“El secreto de sus ojos” ganadora del Óscar a la mejor película extranjera (2010), así como del Festival Internacional del Cine de La Habana, del Premio Clarín y del Premio Sur. En el 2009, año de su estreno, fue vista por dos millones y medio de espectadores argentinos y ha sido la segunda película más taquillera de la filmografía argentina. Fue un proyecto realizado conjuntamente con España.
Dirigida por José Luis Campanella, con las actuaciones de Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella, y guión de Eduardo Sacheri y Juan José Campanella; “El secreto de sus ojos” es un thriller que nos pone en frente de la Argentina de 1974, cuando las oscuras fuerzas que sumirían al país en una de sus más desastrosas debacles, estaban aunando fuerzas para apropiarse del poder. Y en esto radica uno de los mayores logros de la película, la época nefasta del gobierno de Isabel Perón, la Triple A, Alianza Anticomunista Argentina, aparece tangencialmente; no obstante, se siente su enorme peso a todo lo largo de la película. Ya que la época de la represión, que conduciría a una de las peores dictaduras de la historia de América Latina, no es tema central del argumento, pero está presente en la historia de sus protagonistas; ya que el miedo se convierte en una segunda piel y termina por destruir sus sueños y sus vidas. Es una forma diferente de contar la historia, nos deja interrogantes, nos cuestiona, nos enfrenta a nuestra propia historia como pueblo latinoamericano y nos insta a conocerla mejor. No en vano siempre se ha dicho que el desconocimiento del pasado nos condena a su eterna repetición. Lo que ha vivido Colombia en los últimos ocho años es un claro ejemplo de ello.
Un funcionario de la justicia, Benjamín Espósito, ya jubilado, representado por Ricardo Darín, decide escribir un libro sobre el caso que le cambió su vida para siempre. Espósito recuerda sus años como agente de la justicia federal, y a sus compañeros de oficina, el dipsómano ayudante Pablo Sandoval (Guillermo Francela) e Irene Menéndez-Hastings (Soledad Villamil) jefa del Departamento de investigaciones. El recuerdo de la historia es una investigación de la brutal violación y posterior asesinato de una joven mujer. Lo que pudiera parecer una investigación anodina, como muchas de las que pueden enfrentar a diario los investigadores judiciales, se convierte en una historia de amor no convencional. Los secretos de 25 años atrás vuelven para asediar a sus protagonistas, y Espósito se da cuenta que si no enfrenta el pasado y desvela sus misterios, no podrá nunca reconciliarse consigo mismo, ni podrá vivir su única historia de amor.
Con “El secreto de sus ojos”, Campanella nos deslumbra con su manejo de la cámara, con su genio para armar las secuencias, su sensibilidad para crear sonidos, ambientes; pero también para mostrarnos el lado oculto del ser humano. Me refiero a la ternura, al amor, a los sueños, esos pequeños detalles que nos ennoblecen; al mismo tiempo que refleja las bajezas, venganzas y miserias, o la crueldad que acompaña muchas veces a los oscuros personajes que desean sobresalir a cualquier costo. Con esta película Juan José Campanella ha entrado por la puerta grande de la historia del cine y le ha dado a América Latina la posibilidad de ser nuevamente el foco de atención de la cultura.
En este blog podrán leerse artículos, poemas o cuentos sobre mujeres y hombres que han jugado un rol decisivo en la construcción de nuestro imaginario colectivo; bien sea a través de la literatura, del arte y por ende de la cultura.
viernes, 4 de junio de 2010
martes, 1 de junio de 2010
CLAUDE MONET Y CHAÏM SOUTINE (3o día)
(Visita realizada al Museo de L’Orangerie el 23 de mayo de 2010).
Aunque he visitado varias veces el Museo Jeu de Paume, aún no conocía su gemelo, L’Orangerie, situados los dos en el Jardín de las Tullerías. París es una ciudad infinita, culturalmente hablando, siempre nos sorprende, siempre tiene algo para mostrarnos, nunca acabamos de descubrirla por completo. Ni siquiera los parisinos la conocen a fondo. Así que no me ruborizo al decir que es hasta ahora que descubro las maravillas que alberga en su interior.
El Museo de L’Orangerie, conocido también con el apelativo de la Capilla Sixtina del Impresionismo, expone desde 1927 “Las Ninfeas” de Claude Monet (1846-1926). La sala fue especialmente adecuada para estas inmensas pinturas, ya que Monet las legó al Estado francés con la condición de encontrarles un lugar permanente. Georges Clemenceau (1841-1929), al aceptar su proposición, le pidió a Monet que él mismo decidiera como deseaba que sus pinturas fueran expuestas. De dos obras que inicialmente iba a donar, terminó por entregar 22 paneles, que componen a su vez 8 composiciones, para un total de 40 metros de lienzo. Este proyecto le llevó 14 años de arduo trabajo. En esta hermosa sala, recientemente renovada, el espectador puede sumergirse en el mundo poético y privado de Claude Monet. Me refiero a su casa de Giverny, a sus jardines y al lago artificial donde sembró cientos de nenúfares, que se convirtieron en su modelo predilecto y en un permanente laboratorio de experimentación pictórica. Monet vivió allí los últimos cuarenta años de su larga y prolífica vida. Es en estos jardines donde pudo entregarse sin reserva alguna a su gran pasión, la pintura; ya que los años de precariedad económica habían quedado atrás. Monet, desde muy temprano, había logrado un rompimiento absoluto de todos los cánones académicos; pero no es sino al final de su vida que logra, gracias a los nenúfares, acercarse a lo que posteriormente se conocería en la historia del arte como abstraccionismo. Hoy en día es considerado uno de sus precursores. Otros dos museos de visita obligatoria, en cuanto a Monet se refiere, son el de Marmottan y el de Orsay.
El Museo de L’Orangerie expone, además, dos importantes colecciones, una sobre la obra de Paul Klee, perteneciente a un importante galerista de arte, Ernest Bayeler, y la colección Walter-Guillaume con obras de Renoir, Cézanne, Modigliani, Rousseau, Laurencin, Picasso, Matisse, Derain, Utrillo y Soutine. La primera es itinerante y la segunda permanente. Y si bien reconozco que Paul Klee es un artista extraordinario, tampoco puedo negar que su obra no me hace vibrar. Por eso he decidido hablar sobre Chaïm Soutine, artista que hace parte de la colección Walter-Guillaume.
La Colección Walter-Guillaume, lleva el nombre de dos coleccionistas. Paul Guillaume, marchante de arte, cultivado y con una sensibilidad especial que le hizo comprender desde muy joven la importancia del arte moderno. Es de anotar que contó con la suerte de conocer muy joven a Guillaume Apollinaire, quien se convirtió en su mentor, y el poeta Max Jacob le presentó a personajes de la talla de Modigliani, De Chirico, Marie Laurencin, Picasso o Picabia, artistas que pasaron por su galería de arte. Paul Guillaume supo comprender desde el primer momento hasta qué punto tenía delante de sí obras que pasarían a la posteridad. Murió en el año de 1932. Su esposa Juliette Lacaze se convirtió en su heredera universal; tiempo después contrajo nupcias con el empresario Jean Walter; juntos continuaron la pasión de Guillaume. Poco antes de su muerte Madame Walter-Guillaume decidió donar la colección al Museo de L’Orangerie, que la expone desde 1984.
Y es esta colección la que me hizo descubrir un pintor extraordinario que nunca había oído nombrar: Chaïm Soutine (1893-1943), reconocido como el artista más patético del expresionismo de la escuela de París. Este pintor, de origen lituano, nació en el seno de una familia judía, enfrentada a una vida miserable. Su padre trabajaba como ayudante en un taller de sastrería y con su magro salario debía sostener una prole numerosa. El mismo Soutine comenzó a trabajar a los doce años en el taller de su tío. Pero su verdadera inclinación era la pintura y el dibujo. Su padre se oponía férreamente a esta pasión, ya que era un judío ortodoxo para quien las imágenes representadas por el hombre eran pecado. La austeridad religiosa y el miedo, asediaron su infancia y parte de su adolescencia; sin olvidar al hambre y al frío, que fueron prácticamente sus eternas compañeras. La angustia vivida en sus primeros años nunca lo abandonaría, fue la fuente primordial de su creación artística; no en vano muchos autores han dicho que la verdadera musa es la tragedia.
En 1913 llega a París, allí conoce a sus compatriotas Marc Chagall y Jacques Lipchitz, y luego encuentra a Modigliani, construyendo con él una larga amistad. Se vuelve un asiduo visitante del Museo del Louvre, y Rembrandt y Courbet se convierten en sus pintores predilectos. Rembrandt mismo es el modelo a seguir. No en vano años más tarde pintaría una obra “La res desollada”, en clara alusión a un célebre cuadro del pintor holandés. La anécdota de esta obra es bastante elocuente con respecto a la personalidad sombría de Soutine. En vez de trabajar directamente en un matadero, delante de la res que acababa de ser sacrificada, Soutine se la lleva directamente a su apartamento y allí procede a la elaboración del cuadro. Cuando el olor a carne descompuesta comienza a sentirse en los corredores, los vecinos llaman a la policía para que indaguen lo que sucede en la vivienda del pintor. Entre 1915 y 1919 descubre el sur de Francia. Sus pueblos fueron la base para un cuadro maravilloso titulado “Árbol caído” (1923-1924). Un inmenso árbol cae sobre un pueblo entero, pareciera como si sus casas fuesen como la vida misma del hombre, frágil y desamparada. En otro de sus cuadros aparece uno de los característicos pueblos franceses, pueblos suspendidos y cuyas casas se abaten las unas contra las otras, en una clara referencia a la precariedad de la existencia. Sus retratos nos muestran seres extraviados en sí mismos, alejados de todo intento de comunicación humana. Sus miradas no se dirigen a ninguna parte, ni siquiera se miran ellos mismos. Sin embargo, algunos colores utilizados, como el rojo, podrían dar destello de alegría al lienzo, como es el caso de “La joven inglesa” (1934). Pero en soutine el rojo, en vez de dar un tono de alegría a la composición, acentúa el desgarramiento interior de su personaje. En otras palabras, su obra nos enfrenta a nuestros propios demonios.
Hace poco una persona, muy cara a mis sentimientos, y a raíz de un artículo que publiqué en Papel Salmón sobre Haruki Murakami, me decía que tras la lectura de uno de sus libros “era muy difícil salir indemne”. Pues bien, al ver la exposición de Soutine recordé la frase y a su remitente; ya que sentí exactamente la misma sensación, me costó salir indemne. Y en el cuaderno que siempre me acompaña, anoté, como si de escritura automática se tratase, lo siguiente:
Su obra te lleva por terrenos baldíos, por arenas movedizas. Soutine te agarra de la mano, como si fuese una tenaza, y no te suelta, te sumerge en el desamparo, en el terror, en la pesadilla. Es una obra que molesta, que trata de ahogarte en aguas turbias; no se sale incólume después de haberla visto. Nos enfrenta a nuestros fantasmas, llama a gritos a los demonios que nos habitan, nos lleva por la cuerda floja como si fuésemos funámbulos en busca de un precipicio donde arrojarnos en una caída sin fin. O como si resbaláramos en un terreno cenagoso o fuésemos tragados por arenas movedizas, como si nos perdiésemos para siempre en un terreno hostil y desconocido. Al final tuve la impresión que para Soutine la vida es un hueco negro que atrae hasta el fondo. Este cúmulo de sensaciones lo había experimentado hace dos años con la gran exposición de Louise Bourgeois, organizada por el Centro Georges Pompidou, aunque de una manera mucho más intensa, (para mayor información puede leerse el artículo que publiqué en este mismo blog hace dos años). Esta sensación de extravío también la había sentido dos días antes cuando observaba atentamente la obra de Edvard Munch en La Pinacoteca, exposición reseñada en este blog, el pasado 29 de mayo.
Si bien los nenúfares de Monet me habían llevado al paraíso, Soutine me paseó por su propio infierno. Lo que quiero decir es que L’Orangerie nos enfrenta a dos lecturas diferentes, pero cada una de una riqueza invaluable. No en vano la vida misma nos hace bascular entre la alegría y la pesadilla a todo lo largo de nuestra existencia. Dejó como legado 482 obras, pero había pintado muchísimas más, desafortunadamente la mayoría de sus obras fueron destruidas por él mismo ya que no aceptaba ni la más leve crítica; pero otras fueron destruidas porque él mismo consideraba que no tenían valor artístico*.
Bibliografía: Musée de L’Orangerie. Guide de visite. Texte de Jean-Noël von der Weid. 2007
*Nota: No hace ni dos horas que terminé de escribir este artículo en el que hago alusión a la obra de Louise Borgeois; sin saber que había muerto en el día de ayer (31 de mayo 2010), tenía 98 años y una mente completamente lúcida, nunca dejó de trabajar. La paz sea en su tumba. Siempre la recordaré, no sólo como la excelente artista que se destacó a todo lo largo del siglo XX y en este primer decenio del XXI, sino como una mujer que supo luchar contra los avatares del tiempo, sin doblegarse nunca. Siempre será un faro en mi vida. Berta Lucía Estrada Estrada
Aunque he visitado varias veces el Museo Jeu de Paume, aún no conocía su gemelo, L’Orangerie, situados los dos en el Jardín de las Tullerías. París es una ciudad infinita, culturalmente hablando, siempre nos sorprende, siempre tiene algo para mostrarnos, nunca acabamos de descubrirla por completo. Ni siquiera los parisinos la conocen a fondo. Así que no me ruborizo al decir que es hasta ahora que descubro las maravillas que alberga en su interior.
El Museo de L’Orangerie, conocido también con el apelativo de la Capilla Sixtina del Impresionismo, expone desde 1927 “Las Ninfeas” de Claude Monet (1846-1926). La sala fue especialmente adecuada para estas inmensas pinturas, ya que Monet las legó al Estado francés con la condición de encontrarles un lugar permanente. Georges Clemenceau (1841-1929), al aceptar su proposición, le pidió a Monet que él mismo decidiera como deseaba que sus pinturas fueran expuestas. De dos obras que inicialmente iba a donar, terminó por entregar 22 paneles, que componen a su vez 8 composiciones, para un total de 40 metros de lienzo. Este proyecto le llevó 14 años de arduo trabajo. En esta hermosa sala, recientemente renovada, el espectador puede sumergirse en el mundo poético y privado de Claude Monet. Me refiero a su casa de Giverny, a sus jardines y al lago artificial donde sembró cientos de nenúfares, que se convirtieron en su modelo predilecto y en un permanente laboratorio de experimentación pictórica. Monet vivió allí los últimos cuarenta años de su larga y prolífica vida. Es en estos jardines donde pudo entregarse sin reserva alguna a su gran pasión, la pintura; ya que los años de precariedad económica habían quedado atrás. Monet, desde muy temprano, había logrado un rompimiento absoluto de todos los cánones académicos; pero no es sino al final de su vida que logra, gracias a los nenúfares, acercarse a lo que posteriormente se conocería en la historia del arte como abstraccionismo. Hoy en día es considerado uno de sus precursores. Otros dos museos de visita obligatoria, en cuanto a Monet se refiere, son el de Marmottan y el de Orsay.
El Museo de L’Orangerie expone, además, dos importantes colecciones, una sobre la obra de Paul Klee, perteneciente a un importante galerista de arte, Ernest Bayeler, y la colección Walter-Guillaume con obras de Renoir, Cézanne, Modigliani, Rousseau, Laurencin, Picasso, Matisse, Derain, Utrillo y Soutine. La primera es itinerante y la segunda permanente. Y si bien reconozco que Paul Klee es un artista extraordinario, tampoco puedo negar que su obra no me hace vibrar. Por eso he decidido hablar sobre Chaïm Soutine, artista que hace parte de la colección Walter-Guillaume.
La Colección Walter-Guillaume, lleva el nombre de dos coleccionistas. Paul Guillaume, marchante de arte, cultivado y con una sensibilidad especial que le hizo comprender desde muy joven la importancia del arte moderno. Es de anotar que contó con la suerte de conocer muy joven a Guillaume Apollinaire, quien se convirtió en su mentor, y el poeta Max Jacob le presentó a personajes de la talla de Modigliani, De Chirico, Marie Laurencin, Picasso o Picabia, artistas que pasaron por su galería de arte. Paul Guillaume supo comprender desde el primer momento hasta qué punto tenía delante de sí obras que pasarían a la posteridad. Murió en el año de 1932. Su esposa Juliette Lacaze se convirtió en su heredera universal; tiempo después contrajo nupcias con el empresario Jean Walter; juntos continuaron la pasión de Guillaume. Poco antes de su muerte Madame Walter-Guillaume decidió donar la colección al Museo de L’Orangerie, que la expone desde 1984.
Y es esta colección la que me hizo descubrir un pintor extraordinario que nunca había oído nombrar: Chaïm Soutine (1893-1943), reconocido como el artista más patético del expresionismo de la escuela de París. Este pintor, de origen lituano, nació en el seno de una familia judía, enfrentada a una vida miserable. Su padre trabajaba como ayudante en un taller de sastrería y con su magro salario debía sostener una prole numerosa. El mismo Soutine comenzó a trabajar a los doce años en el taller de su tío. Pero su verdadera inclinación era la pintura y el dibujo. Su padre se oponía férreamente a esta pasión, ya que era un judío ortodoxo para quien las imágenes representadas por el hombre eran pecado. La austeridad religiosa y el miedo, asediaron su infancia y parte de su adolescencia; sin olvidar al hambre y al frío, que fueron prácticamente sus eternas compañeras. La angustia vivida en sus primeros años nunca lo abandonaría, fue la fuente primordial de su creación artística; no en vano muchos autores han dicho que la verdadera musa es la tragedia.
En 1913 llega a París, allí conoce a sus compatriotas Marc Chagall y Jacques Lipchitz, y luego encuentra a Modigliani, construyendo con él una larga amistad. Se vuelve un asiduo visitante del Museo del Louvre, y Rembrandt y Courbet se convierten en sus pintores predilectos. Rembrandt mismo es el modelo a seguir. No en vano años más tarde pintaría una obra “La res desollada”, en clara alusión a un célebre cuadro del pintor holandés. La anécdota de esta obra es bastante elocuente con respecto a la personalidad sombría de Soutine. En vez de trabajar directamente en un matadero, delante de la res que acababa de ser sacrificada, Soutine se la lleva directamente a su apartamento y allí procede a la elaboración del cuadro. Cuando el olor a carne descompuesta comienza a sentirse en los corredores, los vecinos llaman a la policía para que indaguen lo que sucede en la vivienda del pintor. Entre 1915 y 1919 descubre el sur de Francia. Sus pueblos fueron la base para un cuadro maravilloso titulado “Árbol caído” (1923-1924). Un inmenso árbol cae sobre un pueblo entero, pareciera como si sus casas fuesen como la vida misma del hombre, frágil y desamparada. En otro de sus cuadros aparece uno de los característicos pueblos franceses, pueblos suspendidos y cuyas casas se abaten las unas contra las otras, en una clara referencia a la precariedad de la existencia. Sus retratos nos muestran seres extraviados en sí mismos, alejados de todo intento de comunicación humana. Sus miradas no se dirigen a ninguna parte, ni siquiera se miran ellos mismos. Sin embargo, algunos colores utilizados, como el rojo, podrían dar destello de alegría al lienzo, como es el caso de “La joven inglesa” (1934). Pero en soutine el rojo, en vez de dar un tono de alegría a la composición, acentúa el desgarramiento interior de su personaje. En otras palabras, su obra nos enfrenta a nuestros propios demonios.
Hace poco una persona, muy cara a mis sentimientos, y a raíz de un artículo que publiqué en Papel Salmón sobre Haruki Murakami, me decía que tras la lectura de uno de sus libros “era muy difícil salir indemne”. Pues bien, al ver la exposición de Soutine recordé la frase y a su remitente; ya que sentí exactamente la misma sensación, me costó salir indemne. Y en el cuaderno que siempre me acompaña, anoté, como si de escritura automática se tratase, lo siguiente:
Su obra te lleva por terrenos baldíos, por arenas movedizas. Soutine te agarra de la mano, como si fuese una tenaza, y no te suelta, te sumerge en el desamparo, en el terror, en la pesadilla. Es una obra que molesta, que trata de ahogarte en aguas turbias; no se sale incólume después de haberla visto. Nos enfrenta a nuestros fantasmas, llama a gritos a los demonios que nos habitan, nos lleva por la cuerda floja como si fuésemos funámbulos en busca de un precipicio donde arrojarnos en una caída sin fin. O como si resbaláramos en un terreno cenagoso o fuésemos tragados por arenas movedizas, como si nos perdiésemos para siempre en un terreno hostil y desconocido. Al final tuve la impresión que para Soutine la vida es un hueco negro que atrae hasta el fondo. Este cúmulo de sensaciones lo había experimentado hace dos años con la gran exposición de Louise Bourgeois, organizada por el Centro Georges Pompidou, aunque de una manera mucho más intensa, (para mayor información puede leerse el artículo que publiqué en este mismo blog hace dos años). Esta sensación de extravío también la había sentido dos días antes cuando observaba atentamente la obra de Edvard Munch en La Pinacoteca, exposición reseñada en este blog, el pasado 29 de mayo.
Si bien los nenúfares de Monet me habían llevado al paraíso, Soutine me paseó por su propio infierno. Lo que quiero decir es que L’Orangerie nos enfrenta a dos lecturas diferentes, pero cada una de una riqueza invaluable. No en vano la vida misma nos hace bascular entre la alegría y la pesadilla a todo lo largo de nuestra existencia. Dejó como legado 482 obras, pero había pintado muchísimas más, desafortunadamente la mayoría de sus obras fueron destruidas por él mismo ya que no aceptaba ni la más leve crítica; pero otras fueron destruidas porque él mismo consideraba que no tenían valor artístico*.
Bibliografía: Musée de L’Orangerie. Guide de visite. Texte de Jean-Noël von der Weid. 2007
*Nota: No hace ni dos horas que terminé de escribir este artículo en el que hago alusión a la obra de Louise Borgeois; sin saber que había muerto en el día de ayer (31 de mayo 2010), tenía 98 años y una mente completamente lúcida, nunca dejó de trabajar. La paz sea en su tumba. Siempre la recordaré, no sólo como la excelente artista que se destacó a todo lo largo del siglo XX y en este primer decenio del XXI, sino como una mujer que supo luchar contra los avatares del tiempo, sin doblegarse nunca. Siempre será un faro en mi vida. Berta Lucía Estrada Estrada
domingo, 30 de mayo de 2010
WILLIAM TURNER (2o día)
(Vista realizada al Museo Grand Palais, París, el sábado 22 de mayo 2010)
La primera vez que escuché el nombre de William Turner (1775-1851), fue en el curso de Historia del Arte que debí tomar en la universidad por espacio de 8 semestres; y aunque había elegido la literatura como formación profesional, el arte tenía un lugar muy importante en el currículum. Tuve una profesora excelente que supo sembrar en lo más profundo de mi ser un intenso amor por el arte, siempre le estaré agradecida. Turner me fue presentado, junto con John Constable (1776-1837), como uno de los precursores del movimiento que partiría la historia del arte en dos: El Impresionismo. Así ellos no hubieran vivido para darse cuenta hasta que punto su pincelada, su paleta, la concepción de sus temas, había dado paso a una verdadera revolución artística. Y es que los grandes pintores y escultores son aquellos que se arriesgan, que osan hacer algo diferente. La verdad sea dicha no me gustan los artistas que se repiten hasta la saciedad, como un Botero; en otras palabras no me gusta cuando un artista encuentra la gallina de los huevos de oro y la explota hasta el infinito. No en vano Pablo Picasso (1881-1973) solía decir que cada vez que la obra de una de sus épocas pictóricas comenzaba a venderse fácilmente, inmediatamente cambiaba de estilo, nunca se repitió, siempre buscó la innovación, sentía horror de copiarse a sí mismo, pero no de copiar a los clásicos. William Turner fue uno de los pioneros en comprender este postulado, mucho antes que Picasso naciera. Otra de las frases de Picasso era: “Un artista copia, un gran artista roba”. Turner no copiaba las ideas de los otros, las robaba y les daba su toque personal, que no era sino el de un genio de la pintura; ya que sabía admirar la obra de su tiempo y se servía de ella cuando lo consideraba necesario.
Turner y sus pintores es el nombre de la exposición que tuvo lugar en el Museo Grand Palais de París, (de febrero a mayo de 2010). Una exposición que ha sido realizada en asociación con la Galería Tate Britain de Londres y el Museo El Prado de Madrid. Esta exposición no sólo recoge la pintura de varios museos sino que se expone de una forma bastante original y pedagógica, ya que los lienzos de Turner son expuestos al lado de las pinturas y de los autores que tuvieron una gran influencia en su desarrollo pictórico, léase artistas que lo habían precedido como algunos de sus contemporáneos.
Es el caso de una de sus obras cumbres, “Helvoetsluys”, que comparte la misma sala de “La inauguración del Puente de Waterloo” de John Constable. Estas dos obras habían sido expuestas por primera vez en la Royal Academy en el año de 1832, una al lado de la otra. Con respecto a estos dos lienzos existe una anécdota bastante elocuente sobre la personalidad de Turner. Cada vez que había una exposición se trasladaba con su lienzo y paleta al museo donde iba a realizarse la muestra pictórica y allí trabajaba hasta el último momento, sólo dejaba de trabajar el día de la inauguración. Esto le daba la posibilidad de estudiar ampliamente las obras que iban a exponerse al lado de la suya y le permitía hacer algunos cambios con el objetivo final de opacar el trabajo de sus colegas y resaltar el suyo. En el caso de la marina señalada, Turner comprendió que el trabajo desarrollado por Constable aventajaba el suyo, gracias al brillante dominio de la representación atmosférica, en este caso preciso el cielo pluvioso de Londres, tema que Constable manejaba a la perfección; además había utilizado el color rojo para resaltar algunos aspectos de la obra, entre ellos dos de los barcos allí representados, lo que confería al cuadro un aspecto festivo, necesario para conmemorar la gran derrota de las tropas francesas y la consecuente caída de Napoleón. El rojo, en medio de una gama de tonos grises, daba a su obra un destello inusitado. Así que después de observar el lienzo detenidamente, Turner decidió dar un toque final a su marina, que resultaría a la postre una excelente decisión y que haría de ella una verdadera obra maestra; simplemente pintó sobre las olas una especie de mancha bermellón, con el resultado que su obra se transformó y ganó fuerza, sobrepasando con creces la marina de Constable. Esta anécdota muestra a qué punto Turner sabía mirar y apreciar la obra de sus contemporáneos; aspecto que no siempre ha sido la característica de los artistas, enfrentados generalmente en pequeñas rencillas y celos profesionales.
Esta costumbre de trabajar hasta el último momento en el lugar preciso de la exposición hacía que los pintores temieran que sus obras fuesen expuestas en la misma sala que las del Maestro. Solían decir que colgar uno de sus cuadros al lado de un Turner era como colgarlo al lado de una ventana, ya que era el Turner el que se llevaba todas las miradas, haciendo invisibles todas las demás. Fue exactamente lo que pasó con la marina ya señalada de Constable. Y es que Turner fue un verdadero maestro de la representación pictórica del mar, lo que lo llevó a hacer circular una leyenda en la que aseguraba que estando en un barco había sobrevivido a una tempestad marina porque se había agarrado fuertemente de un mástil para no caer al mar enfurecido.
Turner fue un viajero incansable y un gran admirador del Museo del Louvre que había abierto sus puertas al público en 1793. Allí conoció la obra de Claude Lorrain, de Nicolás Poussin y de Antoine Watteau. En Holanda conoció la obra de Rembrandt y en Italia, la de Raphael, Tiziano y Canaletto, entre otros.
Turner es el pintor de lo etéreo, de lo inaprensible. Gracias a su gran capacidad de observación, a su paciencia y a su disciplina, ha sido considerado como el pintor del agua, del fuego, del cielo. Logró palpar lo impalpable y transmitirlo en un lenguaje poético. Esto permite que la sensibilidad del artista sea plenamente percibida por el espectador, pero también por los pintores que lo sucedieron. Es el caso del cuadro “El incendio del Parlamento” (1834-1835), tema que retomaría años más tarde Claude Monet (1840-1926). O bien, el color amarillo imperante en su óleo “El Temerario remolcado a dique seco” (1839), indudablemente tuvo una gran influencia en Vincent Van Gogh (1853-1890). Su gusto por la fugacidad, superficies borrosas, difuminados y colores intensos, serían tomados por los impresionistas, así como su estudio de la luz natural. Ha sido también considerado como precursor del abstraccionismo, para lo cual citaría su óleo “Paisaje de río con bahía al fondo” (1835).
En 1804 abrió una galería de arte donde exponía su propia obra y en 1822 la adecuó con un sofisticado sistema de iluminación cenital, cubrió sus paredes con pintura roja, transformando así su galería en un verdadero museo dedicado a su propia obra; un gesto extraordinario para su época, que muestra a qué punto estaba convencido de su genialidad.
En el momento de su muerte había legado su producción artística a la nación inglesa: 19000 dibujos y más de 200 lienzos. En su testamento señaló que una de sus marinas fuese expuesta siempre al lado de una marina de Le Lorrain. Su herencia fue entonces distribuida entre la National Gallery y la Tate Britain. Sus restos reposan en la Catedral de San Paul, no lejos de Lord Nelson y de otros personajes importantes de la historia británica. William Turner preside para siempre el lugar más importante en el panteón de la pintura inglesa, siendo reconocido como el más grande pintor inglés de todos los tiempos.
Bibliografía:
CLAY, Jean. L’Impressionisme. Hachette. Paris, 1971. (Préface de René Huyghe, de l’Académie Française, Professeur au Collège de France).
FAROULT, Guillaume. Turner et ses peintres. Album de l’exposition. Éditions de la réunion des musées nationaux. Paris, 2010.
HILLYER et Huey. Petite histoire de l’art et des artistas. Fernand Nathan. París.
Turner y sus pintores es el nombre de la exposición que tuvo lugar en el Museo Grand Palais de París, (de febrero a mayo de 2010). Una exposición que ha sido realizada en asociación con la Galería Tate Britain de Londres y el Museo El Prado de Madrid. Esta exposición no sólo recoge la pintura de varios museos sino que se expone de una forma bastante original y pedagógica, ya que los lienzos de Turner son expuestos al lado de las pinturas y de los autores que tuvieron una gran influencia en su desarrollo pictórico, léase artistas que lo habían precedido como algunos de sus contemporáneos.
Es el caso de una de sus obras cumbres, “Helvoetsluys”, que comparte la misma sala de “La inauguración del Puente de Waterloo” de John Constable. Estas dos obras habían sido expuestas por primera vez en la Royal Academy en el año de 1832, una al lado de la otra. Con respecto a estos dos lienzos existe una anécdota bastante elocuente sobre la personalidad de Turner. Cada vez que había una exposición se trasladaba con su lienzo y paleta al museo donde iba a realizarse la muestra pictórica y allí trabajaba hasta el último momento, sólo dejaba de trabajar el día de la inauguración. Esto le daba la posibilidad de estudiar ampliamente las obras que iban a exponerse al lado de la suya y le permitía hacer algunos cambios con el objetivo final de opacar el trabajo de sus colegas y resaltar el suyo. En el caso de la marina señalada, Turner comprendió que el trabajo desarrollado por Constable aventajaba el suyo, gracias al brillante dominio de la representación atmosférica, en este caso preciso el cielo pluvioso de Londres, tema que Constable manejaba a la perfección; además había utilizado el color rojo para resaltar algunos aspectos de la obra, entre ellos dos de los barcos allí representados, lo que confería al cuadro un aspecto festivo, necesario para conmemorar la gran derrota de las tropas francesas y la consecuente caída de Napoleón. El rojo, en medio de una gama de tonos grises, daba a su obra un destello inusitado. Así que después de observar el lienzo detenidamente, Turner decidió dar un toque final a su marina, que resultaría a la postre una excelente decisión y que haría de ella una verdadera obra maestra; simplemente pintó sobre las olas una especie de mancha bermellón, con el resultado que su obra se transformó y ganó fuerza, sobrepasando con creces la marina de Constable. Esta anécdota muestra a qué punto Turner sabía mirar y apreciar la obra de sus contemporáneos; aspecto que no siempre ha sido la característica de los artistas, enfrentados generalmente en pequeñas rencillas y celos profesionales.
Esta costumbre de trabajar hasta el último momento en el lugar preciso de la exposición hacía que los pintores temieran que sus obras fuesen expuestas en la misma sala que las del Maestro. Solían decir que colgar uno de sus cuadros al lado de un Turner era como colgarlo al lado de una ventana, ya que era el Turner el que se llevaba todas las miradas, haciendo invisibles todas las demás. Fue exactamente lo que pasó con la marina ya señalada de Constable. Y es que Turner fue un verdadero maestro de la representación pictórica del mar, lo que lo llevó a hacer circular una leyenda en la que aseguraba que estando en un barco había sobrevivido a una tempestad marina porque se había agarrado fuertemente de un mástil para no caer al mar enfurecido.
Turner fue un viajero incansable y un gran admirador del Museo del Louvre que había abierto sus puertas al público en 1793. Allí conoció la obra de Claude Lorrain, de Nicolás Poussin y de Antoine Watteau. En Holanda conoció la obra de Rembrandt y en Italia, la de Raphael, Tiziano y Canaletto, entre otros.
Turner es el pintor de lo etéreo, de lo inaprensible. Gracias a su gran capacidad de observación, a su paciencia y a su disciplina, ha sido considerado como el pintor del agua, del fuego, del cielo. Logró palpar lo impalpable y transmitirlo en un lenguaje poético. Esto permite que la sensibilidad del artista sea plenamente percibida por el espectador, pero también por los pintores que lo sucedieron. Es el caso del cuadro “El incendio del Parlamento” (1834-1835), tema que retomaría años más tarde Claude Monet (1840-1926). O bien, el color amarillo imperante en su óleo “El Temerario remolcado a dique seco” (1839), indudablemente tuvo una gran influencia en Vincent Van Gogh (1853-1890). Su gusto por la fugacidad, superficies borrosas, difuminados y colores intensos, serían tomados por los impresionistas, así como su estudio de la luz natural. Ha sido también considerado como precursor del abstraccionismo, para lo cual citaría su óleo “Paisaje de río con bahía al fondo” (1835).
En 1804 abrió una galería de arte donde exponía su propia obra y en 1822 la adecuó con un sofisticado sistema de iluminación cenital, cubrió sus paredes con pintura roja, transformando así su galería en un verdadero museo dedicado a su propia obra; un gesto extraordinario para su época, que muestra a qué punto estaba convencido de su genialidad.
En el momento de su muerte había legado su producción artística a la nación inglesa: 19000 dibujos y más de 200 lienzos. En su testamento señaló que una de sus marinas fuese expuesta siempre al lado de una marina de Le Lorrain. Su herencia fue entonces distribuida entre la National Gallery y la Tate Britain. Sus restos reposan en la Catedral de San Paul, no lejos de Lord Nelson y de otros personajes importantes de la historia británica. William Turner preside para siempre el lugar más importante en el panteón de la pintura inglesa, siendo reconocido como el más grande pintor inglés de todos los tiempos.
Bibliografía:
CLAY, Jean. L’Impressionisme. Hachette. Paris, 1971. (Préface de René Huyghe, de l’Académie Française, Professeur au Collège de France).
FAROULT, Guillaume. Turner et ses peintres. Album de l’exposition. Éditions de la réunion des musées nationaux. Paris, 2010.
HILLYER et Huey. Petite histoire de l’art et des artistas. Fernand Nathan. París.
viernes, 28 de mayo de 2010
EDVARD MUNCH O EL ANTIGRITO (1 día)
(Visita realizada al Museo de La Pinacoteca, París,el vendredi 21 de mayo de 2010)
Para cualquier persona escuchar hablar de París es despertar sus más íntimos anhelos de conocer o volver a visitar esta ciudad que está ancorada en lo más profundo de nuestro imaginario colectivo. Su nombre deja una estela de suspiros, sólo equiparables al nombre del amado. Es mi ciudad bien amada. Siempre digo que no conozco otra que sea más hermosa, debe de ser porque una gran parte de mi juventud la tuvo como escenario. A ella le debo una parte muy importante de mi formación profesional y de mi desarrollo como ser humano. Visitarla es como recorrer un inmenso museo. Sus calles, callejuelas, avenidas, pasajes, edificios, monumentos, iglesias, restaurantes, cafés, bistrots, parques, galerías de arte, bibliotecas, librerías, salas de concierto o de teatro, son de por sí un inmenso regalo a los ojos y a la sensibilidad artística. Ni que decir de sus museos. Acabo de estar en París cinco días y cada día visité uno de ellos. Siempre lo hago y nunca me canso. En esta ciudad he visto exposiciones maravillosas, como la de Louise Bourgeois hace dos años. En esta ocasión visité los siguientes museos: La Pinacoteca, cuyas paredes acogen la obra de Edvard Munch, El Grand Palais, que albergó hasta el pasado 25 de mayo una parte importante de la obra de William Turner y de sus contemporáneos, L’Orangerie, que expone desde 1927 las Nimfeas de Claude Monet y en cuyo subsuelo está expuesta temporalmente la colección de obras de Paul Klee, perteneciente a Ernest Beyeler y la colección de Jean Walter y Paul Guillaume, el Museo Jacquemart-André que expone la más importante colección de arte realizada por un latinoamericano, el mexicano Juan Antonio Pérez Simón, la cual abarca una importante representación del arte español y por último el Museo Marmottan, que acoge varias de las obras de Monet, entre ellas la célebre “Impressions, soleil levant”, que dio lugar al nombre del grupo al que perteneció y del cual fue su más importante representante: El Impresionismo. Y en este mismo museo puede visitarse al final de esta primavera, una exposición con un título bastante poético y que nos sumerge en un dulce saudade, “Las mujeres en tiempo de Proust”. Allí pude deleitarme con la obra de la gran pintora impresionista Berthe Morizot (1841-1895) y descubrir a una exquisita acuarelista y dibujante, Madeleine Lemaire (1845-1928).
Y como cada exposición amerita al menos un breve artículo, voy a dedicar cinco entregas para tratar de asimilar la emoción sentida y poder trasmitirla a través de las palabras.
EDVARD MUNCH O EL ANTIGRITO, este es el nombre de la exposición que actualmente se encuentra expuesta en el Museo de la Pinacoteca, Plaza de La Magdalena, París. Este genial pintor noruego es conocido básicamente por una obra “El Grito”, lo que ha llevado a que su extensa producción pictórica sea prácticamente desconocida por fuera de su país natal; es por ello que La Pinacoteca decidió no exponer la obra que ha opacado todas las demás. Tanto “El Grito” como “Niñas sobre un puente”, son dos pinturas que me siempre me han impactado, pero tener la posibilidad de ver más de 150 pinturas de Munch, poder observar toda su trayectoria artística, descubrir su vida marcada por el sufrimiento, la enfermedad y el alcohol, me ayudó a entender más a este artista melancólico, violento, reservado, viajero, exiliado en sí mismo. Su paleta, -cargada de colores rojos, verdes, azules-, su pincelada alargada y libre, sus grabados de mujeres solas, prisioneras de sí mismas -ya que sus largas cabelleras se convierten en barrotes- o sus parejas de amantes que se besan y abrazan como si se lanzasen a un precipicio o los retratos que nos muestran una soledad infinita e inconmensurable, nos recuerdan el sufrimiento permanente del artista. Y es que la infancia de Edvard Munch (1863-1944) estuvo marcada por la tragedia. Su madre murió de tuberculosis a la edad de treinta años, cuando Munch aún era un niño. Su abuela había muerto de la misma enfermedad a los treinta y seis años y su hermana las siguió por la misma senda cuando sólo tenía quince; e incluso Munch estuvo a punto de morir por una hemorragia pulmonar a los trece años. Él mismo diría años más tarde, en una frase lapidaria, “vivo con los muertos”. La muerte se convierte en su compañera perpetua, en su verdadera amante, en su única amada. Por otra parte, Munch leía y admiraba a Baudelaire, es posible que su poema “La Carroña”, lo haya también influenciado en esa obsesión que lo poseyó durante toda su vida con respecto a la muerte. En cuanto al hermoso poema titulado “La Cabellera”, pudo haberlo inspirado para pintar esas mujeres con largas melenas, como si fuesen medusas; y en las cuales queda atrapada su propia existencia, o la del amado, como lo había anotado anteriormente. Es el caso de la litografías “Vampiro II”, realizada en 1895, o “Celos” (1896), o bien “Madame” (1895).
Desde 1880 había entrado a formar parte de un agrupación de bohemios dirigidos por el escritor Hans Jaeger (1854-1910) y por el pintor Christian Krohg (1852-1925). El círculo estaba formado por intelectuales y pintores que se revelaban contra el exceso de puritanismo de la Noruega de finales del siglo XIX, por lo que Munch se convirtió fácilmente en el hazmerreír del grupo, ya que su padre era un religioso fanático y bastante puritano. Pero también se revelaba contra las injusticias sociales de la época. Es de anotar que aún no existía la seguridad social, ni la jubilación. Las jornadas de trabajo eran de 12 horas diarias, durante 6 días a la semana, y el trabajo de los niños aún no estaba reglamentado, así que trabajaban por un salario de miseria, en horarios iguales al de los adultos. Las empleadas domésticas trabajaban en jornadas que podían llegar fácilmente a las 16 horas. Las mujeres trabajaban igual que los hombres pero recibían una paga inferior. Las condiciones de higiene eran deplorables y la tuberculosis estaba presente en todas las esferas sociales, pero especialmente en las más desfavorecidas. La enfermedad, la muerte, la miseria, el despertar de la sexualidad, el alcoholismo, son los temas centrales de su obra. Los representa con una furia indescriptible y le da a sus obras un aire de inacabadas que será su sello personal; como si la tragedia no se acabase nunca y siguiese moviendo los hilos de la vida más allá de la muerte misma. Él mismo solía decir que "La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida".
A la muerte de su progenitor, en 1889, Munch entra en una etapa de gran inestabilidad que lo llevará a viajar incansablemente durante 15 años. Visita varias veces Francia y conoce y estudia la obra de los impresionistas, como Monet o Pissarro y de los posimpresionistas, como Van Gogh o Toulouse- Lautrec. Se familiariza con la pincelada libre y su paleta se aclara, aprende a trabajar en espacios abiertos, aprovechando la luz natural.
La obra de Munch, es la representación de la incomunicación humana, de la soledad, del hastío; tal y como se observa en los grabados sobre madera titulados “Los solitarios (dos personas)”, realizado en 1899 y “Dos mujeres en la rivera”, (1908-1909). Su obra pictórica refleja el dolor en toda su dimensión, como si el artista no creyera en la felicidad, ni siquiera en momentos de alegría efímera. No obstante, en algunos de sus cuadros hay una verdadera explosión de color, que anticipa la fiesta que estallará con los fauves o la explosión del expresionismo. Es el caso de “El sombrero rojo”, óleo realizado en 1891. Otra de sus características más sobresalientes son los personajes desprovistos de un rostro, como si las manchas que lo representan significasen el anonimato más absoluto o la miseria humana que suele acompañarlo. Es el caso del óleo “Las Bañistas” (1904-1905). No obstante, toda su obra está marcada por un grito infinito, desgarrador, que sale de lo más profundo de su alma atormentada, como si nunca hubiese conocido el sosiego. Su obra, aún aquella que representa la figura humana, es como un mar enfurecido, como una tormenta que sólo deja a su paso desolación y muerte. Su obra carece de esperanza, es una condena que no tiene fin y de la que es imposible escapar.
En 1899 ingresa en un sanatorio para someterse a una cura contra su alcoholismo. En1902, tras una pelea violenta con su compañera Tulla Larsen, con quien comparte su vida desde 1898, se hiere la mano derecha con un tiro de revolver. En 1908 cae en una depresión nerviosa que lo lleva a internarse durante seis meses en la clínica del Dr. Jacobson. En esta época sufre de alucinaciones y de paranoia. Él mismo decía que su desorden mental era la fuente de su genialidad. Al igual que Virginia Woolf, se cree que la enfermedad que lo aquejaba era un trastorno bipolar. En 1930 sufre una grave enfermedad que lo deja casi ciego. Es en este período que realiza una gran serie de autorretratos, sirviéndose de la fotografía como medio pictórico. En 1937 los nazis confiscan 82 pinturas que estaban repartidas en los museos alemanes y lo declaran “artista degenerado”. En 1940, durante la ocupación noruega por parte de las tropas alemanas, Munch rechaza todo contacto con las tropas nazis y se retira aún más de lo que ya había estado en los últimos años. En 1943 recibe múltiples homenajes de la parte de los distintos estamentos sociales, culturales y políticos noruegos.
Edvard Munch muere el 23 de enero de 1944 en Ekely, cerca de Christianía, la cual había cambiado su nombre por el de Oslo en 1926. Nunca dejó de pintar. Sus últimos cuadros, básicamente autorretratos, son de una fuerza avasalladora que nos revelan el genio que siempre fue. No en vano solía decir: “Mi arte es una confesión de lo que yo hago”, y yo podría agregar: una muestra de lo que soy. Legó toda su obra a la Municipalidad de Oslo, es decir mil pinturas, 18.000 grabados y cerca de 5000 acuarelas y dibujos. En otras palabras, una obra mucho más extensa que “El Grito”, la obra que todos conocemos.
Bibliografía:
Edvard Munch ou l’anti-cris. Connaissance des arts. Paris, 2010.
Edvard Munch, película de Peter Watkins (1974).
Para cualquier persona escuchar hablar de París es despertar sus más íntimos anhelos de conocer o volver a visitar esta ciudad que está ancorada en lo más profundo de nuestro imaginario colectivo. Su nombre deja una estela de suspiros, sólo equiparables al nombre del amado. Es mi ciudad bien amada. Siempre digo que no conozco otra que sea más hermosa, debe de ser porque una gran parte de mi juventud la tuvo como escenario. A ella le debo una parte muy importante de mi formación profesional y de mi desarrollo como ser humano. Visitarla es como recorrer un inmenso museo. Sus calles, callejuelas, avenidas, pasajes, edificios, monumentos, iglesias, restaurantes, cafés, bistrots, parques, galerías de arte, bibliotecas, librerías, salas de concierto o de teatro, son de por sí un inmenso regalo a los ojos y a la sensibilidad artística. Ni que decir de sus museos. Acabo de estar en París cinco días y cada día visité uno de ellos. Siempre lo hago y nunca me canso. En esta ciudad he visto exposiciones maravillosas, como la de Louise Bourgeois hace dos años. En esta ocasión visité los siguientes museos: La Pinacoteca, cuyas paredes acogen la obra de Edvard Munch, El Grand Palais, que albergó hasta el pasado 25 de mayo una parte importante de la obra de William Turner y de sus contemporáneos, L’Orangerie, que expone desde 1927 las Nimfeas de Claude Monet y en cuyo subsuelo está expuesta temporalmente la colección de obras de Paul Klee, perteneciente a Ernest Beyeler y la colección de Jean Walter y Paul Guillaume, el Museo Jacquemart-André que expone la más importante colección de arte realizada por un latinoamericano, el mexicano Juan Antonio Pérez Simón, la cual abarca una importante representación del arte español y por último el Museo Marmottan, que acoge varias de las obras de Monet, entre ellas la célebre “Impressions, soleil levant”, que dio lugar al nombre del grupo al que perteneció y del cual fue su más importante representante: El Impresionismo. Y en este mismo museo puede visitarse al final de esta primavera, una exposición con un título bastante poético y que nos sumerge en un dulce saudade, “Las mujeres en tiempo de Proust”. Allí pude deleitarme con la obra de la gran pintora impresionista Berthe Morizot (1841-1895) y descubrir a una exquisita acuarelista y dibujante, Madeleine Lemaire (1845-1928).
Y como cada exposición amerita al menos un breve artículo, voy a dedicar cinco entregas para tratar de asimilar la emoción sentida y poder trasmitirla a través de las palabras.
EDVARD MUNCH O EL ANTIGRITO, este es el nombre de la exposición que actualmente se encuentra expuesta en el Museo de la Pinacoteca, Plaza de La Magdalena, París. Este genial pintor noruego es conocido básicamente por una obra “El Grito”, lo que ha llevado a que su extensa producción pictórica sea prácticamente desconocida por fuera de su país natal; es por ello que La Pinacoteca decidió no exponer la obra que ha opacado todas las demás. Tanto “El Grito” como “Niñas sobre un puente”, son dos pinturas que me siempre me han impactado, pero tener la posibilidad de ver más de 150 pinturas de Munch, poder observar toda su trayectoria artística, descubrir su vida marcada por el sufrimiento, la enfermedad y el alcohol, me ayudó a entender más a este artista melancólico, violento, reservado, viajero, exiliado en sí mismo. Su paleta, -cargada de colores rojos, verdes, azules-, su pincelada alargada y libre, sus grabados de mujeres solas, prisioneras de sí mismas -ya que sus largas cabelleras se convierten en barrotes- o sus parejas de amantes que se besan y abrazan como si se lanzasen a un precipicio o los retratos que nos muestran una soledad infinita e inconmensurable, nos recuerdan el sufrimiento permanente del artista. Y es que la infancia de Edvard Munch (1863-1944) estuvo marcada por la tragedia. Su madre murió de tuberculosis a la edad de treinta años, cuando Munch aún era un niño. Su abuela había muerto de la misma enfermedad a los treinta y seis años y su hermana las siguió por la misma senda cuando sólo tenía quince; e incluso Munch estuvo a punto de morir por una hemorragia pulmonar a los trece años. Él mismo diría años más tarde, en una frase lapidaria, “vivo con los muertos”. La muerte se convierte en su compañera perpetua, en su verdadera amante, en su única amada. Por otra parte, Munch leía y admiraba a Baudelaire, es posible que su poema “La Carroña”, lo haya también influenciado en esa obsesión que lo poseyó durante toda su vida con respecto a la muerte. En cuanto al hermoso poema titulado “La Cabellera”, pudo haberlo inspirado para pintar esas mujeres con largas melenas, como si fuesen medusas; y en las cuales queda atrapada su propia existencia, o la del amado, como lo había anotado anteriormente. Es el caso de la litografías “Vampiro II”, realizada en 1895, o “Celos” (1896), o bien “Madame” (1895).
Desde 1880 había entrado a formar parte de un agrupación de bohemios dirigidos por el escritor Hans Jaeger (1854-1910) y por el pintor Christian Krohg (1852-1925). El círculo estaba formado por intelectuales y pintores que se revelaban contra el exceso de puritanismo de la Noruega de finales del siglo XIX, por lo que Munch se convirtió fácilmente en el hazmerreír del grupo, ya que su padre era un religioso fanático y bastante puritano. Pero también se revelaba contra las injusticias sociales de la época. Es de anotar que aún no existía la seguridad social, ni la jubilación. Las jornadas de trabajo eran de 12 horas diarias, durante 6 días a la semana, y el trabajo de los niños aún no estaba reglamentado, así que trabajaban por un salario de miseria, en horarios iguales al de los adultos. Las empleadas domésticas trabajaban en jornadas que podían llegar fácilmente a las 16 horas. Las mujeres trabajaban igual que los hombres pero recibían una paga inferior. Las condiciones de higiene eran deplorables y la tuberculosis estaba presente en todas las esferas sociales, pero especialmente en las más desfavorecidas. La enfermedad, la muerte, la miseria, el despertar de la sexualidad, el alcoholismo, son los temas centrales de su obra. Los representa con una furia indescriptible y le da a sus obras un aire de inacabadas que será su sello personal; como si la tragedia no se acabase nunca y siguiese moviendo los hilos de la vida más allá de la muerte misma. Él mismo solía decir que "La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida".
A la muerte de su progenitor, en 1889, Munch entra en una etapa de gran inestabilidad que lo llevará a viajar incansablemente durante 15 años. Visita varias veces Francia y conoce y estudia la obra de los impresionistas, como Monet o Pissarro y de los posimpresionistas, como Van Gogh o Toulouse- Lautrec. Se familiariza con la pincelada libre y su paleta se aclara, aprende a trabajar en espacios abiertos, aprovechando la luz natural.
La obra de Munch, es la representación de la incomunicación humana, de la soledad, del hastío; tal y como se observa en los grabados sobre madera titulados “Los solitarios (dos personas)”, realizado en 1899 y “Dos mujeres en la rivera”, (1908-1909). Su obra pictórica refleja el dolor en toda su dimensión, como si el artista no creyera en la felicidad, ni siquiera en momentos de alegría efímera. No obstante, en algunos de sus cuadros hay una verdadera explosión de color, que anticipa la fiesta que estallará con los fauves o la explosión del expresionismo. Es el caso de “El sombrero rojo”, óleo realizado en 1891. Otra de sus características más sobresalientes son los personajes desprovistos de un rostro, como si las manchas que lo representan significasen el anonimato más absoluto o la miseria humana que suele acompañarlo. Es el caso del óleo “Las Bañistas” (1904-1905). No obstante, toda su obra está marcada por un grito infinito, desgarrador, que sale de lo más profundo de su alma atormentada, como si nunca hubiese conocido el sosiego. Su obra, aún aquella que representa la figura humana, es como un mar enfurecido, como una tormenta que sólo deja a su paso desolación y muerte. Su obra carece de esperanza, es una condena que no tiene fin y de la que es imposible escapar.
En 1899 ingresa en un sanatorio para someterse a una cura contra su alcoholismo. En1902, tras una pelea violenta con su compañera Tulla Larsen, con quien comparte su vida desde 1898, se hiere la mano derecha con un tiro de revolver. En 1908 cae en una depresión nerviosa que lo lleva a internarse durante seis meses en la clínica del Dr. Jacobson. En esta época sufre de alucinaciones y de paranoia. Él mismo decía que su desorden mental era la fuente de su genialidad. Al igual que Virginia Woolf, se cree que la enfermedad que lo aquejaba era un trastorno bipolar. En 1930 sufre una grave enfermedad que lo deja casi ciego. Es en este período que realiza una gran serie de autorretratos, sirviéndose de la fotografía como medio pictórico. En 1937 los nazis confiscan 82 pinturas que estaban repartidas en los museos alemanes y lo declaran “artista degenerado”. En 1940, durante la ocupación noruega por parte de las tropas alemanas, Munch rechaza todo contacto con las tropas nazis y se retira aún más de lo que ya había estado en los últimos años. En 1943 recibe múltiples homenajes de la parte de los distintos estamentos sociales, culturales y políticos noruegos.
Edvard Munch muere el 23 de enero de 1944 en Ekely, cerca de Christianía, la cual había cambiado su nombre por el de Oslo en 1926. Nunca dejó de pintar. Sus últimos cuadros, básicamente autorretratos, son de una fuerza avasalladora que nos revelan el genio que siempre fue. No en vano solía decir: “Mi arte es una confesión de lo que yo hago”, y yo podría agregar: una muestra de lo que soy. Legó toda su obra a la Municipalidad de Oslo, es decir mil pinturas, 18.000 grabados y cerca de 5000 acuarelas y dibujos. En otras palabras, una obra mucho más extensa que “El Grito”, la obra que todos conocemos.
Bibliografía:
Edvard Munch ou l’anti-cris. Connaissance des arts. Paris, 2010.
Edvard Munch, película de Peter Watkins (1974).
miércoles, 19 de mayo de 2010
KIRMEN URIBE
KIRMEN URIBE
Bilbao - New York - Bilbao
“Vojtech (Jasny) me dijo una frase: “Nada ocurre en vano””. (Bilbao-New York-Bilbao. Editorial Seix Barral S.A. 2009, página 156). La lectura de esta sabia sentencia, con la cual se puede, o no, estar de acuerdo, me hizo pensar en Ernesto Sabato y en todas las veces en que ha insistido en que la casualidad no existe. Este libro, cuya acción transcurre en un vuelo transoceánico, lo adquirí el pasado 22 de abril en el aeropuerto de Barcelona, mientras hacía una escala técnica. Primera “coincidencia”. Pero no fue sino hasta ayer que decidí leerlo, con el fin de darme una especie de vacaciones de un estudio que en este momento estoy realizando sobre un autor ya desaparecido. En uno de sus libros emblemáticos el tema central gira alrededor del mar, de los barcos y de los marineros. Segunda “coincidencia”; por lo demás bastante extraña. Al ver el libro en la librería me asaltó el recuerdo de haber escuchado en TV española que había obtenido dos premios bastante importantes, nada menos que el Premio Nacional de Narrativa 2009 y el Premio Nacional de Crítica 2008 en lengua vasca, euskera, como prefiere nombrarla Kirmen Uribe (Ondarroa, Viscaya, 1970). También obtuvo el Premio de la Fundación Ramón Rubial y el Premio del Gremio de Libreros de Euskadi.
Conozco muy poco del pueblo vasco, a pesar que la región cafetera está llena de sus descendientes, o de descendientes gallegos como es mi caso, aunque siempre prefiera decir que mis raíces están ancoradas en África y en los pueblos indígenas y no en España. Simplemente soy el producto de una mezcla de culturas, como la escena de las dos niñas que juegan a cazar mariposas con una sábana, al final del libro de Kirmen Uribe. Una es blanca y la otra negra. Una es descendiente de marineros vascos y la otra es descendiente de marineros senegaleses. Una historia común las une más allá de cualquier línea divisoria de odios racistas, la pesca, y los avatares de la vida en el mar, y por supuesto una lengua: el euskera, hablada en la actualidad solamente por una comunidad de 250.000 personas.
Kirmen Uribe ha escrito un hermoso libro sobre el país vasco y sobre la historia de una familia. Es un relato que abarca tres generaciones. La del marinero Liborio Uribe, su hijo, patrón del barco Dos Amigos, y el nieto Kirmen, filólogo de formación, con estudios de postgrado en literatura Comparada en la Universidad de Trento, escritor de profesión. Pero también está el hijo de su compañera Unai, a quien le rinde un cálido homenaje con un emotivo poema: “Naciste a mis ojos con trece años./ Así, de repente./ Fue un parto muy original,/ pues naciste mientras cenábamos una pizza”. La presencia de Unai deja la obra abierta, con la posibilidad de continuar más tarde con su propia historia. Es como un rond-point donde coinciden diversos caminos, pero que también se abre a nuevas y desconocidas rutas.
Y aunque es una historia de hombres, está siempre iluminada por un faro que no los deja perderse en las tempestades marinas o en las tempestades metafísicas. Ese faro es la mujer. Bien sea la abuela, la madre, la tía, o Nerea, la compañera de Kirmen y madre de Unai, son personajes femeninos que dan una fuerza vital a la creación de la ficción, o la descripción de la realidad, como quiera llamarse al libro de Uribe.
Sin embargo, no es la parte lírica de la obra la que me ha llamado la atención, sino la construcción misma de la novela, o de la biografía o de la autobiografía, o de la historia reciente de un pueblo que se negó a desaparecer bajo la dura dictadura franquista. Bilbao-New York-Bilbao es, incluso, una reflexión sobre la creación literaria, un manual, o guía, sobre la construcción narrativa. Concepto que luego encontré en una crítica de Jon Kortazar: “Me interesa más el mundo conceptual y la configuración teórica que propone que el argumento mismo del texto. Es decir, prefiero el aspecto del libro que me ha llevado a pensar sobre él, que la forma en que emociona, que es una de las virtudes que los lectores subrayan en la novela”.
Kirmen Uribe, con su obra Bilbao-New York-Bilbao, se impone como un referente obligado en las letras hispanas contemporáneas. No obstante, ésta no es su única obra. Hasta el 2008 era más conocido por sus libros para niños, siempre escritos en euskera, y por su poesía. Incluso el año pasado Patxi López, en su posesión como Lehendakari, leyó uno de sus poemas: Mayo.
Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
los abedules blancos de la rivera.
Una deferencia respetuosa para el escritor Kirmen Uribe; pero sobre todo un hermoso homenaje a las raíces de un pueblo que se niega a ahogarse o a fundirse en otra identidad. No en vano Kirmen Uribe, como Fernando Savater, aboga por una educación bilingüe. Es decir, aboga por una identidad vasca, pero sin dejar a un lado la lengua castellana y la tradición inherente a ella.
Bilbao - New York - Bilbao
“Vojtech (Jasny) me dijo una frase: “Nada ocurre en vano””. (Bilbao-New York-Bilbao. Editorial Seix Barral S.A. 2009, página 156). La lectura de esta sabia sentencia, con la cual se puede, o no, estar de acuerdo, me hizo pensar en Ernesto Sabato y en todas las veces en que ha insistido en que la casualidad no existe. Este libro, cuya acción transcurre en un vuelo transoceánico, lo adquirí el pasado 22 de abril en el aeropuerto de Barcelona, mientras hacía una escala técnica. Primera “coincidencia”. Pero no fue sino hasta ayer que decidí leerlo, con el fin de darme una especie de vacaciones de un estudio que en este momento estoy realizando sobre un autor ya desaparecido. En uno de sus libros emblemáticos el tema central gira alrededor del mar, de los barcos y de los marineros. Segunda “coincidencia”; por lo demás bastante extraña. Al ver el libro en la librería me asaltó el recuerdo de haber escuchado en TV española que había obtenido dos premios bastante importantes, nada menos que el Premio Nacional de Narrativa 2009 y el Premio Nacional de Crítica 2008 en lengua vasca, euskera, como prefiere nombrarla Kirmen Uribe (Ondarroa, Viscaya, 1970). También obtuvo el Premio de la Fundación Ramón Rubial y el Premio del Gremio de Libreros de Euskadi.
Conozco muy poco del pueblo vasco, a pesar que la región cafetera está llena de sus descendientes, o de descendientes gallegos como es mi caso, aunque siempre prefiera decir que mis raíces están ancoradas en África y en los pueblos indígenas y no en España. Simplemente soy el producto de una mezcla de culturas, como la escena de las dos niñas que juegan a cazar mariposas con una sábana, al final del libro de Kirmen Uribe. Una es blanca y la otra negra. Una es descendiente de marineros vascos y la otra es descendiente de marineros senegaleses. Una historia común las une más allá de cualquier línea divisoria de odios racistas, la pesca, y los avatares de la vida en el mar, y por supuesto una lengua: el euskera, hablada en la actualidad solamente por una comunidad de 250.000 personas.
Kirmen Uribe ha escrito un hermoso libro sobre el país vasco y sobre la historia de una familia. Es un relato que abarca tres generaciones. La del marinero Liborio Uribe, su hijo, patrón del barco Dos Amigos, y el nieto Kirmen, filólogo de formación, con estudios de postgrado en literatura Comparada en la Universidad de Trento, escritor de profesión. Pero también está el hijo de su compañera Unai, a quien le rinde un cálido homenaje con un emotivo poema: “Naciste a mis ojos con trece años./ Así, de repente./ Fue un parto muy original,/ pues naciste mientras cenábamos una pizza”. La presencia de Unai deja la obra abierta, con la posibilidad de continuar más tarde con su propia historia. Es como un rond-point donde coinciden diversos caminos, pero que también se abre a nuevas y desconocidas rutas.
Y aunque es una historia de hombres, está siempre iluminada por un faro que no los deja perderse en las tempestades marinas o en las tempestades metafísicas. Ese faro es la mujer. Bien sea la abuela, la madre, la tía, o Nerea, la compañera de Kirmen y madre de Unai, son personajes femeninos que dan una fuerza vital a la creación de la ficción, o la descripción de la realidad, como quiera llamarse al libro de Uribe.
Sin embargo, no es la parte lírica de la obra la que me ha llamado la atención, sino la construcción misma de la novela, o de la biografía o de la autobiografía, o de la historia reciente de un pueblo que se negó a desaparecer bajo la dura dictadura franquista. Bilbao-New York-Bilbao es, incluso, una reflexión sobre la creación literaria, un manual, o guía, sobre la construcción narrativa. Concepto que luego encontré en una crítica de Jon Kortazar: “Me interesa más el mundo conceptual y la configuración teórica que propone que el argumento mismo del texto. Es decir, prefiero el aspecto del libro que me ha llevado a pensar sobre él, que la forma en que emociona, que es una de las virtudes que los lectores subrayan en la novela”.
Kirmen Uribe, con su obra Bilbao-New York-Bilbao, se impone como un referente obligado en las letras hispanas contemporáneas. No obstante, ésta no es su única obra. Hasta el 2008 era más conocido por sus libros para niños, siempre escritos en euskera, y por su poesía. Incluso el año pasado Patxi López, en su posesión como Lehendakari, leyó uno de sus poemas: Mayo.
Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
los abedules blancos de la rivera.
Una deferencia respetuosa para el escritor Kirmen Uribe; pero sobre todo un hermoso homenaje a las raíces de un pueblo que se niega a ahogarse o a fundirse en otra identidad. No en vano Kirmen Uribe, como Fernando Savater, aboga por una educación bilingüe. Es decir, aboga por una identidad vasca, pero sin dejar a un lado la lengua castellana y la tradición inherente a ella.
martes, 17 de noviembre de 2009
CLAUDE LÉVI-STRAUSS
MI ACERCAMIENTO A CLAUDE LÉVI-STRAUSS
En los años 70, mientras realizaba mis estudios de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), tuve la gran fortuna de tener como profesor a un jesuita a quien le debo mi pasión por la historia de las religiones. Su curso se llamaba Ciencias Religiosas, y estaba dirigido a dilucidar el pensamiento de uno de los más grandes pensadores del siglo XX en dicha materia, Mircea Eliade, pero también estaban Georges Frazer o Roger Caillois. No fue sino hasta más tarde, cuando me encontraba realizando la Maestría y el DEA en la Universidad de la Sorbona (París), cuando tuve la oportunidad de conocer a otro gran pensador, Claude Lévi-Strauss (1908-1909).
Si bien Lévi-Strauss ha pasado a la historia como etnólogo y antropólogo, su formación universitaria fue como filósofo. Su recorrido por esas dos disciplinas, que apenas se estaban formando en la primera mitad del siglo XX, se debió a su conocimiento de las tribus brasileñas del Matto Grosso y de la Amazonía. En Brasil trabajó como profesor desde 1932 hasta 1939. No es sino hasta 1955 que publica Tristes Trópicos, un diario sobre su experiencia con algunas de las tribus brasileñas. Pero también es una reflexión sobre el pensamiento religioso y sobre las diversas creencias religiosas. Entre ellas el Islam, doctrina a la que critica abiertamente; pero también se encuentra su admiración por el budismo. Tristes Trópicos es una obra de gran importancia y actualidad, ya que Lévi-Strauss supo adelantarse más de medio siglo a la discusión que llena todos los espacios políticos actualmente: la protección del medio ambiente. Ya en los años 50 este gran pensador tenía en claro que la destrucción del planeta tierra lleva consigo la destrucción de la especia humana, y de todas las demás especies. Su discurso era claramente ecológico, en un momento en que nadie que fuera occidental lo había planteado, ni figuraba como eje central de su discurso. El libro fue un verdadero éxito, y aún hoy en día sigue siendo de obligatoria lectura, para aquellas personas que se interesan por la diversidad cultural y por la protección del medio ambiente.
Y es que a Claude Lévi-Strauss hay que mirarlo como el gran defensor de la diversidad cultural y religiosa. De origen judío, pronto sintió en carne propia lo que era ser rechazado en la escuela por compañeros intolerantes, y porque no decirlo ignorantes. Pero su gran persecución no se dio sino hasta la Segunda Guerra mundial, cuando perdió el empleo como profesor de filosofía, por ser judío. El gobierno de Vichy no sólo estaba persiguiendo a un hombre por sus orígenes religiosos, sino que estaba persiguiendo a una de las mentes más brillantes del siglo XX. En 1941 se exilia en Estados Unidos, donde tiene la oportunidad de conocer a Roman Jackobson. Las investigaciones que realiza van a desembocar en lo que más tarde se conocería como el pensamiento estructuralista.
Otra de sus obras cumbres, es Las estructuras elementales del parentesco (1949), donde desarrolla, de una forma magistral, su tesis sobre el incesto y las normas que lo prohíben en diversas culturas. Más que nada, es un intento para demostrar que la prohibición del incesto es una norma cultural, que tiene múltiples formas de desarrollo. Es así como en una cultura puede ser considerado incesto las relaciones entre tía y sobrino, pero en el caso contrario, tío-sobrina pueden ser plenamente aceptadas. La lectura de este libro es más que nada un descubrimiento de una de las normas que han llevado a ejercer el control sobre la sociedad. Pero sobre todo, es la posibilidad de entender los mitos judeocristianos que se han tejido con respecto a dicha prohibición; permitiendo de este modo la comprensión de un tema tan complejo.
Hablar de Claude Lévi-Strauss, es también hablar de Émile Durkheim o de Paul Rivet, pero ante todo es hablar de Ferdinand de Saussure. Lévi-Strauss comenzó a indagar en los lineamientos que buscasen desarrollar una teoría sobre los fenómenos sociales como vehículos de comunicación. Su teoría convergía en la lingüística de Saussure, uno de los más importantes lingüistas del siglo XX. Saussure nos explicó que era un “signo” y cuáles eran sus funciones dentro de la comunicación humana y Lévi-Strauss nos explicó que “el etnólogo es como un lector que debe descifrar un complejo mensaje que se hace presente en su experiencia, y la cultura extraña es ese mensaje que transmite, por diferencia, una variante más del tema “humanidad” (Claude Lévi-Strauss. Antropología Estructural. Altaya, 1994. Pág. 17). Los fenómenos sociales son vistos a la luz como códigos que deben ser leídos y comprendidos. Cuando esos códigos pertenecen a la cultura en la que el individuo ha nacido y con la que ha crecido, son fácilmente decodificados y entendidos; es más, se hace de una forma inconsciente y natural. No obstante, cuando dicho individuo se cruza con los códigos de una cultura diferente a la suya, debe entonces entrar a la decodificación de dichos mensajes; es decir, debe proceder a observar de una manera científica la cultura objeto de estudio.
En 1959 es elegido profesor en el Colegio de Francia, un importante reconocimiento a su vida profesional y en 1973 entra en la Academia francesa
En 1960 publica Mitologías, como resultado de su cátedra en la Sorbona sobre Religiones Comparadas.
En 2008 la prestigiosa editorial La Pléiade publica una selección de sus obras, que habían sido previamente escogidas por el mismo Lévi-Strauss. Este gran pensador murió el pasado 31 de octubre, cuando sólo le faltaban algunos días para cumplir 101 años.
Algunas de sus obras son:
Raza e Historia. Altaya.
El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. 1964
Antropología Estructural. Altaya. 1994
En los años 70, mientras realizaba mis estudios de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), tuve la gran fortuna de tener como profesor a un jesuita a quien le debo mi pasión por la historia de las religiones. Su curso se llamaba Ciencias Religiosas, y estaba dirigido a dilucidar el pensamiento de uno de los más grandes pensadores del siglo XX en dicha materia, Mircea Eliade, pero también estaban Georges Frazer o Roger Caillois. No fue sino hasta más tarde, cuando me encontraba realizando la Maestría y el DEA en la Universidad de la Sorbona (París), cuando tuve la oportunidad de conocer a otro gran pensador, Claude Lévi-Strauss (1908-1909).
Si bien Lévi-Strauss ha pasado a la historia como etnólogo y antropólogo, su formación universitaria fue como filósofo. Su recorrido por esas dos disciplinas, que apenas se estaban formando en la primera mitad del siglo XX, se debió a su conocimiento de las tribus brasileñas del Matto Grosso y de la Amazonía. En Brasil trabajó como profesor desde 1932 hasta 1939. No es sino hasta 1955 que publica Tristes Trópicos, un diario sobre su experiencia con algunas de las tribus brasileñas. Pero también es una reflexión sobre el pensamiento religioso y sobre las diversas creencias religiosas. Entre ellas el Islam, doctrina a la que critica abiertamente; pero también se encuentra su admiración por el budismo. Tristes Trópicos es una obra de gran importancia y actualidad, ya que Lévi-Strauss supo adelantarse más de medio siglo a la discusión que llena todos los espacios políticos actualmente: la protección del medio ambiente. Ya en los años 50 este gran pensador tenía en claro que la destrucción del planeta tierra lleva consigo la destrucción de la especia humana, y de todas las demás especies. Su discurso era claramente ecológico, en un momento en que nadie que fuera occidental lo había planteado, ni figuraba como eje central de su discurso. El libro fue un verdadero éxito, y aún hoy en día sigue siendo de obligatoria lectura, para aquellas personas que se interesan por la diversidad cultural y por la protección del medio ambiente.
Y es que a Claude Lévi-Strauss hay que mirarlo como el gran defensor de la diversidad cultural y religiosa. De origen judío, pronto sintió en carne propia lo que era ser rechazado en la escuela por compañeros intolerantes, y porque no decirlo ignorantes. Pero su gran persecución no se dio sino hasta la Segunda Guerra mundial, cuando perdió el empleo como profesor de filosofía, por ser judío. El gobierno de Vichy no sólo estaba persiguiendo a un hombre por sus orígenes religiosos, sino que estaba persiguiendo a una de las mentes más brillantes del siglo XX. En 1941 se exilia en Estados Unidos, donde tiene la oportunidad de conocer a Roman Jackobson. Las investigaciones que realiza van a desembocar en lo que más tarde se conocería como el pensamiento estructuralista.
Otra de sus obras cumbres, es Las estructuras elementales del parentesco (1949), donde desarrolla, de una forma magistral, su tesis sobre el incesto y las normas que lo prohíben en diversas culturas. Más que nada, es un intento para demostrar que la prohibición del incesto es una norma cultural, que tiene múltiples formas de desarrollo. Es así como en una cultura puede ser considerado incesto las relaciones entre tía y sobrino, pero en el caso contrario, tío-sobrina pueden ser plenamente aceptadas. La lectura de este libro es más que nada un descubrimiento de una de las normas que han llevado a ejercer el control sobre la sociedad. Pero sobre todo, es la posibilidad de entender los mitos judeocristianos que se han tejido con respecto a dicha prohibición; permitiendo de este modo la comprensión de un tema tan complejo.
Hablar de Claude Lévi-Strauss, es también hablar de Émile Durkheim o de Paul Rivet, pero ante todo es hablar de Ferdinand de Saussure. Lévi-Strauss comenzó a indagar en los lineamientos que buscasen desarrollar una teoría sobre los fenómenos sociales como vehículos de comunicación. Su teoría convergía en la lingüística de Saussure, uno de los más importantes lingüistas del siglo XX. Saussure nos explicó que era un “signo” y cuáles eran sus funciones dentro de la comunicación humana y Lévi-Strauss nos explicó que “el etnólogo es como un lector que debe descifrar un complejo mensaje que se hace presente en su experiencia, y la cultura extraña es ese mensaje que transmite, por diferencia, una variante más del tema “humanidad” (Claude Lévi-Strauss. Antropología Estructural. Altaya, 1994. Pág. 17). Los fenómenos sociales son vistos a la luz como códigos que deben ser leídos y comprendidos. Cuando esos códigos pertenecen a la cultura en la que el individuo ha nacido y con la que ha crecido, son fácilmente decodificados y entendidos; es más, se hace de una forma inconsciente y natural. No obstante, cuando dicho individuo se cruza con los códigos de una cultura diferente a la suya, debe entonces entrar a la decodificación de dichos mensajes; es decir, debe proceder a observar de una manera científica la cultura objeto de estudio.
En 1959 es elegido profesor en el Colegio de Francia, un importante reconocimiento a su vida profesional y en 1973 entra en la Academia francesa
En 1960 publica Mitologías, como resultado de su cátedra en la Sorbona sobre Religiones Comparadas.
En 2008 la prestigiosa editorial La Pléiade publica una selección de sus obras, que habían sido previamente escogidas por el mismo Lévi-Strauss. Este gran pensador murió el pasado 31 de octubre, cuando sólo le faltaban algunos días para cumplir 101 años.
Algunas de sus obras son:
Raza e Historia. Altaya.
El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. 1964
Antropología Estructural. Altaya. 1994
HARUKI MURAKAMI
Hace escasos dos meses, cuando me encontraba buscando novedades en una librería, tuve la fortuna de encontrar algunos libros de Haruki Murakami (1949), escritor hasta ese momento desconocido para mí. Y como siempre he tratado de acercarme un poco a la literatura japonesa decidí comprar uno de sus libros. Sputnik, mi amor. Dos días después adquiría Tokio blues, conocido también como Norwegian Woods, y a la semana siguiente compré Kafka en la orilla. El descubrimiento de este autor me abrió las puertas a un universo extraordinario, donde todo puede suceder. No obstante, la obra que más me ha impactado es precisamente Kafka en la otra orilla, y a la que me referiré más adelante.
Su obra hace gala de una gran erudición, ya que su autor es ante todo un gran lector, y además un melómano apasionado, gran conocedor de la música clásica y del jazz. Él mismo dice que el jazz le cambió la vida para siempre, al punto de haber tenido en su juventud un almacén de discos y un bar donde sólo se escuchaba dicho género.
Por otra parte es un autor poco apreciado por sus colegas japoneses, quienes lo consideran demasiado occidentalizado. Él mismo ha dicho que la literatura japonesa actual le llama muy poco la atención. Con respecto a Yukio Mishima confiesa que ha sido incapaz de leer la mayoría de sus libros. Sin embargo, es un gran admirador de la literatura clásica japonesa. Es un escritor muy leído por los jóvenes japoneses, lo que lo llena de orgullo y satisfacción. No le gusta dar entrevistas y evita ser fotografiado, puesto que no desea perder ni un ápice de su privacidad; esto hace que no se mueva dentro de los círculos intelectuales nipones, lo que acentúa aún más su característica underground y el rechazo de sus colegas japoneses. Ha sido nominado varias veces al Nobel de literatura, aunque él mismo siente cierta aversión por los premios literarios.
Su obra está marcada por la música, podría decirse que es la columna vertebral de su obra. Cómo si la narrativa fuese sólo un pretexto para rendir homenaje a músicos de la talla de Puccini, Haydn, Beethoven, Mozart, Bach; o del grupo “Million-Dollar trio”, integrado por Rubinstein, Heifetz y Feuermann. El rock también encuentra su espacio y en sus páginas encontramos alusiones a The Beatles, Rolling Stones, The Beach Boys, Simon&Garfunkel, Stevie Wonders o a Prince. Tampoco se olvida del cine y encontramos a Casablanca o las películas de François Truffaut. En filosofía nos habla de Sófocles, Aristóteles, Hegel; y en literatura de Shakespeare, Antón Chejov, Lorca, Hemingway, Kafka, entre otros. Ha traducido a Scott Fitzgerald al japonés.
Por otra parte en sus obras hace breves análisis de las obras de los autores que más le han impactado, es el caso de Murasaki Shikibu, la primera novelista en la historia de la literatura.
La obra, de Haruki Murakami, es ante todo una obra surrealista, donde las fronteras entre el sueño, la irrealidad, el inframundo y el mundo real, consciente, se entremezclan; dando como resultado un universo único, donde el onirismo juega un papel predominante. Otro de sus temas obsesivos es la soledad y la incomunicación humana. Es un autor que me hace pensar mucho en Ernesto Sabato, aunque no sé si Murakami lo haya leído alguna vez.
En Kafka en la orilla, nos encontramos con todos estos componentes. Es la historia de un adolescente de 15 años que abandona la casa paterna para huir de una terrible profecía que le ha lanzado su padre, a la manera del oráculo de Delfos, como si Kafka, el protagonista, fuera un moderno Edipo. Pero nadie escapa a su destino, al menos es lo que creían los griegos y es lo que de alguna forma proclama Murakami. En este libro, hermosamente escrito, nos encontramos con prostitutas que seducen hablando de Hegel, o con soldados que huyeron en la segunda guerra mundial para esconderse en bosques inhóspitos y que a pesar del tiempo siguen en la flor de la juventud. O encontramos a otro de sus personajes principales, Nakata, un viejo iletrado y simple, pero poseedor de un gran sentido de altruismo, y que tiene la gran virtud de poder comunicarse con los gatos. O un transexual, erudito y melómano, cuya verdadera morfología es la de una mujer.
Este último personaje me hace pensar que es imperioso que hable un poco sobre la visión que Murakami tiene de la mujer. Siempre había creído que los japoneses son extremadamente machistas y es posible que así sea; puesto que mi visón de ese país es bastante sesgada por la poca información a la que tenemos acceso en Colombia. Los libros de Murakami me han abierto la ventana a un mundo lleno de respeto y admiración del autor en cuestión por el sexo al que pertenezco; algo no muy usual en la literatura de todos los tiempos. Sus mujeres son todas poseedoras de una gran inteligencia, inmensamente cultas, melómanas, libres, independientes y liberadas, sexualmente hablando. En sus obras se habla sin tapujos del amor entre mujeres (Sputnik, mi amor), o de transexuales (Kafka en la orilla), como acababa de anotar. Murakami dice que la primera persona en leer sus manuscritos es su esposa, y agrega que ella es una crítica implacable, que no deja nada en suspenso.
Para terminar quisiera señalar que la lectura de Haruki Murakami es un regalo inmenso para el intelecto y un gran placer dado su gran manejo narrativo. Sus obras destacan por su alta calidad estética y por su originalidad. Al mismo tiempo que es un paseo por la historia de la literatura y de la música.
Su obra hace gala de una gran erudición, ya que su autor es ante todo un gran lector, y además un melómano apasionado, gran conocedor de la música clásica y del jazz. Él mismo dice que el jazz le cambió la vida para siempre, al punto de haber tenido en su juventud un almacén de discos y un bar donde sólo se escuchaba dicho género.
Por otra parte es un autor poco apreciado por sus colegas japoneses, quienes lo consideran demasiado occidentalizado. Él mismo ha dicho que la literatura japonesa actual le llama muy poco la atención. Con respecto a Yukio Mishima confiesa que ha sido incapaz de leer la mayoría de sus libros. Sin embargo, es un gran admirador de la literatura clásica japonesa. Es un escritor muy leído por los jóvenes japoneses, lo que lo llena de orgullo y satisfacción. No le gusta dar entrevistas y evita ser fotografiado, puesto que no desea perder ni un ápice de su privacidad; esto hace que no se mueva dentro de los círculos intelectuales nipones, lo que acentúa aún más su característica underground y el rechazo de sus colegas japoneses. Ha sido nominado varias veces al Nobel de literatura, aunque él mismo siente cierta aversión por los premios literarios.
Su obra está marcada por la música, podría decirse que es la columna vertebral de su obra. Cómo si la narrativa fuese sólo un pretexto para rendir homenaje a músicos de la talla de Puccini, Haydn, Beethoven, Mozart, Bach; o del grupo “Million-Dollar trio”, integrado por Rubinstein, Heifetz y Feuermann. El rock también encuentra su espacio y en sus páginas encontramos alusiones a The Beatles, Rolling Stones, The Beach Boys, Simon&Garfunkel, Stevie Wonders o a Prince. Tampoco se olvida del cine y encontramos a Casablanca o las películas de François Truffaut. En filosofía nos habla de Sófocles, Aristóteles, Hegel; y en literatura de Shakespeare, Antón Chejov, Lorca, Hemingway, Kafka, entre otros. Ha traducido a Scott Fitzgerald al japonés.
Por otra parte en sus obras hace breves análisis de las obras de los autores que más le han impactado, es el caso de Murasaki Shikibu, la primera novelista en la historia de la literatura.
La obra, de Haruki Murakami, es ante todo una obra surrealista, donde las fronteras entre el sueño, la irrealidad, el inframundo y el mundo real, consciente, se entremezclan; dando como resultado un universo único, donde el onirismo juega un papel predominante. Otro de sus temas obsesivos es la soledad y la incomunicación humana. Es un autor que me hace pensar mucho en Ernesto Sabato, aunque no sé si Murakami lo haya leído alguna vez.
En Kafka en la orilla, nos encontramos con todos estos componentes. Es la historia de un adolescente de 15 años que abandona la casa paterna para huir de una terrible profecía que le ha lanzado su padre, a la manera del oráculo de Delfos, como si Kafka, el protagonista, fuera un moderno Edipo. Pero nadie escapa a su destino, al menos es lo que creían los griegos y es lo que de alguna forma proclama Murakami. En este libro, hermosamente escrito, nos encontramos con prostitutas que seducen hablando de Hegel, o con soldados que huyeron en la segunda guerra mundial para esconderse en bosques inhóspitos y que a pesar del tiempo siguen en la flor de la juventud. O encontramos a otro de sus personajes principales, Nakata, un viejo iletrado y simple, pero poseedor de un gran sentido de altruismo, y que tiene la gran virtud de poder comunicarse con los gatos. O un transexual, erudito y melómano, cuya verdadera morfología es la de una mujer.
Este último personaje me hace pensar que es imperioso que hable un poco sobre la visión que Murakami tiene de la mujer. Siempre había creído que los japoneses son extremadamente machistas y es posible que así sea; puesto que mi visón de ese país es bastante sesgada por la poca información a la que tenemos acceso en Colombia. Los libros de Murakami me han abierto la ventana a un mundo lleno de respeto y admiración del autor en cuestión por el sexo al que pertenezco; algo no muy usual en la literatura de todos los tiempos. Sus mujeres son todas poseedoras de una gran inteligencia, inmensamente cultas, melómanas, libres, independientes y liberadas, sexualmente hablando. En sus obras se habla sin tapujos del amor entre mujeres (Sputnik, mi amor), o de transexuales (Kafka en la orilla), como acababa de anotar. Murakami dice que la primera persona en leer sus manuscritos es su esposa, y agrega que ella es una crítica implacable, que no deja nada en suspenso.
Para terminar quisiera señalar que la lectura de Haruki Murakami es un regalo inmenso para el intelecto y un gran placer dado su gran manejo narrativo. Sus obras destacan por su alta calidad estética y por su originalidad. Al mismo tiempo que es un paseo por la historia de la literatura y de la música.
MILLENNIUM
Me he pasado los últimos quince días casi sin respirar, alargando para mañana lo que debo hacer hoy, tratando de dormirme más tarde de lo habitual y presa de un estado muy cercano a lo que los drogadictos pueden experimentar cuando la droga no está cerca o cuando están bajo sus efectos. La razón: la lectura de Millennium, la extraordinaria trilogía de Stieg Larsson (1954-2004), el escritor sueco fallecido poco días antes del lanzamiento de su primer libro, y justo cuando acababa de entregar a su editor el tercero de los libros que componen la trilogía en cuestión. Los hombres que no amaban a las mujeres (665 páginas), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (749 páginas) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (854 páginas), obra publicada por Ediciones Destino S.A, Barcelona, España, en asociación con Editorial Planeta, Colombia.
Y si bien conocía su obra desde 2006, no es sino hasta ahora que sentí la necesidad de leerla, y aunque he sido muy poco lectora del género negro no me arrepiento de haber emprendido esta loca carrera detrás de los secretos de Lizbeth Salander y de Mikael Blomkvist. La primera, una hacker consumada, poseedora de una memoria fotográfica y de una inteligencia cercana a la genialidad y como si fuera poco underground. El segundo, un periodista que podría simbolizar un quijote contemporáneo, socio de una revista mensual llamada Millennium y que en su defecto podría reemplazar tanto a la lanza del Quijote, como a su maltrecho Rocinante. Mis conocimientos de la literatura policiaca no iban más allá de algunas obras de Agatha Christie, leídas en mi adolescencia, y de Bebé Donge (1945), de George Simenon, leída en un curso de la Universidad de la Sorbona y luego trabajada por mí en la Universidad de Caldas en los cursos que yo dictaba de lengua francesa. Esta última, la leía haciendo un análisis comparativo con una obra excelente, y que no pertenece al género en cuestión, me refiero a Thérèse Desqueyroux (1927), de François Mauriac (Premio Nobel de literatura, 1952).
Millennium, es una obra que atrapa al lector y lo sumerge en un mundo lleno de intrigas, de corrupción a todo nivel, pero sobre todo, es una obra que denuncia la violencia de género. La obra en sí tiene muchas fallas a nivel narrativo, repeticiones innecesarias y a veces descripciones demasiado largas; pero eso no le resta importancia al libro. Más bien el problema de la versión en español, no hablo sueco, es una traducción no muy bien realizada por Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Me refiero a problemas de sintaxis, a la utilización en algunos casos de una jerga española desconocida en América Latina y a la utilización permanente de ese adefesio español de “ir a por”. Por lo demás, es una obra que se lee sin hacer ningún esfuerzo, algo ideal cuando se ha estado leyendo obras de cierta dificultad intelectual y que nos han llevado a desear simplemente “descansar y divertirnos”.
Millennium, es una obra que se sumerge en diferentes terrenos: la corrupción política, el mundo de los grandes empresarios y sus conexiones non sanctas con el mundo del hampa, o bien con los países donde el trabajo infantil no está reglamentado, convirtiéndose así en una moderna y terrorífica esclavitud, cuyos beneficiados son unos pocos hombres de negocios que actúan con toda impunidad, relacionándose con los más altos dignatarios o funcionarios estatales; o corrupción en los estamentos de la policía o en la rama judicial. También encontramos denuncias de corte ecológico o contra la globalización actual. Pero sobre todo, es una denuncia contra el maltrato de las mujeres; llámese trata de blancas, acoso y abuso sexual, disparidad salarial con sus homólogos masculinos, violencia o agresión doméstica.
Y es que Stieg Larsson me ha abierto una ventana a un país que desconozco por completo. A parte de la hermosa obra “El maravilloso viaje de Nils Olgersson a través de Suecia” de Selma Lagerlöf (Premio Nobel de literatura - 1909) o del asesinato del Primer Ministro sueco Olof Palme, en 1986, no sabía nada de Suecia. Siempre que pensaba en ese país nórdico, me imaginaba un país del primer mundo, una especie de paraíso donde la cobertura de protección social es una de las más importantes del mundo y con un importante nivel de vida. Pero también con una tasa de suicidios muy alta (es el número 35 de un total de 99 países registrados en un estudio llevado a cabo en 2006), actualmente tiene una tasa de suicidios aproximada de 20 ciudadanos por cada 100.000 habitantes). Pues bien, la lectura de Millennium me mostró un país con un nivel de corrupción y con una mafia tan bien desarrollados, que uno creería que está leyendo una obra que se lleva a cabo en cualquier país del Tercer Mundo; y porque no decirlo en la Colombia de Uribe. No en vano la escritora norteamericana Donna Leon ha dicho que todo en Millennium es “maldad e injusticia”. Sin embargo, no dice que tanto Lizbeth Salander como Mikael Blomkvist son dos justicieros que terminan triunfando y derrotando el mal que los acecha o que acecha a sus conocidos. Pero También están la directora de la revista, Erika Berger, una excelente periodista y gerente, o Annika Giannini, la abogada defensora de los derechos de las mujeres, o la policía Mónica Figuerola o la expolicía Susanne Linder, quien trabaja para Dragan Armanskij, el gerente de Milton Security.
Lizbeth Salander, como ya lo había anotado, es una marginal que vive en el anonimato, no se relaciona con nadie, ni permite que alguien le haga daño sin que se arriesgue a una terrible venganza de su parte. Está por fuera del establishment y su presentación personal está a leguas de lo que la sociedad actual considera como “medianamente aceptable”:
“Aquel día Lisbeth Salander llevaba una camiseta negra con la cara de un ET con colmillos y el texto I am also an alien. Una falda negra, rota en el dobladillo, una desgastada chupa de cuero negra que le llegaba a la cintura, unas fuertes botas de la marca Doc Martens, y calcetines con rayas verdes y rojas hasta la rodilla. Se había maquillado en una escala cromática que dejaba adivinar un problema de daltonismo”. (Los hombres que no amaban a las mujeres, pág: 62). Fumadora y bebedora de café empedernida, amante de la comida chatarra; como el autor que la creó. Irreverente e indócil, salvaje como una gata montés, autónoma e independiente y una enemiga acérrima de los servicios sociales y de la policía.
Mikael Blomkvist, periodista de izquierda, antirracista y luchador de los principios que deben regir una sociedad justa e igualitaria. Gran lector de la novela negra sueca. Profundo feminista, defensor a ultranza de la mujer. Pero también un playboy empedernido, lo que no impide que sea un personaje con el que todas las mujeres sueñan, y me incluyo en ese rango. Creo que si me lo encontrara a la vuelta de la esquina, fácilmente me iría a la cama con él y no es ninguna broma.
Y si bien estos dos personajes son los verdaderos protagonistas de la trilogía, no obstante la obra es un verdadero laberinto de personajes; si bien no los conté, podría decir, sin temor a equivocarme que pueden ser más de cien. Sin embargo, cada uno tiene bien definido su caracterología y su historia personal. Los hay para todos los gustos, desde el criminal a sueldo, pasando por el traficante de drogas o por el traficante de mujeres raptadas en los países del Este, o por el sádico y psicópata, disfrazado de antiguo espía ruso, o el oscuro funcionario estatal que pone en juego la seguridad de un país con tal de sacar adelante sus intereses personales, hasta los grupos de extrema derecha con rasgos neonazis. Pero también están los personajes que creen en un Estado de Derecho y luchan por su preservación.
Para terminar con esta reseña de Millennium, quisiera hacerle un homenaje a Stieg Larsson, al reconocerlo como un escritor feminista. Es de anotar que el 21 de septiembre de 2009 se le otorgó, a título póstumo, el V premio al trabajo más destacado contra la violencia de género, otorgado por el Consejo General del Poder Judicial de España. “Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la violencia de género del Consejo ha destacado la aportación del escritor, famoso por su trilogía Millennium, "a la visibilización y denuncia de la violencia contra las mujeres, que se sigue perpetuando en las sociedades actuales, también en las más avanzadas; y por poner de manifiesto que no sólo es deseable sino posible la construcción de una sociedad libre de violencia de género por todos sus integrantes, mujeres y hombres" (ElPaís.com-08/09/2009). El premio fue recibido por la compañera sentimental de Larsson, Eva Gabrielsson, con quien compartió los últimos 32 años de su vida; es decir desde que tenía 18 años hasta el día de su muerte, el 9 de noviembre de 2004.
Y como gran paradoja, no puedo pasarlo por alto, los ideales de Stieg Larsson, con respecto a una sociedad que proteja y respete los derechos de la mujer, están siendo vilmente pisoteados por su propia familia. Tanto su hermano como su padre, herederos de los derechos de autor de la trilogía, se han enfrascado en una batalla jurídica para dejar por fuera a su mujer Eva Gabrielsson. El problema radica en que Stieg Larsson y ella nunca se casaron, y al no tener hijos, las leyes suecas le niegan el derecho a la sucesión. En los cinco años que lleva la trilogía en las librerías, se ha vendido un total de 13 millones de euros. Hace poco los Larsson le ofrecieron a Eva Gabrielsson la suma de 2 millones, para que abandonara su deseo de convertirse en una de las legítimas herederas del autor de Millennium. Y en un gesto que refleja toda su dignidad como mujer, a la que se le están violando sus más mínimos derechos, rechazó la oferta que se le hizo. Una magra oferta para la suma recaudada hasta el día de hoy, pero sobre todo para la suma que se recogerá en los años que vienen.
Para terminar, quisiera hacer alusión a la película Millennium 2, dirigida por Niels Arden Oplev y Daniel Alfredson, con guión de Jonas Frikberg y fotografía de Peter Mokrosinski. Con Noomi Rapace, en el rol de Lisbeth Salander y Mikael Nyqvist, en el de Mikael Blomkvist. El largo metraje ha sido seleccionado para participar en el próximo Festival de Cine Europeo que se llevara a cabo en Essen y Boshum, en la región alemana de Ruhr, el 11 y 12 de diciembre de 2009. Falta ver si la Millennium, en su versión cinematográfica, logra el mismo éxito que la trilogía escrita por Stieg Larsson.
Y si bien conocía su obra desde 2006, no es sino hasta ahora que sentí la necesidad de leerla, y aunque he sido muy poco lectora del género negro no me arrepiento de haber emprendido esta loca carrera detrás de los secretos de Lizbeth Salander y de Mikael Blomkvist. La primera, una hacker consumada, poseedora de una memoria fotográfica y de una inteligencia cercana a la genialidad y como si fuera poco underground. El segundo, un periodista que podría simbolizar un quijote contemporáneo, socio de una revista mensual llamada Millennium y que en su defecto podría reemplazar tanto a la lanza del Quijote, como a su maltrecho Rocinante. Mis conocimientos de la literatura policiaca no iban más allá de algunas obras de Agatha Christie, leídas en mi adolescencia, y de Bebé Donge (1945), de George Simenon, leída en un curso de la Universidad de la Sorbona y luego trabajada por mí en la Universidad de Caldas en los cursos que yo dictaba de lengua francesa. Esta última, la leía haciendo un análisis comparativo con una obra excelente, y que no pertenece al género en cuestión, me refiero a Thérèse Desqueyroux (1927), de François Mauriac (Premio Nobel de literatura, 1952).
Millennium, es una obra que atrapa al lector y lo sumerge en un mundo lleno de intrigas, de corrupción a todo nivel, pero sobre todo, es una obra que denuncia la violencia de género. La obra en sí tiene muchas fallas a nivel narrativo, repeticiones innecesarias y a veces descripciones demasiado largas; pero eso no le resta importancia al libro. Más bien el problema de la versión en español, no hablo sueco, es una traducción no muy bien realizada por Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Me refiero a problemas de sintaxis, a la utilización en algunos casos de una jerga española desconocida en América Latina y a la utilización permanente de ese adefesio español de “ir a por”. Por lo demás, es una obra que se lee sin hacer ningún esfuerzo, algo ideal cuando se ha estado leyendo obras de cierta dificultad intelectual y que nos han llevado a desear simplemente “descansar y divertirnos”.
Millennium, es una obra que se sumerge en diferentes terrenos: la corrupción política, el mundo de los grandes empresarios y sus conexiones non sanctas con el mundo del hampa, o bien con los países donde el trabajo infantil no está reglamentado, convirtiéndose así en una moderna y terrorífica esclavitud, cuyos beneficiados son unos pocos hombres de negocios que actúan con toda impunidad, relacionándose con los más altos dignatarios o funcionarios estatales; o corrupción en los estamentos de la policía o en la rama judicial. También encontramos denuncias de corte ecológico o contra la globalización actual. Pero sobre todo, es una denuncia contra el maltrato de las mujeres; llámese trata de blancas, acoso y abuso sexual, disparidad salarial con sus homólogos masculinos, violencia o agresión doméstica.
Y es que Stieg Larsson me ha abierto una ventana a un país que desconozco por completo. A parte de la hermosa obra “El maravilloso viaje de Nils Olgersson a través de Suecia” de Selma Lagerlöf (Premio Nobel de literatura - 1909) o del asesinato del Primer Ministro sueco Olof Palme, en 1986, no sabía nada de Suecia. Siempre que pensaba en ese país nórdico, me imaginaba un país del primer mundo, una especie de paraíso donde la cobertura de protección social es una de las más importantes del mundo y con un importante nivel de vida. Pero también con una tasa de suicidios muy alta (es el número 35 de un total de 99 países registrados en un estudio llevado a cabo en 2006), actualmente tiene una tasa de suicidios aproximada de 20 ciudadanos por cada 100.000 habitantes). Pues bien, la lectura de Millennium me mostró un país con un nivel de corrupción y con una mafia tan bien desarrollados, que uno creería que está leyendo una obra que se lleva a cabo en cualquier país del Tercer Mundo; y porque no decirlo en la Colombia de Uribe. No en vano la escritora norteamericana Donna Leon ha dicho que todo en Millennium es “maldad e injusticia”. Sin embargo, no dice que tanto Lizbeth Salander como Mikael Blomkvist son dos justicieros que terminan triunfando y derrotando el mal que los acecha o que acecha a sus conocidos. Pero También están la directora de la revista, Erika Berger, una excelente periodista y gerente, o Annika Giannini, la abogada defensora de los derechos de las mujeres, o la policía Mónica Figuerola o la expolicía Susanne Linder, quien trabaja para Dragan Armanskij, el gerente de Milton Security.
Lizbeth Salander, como ya lo había anotado, es una marginal que vive en el anonimato, no se relaciona con nadie, ni permite que alguien le haga daño sin que se arriesgue a una terrible venganza de su parte. Está por fuera del establishment y su presentación personal está a leguas de lo que la sociedad actual considera como “medianamente aceptable”:
“Aquel día Lisbeth Salander llevaba una camiseta negra con la cara de un ET con colmillos y el texto I am also an alien. Una falda negra, rota en el dobladillo, una desgastada chupa de cuero negra que le llegaba a la cintura, unas fuertes botas de la marca Doc Martens, y calcetines con rayas verdes y rojas hasta la rodilla. Se había maquillado en una escala cromática que dejaba adivinar un problema de daltonismo”. (Los hombres que no amaban a las mujeres, pág: 62). Fumadora y bebedora de café empedernida, amante de la comida chatarra; como el autor que la creó. Irreverente e indócil, salvaje como una gata montés, autónoma e independiente y una enemiga acérrima de los servicios sociales y de la policía.
Mikael Blomkvist, periodista de izquierda, antirracista y luchador de los principios que deben regir una sociedad justa e igualitaria. Gran lector de la novela negra sueca. Profundo feminista, defensor a ultranza de la mujer. Pero también un playboy empedernido, lo que no impide que sea un personaje con el que todas las mujeres sueñan, y me incluyo en ese rango. Creo que si me lo encontrara a la vuelta de la esquina, fácilmente me iría a la cama con él y no es ninguna broma.
Y si bien estos dos personajes son los verdaderos protagonistas de la trilogía, no obstante la obra es un verdadero laberinto de personajes; si bien no los conté, podría decir, sin temor a equivocarme que pueden ser más de cien. Sin embargo, cada uno tiene bien definido su caracterología y su historia personal. Los hay para todos los gustos, desde el criminal a sueldo, pasando por el traficante de drogas o por el traficante de mujeres raptadas en los países del Este, o por el sádico y psicópata, disfrazado de antiguo espía ruso, o el oscuro funcionario estatal que pone en juego la seguridad de un país con tal de sacar adelante sus intereses personales, hasta los grupos de extrema derecha con rasgos neonazis. Pero también están los personajes que creen en un Estado de Derecho y luchan por su preservación.
Para terminar con esta reseña de Millennium, quisiera hacerle un homenaje a Stieg Larsson, al reconocerlo como un escritor feminista. Es de anotar que el 21 de septiembre de 2009 se le otorgó, a título póstumo, el V premio al trabajo más destacado contra la violencia de género, otorgado por el Consejo General del Poder Judicial de España. “Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la violencia de género del Consejo ha destacado la aportación del escritor, famoso por su trilogía Millennium, "a la visibilización y denuncia de la violencia contra las mujeres, que se sigue perpetuando en las sociedades actuales, también en las más avanzadas; y por poner de manifiesto que no sólo es deseable sino posible la construcción de una sociedad libre de violencia de género por todos sus integrantes, mujeres y hombres" (ElPaís.com-08/09/2009). El premio fue recibido por la compañera sentimental de Larsson, Eva Gabrielsson, con quien compartió los últimos 32 años de su vida; es decir desde que tenía 18 años hasta el día de su muerte, el 9 de noviembre de 2004.
Y como gran paradoja, no puedo pasarlo por alto, los ideales de Stieg Larsson, con respecto a una sociedad que proteja y respete los derechos de la mujer, están siendo vilmente pisoteados por su propia familia. Tanto su hermano como su padre, herederos de los derechos de autor de la trilogía, se han enfrascado en una batalla jurídica para dejar por fuera a su mujer Eva Gabrielsson. El problema radica en que Stieg Larsson y ella nunca se casaron, y al no tener hijos, las leyes suecas le niegan el derecho a la sucesión. En los cinco años que lleva la trilogía en las librerías, se ha vendido un total de 13 millones de euros. Hace poco los Larsson le ofrecieron a Eva Gabrielsson la suma de 2 millones, para que abandonara su deseo de convertirse en una de las legítimas herederas del autor de Millennium. Y en un gesto que refleja toda su dignidad como mujer, a la que se le están violando sus más mínimos derechos, rechazó la oferta que se le hizo. Una magra oferta para la suma recaudada hasta el día de hoy, pero sobre todo para la suma que se recogerá en los años que vienen.
Para terminar, quisiera hacer alusión a la película Millennium 2, dirigida por Niels Arden Oplev y Daniel Alfredson, con guión de Jonas Frikberg y fotografía de Peter Mokrosinski. Con Noomi Rapace, en el rol de Lisbeth Salander y Mikael Nyqvist, en el de Mikael Blomkvist. El largo metraje ha sido seleccionado para participar en el próximo Festival de Cine Europeo que se llevara a cabo en Essen y Boshum, en la región alemana de Ruhr, el 11 y 12 de diciembre de 2009. Falta ver si la Millennium, en su versión cinematográfica, logra el mismo éxito que la trilogía escrita por Stieg Larsson.
domingo, 4 de octubre de 2009
MARCELA SERRANO
Marcela Serrano nació en 1951 en la ciudad de Santiago, Chile. Hija del ensayista Horacio Serrano y de la novelista Elisa Pérez Walker.
El año 1973, por motivo del golpe militar, tuvo que cumplir su exilio en Roma, Italia. El año 1977 regresó definitivamente a Chile.
En 1994 fue declarada ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, por su obra Nosotras que nos queremos tanto, publicada en 1991, y el galardón de la Feria del Libro de Guadalajara (México) a la mejor novela hispanoamericana escrita por una mujer. Además, el mismo año obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago con la obra Para que no me olvides (1993), dicho premio es el más importante en su género en el país austral.
Algunas de sus obras son:
Antigua vida mía (1995)
El albergue de las mujeres tristes (1997)
Nuestra Señora de la Soledad (1999)
Un mundo raro (dos cuentos-2000)
Lo que está en mi corazón (2001), obra finalista del prestigioso Premio Planeta.
Hasta siempre mujercitas (2004)
La llorona (2008)
Marcela Serrano es una de las autoras latinoamericanas más vendidas y leídas.
Características generales de su obra:
Marcela Serrano nació en 1951 en la ciudad de Santiago, Chile. Hija del ensayista Horacio Serrano y de la novelista Elisa Pérez Walker.
El año 1973, por motivo del golpe militar, tuvo que cumplir su exilio en Roma, Italia. El año 1977 regresó definitivamente a Chile.
En 1994 fue declarada ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, por su obra Nosotras que nos queremos tanto, publicada en 1991, y el galardón de la Feria del Libro de Guadalajara (México) a la mejor novela hispanoamericana escrita por una mujer. Además, el mismo año obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago con la obra Para que no me olvides (1993), dicho premio es el más importante en su género en el país austral.
Algunas de sus obras son:
Antigua vida mía (1995)
El albergue de las mujeres tristes (1997)
Nuestra Señora de la Soledad (1999)
Un mundo raro (dos cuentos-2000)
Lo que está en mi corazón (2001), obra finalista del prestigioso Premio Planeta.
Hasta siempre mujercitas (2004)
La llorona (2008)
Marcela Serrano es una de las autoras latinoamericanas más vendidas y leídas.
Características generales de su obra:
1. Reflexión sobre la condición femenina: Cuando se lee a Marcela Serrano la primera impresión que arroja su obra es la reflexión sobre la condición femenina. Toda su obra está ligada por un eje central que bien puede denominarse la defensa de la mujer y el retrato íntimo que ningún hombre, por razones obvias, había podido realizar. Su obra, en cierta forma, nos desnuda, y pone en el tapete todos nuestros temores, miedos, esperanzas, vacilaciones, desengaños y fracasos; pero también nuestros amores y nuestros éxitos. Al respecto dice:
“No tengo ningún pudor en escribir como escribe una mujer. Al revés, pegaría un grito para decirles a todas las mujeres que por favor escriban distinto de los hombres… Porque creo que nosotras sí tenemos otro lenguaje”.
Por lo que hace una defensa a ultranza del derecho que tenemos las mujeres a escribir diferente a nuestros homólogos masculinos, dejando claro que su modo de pensar al respecto difiere de la visión de la escritora española Rosa Montero, para quien ser mujer es más bien algo ligado a la especificidad humana, un elemento más como puede ser un aspecto biográfico o la nacionalidad a la que se pertenezca, pero que en definitiva no tiene mucho peso a la hora de la creación literaria. Y para aclarar esta divergencia Marcela Serrano dice muy claramente:
“Yo defiendo el punto de vista femenino y Rosa Montero no. Ella dice que se siente más cercana de cualquier español de su generación que de una mujer de Sudáfrica. Yo no: yo me siento más cercana a una escritora marroquí que a Pérez-Reverte. Y eso tiene que ver con el punto de vista”.
Y yo agregaría, también la mirada, la sensibilidad e incluso nuestra carga ideológica. Marcela Serrano es bastante elocuente al decir que:
“Es imposible no escribir desde lo minoritario si estás en eso. Imaginémonos la Sudáfrica del apartheid: ¿podría un negro haber escrito desde el poder? Siempre tendría que escribir desde el margen... En ese sentido, dado que en la historia el poder ha sido masculino, el lenguaje también... Yo creo que la mujer escribe desde el espacio del no poder”.
Y yo agregaría desde el espacio oculto, desde el anonimato, como si su rostro estuviese oculto por un velo invisible que le nubla la vista, le cose la boca y le tapa los oídos; y sin embargo su grito de desamparo sale de lo más profundo de sus entrañas, para reafirmarse como ser humano, como mujer, amante, esposa, amiga, trabajadora; incluso como ciudadana de un país que la relega, la avasalla, la esclaviza y la ignora, a la hora de reconocerle sus derechos; pero que la tiene en cuenta a la hora de exigirle sus obligaciones. Marcela Serrano agrega, con bastante crudeza por cierto, que
“Hay un tipo de soledad determinada que tiene que ver con haber nacido en el espacio del no poder. Y ahí la lectura sirve para atenuar la soledad”.
Y es aquí donde llegamos al segundo punto.
2. La soledad: Como muchos de los autores contemporáneos Marcela Serrano indaga en el terreno metafísico y nos muestra sus personajes femeninos como si hubiesen sido cortados en una sala de cirugía con el más fino de los escalpelos. Es así como a través de su pluma descubrimos la inconmensurable soledad que suele rodear a la especie humana, independientemente de su extracción social, económica, política o religiosa; pero que se hace mucho más insoportable cuando se es mujer. Para explicar lo que podría no ser sino un embrollo, Marcela Serrano aduce a uno de sus personajes de “Hasta siempre mujercitas”, puesto que anteriormente las mujeres debían aceptar sin ningún tipo de rebelión el papel que se les había impuesto desde antes de su nacimiento, papel escrito desde tiempos inmemoriales. En cambio ahora, al menos en lo que concierne a las mujeres occidentales, podemos decidir si aceptamos o no los dictados de una sociedad y un Iglesia opresoras:
–“Esa es la diferencia entre las mujercitas de la Alcott y las mías. Creo que los mandatos no son muy distintos: lo que les enseñaron a las hermanas March no es muy distinto de lo que me enseñaron a mí. La diferencia está en qué podemos hacer hoy con esos mandatos. Hoy cabe una enorme cantidad de posibilidades que antes estaban vedadas: el ser profesionales, el salir a ganarse la vida… Y eso, la posibilidad de ganarnos el pan, ya nos ha cambiado literalmente la vida”.
Para reforzar su idea que los mandatos impuestos a la mujer de comienzos del siglo XXI, son los mismos que a mediados del siglo XX, Marcela Serrano agrega:
–“Hay una palabra, la obediencia. La obediencia a la que las mujeres estarían virtualmente sometidas... Sometimiento a la familia, a la bondad… Cada uno de esos roles (madre, hija, esposa...) tiene una carga gigantesca relacionada con la obediencia. Yo estaba en un colegio de monjas en los años sesenta, y hay frases enteras de la Alcott que me recuerdan mi formación. Esa cosa pudorosa y menuda desde la que había que mirar la vida… Y las virtudes femeninas, que implicaban siempre la humildad, la falta de ambición... Que los hombres que fuesen ambiciosos era un valor; en las mujeres, un defecto. Hasta las virtudes femeninas prácticas: aprender a cocinar, a tejer, a coser… En fin, todo estaba encerrado en lo pequeño, en la vida doméstica... No había un mandato de salir al mundo”.
3. La política y el exilio:
En 1972 vive su primera experiencia como exiliada en Francia, pero era un exilio deseado, no impuesto. Algo muy diferente del exilio que le tocó vivir para huir del régimen de terror impuesto por Pinochet, en Italia esta vez. Allí conoció el desarraigo, el dolor, el frío y el hambre. Al respecto Marcela Serrano dice:
“El exilio. Primero, antes del exilio había vivido en París un año como estudiante, debe haber sido cuatro años después del 68, cuando estaban todos los gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire, y yo me fui con dos de mis hermanas, según nosotras a aprender francés. Congelamos nuestros estudios en Santiago y nos fuimos a vivir allá. Fue una experiencia fascinante, realmente apasionante. Aprendimos francés, pero también aprendimos muchas otras cosas. Después volví a Chile y vino el golpe. Ahí me tocó el exilio italiano; nos tocaba, uno no decidía cuando era militante de un partido, y tuve un exilio en Roma. Roma en sí fue un privilegio. El calor de los italianos, la recepción que nos hicieron, la solidaridad de ellos fue una cosa maravillosa, pero tuvimos que vivir en condiciones que yo ni siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante "regalada" antes de eso, en casa de mis padres, entonces fue muy duro. Al final me volví”.
Y es que la obra de Marcela Serrano no puede entenderse si se deja a un lado el aspecto político. Las alusiones a la dictadura, a la represión, a la tortura, a los desaparecidos, a los campos de concentración, al terror y al exilio obligado que vivieron miles de chilenos está inmerso a todo lo largo de su obra. El ambiente de persecución con el que toda una generación vivió y creció, se hizo adulta y pensante no escapa a su visión aguda del conflicto político chileno.
Para terminar podría decir que Marcela Serrano, Isabel Allende y Laura Restrepo, son las tres novelistas latinoamericanas con una obra sólida y permanente en el tiempo. Son tres referentes a la hora de estudiar la literatura actual latinoamericana; y cuando hago esta afirmación por supuesto que no hago distinción entre hombre o mujer.
NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
“No tengo ningún pudor en escribir como escribe una mujer. Al revés, pegaría un grito para decirles a todas las mujeres que por favor escriban distinto de los hombres… Porque creo que nosotras sí tenemos otro lenguaje”.
Por lo que hace una defensa a ultranza del derecho que tenemos las mujeres a escribir diferente a nuestros homólogos masculinos, dejando claro que su modo de pensar al respecto difiere de la visión de la escritora española Rosa Montero, para quien ser mujer es más bien algo ligado a la especificidad humana, un elemento más como puede ser un aspecto biográfico o la nacionalidad a la que se pertenezca, pero que en definitiva no tiene mucho peso a la hora de la creación literaria. Y para aclarar esta divergencia Marcela Serrano dice muy claramente:
“Yo defiendo el punto de vista femenino y Rosa Montero no. Ella dice que se siente más cercana de cualquier español de su generación que de una mujer de Sudáfrica. Yo no: yo me siento más cercana a una escritora marroquí que a Pérez-Reverte. Y eso tiene que ver con el punto de vista”.
Y yo agregaría, también la mirada, la sensibilidad e incluso nuestra carga ideológica. Marcela Serrano es bastante elocuente al decir que:
“Es imposible no escribir desde lo minoritario si estás en eso. Imaginémonos la Sudáfrica del apartheid: ¿podría un negro haber escrito desde el poder? Siempre tendría que escribir desde el margen... En ese sentido, dado que en la historia el poder ha sido masculino, el lenguaje también... Yo creo que la mujer escribe desde el espacio del no poder”.
Y yo agregaría desde el espacio oculto, desde el anonimato, como si su rostro estuviese oculto por un velo invisible que le nubla la vista, le cose la boca y le tapa los oídos; y sin embargo su grito de desamparo sale de lo más profundo de sus entrañas, para reafirmarse como ser humano, como mujer, amante, esposa, amiga, trabajadora; incluso como ciudadana de un país que la relega, la avasalla, la esclaviza y la ignora, a la hora de reconocerle sus derechos; pero que la tiene en cuenta a la hora de exigirle sus obligaciones. Marcela Serrano agrega, con bastante crudeza por cierto, que
“Hay un tipo de soledad determinada que tiene que ver con haber nacido en el espacio del no poder. Y ahí la lectura sirve para atenuar la soledad”.
Y es aquí donde llegamos al segundo punto.
2. La soledad: Como muchos de los autores contemporáneos Marcela Serrano indaga en el terreno metafísico y nos muestra sus personajes femeninos como si hubiesen sido cortados en una sala de cirugía con el más fino de los escalpelos. Es así como a través de su pluma descubrimos la inconmensurable soledad que suele rodear a la especie humana, independientemente de su extracción social, económica, política o religiosa; pero que se hace mucho más insoportable cuando se es mujer. Para explicar lo que podría no ser sino un embrollo, Marcela Serrano aduce a uno de sus personajes de “Hasta siempre mujercitas”, puesto que anteriormente las mujeres debían aceptar sin ningún tipo de rebelión el papel que se les había impuesto desde antes de su nacimiento, papel escrito desde tiempos inmemoriales. En cambio ahora, al menos en lo que concierne a las mujeres occidentales, podemos decidir si aceptamos o no los dictados de una sociedad y un Iglesia opresoras:
–“Esa es la diferencia entre las mujercitas de la Alcott y las mías. Creo que los mandatos no son muy distintos: lo que les enseñaron a las hermanas March no es muy distinto de lo que me enseñaron a mí. La diferencia está en qué podemos hacer hoy con esos mandatos. Hoy cabe una enorme cantidad de posibilidades que antes estaban vedadas: el ser profesionales, el salir a ganarse la vida… Y eso, la posibilidad de ganarnos el pan, ya nos ha cambiado literalmente la vida”.
Para reforzar su idea que los mandatos impuestos a la mujer de comienzos del siglo XXI, son los mismos que a mediados del siglo XX, Marcela Serrano agrega:
–“Hay una palabra, la obediencia. La obediencia a la que las mujeres estarían virtualmente sometidas... Sometimiento a la familia, a la bondad… Cada uno de esos roles (madre, hija, esposa...) tiene una carga gigantesca relacionada con la obediencia. Yo estaba en un colegio de monjas en los años sesenta, y hay frases enteras de la Alcott que me recuerdan mi formación. Esa cosa pudorosa y menuda desde la que había que mirar la vida… Y las virtudes femeninas, que implicaban siempre la humildad, la falta de ambición... Que los hombres que fuesen ambiciosos era un valor; en las mujeres, un defecto. Hasta las virtudes femeninas prácticas: aprender a cocinar, a tejer, a coser… En fin, todo estaba encerrado en lo pequeño, en la vida doméstica... No había un mandato de salir al mundo”.
3. La política y el exilio:
En 1972 vive su primera experiencia como exiliada en Francia, pero era un exilio deseado, no impuesto. Algo muy diferente del exilio que le tocó vivir para huir del régimen de terror impuesto por Pinochet, en Italia esta vez. Allí conoció el desarraigo, el dolor, el frío y el hambre. Al respecto Marcela Serrano dice:
“El exilio. Primero, antes del exilio había vivido en París un año como estudiante, debe haber sido cuatro años después del 68, cuando estaban todos los gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire, y yo me fui con dos de mis hermanas, según nosotras a aprender francés. Congelamos nuestros estudios en Santiago y nos fuimos a vivir allá. Fue una experiencia fascinante, realmente apasionante. Aprendimos francés, pero también aprendimos muchas otras cosas. Después volví a Chile y vino el golpe. Ahí me tocó el exilio italiano; nos tocaba, uno no decidía cuando era militante de un partido, y tuve un exilio en Roma. Roma en sí fue un privilegio. El calor de los italianos, la recepción que nos hicieron, la solidaridad de ellos fue una cosa maravillosa, pero tuvimos que vivir en condiciones que yo ni siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante "regalada" antes de eso, en casa de mis padres, entonces fue muy duro. Al final me volví”.
Y es que la obra de Marcela Serrano no puede entenderse si se deja a un lado el aspecto político. Las alusiones a la dictadura, a la represión, a la tortura, a los desaparecidos, a los campos de concentración, al terror y al exilio obligado que vivieron miles de chilenos está inmerso a todo lo largo de su obra. El ambiente de persecución con el que toda una generación vivió y creció, se hizo adulta y pensante no escapa a su visión aguda del conflicto político chileno.
Para terminar podría decir que Marcela Serrano, Isabel Allende y Laura Restrepo, son las tres novelistas latinoamericanas con una obra sólida y permanente en el tiempo. Son tres referentes a la hora de estudiar la literatura actual latinoamericana; y cuando hago esta afirmación por supuesto que no hago distinción entre hombre o mujer.
NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Esta obra fue publicada en 1993 y en 1994 ganó el Premio sor Juana Inés de la Cruz, uno de los galardones más importantes de la literatura iberoamericana. Fue su primera obra, al menos la primera que escribió de una forma consciente, pensada para ser publicada y no archivada u olvidada en una da las tantas gavetas del pasado. En ella se relata la vida de cuatro mujeres, amigas entre sí y que la vida, por diferentes razones ha separado.
Este libro fue el primero que leí de Marcela Serrano, y hasta la fecha sigue siendo el que más me ha gustado. Pienso que en los demás se repite, sobre todo en “Hasta siempre mujercitas”. Esta obra, como todos sus demás libros, tiene un marcado acento feminista, en él indaga sobre la reivindicación de la mujer y sobre los estereotipos que le han impuesto; al mismo tiempo que muestra a un tipo de mujeres que han dejado atrás la tradición de las abuelas y que han hecho de sus vidas un sendero donde el hombre, fuera de cumplir con su papel de reproductor, poco o nada tiene que ver en el mundo femenino y en realización de un grupo selecto de mujeres. Es el caso de su personaje Sara. Marcela Serrano la integra a la historia con el siguiente párrafo:
“Sara nació, creció y vivió siempre entre puras mujeres.
Su padre abandonó a su madre el mes anterior a su nacimiento, en la ciudad de Valdivia. No se le volvió a ver. Siete años después se supo de su muerte y como ya había pasado a la categoría de personaje inexistente, esto no cambió el destino de nadie”.
O el personaje de Isabel:
“Creo que mi obsesión por mi vida profesional y mi dedicación a ella es casi sospechosa. Hernán me ha dicho incluso que es poco femenina. Pero… es que me dan escalofríos las vidas de aquellas mujeres sin cuento propio, las que aceptaron que el amor fuese la única referencia”. …
En su libro el hombre generalmente sale mal parado y las críticas acervas que se le hacen son verdaderamente corrosivas:
“No entiendo porque hay tantas mujeres solas y casi no hay hombres solos. María le responde:
- Todos se volvieron a casar, Laura, peor con mujeres más jóvenes. El mercado de ellos es fluctuante, el nuestro estático. Y si te encuentras con uno que se casó con alguien de su misma edad o que está solo, desconfía. Algún problema debe tener”.
La crítica a la religión católica marca el libro desde el principio, la autora ha reconocido abiertamente que hace mucho tiempo se separó de dicho legado y no tiene tapujos para reconocer que es atea:
“para su abuela esta niña no tenía nombre, porque no la bautizaron.
- ¿Cómo va a vivir esta niñita, sin fe de bautismo?
- Tiene certificado de nacimiento, mamá, Con eso le basta”.
Marcela Serrano, como la mayoría de las mujeres que nacimos en los años 50, y que crecimos con woddstock, con la Revolución de Mayo del 68 y con la gran revolución sexual derivada de la píldora, grita su derecho al placer y al orgasmo, grita su derecho al placer sexual libre de todo tapujo social y religioso; algo impensable para las abuelas que habían nacido 50 años antes:
“No quiero una sociedad donde no exista una sola mujer que no haya tenido un orgasmo”.
Dice uno de sus personajes femeninos; pero para llegar a esa sabia conclusión primero había tenido que pasar por la educación tradicional de cualquier mujer católica: el culto a la virginidad.
-“Debes tener en cuenta que la educación católica tradicional tiene un solo pecado fundamental: el SEXO, así, con mayúscula. La virginidad era nuestro valor más preciado. Casi todos los jóvenes con quienes pololeábamos entonces hacían el amor. Pero no con nosotras. Había otras mujeres para eso. Putas, empleadas, peluqueras, mujeres mayores. Había un acuerdo tácito: los hombres, sí; nosotras, no. La clásica doble moral de esta sociedad de mierda. Y el cero cuestionamiento nuestro de ella. Nuestra forma de vivir la sexualidad era fragmentadísima. …Mi curso del colegio se dividía en dos: las que conocían los besos con lengua y las que no”.
Este buceo por la sexualidad femenina, negada durante más de mil años, para ser finalmente aceptada y asumida en todo lo que tiene de grande y de hermoso, lleva a Marcela Serrano a hablar también de la masturbación y del aborto, sin ningún tapujo, asumiendo una realidad que siempre se ha querido ocultar.
-“Yo pensaba en esos países desarrollados donde abortar no es un delito, donde el Estado puede evitar esa miles muertes de mujeres del mundo popular por hemorragia y también evitar estos feroces negocios de los doctores ricos que hacen el doble juego de la moral. Soñé entonces con una Salud Pública capaz de recoger un problema tan dramático, tan cotidiano, tan desgarrador para cada protagonista y tan peligroso a la vez.
Y más adelante:
“¡Un país que no tiene una ley de divorcio ni una de aborto no tiene derecho a hablar de desarrollo!
Al final el libro cierra con una frase, que a mi modo de ver salva todo el libro,:
“-Al final, Ana –me dice con voz muy queda- nuestra tarea, la de nosotras las mujeres, es dar a luz y cerrar los ojos de los muertos. Exactamente los pasos claves de la humanidad. Como si la historia realmente dependiese de nuestras manos”.
Para terminar quiero decir que Marcela Serrano no es una de mis autoras preferidas, pienso, incluso, que algunas de sus obras no han debido ser publicadas. Creo que Marcela Serrano ha sido más bien el resultado de un markerting bien hecho más que el resultado de una buena literatura. Eso no quiere decir que libros como “Nosotras que nos queremos tanto”, no sea un libro que no merezca la pena de ser leído. Por el contrario, si bien reconozco que no es algo extraordinario, también es verdad que disfruté su lectura; como también es verdad que el último de los libros que leí de ella “Hasta siempre mujercitas”, me pareció bastante regular; eso sin hablar de “Un mundo raro”. Por el contrario “Para que no me olvides” me dejó una buena impresión; pero, insisto, no la considero una gran autora.
Este libro fue el primero que leí de Marcela Serrano, y hasta la fecha sigue siendo el que más me ha gustado. Pienso que en los demás se repite, sobre todo en “Hasta siempre mujercitas”. Esta obra, como todos sus demás libros, tiene un marcado acento feminista, en él indaga sobre la reivindicación de la mujer y sobre los estereotipos que le han impuesto; al mismo tiempo que muestra a un tipo de mujeres que han dejado atrás la tradición de las abuelas y que han hecho de sus vidas un sendero donde el hombre, fuera de cumplir con su papel de reproductor, poco o nada tiene que ver en el mundo femenino y en realización de un grupo selecto de mujeres. Es el caso de su personaje Sara. Marcela Serrano la integra a la historia con el siguiente párrafo:
“Sara nació, creció y vivió siempre entre puras mujeres.
Su padre abandonó a su madre el mes anterior a su nacimiento, en la ciudad de Valdivia. No se le volvió a ver. Siete años después se supo de su muerte y como ya había pasado a la categoría de personaje inexistente, esto no cambió el destino de nadie”.
O el personaje de Isabel:
“Creo que mi obsesión por mi vida profesional y mi dedicación a ella es casi sospechosa. Hernán me ha dicho incluso que es poco femenina. Pero… es que me dan escalofríos las vidas de aquellas mujeres sin cuento propio, las que aceptaron que el amor fuese la única referencia”. …
En su libro el hombre generalmente sale mal parado y las críticas acervas que se le hacen son verdaderamente corrosivas:
“No entiendo porque hay tantas mujeres solas y casi no hay hombres solos. María le responde:
- Todos se volvieron a casar, Laura, peor con mujeres más jóvenes. El mercado de ellos es fluctuante, el nuestro estático. Y si te encuentras con uno que se casó con alguien de su misma edad o que está solo, desconfía. Algún problema debe tener”.
La crítica a la religión católica marca el libro desde el principio, la autora ha reconocido abiertamente que hace mucho tiempo se separó de dicho legado y no tiene tapujos para reconocer que es atea:
“para su abuela esta niña no tenía nombre, porque no la bautizaron.
- ¿Cómo va a vivir esta niñita, sin fe de bautismo?
- Tiene certificado de nacimiento, mamá, Con eso le basta”.
Marcela Serrano, como la mayoría de las mujeres que nacimos en los años 50, y que crecimos con woddstock, con la Revolución de Mayo del 68 y con la gran revolución sexual derivada de la píldora, grita su derecho al placer y al orgasmo, grita su derecho al placer sexual libre de todo tapujo social y religioso; algo impensable para las abuelas que habían nacido 50 años antes:
“No quiero una sociedad donde no exista una sola mujer que no haya tenido un orgasmo”.
Dice uno de sus personajes femeninos; pero para llegar a esa sabia conclusión primero había tenido que pasar por la educación tradicional de cualquier mujer católica: el culto a la virginidad.
-“Debes tener en cuenta que la educación católica tradicional tiene un solo pecado fundamental: el SEXO, así, con mayúscula. La virginidad era nuestro valor más preciado. Casi todos los jóvenes con quienes pololeábamos entonces hacían el amor. Pero no con nosotras. Había otras mujeres para eso. Putas, empleadas, peluqueras, mujeres mayores. Había un acuerdo tácito: los hombres, sí; nosotras, no. La clásica doble moral de esta sociedad de mierda. Y el cero cuestionamiento nuestro de ella. Nuestra forma de vivir la sexualidad era fragmentadísima. …Mi curso del colegio se dividía en dos: las que conocían los besos con lengua y las que no”.
Este buceo por la sexualidad femenina, negada durante más de mil años, para ser finalmente aceptada y asumida en todo lo que tiene de grande y de hermoso, lleva a Marcela Serrano a hablar también de la masturbación y del aborto, sin ningún tapujo, asumiendo una realidad que siempre se ha querido ocultar.
-“Yo pensaba en esos países desarrollados donde abortar no es un delito, donde el Estado puede evitar esa miles muertes de mujeres del mundo popular por hemorragia y también evitar estos feroces negocios de los doctores ricos que hacen el doble juego de la moral. Soñé entonces con una Salud Pública capaz de recoger un problema tan dramático, tan cotidiano, tan desgarrador para cada protagonista y tan peligroso a la vez.
Y más adelante:
“¡Un país que no tiene una ley de divorcio ni una de aborto no tiene derecho a hablar de desarrollo!
Al final el libro cierra con una frase, que a mi modo de ver salva todo el libro,:
“-Al final, Ana –me dice con voz muy queda- nuestra tarea, la de nosotras las mujeres, es dar a luz y cerrar los ojos de los muertos. Exactamente los pasos claves de la humanidad. Como si la historia realmente dependiese de nuestras manos”.
Para terminar quiero decir que Marcela Serrano no es una de mis autoras preferidas, pienso, incluso, que algunas de sus obras no han debido ser publicadas. Creo que Marcela Serrano ha sido más bien el resultado de un markerting bien hecho más que el resultado de una buena literatura. Eso no quiere decir que libros como “Nosotras que nos queremos tanto”, no sea un libro que no merezca la pena de ser leído. Por el contrario, si bien reconozco que no es algo extraordinario, también es verdad que disfruté su lectura; como también es verdad que el último de los libros que leí de ella “Hasta siempre mujercitas”, me pareció bastante regular; eso sin hablar de “Un mundo raro”. Por el contrario “Para que no me olvides” me dejó una buena impresión; pero, insisto, no la considero una gran autora.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Testimonios
TESTIMONIOS
Crimen de honor
Nota: Este artículo fue inicialmente publicado en Papel Salmón (Diario la Patria) el 12 de febrero de 2006, edición 695.Crimen de honor
En diciembre de 2005 la prensa francesa sorprendía al mundo occidental al relatar como un padre de origen marroquí mantenía encerradas a sus cuatro hijas, todas en edad escolar, en un pequeño apartamento de uno de los tantos inmuebles que son administrados por las alcaldías de cada ciudad francesa. Sus hijas estaban entre los cuatro y los 14 años, ninguna sabía hablar francés, ni mucho menos leer ni escribir. Sólo hablaban árabe y cuando salían al parqueadero del edificio, único lugar de esparcimiento, lo hacían en compañía de alguien. Su padre, un desempleado, aducía que el aislamiento que había impuesto a sus hijas era en nombre del Islam, pero los estudiosos no ortodoxos del Corán niegan dicho postulado. Este hombre cobraba cada mes el subsidio familiar, 300 € por cada una de sus hijas, 1200 € en total, mientras que en España el salario mínimo quedó para el 2006 en 530 € (el cambio actual en Colombia –27 noviembre 2008- es de $2999= por un euro, si se hace la cuenta recibía $ 3’598.000=). Cualquiera podría decir que se trata de un caso aislado, pero la verdad es que en Francia no se ha logrado la integración de los inmigrantes que han llegado a este país en los últimos 40 años. Los acontecimientos de Evry, acaecidos en noviembre de 2005, y los de otras localidades, así lo constatan. En esta historia de desarraigo, de exilio y de choque cultural, quien sale peor librada es la mujer.
“Mariée de force” (Casada a la fuerza):
En el 2005 se publicó el libro "Casada a la fuerza", (Mariée de Force), una francesa de origen marroquí, educada bajo los preceptos más estrictos de la tradición musulmana, firmó su libro con el seudónimo de ‘Leila’. Reconocer el libro con su verdadero nombre hubiese significado la muerte a manos de personas allegadas o de cualquier vecino a quien le hubiese incomodado el libro. Y por supuesto que es un libro que incomoda. En una sociedad como la nuestra, en la Colombia del siglo XXI , y a pesar de todas las desigualdades económicas, sociales, laborales y de género, pensar en un matrimonio "arreglado", y lo que es peor "a la fuerza", es inconcebible. Cualquiera diría que fue una práctica de la aristocracia y burguesía europea, desde el Medioevo hasta el siglo XIX, incluso hasta la primera guerra mundial, pero que hoy no se lleva a cabo. Lo cual no es verdad, es una práctica bastante común, y en muchos países es aceptada plenamente por los jóvenes en edad de casarse; así lo corroboró una encuesta realizada en la India a finales del 2005, donde más del 70% de los jóvenes están de acuerdo con esta práctica; y más aún, están de acuerdo con el hecho de no contraer nupcias con alguien que no pertenezca a la misma casta. No quiero entrar a debatir si dicha costumbre hay que respetarla por el hecho de ser una práctica milenaria y que cada pueblo tiene el derecho a preservar su identidad cultural. Lo que me interesa, es denunciar como millones de mujeres son casadas diariamente sin su consentimiento, algunas a edades tan tempranas que ni siquiera la menarquía les ha llegado.
“Mariée de Force” es narrado en primera persona. Leila cuenta su vida en el seno de una familia conservadora e instalada desde hace 30 años en uno de los suburbios parisinos. Como muchas otras familias musulmanas, sus padres aceptaron escolarizarla, pero dentro del hogar su rol era de una esclava. Esclava del padre y de sus 11 hermanos, esclava de la madre, que descargaba en ella la mayoría de los trabajos domésticos. Sometida a una violencia sin límites, tanto física como mentalmente. Y es que las mujeres que han logrado romper el silencio, como ha sido el caso de las musulmanas Mukhtar Mai o de Souad, o de la hindú Bama, y a quienes me referiré más adelante, no dejan de hacer énfasis en la difícil situación que enfrentan millones de nuestras congéneres donde nacer mujer es la peor de las pesadillas que pueda enfrentar un ser humano. El caso de Leila no difiere mucho, así hable, escriba y lea francés. En su hogar es la ley del patriarca la que impera, y la de los hermanos por supuesto. Cuando el padre lo considera pertinente simplemente le comunica a la hija que tal día y a tal hora deberá contraer matrimonio con el hombre que él le ha escogido. De nada vale decir no, ni llorar ni gritar. Si el padre lo ha decidido así se hará.
En Francia, dentro de la comunidad musulmana, se llevarían a cabo cada año alrededor de 50 mil matrimonios a la fuerza. Muchos de estos hombres que terminan casándose con mujeres musulmanas, pero francesas para el Estado francés, vienen del Maghreb, o de otros países musulmanes, por lo que generalmente sólo buscan regularizar sus papeles y beneficiarse de las ventajas que otorga la seguridad social francesa. La mayoría son cruelmente maltratadas e incluso abandonadas, después de haberlas despojado de todas sus pertenencias. El abandono se conoce con el nombre de "repudio", lo que significa el deshonor y la vergüenza tanto para la víctima, como para su familia. Las mujeres aceptan casarse porque saben que de no hacerlo, son sus vidas las que corren peligro. Los musulmanes lo llaman "Crimen de honor", y este tiene un sinnúmero de variantes: la mujer puede ser quemada viva, rociada con ácido, estrangulada, degollada, lapidada. En otras palabras las mujeres que se opongan a la voluntad masculina están expuestas a las mayores perversidades que la mente humana pueda imaginar. Leila describe esta situación de la manera más desgarradora que una mujer pueda expresar sobre su propia condición de mujer:
“… el cuerpo de la mujer musulmana representa un pecado desde el momento mismo de su nacimiento. Para un padre, una hija es sinónimo de sirvienta de la casa, la alcoba es su prisión y su virginidad es el regalo más preciado que él dará al hombre que escogerá como su marido. Yo luché con todas mis fuerzas contra el matrimonio que se me imponía a la fuerza, no obstante me casaron”.
Ante un relato semejante cualquier comentario queda por fuera de lugar.
El caso de Souad:
“Brûlée vive” (Quemada viva), es el testimonio de Souad, una de las pocas sobrevivientes a esta tradición que cobra cientos de vidas en diferentes lugares del mundo. El caso de Souad no difiere mucho de la historia de miles de mujeres musulmanas. Su familia se da cuenta que está embarazada, el padre del niño huye, y ella es condenada por sus padres a ser quemada viva. El elegido para "lavar el honor" es su cuñado. Pero también podría haber sido el padre o el hermano, e incluso la madre. Souad cuenta como vio a su madre ahogar a un bebé con la almohada inmediatamente después del parto, cuando se dio cuenta que era una niña. Pero también cuenta como su hermana adolescente fue estrangulada con la cuerda del teléfono por su propio hermano. ¿Cuál habría sido su crimen? ¿Hablar por teléfono? ¿O tal vez mirar a un hombre a los ojos o hablar con un desconocido?
Souad es una campesina cisjordana, que pudo sobrevivir gracias a la ayuda de SURGIR, una ONG suiza que se dedica a investigar este tipo de crímenes. El 80% de su cuerpo guarda las señas de la gasolina ardiendo. En Pakistán y en Yemen son cientos las mujeres que son desfiguradas cada año por sus maridos. La práctica más utilizada es el ácido que les quema la piel hasta dejarlas convertidas en monstruos. Lo peor es que ni las autoridades ni el gobierno ni los médicos hacen nada para protegerlas. No suelen interferir en lo que consideran "decisiones familiares". Pero no solamente son quemadas en sus países de origen. En noviembre de 2005, en los suburbios de París, una mujer de 18 años de origen marroquí, fue rociada con gasolina por un pretendiente pakistanés que había sido rechazado por su familia. Ella se encuentra desde entonces en coma profundo y de él se desconoce su paradero. En Irán el 3 de noviembre de 2004 un joven universitario iraní le arrojó ácido en la cara a una compañera que no había aceptado casarse con él. La joven quedó ciega, y él aspirante a “pretendiente” fue finalmente condenado por la ley iraní (27.11.08). El veredicto dicta que debe aplicársele la “ghesas” o Ley del Talión: Recibirá 20 gotas de ácido en sus ojos, lo que significa que quedará ciego como la adolescente a la que le destruyó la vida.
Pakistán:
Otro de los libros que nos ocupa es “Deshonorée” (Deshonrada) de Mukhtar Mai, es un testimonio no menos doloroso. Esta valerosa mujer, aún siendo analfabeta, se enfrentó al status-quo de su país natal: Pakistán. Logró llevar tras las rejas a los hombres que decidieron violarla para “lavar” la supuesta falta que habría cometido su hermano de 12 años: haber mirado a una mujer de 20 años a la cara, con el agravante que ella era de una casta superior, los Mastoi. El niño fue primero raptado, luego torturado y sodomizado por varios hombres. Pero ese era sólo el comienzo de la pesadilla. En Pakistán, al igual que en las comunidades campesinas de la India, cualquier ofensa que haga un hombre, la que paga es la mujer, bien sea su esposa, sus hijas o su madre. La mayoría de las veces se paga con la violación a una de ellas por parte del supuesto ofendido.
Mukhtar Mai es llamada por el Consejo tribal, inicialmente para pedir perdón por el "delito" de su hermano. El Consejo se hace en público donde todos los lugareños son espectadores. El Consejo la condena a ser violada por cuatro hombres, y por primera vez la orden es ratificada por el jefe de la tribu. Como ella misma lo dice, muchas mujeres en su caso se habrían suicidado. Ella misma lo considera seriamente por espacio de varios días, pero logra sobreponerse a la rabia y a la humillación, y entabla un proceso jurídico que la ha convertido en un icono de los derechos humanos en Pakistán. En el 2005 fue declarada Mujer del Año en los Estados Unidos.
En vez de derrumbarse, Mukhtar Mai decidió fundar la primera escuela del pueblo donde siempre ha vivido con su familia. Ella misma dice que es la educación la que permitirá a las nuevas generaciones combatir las prácticas que hasta ahora han envilecido a millones y millones de mujeres. Dice, además: "A veces tanta responsabilidad me ahoga. A veces la cólera me quita el aliento. Sin embargo, no desespero nunca. Mi vida tiene un sentido. Mi desgracia se ha convertido en una herramienta útil para mi comunidad". En el 2006 su escuela contaba con 150 niños y 200 niñas. Para los niños, el gobierno pakistaní le ha asignado un profesor, para las niñas son las ayudas de ONG’s internacionales y del gobierno canadiense las que permiten el pago de los salarios de cuatro profesoras. Las ganancias generadas por la venta de su libro han sido invertidas en su escuela.
También pasa en la India:
Bama, una mujer hindú perteneciente a la casta de Los Intocables o Parias y quien habla solamente la lengua tamul, publicó “Sangati”. En la actualidad se desempeña como profesora en la comunidad campesina a la que pertenece. Su libro es una serie de anécdotas que se siguen las unas a las otras, cada una más cruda que la anterior, por lo que su relato va in crescendo hasta convertirse en un grito desgarrador. Bama relata la difícil situación de un sistema social regido por las castas, pero ante todo le interesa denunciar la dolorosa e intolerable condición de ser mujer, en un país donde sus vidas no valen prácticamente nada, tal y como ella misma lo describe:
"Nosotros conocemos (en la India) todas las informaciones que hablan sobre la condición de la mujer y los derechos que ellas les han arrancado a nuestra sociedad patriarcal. No obstante todo aquello que concierne a la condición de las mujeres dalit [1] es ignorado, no solamente por los hombres, sino también por las mujeres que han caído en la trampa mortal del sistema social de castas. Las informaciones que les conciernen, son dejadas a un lado, disimuladas, enterradas, por lo que terminan en el olvido. A veces, escuchamos los gritos de dolor de esas mujeres para luego borrarlos de nuestra memoria".
Desde el punto de vista literario las obras anteriormente citadas no tienen una gran importancia, pero si lo tienen desde el punto de vista de testimonio, de documento, de denuncia social, de denuncia de género y de denuncia de sociedades que continúan ancladas en prácticas milenarias basadas en el oprobio a la mujer.
No obstante un caso muy diferente es el de la autora hindú, Chitra Banerjee Divakaruni, quien actualmente vive en Estados Unidos, donde se desempeña como profesora de literatura en la Universidad de Houston. Esta autora ha hecho una gran carrera en el mundo de las letras, siendo ampliamente reconocida por su poesía y por sus novelas.
La “La Hiedra del Deseo” cuenta la vida de una mujer que se ve obligada a huir del domicilio conyugal, para poder salvar a la hija que acaba de nacer. Y es que en la India, cada año miles de niñas son asesinadas o abandonadas en las puertas de los hospitales o de los templos, por sus propios padres que solo quieren un hijo varón o por sus madres que no desean para ellas la vida que a su vez les ha tocado vivir. En China, por ejemplo, el aborto podía hacerse en el quinto mes de embarazo, cuando la ecografía confirmaba que el bebé por venir era un feto femenino. Esta práctica sólo fue prohibida a mediados de la década de los 90.
Sin embargo el caso de Mukhtar Mai, aunque extremadamente doloroso, no difiere mucho de lo que numerosas mujeres en Colombia podrían contar en cuanto al escarnio que sufren a diario en manos de sus parejas, de sus padres o hermanos, o de los jefes, incluso de los políticos que las acosan sexualmente o que las humillan e insultan cuando nadie los ve. Y es que la cobardía es una de las armas más importantes con que cuenta el machismo. Cuando un hombre insulta, agrede, viola... es su forma de perpetuarse en el poder y de hacer sentir que él es superior. Pero… ¿Superior a quién?
Mariée de Forcé (Oh! Editions. J'ai lu. 2004)
Brulée vive. Ediciones Pocket, 2.004
Deshonoré de Mukhtar Mai (Oh! Editions. 2005)
La Hiedra del Deseo colocar las otras obras de esta autora
Sangati de Bama (Editions de l’Aube. 2005).
[1] Dalit significa aplastada, e inicialmente se utilizó como una palabra de denuncia política, militante; hoy en día es el término con el que se denomina a los intocables.
“Mariée de force” (Casada a la fuerza):
En el 2005 se publicó el libro "Casada a la fuerza", (Mariée de Force), una francesa de origen marroquí, educada bajo los preceptos más estrictos de la tradición musulmana, firmó su libro con el seudónimo de ‘Leila’. Reconocer el libro con su verdadero nombre hubiese significado la muerte a manos de personas allegadas o de cualquier vecino a quien le hubiese incomodado el libro. Y por supuesto que es un libro que incomoda. En una sociedad como la nuestra, en la Colombia del siglo XXI , y a pesar de todas las desigualdades económicas, sociales, laborales y de género, pensar en un matrimonio "arreglado", y lo que es peor "a la fuerza", es inconcebible. Cualquiera diría que fue una práctica de la aristocracia y burguesía europea, desde el Medioevo hasta el siglo XIX, incluso hasta la primera guerra mundial, pero que hoy no se lleva a cabo. Lo cual no es verdad, es una práctica bastante común, y en muchos países es aceptada plenamente por los jóvenes en edad de casarse; así lo corroboró una encuesta realizada en la India a finales del 2005, donde más del 70% de los jóvenes están de acuerdo con esta práctica; y más aún, están de acuerdo con el hecho de no contraer nupcias con alguien que no pertenezca a la misma casta. No quiero entrar a debatir si dicha costumbre hay que respetarla por el hecho de ser una práctica milenaria y que cada pueblo tiene el derecho a preservar su identidad cultural. Lo que me interesa, es denunciar como millones de mujeres son casadas diariamente sin su consentimiento, algunas a edades tan tempranas que ni siquiera la menarquía les ha llegado.
“Mariée de Force” es narrado en primera persona. Leila cuenta su vida en el seno de una familia conservadora e instalada desde hace 30 años en uno de los suburbios parisinos. Como muchas otras familias musulmanas, sus padres aceptaron escolarizarla, pero dentro del hogar su rol era de una esclava. Esclava del padre y de sus 11 hermanos, esclava de la madre, que descargaba en ella la mayoría de los trabajos domésticos. Sometida a una violencia sin límites, tanto física como mentalmente. Y es que las mujeres que han logrado romper el silencio, como ha sido el caso de las musulmanas Mukhtar Mai o de Souad, o de la hindú Bama, y a quienes me referiré más adelante, no dejan de hacer énfasis en la difícil situación que enfrentan millones de nuestras congéneres donde nacer mujer es la peor de las pesadillas que pueda enfrentar un ser humano. El caso de Leila no difiere mucho, así hable, escriba y lea francés. En su hogar es la ley del patriarca la que impera, y la de los hermanos por supuesto. Cuando el padre lo considera pertinente simplemente le comunica a la hija que tal día y a tal hora deberá contraer matrimonio con el hombre que él le ha escogido. De nada vale decir no, ni llorar ni gritar. Si el padre lo ha decidido así se hará.
En Francia, dentro de la comunidad musulmana, se llevarían a cabo cada año alrededor de 50 mil matrimonios a la fuerza. Muchos de estos hombres que terminan casándose con mujeres musulmanas, pero francesas para el Estado francés, vienen del Maghreb, o de otros países musulmanes, por lo que generalmente sólo buscan regularizar sus papeles y beneficiarse de las ventajas que otorga la seguridad social francesa. La mayoría son cruelmente maltratadas e incluso abandonadas, después de haberlas despojado de todas sus pertenencias. El abandono se conoce con el nombre de "repudio", lo que significa el deshonor y la vergüenza tanto para la víctima, como para su familia. Las mujeres aceptan casarse porque saben que de no hacerlo, son sus vidas las que corren peligro. Los musulmanes lo llaman "Crimen de honor", y este tiene un sinnúmero de variantes: la mujer puede ser quemada viva, rociada con ácido, estrangulada, degollada, lapidada. En otras palabras las mujeres que se opongan a la voluntad masculina están expuestas a las mayores perversidades que la mente humana pueda imaginar. Leila describe esta situación de la manera más desgarradora que una mujer pueda expresar sobre su propia condición de mujer:
“… el cuerpo de la mujer musulmana representa un pecado desde el momento mismo de su nacimiento. Para un padre, una hija es sinónimo de sirvienta de la casa, la alcoba es su prisión y su virginidad es el regalo más preciado que él dará al hombre que escogerá como su marido. Yo luché con todas mis fuerzas contra el matrimonio que se me imponía a la fuerza, no obstante me casaron”.
Ante un relato semejante cualquier comentario queda por fuera de lugar.
El caso de Souad:
“Brûlée vive” (Quemada viva), es el testimonio de Souad, una de las pocas sobrevivientes a esta tradición que cobra cientos de vidas en diferentes lugares del mundo. El caso de Souad no difiere mucho de la historia de miles de mujeres musulmanas. Su familia se da cuenta que está embarazada, el padre del niño huye, y ella es condenada por sus padres a ser quemada viva. El elegido para "lavar el honor" es su cuñado. Pero también podría haber sido el padre o el hermano, e incluso la madre. Souad cuenta como vio a su madre ahogar a un bebé con la almohada inmediatamente después del parto, cuando se dio cuenta que era una niña. Pero también cuenta como su hermana adolescente fue estrangulada con la cuerda del teléfono por su propio hermano. ¿Cuál habría sido su crimen? ¿Hablar por teléfono? ¿O tal vez mirar a un hombre a los ojos o hablar con un desconocido?
Souad es una campesina cisjordana, que pudo sobrevivir gracias a la ayuda de SURGIR, una ONG suiza que se dedica a investigar este tipo de crímenes. El 80% de su cuerpo guarda las señas de la gasolina ardiendo. En Pakistán y en Yemen son cientos las mujeres que son desfiguradas cada año por sus maridos. La práctica más utilizada es el ácido que les quema la piel hasta dejarlas convertidas en monstruos. Lo peor es que ni las autoridades ni el gobierno ni los médicos hacen nada para protegerlas. No suelen interferir en lo que consideran "decisiones familiares". Pero no solamente son quemadas en sus países de origen. En noviembre de 2005, en los suburbios de París, una mujer de 18 años de origen marroquí, fue rociada con gasolina por un pretendiente pakistanés que había sido rechazado por su familia. Ella se encuentra desde entonces en coma profundo y de él se desconoce su paradero. En Irán el 3 de noviembre de 2004 un joven universitario iraní le arrojó ácido en la cara a una compañera que no había aceptado casarse con él. La joven quedó ciega, y él aspirante a “pretendiente” fue finalmente condenado por la ley iraní (27.11.08). El veredicto dicta que debe aplicársele la “ghesas” o Ley del Talión: Recibirá 20 gotas de ácido en sus ojos, lo que significa que quedará ciego como la adolescente a la que le destruyó la vida.
Pakistán:
Otro de los libros que nos ocupa es “Deshonorée” (Deshonrada) de Mukhtar Mai, es un testimonio no menos doloroso. Esta valerosa mujer, aún siendo analfabeta, se enfrentó al status-quo de su país natal: Pakistán. Logró llevar tras las rejas a los hombres que decidieron violarla para “lavar” la supuesta falta que habría cometido su hermano de 12 años: haber mirado a una mujer de 20 años a la cara, con el agravante que ella era de una casta superior, los Mastoi. El niño fue primero raptado, luego torturado y sodomizado por varios hombres. Pero ese era sólo el comienzo de la pesadilla. En Pakistán, al igual que en las comunidades campesinas de la India, cualquier ofensa que haga un hombre, la que paga es la mujer, bien sea su esposa, sus hijas o su madre. La mayoría de las veces se paga con la violación a una de ellas por parte del supuesto ofendido.
Mukhtar Mai es llamada por el Consejo tribal, inicialmente para pedir perdón por el "delito" de su hermano. El Consejo se hace en público donde todos los lugareños son espectadores. El Consejo la condena a ser violada por cuatro hombres, y por primera vez la orden es ratificada por el jefe de la tribu. Como ella misma lo dice, muchas mujeres en su caso se habrían suicidado. Ella misma lo considera seriamente por espacio de varios días, pero logra sobreponerse a la rabia y a la humillación, y entabla un proceso jurídico que la ha convertido en un icono de los derechos humanos en Pakistán. En el 2005 fue declarada Mujer del Año en los Estados Unidos.
En vez de derrumbarse, Mukhtar Mai decidió fundar la primera escuela del pueblo donde siempre ha vivido con su familia. Ella misma dice que es la educación la que permitirá a las nuevas generaciones combatir las prácticas que hasta ahora han envilecido a millones y millones de mujeres. Dice, además: "A veces tanta responsabilidad me ahoga. A veces la cólera me quita el aliento. Sin embargo, no desespero nunca. Mi vida tiene un sentido. Mi desgracia se ha convertido en una herramienta útil para mi comunidad". En el 2006 su escuela contaba con 150 niños y 200 niñas. Para los niños, el gobierno pakistaní le ha asignado un profesor, para las niñas son las ayudas de ONG’s internacionales y del gobierno canadiense las que permiten el pago de los salarios de cuatro profesoras. Las ganancias generadas por la venta de su libro han sido invertidas en su escuela.
También pasa en la India:
Bama, una mujer hindú perteneciente a la casta de Los Intocables o Parias y quien habla solamente la lengua tamul, publicó “Sangati”. En la actualidad se desempeña como profesora en la comunidad campesina a la que pertenece. Su libro es una serie de anécdotas que se siguen las unas a las otras, cada una más cruda que la anterior, por lo que su relato va in crescendo hasta convertirse en un grito desgarrador. Bama relata la difícil situación de un sistema social regido por las castas, pero ante todo le interesa denunciar la dolorosa e intolerable condición de ser mujer, en un país donde sus vidas no valen prácticamente nada, tal y como ella misma lo describe:
"Nosotros conocemos (en la India) todas las informaciones que hablan sobre la condición de la mujer y los derechos que ellas les han arrancado a nuestra sociedad patriarcal. No obstante todo aquello que concierne a la condición de las mujeres dalit [1] es ignorado, no solamente por los hombres, sino también por las mujeres que han caído en la trampa mortal del sistema social de castas. Las informaciones que les conciernen, son dejadas a un lado, disimuladas, enterradas, por lo que terminan en el olvido. A veces, escuchamos los gritos de dolor de esas mujeres para luego borrarlos de nuestra memoria".
Desde el punto de vista literario las obras anteriormente citadas no tienen una gran importancia, pero si lo tienen desde el punto de vista de testimonio, de documento, de denuncia social, de denuncia de género y de denuncia de sociedades que continúan ancladas en prácticas milenarias basadas en el oprobio a la mujer.
No obstante un caso muy diferente es el de la autora hindú, Chitra Banerjee Divakaruni, quien actualmente vive en Estados Unidos, donde se desempeña como profesora de literatura en la Universidad de Houston. Esta autora ha hecho una gran carrera en el mundo de las letras, siendo ampliamente reconocida por su poesía y por sus novelas.
La “La Hiedra del Deseo” cuenta la vida de una mujer que se ve obligada a huir del domicilio conyugal, para poder salvar a la hija que acaba de nacer. Y es que en la India, cada año miles de niñas son asesinadas o abandonadas en las puertas de los hospitales o de los templos, por sus propios padres que solo quieren un hijo varón o por sus madres que no desean para ellas la vida que a su vez les ha tocado vivir. En China, por ejemplo, el aborto podía hacerse en el quinto mes de embarazo, cuando la ecografía confirmaba que el bebé por venir era un feto femenino. Esta práctica sólo fue prohibida a mediados de la década de los 90.
Sin embargo el caso de Mukhtar Mai, aunque extremadamente doloroso, no difiere mucho de lo que numerosas mujeres en Colombia podrían contar en cuanto al escarnio que sufren a diario en manos de sus parejas, de sus padres o hermanos, o de los jefes, incluso de los políticos que las acosan sexualmente o que las humillan e insultan cuando nadie los ve. Y es que la cobardía es una de las armas más importantes con que cuenta el machismo. Cuando un hombre insulta, agrede, viola... es su forma de perpetuarse en el poder y de hacer sentir que él es superior. Pero… ¿Superior a quién?
Mariée de Forcé (Oh! Editions. J'ai lu. 2004)
Brulée vive. Ediciones Pocket, 2.004
Deshonoré de Mukhtar Mai (Oh! Editions. 2005)
La Hiedra del Deseo colocar las otras obras de esta autora
Sangati de Bama (Editions de l’Aube. 2005).
[1] Dalit significa aplastada, e inicialmente se utilizó como una palabra de denuncia política, militante; hoy en día es el término con el que se denomina a los intocables.
lunes, 25 de agosto de 2008
María Isabel Rueda y su corta visión sobre la violencia de género (respuesta a uno de sus malogrados consejos)
NOTA: El presente artículo hace parte de un libro que preparo en la actualidad sobre la mujer, por lo tanto hay que leerlo teniendo en cuenta dicha premisa.
VIOLENCIA DE GÉNERO
En el caso de Colombia la desigualdad es enorme; así se haya legislado a favor de la mujer, la oferta de trabajo privilegia al hombre y a la mujer se la sigue considerando inferior en capacidades y en desempeño laboral. En cuanto al desempleo femenino es del 22%, uno de los más altos en América Latina, frente al 17%; donde el desempleo alcanza la escalofriante cifra de 6.5 millones de mujeres cesantes, mientras que México tiene el más bajo con 2.7%, hombres incluidos. El promedio salarial de las mujeres en Colombia es del 25% menos que le de los hombres; mientras que las estadísticas de mujeres jefes de hogar, para 1998, era del 24.4%, según datos proporcionados por el DANE, en el 2000. Por otra parte la precariedad de los empleos, en América Latina, afecta más a las mujeres que a los hombres, ya que muchas de ellas trabajan en actividades donde es más difícil ejercer un control por parte de la administración; como es el caso de las empleadas domésticas. En Colombia el 18.5 de la población femenina rural es analfabeta, 0.6% más que la población masculina. Los préstamos del Banco Agrario en el 2000, eran del 84% para los hombres y el 16% para las mujeres. La titulación de terrenos baldíos es del 44% para los hombres y del 28.4% para las mujeres.[1] Sin olvidar que es el país con el mayor número de desplazados en el mundo, 3000000, en el 2008. Víctimas del conflicto armado que padecemos desde hace 50 años, pero sobre todo víctimas del paramilitarismo. En cuanto a la violencia física en contra de las mujeres, habría que recordar que en Argentina cada 36 horas es asesinada una mujer, el 40% de ellas por sus conyugues o compañeros. Sólo en el 2007 fueron asesinadas 240. “La tasa más alta de femicidios en Europa corresponde a Rumania, con 12,9 mujeres asesinadas anualmente por un millón de habitantes. En Bélgica es de 10,61, en Portugal de 5,07 y en España de 3,27. La tasa más alta en el mundo es la de Colombia”. El País, España, 2004[2] En Francia cada 72 horas una mujer es asesinada por su pareja o expareja. Sus derechos sociales aún están por debajo de sus derechos civiles y políticos. En el 2007, 4000 mujeres fueron violadas cada mes, lo que arroja una cifra aterradora de 48000 violaciones en el año. Una mujer, de cada 10, confiesa ser víctima de violencia conyugal, pero sólo un 13% denuncia. En España la violencia contra la mujer no ha dejado de crecer en los últimos años. Sólo en el 2007 hubo 170 asesinatos cometidos en el seno de su hogar. Asesinatos que se comenten cada vez de manera más brutal: uso de hachas, tirarlas por la ventana o el balcón o quemarlas vivas. El 6 de diciembre de 1989 ha pasado a la historia como una de las más tristes fechas de feminicidio en el mundo. Me refiero a la Masacre de Montreal, donde murieron 19 estudiantes de la Escuela Politécnica, llevada a cabo por un solo hombre que las asesinó por ser mujeres y por robarle, según él oportunidades de estudio y empleo. Luego de cometer el acto se suicidó, dejando una carta en la que enfatizaba en que no era un loco, sino que había realizado el asesinato colectivo con plena conciencia de sus actos. Su nombre era Marc Lépine. Según Pierre Guéno, una mujer de cada 3 en el mundo, es golpeada u obligada a tener relaciones sexuales o sufre tortura psicológica. Desafortunadamente el silencio y el sufrimiento de millones de mujeres son pan de cada día y aún está lejos el día en que se termine. No obstante muchas veces la peor enemiga de la mujer es la mujer misma. Y sin embargo María Isabel Rueda, periodista de gran renombre en Colombia, le aconsejó al Congreso de la República de olvidarse de legislar a favor de la equidad de género. No solo es una enorme privilegiada en un país donde la iniquidad es rampante, sino que le da la espalda a sus congéneres, con el flojo argumento que en su caso nunca ha sido discriminada. Desafortunadamente ella no es la única en pensar de esa forma, por lo que la tarea por la reivindicación de los derechos de la mujer sigue siendo ardua, en América Latina en general y en Colombia en particular. María Isabel Rueda no es una periodista del siglo XIX, ni de mediados del siglo XX, aunque parezca demasiado insólito; estoy hablando de una mujer contemporánea y con gran influencia en el país. Por lo que Florence Thomas, la gran feminista y directora del Grupo Mujer y Sociedad, le escribió una carta abierta en su columna semanal del diario El Tiempo (7 de agosto de 2008), lo siguiente: “Recomendarle al Congreso no perder el tiempo con las reivindicaciones de las mujeres me parece demostrar una visión ingenua, clasista, pobre y, sobre todo, tan centrada en tu propia condición. No cabe duda de que necesitamos un Congreso con una fuerte perspectiva de género, con una decidida voluntad política que les apueste a los derechos de las mujeres, con una bancada de mujeres que no se deje manosear por los patriarcas de siempre, que no tenga miedo de hablar de mujeres cada vez que sea necesario, pues al contrario de perder tiempo, sería ganar un tiempo invaluable para el desarrollo de este país. El mundo empieza a saber que cuando las mujeres de un país avanzan, el país avanza y ningún hombre retrocede. Y para que las mujeres avancen necesitan herramientas legislativas, participación masiva en los espacios de decisión política y acciones positivas. Necesitan convicción para romper la aún mundial hegemonía masculina y convencer a mujeres como tú de que la democracia sin las mujeres no anda”. Habría que recordarle a María Isabel Rueda que en Colombia la violencia intrafamiliar afecta al 67% de mujeres y el 16% de los niños sufre maltrato infantil. Sólo en el 2007 se registraron 183 femicidios y entre enero y julio del 2008 se han presentado 64, según cifras de Medicina Legal” (datos proporcionados por El Espectador, 16.08.08). En materia de legislación en pro de la defensa de las mujeres, habría también que recordarle lo siguiente: Desde 1890 y durante más de 90 años el Código Penal contaba con una figura denominada Legítima Defensa del Honor, mediante la cual se exoneraba al hombre por asesinar a su esposa si ésta le era infiel. Un recurso polémico que fue reformado luego de la batalla que libraron las mujeres por la igualdad de género y el restablecimiento de sus derechos, aunque hoy en día sigue vigente para casos en los que se comprometa la reputación o el respeto por los derechos fundamentales de una persona. Actualmente existe otra figura que también ha generado controversia. Se trata de la motivación de ira e intenso dolor, un argumento que puede usar el abogado del agresor para que la condena se rebaje significativamente. Pero no es utilizado frecuentemente, porque se considera demasiado complaciente. De hecho, este no es el único mecanismo que existe en Colombia para lograr reducir considerablemente los años de prisión. Si el hombre o la mujer confiesa el asesinato, la pena ya no será de 25 a 40 años de cárcel, sino que puede llegar a ser de diez años o menos. El grupo de investigadores que trabajan en la Unidad de Vida de la Fiscalía explican que cerca del 70% de los casos de crímenes pasionales que se registran, por lo menos en Bogotá, son ejecutados por el esposo. La razón es que normalmente la mujer toma un arma como símbolo de protección, pero rara vez con la intención de usarla”.[3] Es claro que si no fuera por la legislación, la violencia contra las mujeres sería aún mayor, algo que María Isabel Rueda parece no comprender; por lo que yo agregaría que defender nuestros derechos y decírselo en una carta abierta, como lo ha hecho Florence Thomas, no significa que ella sea nuestra enemiga, ni que las feministas odiemos a las que no lo son; simplemente es hacerle caer en cuenta cuan ingenua puede ser su postura y cuanto análisis de la violencia de género le queda por hacer. La violencia en contra de las mujeres no ha dejado de crecer, pero también es cierto que hoy en día es más visible de lo que era hace 10 o 30 años. Al menos en lo que concierne al mundo occidental, las mujeres cada vez toman más conciencia de sus derechos y por lo tanto las denuncias se han incrementado. Lo que antes se cubría con un velo en la familia, imponiéndose la ley del silencio, hoy esa ley comienza a resquebrajarse; el miedo hacia el violento que habita en nuestra propia casa, poco a poco da paso a una toma de conciencia por parte de la mujer y en algunos casos de los hijos, por lo que la mujer encuentra las fuerzas necesarias para buscar ayuda y denunciar a la pareja que la acecha y martiriza. El sentimiento de inferioridad, tan arraigado en el género femenino, comienza a dar paso a un sentimiento de rebeldía ante la infamia de la que es víctima. Sin embargo no puede decirse lo mismo de los países musulmanes o de la India; sin contar con los países de regímenes totalitarios como la China y Cuba, donde los delitos son celosamente guardados por el Estado, por lo que la opinión pública desconoce lo que verdaderamente pasa en su propio país y por supuesto sin que les llegue nunca información de lo que sucede en el resto del mundo; ya que la opresión política también es otra forma de discriminación hacia una población en general y hacia la mujer en particular. Es el caso de Aung San Suu Kyu, la líder política del partido de oposición birmano. Desde 1990 ha estado prisionera en su casa, luego de haber ganado las elecciones con el 80% de votos a su favor. Desde entonces ha estado incomunicada, con algunas breves excepciones en las que ha quedado libre. En 1991 ganó el Premio Nobel de la Paz, pero la Junta Militar le negó la salida del país. Es también el caso de Benazir Butho, aparentemente asesinada en 2007 por órdenes expresas del presidente Musharraf, quien ayer mismo (18.08.08) debió demisionar, antes de exponerse a un juicio político en Pakistán. [1] Datos publicados en: Las mujeres en Colombia: una situación de desventaja. http://www.rel-uita.org/old/mujer/las%20mujeres%20colombia.htm [2]16 días de activismo contra la violencia hacia las mujeres. http://www.margen.org/wp/2007/11/25/16-dias-de-activismo-contra-la-violencia-hacia-las-mujeres/ [3]SUAREZ, Mariana y Diego Alarcón. El Espectador. Bogotá 16.08.08
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