lunes, 15 de octubre de 2007

Hurgando en la memoria (cuento)


Han venido unos señores que nunca he visto, son muy elegantes, con corbata, maletines y todo. Yo creía que sólo la gente que aparece en la televisión se vestía así. Están en la puerta hablando con mi mamá, aunque ella lo quisiera no podrían entrar. Vivimos en una pieza muy chiquita, en la que hay una cama donde dormimos los dos. Ellos la saludaron de mano, nunca había visto que alguien le diese la mano de esa forma, se ve que la respetan. Le hablan muy quedo, no alcanzo a entender que le dicen, pero debe de ser algo muy triste, mi mamá no para de llorar. Pero lo hace calladamente. Me doy cuenta que llora porque veo como sus lágrimas corren por sus mejillas. Quisiera abrazarla y limpiarle las lágrimas con mis dedos. Yo la quiero mucho. Es una mujer muy buena. Nunca me pega y eso que a los niños vecinos no paran de gritarles y darles pelas. Ella no, ella dice que debo ser obediente y juicioso en la escuela, que sólo así podremos algún día salir de este inquilinato. Ella trabaja muy duro. Se levanta muy temprano y deja todo listo antes de irse. Aguadepanela para el desayuno, a veces me da chocolate y lo que alcance para el almuerzo, una sopa de papas o plátano, o arroz y papas. Huevos comemos cada 15 días, cuando le dan la paga, carne nunca. Ella trabaja en la casa de una familia. No sé si la tratan bien, porque a veces llega con los ojos rojos. Cuando le pregunto si está triste, me dice que no, que no me preocupe, me da un abrazo muy fuerte y a veces un beso. Pero yo quisiera que sus ojos no estuviesen nunca rojos. Por eso obedezco siempre.


Los señores de la fiscalía se han ido. Me han dejado lo que tanto había anhelado y sin embargo ahora que lo tengo siento que el mundo desaparece bajo mis pies. No puedo seguir llorando. Mi hijo se preocupa mucho cuando lo hago. Me siento en la cama y él lo hace a mi lado, me acaricia el rostro, sé que quiere limpiarme las lágrimas. Su ternura de niño pequeño me salva de la desesperanza en la que mi vida me sumió desde hace nueve años. Me han dejado la caja, compruebo que esté bien cerrada. La contemplo por un largo rato y aunque no quisiera las lágrimas siguen rodando por mis mejillas. Luego me levanto y la coloco en lo alto del escaparate, donde el niño no pueda alcanzarla, ni siquiera subiéndose a la silla.


Mamá no ha dejado de mirar la caja de cartón ni por un segundo. Ella cree que yo no me doy cuenta, pero yo sé todo lo que ella hace. A veces adivino lo que piensa, pero ahora no. Es un enigma. Quise saber que había dentro de la caja y ella me dijo que nada importante, que no quería hablar al respecto y que no se me fuera a ocurrir abrirla. Mamá guarda secretos, la caja debe estar relacionada con ellos. Así que no pregunto más.


El domingo es mi único día libre, aprovecho para quedarme un rato en la cama. Mi hijo todavía duerme, lo abrazo, por él sigo viva y cuerda; sino hace mucho tiempo que me habría extraviado en los caminos que llevan a la demencia o al suicidio. Me levanto sin hacer ruido, no lo quiero despertar. Abro el escaparate y saco la bolsa azul. La abro muy despacio, en ella guardo una camiseta verde y unos bluyines. Los contemplo un buen rato, los acerco a mi rostro, los huelo y les doy un beso. Es mi pequeño e íntimo ritual. Lo hago desde su desaparición hace nueve años. Vuelvo a colocar la bolsa en su sitio y cierro el escaparate. No quiero que mi hijo me haga preguntas, no sabría como responderlas, sería muy doloroso. Con mi dolor ya es suficiente, no tengo porque hacerlo sufrir.


Mamá acaba de cerrar el armario, así que ya puedo moverme; así sabrá que me estoy despertando; cuando en realidad hace rato que dejé de dormir. Todos los domingos pasa igual. Ella me abraza, me acaricia las mejillas o me coge las manos. Yo siento que soy el único niño del mundo o al menos el más feliz. Así que me hago el dormido. Luego se levanta y saca la bolsa que guarda tan celosamente, otro de sus secretos. Sé que en ella hay una camiseta verde y un bluyín, un día sin que se diera cuenta los vi con el rabillo del ojo. Desde entonces no dejo de pensar en esa camiseta. En ella veo un niño, pero mucho más grande que yo. Por su estatura podría pensar que es casi un adulto. No obstante me da la impresión que es un niño porque lo veo jugando conmigo. Sé que no es en este inquilinato. Es una casa pequeña, con un patio y un corredor. Yo estoy contra una pared, soy muy pequeño, debo tener unos tres años, tengo los ojos cerrados y cuento los números que conozco, supongo que hasta cinco. Luego lo salgo a buscar, él me llama, pero yo no lo puedo encontrar. Es una imagen que me viene una y otra vez a la mente; sobre todo los domingos en la mañana cuando mi mamá saca esa bolsa del escaparate.


Desapareció un martes. Había salido a trabajar en el mercado del pueblo como lo hacía todas las tardes a la salida del colegio. Siempre llegaba a las siete en punto. Se sentaba a hacer las tareas, mientras que yo terminaba de preparar algo para comer. Estaba en séptimo y quería ser médico. Me repetía siempre que quería comprar una casa con tres habitaciones, una para su hermano, otra para él y otra para mí. Quería una cama para cada uno. Desde que nació su hermano, él dormía en el suelo; en un viejo colchón que un vecino nos había regalado. Pero no le gustaba. A menudo decía que olía mal y que tenía pulgas. Era un buen estudiante, la profesora así me lo repetía cada vez que había reunión de padres de familia. Incluso un día me felicitó por el hijo que tenía. Él era mi gran orgullo, como lo es mi otro hijo.


Han pasado varios meses y la caja sigue ahí. Todos los domingos mi mamá se para a mirarla y reza varios padrenuestros, a veces enciende una veladora y coloca una flor al lado de la caja. Yo no pregunto, sé que no me contestaría nada. Respeto su silencio, debe de guardar una pena muy grande.


Cuando dieron las siete y media de la noche y me di cuenta que mi hijo no regresaba, comencé a preocuparme. A las nueve salí a buscarlo al mercado, pero hacía rato que habían cerrado todos los locales. Sabía donde vivía la dueña del negocio donde él trabajaba, así que fui a buscarla pensando que algo debía haber pasado y que de pronto estaba en su casa. Me dijo que no, que se había ido a las siete menos cuarto, como de costumbre. Regresé a casa con el corazón en la boca. Le conté a un vecino que mi hijo no había llegado y salimos a buscarlo. Al otro día fui a la policía a poner el denuncio de su desaparición. Lo buscamos varios días, nunca apareció. Hasta que la policía nos dijo que ya no buscáramos más, que de pronto se había fugado y que para ellos era un asunto cerrado. Yo sabía que no era así. Nunca lo maltraté, como nunca lo he hecho con mi otro hijo. Llevamos una vida muy dura, lo que gano casi no alcanza para comer, pero de ahí a pegarle a un hijo, hay mucho trecho.

Vivir en esa casa y en el pueblo se me convirtió en una tortura. Mi otro hijo, que por ese entonces tenía tres años, no dejaba de preguntar por su hermano, quería saber cuando volvería para jugar escondite como lo hacían todas las noches antes de acostarse. Hasta que un día no volvió a preguntar por él ni a jugar escondite. Cuando le pregunté porque no jugaba a las escondidas con sus amiguitos, me dijo en su media lengua que ya no le gustaba, que con ese juego las personas desaparecían y nunca más regresaban. Al otro día era un niño diferente, como si en una noche hubiera crecido cinco o seis años, hasta dejó de hablar como un bebé.


Anoche los niños que viven en el inquilinato me invitaron a jugar escondite. Les dije que no. Es un juego que no me gusta. Me da la impresión que si llego a jugarlo, desapareceré para siempre y que nunca más volveré a ver a mi mamá.


Mi hijo no apareció, ni nadie supo dar razón de él. Hasta que un día vi en la televisión que habían atrapado a un violador y asesino de niños. Sentí una punzada en el alma, como si alguien me hubiese acuchillado. A la mañana siguiente me madrugué y fui a la policía. Me pusieron en contacto con la fiscalía y semanas más tarde me dijeron que mi hijo había sido una de sus víctimas. Eso fue hace más de cuatro años, desde entonces esperaba poder tener sus restos para enterrarlos. Ese deseo se me convirtió en una obsesión, hasta que finalmente los señores de la fiscalía vinieron al inquilinato donde vivo y me hicieron entrega de la caja donde reposa lo que quedó de mi hijo. No he podido darle sepultura, no tengo dinero para hacerlo. Mi hijo merece ser enterrado como Dios manda, luego podrá descansar en paz.


Es martes y mi mamá no fue a trabajar ni yo fui a la escuela. Anoche se sentó en la cama y habló largo rato. Se vació el alma, no dejó ningún secreto guardado. A medida que hablaba yo recuperaba la memoria. Vi a mi hermano con la camiseta verde y los bluyines. Vi como jugaba conmigo, pero también vi que me cargaba y me hacía reír. Mi mamá me dice que él me quería mucho. También me explicó que no había podido enterrar sus restos porque no tenía dinero, pero que eso ya estaba solucionado. Hoy es su sepelio, mi mamá dice que está contenta, porque mi hermano podrá descansar en paz.

martes, 9 de octubre de 2007

Georges, Sand, Camille Caludel, Frida Khalo, Simone de Beauvoir

CUATRO MUJERES, CUATRO MOMENTOS


Por lo general cuando estudiamos la historia de la literatura o del arte, nos solemos circunscribir a la producción realizada por el hombre, pero rara vez a la producción de las mujeres. Ignoramos con cierta facilidad los importantes aportes que ellas han hecho en los diferentes dominios del saber humano: la ciencia o las humanidades. En cuanto a esta última se refiere, la producción de la mujer ha tenido un rol definitivo en los cambios socioculturales de los pueblos, y ha logrado ejercer una gran influencia en los tiempos que le ha tocado vivir. Hoy hablaremos de cuatro mujeres, que desde el oficio de la literatura o de la plástica, lograron revertir el orden establecido por la sociedad de su tiempo, y por lo tanto contribuyeron a generar los cambios que han hecho posible la inserción de la mujer en todos los ámbitos de la vida laboral y académica. Ellas son: Georges Sand, Camille Claudel, Frida Khalo y Simone de Beauvoir.

GEORGES SAND: (1804 -1876) La vida de esta escritora francesa es bastante singular, aún hoy en día su comportamiento daría mucho de que hablar dentro de los círculos sociales, donde los prejuicios y la doble moral tienen su mejor asiento. Su nombre verdadero era Aurore Dupin, y su nombre de casada era la Baronesa Aurore Dudevant. Desde muy joven se revelaría contra los convencionalismos de su época, los cuales exigían que la mujer se limitara al desempeño de los roles domésticos: Cuidado del hogar, crianza de los hijos, esposa fiel y abnegada… y si pertenecía a la élite social, podía acceder al esparcimiento que proporcionaban las fiestas y al ocio característico de la aristocracia y de la alta burguesía del siglo XIX. Su matrimonio, como todos los matrimonios de su época, fue arreglado y de esta unión tendría dos hijos, quienes serían siempre su principal razón para vivir, pero quienes tampoco serían un escollo para realizarse como escritora y como mujer.

Georges Sand, escandalizó al círculo social al que pertenecía de diversas formas, primero su independencia la lleva a separarse de un marido al que no respeta ni ama, decide vivir sola con sus hijos y ejercer una profesión, en la cual no había espacio para las mujeres: La literatura. Para subvertir aún más el orden de las cosas, decide entonces cambiar su nombre por uno masculino y va aún más allá: es la primera mujer en vestir ropa masculina. Pero ante todo es una mujer libre, que decide cuando y a quien amar. Ama sin tapujos, sin prejuicios, es ella quien toma las decisiones, así que escoge sus amantes, pero también es ella quien decide cuando y como terminar una relación. Los hombres que Georges Sand escogía, podían decir que habían sido sus amantes, no obstante ella no sería la amante de nadie; en el sentido que nunca pudieron ejercer influencia alguna sobre ella, ni lograrían menoscabar ese espíritu de independencia que siempre la caracterizó. Se rodeó de los hombres más ilustres de su tiempo: Alfred de Musset, quien nunca terminaría de entender porque ella se había cansado de su relación; y su gran amor Chopin, a quien ella seduciría y cortejaría de una manera completamente masculina. A Chopin la unía una mezcla de sentimientos que iban desde la pasión hasta una relación un poco maternal, que la impulsaba a velar por su precaria salud. Dentro de sus mejores amigos se contaba también a Liszt. Georges Sand escribiría 70 novelas y 25 obras de teatro, y una enorme producción epistolar, cuya recopilación permitiría conocerla más íntimamente y escribir su biografía casi como si ella se la dictara a un escriba.


CAMILLE CLAUDEL: (1864 - 1943) Esta extraordinaria escultora viviría una vida marcada por la fatalidad. Poseedora de un gran talento terminaría su vida encerrada en un hospital psiquiátrico, alejada de los hombres que más amó: Su hermano Paul Claudel, a quien ella misma le auguraría un gran lugar en el mundo de las letras, y su gran amor Auguste Rodin, el genio de las Puertas del Infierno; proyecto en el que Camille Claudel participaría como su ayudante. Camille conoce a Rodin, quien no sólo se convierte en su Maestro sino en su amante. Juntos trabajarían por espacio de varios años, pero la relación terminaría abruptamente; en parte porque Auguste Rodin no se separaría nunca de su compañera Rose Beuret. Camille Claudel se sumergiría cada vez más en su trabajo, y junto con él en una profunda soledad que la llevaría finalmente a la locura. Algunas de las obras que fueron atribuidas a Rodin por espacio de casi un siglo, son en realidad trabajo de Camille Claudel. Incluso una de las causas de la paranoia que la afligiría por más de treinta años, fue producto de los rumores que sus obras eran en realidad ejecutadas por él. Por lo tanto el excesivo amor y devoción que sentía por Rodin se convirtieron en un odio sin atenuantes, que también fue decisivo en el deterioro mental que la aquejaría hasta el momento de su muerte.


FRIDA KHALO: (1907 – 1954) La vida de Frida Khalo, la pintora surrealista de origen mexicano, también estuvo marcada por la tragedia y el dolor. Cuando Frida tenía 18 años de edad, tuvo un accidente automovilístico, el bus en el que viajaba fue atropellado por un tranvía, su columna vertebral sufrió una triple fractura, al igual que la pelvis. El pasamanos del autobús la atravesó entrando por la cadera y saliendo por la vagina, los médicos creían firmemente en que no se salvaría; pero Frida sobrevivió a este su primer desastre. Hasta ese momento Frida no había pensado nunca en la pintura, pero la larga convalecencia, postrada en una cama y presa del dolor, la llevaron a buscar refugio en el arte. Poco tiempo después conocería al gigante de la pintura mexicana: Diego Rivera, el padre del mexicanismo y del muralismo. Diego y Frida se enamoraron y el día de su matrimonio sus padres dirían que era la unión entre un elefante y una paloma. Frida estaba consciente que Diego nunca le pertenecería completamente, que una parte de él estaría siempre al lado de otras mujeres, incluyendo a Cristina, la hermana de Frida, con quien Diego Rivera le sería infiel por espacio de algún tiempo. Al respecto Frida diría que ella había tenido dos accidentes graves en su vida: El primero cuando la atropelló el tranvía y el segundo cuando conoció a Diego. Pero Frida tampoco sería del todo fiel, cuando el matrimonio aloja a León Trotsky, Frida se siente atraída por él, y terminan viviendo un breve idilio. No obstante su gran amor fue siempre Diego Rivera. La gran frustración de Frida fue no haber podido ser madre, quedaría embarazada tres veces, pero las tres veces sufriría abortos naturales o terapéuticos, puesto que el embarazo no podía llegar a término por las graves lesiones que había sufrido en el accidente automovilístico. Frida se refugia cada vez más en la pintura y el trabajo le sirve para exorcizar todas sus angustias, temores y frustraciones. Realiza un autorretrato con la columna partida y otra pintura donde aparece el hijo que nunca tendrá ligado a ella por el cordón umbilical, mientras que la placenta yace en el suelo. Su relación con Rivera la sensibiliza política y socialmente y al igual que él se vuelve profundamente mexicana, hasta el punto de adoptar el vestido típico de las tehuanas, se viste y se peina como ellas. Su casa está repleta de símbolos de la cultura mexicana, y esos símbolos inundan su obra. Pero es sólo cuando André Bretón la visita y le dice que su pintura es surrealista que Frida toma conciencia del género al que pertenece su pintura. Sin embargo a partir de ese momento los símbolos se hacen menos evidentes, su pintura sufre una transformación, y expone en Europa. Frida Khalo moriría en 1954, después de haber pasado por varias operaciones que trataban de aliviar su penosa situación física. La vida de Frida Kahlo ha sido llevada recientemente al cine, su papel lo ha interpretado la actriz mexicana Salma Hayek, y actualmente en Canadá lo están representando en las tablas.


SIMONE DE BEAUVOIR: (1908 – 1986) Cuando se habla de feminismo inmediatamente se nos viene a la cabeza el nombre de Simone de Beauvoir, la eterna compañera de Jean-Paul Sartre. Simone de Beauvoir estudia filosofía, pero muy pronto se dedica al ejercicio de las letras. Inmediatamente después de la segunda guerra mundial Simone de Beauvoir participa en la fundación de la revista los Tiempos Modernos, Su gran preocupación fue siempre la condición de la mujer, y toda su obra la dedicó a reflexionar sobre dicho tema. Su libro “El Segundo Sexo” marcó un hito en la historia del siglo XX, en él Simone de Beauvoir dijo una frase que quedó grabada para siempre en la historia del feminismo: “Uno no nace mujer, uno se convierte en mujer”. Más tarde vendrían otras obras, como: La Invitada, Memorias de una joven juiciosa, la Fuerza de la Edad y La Mujer Rota, entre otras. En La Mujer Rota, Simone de Beauvoir utiliza dos páginas enteras para expresar la inconformidad de su personaje frente a la situación que debe enfrentar como mujer: “Estoy harta, estoy harta, estoy harta, estoy harta…”. Al lado de Jean-Paul Sartre estaría siempre al frente de las luchas políticas, denunciando y acusando. Nunca se casaron, nunca vivieron juntos, pero siempre fueron pareja. Una pareja bastante sui-generis, donde no cabían los celos ni la posesión absoluta. Tanto el uno como la otra tenían carta blanca para establecer las relaciones que deseasen, Sartre con otras mujeres, y Simone de Beauvoir con otros hombres y…con otras mujeres; y luego se contaban sus aventuras.

Simone de Beauvoir estuvo siempre al frente de los movimientos feministas, fue su más firme abanderada y luchó por los derechos de la mujer, entre ellos el derecho a decidir sobre su propia sexualidad. En 1971 firma el Manifiesto por la Libertad del Aborto, luego aceptaría la presidencia de la Liga de los Derechos de la Mujer. En 1981 se adhiere a la campaña antisexista de los Derechos de las Mujeres que lideraba Yvette Roudy y hasta su muerte en 1986 firmaría cientos de proclamas por la libertad, igualdad y emancipación de la mujer.

¿Aló? (cuento)


-Por favor, un trago y sírvase otro para usted, yo lo pago. Necesito brindar y celebrar con alguien esta dicha que no me cabe en el pecho. -¿Qué porqué estoy tan contenta? Más que contenta creo que voy a comerme el mundo. Acaban de seleccionarme para un trabajo en una constructora. Por primera vez podré trabajar como arquitecta. Van a pagarme $1’500.000= y aunque antes me ganaba un promedio de $3’500.000=, no dejo de estar muy feliz. -¿Qué si me despidieron del trabajo anterior? No. -¿Qué si me obligaron a dejarlo? Tampoco. -¿Qué cómo puedo entonces estar feliz, si voy a ganar menos de la mitad? Ya se lo dije, voy a trabajar como arquitecta. Voy a ejercer la profesión para la cual me formé. -¿Qué que hacía antes? Nada, trabajaba en un call center, en uno de esos calientes, usted sabe. -¿No? ¿No lo sabe? Bueno, es algo así como convertirse en puta, pero por teléfono. Es como tener sexo con un tipo invisible. Puede ser rubio, pelinegro, moreno, blanco, rojo, que sé yo... Puede tener 20 o 70 años, puedo ser un gigante o un enano; a veces uno se lo imagina por el tono de la voz, o por la forma de expresarse. Aunque es bastante ambiguo, porque cuando están arrechos, casi todos hablan de la misma forma; es cuando la diferencia de clases sociales se reduce a su mínima expresión y la educación, si es que la tienen, desaparece. No digo que sea cierto en todos los casos, pero casi tres años en este camello me hicieron un poco psicóloga. Aunque es verdad que para echarse un polvo así, hay que tener lana y de la buena. No es un placer barato, ¿sabe? No, si ya sé que no sabe. Es sólo una forma de hablar. Porque hablar fue lo que aprendí en ese puteadero telefónico. Además los tipos una vez que se arriesgan a llamar una vez, ya no pueden parar. Se les convierte en una obsesión. Entre más llaman, más adictos son. Porque el sexo telefónico, es una adicción ¿sabía? No, ya sé que no. Sólo déjeme que le cuente, a ver si me saco la verraquera que tengo dentro. No se imagina la cantidad de pervertidos a los que tuve que atender. A medida que el tiempo pasaba conocía de aberraciones que nunca hubiese imaginado que podían existir. Aunque no todos llaman para que uno los excite y les ofrezca el cielo, la tierra, el paraíso y el infierno. Hay muchos que llaman sólo para hablar con alguien. Y es que en este puto mundo, en esta ciudad de casi 7 millones de habitantes, hay mucha soledad. Una soledad que hiela la sangre, que carcome los huesos, que deja a la gente vacía. Entre los que llamaban solo para hablar, había algunos que decían ser políticos. Diputados, alcaldes, hasta senadores. ¡Imagínese! El poder en manos de hombres que necesitan deshogarse con una mujer que está al otro lado de una línea caliente. Y es que vivir, para muchos hombres, es una lucha diaria que a diario pierden. Y entre mas ganan, mas solos se sienten. Hay otros que lo hacen porque han experimentado de todo y ya nada los satisface. Otros, simplemente porque ya no les funciona, porque ya no se les para con nada; y antes de hacer el oso, pues buscan una mujer que no les pueda ver la angustia que les produce el fracaso de su guerrero en eterno descanso.

Esa palabra “guerrero” la aprendí con un japonés que me llamaba casi todos los días. No sé si para aprender el español, o para escuchar una voz amiga, o en verdad porque yo lo excitaba hasta el punto que lograba, según él, que su guerrero descansase después de la batalla; o sea después de haberme escuchado decir todas las barbaridades del mundo, con tal de que él lograra un orgasmo. Cada vez que llamaba, me decía: “soy flío por fuela, pelo fuego por dentlo”, ya sabe, ellos no pronuncian la r ni la rr, así que eso me hacía reír. Porque en un trabajo tan jodido, si uno no se ríe, se muere. Había que encontrar entonces espacios para la risa. De no haber sido así creo que me hubiese enloquecido. Había otro que decía ser el dueño de una fábrica textilera y que además tenía mucho dinero. Cada vez que llamaba me pedía que nos viéramos, que era muy rico. Llegó a ofrecerme $2’000.000= por una noche, siempre y cuando aceptase pasar con él una noche, en uno de los mejores hoteles de la capital. Imagínese la tentación, si al mes yo ganaba 3 y medio. Pero ganaba bien, eso me salvó. También me salvó que si yo hacía ese trabajo era porque quería a toda costa terminar mi carrera. Eso lo tenía muy claro. Por otra parte tengo mis principios, muy bien infundados además. ¿Qué como terminé en ese trabajo? Muy simple. Como muchas de las mujeres de este país. No crea, porque somos un montón de mujeres desesperadas. Como en la película de Almodóvar. Todas por razones diferentes. Sus maridos las abandonaron o los mataron y hay bocas que alimentar. Porque no han estudiado y tienen que ganarse la vida y llevar dinero a casa. Otras, porque son profesionales, pero no encuentran un trabajo bien remunerado; en fín, razones todas las que quiera. Algunas trabajan como vendedoras o secretarias, pero se ganan el mínimo, y con eso no se come. En el fondo la razón es la misma: carencia de dinero.

Mi caso no difiere mucho al de todas ellas. Mi familia, si bien nunca tuvo dinero, si era acomodada. Mis hermanos y yo asistimos a colegios privados, no los más caros, por supuesto, pero buenos colegios. A medida que terminábamos el bachillerato, ingresábamos a la universidad. Pero éramos cuatro, ¡imagínese! Un batallón. Y nos cogió la crisis de los ‘90. Para acabar de completar yo quedé en embarazo de mi novio. Mi novio, por decirle de alguna forma, porque como ya se imaginará, apenas le conté que estaba encinta, me dijo que eso no estaba en sus planes, que lo mejor era que abortara. Como me negué a hacerlo, simplemente cogió las de villadiego... y hasta el sol de hoy. Un cobarde, como muchos en este país. Y luego van a misa, comulgan y todo, sin confesarse. Así que decidí seguir adelante. En casa ni siquiera conté quien era el responsable de mi estado. ¿Qué habría podido decir? Que era un pobre bicho que no merecía ni siquiera la pena de ser aplastado. Borrón y cuenta nueva. Con un niño a cuestas y con un padre con dificultades para pagar las facturas cada mes ¿Qué quería que hiciera? Pues dejar la universidad, cuando sólo me faltaban tres semestres para terminar la carrera. No había otra alternativa, al menos para mí. Había que trabajar, urgentemente, un niño no da espera. Pero tenía que ser un trabajo en casa. Los niños exigen que trabajemos, pero a la vez debemos ocuparnos de ellos. Son nuestros pequeños y maravillosos tiranos. Creía que un trabajo así era imposible encontrarlo. Eso creía yo, porque nunca me había dedicado a mirar las ofertas de empleo que aparecen en el periódico. Hay de todo. Lo que pasa es que uno no da la medida para todo. Y de pronto, ¡Bingo! Un call center ofrecía trabajo a las mujeres y desde su propia casa. Así que me presenté. Fue entonces cuando estaba esperando para ser entrevistada que me di cuenta de la clase de trabajo que tendría que llevar a cabo. Había mujeres de todas las condiciones sociales. Feas, bonitas, jovencitas o entradas en años, flacas o gordas. Todo un zoológico. Para todos los gustos. Único requisito: tener una voz sensual y ser desinhibida. Lo primero no es difícil de lograr, en cuanto a lo segundo tendría que aprender a soltar la lengua. Pasada la entrevista, me hicieron una prueba, debía atender a un cliente. Pasé a la cabina y hable con él cinco minutos. La cabeza me daba vueltas y quería trasbocar. Creía que iba a desmayarme. Pero me aguanté. Y me quedé con el empleo. $1’500.000= fijos al mes. ¡Imagínese!, cuando en este país el salario mínimo está en $400.000=, más las comisiones que podría ganar si lograba alargar las conversaciones. Entre más tiempo entretuviera al cliente, más podría ganar.

A los pocos días instalaron el teléfono en mi casa. Sólo era para recibir llamadas del trabajo, de ahí no se podía llamar. Cuando sonó ese maldito aparato, yo estaba preparando una compota para mi hijo, y de pronto debía poner la voz más erótica posible. Tratar de poner caliente a alguien que no se tiene al lado, no es fácil. Porque si pensaba en el que había sido mi novio, lo que menos tenía eran ganas de tener sexo. Más bien me daban ganas de romperle la cara. Así que decidí ilustrarme un poco. Por rara que parezca la palabra: ilustrarme. Me fui a la biblioteca y leí algunos libros de poesía erótica. Hay unos poemas que a cualquiera le ponen la piel de gallina, por no decir que cualquier mujer se humedece y que cualquier hombre siente como su vara se yergue. Para la muestra, un botón:

“Yo te vine a dar placer, florida vulva mía/paladarcito inferior mío./Tengo gran deseo/del Rey Axayacatito./Mira por favor mis cantaritos floridos, /Mira por favor mis cantaritos floridos: /¡son mis pechos!”.

Quien lo creyera, es poesía náhuatl. Ya se lo había dicho, no siempre hablé así, con tanto desparpajo. Eso lo aprendí en el call. Mis compañeras, con las que debía encontrarme de cuando en cuando, sobre todo el día de la paga, me enseñaron un vocabulario que no estaba en mi disco duro. Por ellas supe que para aprender a “atender” a los clientes, lo que hacían era ver películas de varias x. Alguna vez lo intenté, pero no pude aguantar ni 3 minutos. La poesía me salvó, por ella no enloquecí. Cuando los clientes llamaban, y lo hacían todo el tiempo, yo lo que hacía era repetir los versos, pero con mis propias palabras y con un tono de sensualidad que los mandaba a la estratosfera. Eso fue lo que me hizo ganar tanto dinero, la literatura ¡imagínese! ¡quién lo creyera! Si siempre dicen que los poetas y los artistas se mueren de hambre.

Cuando comencé a ganar tanto dinero, mi familia comenzó a hacer preguntas. No entendían como podía salir adelante, sola y con un hijo pequeño, si siempre estaba en casa. Creían que estaba en malos pasos... Uno de esos sofismas con los que buscamos disfrazar la verdad que no queremos ver. Así que me inventé cualquier cosa, algo que fuera creíble. Les dije que vendía artículos por catálogo, y como este país está lleno de vendedoras que no salen de sus casas, pues la mentira terminó por ser creída. ¿A quién se le ocurre que su hija del alma está metida de puta por teléfono? A nadie. Como ganaba bien y gastaba poco, pronto tuve el dinero que necesitaba para terminar de pagar mis estudios. Seguí en el call un tiempo, trabajaba por horas. Ganaba menos, pero podía seguir sosteniendo a mi hijo y podía asistir a la U, no al partido, ¡válgame dios!, sino a la universidad. Por lo que aquí estoy. Pasado el tiempo terminé por graduarme y encontré un empleo como arquitecta. No importa que gane menos. Al menos me siento bien conmigo misma y puedo mirar cara a cara a mi hijo. Eso no hay plata que lo compre. Por eso estoy aquí contándole mi historia, hacerlo me libera de unas cadenas que me ataban al pasado y me limpia la suciedad que tenía en la piel y en el alma.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

LA MUJER MUSULMANA Y LA MUJER OCCIDENTAL


LA MUJER MUSULMANA Y LA MUJER OCCIDENTAL


Después de la orgía

Cuando, llena de su embriaguez, se durmió, y se durmieron los ojos de la ronda.
Me acerqué a ella tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo.
Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño; me elevé hacia ella dulcemente como el aliento.
Besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca.
Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora.
BEN SUHAYD DE CORDOBA (992-1.034)


En los orígenes de la literatura castellana encontramos las jarchas, breves poemas mozárabes, salpicados de un dulce y suave erotismo que aún hoy en día nos llenan de regocijo y donde apreciamos un gran valor estético, como en el poema de Ben Suhayd de Córdoba. Estos poemas eróticos nos llevan a reflexionar sobre la condición femenina actual en los países musulmanes, y sobre todo en aquellos países donde los regímenes fundamentalistas, amparados en una interpretación fanática de El Corán, han hecho de la mujer su principal víctima. Si nos remitimos a las jarchas, y a la gran libertad sexual que se respira de ellas, se nos hace difícil entender la crítica situación de las mujeres en el mundo musulmán. Máxime si se tiene en cuenta el rol preponderante que ellas juegan en el desarrollo de una comunidad, de un pueblo, de una nación; lo que nos lleva a pensar en las condiciones infrahumanas en las que viven millones de mujeres, donde palabras como equidad, justicia y libertad, pareciera que no existiesen en el diccionario, al menos cuando de una mujer se trata. Las libertades alcanzadas, léase derechos a la educación superior, al libre ejercicio de una profesión, fueron de pronto borradas por la pluma de un Jhomeini en Irán, donde las mujeres fueron obligadas a llevar el shador permanentemente, como una primera medida para lograr una sumisión absoluta e irredenta. En otros países musulmanes, como en Afganistán fueron obligadas a llevar la burka, cubriéndolas de pies a cabeza, y como único contacto con el mundo una especie de rejilla a la altura de los ojos. La burka impide, además, la mirada colateral por lo que muchas mujeres son atropelladas por los carros al cruzar las calles. En las montañas yemenitas la condición de la mujer raya con lo inverosímil, en estas aldeas perdidas, donde difícilmente puede llegar un extranjero, las mujeres son equiparadas a animales de carga, puesto que son ellas las que acarrean el agua desde lugares muy apartados de sus hogares, al igual que diversos materiales, como los de construcción. Las casan, la realidad es que son vendidas; a edades muy tempranas, ésto puede suceder a la edad de 9 años, cuando aún no han tenido la menarquia, y sus maridos son igualmente niños, cuyas edades pueden oscilar entre los 14 y 18 años. En estas aldeas la mujer no tiene ninguna posibilidad de mejorar su condición de vida, puesto que la educación le está vedada, su puesto dentro de la sociedad es tan ínfimo que incluso para atravesar el poblado debe utilizar caminos diferentes al de los hombres, y éstos suelen ser detrás de las casas, escondiéndose siempre, evitando “importunar” al hombre. Las labores de la casa son desempeñadas en condiciones extremadamente fuertes, puesto que estas comunidades estarían más cerca de lo que nosotros conocemos hoy en día como medioevo que con el siglo XXI. Por otra parte las recién casadas llegan a vivir con sus familias políticas, y la suegra, cansada de toda una vida de vejaciones y duro trabajo, descarga toda su ira y todos los trabajos en la que considera una advenediza. En Yemen, igualmente, las niñas de origen campesino suelen ser sometidas a torturas indecibles como es la de cercenarle los labios menores antes de ser casadas por la fuerza. En algunos países africanos se realiza una práctica similar a la que se denomina ablación (extirpación del clítoris).

Pero ¿Porqué estas prácticas que atentan contra la dignidad humana, son aceptadas culturalmente e instituidas, respaldadas y salvaguardadas por los partidos gobernantes? La respuesta estaría en las interpretaciones que se le han dado a los preceptos dictados por Mahoma, y contemplados en El Corán:

“Los hombres son superiores a las mujeres, a causa de las cualidades por medio de las cuales Dios ha elevado a éstos por encima de aquellas... Reprenderéis a aquellas cuya desobediencia temáis; las relegaréis en lechos aparte, las azotaréis; pero tan pronto como ellas os obedezcan no les busquéis camorra. Dios es elevado y grande”. Sura IV-38

En la reseña de este precepto se alude a las mujeres como seres inferiores, y en la reseña de la Sura XLIII-17, como seres imperfectos. Esta visión de superioridad, convierte al hombre en amo y señor y lo faculta para infringirle a la mujer tratos que menoscaban su autoestima y que van en contra de todo postulado que pugne por la dignidad y la justicia humana:

“Si vuestras mujeres cometen la acción infame (léase adulterio), llamad cuatro testigos. Si sus testimonios concurren contra ellas, encerradlas en casa hasta que la muerte las lleve o hasta que Dios les procure algún medio de salvación”. Sura IV-19

En los inicios de la fe musulmana el adulterio se castigaba con el encerramiento forzoso, y de por vida, de la mujer; a la cual se la recluía en una habitación casi del tamaño de un ser humano y luego se le emparedaba; dicha práctica, sin embargo, no está contemplada en El Corán. Posteriormente sería reemplazada por la lapidación.


Pero ¿Es que estas prácticas han sido sólo del dominio del mundo musulmán? Los judíos también lapidaban a las mujeres adúlteras, y en la Baja Edad Media, aún en los siglos XV y XVI, muchas mujeres recluidas en los monasterios se emparedaban, bien fuese por su propia voluntad o como castigo por haber violado alguna norma establecida por la orden religiosa a la que perteneciesen, sin que la medida tuviera marcha atrás; no es difícil imaginarse las torturas indecibles por las que deberían haber pasado: miedo, dolor, angustia, hambre, frío y por último la locura, y todo lo que ella conlleva. Por otra parte en los países mediterráneos las mujeres campesinas o de pequeños poblados, sobre todo las que habitan en las islas, literalmente visten de negro de los pies a la cabeza (mientras que las iraníes portan el shador, las mujeres del mediterráneo europeo llevan una pañoleta que les cubre siempre la cabeza) sin importar la estación del año, aún bajo un fuerte verano. En las islas griegas, las mujeres, al igual que sus congéneres afganas, no pueden salir a la calle sin la compañía de una miembro masculino de su familia (el padre, el esposo, el hermano o el hijo). Y estas costumbres están enraizadas en lo más profundo de la historia griega, en una época donde las costumbres patriarcales no le otorgaban ningún valor a las mujeres, como no fuera la procreación y la crianza de los hijos; pero eso sí, siempre y cuando estuviesen recluidas en el gineceo, espacio que comprendía las habitaciones de las mujeres, entre ellas la cocina (es de anotar que esta costumbre aún sobrevive en algunos poblados de Libia, donde las terrazas de las casas son de exclusividad femenina, un mundo secreto vedado al hombre, y desde allí las mujeres pueden observar, más bien espiar, las calles o mundo de los hombres, sin que a su vez puedan ser vistas desde las calles, pero igual sucedía en España, los postigos no cumplían solo la labor de dar sombra en el verano, sino de espiar la vida de las calles; y por eso fueron implantados en la América hispana).Por otra parte, en la Grecia antigua las únicas mujeres que tenían acceso a las artes y a la literatura eran las hetairas (conocidas miles de años después como cortesanas), siendo la más conocida Aspasia (s. V a.c), quien llegaría a estar al lado de Pericles por espacio de veinte años; y de quien se dice que no sólo era poseedora de una gran belleza, sino de una gran inteligencia, siendo además una de las mujeres más cultas de su época, lo que le permitía incluso sostener largos diálogos con los filósofos más sobresalientes de su época. En la Isla de Lesbos, en cambio, sería el único lugar de la Heláde donde florecería la creación literaria por parte de mujeres, teniendo como principal exponente a Safo, más conocida como Safo de Lesbos. El machismo imperante desde la antigüedad helénica sigue vigente hoy en día y la visión que se tiene de la mujer es tan pobre, que incluso una griega que emigre a otra isla diferente a la de su origen, es considerada como una extranjera; y ésto si se tiene en cuenta que el idioma y la religión siguen siendo los mismos, en este caso el griego y la religión ortodoxa. Es más, en las islas griegas los hijos varones son criados por las abuelas paternas, la madre carece del más mínimo derecho sobre su pequeño hijo, y le está prohibido interferir en su crianza. Para concluir sólo me restaría decir que la cultura musulmana no puede desligarse de un pasado común que está inmerso en lo más profundo de los pueblos mediterráneos, especialmente en aquellos donde la civilización helénica se impuso a los pueblos avasallados.


Bibliografía:
El Corán. Distrobuidora A.L. Mateos, S.A. Madrid.1.992
Poesía Erótica Castellana. Círculo de Lectores. Barcelona. 1.975
Vendidas. Zana Muhsen

Una mirada amarga (cuento)


Aunque cada hombre mata lo que ama,
Que lo oiga todo el mundo,
Unos lo hacen con una mirada amarga,
Otros con una palabra lisonjera,
El cobarde lo hace con un beso,
el hombre valiente con una espada.
Lord Byron

Isabel
Esta carta que te escribo, como muchas otras que escribí hace más de 20 años, no llegará a tus manos; pero al menos podré terminar de exorcizar la humillación de la que fui víctima. Hoy como en otras ocasiones, el azar me ponía una vez más en tu camino. Fue en el marco de la Feria del libro. Tú lanzabas tu último poemario y yo debía hacer la presentación de un novel escritor. He seguido tu carrera de cerca. Cada vez que sale un libro tuyo, corro a comprarlo. Eres muy talentosa, siempre lo has sido. En los últimos tiempos coincidimos cada vez más en este tipo de eventos. Lo cual no me extraña, ya que nuestras profesiones así nos lo exigen. No obstante me evades. Cuando tus ojos se encuentran con los míos, es como si no me vieran. Ante ti soy invisible. Si escuchas mi voz, aparentas no oír nada. Podría gritar y tú no reaccionarías. Perdí la cuenta del número de veces que traté de acercarme a ti. ¿Cinco, siete, ocho? No lo sé. Ya ni siquiera lo intento. Pero tampoco renuncio a poder escuchar tu voz y mucho menos a escuchar la lectura de tus poemas. Cuando salí de casa esta mañana, rumbo a la Feria, ya había decidido que iría a la sala donde tú te presentarías. Lo que no había previsto era que me vieses. Cuando llegué, la sala estaba llena a reventar, como siempre. Nadie quiere perderse la presentación de uno de tus libros. Sobre todo los adolescentes. Te admiran y te respetan. Te has forjado un nombre en este país donde todos nos creemos poetas. Camuflarme en la sala no fué difícil. Busqué un lugar estratégico, donde pudiese verte sin que tú te dieses cuenta de ello. Cuando diste inicio a la lectura de tus poemas, el público enmudeció. Tu voz embrujadora, la misma voz que me embrujó hace tantos años, seguía intacta. Más firme, más segura, una voz a toda luces madura, pero tu misma voz. El hechizo fue total. Al final de la lectura, todo el mundo quería hacerte preguntas, tú las respondías con una calma que contrastaba con el tono que le habías dado a tus versos. Al escuchar tus poemas tuve la sensación de ser ser lanzada a una cascada que parecía no tener fin. Estaba sudorosa y ansiosa. Nuevamente me habías atrapado. Por fortuna el tono dado a las respuestas de los participantes me permitió caer en un lago transparente y tranquilo. Me sentí orgullosa de tí. Nunca he dejado de estarlo.

Recuperada la calma, y aprovechando que la gente comenzaba a desocupar la sala, me dispuse a salir. Fue entonces cuando un periodista, que se había percatado de mi presencia, me llamó del otro lado de la estancia. Mi nombre no podía pasar desapercibido para ti. Inevitablemente tenías que escucharlo. Sin querer busqué tu mirada y como siempre tus ojos, clavados en los míos, no me vieron. Yo me escabullí. Una vez afuera corrí a esconderme, necesitaba respirar y recobrar el aliento. El mismo aliento que me había quitado tu no mirada.

Debo parecerte una cobarde. -La peor de todas, dirías. No te falta razón. Soy una cobarde. Cualquier palabra que pudiese decir, sonaría a una falsa excusa. Y no es eso lo que pretendo. Tú viviste un infierno, el peor de todos. Pero no fuiste la única. Cada una conoció su propio calvario. Tú, porque te arrebataban el mundo por el que habías luchado durante tres años. Yo, por perderte y por perder mi propia dignidad. He debido defenderte, he debido llamarte. He debido decirte que lo sentía, he debido decirte que tu dolor era mi dolor. No lo hice. Lo lamento, lo he lamentado toda mi vida. Podría expiar mi culpa eternamente y nunca podría devolverte lo que te quitaron. Todo eso es verdad. Pero también hay causas, que aunque no son atenuantes, si pueden explicar mi silencio.

Cuando te conocí, yo ya tenía mi vida hecha. Estaba casada, tenía dos hijos y esperaba el tercero. Había nacido en la década de los 40, por lo que había sido testigo de mucho cambios. En el 63, del asesinato de Jhon Kennedy y en el 68, el de Martin Luter King. Aunque separada por km de distancia vibré intensamente con mayo del 68 y con la llegada del hombre a la luna. Crecí con la música de Los Beatles y asistí a Woodstock. Bueno, para ser sincera, solo asistí a la película. Mi adolescencia se paseó por Chapinero y fue cómplice del movimiento hippie, el mismo que obligó a los gringos a irse de Vietnam. Su consigna de “Hagamos el amor y no la guerra”, dejó huellas indelebles en la sociedad occidental. Para los años 60 hacer el amor había dejado de ser sinónimo de reproducción, las mujeres por fín podíamos decidir cuando ser madres, ya que la píldora nos ayudó a tomar conciencia que somos las dueñas de nuestro cuerpo y que el sexo es también para nuestro disfrute. Para entonces las universidades comenzaron a recibir estudiantes mujeres, cada vez eran más las que optaban por la vida laboral, entendían que la vida era mucho más que el cuidado de los hijos y del marido. Más tarde sería testigo de la muerte de Franco y del destape de la mujer española. En política fui contemporánea del movimiento de Los Tupamaros y de la llegada de Fidel al poder. Mis primeros devaneos en el amor fueron con los versos de Neruda.

Crecí con el cambio y me comprometí con él. Yo había roto con muchos prejuicios. Pertenecía a una generación de ruptura, era conciente de ello y así lo asumí. Sin embargo mi vida sexual y sentimental había estado dirigida dentro de parámetros bastante convencionales. Me había casado muy joven, sin terminar la universidad. Seguí estudiando y mientras tanto di a luz a mi primer hijo. Luego entré a trabajar a la universidad, la misma donde tú y yo nos conoceríamos años más tarde. Al principio sólo eras una alumna; muy inteligente eso sí, pero nada más. Estaba enamorada de mi marido. Tenía un hogar, un trabajo y había hecho planes en el ámbito profesional. Cuando comenzaste a regalarme versos, los leía porque estéticamente estaban bien escritos. Ya tenían la impronta que ha caracterizado toda tu producción poética.

A medida que tu cerco se fue intensificando, una parte de mí quería rechazarte, pero otra se dejó querer. ¿Porqué razón? Lo ignoro. Podría ser la novedad que representaba tu asedio o podría ser que me tentara el riesgo. Como cuando estás al borde de un precipicio y no sabes si entregarte a él o salir corriendo en dirección opuesta. También pudo ser la soledad de pareja. A veces el matrimonio no es más que la constatación de lo solos que estamos en el universo. La cama matrimonial puede convertirse en un barco a la deriva y cuando eso ocurre los cuerpos son azotados por la tormenta. O pudo ser todo eso y más. El ser humano cree que tiene todas las respuestas, cuando ni siquiera conoce las preguntas. Nos creemos sabios, sin embargo tambaleamos ante lo desconocido. En esa época tú eras lo desconocido. En cuanto a mí, era madre de dos hijos pequeños y esperaba el tercero. Esa era mi certidumbre, aun lo sigue siendo. ¿Cómo entregarme a la aventura? En ese tiempo no tenía respuestas, sigo sin tenerlas.

Cuando comencé a escribirte versos, fue después de pasar por estados catalépticos. Porque eso eran los fines de semana para mí. No verte, no escucharte, era caer en estado de catalepsia. Pensarás que nunca te lo dije, pero ¿Cómo iba a hacerlo? Lo callé igual que callé mi desconcierto ante lo que me sucedía a medida que nuestra relación progresaba. Callé mi temor, pero también los anhelos que despertabas en mí. Callé la angustia que sentía en la alcoba y el abandono del que era víctima. ¡Callé tantas cosas! A las mujeres de mi generación nos enseñaron a callar. Es lo mejor que sabemos hacer. Mi vida estaba comprometida con el cambio, pero eso no quiere decir que estuviese preparada para tu llegada. Te adelantaste en veinte o treinta años, porque estoy segura que hoy en día habría reaccionado de manera diferente. Hoy tendría las agallas que no tuve en ese entonces. Pero hoy es hoy y el ayer es ayer. En eso Cronos es implacable. El tiempo no nos permite adelantarlo o atrasarlo como si fuese un reloj manual. De ahí la zozobra que el saberlo nos genera.

Comenzamos a salir juntas, para tomarnos un café, hablar de poesía o ver una película; en ese momento tú no eras más que una mujer inteligente que nutría mi intelecto. Para mí las relaciones afectivas entre mujeres era algo que podía suceder, pero no en mi esfera. Y mucho menos teniéndome a mí como protagonista directa de un amor a todas luces prohibido. Pero ahí estabas e ignorarte era imposible. Tu lucidez mental, tu sensibilidad e intuición poética, lograron conquistarme. Penetraste mi razón, antes de penetrar mi piel. Por eso nunca he podido sacarte de mi cuerpo. Mi alma te amaba cuando mi cuerpo aún no lo sabía. Yo te anhelaba, pero desconocía el lenguaje corporal que me hubiese llevado a tí. -¿Cómo? -dirías- si hacía tiempo estabas casada. Lo que no sabes es que mi cama era un desierto, sobre todo cuando estaba en embarazo. Durante los meses de gestación Esteban ni me tocaba, de resto nuestros encuentros sexuales me dejaban por fuera de toda participación. Una vez cumplida su faena se daba media vuelta, sin desearme siquiera las buenas noches. Más que su mujer, yo era la madre de sus hijos. Ya sabes, esa concepción decimonónica de muchos latinoamericanos que creen que el sexo hay que buscarlo por fuera del lecho conyugal y luego hablan del latinlover. Habría que buscarlo con la linterna de Diógenes. Debería proponerle a Florence Thomas que saliésemos juntas a buscar alguno.

El momento en que irrumpiste en mi vida, significó un despertar de todos los sentidos. Poco a poco fuiste buceando en ellos. A medida que los despertabas, con flores, con canciones o con tus versos, yo tomaba conciencia de la existencia de mi propio cuerpo. El día de nuestro fugaz encuentro en Oma, el roce premeditado de tus piernas contra las mías, me sumergió en un mundo desconocido y abrió una esclusa que dio rienda suelta al deseo acumulado en mi cuerpo y al que mi razón se negaba a aceptar. Ante mí se abría la oportunidad de conocer lo que hasta entonces yo llamaba un placer prohibido. Y pensar que para los griegos y los romanos era el verdadero, por no decir el único. El cuerpo no debería tener barreras, ni la mente tampoco. Es la tradición judeocristiana la que ha impuesto trabas a la vida y al goce. El roce de tu piel y la copa de vino que tomamos juntas, produjeron en mí una sensación cercana al orgasmo; al fín y al cabo hacía mucho tiempo que el volcán de mi cuerpo se había apagado. Creo que no ha vuelto a activarse.

Con el nacimiento de mi hijo dejaría de verte. No me lo había planteado así. Pero ya ves, a veces los acontecimientos deciden por nosotras, o bien son las personas de nuestro entorno familiar quienes nos despojan de nuestras vidas. En este caso fue Esteban. El día que comencé trabajo de parto, él cogió mi cartera con el fin de buscar los papeles de la seguridad social; por lo que era inevitable que no encontrase el poema que me habías dado ese mismo día a la salida de Oma. Era el poema que escribiste mientras me hacías el amor con la ligera caricia de tus piernas. Llegar a los otros no le fue difícil. De ahí a atar cabos de nuestras escapadas juntas, había sólo un paso. A mi regreso de la clínica, mi vida se convirtió en un infierno. El hombre que creía conocer, el escritor mesurado, respetuoso, dio paso a un huracán. Vociferaba, daba puños a diestra y siniestra, se convirtió en mi cancerbero. ¡Ni el teléfono pude volver a contestar! Para cuando regresé a la universidad, ya te había perdido por completo. De tus versos, no me quedó nada, los rompió todos; por eso ahora cada vez que publicas un nuevo libro, corro a comprarlo. Al menos así tengo la impresión de recuperar en algo lo que él me arrebató y lo que yo perdí.

Hasta siempre, Marcia

Hoy te he vuelto a ver. Creías que no te había visto, pero siempre te veo. Te vi camuflada en el público y también vi como te subyugaba la lectura de mi obra. Los papeles se invertían. Años atrás era yo la que quedaba alelada oyéndote hablar de literatura. Recuerdo cuando nos hablaste de Lord Byron y de su libro La Balada de la Cárcel de Riding, ¡con que vehemencia lo analizabas! Ese día aprendí a mirarte con otros ojos. Con los ojos que se miran a la mujer que nos atrae sexualmente. Sabía que eras casada, que tenías dos hijos y que esperabas el tercero. Tú eras mi maestra, yo tu pupila. Muchas historias de amor se han tejido en las aulas de clase, la mayoría de ellas de amores no convencionales, amores escondidos, amores trágicos. Cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, yo sentía que mis piernas temblaban y que mi cabeza daba vueltas. Te me habías convertido en una obsesión. Siempre me han gustado las mujeres, desde que estaba en el colegio, cuando una de mis compañeras, al saber que yo no sabía besar, decidió convertirme en su aprendiz. Era un juego entre varias amigas. Pero el juego me gustó y yo me quedé en la cama con ella, mientras las otras se iban a la playa con sus noviecitos de turno. Era mi primer beso, más no el de ella. Ese día me enseñó a besar y me llevó de la mano a la isla de Lesbos; allí me inició en los placeres de su máxima sacerdotisa, poeta como yo. Desde entonces le rindo culto a la bella Safo, como la llamaba Sócrates. Así que comencé a regalarte poemas, el primero era de ella, decía así:

“Y sonríes seductora... un escalofrío me apresa toda, estoy más pálida que la hierba y me parece que falta poco para morir”.

Tú lo leíste. En vez de sorprenderte o mandarme simplemente al diablo, me regalaste una sonrisa y luego lo guardaste en tu cartera. Te vi alejarte. Apenas te perdí de vista salté y salté, estaba enamorada. Yo tenía 20 años, tú 37. Nos hicimos amigas. Sabías que te amaba. Te dejabas querer. Te convertiste en mi diosa. Todos los días te rendía un tributo. Podía ser una flor, un cassette con alguna canción en especial o un libro. Comencé a escribirte poemas. A fuerza de seducirte con el poder de la palabra, la muralla en la que te parapetabas comenzó a ceder. Mis poemas encontraban eco. Tú también comenzaste “a escribirme unos bellos poemas de amor”, así los llamaba, cuando en las noches, en la soledad de mi cama y sabiéndote acostada con tu marido, leía y releía los versos que me habías escrito. ¡Cuántas veces besé esos trozos de papel! Mis labios hubiesen podido desaparecer de tantas veces que lo hice. Leía tus poemas y mi cuerpo se humedecía. ¡Cómo te deseaba!

Poco a poco comenzamos a salir juntas. Íbamos a cine. El que quedaba cerca a la universidad... eran nuestras pequeñas escapadas. Yo sentía que tú no eras feliz, que algo te oprimía, pero no me hacías partícipe de tus problemas. Aunque era consciente que yo hacía parte de esos problemas. Yo no quería presionarte, así me muriera de deseo. Eras tú quien tenía que prepararse, yo te esperaba. Te hubiera esperado todo el tiempo del mundo. Recuerdo que vimos El Imperio de los Sentidos. A la salida y con mucha seriedad te dije: -Es la búsqueda de la verdad absoluta a través del sexo. Te echaste a reír. Me respondiste: -Siempre tan trascendental. Pero detrás de esa risa, escondías tu desconcierto. Comenzabas a descubrir en ti unos sentimientos que meses antes no hubieses osado imaginar. Comenzabas a trastabillar. Una tarde fuimos al Museo Nacional, había una exposición de un artista fauve, esa fiesta de colores nos inundó de alegría. A la salida me invitaste a una copa de vino, querías prolongar esa sensación de bienestar que nos había producido la pintura de Raoul Dufy. Sentadas, una al frente de la otra, en una de las mesas más discretas de Oma, mis piernas comenzaron a rozar las tuyas. Sentí tu vacilación, sin embargo no dijiste nada, ni tampoco las retiraste. Eras consciente de lo que estaba pasando y aunque no participabas de una forma directa, tampoco me rechazabas, dejabas que te sedujera, que te amara. Y yo me entregaba a ese juego, como si en él me fuera la vida. Aún no sabíamos que nunca más volveríamos a estar juntas. Mi felicidad de esa tarde la compartí con dos compañeras de la universidad que estaban enteradas de lo nuestro. Respetaban mi amor, no me censuraban, no obstante entendían que podía ser muy doloroso.

Ese día entraste en trabajo de parto y yo me sumí en un estado muy cercano al coma. Ante mí surgían tres meses sin poder verte. Las pocas veces que intenté ponerme en contacto contigo, la voz recia de tu marido me decía que estabas atendiendo al bebé, otras que estabas durmiendo. Yo había logrado derribar una parte de tu muralla, pero derrumbar la de él era imposible. Al colgar el teléfono quedaba más desamparada que nunca. ¡Si tan sólo hubiese podido escuchar tu voz una sola vez! Comencé a sospechar que algo pasaba. No era normal que no dieses señales de vida, ni que nunca contestases al teléfono. No me quedaba sino esperar tu regreso.

Dos semanas antes de tu reincorporación a la universidad, yo ardía de deseos de verte. Contaba los días, las horas y los minutos que me alejaban de ti. Pero no eran dos semanas las que tendría que haber contado. Tendrían que haber sido miles, tendría que haber sido una vida, dos vidas, tres vidas ¿Quién sabe? ¿Cómo medir el tiempo cuando se está enamorada? Poco antes de tu regreso me llamaron de la decanatura. Me dijeron que como estaba acosando a una profesora, y eso era inadmisible en una universidad y además en un país católico, apostólico y romano, debían cancelarme la matrícula. Yo, que ya estaba terminando sexto semestre. Yo, que tenía las calificaciones más altas del grupo. Yo, la intelectual, tenía que salir por la puerta trasera de la universidad como si fuese una delincuente. No era una delincuente, pero si era mujer. ¿Cuántos profesores homosexuales había en la universidad y nadie les había dicho nunca nada? Un montón, de eso no tengo la menor duda.

Me cancelaron la matrícula. En menos de lo que canta un gallo yo perdía todo por lo que había luchado sin descanso por espacio de tres años. Mi madre nunca me juzgó. Ella sabía que cada persona es dueña de su cuerpo y de sus sentimientos. ¿Cómo es que en la universidad no lo entendían? Nuestra relación se había llevado de la manera más discreta posible. No soy amiga de los escándalos. Por eso no hice ninguno cuando me vi ante un hecho cumplido. Me echaban de la universidad. Pues lo aceptaba, así sin más ni más. No di la pelea. No denuncié mi caso a los medios de comunicación. Era joven e inexperta. Me faltaba la fortaleza que sólo llega con los años. En cuanto a la tutela, aún no existía esa figura jurídica. De haber existido, creo que ellos no hubiesen llegado tan lejos, ni yo habría aceptado el atropello del que fui víctima.

Los lazos que me unían a ti, habían sido salvajemente cortados. Ante el dolor de no volverte a ver, se sumaba el dolor de saberte tan cobarde. No llamaste ni una sola vez para decirme que lo sentías. Mi vida se derrumbó. Pero ya ves, el ave fénix siempre renace de las cenizas. Comencé de cero. Me inscribí en otra universidad y aunque la mayoría de las materias vistas no fueron homologadas, logré terminar mi carrera, encontré trabajo y tiempo después el amor. No sería el definitivo. Habría de conocer otras rupturas, otras desilusiones, pero ninguna como la que tú me causaste. Para cuando nos volvimos a ver yo estaba curada, ¿Tú? No lo sé, ni tampoco me importa. Sería en uno de los tantos eventos literarios en los que inevitablemente tenemos que coincidir. No hemos vuelto a hablar, ni lo haremos. Si escribo esta carta es para contar lo que nunca he debido callar. Como ves, yo también fui cobarde.

En algún lugar de los cerros de Bogotá, con el bolero de Ravel como única compañía, Isabel.

ESTEBAN

Mi profesión es enseñar a dilucidar el pensamiento, a mirar detrás del espejo, como Alicia. Soy yo quien pone los retos y quien decide que tan alto podemos llegar. Conduzco las masas de estudiantes como el pastor conduce un rebaño de ovejas. No estoy acostumbrado a que me desafíen, ni a seguir a los otros. Sigo planes previamente determinados. No me gustan los imprevistos ni las sorpresas. Soy un pensador y para ello se requiere de mucha disciplina. Las ideas son para elucubrarlas largo tiempo, antes de decidir que hacer con ellas. El azar no es para mí, ni soy un jugador. De serlo exigiría que las cartas estuviesen sobre la mesa, los ases debajo de la manga me parecen rastreros, propios de garitos de mala muerte. Cada paso que he dado en la vida ha correspondido a coordenadas trazadas con antelación y previstas para que tengan una larga duración, los cambios sólo traen desconcierto y son signo de inmadurez.

En el colegio y en la universidad, me caractericé por ser un alumno brillante. En el día de mi graduación tenía la certeza que no entraría a las filas de desempleados. Con el cartón en la mano me presenté a un concurso como docente y me lo gané. Poco tiempo después contraía nupcias con la novia de siempre. La había conocido en la universidad, en uno de los cursos que nos tocó tomar juntos. Era amante de los libros y recitaba poemas. A diferencia de muchas otras prefería escuchar a Beethoven al lado de la chimenea, que irse a bailar salsa a cualquier antro. Eso me daba tranquilidad. Una vez casada le quedaba poco tiempo para las amigas. Cuando terminó sus estudios ya había nacido nuestro primer hijo. En la universidad buscaban profesores de literatura, con su curriculum vitae y sus conocimientos no le fue difícil pasar las pruebas. Mi vida seguía el curso que yo me había trazado. Los años transcurrieron sin mayores altibajos. Nació otro hijo y venía en camino el tercero.

En las noches y los fines de semana era Marcia quien se ocupaba de los niños, yo me dedicaba a escribir. Ya había publicado dos libros, con muy buena acogida por parte de la crítica y de los pares académicos y preparaba otro. Me estaba ganando un nombre en un medio profesional árido y poco amigo de las lisonjas mutuas. Me encontraba tan embebido en mi trabajo que no me di cuenta que el tren que yo conducía corría peligro de descarrilarse. Sentía a Marcia cansada, por lo que supuse que era el embarazo. Alguna vez se había quejado, aduciendo que no le dedicaba suficiente tiempo a la familia; como se dio cuenta que sus quejas me molestaban, no volvió a decir nada. A veces iba al cine, suponía que lo hacía sola. A medida que el embarazo avanzaba yo la veía más ensimismada, cada vez hablaba menos; lo que para mí era un gran alivio. Necesitaba tiempo para escribir. A veces la veía conversar con una de sus alumnas y en su mesa de noche encontraba libros de autores que antes no le había visto leer. Supuse que era normal; al fin y al cabo su oficio es la literatura.

En los días que precedieron al parto presentó una complicación, por lo que hubo que internarla de urgencia en la clínica. Mientras que ella era atendida por los médicos y las enfermeras, yo debía ocuparme de los trámites administrativos; así que abrí su bolso para buscar los papeles de la seguridad social. Fue entonces cuando ví una hoja de cuaderno doblada en cuatro, la iba a dejar a un lado cuando algo me llamó la atención, en ella estaban estampados los labios de una mujer. Era un colorete discreto, pero la evidencia de un beso saltaba a la vista, así que decidí leer lo que había dentro. Hacerlo fue lo mismo que descender al universo de Dante. El horror tomó forma y se me presentó con un lenguaje procaz, no por las palabras sino por el sentido que les otorgaban. De pronto varias imágenes que había visto en los últimos meses, comenzaron a tener sentido.

Las lecturas y los análisis apasionados que Marcia hacía últimamente de Rimbaud, de Verlaine, de Walt Withman, de Virginia Wolff, de Marguerite Yourcenar, me saltaban a los ojos con un significado que antes no había sabido ni querido interpretar. Una vez en la casa hurgué en sus cosas, dentro de una caja y envueltos en un papel de flores, encontré otras hojas de cuaderno y otros versos. La evidencia no dejaba lugar a dudas. Jamás había imaginado a mi mujer siendo cortejada por otro hombre, y si así hubiese sido habría estado dentro de parámetros normales. Pero de ahí a ser enamorada por una mujer había un abismo. Tomé todas las medidas necesarias antes de su regreso, tanto en la casa como en la universidad. Cuando ella llegó tres días después, nuestro mundo ya no existía, se había diluido, como se diluye la pintura en el aguarrás. Nunca más seríamos los mismos. Finalmente el tren se había salido de los rieles y ya no podía ser encarrilado de nuevo; pero eso lo comprendería más tarde. De todas formas actué correctamente, defendí lo que era mío, defendí la decencia, la moral, salvé mi familia, salvaguardé nuestra imagen ante la sociedad, la protegí del escándalo; debería estarme agradecida. En todo caso no lamento las medidas que tomé en ese momento, aún hoy las volvería a tomar de idéntica manera. Por otra parte me convertí en una persona más precavida y no volví a pisar el mismo guijarro. Cerré el telón y no lo volví a abrir, hasta ahora que mi vida desfila ante mí como si fuese una película. Creo recordar que alguna vez un amigo me dijo que algo así sucede en los momentos que preceden a la muerte. Esa debe de ser la razón por lo que recuerdo lo que ya creía olvidado.

sábado, 15 de septiembre de 2007

MARGUERITE YOURCENAR (ensayo)

MARGUERITE YOURCENAR (1903-1987)

Esta incomparable mujer, una de las más grandes intelectuales del siglo XX, marcó un hito en la historia de la literatura. Además fue la primera mujer en ser elegida miembro de la Academia Francesa. Ganadora de innumerables premios literarios, entre ellos el Premio Fémina.
Su padre, un verdadero librepensador, formado en la más rancia aristocracia del siglo XIX y bajo la tutela de preceptores privados, educa personalmente a su hija, quien a los 16 años valida el bachillerato, sin haber pasado nunca por una escuela, ni pública ni privada. Desde pequeña le infunde el amor por las lenguas antiguas y modernas. Es así como Marguerite Yourcenar aprende el griego antiguo y moderno, el latín, el inglés y el italiano, además del francés, su lengua materna. Fue considerada una de las más grandes helenistas de su tiempo. Su padre le enseñará también el amor por los viajes y por las culturas foráneas, hasta el punto que cuando observaba en su hija un apego especial por una ciudad o un país determinado, empacaba maletas y emprendía con ella un rumbo diferente. De esta trashumancia, Marguerite Yourcenar repetirá hasta el cansancio la frase preferida de su padre: "Sólo se está bien en otra parte". Más que su padre, fue su mentor, amigo y guía. A su muerte le legó su enorme biblioteca y una fuerte fortuna, que le permitiría vivir holgadamente por espacio de varios años.
A los l6 años escribe y publica su primer poema, cuyo tema era la leyenda de Icaro. A los 26 publica su primera novela: "Alexis o el Tratado del Inútil", donde comienza a bucear, a indagar, a reflexionar sobre un tema que siempre sería una constante en su narrativa y en su poesía: la homosexualidad. Tema tabú para comienzos del siglo XX, y arduo aún para muchas mentes conservadoras de nuestro tiempo. Su traducción de Virginia Woolf y de Cavafis, es una respuesta a esa búsqueda que se impone desde su juventud. Más tarde, y siempre fiel a la traducción y a la difusión literaria y cultural, dará a conocer en Francia los cantos espirituales de los descendientes de los esclavos de los Estados Unidos.
En la Segunda Guerra Mundial escribe "El Tiro de Gracia", texto narrado por su protagonista en primera persona, veinte años después de terminada la guerra. En él nos muestra una visión bastante particular de Los Balcanes, del amor, de la guerra, del ménage à trois. Esta obra es antes que nada una reflexión ontológica sobre las pasiones (léase miserias y grandezas del ser humano).
Terminada la guerra M. Yourcenar se encuentra sin dinero, por lo que emigra a Estados Unidos, haciéndose incluso ciudadana norteamericana, allí vive y comparte el resto de su vida con Grace Frick. Comienza a escribir "Memorias de Adriano", un tema que la había obsesionado desde los 20 años, y cuyo manuscrito había sido escrito y reescrito varias veces, destruyendo siempre las copias anteriores. Para 1949 sólo quedaba un pequeño fragmento de todo el material que había acumulado en todo ese tiempo. "Memorias de Adriano" narra la vida de uno de los más importantes emperadores romanos, protector de las artes, de las letras y de los esclavos y amante de los efebos, como cualquier romano de su época. Este libro, más que una lectura, es un regalo al espíritu humano, contiene sentencias de profunda sabiduría y conocimiento del alma (cuando digo alma, no me refiero al concepto judeocristiano, sino a la esencia misma del ser humano).
"Memorias de Adriano" es, sin lugar a dudas, su obra más conocida en Colombia, y aunque para muchos es su obra maestra, yo me inclino por Opus Nigrum. Novela menos conocida, menos divulgada, pero de una belleza estética inconmensurable. El libro narra la vida de Zenón, un monje que está a caballo entre el Medioevo y el Renacimiento; y como muchos de los hombres sabios de su época, Marguerite Yourcenar lo concibe como un hombre total, lo convierte en médico, en alquimista, en pensador, en transgresor, en viajero y por supuesto en un hombre perseguido por la Iglesia. Sus perseguidores, a pesar de estar viviendo en el siglo XVI, aún están anclados en el siglo XIII o XIV. Zenón será el personaje preferido de Marguerite Yourcenar, hasta el punto que en el ocaso de su vida afirmará que en el momento de su muerte él será su médico de cabecera. Este enigmático personaje, posee las características de Leonardo Da Vinci o de Paracelso, entre otros. Zenón, a diferencia de Adriano no ostenta ningún poder, es un ser más bien marginal, hereje y aventurero. En esta última característica estaría reflejada la M. Yourcenar, viajera e inquieta por otras culturas y por otros tiempos. No hay que olvidar que antes de escritora, se consideraba a si misma como historiadora. Zenón, al igual que su creadora, no cae en ninguna ortodoxia y al igual que el padre de Yourcenar, es un libre pensador, posición intelectual inconcebible en el siglo XVI.
Ahora bien, uno podría preguntarse porque M. Yourcenar prefirió ahondar en la historia del pensamiento humano, antes que escribir sobre su propia vida, a lo cual ella respondió en una entrevista: "El público que busca confidencias personales en los libros de un escritor determinado, es un público que no sabe leer". Esta búsqueda de otras culturas, la llevó a escribir un ensayo sobre Mishima y un libro de cuentos orientales, donde rescata el gran valor de la tradición oral. "Los Cuentos Orientales" podrían hacer parte de "Las Mil y un Noches"; poseen la magia y el encanto de ese mundo desconocido y mágico que es el desierto; al mismo tiempo que nos acerca a la cultura de los pueblos transhumantes.
Pero si aún nos queda un rescoldo de duda sobre la importancia y trascendencia de M. Yourcenar, no habría sino que pensar en su gran aporte desde el punto de vista estilístico. Obras como "El tiro de Gracia", por ejemplo, son narradas en primera persona, en este caso por su protagonista. Esta técnica narrativa, por la que siente especial aprecio, elimina el punto de vista del autor y por lo tanto su discurso se hace más objetivo, más universal. En el prefacio a esta obra, la autora escribe: "La narración es en primera persona y puesta en boca del principal personaje; procedimiento al que a menudo he recurrido, puesto que elimina del libro el punto de vista del autor, al menos, sus comentarios y permite mostrar a un ser humano haciéndole frente a la vida y esforzándose más o menos honradamente por explicarla, así como, en primer lugar por recordarla".
No obstante habría que recordar que dicha técnica narrativa ya había sido abordada por André Gide, por quien M. Yourcenar sentía un especial aprecio. La diferencia con Gide radica en la suprema maestría que imprime Yourcenar a sus textos. En su narración se observa, a la vez, la crueldad que todo ser humano lleva en lo mas profundo de su ser y la búsqueda del absoluto, muchas veces a través de la sexualidad....

Rebeca (cuento)


Prólogo

Hola Pablo. Te llamo para decirte que el cuerpo de Rebeca apareció en una de las riberas del Río Negro, varios kilómetros más abajo del lugar donde había acampado. Fue difícil reconocerla, el cadáver había empezado a descomponerse, llevaba en su cuello un collar hecho de flores. Lo encontró un campesino que vivía cerca; estaba atrapado en unos árboles que habían caído la noche anterior durante una tormenta. De no ser así, creo que nunca hubiese aparecido. La misa está prevista para esta tarde a las 3 p.m., en la María Magdalena, te lo digo por si quieres asistir. Sé cuan importante fue para ti.

Pablo

Cuando supe que Rebeca había desaparecido, que hacía varios días que no daba señales de vida y que habían encontrado la carpa donde solía acampar cuando quería alejarse un poco del mundo y tomar aire, “-cargarse de nuevas energías”, como solía decir; imaginé este desenlace. No sé porque pensé en la Ofelia de Millais, ese cuadro prerrafaelista, que muestra una mujer de inconmensurable belleza, flotando en las aguas. Ahora veo que no estaba equivocado. Murió como la amada de Hamlet, a la que él mismo había rechazado. La conocí en la casa de unos amigos, una de esas rumbas un poco descabelladas, donde había de todo. Casi todos mis amigos estaban en pareja. Ella y yo habíamos llegado solos. Esa noche me diría que hacía un tiempo largo que no salía con nadie. Aunque luego comprendería que un tiempo largo para ella podían ser tres horas, tres días, tres meses o tres años. No tenía mucha concepción del tiempo, podía dormir 30 horas seguidas, sin despertar, o pasarse otras tantas en una fiesta que terminaba ella sola en cualquier bar de la ciudad, en su apartamento o en uno de los cuchitriles desconocidos para los demás. Al principio ni siquiera me miró, le he debido parecer bastante insignificante. Se tomó la palabra, hablaba de política -más que hablar despotricaba contra el gobierno de turno- o de la última película que había visto, o del artículo que había leído horas antes. Pasaba de un tema a otro a la velocidad de la luz. Oírla hablar, era enfrentarse a una mente lúcida, brillante, contestaria, rebelde y también alucinante. Éramos pocos los que teníamos el coraje de interrumpirla o de contradecirla.

Era la primera vez que yo la veía, por lo que su lenguaje provocador no me intimidaba, tal vez fue por eso que la interrumpí un par de veces y le hice saber que si bien su razonamiento me parecía muy bien expresado, yo no estaba de acuerdo con lo que planteaba. No estoy muy seguro con respecto a qué yo no estaba de acuerdo con ella. El hecho es que de invisible pasé a ser el único receptor al que ella aparentemente se dirigía. Tenía una cierta manera de ignorar a los otros, como si simplemente no existiesen. Su monólogo terminó siendo un diálogo entre los dos, en el que cada uno buscaba un argumento mejor. Como si se tratase de un justa, alguien debía perder y el otro ganar. Supongo que el ser retada por alguien que no conocía, ni del que había oído hablar nunca, le clavó una espina en el cuerpo que tenía que sacarse a como diera lugar. Por mi parte me divertía con el juego inesperado. Los otros, cansados de estar por fuera de una conversación que saltaba de un tema a otro continuamente y que no siempre podían seguir, se dedicaron a bailar o amarse, sin importar demasiado que todos estuviésemos en el mismo lugar. No pasaría mucho rato sin que nosotros hiciésemos lo mismo. Terminamos tirados en el piso besándonos y manoseándonos, con ese frenesí que dan las primeras caricias de dos personas que están por convertirse en amantes, pero que hacía pocas horas ignoraban todo el uno del otro.

Amanecimos en su cama. Después de dos días de estar encerrados en su habitación y de no tener ni siquiera un pantaloncillo limpio a la mano, decidimos que lo mejor era que yo me trasladase a vivir a su apartamento. Le gustaban los extremos, el albur, lo inesperado. Esa era su droga, su cocaína, el gusto por lo desconocido; para eso vivía. No en vano practicaba deportes de alto riesgo. Fue una de las pioneras del torrentismo, del rafting y del canotaje en este país. Por eso le gustaba acampar cerca al río, sobre todo en los alrededores de los cauces más violentos. Era pura adrenalina. Pero de igual forma podía entrar en períodos de angustia que la llevaban a cerrar puertas y ventanas, postigos que no existían y puentes imaginarios, como si su apartamento fuese sitiado por un ejército invencible. Pasaba de la euforia a la melancolía, como otros se cambian un par de zapatos. Esa inestabilidad emocional había sido la causa principal por la que no hubiese terminado nunca una de las tantas carreras que quiso estudiar. Antropología y sociología en París, historia en España, arqueología en Londres, arte dramático en Nueva York. En Ámsterdam se había inscrito en un curso para aprender a tallar diamantes... Fuera del español, hablaba francés, inglés, alemán y decía que chapuceaba el árabe, vaya a saber porqué. A lo mejor vivió algún tiempo con un argelino o con un tunecino o con un marroquí. Lo supongo porque a veces hacía alusiones al Magrebh, como si lo conociera de cerca. Otras veces recitaba versos en japonés. Luego supe que en San Agustín, en un hotel barato, especial para estudiantes extranjeros, una especie de torre de babel del siglo XX, había conocido a un poeta nipón, que recorría Colombia con un morral a la espalda. Rebeca podía decir que había tenido muchos amantes, pero ninguno podía decir que ella había sido su amante. Ella los elegía y ella los desechaba, como George Sand. De todas formas al lado de Rebeca uno podía estar seguro de todo y de nada. Podía ser una brújula con las agujas bien dirigidas hacia el norte, como un remolino que arrastraba todo lo que encontraba a su paso a un caudal de agua infernal.

Ella era el comienzo y el fin. La creación y la destrucción. La armonía y el caos. Rebeca era el compendio de Brahma, Vishnú y Shiva. Un enigma permanente. En la noche, después de dejar la oficina y llegar a su casa, podía encontrar una mesa adornada con un mantel de lino, una vajilla de Sèvres, no una que hubiese sido comprada en Sèvres-Babylone, sino una auténtica o una de Limoges; cubiertos y copas de plata, una botella de Dom Pérignon fría o una Veuve Clicquot, acompañada de caviar Osciètre de Irán o un Beluga de Azerbaijan o una “langouste à l’armoricaine” o todo al mismo tiempo; aún así se lamentaba de no encontrar un homard para prepararlo, -eso sí español, son los mejores -decía enfáticamente-. Hubiese podido decir un bogavante, pero no para ella era un homard. –Je l’aurais fait grillé, accompagné d’une sauce mayonaise maison -agregaba-. Adornaba la mesa con un par de velas. En la sala ponía luces discretas y música de Loorena Mckennitt, como fondo al “souper d’amoureux” que había preparado.

O bien podía encontrar el apartamento patas arriba. La ropa del closet regada por todas partes, la cocina sucia, la nevera vacía, la cama sin tender y ella sin haberse bañado siquiera. Podía recibirme con la mejor de sus sonrisas, como con una palabra convertida en dardo envenenado. La vida a su lado me llevaba de un vértigo a otro. Vivir con ella era igual que subirse a una montaña rusa o descender por un tobogán infinito. Era como estar de pasajero en un cohete dirigido por un capitán que busca descubrir galaxias desconocidas, pero que a cada momento cambia de rumbo. Una aventura permanente, pero también un delirio, una locura, un desatino. El desvarío total y absoluto. Por eso la abandoné y por eso la amaba.
Rebeca
Me han metido en esta caja, donde es imposible moverse; como si no supieran que detesto estar inmóvil. Puedo estar encerrada, más no quieta. Me han puesto cerca al altar. Siento el olor a incienso, a cirios y a las flores que deben haber enviado a mi familia. Como si así fueran a menguar el dolor de mi madre, cuando en realidad lo hacen para quedar bien entre ellos mismos. Sé muy bien lo que piensa cada uno. –En el fondo no se ha perdido nada. Se fue como vivió, en un permanente sobresalto, así está mejor -dirían-. Lo que no saben, es que viví cada día como si fuese el último y no me arrepiento de haberlo hecho. Amé y fui amada tantas veces como lo quise, como me lo permití, y me lo permití siempre. ¿Porqué tener ataduras? Una noche, Pablo quiso saber con cuantos hombres me había acostado, no pude responderle; habría sido más fácil hacerlo si la pregunta hubiese sido con cuantas nacionalidades había visto amaneceres. Recuerdo que en una fiesta escuché a alguien decir que se había casado con el novio de toda la vida y que había llegado virgen al matrimonio. Lo que para ella era un orgullo, para mí era un absurdo. No le dije nada, pero sonreí para mis adentros, pensé que a los treinta años yo ya había perdido la cuenta de los hombres que habían pasado por mi cama, sin contar las ajenas. Fue la llegada de Pablo la que estabilizó mi cama. Lo amé con la piel, con la mente, con el alma. Supongo que él también me amó; de no ser así no me habría podido soportar ni un día. Lo que no entendió es que mi adrenalina no alcanzaba para los dos. Yo necesitaba vivir en una permanente aventura. Necesitaba que él me cuestionase mañana, tarde y noche. Solemos creer que la vida es muy larga, cuando en realidad es efímera como la de una mariposa. ¿Alguna vez han leído sobre la vida de las monarcas? Recorren cerca de 4000 km, pasan de la hibernación al calor de la primavera y del verano. En su estado de orugas cambian hasta cinco veces de piel antes de tejer el capullo que dará paso a la mariposa. Ellas saben lo que es el cambio, la transformación y por supuesto el peligro. Están preparadas para enfrentarlo, para ello cuentan con la ayuda de las asclepias, a las que a su vez ayudan a polinizar. Palabras más palabras menos es lo que yo traté de hacer siempre. Pero en un mundo donde los cambios no son bien recibidos yo no podía encajar. Le envié señales a Pablo, todas las que me fue posible. Pero él no hizo mucho esfuerzo por entenderlas. Terminó por irse de casa. La vida se me hizo cada más insoportable, la soledad me carcomía los huesos y mi cama estaba vacía. Entendí porque Alfonsina Storni se entregó al mar y porque Virginia Woolf se llenó de guijarros los bolsillos de su bata, antes de entrar al río. Al igual que ellas, yo había intuido que el agua era fiel y solidaria, que una vez entregaba su amor, era para siempre. Por eso acampaba cada vez más cerca a sus cauces. El descenso por sus rápidos me proporcionaba lo que la gente me negaba, a lo mejor yo estaba impregnada de la misma sustancia que las asclepias. Me aprendí de memoria todos sus recovecos, lo amé y él me amó. Me entregué a él en un ritual hermoso. Al igual que Ofelia adorné mi cuello con pensamientos y amapolas y dejé caer al río nomeolvides, lirios y margaritas; su aroma hizo cantar al río una canción de amor. Al igual que las monarcas con las plantas, el río y yo nos fusionamos en un largo abrazo para convertirnos en un solo cuerpo. Sé que mi madre lo entiende, siempre ha estado de mi parte. Lo demás no cuenta, ni siquiera Pablo. Van a enterrar mi cadáver, pero mi cuerpo se quedó en los brazos del río. En su nicho encontré la paz que me fue siempre tan esquiva. Ellos no lo saben, ni tienen porque saberlo. Por fin soy feliz.

viernes, 7 de septiembre de 2007

LAS BRUJAS EN LA HISTORIA DE OCCIDENTE (ensayo)

LAS BRUJAS EN LA HISTORIA DE OCCIDENTE

El próximo 31 de octubre se celebra el día de las brujas, una conmemoración que ha sido importada de Estados Unidos, pero que ya hace parte de las fiestas importantes de nuestros niños y niñas, pero pocas veces nos detenemos a pensar en quienes han sido verdaderamente esos personajes y cual ha sido el rol que han desempeñado a todo lo largo de la historia. Por otra parte la bruja, como personaje histórico y literario, me ha llamado siempre poderosamente la atención; es por ello que el presente artículo hace una breve reseña de esa mágica figura por la que a veces sentimos miedo o atracción.

La bruja o hechicera es un personaje legendario, se remonta incluso a la época de los faraones griegos. En el libro “Las Sociedades Secretas”, de Peter Gitlitz, se menciona un papiro encontrado en una de las pirámides, donde se puede observar al faraón Ramsés III con punciones en diversas partes del cuerpo, exactamente donde el faraón decía sentir dolencias. Según el papiro ésto habría sucedido en el año 1.100 a. de J.C.

En la Grecia antigua también se practicaba el oficio de la brujería. Los autores clásicos hacen alusión a ellas y a sus pócimas mágicas. Teócrito nos habla de ellas en su obra “Idilios” Y Horacio hace referencia a una mujer de nombre Canidia, cuyo oficio era la preparación de perfumes y de bebedizos para rendir culto a Príapo, el dios del sexo.

Pero las brujas de la antigüedad estaban muy lejos de ser consideradas como los seres maléficos del medioevo. En el mundo antiguo, como ocurre aún hoy en día en los llamados “pueblos naturales”, no se hacía una clara distinción entre magia y religión. La preparación de bebedizos y el ejercicio de la magia estaban reservados a personas que gozaban de gran prestigio dentro de la comunidad. Por otra parte sólo podía trabajar en el oficio la persona que hubiese cumplido con largos y penosos años de aprendizaje.

La persecución de las brujas sólo se inició en el siglo XIV. En realidad las mujeres que serían posteriormente perseguidas, torturadas y asesinadas en la hoguera o ahogadas en los ríos, eran sacerdotisas al servicio de diosas de antiguas religiones precristianas, religiones en su gran mayoría de origen panteísta. Su gran crimen fue seguir profesando las creencias de sus antepasados, en una época donde el cristianismo luchaba por asegurar su dominio como única religión monoteísta en territorio europeo.

En la Alta Edad Media, las brujas eran aquellas mujeres campesinas que conocían muy bien su entorno, sabían que plantas eran benéficas para las diversas enfermedades que aquejaban a su familia y comunidad. Pero por este conocimiento, que además era un oficio ejercido por los judíos (a quienes sólo se les permitía ejercer los oficios concernientes a la medicina, al comercio y a la de prestamistas), serían perseguidas implacablemente por la Santa Inquisición. El manejo de las pócimas curativas, es decir las primeras nociones científicas, no podían ser del dominio femenino. A las brujas se las comenzó a quemar, supuestamente, por herejes, pero la razón verdadera era por ser amantes del conocimiento. No solamente se les quemaba, sino que se les sometía a torturas y vejámenes sin límites; para lo cual se desarrollaron aparatos de una alta sofisticación como la Dama de Nuremberg. Pero de todas las torturas la peor era la psicológica, la persecución que se les infligía llegaba a límites tan insoportables que sucumbían rápidamente en la histeria colectiva, lo que agravaba aún más su situación, puesto que sus torturadores podían aludir que estaban poseídas por el diablo. En Alemania, por ejemplo, la caza de brujas llegó a cotas tan altas, que en muchos poblados se quedaron sin mujeres. Solo en Bamberg, la cacería condujo al asesinato de 600 personas, la mayoría de ellas mujeres, incluyendo a las niñas y algunas veces a los hombres; por otra parte hay que tener en cuenta que los poblados rara vez superaban los 2000 o 3000 habitantes. Pero el juicio más famoso lo es sin duda la cacería de brujas emprendida en Salem (Estados Unidos), en el invierno de 1.602; y llevada magistralmente a las tablas por el dramaturgo Arthur Miller. Las acusadas, al menos en un principio, pertenecían a las clases menos favorecidas, la primera en ser acusada fue una esclava llamada Tituba, que además carecía de cualquier derecho otorgado a los habitantes del pueblo. Le siguieron una pobre mendiga, y una mujer que convivía en unión libre con un funcionario. Estas mujeres eran consideradas como una mancha para la comunidad puritana de su tiempo, se salían de los convencionalismos exigidos por la época, por lo tanto no encajaban dentro de su comunidad. La cacería sólo paró cuando llegó a las capas más importantes de la sociedad, 18 meses después de haberse iniciado. Había dejado 19 muertes, entre ellas la de un hombre. Frente a las muertes de Europa, especialmente Alemania, esta cifra parece ridícula, no obstante dejó una herida profunda en la sociedad norteamericana; y si Arthur Miller no hubiera exorcizado ese dolor, es muy posible que la herida nunca hubiese cerrado del todo. Se cree que la razón verdadera que motivó todo el juicio, era una disputa concerniente a la posesión de tierras.

¿Pero quiénes eran en realidad estas mujeres llamadas brujas? Después de la persecución emprendida por la Santa Inquisición, a las brujas se les ha identificado siempre con el mal, con las fuerzas ocultas y con el culto a Satanás. La cacería de brujas corresponde a la represión religiosa y sexual, ésta última derivada de un fuerte sentimiento de misoginia, que ha caracterizado la tradición judeocristiana. La represión si bien había comenzado desde el siglo XIV no es sino hasta el año de 1.560 cuando se pondrá en marcha la gran maquinaria de horror e ignominia en contra de las mujeres conocidas como brujas. Dicha persecución obedecerá a oscuros sentimientos de poder político y ambición económica. Por supuesto que había una creencia generalizada en cuanto a la existencia de la hechicería se refiere, hechicería que era mal comprendida, puesto que las mujeres que la practicaban eran generalmente curanderas y parteras; que por su mismo oficio, como se anotaba anteriormente, conocían muy bien su entorno natural, algo que podía parecer insólito para el escaso o nulo conocimiento científico de su tiempo. Cuando la cacería se desató, cualquier acontecimiento que supuestamente se saliera de lo normal, era considerado de origen satánico: Una enfermedad, la muerte de un ser querido o de un animal, una sequía o una inundación... Si una mujer auxiliaba a alguien con hambre y éste moría poco tiempo después, la mujer en cuestión podía ser acusada de poseer poderes maléficos. Es de suponer que estas creencias que simplemente correspondían a la ignorancia que se tenían sobre la ciencia o sobre las fuerzas naturales, contribuyeron al ejercicio de venganzas personales. Pero también “cazar” brujas otorgaba poder político dentro de la comunidad a la que se pertenecía, puesto que el “cazador” ganaba “respeto”, un respeto que como es fácil suponerlo era más bien derivado del temor a ser también acusado de prácticas de hechicería. El oficio de “cazador” llegó a ser verdaderamente lucrativo desde todo punto de vista, ésto incluía la edición de manuales que enseñaban como combatir la brujería. El más famoso de todos fue el Malleus Malificarum. En Francia, el juez que mandase a la hoguera o a la horca a cierto número de brujas, adquiría prestigio dentro de su profesión y en el seno de la sociedad de su tiempo.
Los hombres que también cayeron dentro de esta ignominia, generalmente habían sufrido en carne propia la persecución de sus hijas, sus esposas, hermanas o madres; es decir habían caído en desgracia ante su comunidad. Se estima que entre 1.560 y 1.760 murieron asesinadas en territorio europeo más de 100.000 "Brujas". Para entonces cualquier rescoldo de religiones paganas había sido sofocado por las Iglesias Católica y Protestante. Pero lo que es verdaderamente insólito es que en el ocaso del siglo XX las comunidades campesinas europeas aún seguían perpetuando imaginarios que supuestamente habrían desaparecido. Me refiero a la condena a la hoguera de la cual fue víctima Estaricha Yokanovich, una mujer serbia de 71 años, quien fuera golpeada con un hacha por su yerno y nieta para evitar que huyera de la hoguera donde finalmente moriría. Estaricha había sido víctima del mandato empleado por la Inquisición siglos atrás: “No dejes con vida a la hechicera”. Y si bien este relato pareciese haber ocurrido en el siglo XVI, fue tan solo en el año de 1995 cuando la intolerancia e ignorancia revivieron una vez más los horrores de esta macabra Institución.

El tristísimo y... (cuento)

El tristísimo y sonadísimo ocaso de una seudodiva criolla o las tribulaciones de una niña bien destinada a convertirse en dama de la lata sociedad

Hace rato llegué al quinto piso, cada vez me acerco más al sexto. Lo hago con desgana, más que desgana habría que decir que me produce terror. Nunca me ha gustado la vejez. Mi vida ha estado dedicada al culto de la belleza y de la juventud. Hubiera querido ser una aprendiz de Nicolás Flamel, el alquimista, para que me enseñara la transmutación del mercurio en oro y la manipulación de la piedra filosofal. O hubiese seguido, sin dudarlo ni un minuto, a Juan Ponce de León, el conquistador español que recorrió la Florida en el siglo XVI, en busca de la fuente de la eterna juventud. Y si me hubiese encontrado a Uraquimataro, le habría impedido que abriese el cofre que le había dado el dragón. Yo había visto en sueños al pájaro que estaba en su interior, por lo que conocía el secreto que él guardaba. Si Uraquimataro abría el cofre, el pájaro se escapaba y con él el don anhelado de no envejecer nunca. Al compartir mi secreto con Uraquimataro yo habría podido compartir ese privilegio, el dragón me lo había dicho en otro sueño. Por eso dentro de mis lecturas predilectas están El Retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde y el Orlando, de Virginia Woolf. Hace algunos años hubiera negociado mi alma con el diablo, a cambio hubiese pedido un porrón de agua de la fuente sagrada. Pero se la vendí a un diablo sin cuernos y sin cola, pero con unas garras de aquí a Cafarnaum. Se la vendí al capo dei capi, cuasi iletrado y de baja estofa, que se tomó este país hace más de veinte años. Y como cualquier candinga, me engañó, no me concedió nada. En vez de otorgarme la belleza eterna, me quitó los ojos. Me pasó lo mismo que a Yocasta, me acosté con el hombre equivocado, ella pagó con su vida y Edipo se arrancó los ojos. En el caso nuestro, fue él quien encontró una trágica muerte y soy yo quien está perdiendo la visión. Me estoy quedando ciega, ese es el obsequio que recibí como pago a mi compañía.

Pero es mejor comenzar por el principio. Nací para ser amada, venerada. Mi belleza ya es una leyenda en este país; soy la Marinlyn Monroe criolla. A diferencia de ella soy políglota, me gusta la poesía, estoy enterada de los movimientos bursátiles y vengo de una familia burguesa. Asistí a uno de los tres mejores colegios de este país y a uno de los 10 mejores del continente latinoamericano. Soy educada, delicada, conozco el glamour como la palma de mi mano y me vistieron las mejores casas de costura francesas e italianas. Como no estaba contenta con mi nariz, un leve defecto de producción, me hice corregir esos milímetros de más que afeaban mi rostro. Pero como siempre, aquí creen que saben mucho, cuando en realidad lo ignoran todo. El cirujano plástico, si es que puede llamársele así al tegua que me operó, lo que hizo fue dejarme la nariz peor de lo que era. Por fortuna conocía al brasilero que había operado a las grandes estrellas de Hollywood; así que él corrigió lo que el medicucho en cuestión había terminado de averiar.

De ahí a saltar a la pantalla chica no había sino un paso. Desde pequeña me moví en los círculos sociales más exigentes de la capital. Con mi don de gentes, mis conocimientos y mi belleza tenía el cielo a mis pies. Aunque debiera decir a mis piernas. Me convertí en la imagen de una reconocida marca de medias de nylon y todos los días, en los horarios de más alta sintonía, millones de compatriotas soñaban conmigo. Marlene Dietrich había asegurado sus piernas por un millón de dólares, de haberlo querido yo las habría asegurado por cinco. De todas formas lo que he debido asegurar no eran las piernas sino los ojos. Me estoy quedando ciega, ya se los había dicho. Pero pareciera que nadie comprendiese mi tragedia. Los periódicos y la televisión hablan de ello. En estos últimos días he hecho correr ríos de tinta, sólo equiparables al río Amarillo, al Ganges -cuando se sale de su cauce- o al Amazonas. Cuando debieran hacer una teletón para poder pagar la operación. Y no es broma lo que digo, harto que les hice ganar hace más de veinte años, me lo deben, no me cabe la menor duda.

Me convertí de la noche a la mañana en la presentadora de un noticiero. De tener un bajo rating y de pasar por dificultades económicas, el noticiero pasó a batir records de audiencia en pocas semanas y eso durante todo el tiempo que me tuvo como imagen. Y por supuesto que lo salvé de la bancarrota, si lo sabré yo. Fue entonces cuando los hombres de este país, sin distinciones de clase, comenzaron a soñar conmigo. Los escotes pronunciados que me ponía cada noche, les cortaban el aliento, preferían mirar el noticiero solos, sin que sus esposas los acompañaran, vaya uno a saber porqué. El hecho es que muchas de ellas, ya no eran “molestadas en la noche”, a otras la situación les llegaba de maravillas, sobre todo si debían cumplir doble jornada, después de haberse visto con el tinieblo de turno en cualquier apartamento prestado por una amiga chévere. Pero para algunas, no tan pasivas, en el caso de las primeras, ni tan permisivas, en el caso de las segundas; en otras palabras, para las que de verdad lo disfrutaban en su propia cama, me les convertí en un problema. Yo era la amante etérea de sus mariditos. Si bien algunas se hubiesen contentado con el orgasmotrón que se inventó Woody Allen para una de sus películas, éste nunca llegó a los supermercados. Y para colmo de males en esa época las boutiques de objetos calientes aún no habían hecho su aparición en la carrera 13. Tampoco se acostumbraban las tardes de té entre amigas, en el que se rifan los favores de un mancebo bien dotado, al que previamente se ha contratado con el fin de amenizar las tardes con una danza más que sensual. La costumbre de hacer el amor por internet aún no se vislumbraba y a pocas personas se les ocurría hacerlo por teléfono. La moda vendría después, yo fui una de las pioneras.

Entre tanto, de ser la modelo de medias para dama, pasé a modelo de toallas íntimas, como se les llama ahora. Un nombre más discreto, más púdico; léase decoroso e incluso casto. Los pocos hombres que aún no habían “craqués”, cayeron rendidos al piso. Besaban las huellas que dejaba a mi paso. A esas alturas, mis hombres iban desde políticos -senadores y alguno que otro futuro, presente o pasado presidente- hasta banqueros, joyeros, industriales, periodistas y alguno que otro intelectual o artista. Me convertí en la barbie de lujo, en una cortesana criolla del siglo XX, en la mujer que sirve para hacer ostentación de autoridad, de dinero y con la que se despierta envidia en los demás. Ellos me utilizaban y yo los utilizaba. El comercio, y por supuesto las ganancias, era recíproco. En otras palabras yo estaba detrás del poder. Aprendí a amarlo, tanto como a mi cuerpo. Entendí que no debía tener hijos, en su ausencia radicaba mi belleza y mi poderío. En el colegio había leído Historias de amor de la historia de Francia, y había entendido que eran las mujeres las que tejían y destejían los hilos del dominio absoluto de un país o de un imperio. Pensé en la hetaira más famosa de la antigüedad. Aspasia, la amante de Pericles e inspiradora de guerras y de complots. El rapto de dos de sus pupilas habría sido la causa de la guerra del Peloponeso. Las súplicas de su marido le evitaron un juicio y la salvaron de una condena segura. Ella le enseñó el arte de la oratoria. También estaba Friné, cuya belleza fue inmortalizada en la soberbia escultura que le hizo Praxiteles, La Venus de Cnido. Cuando quisieron procesarla por la vida licenciosa que llevaba, no aceptó que la defendiesen. Simplemente se desvistió delante del tribunal dispuesto a condenarla. Entendieron que una belleza de esa magnitud tenía por fuerza que pertenecer a todos. Llegó a poseer una gran fortuna. Cuenta la leyenda que con su dinero reconstruyó las murallas de Tebas, la ciudad que la había visto nacer. Y por supuesto estaba una de las pupilas de Aspasia, Lais de Corinto, considerada una de las bellezas más grandes de todos los tiempos. Aún no había nacido Pauline, la hermana de Napoleón, conocida por ser bastante ligera de cascos. Lais enloqueció a más de un hombre de la Grecia antigua. Mirón, le ofreció toda su fortuna por una noche. Ella lo rechazó, pero no dudó en aceptar a Diógenes por unas pocas monedas. Le interesaba más alardear de haberse acostado con un filósofo que con un escultor. Todas estas mujeres tenían en común el gusto por el arte, la literatura, la filosofía, la política y por supuesto el amor por sus propios cuerpos. Ellas fueron las diosas que me enseñaron como sacar provecho de las artes amatorias.

Y cuando se ha tenido una educación de esa magnitud, se está en la obligación de perpetuarla. Las hetairas también recibían mujeres; así que yo no podía dejar atrás tan interesante costumbre. Por mis sábanas de seda roja pasaron los hombres más influyentes de la época, ya lo había dicho; y cuando la ocasión lo ameritaba iniciaba niñas recién egresadas de los colegios non plus ultra de la ciudad; algunas habían pasado por las pasarelas de Cartagena. Con ellas hablaba en inglés o en francés. Los hombres de aquí a duras penas hablan español. Las escogía cuidadosamente. Para lo cual tenía en cuenta su gusto artístico y su elegancia. Luego debían pasar por una conversación rigurosa en historia del arte y en literatura. Si clasificaban, pasaban a formar parte de mi círculo privado, con el cual me entretenía en las horas de la tarde. Las noches eran reservadas para los señores. No me gustaban las monas. Prefería las morenas por ser más ardientes. Y cuando ya estaban bien entrenadas, se las pasaba a uno que otro senador. ¡Les encantaba! A las unas y a los otros. Por eso me buscaban. Hubo una incluso que llegó a ser la preferida de un presidente y otra de un conde portugués con quien terminaría casándose. Y por supuesto que la primera en sacar provecho de la situación era yo. ¡Ni más faltaba! Con las más osadas hicimos algunas partouzes. Poco a poco me convertí en una madame. Me he debido quedar con ese oficio, hoy mi vida sería diferente. No hice caso a la historia de Lais. En su vejez y después de haber recibido a Platón en su “Jardín de elocuencia y arte de amor”, no como amante sino para que le mostrase los caminos de la filosofía, terminó vendiéndose en las calles por un pedazo de pan rancio o por una copa de vino; comenzó a rendirle más culto a Dyniosios que a Afrodita. La diosa no dudó en castigarla, perdió toda su fortuna y su cuerpo se secó como la arena del desierto.

Pero la ambición rompe el saco. Son expresiones populares que no siempre tenemos en cuenta. No supe retirarme a tiempo, ni rechazar las mieles que la vida me daba a manos llenas. Cuando estaba en la cima del poder y de la gloria, uno de mis influyentes amigos, integrante de una de las familias más importantes del país, presidenciable, para más datos, me presentó a quien sería el hombre de mi vida. Al principio creí que era una especie de rey Midas, todo lo que tocaba lo convertía en oro. Así que lo invité a compartir mi lecho, esperaba que sus largueros de madera se convirtieran en oro macizo. Era senador, y aunque mal hablado, como muchos de ellos, y de pésimo gusto para vestir, otro drama bastante generalizado entre mis compatriotas; yo creí que por fin haría algo grande con mi vida. A partir de ese momento me convertí en su sombra. Lo acompañaba a todas partes, con él, y con su compañero de fórmula, recorrí todo el país. Sólo que no era la fórmula 1, sino una más veloz y por lo tanto más peligrosa: la búsqueda de la silla dorada del palacio de gobierno. Esa no la podía transmutar en oro, había que ganarla. Así que todos los métodos fueron utilizados. Sin contemplaciones de ninguna índole. Sin pudor y sin remordimientos, me convertí en su cómplice. Quise apropiarme del paraíso y terminé recorriendo los nueve círculos del horror. Allí quedé atrapada para siempre, como un alma en pena. El rey Midas, no era sino un farsante, megalómano, mitómano y poseedor de la mente asesina más abyecta que se haya conocido hasta ahora. Lo comprendí muy tarde. Acabó con esta nación y en lo que a mí concierne me dejó sin nada. Para sobrevivir he debido dedicarme a las ventas por correspondencia. Las clases de glamour, que hubiese podido dictar a las jovencitas que se presentan cada año en sociedad, no funcionaron. Los hombres que me habían adorado, simplemente les dio amnesia y de la severa. Nadie se volvió a acordar de mi existencia. Hasta ahora que vuelvo del olvido a remover las cenizas que todo el mundo creía desperdigadas en los cuatro puntos cardinales. El pasado siempre regresa. La historia nos lo ha demostrado con creces. A veces lo solemos olvidar.