último personaje me hace pensar que es imperioso que hable un poco sobre la visión que Murakami tiene de la mujer. Siempre había creído que los japoneses son extremadamente machistas y es posible que así sea; puesto que mi visón de ese país es bastante sesgada por la poca información a la que tenemos acceso en Colombia. Los libros de Murakami me han abierto la ventana a un mundo lleno de respeto y admiración del autor en cuestión por el sexo al que pertenezco; algo no muy usual en la literatura de todos los tiempos. Sus mujeres son todas poseedoras de una gran inteligencia, inmensamente cultas, melómanas, libres, independientes y liberadas, sexualmente hablando. En sus obras se habla sin tapujos del amor entre mujeres (Sputnik, mi amor), o de transexuales (Kafka en la orilla), como acababa de anotar. Murakami dice que la primera persona en leer sus manuscritos es su esposa, y agrega que ella es una crítica implacable, que no deja nada en suspenso.
Para terminar quisiera señalar que la lectura de Haruki Murakami es un regalo inmenso para el intelecto y un gran placer dado su gran manejo narrativo. Sus obras destacan por su alta calidad estética y por su originalidad. Al mismo tiempo que es un paseo por la historia de la literatura y de la música.
Su obra hace gala de una gran erudición, ya que su autor es ante todo un gran lector, y además un melómano apasionado, gran conocedor de la música clásica y del jazz. Él mismo dice que el jazz le cambió la vida para siempre, al punto de haber tenido en su juventud un almacén de discos y un bar donde sólo se escuchaba dicho género.
Por otra parte es un autor poco apreciado por sus colegas japoneses, quienes lo consideran demasiado occidentalizado. Él mismo ha dicho que la literatura japonesa actual le llama muy poco la atención. Con respecto a Yukio Mishima confiesa que ha sido incapaz de leer la mayoría de sus libros. Sin embargo, es un gran admirador de la literatura clásica japonesa. Es un escritor muy leído por los jóvenes japoneses, lo que lo llena de orgullo y satisfacción. No le gusta dar entrevistas y evita ser fotografiado, puesto que no desea perder ni un ápice de su privacidad; esto hace que no se mueva dentro de los círculos intelectuales nipones, lo que acentúa aún más su característica underground y el rechazo de sus colegas japoneses. Ha sido nominado varias veces al Nobel de literatura, aunque él mismo siente cierta aversión por los premios literarios.
Su obra está marcada por la música, podría decirse que es la columna vertebral de su obra. Cómo si la narrativa fuese sólo un pretexto para rendir homenaje a músicos de la talla de Puccini, Haydn, Beethoven, Mozart, Bach; o del grupo “Million-Dollar trio”, integrado por Rubinstein, Heifetz y Feuermann. El rock también encuentra su espacio y en sus páginas encontramos alusiones a The Beatles, Rolling Stones, The Beach Boys, Simon&Garfunkel, Stevie Wonders o a Prince. Tampoco se olvida del cine y encontramos a Casablanca o las películas de François Truffaut. En filosofía nos habla de Sófocles, Aristóteles, Hegel; y en literatura de Shakespeare, Antón Chejov, Lorca, Hemingway, Kafka, entre otros. Ha traducido a Scott Fitzgerald al japonés.
Por otra parte en sus obras hace breves análisis de las obras de los autores que más le han impactado, es el caso de Murasaki Shikibu, la primera novelista en la historia de la literatura.
La obra, de Haruki Murakami, es ante todo una obra surrealista, donde las fronteras entre el sueño, la irrealidad, el inframundo y el mundo real, consciente, se entremezclan; dando como resultado un universo único, donde el onirismo juega un papel predominante. Otro de sus temas obsesivos es la soledad y la incomunicación humana. Es un autor que me hace pensar mucho en Ernesto Sabato, aunque no sé si Murakami lo haya leído alguna vez.
En Kafka en la orilla, nos encontramos con todos estos componentes. Es la historia de un adolescente de 15 años que abandona la casa paterna para huir de una terrible profecía que le ha lanzado su padre, a la manera del oráculo de Delfos, como si Kafka, el protagonista, fuera un moderno Edipo. Pero nadie escapa a su destino, al menos es lo que creían los griegos y es lo que de alguna forma proclama Murakami. En este libro, hermosamente escrito, nos encontramos con prostitutas que seducen hablando de Hegel, o con soldados que huyeron en la segunda guerra mundial para esconderse en bosques inhóspitos y que a pesar del tiempo siguen en la flor de la juventud. O encontramos a otro de sus personajes principales, Nakata, un viejo iletrado y simple, pero poseedor de un gran sentido de altruismo, y que tiene la gran virtud de poder comunicarse con los gatos. O un transexual, erudito y melómano, cuya verdadera morfología es la de una mujer.
Este último personaje me hace pensar que es imperioso que hable un poco sobre la visión que Murakami tiene de la mujer. Siempre había creído que los japoneses son extremadamente machistas y es posible que así sea; puesto que mi visón de ese país es bastante sesgada por la poca información a la que tenemos acceso en Colombia. Los libros de Murakami me han abierto la ventana a un mundo lleno de respeto y admiración del autor en cuestión por el sexo al que pertenezco; algo no muy usual en la literatura de todos los tiempos. Sus mujeres son todas poseedoras de una gran inteligencia, inmensamente cultas, melómanas, libres, independientes y liberadas, sexualmente hablando. En sus obras se habla sin tapujos del amor entre mujeres (Sputnik, mi amor), o de transexuales (Kafka en la orilla), como acababa de anotar. Murakami dice que la primera persona en leer sus manuscritos es su esposa, y agrega que ella es una crítica implacable, que no deja nada en suspenso.
Para terminar quisiera señalar que la lectura de Haruki Murakami es un regalo inmenso para el intelecto y un gran placer dado su gran manejo narrativo. Sus obras destacan por su alta calidad estética y por su originalidad. Al mismo tiempo que es un paseo por la historia de la literatura y de la música.
MILLENNIUM
Me he pasado los últimos quince días casi sin respirar, alargando para mañana lo que debo hacer hoy, tratando de dormirme más tarde de lo habitual y presa de un estado muy cercano a lo que los drogadictos pueden experimentar cuando la droga no está cerca o cuando están bajo sus efectos. La razón: la lectura de Millennium, la extraordinaria trilogía de Stieg Larsson (1954-2004), el escritor sueco fallecido poco días antes del lanzamiento de su primer libro, y justo cuando acababa de entregar a su editor el tercero de los libros que componen la trilogía en cuestión. Los hombres que no amaban a las mujeres (665 páginas), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (749 páginas) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (854 páginas), obra publicada por Ediciones Destino S.A, Barcelona, España, en asociación con Editorial Planeta, Colombia.
Y si bien conocía su obra desde 2006, no es sino hasta ahora que sentí la necesidad de leerla, y aunque he sido muy poco lectora del género negro no me arrepiento de haber emprendido esta loca carrera detrás de los secretos de Lizbeth Salander y de Mikael Blomkvist. La primera, una hacker consumada, poseedora de una memoria fotográfica y de una inteligencia cercana a la genialidad y como si fuera poco underground. El segundo, un periodista que podría simbolizar un quijote contemporáneo, socio de una revista mensual llamada Millennium y que en su defecto podría reemplazar tanto a la lanza del Quijote, como a su maltrecho Rocinante. Mis conocimientos de la literatura policiaca no iban más allá de algunas obras de Agatha Christie, leídas en mi adolescencia, y de Bebé Donge (1945), de George Simenon, leída en un curso de la Universidad de la Sorbona y luego trabajada por mí en la Universidad de Caldas en los cursos que yo dictaba de lengua francesa. Esta última, la leía haciendo un análisis comparativo con una obra excelente, y que no pertenece al género en cuestión, me refiero a Thérèse Desqueyroux (1927), de François Mauriac (Premio Nobel de literatura, 1952).
Millennium, es una obra que atrapa al lector y lo sumerge en un mundo lleno de intrigas, de corrupción a todo nivel, pero sobre todo, es una obra que denuncia la violencia de género. La obra en sí tiene muchas fallas a nivel narrativo, repeticiones innecesarias y a veces descripciones demasiado largas; pero eso no le resta importancia al libro. Más bien el problema de la versión en español, no hablo sueco, es una traducción no muy bien realizada por Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Me refiero a problemas de sintaxis, a la utilización en algunos casos de una jerga española desconocida en América Latina y a la utilización permanente de ese adefesio español de “ir a por”. Por lo demás, es una obra que se lee sin hacer ningún esfuerzo, algo ideal cuando se ha estado leyendo obras de cierta dificultad intelectual y que nos han llevado a desear simplemente “descansar y divertirnos”.
Millennium, es una obra que se sumerge en diferentes terrenos: la corrupción política, el mundo de los grandes empresarios y sus conexiones non sanctas con el mundo del hampa, o bien con los países donde el trabajo infantil no está reglamentado, convirtiéndose así en una moderna y terrorífica esclavitud, cuyos beneficiados son unos pocos hombres de negocios que actúan con toda impunidad, relacionándose con los más altos dignatarios o funcionarios estatales; o corrupción en los estamentos de la policía o en la rama judicial. También encontramos denuncias de corte ecológico o contra la globalización actual. Pero sobre todo, es una denuncia contra el maltrato de las mujeres; llámese trata de blancas, acoso y abuso sexual, disparidad salarial con sus homólogos masculinos, violencia o agresión doméstica.
Y es que Stieg Larsson me ha abierto una ventana a un país que desconozco por completo. A parte de la hermosa obra “El maravilloso viaje de Nils Olgersson a través de Suecia” de Selma Lagerlöf (Premio Nobel de literatura - 1909) o del asesinato del Primer Ministro sueco Olof Palme, en 1986, no sabía nada de Suecia. Siempre que pensaba en ese país nórdico, me imaginaba un país del primer mundo, una especie de paraíso donde la cobertura de protección social es una de las más importantes del mundo y con un importante nivel de vida. Pero también con una tasa de suicidios muy alta (es el número 35 de un total de 99 países registrados en un estudio llevado a cabo en 2006), actualmente tiene una tasa de suicidios aproximada de 20 ciudadanos por cada 100.000 habitantes). Pues bien, la lectura de Millennium me mostró un país con un nivel de corrupción y con una mafia tan bien desarrollados, que uno creería que está leyendo una obra que se lleva a cabo en cualquier país del Tercer Mundo; y porque no decirlo en la Colombia de Uribe. No en vano la escritora norteamericana Donna Leon ha dicho que todo en Millennium es “maldad e injusticia”. Sin embargo, no dice que tanto Lizbeth Salander como Mikael Blomkvist son dos justicieros que terminan triunfando y derrotando el mal que los acecha o que acecha a sus conocidos. Pero También están la directora de la revista, Erika Berger, una excelente periodista y gerente, o Annika Giannini, la abogada defensora de los derechos de las mujeres, o la policía Mónica Figuerola o la expolicía Susanne Linder, quien trabaja para Dragan Armanskij, el gerente de Milton Security.
Lizbeth Salander, como ya lo había anotado, es una marginal que vive en el anonimato, no se relaciona con nadie, ni permite que alguien le haga daño sin que se arriesgue a una terrible venganza de su parte. Está por fuera del establishment y su presentación personal está a leguas de lo que la sociedad actual considera como “medianamente aceptable”:
“Aquel día Lisbeth Salander llevaba una camiseta negra con la cara de un ET con colmillos y el texto I am also an alien. Una falda negra, rota en el dobladillo, una desgastada chupa de cuero negra que le llegaba a la cintura, unas fuertes botas de la marca Doc Martens, y calcetines con rayas verdes y rojas hasta la rodilla. Se había maquillado en una escala cromática que dejaba adivinar un problema de daltonismo”. (Los hombres que no amaban a las mujeres, pág: 62). Fumadora y bebedora de café empedernida, amante de la comida chatarra; como el autor que la creó. Irreverente e indócil, salvaje como una gata montés, autónoma e independiente y una enemiga acérrima de los servicios sociales y de la policía.
Mikael Blomkvist, periodista de izquierda, antirracista y luchador de los principios que deben regir una sociedad justa e igualitaria. Gran lector de la novela negra sueca. Profundo feminista, defensor a ultranza de la mujer. Pero también un playboy empedernido, lo que no impide que sea un personaje con el que todas las mujeres sueñan, y me incluyo en ese rango. Creo que si me lo encontrara a la vuelta de la esquina, fácilmente me iría a la cama con él y no es ninguna broma.
Y si bien estos dos personajes son los verdaderos protagonistas de la trilogía, no obstante la obra es un verdadero laberinto de personajes; si bien no los conté, podría decir, sin temor a equivocarme que pueden ser más de cien. Sin embargo, cada uno tiene bien definido su caracterología y su historia personal. Los hay para todos los gustos, desde el criminal a sueldo, pasando por el traficante de drogas o por el traficante de mujeres raptadas en los países del Este, o por el sádico y psicópata, disfrazado de antiguo espía ruso, o el oscuro funcionario estatal que pone en juego la seguridad de un país con tal de sacar adelante sus intereses personales, hasta los grupos de extrema derecha con rasgos neonazis. Pero también están los personajes que creen en un Estado de Derecho y luchan por su preservación.
Para terminar con esta reseña de Millennium, quisiera hacerle un homenaje a Stieg Larsson, al reconocerlo como un escritor feminista. Es de anotar que el 21 de septiembre de 2009 se le otorgó, a título póstumo, el V premio al trabajo más destacado contra la violencia de género, otorgado por el Consejo General del Poder Judicial de España. “Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la violencia de género del Consejo ha destacado la aportación del escritor, famoso por su trilogía Millennium, "a la visibilización y denuncia de la violencia contra las mujeres, que se sigue perpetuando en las sociedades actuales, también en las más avanzadas; y por poner de manifiesto que no sólo es deseable sino posible la construcción de una sociedad libre de violencia de género por todos sus integrantes, mujeres y hombres" (ElPaís.com-08/09/2009). El premio fue recibido por la compañera sentimental de Larsson, Eva Gabrielsson, con quien compartió los últimos 32 años de su vida; es decir desde que tenía 18 años hasta el día de su muerte, el 9 de noviembre de 2004.
Y como gran paradoja, no puedo pasarlo por alto, los ideales de Stieg Larsson, con respecto a una sociedad que proteja y respete los derechos de la mujer, están siendo vilmente pisoteados por su propia familia. Tanto su hermano como su padre, herederos de los derechos de autor de la trilogía, se han enfrascado en una batalla jurídica para dejar por fuera a su mujer Eva Gabrielsson. El problema radica en que Stieg Larsson y ella nunca se casaron, y al no tener hijos, las leyes suecas le niegan el derecho a la sucesión. En los cinco años que lleva la trilogía en las librerías, se ha vendido un total de 13 millones de euros. Hace poco los Larsson le ofrecieron a Eva Gabrielsson la suma de 2 millones, para que abandonara su deseo de convertirse en una de las legítimas herederas del autor de Millennium. Y en un gesto que refleja toda su dignidad como mujer, a la que se le están violando sus más mínimos derechos, rechazó la oferta que se le hizo. Una magra oferta para la suma recaudada hasta el día de hoy, pero sobre todo para la suma que se recogerá en los años que vienen.
Para terminar, quisiera hacer alusión a la película Millennium 2, dirigida por Niels Arden Oplev y Daniel Alfredson, con guión de Jonas Frikberg y fotografía de Peter Mokrosinski. Con Noomi Rapace, en el rol de Lisbeth Salander y Mikael Nyqvist, en el de Mikael Blomkvist. El largo metraje ha sido seleccionado para participar en el próximo Festival de Cine Europeo que se llevara a cabo en Essen y Boshum, en la región alemana de Ruhr, el 11 y 12 de diciembre de 2009. Falta ver si la Millennium, en su versión cinematográfica, logra el mismo éxito que la trilogía escrita por Stieg Larsson.
Y si bien conocía su obra desde 2006, no es sino hasta ahora que sentí la necesidad de leerla, y aunque he sido muy poco lectora del género negro no me arrepiento de haber emprendido esta loca carrera detrás de los secretos de Lizbeth Salander y de Mikael Blomkvist. La primera, una hacker consumada, poseedora de una memoria fotográfica y de una inteligencia cercana a la genialidad y como si fuera poco underground. El segundo, un periodista que podría simbolizar un quijote contemporáneo, socio de una revista mensual llamada Millennium y que en su defecto podría reemplazar tanto a la lanza del Quijote, como a su maltrecho Rocinante. Mis conocimientos de la literatura policiaca no iban más allá de algunas obras de Agatha Christie, leídas en mi adolescencia, y de Bebé Donge (1945), de George Simenon, leída en un curso de la Universidad de la Sorbona y luego trabajada por mí en la Universidad de Caldas en los cursos que yo dictaba de lengua francesa. Esta última, la leía haciendo un análisis comparativo con una obra excelente, y que no pertenece al género en cuestión, me refiero a Thérèse Desqueyroux (1927), de François Mauriac (Premio Nobel de literatura, 1952).
Millennium, es una obra que atrapa al lector y lo sumerge en un mundo lleno de intrigas, de corrupción a todo nivel, pero sobre todo, es una obra que denuncia la violencia de género. La obra en sí tiene muchas fallas a nivel narrativo, repeticiones innecesarias y a veces descripciones demasiado largas; pero eso no le resta importancia al libro. Más bien el problema de la versión en español, no hablo sueco, es una traducción no muy bien realizada por Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Me refiero a problemas de sintaxis, a la utilización en algunos casos de una jerga española desconocida en América Latina y a la utilización permanente de ese adefesio español de “ir a por”. Por lo demás, es una obra que se lee sin hacer ningún esfuerzo, algo ideal cuando se ha estado leyendo obras de cierta dificultad intelectual y que nos han llevado a desear simplemente “descansar y divertirnos”.
Millennium, es una obra que se sumerge en diferentes terrenos: la corrupción política, el mundo de los grandes empresarios y sus conexiones non sanctas con el mundo del hampa, o bien con los países donde el trabajo infantil no está reglamentado, convirtiéndose así en una moderna y terrorífica esclavitud, cuyos beneficiados son unos pocos hombres de negocios que actúan con toda impunidad, relacionándose con los más altos dignatarios o funcionarios estatales; o corrupción en los estamentos de la policía o en la rama judicial. También encontramos denuncias de corte ecológico o contra la globalización actual. Pero sobre todo, es una denuncia contra el maltrato de las mujeres; llámese trata de blancas, acoso y abuso sexual, disparidad salarial con sus homólogos masculinos, violencia o agresión doméstica.
Y es que Stieg Larsson me ha abierto una ventana a un país que desconozco por completo. A parte de la hermosa obra “El maravilloso viaje de Nils Olgersson a través de Suecia” de Selma Lagerlöf (Premio Nobel de literatura - 1909) o del asesinato del Primer Ministro sueco Olof Palme, en 1986, no sabía nada de Suecia. Siempre que pensaba en ese país nórdico, me imaginaba un país del primer mundo, una especie de paraíso donde la cobertura de protección social es una de las más importantes del mundo y con un importante nivel de vida. Pero también con una tasa de suicidios muy alta (es el número 35 de un total de 99 países registrados en un estudio llevado a cabo en 2006), actualmente tiene una tasa de suicidios aproximada de 20 ciudadanos por cada 100.000 habitantes). Pues bien, la lectura de Millennium me mostró un país con un nivel de corrupción y con una mafia tan bien desarrollados, que uno creería que está leyendo una obra que se lleva a cabo en cualquier país del Tercer Mundo; y porque no decirlo en la Colombia de Uribe. No en vano la escritora norteamericana Donna Leon ha dicho que todo en Millennium es “maldad e injusticia”. Sin embargo, no dice que tanto Lizbeth Salander como Mikael Blomkvist son dos justicieros que terminan triunfando y derrotando el mal que los acecha o que acecha a sus conocidos. Pero También están la directora de la revista, Erika Berger, una excelente periodista y gerente, o Annika Giannini, la abogada defensora de los derechos de las mujeres, o la policía Mónica Figuerola o la expolicía Susanne Linder, quien trabaja para Dragan Armanskij, el gerente de Milton Security.
Lizbeth Salander, como ya lo había anotado, es una marginal que vive en el anonimato, no se relaciona con nadie, ni permite que alguien le haga daño sin que se arriesgue a una terrible venganza de su parte. Está por fuera del establishment y su presentación personal está a leguas de lo que la sociedad actual considera como “medianamente aceptable”:
“Aquel día Lisbeth Salander llevaba una camiseta negra con la cara de un ET con colmillos y el texto I am also an alien. Una falda negra, rota en el dobladillo, una desgastada chupa de cuero negra que le llegaba a la cintura, unas fuertes botas de la marca Doc Martens, y calcetines con rayas verdes y rojas hasta la rodilla. Se había maquillado en una escala cromática que dejaba adivinar un problema de daltonismo”. (Los hombres que no amaban a las mujeres, pág: 62). Fumadora y bebedora de café empedernida, amante de la comida chatarra; como el autor que la creó. Irreverente e indócil, salvaje como una gata montés, autónoma e independiente y una enemiga acérrima de los servicios sociales y de la policía.
Mikael Blomkvist, periodista de izquierda, antirracista y luchador de los principios que deben regir una sociedad justa e igualitaria. Gran lector de la novela negra sueca. Profundo feminista, defensor a ultranza de la mujer. Pero también un playboy empedernido, lo que no impide que sea un personaje con el que todas las mujeres sueñan, y me incluyo en ese rango. Creo que si me lo encontrara a la vuelta de la esquina, fácilmente me iría a la cama con él y no es ninguna broma.
Y si bien estos dos personajes son los verdaderos protagonistas de la trilogía, no obstante la obra es un verdadero laberinto de personajes; si bien no los conté, podría decir, sin temor a equivocarme que pueden ser más de cien. Sin embargo, cada uno tiene bien definido su caracterología y su historia personal. Los hay para todos los gustos, desde el criminal a sueldo, pasando por el traficante de drogas o por el traficante de mujeres raptadas en los países del Este, o por el sádico y psicópata, disfrazado de antiguo espía ruso, o el oscuro funcionario estatal que pone en juego la seguridad de un país con tal de sacar adelante sus intereses personales, hasta los grupos de extrema derecha con rasgos neonazis. Pero también están los personajes que creen en un Estado de Derecho y luchan por su preservación.
Para terminar con esta reseña de Millennium, quisiera hacerle un homenaje a Stieg Larsson, al reconocerlo como un escritor feminista. Es de anotar que el 21 de septiembre de 2009 se le otorgó, a título póstumo, el V premio al trabajo más destacado contra la violencia de género, otorgado por el Consejo General del Poder Judicial de España. “Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la violencia de género del Consejo ha destacado la aportación del escritor, famoso por su trilogía Millennium, "a la visibilización y denuncia de la violencia contra las mujeres, que se sigue perpetuando en las sociedades actuales, también en las más avanzadas; y por poner de manifiesto que no sólo es deseable sino posible la construcción de una sociedad libre de violencia de género por todos sus integrantes, mujeres y hombres" (ElPaís.com-08/09/2009). El premio fue recibido por la compañera sentimental de Larsson, Eva Gabrielsson, con quien compartió los últimos 32 años de su vida; es decir desde que tenía 18 años hasta el día de su muerte, el 9 de noviembre de 2004.
Y como gran paradoja, no puedo pasarlo por alto, los ideales de Stieg Larsson, con respecto a una sociedad que proteja y respete los derechos de la mujer, están siendo vilmente pisoteados por su propia familia. Tanto su hermano como su padre, herederos de los derechos de autor de la trilogía, se han enfrascado en una batalla jurídica para dejar por fuera a su mujer Eva Gabrielsson. El problema radica en que Stieg Larsson y ella nunca se casaron, y al no tener hijos, las leyes suecas le niegan el derecho a la sucesión. En los cinco años que lleva la trilogía en las librerías, se ha vendido un total de 13 millones de euros. Hace poco los Larsson le ofrecieron a Eva Gabrielsson la suma de 2 millones, para que abandonara su deseo de convertirse en una de las legítimas herederas del autor de Millennium. Y en un gesto que refleja toda su dignidad como mujer, a la que se le están violando sus más mínimos derechos, rechazó la oferta que se le hizo. Una magra oferta para la suma recaudada hasta el día de hoy, pero sobre todo para la suma que se recogerá en los años que vienen.
Para terminar, quisiera hacer alusión a la película Millennium 2, dirigida por Niels Arden Oplev y Daniel Alfredson, con guión de Jonas Frikberg y fotografía de Peter Mokrosinski. Con Noomi Rapace, en el rol de Lisbeth Salander y Mikael Nyqvist, en el de Mikael Blomkvist. El largo metraje ha sido seleccionado para participar en el próximo Festival de Cine Europeo que se llevara a cabo en Essen y Boshum, en la región alemana de Ruhr, el 11 y 12 de diciembre de 2009. Falta ver si la Millennium, en su versión cinematográfica, logra el mismo éxito que la trilogía escrita por Stieg Larsson.
domingo 4 de octubre de 2009
MARCELA SERRANO
Marcela Serrano nació en 1951 en la ciudad de Santiago, Chile. Hija del ensayista Horacio Serrano y de la novelista Elisa Pérez Walker.
El año 1973, por motivo del golpe militar, tuvo que cumplir su exilio en Roma, Italia. El año 1977 regresó definitivamente a Chile.
En 1994 fue declarada ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, por su obra Nosotras que nos queremos tanto, publicada en 1991, y el galardón de la Feria del Libro de Guadalajara (México) a la mejor novela hispanoamericana escrita por una mujer. Además, el mismo año obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago con la obra Para que no me olvides (1993), dicho premio es el más importante en su género en el país austral.
Algunas de sus obras son:
Antigua vida mía (1995)
El albergue de las mujeres tristes (1997)
Nuestra Señora de la Soledad (1999)
Un mundo raro (dos cuentos-2000)
Lo que está en mi corazón (2001), obra finalista del prestigioso Premio Planeta.
Hasta siempre mujercitas (2004)
La llorona (2008)
Marcela Serrano es una de las autoras latinoamericanas más vendidas y leídas.
Características generales de su obra:
Marcela Serrano nació en 1951 en la ciudad de Santiago, Chile. Hija del ensayista Horacio Serrano y de la novelista Elisa Pérez Walker.
El año 1973, por motivo del golpe militar, tuvo que cumplir su exilio en Roma, Italia. El año 1977 regresó definitivamente a Chile.
En 1994 fue declarada ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, por su obra Nosotras que nos queremos tanto, publicada en 1991, y el galardón de la Feria del Libro de Guadalajara (México) a la mejor novela hispanoamericana escrita por una mujer. Además, el mismo año obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago con la obra Para que no me olvides (1993), dicho premio es el más importante en su género en el país austral.
Algunas de sus obras son:
Antigua vida mía (1995)
El albergue de las mujeres tristes (1997)
Nuestra Señora de la Soledad (1999)
Un mundo raro (dos cuentos-2000)
Lo que está en mi corazón (2001), obra finalista del prestigioso Premio Planeta.
Hasta siempre mujercitas (2004)
La llorona (2008)
Marcela Serrano es una de las autoras latinoamericanas más vendidas y leídas.
Características generales de su obra:
1. Reflexión sobre la condición femenina: Cuando se lee a Marcela Serrano la primera impresión que arroja su obra es la reflexión sobre la condición femenina. Toda su obra está ligada por un eje central que bien puede denominarse la defensa de la mujer y el retrato íntimo que ningún hombre, por razones obvias, había podido realizar. Su obra, en cierta forma, nos desnuda, y pone en el tapete todos nuestros temores, miedos, esperanzas, vacilaciones, desengaños y fracasos; pero también nuestros amores y nuestros éxitos. Al respecto dice:
“No tengo ningún pudor en escribir como escribe una mujer. Al revés, pegaría un grito para decirles a todas las mujeres que por favor escriban distinto de los hombres… Porque creo que nosotras sí tenemos otro lenguaje”.
Por lo que hace una defensa a ultranza del derecho que tenemos las mujeres a escribir diferente a nuestros homólogos masculinos, dejando claro que su modo de pensar al respecto difiere de la visión de la escritora española Rosa Montero, para quien ser mujer es más bien algo ligado a la especificidad humana, un elemento más como puede ser un aspecto biográfico o la nacionalidad a la que se pertenezca, pero que en definitiva no tiene mucho peso a la hora de la creación literaria. Y para aclarar esta divergencia Marcela Serrano dice muy claramente:
“Yo defiendo el punto de vista femenino y Rosa Montero no. Ella dice que se siente más cercana de cualquier español de su generación que de una mujer de Sudáfrica. Yo no: yo me siento más cercana a una escritora marroquí que a Pérez-Reverte. Y eso tiene que ver con el punto de vista”.
Y yo agregaría, también la mirada, la sensibilidad e incluso nuestra carga ideológica. Marcela Serrano es bastante elocuente al decir que:
“Es imposible no escribir desde lo minoritario si estás en eso. Imaginémonos la Sudáfrica del apartheid: ¿podría un negro haber escrito desde el poder? Siempre tendría que escribir desde el margen... En ese sentido, dado que en la historia el poder ha sido masculino, el lenguaje también... Yo creo que la mujer escribe desde el espacio del no poder”.
Y yo agregaría desde el espacio oculto, desde el anonimato, como si su rostro estuviese oculto por un velo invisible que le nubla la vista, le cose la boca y le tapa los oídos; y sin embargo su grito de desamparo sale de lo más profundo de sus entrañas, para reafirmarse como ser humano, como mujer, amante, esposa, amiga, trabajadora; incluso como ciudadana de un país que la relega, la avasalla, la esclaviza y la ignora, a la hora de reconocerle sus derechos; pero que la tiene en cuenta a la hora de exigirle sus obligaciones. Marcela Serrano agrega, con bastante crudeza por cierto, que
“Hay un tipo de soledad determinada que tiene que ver con haber nacido en el espacio del no poder. Y ahí la lectura sirve para atenuar la soledad”.
Y es aquí donde llegamos al segundo punto.
2. La soledad: Como muchos de los autores contemporáneos Marcela Serrano indaga en el terreno metafísico y nos muestra sus personajes femeninos como si hubiesen sido cortados en una sala de cirugía con el más fino de los escalpelos. Es así como a través de su pluma descubrimos la inconmensurable soledad que suele rodear a la especie humana, independientemente de su extracción social, económica, política o religiosa; pero que se hace mucho más insoportable cuando se es mujer. Para explicar lo que podría no ser sino un embrollo, Marcela Serrano aduce a uno de sus personajes de “Hasta siempre mujercitas”, puesto que anteriormente las mujeres debían aceptar sin ningún tipo de rebelión el papel que se les había impuesto desde antes de su nacimiento, papel escrito desde tiempos inmemoriales. En cambio ahora, al menos en lo que concierne a las mujeres occidentales, podemos decidir si aceptamos o no los dictados de una sociedad y un Iglesia opresoras:
–“Esa es la diferencia entre las mujercitas de la Alcott y las mías. Creo que los mandatos no son muy distintos: lo que les enseñaron a las hermanas March no es muy distinto de lo que me enseñaron a mí. La diferencia está en qué podemos hacer hoy con esos mandatos. Hoy cabe una enorme cantidad de posibilidades que antes estaban vedadas: el ser profesionales, el salir a ganarse la vida… Y eso, la posibilidad de ganarnos el pan, ya nos ha cambiado literalmente la vida”.
Para reforzar su idea que los mandatos impuestos a la mujer de comienzos del siglo XXI, son los mismos que a mediados del siglo XX, Marcela Serrano agrega:
–“Hay una palabra, la obediencia. La obediencia a la que las mujeres estarían virtualmente sometidas... Sometimiento a la familia, a la bondad… Cada uno de esos roles (madre, hija, esposa...) tiene una carga gigantesca relacionada con la obediencia. Yo estaba en un colegio de monjas en los años sesenta, y hay frases enteras de la Alcott que me recuerdan mi formación. Esa cosa pudorosa y menuda desde la que había que mirar la vida… Y las virtudes femeninas, que implicaban siempre la humildad, la falta de ambición... Que los hombres que fuesen ambiciosos era un valor; en las mujeres, un defecto. Hasta las virtudes femeninas prácticas: aprender a cocinar, a tejer, a coser… En fin, todo estaba encerrado en lo pequeño, en la vida doméstica... No había un mandato de salir al mundo”.
3. La política y el exilio:
En 1972 vive su primera experiencia como exiliada en Francia, pero era un exilio deseado, no impuesto. Algo muy diferente del exilio que le tocó vivir para huir del régimen de terror impuesto por Pinochet, en Italia esta vez. Allí conoció el desarraigo, el dolor, el frío y el hambre. Al respecto Marcela Serrano dice:
“El exilio. Primero, antes del exilio había vivido en París un año como estudiante, debe haber sido cuatro años después del 68, cuando estaban todos los gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire, y yo me fui con dos de mis hermanas, según nosotras a aprender francés. Congelamos nuestros estudios en Santiago y nos fuimos a vivir allá. Fue una experiencia fascinante, realmente apasionante. Aprendimos francés, pero también aprendimos muchas otras cosas. Después volví a Chile y vino el golpe. Ahí me tocó el exilio italiano; nos tocaba, uno no decidía cuando era militante de un partido, y tuve un exilio en Roma. Roma en sí fue un privilegio. El calor de los italianos, la recepción que nos hicieron, la solidaridad de ellos fue una cosa maravillosa, pero tuvimos que vivir en condiciones que yo ni siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante "regalada" antes de eso, en casa de mis padres, entonces fue muy duro. Al final me volví”.
Y es que la obra de Marcela Serrano no puede entenderse si se deja a un lado el aspecto político. Las alusiones a la dictadura, a la represión, a la tortura, a los desaparecidos, a los campos de concentración, al terror y al exilio obligado que vivieron miles de chilenos está inmerso a todo lo largo de su obra. El ambiente de persecución con el que toda una generación vivió y creció, se hizo adulta y pensante no escapa a su visión aguda del conflicto político chileno.
Para terminar podría decir que Marcela Serrano, Isabel Allende y Laura Restrepo, son las tres novelistas latinoamericanas con una obra sólida y permanente en el tiempo. Son tres referentes a la hora de estudiar la literatura actual latinoamericana; y cuando hago esta afirmación por supuesto que no hago distinción entre hombre o mujer.
NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
“No tengo ningún pudor en escribir como escribe una mujer. Al revés, pegaría un grito para decirles a todas las mujeres que por favor escriban distinto de los hombres… Porque creo que nosotras sí tenemos otro lenguaje”.
Por lo que hace una defensa a ultranza del derecho que tenemos las mujeres a escribir diferente a nuestros homólogos masculinos, dejando claro que su modo de pensar al respecto difiere de la visión de la escritora española Rosa Montero, para quien ser mujer es más bien algo ligado a la especificidad humana, un elemento más como puede ser un aspecto biográfico o la nacionalidad a la que se pertenezca, pero que en definitiva no tiene mucho peso a la hora de la creación literaria. Y para aclarar esta divergencia Marcela Serrano dice muy claramente:
“Yo defiendo el punto de vista femenino y Rosa Montero no. Ella dice que se siente más cercana de cualquier español de su generación que de una mujer de Sudáfrica. Yo no: yo me siento más cercana a una escritora marroquí que a Pérez-Reverte. Y eso tiene que ver con el punto de vista”.
Y yo agregaría, también la mirada, la sensibilidad e incluso nuestra carga ideológica. Marcela Serrano es bastante elocuente al decir que:
“Es imposible no escribir desde lo minoritario si estás en eso. Imaginémonos la Sudáfrica del apartheid: ¿podría un negro haber escrito desde el poder? Siempre tendría que escribir desde el margen... En ese sentido, dado que en la historia el poder ha sido masculino, el lenguaje también... Yo creo que la mujer escribe desde el espacio del no poder”.
Y yo agregaría desde el espacio oculto, desde el anonimato, como si su rostro estuviese oculto por un velo invisible que le nubla la vista, le cose la boca y le tapa los oídos; y sin embargo su grito de desamparo sale de lo más profundo de sus entrañas, para reafirmarse como ser humano, como mujer, amante, esposa, amiga, trabajadora; incluso como ciudadana de un país que la relega, la avasalla, la esclaviza y la ignora, a la hora de reconocerle sus derechos; pero que la tiene en cuenta a la hora de exigirle sus obligaciones. Marcela Serrano agrega, con bastante crudeza por cierto, que
“Hay un tipo de soledad determinada que tiene que ver con haber nacido en el espacio del no poder. Y ahí la lectura sirve para atenuar la soledad”.
Y es aquí donde llegamos al segundo punto.
2. La soledad: Como muchos de los autores contemporáneos Marcela Serrano indaga en el terreno metafísico y nos muestra sus personajes femeninos como si hubiesen sido cortados en una sala de cirugía con el más fino de los escalpelos. Es así como a través de su pluma descubrimos la inconmensurable soledad que suele rodear a la especie humana, independientemente de su extracción social, económica, política o religiosa; pero que se hace mucho más insoportable cuando se es mujer. Para explicar lo que podría no ser sino un embrollo, Marcela Serrano aduce a uno de sus personajes de “Hasta siempre mujercitas”, puesto que anteriormente las mujeres debían aceptar sin ningún tipo de rebelión el papel que se les había impuesto desde antes de su nacimiento, papel escrito desde tiempos inmemoriales. En cambio ahora, al menos en lo que concierne a las mujeres occidentales, podemos decidir si aceptamos o no los dictados de una sociedad y un Iglesia opresoras:
–“Esa es la diferencia entre las mujercitas de la Alcott y las mías. Creo que los mandatos no son muy distintos: lo que les enseñaron a las hermanas March no es muy distinto de lo que me enseñaron a mí. La diferencia está en qué podemos hacer hoy con esos mandatos. Hoy cabe una enorme cantidad de posibilidades que antes estaban vedadas: el ser profesionales, el salir a ganarse la vida… Y eso, la posibilidad de ganarnos el pan, ya nos ha cambiado literalmente la vida”.
Para reforzar su idea que los mandatos impuestos a la mujer de comienzos del siglo XXI, son los mismos que a mediados del siglo XX, Marcela Serrano agrega:
–“Hay una palabra, la obediencia. La obediencia a la que las mujeres estarían virtualmente sometidas... Sometimiento a la familia, a la bondad… Cada uno de esos roles (madre, hija, esposa...) tiene una carga gigantesca relacionada con la obediencia. Yo estaba en un colegio de monjas en los años sesenta, y hay frases enteras de la Alcott que me recuerdan mi formación. Esa cosa pudorosa y menuda desde la que había que mirar la vida… Y las virtudes femeninas, que implicaban siempre la humildad, la falta de ambición... Que los hombres que fuesen ambiciosos era un valor; en las mujeres, un defecto. Hasta las virtudes femeninas prácticas: aprender a cocinar, a tejer, a coser… En fin, todo estaba encerrado en lo pequeño, en la vida doméstica... No había un mandato de salir al mundo”.
3. La política y el exilio:
En 1972 vive su primera experiencia como exiliada en Francia, pero era un exilio deseado, no impuesto. Algo muy diferente del exilio que le tocó vivir para huir del régimen de terror impuesto por Pinochet, en Italia esta vez. Allí conoció el desarraigo, el dolor, el frío y el hambre. Al respecto Marcela Serrano dice:
“El exilio. Primero, antes del exilio había vivido en París un año como estudiante, debe haber sido cuatro años después del 68, cuando estaban todos los gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire, y yo me fui con dos de mis hermanas, según nosotras a aprender francés. Congelamos nuestros estudios en Santiago y nos fuimos a vivir allá. Fue una experiencia fascinante, realmente apasionante. Aprendimos francés, pero también aprendimos muchas otras cosas. Después volví a Chile y vino el golpe. Ahí me tocó el exilio italiano; nos tocaba, uno no decidía cuando era militante de un partido, y tuve un exilio en Roma. Roma en sí fue un privilegio. El calor de los italianos, la recepción que nos hicieron, la solidaridad de ellos fue una cosa maravillosa, pero tuvimos que vivir en condiciones que yo ni siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante "regalada" antes de eso, en casa de mis padres, entonces fue muy duro. Al final me volví”.
Y es que la obra de Marcela Serrano no puede entenderse si se deja a un lado el aspecto político. Las alusiones a la dictadura, a la represión, a la tortura, a los desaparecidos, a los campos de concentración, al terror y al exilio obligado que vivieron miles de chilenos está inmerso a todo lo largo de su obra. El ambiente de persecución con el que toda una generación vivió y creció, se hizo adulta y pensante no escapa a su visión aguda del conflicto político chileno.
Para terminar podría decir que Marcela Serrano, Isabel Allende y Laura Restrepo, son las tres novelistas latinoamericanas con una obra sólida y permanente en el tiempo. Son tres referentes a la hora de estudiar la literatura actual latinoamericana; y cuando hago esta afirmación por supuesto que no hago distinción entre hombre o mujer.
NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Esta obra fue publicada en 1993 y en 1994 ganó el Premio sor Juana Inés de la Cruz, uno de los galardones más importantes de la literatura iberoamericana. Fue su primera obra, al menos la primera que escribió de una forma consciente, pensada para ser publicada y no archivada u olvidada en una da las tantas gavetas del pasado. En ella se relata la vida de cuatro mujeres, amigas entre sí y que la vida, por diferentes razones ha separado.
Este libro fue el primero que leí de Marcela Serrano, y hasta la fecha sigue siendo el que más me ha gustado. Pienso que en los demás se repite, sobre todo en “Hasta siempre mujercitas”. Esta obra, como todos sus demás libros, tiene un marcado acento feminista, en él indaga sobre la reivindicación de la mujer y sobre los estereotipos que le han impuesto; al mismo tiempo que muestra a un tipo de mujeres que han dejado atrás la tradición de las abuelas y que han hecho de sus vidas un sendero donde el hombre, fuera de cumplir con su papel de reproductor, poco o nada tiene que ver en el mundo femenino y en realización de un grupo selecto de mujeres. Es el caso de su personaje Sara. Marcela Serrano la integra a la historia con el siguiente párrafo:
“Sara nació, creció y vivió siempre entre puras mujeres.
Su padre abandonó a su madre el mes anterior a su nacimiento, en la ciudad de Valdivia. No se le volvió a ver. Siete años después se supo de su muerte y como ya había pasado a la categoría de personaje inexistente, esto no cambió el destino de nadie”.
O el personaje de Isabel:
“Creo que mi obsesión por mi vida profesional y mi dedicación a ella es casi sospechosa. Hernán me ha dicho incluso que es poco femenina. Pero… es que me dan escalofríos las vidas de aquellas mujeres sin cuento propio, las que aceptaron que el amor fuese la única referencia”. …
En su libro el hombre generalmente sale mal parado y las críticas acervas que se le hacen son verdaderamente corrosivas:
“No entiendo porque hay tantas mujeres solas y casi no hay hombres solos. María le responde:
- Todos se volvieron a casar, Laura, peor con mujeres más jóvenes. El mercado de ellos es fluctuante, el nuestro estático. Y si te encuentras con uno que se casó con alguien de su misma edad o que está solo, desconfía. Algún problema debe tener”.
La crítica a la religión católica marca el libro desde el principio, la autora ha reconocido abiertamente que hace mucho tiempo se separó de dicho legado y no tiene tapujos para reconocer que es atea:
“para su abuela esta niña no tenía nombre, porque no la bautizaron.
- ¿Cómo va a vivir esta niñita, sin fe de bautismo?
- Tiene certificado de nacimiento, mamá, Con eso le basta”.
Marcela Serrano, como la mayoría de las mujeres que nacimos en los años 50, y que crecimos con woddstock, con la Revolución de Mayo del 68 y con la gran revolución sexual derivada de la píldora, grita su derecho al placer y al orgasmo, grita su derecho al placer sexual libre de todo tapujo social y religioso; algo impensable para las abuelas que habían nacido 50 años antes:
“No quiero una sociedad donde no exista una sola mujer que no haya tenido un orgasmo”.
Dice uno de sus personajes femeninos; pero para llegar a esa sabia conclusión primero había tenido que pasar por la educación tradicional de cualquier mujer católica: el culto a la virginidad.
-“Debes tener en cuenta que la educación católica tradicional tiene un solo pecado fundamental: el SEXO, así, con mayúscula. La virginidad era nuestro valor más preciado. Casi todos los jóvenes con quienes pololeábamos entonces hacían el amor. Pero no con nosotras. Había otras mujeres para eso. Putas, empleadas, peluqueras, mujeres mayores. Había un acuerdo tácito: los hombres, sí; nosotras, no. La clásica doble moral de esta sociedad de mierda. Y el cero cuestionamiento nuestro de ella. Nuestra forma de vivir la sexualidad era fragmentadísima. …Mi curso del colegio se dividía en dos: las que conocían los besos con lengua y las que no”.
Este buceo por la sexualidad femenina, negada durante más de mil años, para ser finalmente aceptada y asumida en todo lo que tiene de grande y de hermoso, lleva a Marcela Serrano a hablar también de la masturbación y del aborto, sin ningún tapujo, asumiendo una realidad que siempre se ha querido ocultar.
-“Yo pensaba en esos países desarrollados donde abortar no es un delito, donde el Estado puede evitar esa miles muertes de mujeres del mundo popular por hemorragia y también evitar estos feroces negocios de los doctores ricos que hacen el doble juego de la moral. Soñé entonces con una Salud Pública capaz de recoger un problema tan dramático, tan cotidiano, tan desgarrador para cada protagonista y tan peligroso a la vez.
Y más adelante:
“¡Un país que no tiene una ley de divorcio ni una de aborto no tiene derecho a hablar de desarrollo!
Al final el libro cierra con una frase, que a mi modo de ver salva todo el libro,:
“-Al final, Ana –me dice con voz muy queda- nuestra tarea, la de nosotras las mujeres, es dar a luz y cerrar los ojos de los muertos. Exactamente los pasos claves de la humanidad. Como si la historia realmente dependiese de nuestras manos”.
Para terminar quiero decir que Marcela Serrano no es una de mis autoras preferidas, pienso, incluso, que algunas de sus obras no han debido ser publicadas. Creo que Marcela Serrano ha sido más bien el resultado de un markerting bien hecho más que el resultado de una buena literatura. Eso no quiere decir que libros como “Nosotras que nos queremos tanto”, no sea un libro que no merezca la pena de ser leído. Por el contrario, si bien reconozco que no es algo extraordinario, también es verdad que disfruté su lectura; como también es verdad que el último de los libros que leí de ella “Hasta siempre mujercitas”, me pareció bastante regular; eso sin hablar de “Un mundo raro”. Por el contrario “Para que no me olvides” me dejó una buena impresión; pero, insisto, no la considero una gran autora.
Este libro fue el primero que leí de Marcela Serrano, y hasta la fecha sigue siendo el que más me ha gustado. Pienso que en los demás se repite, sobre todo en “Hasta siempre mujercitas”. Esta obra, como todos sus demás libros, tiene un marcado acento feminista, en él indaga sobre la reivindicación de la mujer y sobre los estereotipos que le han impuesto; al mismo tiempo que muestra a un tipo de mujeres que han dejado atrás la tradición de las abuelas y que han hecho de sus vidas un sendero donde el hombre, fuera de cumplir con su papel de reproductor, poco o nada tiene que ver en el mundo femenino y en realización de un grupo selecto de mujeres. Es el caso de su personaje Sara. Marcela Serrano la integra a la historia con el siguiente párrafo:
“Sara nació, creció y vivió siempre entre puras mujeres.
Su padre abandonó a su madre el mes anterior a su nacimiento, en la ciudad de Valdivia. No se le volvió a ver. Siete años después se supo de su muerte y como ya había pasado a la categoría de personaje inexistente, esto no cambió el destino de nadie”.
O el personaje de Isabel:
“Creo que mi obsesión por mi vida profesional y mi dedicación a ella es casi sospechosa. Hernán me ha dicho incluso que es poco femenina. Pero… es que me dan escalofríos las vidas de aquellas mujeres sin cuento propio, las que aceptaron que el amor fuese la única referencia”. …
En su libro el hombre generalmente sale mal parado y las críticas acervas que se le hacen son verdaderamente corrosivas:
“No entiendo porque hay tantas mujeres solas y casi no hay hombres solos. María le responde:
- Todos se volvieron a casar, Laura, peor con mujeres más jóvenes. El mercado de ellos es fluctuante, el nuestro estático. Y si te encuentras con uno que se casó con alguien de su misma edad o que está solo, desconfía. Algún problema debe tener”.
La crítica a la religión católica marca el libro desde el principio, la autora ha reconocido abiertamente que hace mucho tiempo se separó de dicho legado y no tiene tapujos para reconocer que es atea:
“para su abuela esta niña no tenía nombre, porque no la bautizaron.
- ¿Cómo va a vivir esta niñita, sin fe de bautismo?
- Tiene certificado de nacimiento, mamá, Con eso le basta”.
Marcela Serrano, como la mayoría de las mujeres que nacimos en los años 50, y que crecimos con woddstock, con la Revolución de Mayo del 68 y con la gran revolución sexual derivada de la píldora, grita su derecho al placer y al orgasmo, grita su derecho al placer sexual libre de todo tapujo social y religioso; algo impensable para las abuelas que habían nacido 50 años antes:
“No quiero una sociedad donde no exista una sola mujer que no haya tenido un orgasmo”.
Dice uno de sus personajes femeninos; pero para llegar a esa sabia conclusión primero había tenido que pasar por la educación tradicional de cualquier mujer católica: el culto a la virginidad.
-“Debes tener en cuenta que la educación católica tradicional tiene un solo pecado fundamental: el SEXO, así, con mayúscula. La virginidad era nuestro valor más preciado. Casi todos los jóvenes con quienes pololeábamos entonces hacían el amor. Pero no con nosotras. Había otras mujeres para eso. Putas, empleadas, peluqueras, mujeres mayores. Había un acuerdo tácito: los hombres, sí; nosotras, no. La clásica doble moral de esta sociedad de mierda. Y el cero cuestionamiento nuestro de ella. Nuestra forma de vivir la sexualidad era fragmentadísima. …Mi curso del colegio se dividía en dos: las que conocían los besos con lengua y las que no”.
Este buceo por la sexualidad femenina, negada durante más de mil años, para ser finalmente aceptada y asumida en todo lo que tiene de grande y de hermoso, lleva a Marcela Serrano a hablar también de la masturbación y del aborto, sin ningún tapujo, asumiendo una realidad que siempre se ha querido ocultar.
-“Yo pensaba en esos países desarrollados donde abortar no es un delito, donde el Estado puede evitar esa miles muertes de mujeres del mundo popular por hemorragia y también evitar estos feroces negocios de los doctores ricos que hacen el doble juego de la moral. Soñé entonces con una Salud Pública capaz de recoger un problema tan dramático, tan cotidiano, tan desgarrador para cada protagonista y tan peligroso a la vez.
Y más adelante:
“¡Un país que no tiene una ley de divorcio ni una de aborto no tiene derecho a hablar de desarrollo!
Al final el libro cierra con una frase, que a mi modo de ver salva todo el libro,:
“-Al final, Ana –me dice con voz muy queda- nuestra tarea, la de nosotras las mujeres, es dar a luz y cerrar los ojos de los muertos. Exactamente los pasos claves de la humanidad. Como si la historia realmente dependiese de nuestras manos”.
Para terminar quiero decir que Marcela Serrano no es una de mis autoras preferidas, pienso, incluso, que algunas de sus obras no han debido ser publicadas. Creo que Marcela Serrano ha sido más bien el resultado de un markerting bien hecho más que el resultado de una buena literatura. Eso no quiere decir que libros como “Nosotras que nos queremos tanto”, no sea un libro que no merezca la pena de ser leído. Por el contrario, si bien reconozco que no es algo extraordinario, también es verdad que disfruté su lectura; como también es verdad que el último de los libros que leí de ella “Hasta siempre mujercitas”, me pareció bastante regular; eso sin hablar de “Un mundo raro”. Por el contrario “Para que no me olvides” me dejó una buena impresión; pero, insisto, no la considero una gran autora.
jueves 27 de noviembre de 2008
Testimonios
TESTIMONIOS
Crimen de honor
Nota: Este artículo fue inicialmente publicado en Papel Salmón (Diario la Patria) el 12 de febrero de 2006, edición 695.Crimen de honor
En diciembre de 2005 la prensa francesa sorprendía al mundo occidental al relatar como un padre de origen marroquí mantenía encerradas a sus cuatro hijas, todas en edad escolar, en un pequeño apartamento de uno de los tantos inmuebles que son administrados por las alcaldías de cada ciudad francesa. Sus hijas estaban entre los cuatro y los 14 años, ninguna sabía hablar francés, ni mucho menos leer ni escribir. Sólo hablaban árabe y cuando salían al parqueadero del edificio, único lugar de esparcimiento, lo hacían en compañía de alguien. Su padre, un desempleado, aducía que el aislamiento que había impuesto a sus hijas era en nombre del Islam, pero los estudiosos no ortodoxos del Corán niegan dicho postulado. Este hombre cobraba cada mes el subsidio familiar, 300 € por cada una de sus hijas, 1200 € en total, mientras que en España el salario mínimo quedó para el 2006 en 530 € (el cambio actual en Colombia –27 noviembre 2008- es de $2999= por un euro, si se hace la cuenta recibía $ 3’598.000=). Cualquiera podría decir que se trata de un caso aislado, pero la verdad es que en Francia no se ha logrado la integración de los inmigrantes que han llegado a este país en los últimos 40 años. Los acontecimientos de Evry, acaecidos en noviembre de 2005, y los de otras localidades, así lo constatan. En esta historia de desarraigo, de exilio y de choque cultural, quien sale peor librada es la mujer.
“Mariée de force” (Casada a la fuerza):
En el 2005 se publicó el libro "Casada a la fuerza", (Mariée de Force), una francesa de origen marroquí, educada bajo los preceptos más estrictos de la tradición musulmana, firmó su libro con el seudónimo de ‘Leila’. Reconocer el libro con su verdadero nombre hubiese significado la muerte a manos de personas allegadas o de cualquier vecino a quien le hubiese incomodado el libro. Y por supuesto que es un libro que incomoda. En una sociedad como la nuestra, en la Colombia del siglo XXI , y a pesar de todas las desigualdades económicas, sociales, laborales y de género, pensar en un matrimonio "arreglado", y lo que es peor "a la fuerza", es inconcebible. Cualquiera diría que fue una práctica de la aristocracia y burguesía europea, desde el Medioevo hasta el siglo XIX, incluso hasta la primera guerra mundial, pero que hoy no se lleva a cabo. Lo cual no es verdad, es una práctica bastante común, y en muchos países es aceptada plenamente por los jóvenes en edad de casarse; así lo corroboró una encuesta realizada en la India a finales del 2005, donde más del 70% de los jóvenes están de acuerdo con esta práctica; y más aún, están de acuerdo con el hecho de no contraer nupcias con alguien que no pertenezca a la misma casta. No quiero entrar a debatir si dicha costumbre hay que respetarla por el hecho de ser una práctica milenaria y que cada pueblo tiene el derecho a preservar su identidad cultural. Lo que me interesa, es denunciar como millones de mujeres son casadas diariamente sin su consentimiento, algunas a edades tan tempranas que ni siquiera la menarquía les ha llegado.
“Mariée de Force” es narrado en primera persona. Leila cuenta su vida en el seno de una familia conservadora e instalada desde hace 30 años en uno de los suburbios parisinos. Como muchas otras familias musulmanas, sus padres aceptaron escolarizarla, pero dentro del hogar su rol era de una esclava. Esclava del padre y de sus 11 hermanos, esclava de la madre, que descargaba en ella la mayoría de los trabajos domésticos. Sometida a una violencia sin límites, tanto física como mentalmente. Y es que las mujeres que han logrado romper el silencio, como ha sido el caso de las musulmanas Mukhtar Mai o de Souad, o de la hindú Bama, y a quienes me referiré más adelante, no dejan de hacer énfasis en la difícil situación que enfrentan millones de nuestras congéneres donde nacer mujer es la peor de las pesadillas que pueda enfrentar un ser humano. El caso de Leila no difiere mucho, así hable, escriba y lea francés. En su hogar es la ley del patriarca la que impera, y la de los hermanos por supuesto. Cuando el padre lo considera pertinente simplemente le comunica a la hija que tal día y a tal hora deberá contraer matrimonio con el hombre que él le ha escogido. De nada vale decir no, ni llorar ni gritar. Si el padre lo ha decidido así se hará.
En Francia, dentro de la comunidad musulmana, se llevarían a cabo cada año alrededor de 50 mil matrimonios a la fuerza. Muchos de estos hombres que terminan casándose con mujeres musulmanas, pero francesas para el Estado francés, vienen del Maghreb, o de otros países musulmanes, por lo que generalmente sólo buscan regularizar sus papeles y beneficiarse de las ventajas que otorga la seguridad social francesa. La mayoría son cruelmente maltratadas e incluso abandonadas, después de haberlas despojado de todas sus pertenencias. El abandono se conoce con el nombre de "repudio", lo que significa el deshonor y la vergüenza tanto para la víctima, como para su familia. Las mujeres aceptan casarse porque saben que de no hacerlo, son sus vidas las que corren peligro. Los musulmanes lo llaman "Crimen de honor", y este tiene un sinnúmero de variantes: la mujer puede ser quemada viva, rociada con ácido, estrangulada, degollada, lapidada. En otras palabras las mujeres que se opongan a la voluntad masculina están expuestas a las mayores perversidades que la mente humana pueda imaginar. Leila describe esta situación de la manera más desgarradora que una mujer pueda expresar sobre su propia condición de mujer:
“… el cuerpo de la mujer musulmana representa un pecado desde el momento mismo de su nacimiento. Para un padre, una hija es sinónimo de sirvienta de la casa, la alcoba es su prisión y su virginidad es el regalo más preciado que él dará al hombre que escogerá como su marido. Yo luché con todas mis fuerzas contra el matrimonio que se me imponía a la fuerza, no obstante me casaron”.
Ante un relato semejante cualquier comentario queda por fuera de lugar.
El caso de Souad:
“Brûlée vive” (Quemada viva), es el testimonio de Souad, una de las pocas sobrevivientes a esta tradición que cobra cientos de vidas en diferentes lugares del mundo. El caso de Souad no difiere mucho de la historia de miles de mujeres musulmanas. Su familia se da cuenta que está embarazada, el padre del niño huye, y ella es condenada por sus padres a ser quemada viva. El elegido para "lavar el honor" es su cuñado. Pero también podría haber sido el padre o el hermano, e incluso la madre. Souad cuenta como vio a su madre ahogar a un bebé con la almohada inmediatamente después del parto, cuando se dio cuenta que era una niña. Pero también cuenta como su hermana adolescente fue estrangulada con la cuerda del teléfono por su propio hermano. ¿Cuál habría sido su crimen? ¿Hablar por teléfono? ¿O tal vez mirar a un hombre a los ojos o hablar con un desconocido?
Souad es una campesina cisjordana, que pudo sobrevivir gracias a la ayuda de SURGIR, una ONG suiza que se dedica a investigar este tipo de crímenes. El 80% de su cuerpo guarda las señas de la gasolina ardiendo. En Pakistán y en Yemen son cientos las mujeres que son desfiguradas cada año por sus maridos. La práctica más utilizada es el ácido que les quema la piel hasta dejarlas convertidas en monstruos. Lo peor es que ni las autoridades ni el gobierno ni los médicos hacen nada para protegerlas. No suelen interferir en lo que consideran "decisiones familiares". Pero no solamente son quemadas en sus países de origen. En noviembre de 2005, en los suburbios de París, una mujer de 18 años de origen marroquí, fue rociada con gasolina por un pretendiente pakistanés que había sido rechazado por su familia. Ella se encuentra desde entonces en coma profundo y de él se desconoce su paradero. En Irán el 3 de noviembre de 2004 un joven universitario iraní le arrojó ácido en la cara a una compañera que no había aceptado casarse con él. La joven quedó ciega, y él aspirante a “pretendiente” fue finalmente condenado por la ley iraní (27.11.08). El veredicto dicta que debe aplicársele la “ghesas” o Ley del Talión: Recibirá 20 gotas de ácido en sus ojos, lo que significa que quedará ciego como la adolescente a la que le destruyó la vida.
Pakistán:
Otro de los libros que nos ocupa es “Deshonorée” (Deshonrada) de Mukhtar Mai, es un testimonio no menos doloroso. Esta valerosa mujer, aún siendo analfabeta, se enfrentó al status-quo de su país natal: Pakistán. Logró llevar tras las rejas a los hombres que decidieron violarla para “lavar” la supuesta falta que habría cometido su hermano de 12 años: haber mirado a una mujer de 20 años a la cara, con el agravante que ella era de una casta superior, los Mastoi. El niño fue primero raptado, luego torturado y sodomizado por varios hombres. Pero ese era sólo el comienzo de la pesadilla. En Pakistán, al igual que en las comunidades campesinas de la India, cualquier ofensa que haga un hombre, la que paga es la mujer, bien sea su esposa, sus hijas o su madre. La mayoría de las veces se paga con la violación a una de ellas por parte del supuesto ofendido.
Mukhtar Mai es llamada por el Consejo tribal, inicialmente para pedir perdón por el "delito" de su hermano. El Consejo se hace en público donde todos los lugareños son espectadores. El Consejo la condena a ser violada por cuatro hombres, y por primera vez la orden es ratificada por el jefe de la tribu. Como ella misma lo dice, muchas mujeres en su caso se habrían suicidado. Ella misma lo considera seriamente por espacio de varios días, pero logra sobreponerse a la rabia y a la humillación, y entabla un proceso jurídico que la ha convertido en un icono de los derechos humanos en Pakistán. En el 2005 fue declarada Mujer del Año en los Estados Unidos.
En vez de derrumbarse, Mukhtar Mai decidió fundar la primera escuela del pueblo donde siempre ha vivido con su familia. Ella misma dice que es la educación la que permitirá a las nuevas generaciones combatir las prácticas que hasta ahora han envilecido a millones y millones de mujeres. Dice, además: "A veces tanta responsabilidad me ahoga. A veces la cólera me quita el aliento. Sin embargo, no desespero nunca. Mi vida tiene un sentido. Mi desgracia se ha convertido en una herramienta útil para mi comunidad". En el 2006 su escuela contaba con 150 niños y 200 niñas. Para los niños, el gobierno pakistaní le ha asignado un profesor, para las niñas son las ayudas de ONG’s internacionales y del gobierno canadiense las que permiten el pago de los salarios de cuatro profesoras. Las ganancias generadas por la venta de su libro han sido invertidas en su escuela.
También pasa en la India:
Bama, una mujer hindú perteneciente a la casta de Los Intocables o Parias y quien habla solamente la lengua tamul, publicó “Sangati”. En la actualidad se desempeña como profesora en la comunidad campesina a la que pertenece. Su libro es una serie de anécdotas que se siguen las unas a las otras, cada una más cruda que la anterior, por lo que su relato va in crescendo hasta convertirse en un grito desgarrador. Bama relata la difícil situación de un sistema social regido por las castas, pero ante todo le interesa denunciar la dolorosa e intolerable condición de ser mujer, en un país donde sus vidas no valen prácticamente nada, tal y como ella misma lo describe:
"Nosotros conocemos (en la India) todas las informaciones que hablan sobre la condición de la mujer y los derechos que ellas les han arrancado a nuestra sociedad patriarcal. No obstante todo aquello que concierne a la condición de las mujeres dalit [1] es ignorado, no solamente por los hombres, sino también por las mujeres que han caído en la trampa mortal del sistema social de castas. Las informaciones que les conciernen, son dejadas a un lado, disimuladas, enterradas, por lo que terminan en el olvido. A veces, escuchamos los gritos de dolor de esas mujeres para luego borrarlos de nuestra memoria".
Desde el punto de vista literario las obras anteriormente citadas no tienen una gran importancia, pero si lo tienen desde el punto de vista de testimonio, de documento, de denuncia social, de denuncia de género y de denuncia de sociedades que continúan ancladas en prácticas milenarias basadas en el oprobio a la mujer.
No obstante un caso muy diferente es el de la autora hindú, Chitra Banerjee Divakaruni, quien actualmente vive en Estados Unidos, donde se desempeña como profesora de literatura en la Universidad de Houston. Esta autora ha hecho una gran carrera en el mundo de las letras, siendo ampliamente reconocida por su poesía y por sus novelas.
La “La Hiedra del Deseo” cuenta la vida de una mujer que se ve obligada a huir del domicilio conyugal, para poder salvar a la hija que acaba de nacer. Y es que en la India, cada año miles de niñas son asesinadas o abandonadas en las puertas de los hospitales o de los templos, por sus propios padres que solo quieren un hijo varón o por sus madres que no desean para ellas la vida que a su vez les ha tocado vivir. En China, por ejemplo, el aborto podía hacerse en el quinto mes de embarazo, cuando la ecografía confirmaba que el bebé por venir era un feto femenino. Esta práctica sólo fue prohibida a mediados de la década de los 90.
Sin embargo el caso de Mukhtar Mai, aunque extremadamente doloroso, no difiere mucho de lo que numerosas mujeres en Colombia podrían contar en cuanto al escarnio que sufren a diario en manos de sus parejas, de sus padres o hermanos, o de los jefes, incluso de los políticos que las acosan sexualmente o que las humillan e insultan cuando nadie los ve. Y es que la cobardía es una de las armas más importantes con que cuenta el machismo. Cuando un hombre insulta, agrede, viola... es su forma de perpetuarse en el poder y de hacer sentir que él es superior. Pero… ¿Superior a quién?
Mariée de Forcé (Oh! Editions. J'ai lu. 2004)
Brulée vive. Ediciones Pocket, 2.004
Deshonoré de Mukhtar Mai (Oh! Editions. 2005)
La Hiedra del Deseo colocar las otras obras de esta autora
Sangati de Bama (Editions de l’Aube. 2005).
[1] Dalit significa aplastada, e inicialmente se utilizó como una palabra de denuncia política, militante; hoy en día es el término con el que se denomina a los intocables.
“Mariée de force” (Casada a la fuerza):
En el 2005 se publicó el libro "Casada a la fuerza", (Mariée de Force), una francesa de origen marroquí, educada bajo los preceptos más estrictos de la tradición musulmana, firmó su libro con el seudónimo de ‘Leila’. Reconocer el libro con su verdadero nombre hubiese significado la muerte a manos de personas allegadas o de cualquier vecino a quien le hubiese incomodado el libro. Y por supuesto que es un libro que incomoda. En una sociedad como la nuestra, en la Colombia del siglo XXI , y a pesar de todas las desigualdades económicas, sociales, laborales y de género, pensar en un matrimonio "arreglado", y lo que es peor "a la fuerza", es inconcebible. Cualquiera diría que fue una práctica de la aristocracia y burguesía europea, desde el Medioevo hasta el siglo XIX, incluso hasta la primera guerra mundial, pero que hoy no se lleva a cabo. Lo cual no es verdad, es una práctica bastante común, y en muchos países es aceptada plenamente por los jóvenes en edad de casarse; así lo corroboró una encuesta realizada en la India a finales del 2005, donde más del 70% de los jóvenes están de acuerdo con esta práctica; y más aún, están de acuerdo con el hecho de no contraer nupcias con alguien que no pertenezca a la misma casta. No quiero entrar a debatir si dicha costumbre hay que respetarla por el hecho de ser una práctica milenaria y que cada pueblo tiene el derecho a preservar su identidad cultural. Lo que me interesa, es denunciar como millones de mujeres son casadas diariamente sin su consentimiento, algunas a edades tan tempranas que ni siquiera la menarquía les ha llegado.
“Mariée de Force” es narrado en primera persona. Leila cuenta su vida en el seno de una familia conservadora e instalada desde hace 30 años en uno de los suburbios parisinos. Como muchas otras familias musulmanas, sus padres aceptaron escolarizarla, pero dentro del hogar su rol era de una esclava. Esclava del padre y de sus 11 hermanos, esclava de la madre, que descargaba en ella la mayoría de los trabajos domésticos. Sometida a una violencia sin límites, tanto física como mentalmente. Y es que las mujeres que han logrado romper el silencio, como ha sido el caso de las musulmanas Mukhtar Mai o de Souad, o de la hindú Bama, y a quienes me referiré más adelante, no dejan de hacer énfasis en la difícil situación que enfrentan millones de nuestras congéneres donde nacer mujer es la peor de las pesadillas que pueda enfrentar un ser humano. El caso de Leila no difiere mucho, así hable, escriba y lea francés. En su hogar es la ley del patriarca la que impera, y la de los hermanos por supuesto. Cuando el padre lo considera pertinente simplemente le comunica a la hija que tal día y a tal hora deberá contraer matrimonio con el hombre que él le ha escogido. De nada vale decir no, ni llorar ni gritar. Si el padre lo ha decidido así se hará.
En Francia, dentro de la comunidad musulmana, se llevarían a cabo cada año alrededor de 50 mil matrimonios a la fuerza. Muchos de estos hombres que terminan casándose con mujeres musulmanas, pero francesas para el Estado francés, vienen del Maghreb, o de otros países musulmanes, por lo que generalmente sólo buscan regularizar sus papeles y beneficiarse de las ventajas que otorga la seguridad social francesa. La mayoría son cruelmente maltratadas e incluso abandonadas, después de haberlas despojado de todas sus pertenencias. El abandono se conoce con el nombre de "repudio", lo que significa el deshonor y la vergüenza tanto para la víctima, como para su familia. Las mujeres aceptan casarse porque saben que de no hacerlo, son sus vidas las que corren peligro. Los musulmanes lo llaman "Crimen de honor", y este tiene un sinnúmero de variantes: la mujer puede ser quemada viva, rociada con ácido, estrangulada, degollada, lapidada. En otras palabras las mujeres que se opongan a la voluntad masculina están expuestas a las mayores perversidades que la mente humana pueda imaginar. Leila describe esta situación de la manera más desgarradora que una mujer pueda expresar sobre su propia condición de mujer:
“… el cuerpo de la mujer musulmana representa un pecado desde el momento mismo de su nacimiento. Para un padre, una hija es sinónimo de sirvienta de la casa, la alcoba es su prisión y su virginidad es el regalo más preciado que él dará al hombre que escogerá como su marido. Yo luché con todas mis fuerzas contra el matrimonio que se me imponía a la fuerza, no obstante me casaron”.
Ante un relato semejante cualquier comentario queda por fuera de lugar.
El caso de Souad:
“Brûlée vive” (Quemada viva), es el testimonio de Souad, una de las pocas sobrevivientes a esta tradición que cobra cientos de vidas en diferentes lugares del mundo. El caso de Souad no difiere mucho de la historia de miles de mujeres musulmanas. Su familia se da cuenta que está embarazada, el padre del niño huye, y ella es condenada por sus padres a ser quemada viva. El elegido para "lavar el honor" es su cuñado. Pero también podría haber sido el padre o el hermano, e incluso la madre. Souad cuenta como vio a su madre ahogar a un bebé con la almohada inmediatamente después del parto, cuando se dio cuenta que era una niña. Pero también cuenta como su hermana adolescente fue estrangulada con la cuerda del teléfono por su propio hermano. ¿Cuál habría sido su crimen? ¿Hablar por teléfono? ¿O tal vez mirar a un hombre a los ojos o hablar con un desconocido?
Souad es una campesina cisjordana, que pudo sobrevivir gracias a la ayuda de SURGIR, una ONG suiza que se dedica a investigar este tipo de crímenes. El 80% de su cuerpo guarda las señas de la gasolina ardiendo. En Pakistán y en Yemen son cientos las mujeres que son desfiguradas cada año por sus maridos. La práctica más utilizada es el ácido que les quema la piel hasta dejarlas convertidas en monstruos. Lo peor es que ni las autoridades ni el gobierno ni los médicos hacen nada para protegerlas. No suelen interferir en lo que consideran "decisiones familiares". Pero no solamente son quemadas en sus países de origen. En noviembre de 2005, en los suburbios de París, una mujer de 18 años de origen marroquí, fue rociada con gasolina por un pretendiente pakistanés que había sido rechazado por su familia. Ella se encuentra desde entonces en coma profundo y de él se desconoce su paradero. En Irán el 3 de noviembre de 2004 un joven universitario iraní le arrojó ácido en la cara a una compañera que no había aceptado casarse con él. La joven quedó ciega, y él aspirante a “pretendiente” fue finalmente condenado por la ley iraní (27.11.08). El veredicto dicta que debe aplicársele la “ghesas” o Ley del Talión: Recibirá 20 gotas de ácido en sus ojos, lo que significa que quedará ciego como la adolescente a la que le destruyó la vida.
Pakistán:
Otro de los libros que nos ocupa es “Deshonorée” (Deshonrada) de Mukhtar Mai, es un testimonio no menos doloroso. Esta valerosa mujer, aún siendo analfabeta, se enfrentó al status-quo de su país natal: Pakistán. Logró llevar tras las rejas a los hombres que decidieron violarla para “lavar” la supuesta falta que habría cometido su hermano de 12 años: haber mirado a una mujer de 20 años a la cara, con el agravante que ella era de una casta superior, los Mastoi. El niño fue primero raptado, luego torturado y sodomizado por varios hombres. Pero ese era sólo el comienzo de la pesadilla. En Pakistán, al igual que en las comunidades campesinas de la India, cualquier ofensa que haga un hombre, la que paga es la mujer, bien sea su esposa, sus hijas o su madre. La mayoría de las veces se paga con la violación a una de ellas por parte del supuesto ofendido.
Mukhtar Mai es llamada por el Consejo tribal, inicialmente para pedir perdón por el "delito" de su hermano. El Consejo se hace en público donde todos los lugareños son espectadores. El Consejo la condena a ser violada por cuatro hombres, y por primera vez la orden es ratificada por el jefe de la tribu. Como ella misma lo dice, muchas mujeres en su caso se habrían suicidado. Ella misma lo considera seriamente por espacio de varios días, pero logra sobreponerse a la rabia y a la humillación, y entabla un proceso jurídico que la ha convertido en un icono de los derechos humanos en Pakistán. En el 2005 fue declarada Mujer del Año en los Estados Unidos.
En vez de derrumbarse, Mukhtar Mai decidió fundar la primera escuela del pueblo donde siempre ha vivido con su familia. Ella misma dice que es la educación la que permitirá a las nuevas generaciones combatir las prácticas que hasta ahora han envilecido a millones y millones de mujeres. Dice, además: "A veces tanta responsabilidad me ahoga. A veces la cólera me quita el aliento. Sin embargo, no desespero nunca. Mi vida tiene un sentido. Mi desgracia se ha convertido en una herramienta útil para mi comunidad". En el 2006 su escuela contaba con 150 niños y 200 niñas. Para los niños, el gobierno pakistaní le ha asignado un profesor, para las niñas son las ayudas de ONG’s internacionales y del gobierno canadiense las que permiten el pago de los salarios de cuatro profesoras. Las ganancias generadas por la venta de su libro han sido invertidas en su escuela.
También pasa en la India:
Bama, una mujer hindú perteneciente a la casta de Los Intocables o Parias y quien habla solamente la lengua tamul, publicó “Sangati”. En la actualidad se desempeña como profesora en la comunidad campesina a la que pertenece. Su libro es una serie de anécdotas que se siguen las unas a las otras, cada una más cruda que la anterior, por lo que su relato va in crescendo hasta convertirse en un grito desgarrador. Bama relata la difícil situación de un sistema social regido por las castas, pero ante todo le interesa denunciar la dolorosa e intolerable condición de ser mujer, en un país donde sus vidas no valen prácticamente nada, tal y como ella misma lo describe:
"Nosotros conocemos (en la India) todas las informaciones que hablan sobre la condición de la mujer y los derechos que ellas les han arrancado a nuestra sociedad patriarcal. No obstante todo aquello que concierne a la condición de las mujeres dalit [1] es ignorado, no solamente por los hombres, sino también por las mujeres que han caído en la trampa mortal del sistema social de castas. Las informaciones que les conciernen, son dejadas a un lado, disimuladas, enterradas, por lo que terminan en el olvido. A veces, escuchamos los gritos de dolor de esas mujeres para luego borrarlos de nuestra memoria".
Desde el punto de vista literario las obras anteriormente citadas no tienen una gran importancia, pero si lo tienen desde el punto de vista de testimonio, de documento, de denuncia social, de denuncia de género y de denuncia de sociedades que continúan ancladas en prácticas milenarias basadas en el oprobio a la mujer.
No obstante un caso muy diferente es el de la autora hindú, Chitra Banerjee Divakaruni, quien actualmente vive en Estados Unidos, donde se desempeña como profesora de literatura en la Universidad de Houston. Esta autora ha hecho una gran carrera en el mundo de las letras, siendo ampliamente reconocida por su poesía y por sus novelas.
La “La Hiedra del Deseo” cuenta la vida de una mujer que se ve obligada a huir del domicilio conyugal, para poder salvar a la hija que acaba de nacer. Y es que en la India, cada año miles de niñas son asesinadas o abandonadas en las puertas de los hospitales o de los templos, por sus propios padres que solo quieren un hijo varón o por sus madres que no desean para ellas la vida que a su vez les ha tocado vivir. En China, por ejemplo, el aborto podía hacerse en el quinto mes de embarazo, cuando la ecografía confirmaba que el bebé por venir era un feto femenino. Esta práctica sólo fue prohibida a mediados de la década de los 90.
Sin embargo el caso de Mukhtar Mai, aunque extremadamente doloroso, no difiere mucho de lo que numerosas mujeres en Colombia podrían contar en cuanto al escarnio que sufren a diario en manos de sus parejas, de sus padres o hermanos, o de los jefes, incluso de los políticos que las acosan sexualmente o que las humillan e insultan cuando nadie los ve. Y es que la cobardía es una de las armas más importantes con que cuenta el machismo. Cuando un hombre insulta, agrede, viola... es su forma de perpetuarse en el poder y de hacer sentir que él es superior. Pero… ¿Superior a quién?
Mariée de Forcé (Oh! Editions. J'ai lu. 2004)
Brulée vive. Ediciones Pocket, 2.004
Deshonoré de Mukhtar Mai (Oh! Editions. 2005)
La Hiedra del Deseo colocar las otras obras de esta autora
Sangati de Bama (Editions de l’Aube. 2005).
[1] Dalit significa aplastada, e inicialmente se utilizó como una palabra de denuncia política, militante; hoy en día es el término con el que se denomina a los intocables.
lunes 25 de agosto de 2008
María Isabel Rueda y su corta visión sobre la violencia de género (respuesta a uno de sus malogrados consejos)
NOTA: El presente artículo hace parte de un libro que preparo en la actualidad sobre la mujer, por lo tanto hay que leerlo teniendo en cuenta dicha premisa.
VIOLENCIA DE GÉNERO
En el caso de Colombia la desigualdad es enorme; así se haya legislado a favor de la mujer, la oferta de trabajo privilegia al hombre y a la mujer se la sigue considerando inferior en capacidades y en desempeño laboral. En cuanto al desempleo femenino es del 22%, uno de los más altos en América Latina, frente al 17%; donde el desempleo alcanza la escalofriante cifra de 6.5 millones de mujeres cesantes, mientras que México tiene el más bajo con 2.7%, hombres incluidos. El promedio salarial de las mujeres en Colombia es del 25% menos que le de los hombres; mientras que las estadísticas de mujeres jefes de hogar, para 1998, era del 24.4%, según datos proporcionados por el DANE, en el 2000. Por otra parte la precariedad de los empleos, en América Latina, afecta más a las mujeres que a los hombres, ya que muchas de ellas trabajan en actividades donde es más difícil ejercer un control por parte de la administración; como es el caso de las empleadas domésticas. En Colombia el 18.5 de la población femenina rural es analfabeta, 0.6% más que la población masculina. Los préstamos del Banco Agrario en el 2000, eran del 84% para los hombres y el 16% para las mujeres. La titulación de terrenos baldíos es del 44% para los hombres y del 28.4% para las mujeres.[1] Sin olvidar que es el país con el mayor número de desplazados en el mundo, 3000000, en el 2008. Víctimas del conflicto armado que padecemos desde hace 50 años, pero sobre todo víctimas del paramilitarismo. En cuanto a la violencia física en contra de las mujeres, habría que recordar que en Argentina cada 36 horas es asesinada una mujer, el 40% de ellas por sus conyugues o compañeros. Sólo en el 2007 fueron asesinadas 240. “La tasa más alta de femicidios en Europa corresponde a Rumania, con 12,9 mujeres asesinadas anualmente por un millón de habitantes. En Bélgica es de 10,61, en Portugal de 5,07 y en España de 3,27. La tasa más alta en el mundo es la de Colombia”. El País, España, 2004[2] En Francia cada 72 horas una mujer es asesinada por su pareja o expareja. Sus derechos sociales aún están por debajo de sus derechos civiles y políticos. En el 2007, 4000 mujeres fueron violadas cada mes, lo que arroja una cifra aterradora de 48000 violaciones en el año. Una mujer, de cada 10, confiesa ser víctima de violencia conyugal, pero sólo un 13% denuncia. En España la violencia contra la mujer no ha dejado de crecer en los últimos años. Sólo en el 2007 hubo 170 asesinatos cometidos en el seno de su hogar. Asesinatos que se comenten cada vez de manera más brutal: uso de hachas, tirarlas por la ventana o el balcón o quemarlas vivas. El 6 de diciembre de 1989 ha pasado a la historia como una de las más tristes fechas de feminicidio en el mundo. Me refiero a la Masacre de Montreal, donde murieron 19 estudiantes de la Escuela Politécnica, llevada a cabo por un solo hombre que las asesinó por ser mujeres y por robarle, según él oportunidades de estudio y empleo. Luego de cometer el acto se suicidó, dejando una carta en la que enfatizaba en que no era un loco, sino que había realizado el asesinato colectivo con plena conciencia de sus actos. Su nombre era Marc Lépine. Según Pierre Guéno, una mujer de cada 3 en el mundo, es golpeada u obligada a tener relaciones sexuales o sufre tortura psicológica. Desafortunadamente el silencio y el sufrimiento de millones de mujeres son pan de cada día y aún está lejos el día en que se termine. No obstante muchas veces la peor enemiga de la mujer es la mujer misma. Y sin embargo María Isabel Rueda, periodista de gran renombre en Colombia, le aconsejó al Congreso de la República de olvidarse de legislar a favor de la equidad de género. No solo es una enorme privilegiada en un país donde la iniquidad es rampante, sino que le da la espalda a sus congéneres, con el flojo argumento que en su caso nunca ha sido discriminada. Desafortunadamente ella no es la única en pensar de esa forma, por lo que la tarea por la reivindicación de los derechos de la mujer sigue siendo ardua, en América Latina en general y en Colombia en particular. María Isabel Rueda no es una periodista del siglo XIX, ni de mediados del siglo XX, aunque parezca demasiado insólito; estoy hablando de una mujer contemporánea y con gran influencia en el país. Por lo que Florence Thomas, la gran feminista y directora del Grupo Mujer y Sociedad, le escribió una carta abierta en su columna semanal del diario El Tiempo (7 de agosto de 2008), lo siguiente: “Recomendarle al Congreso no perder el tiempo con las reivindicaciones de las mujeres me parece demostrar una visión ingenua, clasista, pobre y, sobre todo, tan centrada en tu propia condición. No cabe duda de que necesitamos un Congreso con una fuerte perspectiva de género, con una decidida voluntad política que les apueste a los derechos de las mujeres, con una bancada de mujeres que no se deje manosear por los patriarcas de siempre, que no tenga miedo de hablar de mujeres cada vez que sea necesario, pues al contrario de perder tiempo, sería ganar un tiempo invaluable para el desarrollo de este país. El mundo empieza a saber que cuando las mujeres de un país avanzan, el país avanza y ningún hombre retrocede. Y para que las mujeres avancen necesitan herramientas legislativas, participación masiva en los espacios de decisión política y acciones positivas. Necesitan convicción para romper la aún mundial hegemonía masculina y convencer a mujeres como tú de que la democracia sin las mujeres no anda”. Habría que recordarle a María Isabel Rueda que en Colombia la violencia intrafamiliar afecta al 67% de mujeres y el 16% de los niños sufre maltrato infantil. Sólo en el 2007 se registraron 183 femicidios y entre enero y julio del 2008 se han presentado 64, según cifras de Medicina Legal” (datos proporcionados por El Espectador, 16.08.08). En materia de legislación en pro de la defensa de las mujeres, habría también que recordarle lo siguiente: Desde 1890 y durante más de 90 años el Código Penal contaba con una figura denominada Legítima Defensa del Honor, mediante la cual se exoneraba al hombre por asesinar a su esposa si ésta le era infiel. Un recurso polémico que fue reformado luego de la batalla que libraron las mujeres por la igualdad de género y el restablecimiento de sus derechos, aunque hoy en día sigue vigente para casos en los que se comprometa la reputación o el respeto por los derechos fundamentales de una persona. Actualmente existe otra figura que también ha generado controversia. Se trata de la motivación de ira e intenso dolor, un argumento que puede usar el abogado del agresor para que la condena se rebaje significativamente. Pero no es utilizado frecuentemente, porque se considera demasiado complaciente. De hecho, este no es el único mecanismo que existe en Colombia para lograr reducir considerablemente los años de prisión. Si el hombre o la mujer confiesa el asesinato, la pena ya no será de 25 a 40 años de cárcel, sino que puede llegar a ser de diez años o menos. El grupo de investigadores que trabajan en la Unidad de Vida de la Fiscalía explican que cerca del 70% de los casos de crímenes pasionales que se registran, por lo menos en Bogotá, son ejecutados por el esposo. La razón es que normalmente la mujer toma un arma como símbolo de protección, pero rara vez con la intención de usarla”.[3] Es claro que si no fuera por la legislación, la violencia contra las mujeres sería aún mayor, algo que María Isabel Rueda parece no comprender; por lo que yo agregaría que defender nuestros derechos y decírselo en una carta abierta, como lo ha hecho Florence Thomas, no significa que ella sea nuestra enemiga, ni que las feministas odiemos a las que no lo son; simplemente es hacerle caer en cuenta cuan ingenua puede ser su postura y cuanto análisis de la violencia de género le queda por hacer. La violencia en contra de las mujeres no ha dejado de crecer, pero también es cierto que hoy en día es más visible de lo que era hace 10 o 30 años. Al menos en lo que concierne al mundo occidental, las mujeres cada vez toman más conciencia de sus derechos y por lo tanto las denuncias se han incrementado. Lo que antes se cubría con un velo en la familia, imponiéndose la ley del silencio, hoy esa ley comienza a resquebrajarse; el miedo hacia el violento que habita en nuestra propia casa, poco a poco da paso a una toma de conciencia por parte de la mujer y en algunos casos de los hijos, por lo que la mujer encuentra las fuerzas necesarias para buscar ayuda y denunciar a la pareja que la acecha y martiriza. El sentimiento de inferioridad, tan arraigado en el género femenino, comienza a dar paso a un sentimiento de rebeldía ante la infamia de la que es víctima. Sin embargo no puede decirse lo mismo de los países musulmanes o de la India; sin contar con los países de regímenes totalitarios como la China y Cuba, donde los delitos son celosamente guardados por el Estado, por lo que la opinión pública desconoce lo que verdaderamente pasa en su propio país y por supuesto sin que les llegue nunca información de lo que sucede en el resto del mundo; ya que la opresión política también es otra forma de discriminación hacia una población en general y hacia la mujer en particular. Es el caso de Aung San Suu Kyu, la líder política del partido de oposición birmano. Desde 1990 ha estado prisionera en su casa, luego de haber ganado las elecciones con el 80% de votos a su favor. Desde entonces ha estado incomunicada, con algunas breves excepciones en las que ha quedado libre. En 1991 ganó el Premio Nobel de la Paz, pero la Junta Militar le negó la salida del país. Es también el caso de Benazir Butho, aparentemente asesinada en 2007 por órdenes expresas del presidente Musharraf, quien ayer mismo (18.08.08) debió demisionar, antes de exponerse a un juicio político en Pakistán. [1] Datos publicados en: Las mujeres en Colombia: una situación de desventaja. http://www.rel-uita.org/old/mujer/las%20mujeres%20colombia.htm [2]16 días de activismo contra la violencia hacia las mujeres. http://www.margen.org/wp/2007/11/25/16-dias-de-activismo-contra-la-violencia-hacia-las-mujeres/ [3]SUAREZ, Mariana y Diego Alarcón. El Espectador. Bogotá 16.08.08
lunes 4 de agosto de 2008
Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres de Hunan
Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres de Hunan
Si bien es cierto que el derecho a la educación les fue negado por siglos a las mujeres, tanto en la sociedad occidental como en la oriental, también es cierto que no todas se plegaron con facilidad a esta forma de tiranía. Es el caso de las mujeres de la provincia de Hunan, situada en el centro de la China, al oeste de Pekín. En los años 90 una periodista china escuchó atónita como en un Congreso de Mujeres en Canadá le preguntaban por el lenguaje secreto de las mujeres de Hunan. En ese momento no supo que responder porque nunca había oído hablar de él. A su regreso a China viajó a dicha provincia con el fin de investigar sobre el Nushu, o lenguaje de las mujeres. En ese momento no quedaban ni media docena en conocerlo. Eran todas ancianas y la última de ellas murió en 2004, llevándose consigo todo un código de signos que hasta los más hombres más eruditos no han logrado descifrar del todo. El Nushu posee alrededor de 700 signos y el chino literario cuenta con alrededor de 40000. La población maneja un promedio de 4000. Este lenguaje se remonta a varios cientos de años atrás, incluso hay quienes lo sitúan en el año 300 dC. La mujer china, como tantas otras, ha sido víctima de un machismo aberrante, por lo que generalmente ha estado recluida en su casa. Las mujeres de Hunan no eran una excepción, por lo que inventaron un sistema de comunicación a través del canto. Como no podían salir de sus casas se sentaban en las ventanas y se cantaban las unas a las otras. En esas canciones se contaban sus pequeños secretos, dolores, sus alegrías y el maltrato sufrido por sus cónyuges. Al mismo tiempo comenzaron a crear un sistema de escritura único y desconocido por los hombres. Como a las mujeres chinas se les prohibía el acceso a la educación, no sabían leer ni escribir el mandarín, decidieron crear el Nushu. Y al no tener hojas de papel a su alcance, ya que su uso era exclusividad de los hombres, crearon pequeños libros en seda, en el cual daban consejos a las hijas casaderas. Estos libros se conocían con el nombre de “cartas del tercer día”, ya que eran enviadas a sus hijas al tercer día de su matrimonio. Es de anotar que una vez casadas, la probabilidad de volverlas a ver eran más que remotas, ya que pasaban a formar parte de la familia del marido, quedando bajo la tutela de éste por el resto de su vida. Un marido que conocía solo el día de la boda; es de anotar que los matrimonios eran concertados por los padres. Otra forma de escribir era en los abanicos; pero sobre todo en las vendas que utilizaban las mujeres para evitar el crecimiento de los pies, previamente fracturados por sus propias madres; esto con el fin de lograr el canon de belleza exigido por los hombres. No solamente escribían pequeñas historias sobre sus vidas, sino poemas y hasta relatos de lo sucedido en sus comarcas. En la seda y en los abanicos, los signos eran pintados, y en la venda, bordados. Cuando la mujer moría, todas sus pertenencias eran enterradas con ella, así que hoy en día se conserva muy poco material. Además este lenguaje fue severamente perseguido durante la Revolución Cultural, habiéndose desatado lo que se denominó “caza de brujas”. Las mujeres que lo conocían o bien fueron torturadas y/o asesinadas o bien decidieron nunca más volver a expresarse en Nushu. Por lo que la lengua se perdió. En el año 2004 murió la última mujer que lo conocía, su nombre era Yang Huanyi y tenía 98 años. Sólo entonces el gobierno chino se dio cuenta de la gran riqueza cultural que el mismo había hecho desaparecer, así que abrió un museo con el poco material que se pudo recoger.
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/estrada_berta_lucia/index.htm
lunes 9 de junio de 2008
LOUISE BOURGEOIS
“EL ARTE ES UNA GARANTÍA DE SALUD MENTAL”
En 1978, hojeando el periódico, leí por primera el nombre de Louise Bourgeois, estaba al pie de una foto que mostraba algo para lo que la sociedad no estaba aún preparada, y mucho menos yo, que venía de una provincia mojigata y conservadora. Se trataba de la exposición “A banquet fashion-A fashion show of body parts”. Era un performance presentado en la Galería de Arte Contemporáneo de New York, donde el crítico de arte Gert Schiff se paseaba entre las obras de Louise Bourgeois luciendo un extraño vestido en látex que ella misma había confeccionado para la ocasión. No volvería a saber de ella y mi frágil memoria la olvidaría. Pasarían poco más de veinte años antes de volver a sumergirme en las imágenes inquietantes de su obra. Fue en el marco del Diplomado de Historia y Crítica del Arte del Siglo XX, programado por el entonces Instituto de Cultura del Departamento, bajo la égida de Carlos Arboleda G. y por la Universidad Santo Tomás. Desde entonces he estado fascinada por esa mujer casi centenaria y que aún continua en el oficio inmenso y doloroso de la creación artística.
Pero solo el año pasado pude estar frente a una de sus obras. Fue en el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se encuentra una de sus grandes arañas y la cual amenaza con engullir a los turistas que se pasean debajo de sus inmensas patas. Esta cercanía me dejó el amargo sabor de no poder contemplar sus Cell, sus tótems o sus dibujos; pero al menos había podido tener una idea más real de la genialidad de la artista. Esta frustración desapareció hace algunos días cuando pude visitar la retrospectiva que le dedicó el Centro Pompidou de París, del 5 de marzo al 2 de junio. Más de 200 obras, exposición nunca hecha hasta ahora de su producción artística, en cuanto a la cantidad de obras se refiere. Es de anotar que nunca una obra, o más bien el conjunto de ellas, me había producido un impacto tan absoluto y brutal. Sus Cell me sumergieron en un mundo doloroso, oscuro, turbio; fue como descender a las tinieblas de un pasado agobiante y lacerante. No en vano la autora ha estado siempre fascinada por el psicoanálisis. Yo no sería la única espectadora en confesar su confusión. Al respecto la artista dice: “Mis obras son una reconstrucción del pasado. En ellas el pasado se ha vuelto tangible; pero al mismo tiempo están creadas con el fin de olvidar el pasado, para derrotarlo, para revivirlo en la memoria y posibilitar su olvido”*. O bien: "Todos los días uno tiene que abandonar su pasado o aceptarlo, y entonces, si no puede aceptarlo, se hace escultor." A lo que yo le replicaría: o escritora.
Louise Bourgeois nace el 25 de diciembre de 1911, en el seno de una familia burguesa y adinerada, cuyo oficio era el de restaurar antiguos tapices. Es en este taller que comenzará su labor de dibujante, al “recrear” los trazos que el tiempo había arruinado. Su labor de tejedora no la abandonará nunca. Más tarde entrará como alumna al taller de Fernand Léger, quien le hará comprender que su verdadero camino no es el dibujo ni la pintura sino la escultura. De ahí a admirar a Bruncusi o a Giaccometti no habría sino un paso. Sus primeros dibujos nos muestran a la mujer-casa. Una obsesión permanente en su obra. La mujer que no puede ni debe prescindir de ese espacio que en muchas ocasiones se convierte en una cárcel; sobre todo cuando la figura paterna corresponde más bien a la de un cancerbero o un torturador. Toda su vida Louise Bourgeois ha estado tratando de exorcizar una infancia traumática, no sólo con el dibujo sino con la escultura, “Destrucción del padre” (1974), y con la escritura, “Niñez abusada”. Tal vez por eso dice: “Cuando se experimenta el dolor, uno se puede enclaustrar con el fin de protegerse. Pero la seguridad de la guarida puede también ser una trampa”. A la edad de 11 años su madre cae enferma y Louise deberá cuidar de ella hasta su muerte 10 años después. Es en este lapso de tiempo que su padre, y con la aceptación tácita de la madre, llevará a vivir bajo el techo familiar a su amante. Un acto que Louise Bourgeois siempre sintió como una violación. Ella misma dice que “ser artista es una garantía para nuestros congéneres que los agravios recibidos no harán de nosotros un asesino”.
Los dibujos de la Mujer-Casa, realizados a partir de los años 40, cuando ya la artista se encuentra viviendo en New-York, nos muestran las piernas frágiles de una mujer sosteniendo un inmenso rascacielos, por lo que su identidad queda perdida entre las ventanas y chimeneas del paisaje neoyorkino o bien nos muestran a la misma autora volando por encima de ellos o flotando en el aire. Es la época en que su condición de exiliada se le hace insoportable. Sabe que no podría vivir en el seno familiar pero tampoco puede abstraerse al dolor que significa estar lejos de las personas que ama. Conocer a Louise Bourgeois es enfrentarse a un mundo sensible del cual no se habla, pero que está allí: la casa, el hogar, la maison, el foyer. Dicho en otras palabras el territorio que cualquier especie animal protege y defiende. En él se abriga, en él ama y en él sufre. La casa puede ser vista, o «vivida», como un remanso o como una prisión. Durante milenios la mujer estuvo aislada de la sociedad, recluida en un gineceo, sin permitírsele espacios para la expresión estética. Carencia que experimenta la artista quien con esos ejercicios bastante íntimos, pero innovadores dentro de la plástica, y que imagino que no debieron haber sido concebidos para ser vistos por persona alguna, mucho menos para ser expuestos en una galería o museo. Los veo más bien como ejercicios introspectivos que tratan de dar respuestas a la vida de una mujer enclaustrada entre cuatro paredes, a las cuales se llama «casa». Y desde allí observa como la vida transcurre sin que a ella le ocurra nada extraordinario, y peor aún sin que ella pueda hacer algo por cambiar el mundo que la rodea. No hay que olvidar que durante años fue considerada sólo la esposa del gran especialista de arte primitivo Robert Goldwater, sin que las galerías o los museos se mostrasen interesados en su obra. Estos primeros dibujos, que bien podrían clasificarse como surrealistas, de una u otra forma desnudan su alma, y nos dan la mirada de una mujer en un mundo de hombres hecho para hombres; de ahí sus Femme-Maison. Mujeres que no sólo portan la casa a cuestas sino que se identifican a tal punto con ellas que llegan a reemplazar a sus rostros. Y es que su obra siempre ha estado marcada por una permanente búsqueda de la identidad de la mujer, en el buceo de su propia psique; búsqueda que se ha acentuado en los últimos años, cuando la muerte la acecha en cualquier lugar de su apartamento. Ella misma dice: “Mi cuerpo se convierte en la materia prima y yo expreso lo que siento a través de él”. Al mismo tiempo que crea la serie mujer-casa, defiende el rol de la mujer, sin que se haya considerado nunca una feminista comprometida. Yo diría más bien que ha sido una feminista consciente del rol que le ha tocado jugar a la mujer en la sociedad de todos los tiempos; lo que la hace, a mi modo de ver, mucho más feminista que las radicales que han contribuido a crear un ambiente de desconcierto y rechazo en la sociedad actual.
A finales de los ’60 crea “Personajes”. Tótems que recuerdan los personajes de su infancia, marcados por el fantasma del exilio y que no hubiesen podido ser concebidos en su país de origen: “Yo no hubiera sobrevivido en Francia en el caos de la celda familiar”, explica la artista. Es una obra compuesta aproximadamente de 80 esculturas, cada una con una identidad bien definida. Son esculturas frágiles, con un equilibrio precario y que recuerdan un poco a las obras de Brancusi. Algunas de ellas siguen con el tema ya explorado de la Mujer-Casa; los rascacielos que la encierran y que la ahogan, pero cuyos techos le permiten respirar. No en vano es en la terraza del edificio donde vive, donde instala por primera vez su taller. Otro de sus temas recurrentes en esta serie, es la soledad. Al respecto la artista dice: «Al principio hacía figuras solitarias que no tenían ninguna libertad... Ahora hago grupos de objetos que se relacionan entre ellos... Pero todavía existe el sentimiento que me movió al principio: el drama de uno entre muchos».
En los años ’60, se muestra como “l’enfant terrible” que ha sido desde siempre, al desafiar el puritanismo radical de la sociedad americana al crear “La abstracción excéntrica”. Un serie de falos desproporcionados, algunos colgando del techo, otros emergiendo de superficies que recuerdan los drapeados de Bernini. Es cuando crea “Fillete” (Niñita). Un inmenso falo con el que posará orgullosa para el fotógrafo Robert Mapplethorpe en 1982. Una vez más surge la Louise Bourgeois que quiere bucear en el inconsciente. Ella misma dice: «toda mi obra está basada en mi infancia». Por lo que para llegar a arrullar un falo proverbial y tomarse una foto con él debajo del brazo, como si se tratara de una baguette, con una sonrisa de mujer realizada sexualmente y sin tabues a la hora de gozar del sexo, tuvo que haber librado primero una lucha consigo misma del tamaño de una catedral gótica. Sobre todo para expresar su sentimiento con respecto a “Fillette”: “Cuando yo cargo un pequeño falo en mis brazos, me da la impresión de cargar un objeto amable, no un objeto al que yo le haría daño”. Es en esta década que su obra alcanza dimensiones extraordinarias, sus temas abarcan todo el mundo femenino: el coito, el embarazo, la crianza, amamantar, el cuerpo de la mujer en el espacio, el dolor, sobre todo el dolor humano; y estos temas son representados con todos los materiales que están a su alcance: Bronce, mármol, yeso, látex, madera. En cuanto al exorcismo se refiere, ella misma dice: “El exorcismo es algo sano. Cauterizar, quemar con el objetivo de sanar. Es como cortar las ramas de los árboles. He aquí mi talento”.
En 1974 crea la serie a la que hacía alusión anteriormente, “La destrucción del padre”. Por una parte quiere aniquilar la imagen paterna y por otra deshacerse del dolor que le ha infligido la muerte del marido. Es una instalación turbadora. Es una gruta concebida como un pequeño teatro, donde la artista, junto a su familia, se dispone a darse un gran festín, a todas luces antropófago. La figura del padre amado y a la vez odiado, surge, en esta su primera instalación, como “…Una pieza claustrofóbica, demasiado claustrofóbica, sin que ofrezca ninguna salida”, tal y como lo expresa la propia artista. El gran escultor Richard Serra, y quien expone actualmente en el Grand Palais de París, dice al respecto: “La fuente del dolor, el corazón y la ansiedad de esta obra son indescifrables, no obstante despierta en mí recuerdos de experiencias personales que yo preferiría olvidar”. En esta obra, como en muchas otras no es tanto la materia prima la protagonista como el color; sobre todo el rojo. El rojo puede significar pasión pero también violencia, desastre, caos, aniquilación, rabia y olvido. Y por supuesto el negro, muerte, tragedia, llanto, duelo. No es sino hasta el año de 1982, con la retrospectiva que se realiza en el Museo de Arte de Nueva York, que esta artista prodigiosa comienza a ser conocida en el ámbito internacional y a ser nombrada al lado de genios como Picasso o el mismo Giaccometti.
En 1980 Louise Bourgeois se traslada a vivir a un gran loft. Lo que parecería una anécdota sin importancia se convierte en uno de los ejes fundamentales de la obra que comienza a tomar forma a partir de ese momento. Son las Cell, o Celdas, donde la artista comienza a recrear todo el universo de su infancia. Sillas, brocados, tapices, miembros colgando, juguetes. En los ’90 recrea las habitaciones de sus padres y la suya propia. Al observarlas, el espectador no puede escapar a la sensación de opresión y de ahogo que le invade. Las puertas, las ventanas, los laboratorios, las habitaciones íntimas, invitan al voyeur que abriga en cada uno de nosotros a fisgonear, léase bucear, las obsesiones que dieron lugar a tan extraordinarias instalaciones. El símbolo de la tragedia y de la desesperanza está magistralmente representado en este ambiente traumático que cuenta, sin decirlo explícitamente, el abuso del que posiblemente fue víctima en su niñez. El buceo y la búsqueda de los recuerdos se hace aún más intenso, todo el pasado se despierta y grita para no ser olvidado ni ignorado. Luego vendrían las Cell encerradas por una inmensa araña. Homenaje a su madre, a quien ve como a alguien que trabaja permanentemente, que teje y desteje como la eterna Penélope. Desteje no para destruir sino para restaurar. No hay que olvidar que su oficio era restauradora de tapices antiguos. Ella misma dice: Yo vengo de una familia de restauradores. La araña es una restauradora. Si destruyes su tela, ella no se desespera. Ella teje y repara”. Al mismo tiempo sus arañas quieren hacer un homenaje a la madre que cuida, que protege, que ama. Entre las dos había un lazo muy fuerte, hasta el punto que cuando la madre muere, Louise Bourgeois intenta suicidarse. Ella misma ha manifestado en varias ocasiones que su madre era su mejor amiga.
En los últimos años, hablo de la presente década, la artista, ya nonagenaria, ha encontrado nuevos canales de expresión. Lejos de sentarse en una butaca a esperar que la muerte le toque la espalda, se ha dedicado a crear las cabezas y tótems utilizando burdas telas y tapices antiguos: “Yo necesito mis recuerdos. Ellos son mis documentos. Me paso la vida mirándolos… y estoy profundamente celosa de ellos”. El trabajo de su madre, el de tejedora, aparece nuevamente en sus manos y al igual que ella se convierte en otra Penélope. Como toda su obra es un trabajo inquietante, un grito que sale de sus entrañas para recordarle el embarazo, el parto, la crianza de los hijos, el hijo problema, el amor de madre. Ya no sale de su apartamento, recordemos que ha alcanzado la edad de 97 años y aún sigue creando… No en vano Louise Bourgeois no ha dejado de repetir a lo largo de estos años que “el arte es una garantía de salud mental”, a lo que yo agregaría: una garantía de sentirse vivo.
*Nota: Tanto los nombres de las obras como las citas bibliográficas han sido traducidas del francés al español por la autora del artículo.
BIBLIOGRAFÍA
BADER, Cristhine. Louise Bourgeois, Scultura e opera grafichi. Suisse 2006.
CLAIR, Jean. Cinq notes sur l’oeuvre de Louise Bourgeois. Envois L’Échoppe. 1999.
Louise Bourgeois. Por Simonne Sauren (Búsqueda por Internet).
Louise Bourgeois: decir lo que no se puede decir. Por Sara Rivera (Búsqueda por Internet).
Publicaciones del Centro Pompidou:
Louise Bourgeois. Folleto de la exposición del Centro Pompidou. 2008.
Louise Bourgeois au Centre Pompidou. Beaux Arts. 2008. Este catálogo contiene los siguientes artículos:
- “Indiferente à tout ce qui n’est pas art”. Entretien avec Marie-Laure Bernadac et Jonas Storve. Commisaires de l’exposition.
- Chère Louise, lettre d’amour. Par Marie Darrieussecq.
- Magistrale marginale, Louise Bourgeois dans l’art contemporain. Par Itzhak Goldberg.
- L’Album de 1945 à nos jours. Par Emmanuelle Lequeux.
- Au nom du père, l’art comme thérapie. Par Eveline Grossman.
- Les fils de l’araignée. Robert Gober, Mike Kelley, Tracey Emin… Par Emmanuelle Lequeux.
- Face caméra. Entretien avec Brigitte Cornand. Propos recueillis par Bernard Blistene.
Louise Bourgeois. Connaissance des Arts. Centre Pompidou. 2008. Este catálogo contiene los siguientes artículos:
- Naissance et rennaissances de Louise Bourgeois. Entretien avec Marie-Laure Bernadac, par François Legrand.
- Roman de famille. Par Myriam Boutoulle.
- Être sculpteur. Par Jerôme Coignard.
- Quand les mots deviennent formes. Par Françoise Monnin.
- Dans la peau de Louise Bourgeois. Oeuvres commentées par Guitemie Maldonado.
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