Confieso que no conozco a Gregorio Pernía, solo sé que es actor de telenovelas, pero nunca lo he visto actuar ya que no soy televidente, sólo enciendo el televisor para mirar las noticias. La última vez que miré una telenovela fue una que protagonizó Margarita de Francisco, y que se llamaba Mujer con aroma de café, y eso que llegué a ella cuando ya llevaba bastante tiempo; es decir, cuando era todo un éxito. No obstante, acabo de ver el video que Pernía ha grabado en el que pide perdón a las mujeres y exhorta a J Mario a hacer lo mismo. Y ese video lleno de carga emocional, pero sincero, me ha impulsado a escribir esta carta abierta.
No sé exactamente a que episodio, o episodios, se refiere Pernía para exigirle a J Mario disculpas para con nosotras; pero si he tenido el infortunio de escuchar algunas veces al “animador” cuando he llegado temprano al salón de belleza, donde siempre lo ven algunas de las clientas. Siempre me ha parecido de una gran chabacanería y de un irrespeto descomunal. Lo poco que le he escuchado ha sido un discurso claramente misógino, día a día perpetúa lo que yo llamo la ideología machista que tanto daño le ha hecho a la sociedad a través de toda la historia de la humanidad. No entiendo como la televisión colombiana, en vez de dignificar a la mujer, puede contribuir a envilecerla, lo que la convierte en cómplice del maltrato a las mujeres y del feminicidio.
Deseo felicitar a Pernía por elevar su voz de protesta, pero al mismo tiempo decirle que no comparto su expresión “ponerse los pantalones”, ya que no hay que ser un “macho” para reconocer los errores, sino asumirse como un ser humano. Para ello hay que respetar a nuestros congéneres y respetarnos a nosotros mismo, algo que efectivamente desconoce J Mario.
Es una obligación de todos nosotros, hombres y mujeres, luchar contra todo tipo de discriminación social, llámese xenofobia, racismo, machismo o intolerancia religiosa, como la del procurador Ordoñez por ejemplo.
Gracias Gregoría Pernía por elevar su voz y mostrarnos, sin vergüenza, que los hombres también lloran y que siguen siendo viriles, deseados y amados.
Berta Lucía Estrada
arte - Voces del silencio - cultura y literatura
En este blog podrán leerse artículos, poemas o cuentos sobre mujeres y hombres que han jugado un rol decisivo en la construcción de nuestro imaginario colectivo; bien sea a través de la literatura, del arte y por ende de la cultura.
miércoles 8 de febrero de 2012
domingo 5 de febrero de 2012
1Q84 DE HARUKI MURAKAMI
En mayo de 2011, cuando recién comencé a escribir el blog El Hilo de Ariadna (www.elespectador.com), publiqué uno artículo sobre Haruki Murakami
(http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2011/05/30/haruki-murakami/) y ahora vuelvo a reseñarlo ya que acabo de leer la primera parte de su trilogía 1Q84. Y si bien sus otros libros me habían impactado desde todo punto de vista, especialmente el de Kafka en la otra orilla, no puedo decir lo mismo del primer tomo de su más reciente trabajo. Es muy posible que a mucha gente le haya gustado, lo cual no invalida para nada su criterio ni el mío, esa es la magia de la literatura en particular y del arte en general; puesto que las verdades absolutas no existen y la apreciación estética no obedece a criterios específicos. Así que voy a permitirme expresar mi desilusión con la lectura de 1Q84.
Siempre he creído que la gran “astucia” de un autor, léase pintor, escultor, escritor o músico, es poder “sorprender” a sus espectadores o lectores; pero cuando esa “sorpresa” desaparece, para dar la sensación de “déjà vu” (ya visto), como dicen los franceses, la magia de la lectura desaparece para dar paso a una sensación de agobio que impide, por supuesto, el gozo estético frente a la obra que se tiene ante los ojos. Y eso es lo que me sucedió con la obra en cuestión.
Y si bien 1Q84, está muy bien escrita, desde el punto de vista del estilo literario al que nos tiene acostumbrados Murakami, la historia repite muchos de los elementos que aparecen en sus otras obras; me refiero, básicamente, al aspecto onírico. Sin embargo, hay una característica que deseo resaltar por encima de todo, y es su maestría a la hora de armar el rompecabezas de la historia, o historias, que conforman 1Q84.Todos los elementos que van apareciendo a todo lo largo de la obra, poco a poco van encajando en la soberbia construcción del puzle, sin que ningún elemento, por pequeño que parezca, quede por fuera. Es como una maquinaria donde todos los piñones encajan los unos con los otros. No obstante, no me sedujo, no me eclipsó como Kafka en la otra orilla.
Sin embargo, hay otros dos aspectos que quisiera resaltar:
1. La evocación permanente que hace del magnífico libro 1984 de Georges Orwell, el cual leí precisamente en 1984, también vi la película en la que Richard Burton tenía el papel protagónico. Su lectura es obligada si se desea entender el mundo en el que vivimos actualmente y en el cual somos “controlados”, por utilizar un eufemismo, por ese Gran Hermano que es Internet y donde todo lo que hacemos deja una huella indeleble. Aunque en el momento en que Orwell escribió el libro no podía ni siquiera imaginar que algo como Internet podría existir algún día. Y mientras que Orwell escribe sobre el futuro, Murakami lo hace sobre el pasado. Pero tanto el uno como el otro nos demuestran que el libre albedrío es algo inexistente y que los seres humanos somos sólo marionetas que danzamos al son que unos pocos que controlan el mundo nos ponen como música de fondo.
2. Ya en el artículo que había escrito sobre Kafka en la orilla, había resaltado el lado feminista de Murakami, aspecto que se reafirma en 1Q84.
Y por último, quisiera hacer alusión que la lectura de dicha obra, al menos del primer tomo, no pienso leer los otros, me hizo pensar en varios momentos en la saga de Stieg Larsson, Millenium. Estoy convencida que Murakami también leyó a Larsson y que 1Q84 podría ser un elogio a su obra. Incluso uno de sus personajes femeninos principales, por no decir el principal, Aomamé, tiene mucho de Lisbeth Salander.
(http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2011/05/30/haruki-murakami/) y ahora vuelvo a reseñarlo ya que acabo de leer la primera parte de su trilogía 1Q84. Y si bien sus otros libros me habían impactado desde todo punto de vista, especialmente el de Kafka en la otra orilla, no puedo decir lo mismo del primer tomo de su más reciente trabajo. Es muy posible que a mucha gente le haya gustado, lo cual no invalida para nada su criterio ni el mío, esa es la magia de la literatura en particular y del arte en general; puesto que las verdades absolutas no existen y la apreciación estética no obedece a criterios específicos. Así que voy a permitirme expresar mi desilusión con la lectura de 1Q84.
Siempre he creído que la gran “astucia” de un autor, léase pintor, escultor, escritor o músico, es poder “sorprender” a sus espectadores o lectores; pero cuando esa “sorpresa” desaparece, para dar la sensación de “déjà vu” (ya visto), como dicen los franceses, la magia de la lectura desaparece para dar paso a una sensación de agobio que impide, por supuesto, el gozo estético frente a la obra que se tiene ante los ojos. Y eso es lo que me sucedió con la obra en cuestión.
Y si bien 1Q84, está muy bien escrita, desde el punto de vista del estilo literario al que nos tiene acostumbrados Murakami, la historia repite muchos de los elementos que aparecen en sus otras obras; me refiero, básicamente, al aspecto onírico. Sin embargo, hay una característica que deseo resaltar por encima de todo, y es su maestría a la hora de armar el rompecabezas de la historia, o historias, que conforman 1Q84.Todos los elementos que van apareciendo a todo lo largo de la obra, poco a poco van encajando en la soberbia construcción del puzle, sin que ningún elemento, por pequeño que parezca, quede por fuera. Es como una maquinaria donde todos los piñones encajan los unos con los otros. No obstante, no me sedujo, no me eclipsó como Kafka en la otra orilla.
Sin embargo, hay otros dos aspectos que quisiera resaltar:
1. La evocación permanente que hace del magnífico libro 1984 de Georges Orwell, el cual leí precisamente en 1984, también vi la película en la que Richard Burton tenía el papel protagónico. Su lectura es obligada si se desea entender el mundo en el que vivimos actualmente y en el cual somos “controlados”, por utilizar un eufemismo, por ese Gran Hermano que es Internet y donde todo lo que hacemos deja una huella indeleble. Aunque en el momento en que Orwell escribió el libro no podía ni siquiera imaginar que algo como Internet podría existir algún día. Y mientras que Orwell escribe sobre el futuro, Murakami lo hace sobre el pasado. Pero tanto el uno como el otro nos demuestran que el libre albedrío es algo inexistente y que los seres humanos somos sólo marionetas que danzamos al son que unos pocos que controlan el mundo nos ponen como música de fondo.
2. Ya en el artículo que había escrito sobre Kafka en la orilla, había resaltado el lado feminista de Murakami, aspecto que se reafirma en 1Q84.
Y por último, quisiera hacer alusión que la lectura de dicha obra, al menos del primer tomo, no pienso leer los otros, me hizo pensar en varios momentos en la saga de Stieg Larsson, Millenium. Estoy convencida que Murakami también leyó a Larsson y que 1Q84 podría ser un elogio a su obra. Incluso uno de sus personajes femeninos principales, por no decir el principal, Aomamé, tiene mucho de Lisbeth Salander.
martes 24 de enero de 2012
YASMINA KHADRA E INGRID BETANCOURT
Yasmina Khadra (jazmín verde), es el seudónimo del escritor argelino Mohammed Moulessehoul (1955). Khadra vive actualmente en Aix-en-Provence y su obra literaria ha sido escrita en francés, no sólo porque nació cuando Argelia era aún una colonia francesa, sino porque cuando estaba en el colegio el profesor de árabe criticaba y rechazaba su forma de escribir y el de francés lo estimulaba y apoyaba; por lo que desde entonces escribir en dicha lengua se convirtió en algo natural. Es de anotar que Yasmina Khadra fue galardonado con el Gran Premio de Literatura Henri Gal 2011, concedido por la Academia Francesa, por el conjunto de su obra literaria.
Hace algunos años compré uno de sus libros, Las Golondrinas de Kabul, pero como muchos otros ha estado en la estantería de mi biblioteca esperando su lectura, ya que soy una compradora un poco compulsiva; así que a veces los libros me esperan algún tiempo para ser leídos. Y esta semana volví a encontrarme con el autor en cuestión al adquirir L’équation africaine (Éditions Julliard, Paris, 2011). Si bien al principio pensé que me encontraba frente a una pequeña joya sobre la condición humana, poco a poco este sentimiento fue cediendo, hasta tener la impresión de estar leyendo un bestseller y al final creí estar viendo una telenovela colombiana, de esas que hacen llorar a medio país varias veces a la semana. Pero sobre todo, tuve la impresión que el tema había sido escogido gracias a No hay silencio que no termine de Ingrid Betancourt. El libro de Khadra narra el secuestro de un médico alemán y de su amigo, un empresario que dedica parte de su fortuna personal a la ayuda humanitaria, por parte de una banda de rebeldes sin causa de Somalia.
Ahora bien, si hay un aspecto que resalto del libro de Betancourt, es la discreción a la hora de mostrar el horror al que se vio enfrentada; es un velo de pudor que mitiga lo que podría ser un cuadro dantesco. En cambio, en Khadra ese pudor es inexistente; más bien se tiene la impresión de ser un observador de primera fila en un circo romano del siglo XXI. Su libro es bastante realista, como si aún estuviese escribiendo para lectores decimonónicos. Pienso que la gran diferencia es que mientras que Ingrid Betancourt experimentó en carne propia siete años de infierno, Yasmina Khadra sólo ha imaginado lo que puede ser el descenso a los infiernos. Su lenguaje es cruel, despiadado, descarnado, no disfraza las palabras. Y si bien el Dr. Kurt Krausmann, el personaje principal, aprende a conocerse a sí mismo a medida que sobrevive al terror, a la manera de un viaje simbolista, un viaje al interior de sí mismo; el autor se pierde al regodearse en pequeños detalles de golpes y sangre. Sobra decir que la lectura de L’équation africaine no me produjo mayores sensaciones, más bien me dejó fría y en algunos pasajes más bien me produjo desagrado.
Aunque ya había publicado la reseña sobre el libro de Ingrid Betancourt, ahora vuelvo a hacerlo teniendo en cuenta que pretendo hacer un análisis comparativo con la "L'Équation Africaine de Khadra". “No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace algún tiempo están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura, el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa; entrevista y comentario publicados por la prensa en el segundo semestre de 2010. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Editions Gallimard, 2010. Lo leí en francés, ya que las traducciones rara vez son fieles a las obras originales.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas. La primera fue una gran admiración por su valentía; me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. También seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias, además de ser un acto de sensatez en un país de doble moral como es el nuestro. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando regresé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. Tuve la sensación que la autora quiso utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio, no hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano; así que al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir; aunque todos conocemos la verdadera razón, sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.
Hace algunos años compré uno de sus libros, Las Golondrinas de Kabul, pero como muchos otros ha estado en la estantería de mi biblioteca esperando su lectura, ya que soy una compradora un poco compulsiva; así que a veces los libros me esperan algún tiempo para ser leídos. Y esta semana volví a encontrarme con el autor en cuestión al adquirir L’équation africaine (Éditions Julliard, Paris, 2011). Si bien al principio pensé que me encontraba frente a una pequeña joya sobre la condición humana, poco a poco este sentimiento fue cediendo, hasta tener la impresión de estar leyendo un bestseller y al final creí estar viendo una telenovela colombiana, de esas que hacen llorar a medio país varias veces a la semana. Pero sobre todo, tuve la impresión que el tema había sido escogido gracias a No hay silencio que no termine de Ingrid Betancourt. El libro de Khadra narra el secuestro de un médico alemán y de su amigo, un empresario que dedica parte de su fortuna personal a la ayuda humanitaria, por parte de una banda de rebeldes sin causa de Somalia.
Ahora bien, si hay un aspecto que resalto del libro de Betancourt, es la discreción a la hora de mostrar el horror al que se vio enfrentada; es un velo de pudor que mitiga lo que podría ser un cuadro dantesco. En cambio, en Khadra ese pudor es inexistente; más bien se tiene la impresión de ser un observador de primera fila en un circo romano del siglo XXI. Su libro es bastante realista, como si aún estuviese escribiendo para lectores decimonónicos. Pienso que la gran diferencia es que mientras que Ingrid Betancourt experimentó en carne propia siete años de infierno, Yasmina Khadra sólo ha imaginado lo que puede ser el descenso a los infiernos. Su lenguaje es cruel, despiadado, descarnado, no disfraza las palabras. Y si bien el Dr. Kurt Krausmann, el personaje principal, aprende a conocerse a sí mismo a medida que sobrevive al terror, a la manera de un viaje simbolista, un viaje al interior de sí mismo; el autor se pierde al regodearse en pequeños detalles de golpes y sangre. Sobra decir que la lectura de L’équation africaine no me produjo mayores sensaciones, más bien me dejó fría y en algunos pasajes más bien me produjo desagrado.
Aunque ya había publicado la reseña sobre el libro de Ingrid Betancourt, ahora vuelvo a hacerlo teniendo en cuenta que pretendo hacer un análisis comparativo con la "L'Équation Africaine de Khadra". “No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace algún tiempo están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura, el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa; entrevista y comentario publicados por la prensa en el segundo semestre de 2010. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Editions Gallimard, 2010. Lo leí en francés, ya que las traducciones rara vez son fieles a las obras originales.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas. La primera fue una gran admiración por su valentía; me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. También seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias, además de ser un acto de sensatez en un país de doble moral como es el nuestro. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando regresé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. Tuve la sensación que la autora quiso utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio, no hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano; así que al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir; aunque todos conocemos la verdadera razón, sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.
domingo 8 de enero de 2012
ASSIA DJEBAR
Su verdadero nombre es Fátima-Zohra Imalayene, nació en Argelia en 1936, cuando este país era aún colonia francesa. Por línea materna tiene orígenes bereberes. En esa época las niñas argelinas eran retiradas de la escuela por sus padres cuando llegaban a la edad de 10 años, esta era la edad en la que contraían matrimonio; tal y como sucede hoy en día en varios países musulmanes, como Afganistán, por ejemplo. Assia Djebar corrió con la suerte de tener un padre que supo entender la importancia de la educación, no sólo para los hombres sino para las mujeres, e incluso fue aún más lejos, ya que su deseo ferviente era que su hija se educase como una francesa. Es por ello que en el otoño de 1955 la envía a París para realizar sus estudios en la Escuela Normal Superior. Este dato que pareciera anodino, se convierte en algo trascendental, ya que Assia Djebart es la primera argelina en ser aceptada en este centro educativo. Pero antes de dicho ingreso ya había cursado estudios en una escuela coránica privada y en el colegio de Blida, donde realizó estudios de griego, latín e inglés. Después de la independencia argelina, en 1962, regresó a su país y trabajó como profesora de historia moderna y contemporánea, en la Universidad de Rabat y luego ingresó como docente a la Universidad de Argel. Aunque su lengua materna es el árabe, es la lengua francesa que ha escogido para su enorme producción literaria. No obstante, desde los años 70 estudia el árabe clásico y ésto le ha permitido enriquecer aún más su estilo y la calidad estética de su obra. Assia Djebart es una mujer comprometida con su género y con su país.
Su producción abarca desde nouvelles, novelas y poesía, hasta ensayos y obras de teatro; sin olvidar su oficio de cineasta -gremio que ha sabido darle el reconocimiento que se merece-. Su obra gira básicamente en torno a la emancipación femenina, a la reivindicación de los derechos de la mujer, al reconocimiento de todas sus capacidades; en realidad es una lucha en contra de toda clase de violencia, no sólo contra la mujer, sino contra la lengua árabe y contra el pueblo argelino. Ella misma ha dicho: “Escribir sobre uno mismo, nos pone en riesgo de muerte”. Su incansable labor en pro de los derechos humanos le fue reconocida en el año 2000 por la Asociación de Libreros y Editores Alemanes,destacando, además, su lucha por la no distorsión del Islam. Ella misma ha declarado: "Escribo, como tantas otras mujeres escritoras argelinas, con un sentimiento de urgencia, contra la regresión y la misoginia”.
En 1999 es nombrada miembro de la Academia Real de la Lengua y de la Literatura francesa de Bélgica. Ya en 1995 había sido nombrada Directora del Centro de Estudios Franceses y Francófonos de Lusiana (USA) y desde el 2001 trabaja en la Universidad de Nueva York, como profesora de literatura francesa. En el 2005 fue elegida miembro de la Academia Francesa, siendo la primera mujer de origen magrebí en obtener dicho honor.
Su obra ha sido traducida a numerosas lenguas. Sin embargo, el libro más conocido es “Mujeres de Argelia en su apartamento”. El título hace referencia a uno de los cuadros más famosos de Eugène Delacroix, realizado por el artista en 1832, durante una breve visita a Argel, donde tuvo la oportunidad de conocer un harem. Es un cuadro de una extraña belleza, armónico, exuberante en el colorido, y en el cual el artista nos muestra un pequeño grupo de mujeres bañadas por una luz mágica, en el interior de sus habitaciones privadas; allí donde sólo podían entrar el marido y los eunucos. La mirada de Delacroix no le estaba permitida a todo el mundo, es como si el artista hubiera “robado” ese instante único y eterno. Es un cuadro lleno de sensualidad y de exotismo, donde se respira un aire lleno de códigos, de gestos desconocidos, de secretos, pero también de un drama ajeno, que los rostros de las protagonistas ocultan al intruso que las ha retratado. Es de anotar que la percepción de Delacroix, en lo que a la mujer árabe se refiere, fue bastante ingenua y a la vez extremadamente machista; su idea de las mujeres encerradas en vida, en las cuatro paredes de un harem, quedó resumida así:
““¡Es hermoso! ¡Es igual a los tiempos homéricos! ¡La mujer en el gineceo, ocupándose de los niños, hilando la lana, o bordando maravillosas telas. Es la mujer que a mí me gusta!”
El cuadro de Delacroix se encuentra exhibido en el Museo del Louvre.
En el libro, Assia Djebart no sólo hace una férrea defensa de la mujer musulmana, sino que condena al colonialismo francés que abatió Argelia por espacio de más de cien años. El libro está dividido entre el “ayer” y el “hoy”; con lo cual nos enfrentamos a mujeres que les ha tocado vivir dos épocas completamente diferentes de la historia argelina y que han debido afrontar y soportar una sociedad extremadamente patriarcal. En el “Ayer”, está la mujer que debe afrontar el colonialismo y en la de “Hoy” la mujer que debe asumir los cambios que la historia y la independencia le han traído. Es un relato de difícil lectura. Es un libro que está a medio camino entre el sueño y la memoria; lo que permite a cada mujer mostrarse tal cual es, en otras palabras, quitarse el velo. Y si hablo de sueños, me refiero, básicamente, a la evocación, que a veces pierde su sentido de realidad. Las mujeres de Assia Djebart, son mujeres que osan hablar de sus sentimientos, de sus miedos, de sus vidas, son mujeres temerarias; muy diferentes de la imagen de la mujer sumisa que tenemos en Occidente de la mujer musulmana. Es la mirada íntima de un lugar aún más íntimo: el apartamento, donde la vida privada y secreta se lleva a cabo; donde podemos ser nosotras mismas, sin engaños, sin máscaras que oculten nuestra verdadera naturaleza y nuestra verdadera historia.
“A lo mejor la amistad palestina servirá al fin…
-¿A qué?
- ¡A sacarte el odio!
- ¡El odio! Gritó el pintor mientras traía té y whisky. ¡si nosotros lo chupamos con la leche de nuestras madres explotadas! No han comprendido nada: no es solamente el colonialismo el origen de nuestros problemas psicológicos, ¡sino el vientre de nuestras mujeres frustradas!... ¡Estamos condenados desde que somos fetos.”
Assia Djebar denuncia y cuestiona la opresión de la mujer musulmana, y al mismo tiempo le quita el velo, símbolo de la opresión de la que es objeto. Un velo que busca empequeñecerla, borrarla, hacerla invisible. El velo es la herramienta masculina, utilizada para evitar que la mujer sea crítica, pensante, analítica. El velo, tirado a un lado, transforma la sumisión de la mujer, en osadía, en valentía. El velo, impuesto por el hombre y por la religión, busca a la vez el “silencio” de la mujer. En el velo, el hombre esconde sus propias frustraciones, sus miedos atávicos, sobre todo el miedo a la mujer, a la diferencia, a la aceptación de la otra. Chahdortt Djavann, escritora iraní, dice al respecto:
“El velo condena el cuerpo femenino al encierro, puesto que en ese cuerpo radica el honor del hombre musulmán, por lo tanto él debe ser protegido. El velo traduce la alienación psíquica del hombre musulmán que construye su ser y su identidad en el miedo permanente de la transgresión femenina; una transgresión inquietante: una mecha de pelo o una pequeña parte de la piel que se deja ver”.
El “silencio”, impuesto a la mujer, es en realidad el símbolo de la frustración masculina. El “silencio” impuesto por el padre a la hija, oculta los fracasos del padre y le es impuesto a la hija como una especie de “virtud”, léase incluso de "mutilación”. La niña, convertida en mujer, no conocerá el placer sexual; el “silencio” le arrebatará también la posibilidad de realizarse, de ser ella misma, de aceptarse. El “silencio” será la base de la autonegación, será la base de una vida de sumisión absoluta, servil, incluso, una vida de esclavitud. El libro de Assia Djebart, es un grito desesperado, lanzado a todas las mujeres y hombres del planeta. Un grito desgarrador que espera ser escuchado, repetido una y otra vez, hasta encontrar un eco que ayude a la mujer musulmana a dejar atrás tanta ignominia.
Su producción abarca desde nouvelles, novelas y poesía, hasta ensayos y obras de teatro; sin olvidar su oficio de cineasta -gremio que ha sabido darle el reconocimiento que se merece-. Su obra gira básicamente en torno a la emancipación femenina, a la reivindicación de los derechos de la mujer, al reconocimiento de todas sus capacidades; en realidad es una lucha en contra de toda clase de violencia, no sólo contra la mujer, sino contra la lengua árabe y contra el pueblo argelino. Ella misma ha dicho: “Escribir sobre uno mismo, nos pone en riesgo de muerte”. Su incansable labor en pro de los derechos humanos le fue reconocida en el año 2000 por la Asociación de Libreros y Editores Alemanes,destacando, además, su lucha por la no distorsión del Islam. Ella misma ha declarado: "Escribo, como tantas otras mujeres escritoras argelinas, con un sentimiento de urgencia, contra la regresión y la misoginia”.
En 1999 es nombrada miembro de la Academia Real de la Lengua y de la Literatura francesa de Bélgica. Ya en 1995 había sido nombrada Directora del Centro de Estudios Franceses y Francófonos de Lusiana (USA) y desde el 2001 trabaja en la Universidad de Nueva York, como profesora de literatura francesa. En el 2005 fue elegida miembro de la Academia Francesa, siendo la primera mujer de origen magrebí en obtener dicho honor.
Su obra ha sido traducida a numerosas lenguas. Sin embargo, el libro más conocido es “Mujeres de Argelia en su apartamento”. El título hace referencia a uno de los cuadros más famosos de Eugène Delacroix, realizado por el artista en 1832, durante una breve visita a Argel, donde tuvo la oportunidad de conocer un harem. Es un cuadro de una extraña belleza, armónico, exuberante en el colorido, y en el cual el artista nos muestra un pequeño grupo de mujeres bañadas por una luz mágica, en el interior de sus habitaciones privadas; allí donde sólo podían entrar el marido y los eunucos. La mirada de Delacroix no le estaba permitida a todo el mundo, es como si el artista hubiera “robado” ese instante único y eterno. Es un cuadro lleno de sensualidad y de exotismo, donde se respira un aire lleno de códigos, de gestos desconocidos, de secretos, pero también de un drama ajeno, que los rostros de las protagonistas ocultan al intruso que las ha retratado. Es de anotar que la percepción de Delacroix, en lo que a la mujer árabe se refiere, fue bastante ingenua y a la vez extremadamente machista; su idea de las mujeres encerradas en vida, en las cuatro paredes de un harem, quedó resumida así:
““¡Es hermoso! ¡Es igual a los tiempos homéricos! ¡La mujer en el gineceo, ocupándose de los niños, hilando la lana, o bordando maravillosas telas. Es la mujer que a mí me gusta!”
El cuadro de Delacroix se encuentra exhibido en el Museo del Louvre.
En el libro, Assia Djebart no sólo hace una férrea defensa de la mujer musulmana, sino que condena al colonialismo francés que abatió Argelia por espacio de más de cien años. El libro está dividido entre el “ayer” y el “hoy”; con lo cual nos enfrentamos a mujeres que les ha tocado vivir dos épocas completamente diferentes de la historia argelina y que han debido afrontar y soportar una sociedad extremadamente patriarcal. En el “Ayer”, está la mujer que debe afrontar el colonialismo y en la de “Hoy” la mujer que debe asumir los cambios que la historia y la independencia le han traído. Es un relato de difícil lectura. Es un libro que está a medio camino entre el sueño y la memoria; lo que permite a cada mujer mostrarse tal cual es, en otras palabras, quitarse el velo. Y si hablo de sueños, me refiero, básicamente, a la evocación, que a veces pierde su sentido de realidad. Las mujeres de Assia Djebart, son mujeres que osan hablar de sus sentimientos, de sus miedos, de sus vidas, son mujeres temerarias; muy diferentes de la imagen de la mujer sumisa que tenemos en Occidente de la mujer musulmana. Es la mirada íntima de un lugar aún más íntimo: el apartamento, donde la vida privada y secreta se lleva a cabo; donde podemos ser nosotras mismas, sin engaños, sin máscaras que oculten nuestra verdadera naturaleza y nuestra verdadera historia.
“A lo mejor la amistad palestina servirá al fin…
-¿A qué?
- ¡A sacarte el odio!
- ¡El odio! Gritó el pintor mientras traía té y whisky. ¡si nosotros lo chupamos con la leche de nuestras madres explotadas! No han comprendido nada: no es solamente el colonialismo el origen de nuestros problemas psicológicos, ¡sino el vientre de nuestras mujeres frustradas!... ¡Estamos condenados desde que somos fetos.”
Assia Djebar denuncia y cuestiona la opresión de la mujer musulmana, y al mismo tiempo le quita el velo, símbolo de la opresión de la que es objeto. Un velo que busca empequeñecerla, borrarla, hacerla invisible. El velo es la herramienta masculina, utilizada para evitar que la mujer sea crítica, pensante, analítica. El velo, tirado a un lado, transforma la sumisión de la mujer, en osadía, en valentía. El velo, impuesto por el hombre y por la religión, busca a la vez el “silencio” de la mujer. En el velo, el hombre esconde sus propias frustraciones, sus miedos atávicos, sobre todo el miedo a la mujer, a la diferencia, a la aceptación de la otra. Chahdortt Djavann, escritora iraní, dice al respecto:
“El velo condena el cuerpo femenino al encierro, puesto que en ese cuerpo radica el honor del hombre musulmán, por lo tanto él debe ser protegido. El velo traduce la alienación psíquica del hombre musulmán que construye su ser y su identidad en el miedo permanente de la transgresión femenina; una transgresión inquietante: una mecha de pelo o una pequeña parte de la piel que se deja ver”.
El “silencio”, impuesto a la mujer, es en realidad el símbolo de la frustración masculina. El “silencio” impuesto por el padre a la hija, oculta los fracasos del padre y le es impuesto a la hija como una especie de “virtud”, léase incluso de "mutilación”. La niña, convertida en mujer, no conocerá el placer sexual; el “silencio” le arrebatará también la posibilidad de realizarse, de ser ella misma, de aceptarse. El “silencio” será la base de la autonegación, será la base de una vida de sumisión absoluta, servil, incluso, una vida de esclavitud. El libro de Assia Djebart, es un grito desesperado, lanzado a todas las mujeres y hombres del planeta. Un grito desgarrador que espera ser escuchado, repetido una y otra vez, hasta encontrar un eco que ayude a la mujer musulmana a dejar atrás tanta ignominia.
domingo 1 de enero de 2012
ORÍGENES DEL ÁRBOL DE NAVIDAD
El árbol, las plantas, las flores, los lagos y los ríos han jugado un papel muy importante en el pensamiento religioso de las comunidades campesinas europeas, asiáticas, africanas o americanas. El árbol, por su parte, ha tenido una fuerte significación espiritual, a veces ha sido visto como una fuerza del bien, considerándosele a una divinidad benefactora, y otras como una fuerza del mal, que devora a los intrusos que osan internarse en sus dominios. En otras ocasiones el árbol, o el bosque, es considerado un refugio, bien sea para ermitaños, sabios, hombres y mujeres solitarios que desean huir de las veleidades de la vida citadina. Mircea Eliade, al hacer alusión al origen sagrado de los árboles, dice:
“La imagen del árbol no se ha escogido únicamente para simbolizar el Cosmos, sino también para expresar la vida, la juventud, la inmortalidad, la sabiduría… El árbol ha llegado a expresar todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia, todo cuanto sabe que los dioses poseen por su propia naturaleza y que no es sino rara vez accesible a individuos privilegiados, héroes y semidioses… todas las plantas cultivadas actualmente se consideran en un principio como plantas sagradas”.
“El Señor de los Anillos”, de Tolkien, rescata la rica tradición celta que reverenciaba a los robles, con la figura mágica de los ents, cuya figura principal es Bárbol. Estos míticos personajes son árboles enormes y su misión es la de ser pastores de otros árboles, poseedores de una gran sabiduría y viejos “como los montes”. Pippin, uno de los hobbits, no olvidaría nunca su encuentro con Bárbol, la fuerte impresión que le causarían sus ojos profundos y penetrantes, es uno de los párrafos más significativos de la obra, de gran calidad estética:
“- Uno hubiera dicho que había un pozo enorme detrás de los ojos, colmado de siglos de recuerdos, y con una larga, lenta y sólida reflexión; pero en la superficie centelleaba el presente: como el sol que centellea en las hojas exteriores de un árbol enorme, o sobre las ondulaciones de un lago muy profundo. No lo sé, pero parecía algo que crecía de la tierra, o que quizá dormía y era a la vez raíz y hojas, tierra y cielo, y que hubiera despertado de pronto y te examinase con la misma lenta atención que había dedicado a sus propios asuntos interiores durante años interminables”.
La figura de los ents, como pastores de un gran rebaño de árboles, hace alusión a antiguas creencias campesinas, donde los bosques han jugado un rol preponderante en su cultura y en sus ritos. Los árboles, y sus misterios insondables, aparecen una y otra vez en los cuentos de hadas tradicionales: Hansel y Gretel, La Bella Durmiente, Blanca Nieves y los siete enanos, La Bella y la Bestia, entre otros. Para Bruno Bettelheim penetrar en un bosque, perderse en él y encontrar de nuevo el camino a casa, es el equivalente a un viaje interior, al conocimiento que todo ser humano debe tener de sí mismo. Por otra parte, significa superar las diferentes pruebas que la comunidad exige para que los infantes pasen a la edad adulta y puedan integrarse como personas útiles y productivas al grupo al que pertenecen; este aspecto está relacionado con la creencia en la sabiduría de los árboles y en el rol mágico que se les atribuye.
No obstante, el culto al árbol hay que buscarlo en pueblos más antiguos que los mismos celtas, y para ellos tendríamos que remontarnos a los persas (1.500 a. de c.). En el Museo del Louvre se conserva una tabla de bronce denominada Sit-Shamsi, en la cual se relatan los rituales de esta extraordinaria cultura, los cuales incluían su devoción por el árbol y la concepción religiosa que tenían de los bosques. Esta característica sacra, con respecto al árbol y a todos los mitos que lo rodean, sigue presente en otro de los más fuertes sincretismos religiosos: el árbol de navidad.
En el siglo XVI, con la Reforma Protestante, surge un dilema teológico: si el protestantismo le niega a María su condición de virgen no puede realizarse un pesebre, puesto que ella es su figura central; pero la celebración de la navidad debe ser continuada, para ello se acude a los antiguos ritos campesinos en torno al culto de los árboles, especialmente el del roble. Es de anotar que el origen del pesebre, o nacimiento, se remonta apenas al año 1223, o al menos es la fecha que los franciscanos han querido inmortalizar con el fin de preservar la memoria de Francisco de Asís como su posible inventor. De todas formas la tradición del pesebre es bastante reciente si se la compara con el rito de los árboles. Las antiguas religiones europeas y su culto a la naturaleza, nunca desaparecieron totalmente, o al menos no entre las comunidades campesinas, especialmente en Gran Bretaña, donde aún existe una creencia popular con respecto al roble; dicha creencia pregona que la persona que abrace uno de sus inmensos troncos, estará protegida contra los malos espíritus y además le otorgará la fuerza necesaria para continuar el camino de la vida. Esta presencia se constata cada vez que se visita un antiguo monasterio o una catedral; puesto no hay que olvidar que dichas construcciones fueron levantadas en sitios de culto de los celtas.
Para entender un poco más el culto a los árboles, por parte de los celtas, habría que hablar sobre los druidas. Éstos eran sacerdotes que ejercían además funciones políticas y judiciales; y al igual que el mago Merlín habitaban, o al menos se reunían, en los bosques, bajo los robles. Tanto los hombres como las mujeres podían acceder al sacerdocio, para el cual debían prepararse por espacio de 20 años. En la época de la invasión romana jugaron un papel preponderante puesto que trataron de oponerse a ella. En Francia encontramos a Vercingetorix, quien ha servido como modelo para la creación del famoso galo de las tiras cómicas: Asterix. Vercingetorix fue un gran guerrero celta que luchó contra la invasión romana, habiendo sido derrotado por las huestes enemigas; esta derrota marcaría el inicio de la desaparición del pueblo galo.
En el siglo VI aún quedaban algunos druidas en territorio escocés, los cuales poseían un gran conocimiento de las facultades curativas de las plantas y árboles que rodeaban el territorio donde solían habitar, y es muy posible que estos conocimientos fueran de la mano con prácticas que posteriormente darían origen a la alquimia, de ahí los poderes “mágicos” de Merlín. Este conocimiento profundo de la naturaleza lo consiguieron en una íntima relación con ella. Para los celtas, los árboles eran elementos sagrados y preciosos, integrados plenamente dentro de su propia concepción del mundo. El roble era el árbol sagrado por excelencia, allí habitaban el señor de los bosques y las hadas. Los druidas le tenían un especial aprecio, el cual sobrevivió a la desaparición de sus creencias religiosas.
Otra de las tradiciones navideñas es la del muérdago y aún sigue tan vigente como lo fue hace dos mil o mil quinientos años atrás. La costumbre de besarse debajo de una de sus ramas está íntimamente relacionada con los ritos druídicos de fertilización, puesto que su savia era considerada por los sacerdotes celtas como el semen del señor de los bosques. Plinio relata un antigua leyenda y describe su ritual: en la sexta noche del plenilunio, un druida, preparado por un previo ayuno y vestido de blanco, se subía al árbol y con su mano izquierda cortaba una rama, poco después se sacrificaban dos toros y su sangre, mezclada con la savia de la rama recién cortada, era enterrada a los pies del árbol; este rito permitía la regeneración del tiempo y la permanente fertilidad de la tierra. Hoy en día son reconocidas sus propiedades medicinales, pero durante muchos siglos esta creencia fue ridiculizada, se creía que eran inventos populares y poco científicos.
Por otra parte, habría que entender que el árbol, al igual que para el pueblo araucano, les permitía a los druidas el acceso a los tres mundos, puesto que representaba el Axis-Mundi. Es decir, a través de él se podía pasar fácilmente de un mundo a otro: cielo-tierra-infierno (o mundo de los muertos). Para que esta comunicación se produzca es necesaria una columna universal o Axis-Mundi, la cual se encuentra enclavada en las entrañas de la tierra y también sostiene al cielo. En realidad es un eje cósmico y a su alrededor se extiende el mundo. El Axis-Mundi, como todo eje, se encuentra en el centro, en este caso en el centro de la tierra; por lo que puede ser representado por una montaña, una escalinata, una cúpula o un árbol. Cabe anotar que muchas de las catedrales construidas en el territorio que hoy conocemos como Gran Bretaña fueron construidas en antiguos lugares de peregrinación celta; es decir donde habían existido robles reverenciados por este pueblo. Para terminar, debo recordar que según Mircea Eliade la aguja de las catedrales góticas son una representación simbólica del Axis-Mundi; es decir, del árbol sagrado de los celtas.
“La imagen del árbol no se ha escogido únicamente para simbolizar el Cosmos, sino también para expresar la vida, la juventud, la inmortalidad, la sabiduría… El árbol ha llegado a expresar todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia, todo cuanto sabe que los dioses poseen por su propia naturaleza y que no es sino rara vez accesible a individuos privilegiados, héroes y semidioses… todas las plantas cultivadas actualmente se consideran en un principio como plantas sagradas”.
“El Señor de los Anillos”, de Tolkien, rescata la rica tradición celta que reverenciaba a los robles, con la figura mágica de los ents, cuya figura principal es Bárbol. Estos míticos personajes son árboles enormes y su misión es la de ser pastores de otros árboles, poseedores de una gran sabiduría y viejos “como los montes”. Pippin, uno de los hobbits, no olvidaría nunca su encuentro con Bárbol, la fuerte impresión que le causarían sus ojos profundos y penetrantes, es uno de los párrafos más significativos de la obra, de gran calidad estética:
“- Uno hubiera dicho que había un pozo enorme detrás de los ojos, colmado de siglos de recuerdos, y con una larga, lenta y sólida reflexión; pero en la superficie centelleaba el presente: como el sol que centellea en las hojas exteriores de un árbol enorme, o sobre las ondulaciones de un lago muy profundo. No lo sé, pero parecía algo que crecía de la tierra, o que quizá dormía y era a la vez raíz y hojas, tierra y cielo, y que hubiera despertado de pronto y te examinase con la misma lenta atención que había dedicado a sus propios asuntos interiores durante años interminables”.
La figura de los ents, como pastores de un gran rebaño de árboles, hace alusión a antiguas creencias campesinas, donde los bosques han jugado un rol preponderante en su cultura y en sus ritos. Los árboles, y sus misterios insondables, aparecen una y otra vez en los cuentos de hadas tradicionales: Hansel y Gretel, La Bella Durmiente, Blanca Nieves y los siete enanos, La Bella y la Bestia, entre otros. Para Bruno Bettelheim penetrar en un bosque, perderse en él y encontrar de nuevo el camino a casa, es el equivalente a un viaje interior, al conocimiento que todo ser humano debe tener de sí mismo. Por otra parte, significa superar las diferentes pruebas que la comunidad exige para que los infantes pasen a la edad adulta y puedan integrarse como personas útiles y productivas al grupo al que pertenecen; este aspecto está relacionado con la creencia en la sabiduría de los árboles y en el rol mágico que se les atribuye.
No obstante, el culto al árbol hay que buscarlo en pueblos más antiguos que los mismos celtas, y para ellos tendríamos que remontarnos a los persas (1.500 a. de c.). En el Museo del Louvre se conserva una tabla de bronce denominada Sit-Shamsi, en la cual se relatan los rituales de esta extraordinaria cultura, los cuales incluían su devoción por el árbol y la concepción religiosa que tenían de los bosques. Esta característica sacra, con respecto al árbol y a todos los mitos que lo rodean, sigue presente en otro de los más fuertes sincretismos religiosos: el árbol de navidad.
En el siglo XVI, con la Reforma Protestante, surge un dilema teológico: si el protestantismo le niega a María su condición de virgen no puede realizarse un pesebre, puesto que ella es su figura central; pero la celebración de la navidad debe ser continuada, para ello se acude a los antiguos ritos campesinos en torno al culto de los árboles, especialmente el del roble. Es de anotar que el origen del pesebre, o nacimiento, se remonta apenas al año 1223, o al menos es la fecha que los franciscanos han querido inmortalizar con el fin de preservar la memoria de Francisco de Asís como su posible inventor. De todas formas la tradición del pesebre es bastante reciente si se la compara con el rito de los árboles. Las antiguas religiones europeas y su culto a la naturaleza, nunca desaparecieron totalmente, o al menos no entre las comunidades campesinas, especialmente en Gran Bretaña, donde aún existe una creencia popular con respecto al roble; dicha creencia pregona que la persona que abrace uno de sus inmensos troncos, estará protegida contra los malos espíritus y además le otorgará la fuerza necesaria para continuar el camino de la vida. Esta presencia se constata cada vez que se visita un antiguo monasterio o una catedral; puesto no hay que olvidar que dichas construcciones fueron levantadas en sitios de culto de los celtas.
Para entender un poco más el culto a los árboles, por parte de los celtas, habría que hablar sobre los druidas. Éstos eran sacerdotes que ejercían además funciones políticas y judiciales; y al igual que el mago Merlín habitaban, o al menos se reunían, en los bosques, bajo los robles. Tanto los hombres como las mujeres podían acceder al sacerdocio, para el cual debían prepararse por espacio de 20 años. En la época de la invasión romana jugaron un papel preponderante puesto que trataron de oponerse a ella. En Francia encontramos a Vercingetorix, quien ha servido como modelo para la creación del famoso galo de las tiras cómicas: Asterix. Vercingetorix fue un gran guerrero celta que luchó contra la invasión romana, habiendo sido derrotado por las huestes enemigas; esta derrota marcaría el inicio de la desaparición del pueblo galo.
En el siglo VI aún quedaban algunos druidas en territorio escocés, los cuales poseían un gran conocimiento de las facultades curativas de las plantas y árboles que rodeaban el territorio donde solían habitar, y es muy posible que estos conocimientos fueran de la mano con prácticas que posteriormente darían origen a la alquimia, de ahí los poderes “mágicos” de Merlín. Este conocimiento profundo de la naturaleza lo consiguieron en una íntima relación con ella. Para los celtas, los árboles eran elementos sagrados y preciosos, integrados plenamente dentro de su propia concepción del mundo. El roble era el árbol sagrado por excelencia, allí habitaban el señor de los bosques y las hadas. Los druidas le tenían un especial aprecio, el cual sobrevivió a la desaparición de sus creencias religiosas.
Otra de las tradiciones navideñas es la del muérdago y aún sigue tan vigente como lo fue hace dos mil o mil quinientos años atrás. La costumbre de besarse debajo de una de sus ramas está íntimamente relacionada con los ritos druídicos de fertilización, puesto que su savia era considerada por los sacerdotes celtas como el semen del señor de los bosques. Plinio relata un antigua leyenda y describe su ritual: en la sexta noche del plenilunio, un druida, preparado por un previo ayuno y vestido de blanco, se subía al árbol y con su mano izquierda cortaba una rama, poco después se sacrificaban dos toros y su sangre, mezclada con la savia de la rama recién cortada, era enterrada a los pies del árbol; este rito permitía la regeneración del tiempo y la permanente fertilidad de la tierra. Hoy en día son reconocidas sus propiedades medicinales, pero durante muchos siglos esta creencia fue ridiculizada, se creía que eran inventos populares y poco científicos.
Por otra parte, habría que entender que el árbol, al igual que para el pueblo araucano, les permitía a los druidas el acceso a los tres mundos, puesto que representaba el Axis-Mundi. Es decir, a través de él se podía pasar fácilmente de un mundo a otro: cielo-tierra-infierno (o mundo de los muertos). Para que esta comunicación se produzca es necesaria una columna universal o Axis-Mundi, la cual se encuentra enclavada en las entrañas de la tierra y también sostiene al cielo. En realidad es un eje cósmico y a su alrededor se extiende el mundo. El Axis-Mundi, como todo eje, se encuentra en el centro, en este caso en el centro de la tierra; por lo que puede ser representado por una montaña, una escalinata, una cúpula o un árbol. Cabe anotar que muchas de las catedrales construidas en el territorio que hoy conocemos como Gran Bretaña fueron construidas en antiguos lugares de peregrinación celta; es decir donde habían existido robles reverenciados por este pueblo. Para terminar, debo recordar que según Mircea Eliade la aguja de las catedrales góticas son una representación simbólica del Axis-Mundi; es decir, del árbol sagrado de los celtas.
domingo 11 de diciembre de 2011
ESPAÑA ENTRE DOS SIGLOS, DE ZULOAGA A PICASSO, de 1890 a 1920
I parte:
Generalmente cuando pensamos en la pintura española los artistas que se nos vienen a la mente son Domenico Theotokópoulos, llamado El Greco – originario de la isla de Creta y como su nombre lo indica no era español sino griego-, Velázquez, Zurbarán, Murillo, Ribera, Goya, Picasso, Dalí, Miró, Gris y más recientemente Remedios Varo o Antoni Tápies. No obstante, la historia del arte suele ignorar un período trascendental en la pintura ibérica, que va desde 1890 hasta 1920. Época de gran importancia ya que al igual que los movimientos artísticos franceses, correspondientes a la segunda mitad del siglo XIX, fue un movimiento de ruptura, de innovación, de búsqueda de nuevos lenguajes pictóricos; más osado, menos convencional, tanto en la pincelada como en los temas que abordó. Es este período que el Museo de la Orangerie ha querido mostrarnos a muchos amantes del arte que no lo conocíamos: España entre dos siglos, de Zuloaga a Picasso, de 1890 a 1920, es el nombre de la exposición a la que hago referencia.
Pero para entender un poco el silencio de la historia del arte que va de los años 1830 a 1920, en cuanto a la pintura española se refiere, hay que recordar la guerra llevada por el pueblo español en contra de la opresión napoleónica (recordemos ese gran cuadro de Goya llamado 3 de mayo); también hay que tener en cuenta la España miserable de la que raramente se habla, pero que en realidad se sumergía en la hambruna y la ignorancia, puesto que la mayor parte de su población vivía en condiciones de pobreza absoluta y no tenía acceso a la educación, por lo que la gran mayoría era analfabeta. Y no hay que olvidar otro aspecto importante: la pérdida de su última colonia, Cuba, en 1898. El orgullo de otrora había dado paso a una España que trataba de resurgir de las cenizas de un pasado glorioso, pero opresor; me refiero exactamente a las colonias que había instaurado en el territorio de América Latina y a las cuales había despojado de sus riquezas y había tratado de borrar del mapa sus culturas, lenguas y creencias, habiendo cometido el más grande etnocidio de la historia de la humanidad.
No obstante, España, con un pasado pictórico extraordinario, siguió creando, así no conozcamos a los artistas que surgieron entre el período de 1828; año del deceso de Goya y 1906, cuando Picasso comienza a ser conocido, tras abandonar el período azul y pintar los bocetos de ese gran cuadro que daría inicio a lo que posteriormente se conocería como cubismo, Les demoiselles d’Avignon.
Pero antes de este cuadro excepcional, estaban los pintores Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Hermen Anglada Camarasa, Darío de Regoyos e Isidre Nonell, entre otros. Estos artistas eran ante todo viajeros incansables, que se interesaban por otras culturas y otras lenguas y por supuesto deseaban empaparse de otras corrientes pictóricas; especialmente del grupo que posteriormente se conocería como Impresionista (es el caso específico de Sorolla). En 1900, cuando Isidre Nonell regresa a España le cedió su taller de Montmartre a Picasso.
Como gran paradoja, en cuanto al silencio que se hizo en torno a la historia del arte española del período que nos ocupa, es importante anotar que los pintores franceses como Gustave Courbet y Eduard Manet eran grandes admiradores de la pintura ibérica; aspecto ignorado durante mucho tiempo por los especialistas que quisieron tender un manto de olvido sobre los pintores anteriormente señalados. Incluso Ignacio Zuloaga, cuando hablaba de Manet, a quien estimaba, admiraba y respetaba, decía que él era un “pintor franco-español”. Los pintores españoles en cuestión expusieron en las galerías que comenzaban a apostar por un arte no convencional, como la Galería Vollard o la Durand-Ruel. Y el curador Léonce Bénédite, del Museo de Luxemburgo, no dudó en comprar lienzos de Zuluoaga (Mi tío y mis dos primas) o de Sorolla (El regreso de la pesca). Estos artistas también hicieron presencia en Nueva-York, Bilbao, Barcelona y por supuesto Madrid y entablaron amistad con Degas, Toulouse-Lautrec, Matisse, Seurat, Signac y con el grupo de escritores de la época; es así como conocieron a la poeta Anna de Noailles.
La posibilidad de penetrar en un mundo artístico e intelectual de vanguardia, rico en simbología, pero también reconociéndose como herederos de una fuerte e importante tradición pictórica, hicieron posible que estos pintores encontrasen su propio lenguaje, diferente a lo que los críticos posteriores admirarían y respetarían. Es así como finalmente se ha hablado de dos Españas: una blanca, con Sorolla a la cabeza y otra negra, la de Isidre Nonell.
(Este artículo continua la próxima semana)
Nota: El pasado jueves 8 de diciembre de 2011 un periodista de la wradio (Colmbia) confesó, sin ambages, que una de las promesas que se había hecho para el 2011 era leer un libro por mes, pero que esa promesa no la había podido cumplir, que ni siquiera había podido leer seis libros en todo el año. Es inconcebible que un periodista de una emisora tan importante tenga el desparpajo de confesar algo que para cualquier otro periodista europeo sería poco menos que inaudito. Esto me hace pensar en la hermosa y dolorosa carta de demisión que escribió el profesor de la facultad de periodismo de la Universidad Javeriana, al no poder seguir soportando la mediocridad de los estudiantes que llegan a sus aulas.
Generalmente cuando pensamos en la pintura española los artistas que se nos vienen a la mente son Domenico Theotokópoulos, llamado El Greco – originario de la isla de Creta y como su nombre lo indica no era español sino griego-, Velázquez, Zurbarán, Murillo, Ribera, Goya, Picasso, Dalí, Miró, Gris y más recientemente Remedios Varo o Antoni Tápies. No obstante, la historia del arte suele ignorar un período trascendental en la pintura ibérica, que va desde 1890 hasta 1920. Época de gran importancia ya que al igual que los movimientos artísticos franceses, correspondientes a la segunda mitad del siglo XIX, fue un movimiento de ruptura, de innovación, de búsqueda de nuevos lenguajes pictóricos; más osado, menos convencional, tanto en la pincelada como en los temas que abordó. Es este período que el Museo de la Orangerie ha querido mostrarnos a muchos amantes del arte que no lo conocíamos: España entre dos siglos, de Zuloaga a Picasso, de 1890 a 1920, es el nombre de la exposición a la que hago referencia.
Pero para entender un poco el silencio de la historia del arte que va de los años 1830 a 1920, en cuanto a la pintura española se refiere, hay que recordar la guerra llevada por el pueblo español en contra de la opresión napoleónica (recordemos ese gran cuadro de Goya llamado 3 de mayo); también hay que tener en cuenta la España miserable de la que raramente se habla, pero que en realidad se sumergía en la hambruna y la ignorancia, puesto que la mayor parte de su población vivía en condiciones de pobreza absoluta y no tenía acceso a la educación, por lo que la gran mayoría era analfabeta. Y no hay que olvidar otro aspecto importante: la pérdida de su última colonia, Cuba, en 1898. El orgullo de otrora había dado paso a una España que trataba de resurgir de las cenizas de un pasado glorioso, pero opresor; me refiero exactamente a las colonias que había instaurado en el territorio de América Latina y a las cuales había despojado de sus riquezas y había tratado de borrar del mapa sus culturas, lenguas y creencias, habiendo cometido el más grande etnocidio de la historia de la humanidad.
No obstante, España, con un pasado pictórico extraordinario, siguió creando, así no conozcamos a los artistas que surgieron entre el período de 1828; año del deceso de Goya y 1906, cuando Picasso comienza a ser conocido, tras abandonar el período azul y pintar los bocetos de ese gran cuadro que daría inicio a lo que posteriormente se conocería como cubismo, Les demoiselles d’Avignon.
Pero antes de este cuadro excepcional, estaban los pintores Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Hermen Anglada Camarasa, Darío de Regoyos e Isidre Nonell, entre otros. Estos artistas eran ante todo viajeros incansables, que se interesaban por otras culturas y otras lenguas y por supuesto deseaban empaparse de otras corrientes pictóricas; especialmente del grupo que posteriormente se conocería como Impresionista (es el caso específico de Sorolla). En 1900, cuando Isidre Nonell regresa a España le cedió su taller de Montmartre a Picasso.
Como gran paradoja, en cuanto al silencio que se hizo en torno a la historia del arte española del período que nos ocupa, es importante anotar que los pintores franceses como Gustave Courbet y Eduard Manet eran grandes admiradores de la pintura ibérica; aspecto ignorado durante mucho tiempo por los especialistas que quisieron tender un manto de olvido sobre los pintores anteriormente señalados. Incluso Ignacio Zuloaga, cuando hablaba de Manet, a quien estimaba, admiraba y respetaba, decía que él era un “pintor franco-español”. Los pintores españoles en cuestión expusieron en las galerías que comenzaban a apostar por un arte no convencional, como la Galería Vollard o la Durand-Ruel. Y el curador Léonce Bénédite, del Museo de Luxemburgo, no dudó en comprar lienzos de Zuluoaga (Mi tío y mis dos primas) o de Sorolla (El regreso de la pesca). Estos artistas también hicieron presencia en Nueva-York, Bilbao, Barcelona y por supuesto Madrid y entablaron amistad con Degas, Toulouse-Lautrec, Matisse, Seurat, Signac y con el grupo de escritores de la época; es así como conocieron a la poeta Anna de Noailles.
La posibilidad de penetrar en un mundo artístico e intelectual de vanguardia, rico en simbología, pero también reconociéndose como herederos de una fuerte e importante tradición pictórica, hicieron posible que estos pintores encontrasen su propio lenguaje, diferente a lo que los críticos posteriores admirarían y respetarían. Es así como finalmente se ha hablado de dos Españas: una blanca, con Sorolla a la cabeza y otra negra, la de Isidre Nonell.
(Este artículo continua la próxima semana)
Nota: El pasado jueves 8 de diciembre de 2011 un periodista de la wradio (Colmbia) confesó, sin ambages, que una de las promesas que se había hecho para el 2011 era leer un libro por mes, pero que esa promesa no la había podido cumplir, que ni siquiera había podido leer seis libros en todo el año. Es inconcebible que un periodista de una emisora tan importante tenga el desparpajo de confesar algo que para cualquier otro periodista europeo sería poco menos que inaudito. Esto me hace pensar en la hermosa y dolorosa carta de demisión que escribió el profesor de la facultad de periodismo de la Universidad Javeriana, al no poder seguir soportando la mediocridad de los estudiantes que llegan a sus aulas.
viernes 9 de diciembre de 2011
VENUS KHOURY-GHATA, PREMIO GONCOURT DE POESÍA 2011
El pasado miércoles 7 de diciembre fue otorgado el Premio Goncourt de Poesía a Venus Khoury-Ghata, quien ha ganado innumerables preseas literarias, como el Premio de la Academia Francesa (2009), el Premio Apollinaire o el Premio Mallarmé, entre otras.
Venus Khoury-Ghata nació en 1937 en el norte del Líbano, en un pequeño pueblo llamado Pshery, el mismo que vio llegar al mundo al poeta Jalil Gibran. Desde 1972 vive en París. Inicialmente trabajó para la revista Europa, dirigida en ese entonces por Louis Aragon, a quien ella, en compañía de otros colegas, tradujo al árabe. Es novelista y poeta, ha publicado alrededor de treinta títulos. Es de anotar que el New Yorker, al referirse a esta insigne poeta y novelista, dijo la siguiente frase: “Venus Khoury-Ghata es a la poesía lo que Gabriel García Márquez es a la novela”.
Su última libro Où vont les arbres? (¿Adónde van los árboles?) Mercvre de France 2011, indaga en su tema predilecto, la muerte. Ante nuestros ojos desfila la patria herida, violada, devastada por el fuego inclemente de la guerra. La Patria que tiene mil, un millón de amantes, la Patria que se casa todos los días con alguien diferente y a la que la autora llama madre:
“Se casa con guerreros y soldados de plomo
La casa se hundía a medida que ella se casaba de nuevo y que
Las lágrimas corrían por nuestras mejillas”
Es una progenitora que a pesar de estar muerta sigue engendrando hijos de hombres desconocidos que la violan en el patio trasero de un cementerio. Es entonces cuando la autora deja entrever que en realidad ella representa la muerte:
A veces es una madre que ama a sus hijos, pero otras:
“La madre quería vender a sus hijos pero ningún camino los aceptaba”
“Entre la madre y nosotros estaba la sombra del invierno”
“La madre nos quería con brazos largos… para introducirnos en su sueño”
La madre, con cara de fuego, se pierde en las colinas o detrás de los árboles, es esquiva, a veces amante, pero en general violenta. Es una trashumante en un “paisaje sedentario”. Cree partir cuando en realidad es el camino el que avanza.
Cuando hace referencia a la casa, describe su techo como una tumba, pero también como un hueco que entierra el sol:
“La casa le dio la espalda
Ella cavó un hueco dentro de otro hueco y cada noche enterró un sol”
La madre, eterna lavandera, lava la sangre de la tierra mientras que las manos de sus hijos se transforman en piedras.
Al final se pregunta quienes somos para contar la vida de nuestros padres mientras morimos con cada lámpara que se extingue.
Nota: La lectura de este libro me hizo sentir que en vez del Líbano, arrasado por guerras intestinas, la poeta estaba hablando de Colombia y de nuestros ríos de sangre, un país muy diferente a aquellos que se empeñan en mostrar sus habitantes, marcados por el signo de la violencia y de la pobreza, como los más felices del planeta.
Venus Khoury-Ghata nació en 1937 en el norte del Líbano, en un pequeño pueblo llamado Pshery, el mismo que vio llegar al mundo al poeta Jalil Gibran. Desde 1972 vive en París. Inicialmente trabajó para la revista Europa, dirigida en ese entonces por Louis Aragon, a quien ella, en compañía de otros colegas, tradujo al árabe. Es novelista y poeta, ha publicado alrededor de treinta títulos. Es de anotar que el New Yorker, al referirse a esta insigne poeta y novelista, dijo la siguiente frase: “Venus Khoury-Ghata es a la poesía lo que Gabriel García Márquez es a la novela”.
Su última libro Où vont les arbres? (¿Adónde van los árboles?) Mercvre de France 2011, indaga en su tema predilecto, la muerte. Ante nuestros ojos desfila la patria herida, violada, devastada por el fuego inclemente de la guerra. La Patria que tiene mil, un millón de amantes, la Patria que se casa todos los días con alguien diferente y a la que la autora llama madre:
“Se casa con guerreros y soldados de plomo
La casa se hundía a medida que ella se casaba de nuevo y que
Las lágrimas corrían por nuestras mejillas”
Es una progenitora que a pesar de estar muerta sigue engendrando hijos de hombres desconocidos que la violan en el patio trasero de un cementerio. Es entonces cuando la autora deja entrever que en realidad ella representa la muerte:
A veces es una madre que ama a sus hijos, pero otras:
“La madre quería vender a sus hijos pero ningún camino los aceptaba”
“Entre la madre y nosotros estaba la sombra del invierno”
“La madre nos quería con brazos largos… para introducirnos en su sueño”
La madre, con cara de fuego, se pierde en las colinas o detrás de los árboles, es esquiva, a veces amante, pero en general violenta. Es una trashumante en un “paisaje sedentario”. Cree partir cuando en realidad es el camino el que avanza.
Cuando hace referencia a la casa, describe su techo como una tumba, pero también como un hueco que entierra el sol:
“La casa le dio la espalda
Ella cavó un hueco dentro de otro hueco y cada noche enterró un sol”
La madre, eterna lavandera, lava la sangre de la tierra mientras que las manos de sus hijos se transforman en piedras.
Al final se pregunta quienes somos para contar la vida de nuestros padres mientras morimos con cada lámpara que se extingue.
Nota: La lectura de este libro me hizo sentir que en vez del Líbano, arrasado por guerras intestinas, la poeta estaba hablando de Colombia y de nuestros ríos de sangre, un país muy diferente a aquellos que se empeñan en mostrar sus habitantes, marcados por el signo de la violencia y de la pobreza, como los más felices del planeta.
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