domingo, 7 de septiembre de 2014

"LOS MUERTOS NO RESUCITAN, NI SIQUIERA CUANDO SE LAVAN LOS CADÁVERES"

Pintura Yai Pen-Ming, Ejecución (lectura de la obra Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya), 2008 LOS DESASTRES DE LA GUERRA 1800-2014, este es el nombre de la muestra artística del Museo Louvre-Lens. Más que exposición es un viaje a través del delirio humano, de la sinrazón, del odio. Es un descenso a los infiernos, no al cristiano, en el cual no creo, sino al verdadero, al creado por esta especie que se considera a sí misma el centro de la creación supuestamente divina. Aunque no puedo entender como el dios -o los dioses, todo depende de la religión que se practique-, puede permitir que la guerra exista, así sea por un segundo, lo que no sería sino una prueba fehaciente, al menos para mí, de su inexistencia. A no ser que su dios sea Ares, el hermoso griego considerado dios de la guerra, Marte para los romanos, símbolo de la crueldad, del caos, de la confusión, del desorden. El título Los desastres de la guerra es el nombre dado por Goya a la serie de grabados que van de 1810 a 1820; los cuales cambiaron, junto con la pintura de Géricault, la visión idealista que se tenía de un combate o de la guerra misma. La visión de heroicidad de un soldado muerto en campaña, dio paso a la representación del horror, de la nada, del fin, de la hecatombe humana. Goya realizó la serie en cuestión como un enorme grito de denuncia a la invasión napoleónica, él, que era un francófilo consumado, amaba el Siglo de las Luces francés, pero también era consciente que su país estaba siendo reducido a cenizas por el pueblo que tanto admiraba. ¿Era el pueblo francés o era la megalomanía de un hombre sediento de poder y de ambición sin límites, el que oscurecía la España de su tiempo? Por supuesto que Goya lo sabía muy bien, y eso fue lo que trató de representar en esa serie de grabados, ochenta en total, que sólo fueron expuestos al público en 1863, bajo el nombre Fatales consecuencias de la sangrienta guerra de España (1814-1820), lo cual era una primicia en la historia del arte; no porque antes no se hubiese representado la guerra, sino por la forma realista en la que se mostraban aspectos que antes ningún pintor se había atrevido a esbozar. Grabado Grande hazaña con muertos Goya No en vano Chateaubriand decía que “Napoleón al exagerar la guerra la mató”; en otras palabras quería decir que con las guerras napoleónicas se daba inicio a una nueva forma de hacer la guerra: la guerra de masas. Géricault y Goya son los primeros artistas decimonónicos a pensar como pensamos la gran mayoría de los seres humanos contemporáneos, que la paz está por encima de la guerra, puesto que la gran parte de la sociedad actual es consciente de los desastres que una guerra puede traer consigo, a corto, a mediano y a largo plazo. Pronto haría su aparición la fotografía, esa otra forma de narrar lo indecible, de mostrar el horror sin contemplaciones, impidiendo a veces digerirlo; o bien, a fuerza de atragantarnos con él, terminamos por no verlo. Y precisamente es la fotografía de guerra la que permite que Otto Dix realice Der Krieg, Lens bombardeado, en 1926, varios años después de terminada la Gran Guerra. La que se conmemora este año, 2014, a veces con una idealización bastante romántica e ingenua de los que en realidad fue esa carnicería humana. Una herida purulenta que sería luego una enorme gangrena, La II Guerra Mundial.
Otto Dix Al respecto Otto Dix decía: “No he pintado las escenas de guerra para impedir la guerra; nunca lo hubiera pretendido. Las pinté para conjurarla. Todo arte es una conjuración. También pinto sueños y visiones, los sueños y las visiones de mi época, los sueños y las visiones de todos los seres humanos”. (Entrevista de Otto Dix con Otto Wundshammer, 1946)- Pero antes habría que hablar de esa otra guerra que dividiría España en dos, los republicanos y los franquistas, La Guerra Civil Española. Y nadie como Picasso para contárnosla.
Guernica No en vano Albert Camus dijo en 1956: “Nuestra historia comienza con esta guerra perdida, España es nuestra verdadera institutriz”. Y por supuesto está La Segunda Guerra Mundial, Hiroshima y Nagasaki. Arthur Koestler decía: “Desde los albores de la conciencia, hasta la mitad de nuestro siglo, el hombre ha debido vivir con la perspectiva de su muerte, al mismo tiempo que se sabía individuo; después de Hiroshima la humanidad debe vivir con la perspectiva de su extinción en tanto que especie biológica”. (Face au Néant, 1968-1973).* Otro Guernica podría ser la fotografía de Nick Ut, (1972), la fotografía con la cual yo pasé de la adolescencia a la edad adulta; me refiero a la foto donde una niña corre desnuda en una carretera de Vietnam huyendo de la bomba de Napalm; ese gran crimen cometido por Estados Unidos, uno entre tantos otros, la cual no solo contribuyó a terminar esa guerra sino que se convirtió en un hito de la historia de la fotografía.
Nick Ut Lo que me hace pensar en las miles de fotos que han sido tomadas en Colombia en estos casi 60 años de guerra interna, fratricida, que hemos vivido y que aún no asimilamos porque no queremos mirarnos en el espejo del horror y del miedo; pero están ahí, y algún día tendremos que hacerlo, tendremos que hacer un museo que las exponga. Para poder curar nuestras heridas tendremos que conocer toda la verdad y así comenzar a quitar la pus que corre en la piel de este país multicultural, multiétnico y diverso que es Colombia. .................................. Bibliografía: 1800-2014 désastres de la guerre. Exposition au Louvre-Lens. L’objet d’art. Hors-série No 78. 2014. ............................ *Nota: Con respecto a La Segunda Guerra Mundial pueden leer el artículo que publiqué: "Los muertos no resucitan, ni siquiera cuando se lavan los cadáveres”: http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2013/08/10/carta-abierta-a-uribe-y-a-los-enemigos-de-la-paz/

domingo, 31 de agosto de 2014

NELA RÍO

El nombre Nela Río me remite a Río Nela, el afluente del Ebro que corre por los Montes de Somo en la península ibérica. Y si hago esta analogía es porque Nela es un río por el que navegamos muchos escritores, poetas y artistas que hemos tenido el privilegio de conocerla. De sus aguas bebemos para no morir de sed en el intento de seguir escribiendo cuando nos enfrentamos a las dificultades de ser publicados. Además de académica, Nela Río (Argentina-Canadá) es la fundadora del Registro Creativo, adscrito a la Asociación Canadiense de Hispanistas, y es una gestora cultural incansable. Y antes de hablar de su trabajo poético, quisiera resaltar un rasgo muy importante de su personalidad. Pocas personas como Nela Río son tan profundamente humanas; por sus venas corre, en torrentes inagotables, la generosidad para con los demás poetas, algo que no es común en todos los escritores, sobre todo en aquellos que ya cuentan con un reconocimiento internacional, como es su caso. Nela Río se interesa a fondo porque las personas que navegan en su río sean conocidas, publicadas y que participen en los diferentes eventos poéticos y artísticos que realiza con la ayuda de la Universidad de Laval (Canadá). Nela Río se desempeñó como profesora de literatura por espacio de treinta años en la St Thomas University. Como feminista y luchadora incansable aboga por que los derechos de la mujer sean reconocidos en todos los ámbitos y porque la violencia de género deje de ser el flagelo que es hoy en día. Pueden visitar su página del Registro Creativo en: http://www.ach.lit.ulaval.ca/Registro/Nela_Rio/ Nela Río es también investigadora. A ella se debe que el nombre de Sor Leonor de Ovando (1548-1609?), religiosa de la comunidad de Regina Angelorum, sea conocido fuera de República Dominicana, su país de origen, o al menos donde vivió la mayor parte de sus días. Leonor de Ovando fue una excelsa poeta que vivió antes que la otra sor. Me refiero, por supuesto, a Juana Inés Asbaje Ramírez y Santillana (México, 1651- 1695), o sor Juana Inés de la Cruz; por eso Leonor de Oviedo es considerada la primera poeta del Nuevo Mundo. Pueden leer los poemas que Nela Río le escribió a esta monja insigne visitando el siguiente vínculo: http://www.ach.lit.ulaval.ca/Registro/Nela_Rio/Poemas_a_Leonor.htm Y para leer su investigación pueden leer el ensayo, Mi diálogo con Leonor, en el siguiente sitio: http://www.ach.lit.ulaval.ca/Registro/Nela_Rio/Dialogo_Leonor.html Entre sus galardones está el Meritus Award de la creatividad, 1998, ha sido también finalista de varios concursos internacionales, entre ellos el Carmen Conde de la prestigiosa Editorial Torremozas, especializada en poesía escrita por mujeres. Además recibió el Premio Prometeo de Poesía, Madrid, por su intensa labor en pro de la difusión de poetas, como es su Exposición de Poemas Poster que organiza dos o tres veces al año, y en la que participamos poetas de todos los países de habla hispana. Una de las características más importantes de la obra poética de Nela Río es que cada poemario es un mundo único, temático, donde no hay poemas sueltos; es como si se tratase de una novela escrita en verso. Ahí radica uno de sus principales logros. Por otra parte, su poesía es etérea, podría decirse volátil; y aunque es profundamente dolorosa logra penetrar en el alma humana sin necesidad de regodearse en heridas purulentas. No en vano la profesora Elena Palmero Gonzalez (Universidade Federal do Rio do Janeiro, Brasil) dice: “Nela Río pertenece a ese grupo selecto de escritores sistemáticos. Un conjunto de temas circulan en la obra de la poetisa como una red organizada de obsesiones: la piel, la palabra poética, el ser femenino. Esas obsesiones vuelven permanentemente en su obra, tejiendo una rica trama de significaciones”. El último libro de Nela Río, El Laberinto Vertical (Editoriales Broken Jaw Press Inc. y Enana Blanca, Canadá, 2014), ha sido publicado, como todas sus obras, en edición bilingüe, español-inglés. Aunque su obra también ha sido traducida al francés y al catalán. El poema Maternidad da inicio a este poemario, e involucra al lector inmediatamente, ya que este es testigo del nacimiento de una nueva y a la vez antigua cosmogonía: “Detrás del tiempo del sueño / en la precisa marea / que se haga en mí la voluntad de la madre”. Cuatro palabras marcan lo que será su creación: sueño, tiempo, sombra y silencio. En el poema Alguien, leemos: “Hubo un tiempo que no era tiempo. / Alguien lo soñó y se lo puso como sombra. / Medía su caminar, y dibujaba el silencio”. ¿Cómo medir el tiempo que se sueña? “A través de la sombra”, responde la poeta -elegida para contar el mito de la creación-; y luego “dibuja el silencio”. Un pianista diría: - Lo hace cantar. O un pintor: - Es otra forma de pintar lo inasible, lo invisible. O un poeta: - Nombrar para no olvidar. En Una y Múltiple asistimos al mito del eterno retorno, la serpiente mordiéndose la cola, la eterna representación del nacimiento-muerte-nacimiento: “En la noche de viento que suena como huesos / ella, la-que-crea-recordando / abrió la boca primogénita / y la procreó de voces / que hilaban historias…” En Estaciones somos testigos que la palabra, con su poder nominador, es la creadora de las cosas: “las de las voces largas / que todavía no eran mujeres, / inventaron las estaciones”. En Cielo Colorado aparece “ella”, la mujer, con “sus nueve meses bajo la lluvia del agua / nueve meses bajo la gran estrella”; revelándose como la eterna parturienta: “se abrió el útero/… inaugurando con grandes dolores / el pasaje, / de la sangre a la vida”. En Carbón Encendido se nos devela uno de los más hermosos misterios de la mujer, la vagina: “Cuando la rosa de los vientos juntó su perfume / para dar razón de los puntos de la vida / lo puso en el centro del cuerpo de la mujer / y allí se lo ha de buscar”. Y en Amor leemos: “cuando los hombres y las mujeres / se amaban con tanta afición. / El sol se ponía calzado pintado de azul / para no distraer el calor de los cuerpos”. Y en Tiempos del Deseo: “Así, amándose, hicieron constelaciones / y se mecieron colgados del cielo”. Y luego en Al Tiempo de la Cosecha: “Cruzaron el río subterráneo / y en la otra orilla / encontraron las flores vistiéndose de frutos, / los vientres abultados y la tierra oscura / sacudiendo / el estupor de las semillas”. En esta cosmogonía, heredera del Popol Vuh y de La Biblia no podía faltar ni la alusión al maíz, ni al diluvio universal; así que la poeta, elegida para contar el mito universal, nos dice al oído: “Porque se cuentan los granos del maíz, / de veinte en veinte / se sabe que antes de esta generación hubo otra / en la que el mundo se convirtió en laguna / a causa de mucha agua / que caía cuando los vientos estrujaban las nubes”. En el poema La Mañana del Olvido somos testigos de la sabiduría milenaria de la mujer: “mirándose en el espejo de la madre / se atavió de conocimientos”, para luego ver cómo le desagarraron las entrañas para desposeerla de la sapiencia heredada: “pájaros de la noche / raptaron las piedras preciosas del amanecer / y confinaron el génesis al olvido. / Y la noche larga, sin agujeros, / tuvo una gracia muda que aterraba”. Para luego traer a la memoria los aquelarres de otras tierras y de otros tiempos: “Desde entonces las mujeres se reúnen / y se dicen, cuando arden de cólera / que la medianoche es el clamor del amanecer”. En Las Hilanderas encontramos nuevamente la trasmisión del conocimiento; esta vez a través del tejido, como la Penélope griega: “Las mujeres que bordan, tejen, diseñan mantas, escribieron sus propia historia”. Pero cuando los templos antiguos fueron reemplazados por otros, cuando “se aplanaron las montañas para elevarlos”, sus voces y sus tejidos fueron considerados “herejías”. No obstante, “Las más entendidas y sabias / guardaron las palabras con inocencia/… cautelosamente se sumergieron en la intrahistoria”. En Las Místicas, somos testigos del nuevo culto que les imponen, acostumbradas a amar a sus dioses decidieron amar al intruso que irrumpía en sus vidas: “amaron a dios con amor de mujer / y lloraron la ausencia de la carne/… Veneraron la parte de la Unidad con sabor a hombre /… bajo amplios mantos /… los pezones erguidos de placer”. Lo que no sabían es que con la nueva religión llegaba la prohibición, la persecución y la pérdida de autonomía: “Las castigaron por mala compañía, / por aceptar la naturaleza de sus pensamientos / y les llovieron lluvias / hasta ahogarlas de amor en las noches tristes”. Y luego asistimos al cataclismo llamado Guerras: “Determinaron que las guerras serían voraces / y como locos corrían arrastrando gritos. / Las madres clamaban a viva voz / pero sucedió que las aves blancas / fueron usadas como piedra de sacrificio”. Los “pájaros de la noche” habían ganado la partida”, hasta transformarse en “escorpiones”, cuando en realidad eran hombres de la guerra con máscaras de pelo en sus rostros. En La Fuga nos enteramos que algunas sabias mujeres sobrevivieron a la hecatombe y se refugiaron en el “lugar donde se guardan las memorias”, y luego “caminaron a la laguna donde aguardaba el agua /… nacieron como ellas quisieron / y salieron del agua reluciendo nuevos cuerpos”. Y en Mitos, “construyeron en una “balsa” “nuevas casas, / navegaron con soltura hacia las costas de sí mismas / y se adueñaron de la vida”. Y es en este poema donde Nela Río se nos revela como la poeta elegida, la que custodia la memoria e impide el olvido. Y al mismo tiempo se convierte en el Río Nela, que acoge las "nuevas casas" que bogan la "balsa" que las mujeres tejedoras de mitos y leyendas construyeron para las que venimos detrás.

viernes, 29 de agosto de 2014

MAGGY DE COSTER

Conocí a Maggy de Coster (Haití 1966) en octubre de 2010 en el VIII Encuentro Internacional de Mujeres Poetas organizado en esa oportunidad por Clara Bella Ventura en Bogotá. Desde entonces hemos estado en contacto permanente; volvimos a coincidir en el siguiente Encuentro, esa vez organizado por la poeta panameña Gloria Young, y en París, donde he leído dos veces poesía invitada directamente por ella. Maggy de Coster además de periodista es poeta, novelista, escritora de libros y canciones infantiles y traductora del español al francés. Uno de mis libros, La ruta del espejo (Editions du Cygne, París, 2012), no solo fue su traductora sino que ella misma se encargó de presentarlo al editor. Su obra ha sido traducida a varios idiomas: español, italiano, catalán, rumano, inglés, portugués y árabe. Es miembro del PEN, capítulo francés, y ganadora del Primer Premio de la Academia Internacional Il Convivio, Sicilia, 2003, entre otros galardones a su obra poética y profesional. Desde hace más de doce años dirige y edita la revista poética Le Manoir des Poètes. Su último libro, de un total de 12 publicados, es Entre relámpagos y penumbras (Editions L’Harmattan, Paris, 2014), en edición bilingüe, francés-español. Es un pequeño poemario que nos invita a un viaje a través del tiempo y cuya nave es el libro. Por sus páginas navegamos por océanos conocidos y desconocidos; pero sobre todo es un libro que indaga en ese raro enigma que es la existencia humana: “El hueco de las olas / aloja los pensamientos / de los niños perdidos” Una alusión a la infancia extraviada en el pasado de cada uno de nosotros, una alegoría de una vida olvidada, ignorada y tal vez mancillada. Como si el dolor se hubiese lanzado por la grieta que separa las olas de un mar agitado por la tormenta. “En los parajes del vacío/ mil sueños se deshacen / a la velocidad del sonido / Y como eternos Sísifos, cargamos con nuestra piedra al hombro: Soñar con Sísifo / en la ondulación de la tarde / resplandor de locura Este verso se revela en los poemas que conforman Sonata para una y mil páginas. Como Sherezada, Maggy De Coster nos canta a la lumbre de las estrellas el dolor que la habita, que habita sus palabras, que habita los libros arrumados en anaqueles escondidos: “Cuando arden los bosques en verano / hay páginas de libros / Que se descubren carbonizados / en un suelo atormentado/… Oros se encuentran / yaciendo en los troncos de los árboles / o encima de las crestas / peladas de las montañas Esos libros “carbonizados” o aún no impresos nos develan el secreto de su existencia: “¡Abajo las armas! / ¡Libros arriba! / Salvas de amor /tregua de guerra / y se callan las armas / y resuenan los campos de paz / sacados de los libros recobrados Luego el libro se convierte en “brújula / guía noble del espíritu / E “intenta sobrevivir / al pie de un árbol… / Cuando todo desaparece en el vientre del río”. Y en las ramas de algún árbol encontramos “la jaula de la esperanza (que) abriga un libro”… “la vida de un libro en peligro” Y haciendo alusión nuevamente a la contadora de leyendas Maggy De Coster dice: “las páginas de mis libros / se parecen a las olas / de lluvias inesperadas / que sorprenden a los viajeros / de países desconocidos” Y es que en el movimiento perpetuo de las olas podemos ver ese otro movimiento de ese otro mar no de agua sino de arena: el desierto de los cuentos de las Mil y una noches; o de las Mil y una noche como decía Borges. Y los niños perdidos, a los que hacía alusión anteriormente, aparecen -como sombras o fantasmas o sueños o evocaciones- a través de la recuperación de “la memoria / del tiempo / anidada en los viejos libros” Al mismo tiempo que se pregunta: ¿Pero qué quedaría de nuestros pensamientos / si hubiera que recortarlos / como recortamos un libro?... Lanzadas en el viento / sin paracaídas / las hojas de los libros / tiritan de pavor / antes de rebotar / en una cama de neumáticos / al asalto de los guijarros” Pero después de la tormenta viene la calma y con ella la esperanza de otra vida para el libro que se había volatilizado: “Así como un cuento de nunca acabar / un libro duerme solo encima de un tejado / a la espera de despertarse / en las manos de un lector curioso” Versos que me hacen pensar nuevamente en la guerra y la paz. La guerra los destruye, la paz los lee y los vuelve a escribir.

sábado, 23 de agosto de 2014

ELUCUBRACIONES DE UNA VAGINA SECUESTRADA Carta abierta a algunas mujeres del Centro Democrático (Partido de la extrema derecha colombiana)

Mi nombre es Vagina, del latín vagina, que significa vaina, o sea un canal, túnel o conducto que poseen la hembras de la especie de los mamíferos, y que va desde la vulva al útero. En la Encyclopedie Bordas, SGED París 1994, puede leerse: “Canal que comunica la vulva con el útero, limita al exterior con el himen (membrana de las mujeres vírgenes) y con los labios menores. Los labios menores y los mayores (estos últimos cubiertos con pelos en las mujeres adultas) delimitan el vestíbulo, allí donde se encuentran las glándulas de Bartholin que permiten la secreción que facilita la penetración del pene. En el vestíbulo se encuentra el clítoris, órgano eréctil, muy sensible, que corresponde, embriológicamente hablando, al pene. Las paredes de la vagina, tapizadas interiormente de una mucosa, están en gran parte constituidas de músculos lisos” . Explicación incompleta, faltan, entre otros, el fornix vaginae, o fondo de saco vaginal, y por supuesto falta el cérvix, o cuello uterino, que permite la salida de la sangre del útero durante la menstruación y la entrada de los espermatozoides al útero; y si ésto les parece poco, el cérvix uterino, que suele medir unos 2.5 centímetros de diámetro y 3 a 4 de longitud, se dilata hasta los 10 cms para dar paso al nacimiento de nuestros hijos. No obstante, yo prefiero pensar que mi nombre, vagina, proviene de una hermosa palabra tahitiana, vahiné, que quiere decir mujer.
Sin embargo, este túnel secreto, para algunas personas enigmático, para otras fuente de pecado, de perdición, fuente de todos los males del mundo, representación de la Eva desobediente, altanera, provocadora; pero sobre todo una Eva que quiso indagar en lo prohibido por un dios que desde entonces ha mostrado una crueldad indecible para conmigo, también ha sido para muchas fuente de placer, a veces inconmensurable. Son las religiones, columnas que sostienen el patriarcado, las que me han injuriado. Si el dios al que tanto le rezan, es el mismo que me creó, ¿Por qué habría de ser pecaminosa y vulgar? ¿Por qué habría de ser fea? ¿Por qué habrían de violarme? ¿Por qué no podría ejercer mi libre sexualidad con la persona, o personas, que desease? ¿Por qué cuándo la ejerzo, de una forma libre y autónoma, soy declarada puta? ¿Y los hombres que visitan este túnel? ¿También son putos? ¿Son todos disolutos, libertinos, viciosos, pecadores, viciosos? ¿Son hombres de poca fe? ¿Son estragos de la naturaleza? ¿Son ursas horribilis condenados a ser espeleólogos en una cueva maldita? ¿Y cuál es el problema de ilustrar o representar una vagina? ¿Acaso las mujeres, portadoras de este spelaion magnífico, no vienen desnudas al mundo? ¿Y los hombres? ¿Acaso nacen con una hoja de parra que les cubre su miembro? El miedo al desnudo femenino, léase a la vagina, comenzó a ser una verdadera pandemia con la llegada del cristianismo. Pero sobre todo cuando la misma Iglesia se encargó de prohibir que hombres y mujeres posasen desnudos. De ahí las pinturas en las que se hace evidente el desconocimiento de las proporciones anatómicas, conocidas por los griegos y romanos y olvidadas hasta el Renacimiento. En otras palabras fui secuestrada por la religión, desde hace milenios me han impedido ejercer mi propia autonomía, me han querido avasallar, humillar, me han pisoteado y violado. Esto me hace recordar que todos los personajes del Juicio Final de Miguel Ángel, obra inicialmente encargada por Clemente VII y finalizada bajo el papado de Pablo III, fueron pintados desnudos; es sólo después de la muerte del artista que uno de los papas, Pio V, bastante insulso, y haciendo gala de su estulticia, ordenó que los cubrieran con unos trapos bastante feos. El pintor encargado de hacerlo fue Daniel da Volterra, apodado Braghettone, o pinta braguetas o pinta calzones; afortunadamente murió dos años después de iniciado el trabajo sin que hubiese podido terminarlo.
Y esta estupidez sigue imperando en las mentes fanáticas que ven en todas las manifestaciones artísticas representaciones del mal. Es el caso más reciente de una de las pinturas de Cranach el Viejo. La Real Academia de las Artes de Londres programó una exposición del pintor al que hago referencia y escogió uno de sus desnudos para hacerle difusión; sin embargo el metro londinense lo rechazó. Y no me estoy refiriendo a una prohibición del siglo pasado sino a una exposición que abre sus puertas al público hoy sábado 23 de agosto de 2014.
Otro caso fehaciente de la falsa moral de nuestra sociedad es el cuadro El Origen del Mundo de Gustave Courbet, y aunque fue pintado en 1866, permaneció oculto hasta 1995, año en que pasó a formar parte de la exposición permanente del Museo de Orsay de París.
Y ahora en Colombia dos mujeres que nadie conocía antes, pero que ahora ganan varios millones de pesos de los contribuyentes colombianos por no hacer nada, sólo porque Uribe resultó elegido senador, me han declarado la guerra. El Museo Santa Clara, bajo la dirección de Constanza Toquica, programó una exposición de María Eugenia Trujillo, Mujer en Custodia, y sin que las abanderadas de la moral, aunque no sé de cual, ya que quisiera creer que nunca han explotado a nadie, que las riquezas que ostentan vienen de patrimonios honestamente trabajados, y que por lo tanto siempre le han pagado salarios justos a sus empleadas domésticas, incluyendo, por supuesto, prestaciones sociales, salud, vacaciones, horarios justos; o sea lo que se esperaría de una buena católica, han hecho llegar a la dirección del museo un Derecho de Petición que exige que la exposición sea cancelada puesto que “lacera los principios de su fe católica” (al respecto pueden leer la columna del diario El Espectador de Catalina Ruiz-Navarro, titulada Vaginal, del pasado jueves 21 de agosto de 2014). Para estas senadoras desconocidas, aunque seguramente se consideran a sí mismas muy cultas, las custodias compradas en tiendas de arte religioso popular, y que nada tendrían que envidiarle a una de supercherías, consideran que la artista Trujillo está profanando un objeto sagrado. Y yo me pregunto, ¿acaso un objeto es sagrado per se? No es acaso atribuirle una característica sagrada, a un objeto cualquiera, un signo de pensamiento mágico propio de las religiones animistas? Pero lo que es más importante aún: -¿Qué es lo que las incomoda? ¿Acaso María, la madre de Jesús, no tenía vagina? Y también les pregunto: -¿Qué les incomoda de sus propias vaginas? ¿Por qué ese rechazo? ¿Acaso no han sido fuente de felicidad en sus matrimonios? ¿Acaso no fueron los túneles por los que vinieron al mundo sus propios hijos? Imagino que no van a responder. Seguirán pensando en cómo ejercer un puesto de senadoras sin ser vistas como cenadoras. Sin embargo, han comenzado muy mal. No es con el rechazo a su propia condición de mujer que serán respetadas y admiradas. Ojalá recapaciten, nunca es tarde para cambiar la forma de pensar; incluso pueden hacerlo sin dejar de ser creyentes y devotas católicas. Atentamente, Vahiné, más conocida como vagina

domingo, 17 de agosto de 2014

LUDMILA OULITSKAÏA

LUDMILA OULITSKAÏA En el 2013 leí El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, con un verdadero interés estético e intelectual, http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2013/07/18/el-hombre-que-amaba-a-los-perros-de-leonardo-padura/ es uno de los libros que más me han impactado en los últimos años. Pues bien, ahora acabo de leer otro en el que me sumergí con igual deleite e interés, Le chapiteau vert, Editions Gallimard 2014, de la escritora rusa Ludmila Oulistkaïa (1943); no conozco su título en español, tampoco sé si ya ha sido traducido. Es un libro de largo aliento, denso, erudito, con esa erudición de las novelas rusas. Oulitskaïa nos pasea por los senderos del arte, por los de su música y los de su literatura; nos sumerge en un refinado tratado de sociología e historia rusa. Nos pasea por la época estalinista y pos estalinista, pero también por el época de los zares y del grupo de oposición llamado Los Decembristas. Es uno de esos libros que nos ponen retos y a veces se tiene la impresión que se está leyendo a Dostoievski o a Tolstoi. Yo ya había leído un libro de cuentos de dicha autora, Mensonges de femmes (Mentiras de mujeres) Gallimard 2008, pero es este libro el que me sedujo completamente. Ludmila Oulitskaïa comenzó a ser traducida y publicada en Francia antes de Gorbachov, pero es solo a partir de los años 90 que su nombre comienza a ser reconocido en Occidente; y por supuesto solo en ese momento comienza a ser leída y publicada en su propio país. Inicialmente sus obras, como las de muchos otros grandes autores rusos, entre ellos Boris Pasternak con su monumental obra Doctor Zhivago, o la del disidente Aleksandr Solzhenitsyn, me refiero a Archipiélago Gulag, así como la de muchos otros poetas, entre ellos Iossif Brodsky (Premio Nobel de Literatura 1987), formó parte de la larga lista de la siniestra KGB o en la institución que la precedió. Ludmila Oulitskaïa conoció en carne propia la persecución del régimen comunista. Al ser docente universitaria, había escogido la biología como profesión, poseía una máquina de escribir, un verdadero privilegio en la época estalinista y pos estalinista; y como muchos intelectuales, científicos, artistas, músicos, escritores, poetas o historiadores, que poseían una, la prestaba para las labores de la samizdat. En otras palabras, hacía parte de la red que publicaba los libros de la disidencia rusa en una especie de editorial subterránea que llevó a muchos de sus miembros a sufrir las purgas, o el exilio, o la prisión, o el anonimato, o a ser internados en hospitales psiquiátricos, solo por pensar diferente al establishment. La samizdat tenía un círculo muy amplio de dactilógrafos que copiaban libros. En cada tiraje podían hacer hasta diez copias de un solo ejemplar, lo que significaba que al utilizar papel carbón las últimas hojas eran prácticamente ilegibles. Muchos de estos libros viajaban por redes ocultas que los distribuían en territorio soviético, y por supuesto en Occidente, donde eran publicados y dados a conocer por las mejores editoriales; como es el caso de Gallimard, la casa editorial de Ludmila Oulitskaïa desde que ella fuera considerada enemiga del pueblo soviético y privada de su cátedra en la universidad donde laboraba. Sin embargo el país que mejor acogió y difundió su obra, cuando aún era una autora desconocida, fue Alemania. En 1996 gana el Premio Médicis a la mejor obra extranjera con su libro Sonietchka. En el 2001el Prix Booker ruso. En el 2005 le otorgan el premio de la Academia de Letras Juveniles de Alemania y en el 2011 el Premio Simone de Beauvoir por la libertad de las Mujeres. En el 2012 obtiene el galardón Park Kyung-ni, entre otros premios. Otro de los aspectos que resalto en el libro Le Chapiteau vert es el estilo con el que ha sido escrito. Es una obra que podría leerse como si fuesen cuentos, ya que cada capítulo cuenta una historia diferente, pero todos se entrelazan entre sí; bucean en el inconsciente colectivo y en la memoria colectiva e individual. Y es que ese es otro de los grandes méritos del libro, ya que rinde homenaje a la memoria. Nos recuerda que si bien somos individuos, también formamos parte de un círculo social y político; y que por ende todas las manifestaciones artísticas, culturales, sociales y políticas, deben ser conocidas y reconocidas por nuestros contemporáneos y por nuestros descendientes. Nos recuerda que no somos islas sino continentes, y que no somos nada sin los otros. Nos recuerda que somos producto de la lengua y de la cultura que nos ha alimentado desde antes de nacer; que sin ellas no existimos, no somos nada; sin ellas viviríamos en el limbo. En el caso específico de Oulitskaïa, Le chapiteau vert es un magno homenaje a la cultura y lengua rusas. Es un inmenso homenaje a su pueblo, al pueblo que se negó a desaparecer en las purgas de Stalin y sus secuaces. Con esto quiero decir que también es un tratado de sociología; tal y como lo había enunciado anteriormente. Este libro me ha llevado a entender un poco más al pueblo ruso; pero sobre todo me ha llevado a creer lo que por mucho tiempo creí que era propaganda anticomunista, como lo es la denunciación de una persona en particular, aún por miembros de su propia familia, ante la KGB o el departamento que la precedió, donde se inventaban cualquier cosa con tal de hacer hundir a alguien que los molestaba o que les impedía hacer lo que a cada uno de ellos le interesaba en un momento determinado. Pero sobre todo muestra el ambiente gris e inhóspito de un régimen autoritario y dictatorial. Es un libro que se sumerge en el miedo, en el mismo miedo que sentí con la lectura del libro de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros. Es el miedo que nos han hecho sentir tanto las FARC y el ELN, como la extrema derecha colombiana en estos últimos años en la que ha sido liderada por ese personaje siniestro que es Álvaro Uribe.

miércoles, 13 de agosto de 2014

De Hrotsvitha de Gandersheim a Hildegarda de Bingen

(Este artículo hace parte de mi libro ¡Cuidado! Escritoras a la vista..., Ediciones Ble 2009) La historia de la cristianización de Occidente se debe en gran parte a la influencia de las mujeres y a su poder político. Sin embargo, no hay que olvidar que detrás de cada aceptación por parte de los reyes, para convertirse al cristianismo, había un interés económico, territorial y político enorme. No obstante, también se podría decir que si bien el poder real masculino representaba la fuerza y el deseo de dominio absoluto, el poder real femenino representaba la inteligencia y el equilibrio. Sin el apoyo de Clotilde, por ejemplo, Clovis no hubiera podido expandir su territorio a todo lo largo y ancho de lo que es hoy en día el territorio francés; y lo que es más importante aún, poder conservarlo. Por otra parte, no hay que olvidar la influencia de la vida monacal en la sociedad medieval. Hacia el siglo IX las monjas no sólo oraban, sino que muchas se dedicaban al paciente trabajo de la iluminación o bien escribían libros sobre los apóstoles. Las abadesas alemanas, generalmente emparentadas con las familias nobles, hicieron de sus monasterios verdaderos centros de cultura y algunas de ellas participaron en la vida política. Las abadesas eran mujeres de gran cultura, generalmente hablaban latín y griego, tenían conocimientos literarios, teológicos y de derecho. Según Régine Pernoud (1909-1998), el primer gran nombre de la literatura alemana en el siglo X es el de la canonesa Hrotsvitha de Gandersheim (935-973), o Rosvita. Se sabe que no fue propiamente monja, sino canonesa, y la diferencia es grande; ya que las primeras se regían por los tres votos de castidad, obediencia y pobreza; mientras que las canonesas se regían básicamente por el voto de obediencia, y en algunos casos por el de castidad. El de pobreza quedaba excluido, así que ellas tenían a su disposición el dinero que sus familias podían otorgarles. En el caso de Hrotsvitha es de suponer que su fortuna era bastante importante, así como su linaje, ya que tenía lazos fuertes con la corte de los Otones. Gracias a su linaje y a su fortuna, podía disponer de siervos, tener una biblioteca privada, así como recibir visitantes y realizar todas las salidas del convento que ella desease e incluso podría haberse casado si así lo hubiese deseado. Como muchas mujeres de su época conocía a fondo a escritores de la talla de Terencio (+169 a.c.), de Virgilio (70 a.c.- 19 a.c.), de Ovidio (43 a.c.-17 d.c.), de Boecio (480-524). Su obra iba desde leyendas escritas en verso para ser leídas en el refectorio, hasta obras de teatro al estilo de Terencio, pero haciendo énfasis en el espíritu cristiano, con lo cual dejaba atrás el tono licencioso utilizado por las mujeres romanas y daba paso al lenguaje casto y virtuoso del culto mariano; entre ellas están: “Pafnucio” y “La conversión de Tais”. El teatro tenía una doble finalidad: educar y entretener. En el año 965 escribe un largo poema histórico dedicado a Oton II (955-983) y otro poema sobre los orígenes de su monasterio. También escribió sobre el matrimonio, y sostenía que era otra forma de rendirle culto a Dios. Hrotsvitha de Gandersheim exige que se valore lo que escribe, independientemente del género al que se pertenezca; puesto que para ella lo que verdaderamente cuenta es el talento a la hora de escribir. Sus conocimientos no se limitaban a la literatura latina, también incursionó en la música y en la filosofía; conocía a Aristóteles, a Platón (428 a.c.-347 a.c.) y a San Agustín (354-430). Pero no sólo las abadesas o canonesas se dedicaban a escribir, sino las monjas. Es el caso de Mechtilde de Magdebourg (1207-1282). En 1250 escribe la primera obra mística en lengua vulgar, La luz de la divinidad. Por su parte Gertrudis la Grande (1256-1301) escribió Heraldo de la amorosa bondad de Dios o Revelaciones de Santa Gertrudis. Se encuentran, también, las hermanas Gertrude y Mechtilde de Hackerborn (1241-1299). La instrucción no era sólo para las monjas. Aunque la educación de las niñas se hacía dentro de las paredes conventuales no todas ingresaban a la vida monástica. Muchas de ellas abandonaban el convento al llegar a la edad de formar una familia; por lo que no es de extrañar que el primer tratado de educación, publicado en Francia y escrito en versos latinos, haya sido escrito por una mujer de nombre Dhuoda (siglo IX), el cual fue realizado como una reflexión para la educación de sus hijos. Sin embargo, la historia suele hablar solamente de Rabelais (1494-1553), de Montaigne (1533-1592) y de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) como los primeros en haber publicado un tratado sobre dicho tema. El manual de Dhuoda, escrito en latín, está dirigido a su hijo de 16 años, y su estilo es característico de la Edad Media; ya que está lleno de ejemplos de la vida cotidiana y de “La Biblia”. El conocimiento que se tenía de las Sagradas Escrituras y el peso que tenían en la vida de los laicos era absoluto; por lo que Dhuoda, al hablar de algún personaje bíblico, y consciente del conocimiento que su hijo tenía de La Biblia, no siente la necesidad de darle mayores explicaciones. Algunos de sus consejos siempre serán vigentes: “Tú tienes libros y siempre los tendrás, hojéalos, medita sobre ellos, trata de comprenderlos y busca doctores que puedan instruirte; ellos te proporcionarán los modelos que te ayudarán para hacer lo mejor posible la tarea que te impongas”. También le aconseja cuidar de su hermano menor. El libro había sido escrito entre los años 841 y 843 -Carlomagno había muerto en el 840-, pero su hijo no tendrá mucho tiempo para seguir sus consejos ya que es asesinado en el 849 acusado de traición. No hay que olvidar que los hijos de Carlomagno se enfrentaron en un conflicto fratricida por el control del poder. Incluso el esposo de Dhuoda había sido condenado a muerte en el 844 por haber apoyado a Pepino de Aquitania contra Carlos el Calvo, dos de los hijos del emperador. El manual de Dhuoda no deja lugar a dudas en cuanto a su formación se refiere, era una mujer educada, con amplios conocimientos para su época; pero sobre todo es un reflejo fiel del pensamiento medieval. La producción literaria occidental, que va desde el siglo VI hasta el siglo XIV, está impregnada de la lectura de Las Sagradas Escrituras. Pero sería un error pensar que ése era su único libro de cabecera. Su obra deja entrever que conocía muy bien a los clásicos de su época, como San Isidoro de Sevilla, San Agustín, las Reglas de San Benito, entre otros. Como muchas mujeres nobles de su época, Dhuoda conocía el griego y el hebreo, además del latín, por lo que es de suponer que tuvo acceso a libros en dichas lenguas. Es de anotar que su nieto Guillermo el Piadoso (875-918), fue el fundador de la Abadía de Cluny en el año 910. Más tarde encontramos a la primera historiadora de la que se tenga noticia, Ana Comnena (1083-1153), hija de Alexis I Comenno (1056-1118), (también conocido como Komnenos) emperador bizantino. Ana Comnena recibió una educación esmerada, que la convirtió en una mujer estudiosa, lo que hizo de ella una mujer de gran sabiduría. Era una especialista en mitología y literatura griega e incursionó en los estudios filosóficos. Pero su gran pasión fue la historia. Escribió Las Alexiadas, en homenaje al reinado de su padre Alexis I (1081-1118). Una obra monumental, y no es un eufemismo, puesto que está compuesta de quince volúmenes. Su obra está influenciada por los historiadores griegos Jenofonte (430 a.c.- 355), Tucídedes (460 a.c.- 396) y Polibio (203 a.c.- 120), y al mismo tiempo hace gala del estilo “aticismo” tan en boga en la época de Ana Comnena. Es una obra indispensable si se desea conocer la historia del Imperio Bizantino. Es importante anotar que Constantinopla poseía una gran biblioteca, por lo que no es extraño que los bizantinos conociesen a fondo la literatura clásica. Ana Comnena no sólo se quedó en el papel de intelectual pasiva, sino que fue una mujer muy crítica frente al momento histórico que le tocó vivir; me refiero a que nunca aceptó las cruzadas. Reconoció, como muchos de sus contemporáneos, que la barbarie de los cruzados era inaudita y entendió que detrás de todo el horror que dejaron sembrado, había un interés económico, religioso y político de gran envergadura. Es de anotar que el imperio bizantino era de una exquisitez incomparable, sus súbditos poseían un grado de refinamiento desconocido en las cortes europeas; incluso utilizaban cubiertos. Esta anécdota, que pareciera algo anodina, toma relevancia cuando se sabe que los cubiertos no fueron introducidos en la mesa francesa sino hasta el reinado de Francisco I (1494-1547); el primer país europeo en haberlos adoptado había sido Italia, es allí donde el rey francés los conoce. En el siglo XI y XII Constantinopla era un imperio inmensamente rico. Según Régine Pernoud, la gran investigadora del Medioevo, el Imperio poseía la tercera parte de la riqueza del mundo conocido en ese entonces. Las fiestas eran fastuosas, mágicas, con decorados de cuentos de hadas orientales, los festines eran de leyenda y los tapices estaban por doquier, para impedir que los nobles pisaran el polvo. Ese fue parte del esplendor que encontró Leonor de Aquitania y ese fue el mundo que la deslumbró. En cuanto a Europa se refiere, es importante tener en cuenta que la mujer en la Edad Media gozaba de una gran libertad de derechos jurídicos y económicos que luego le fueron arrebatados. Por ejemplo, era usual que la mujer acudiera sola ante un notario con el fin de registrar la actividad económica a la que se iba a dedicar -una tienda o un pequeño taller de confección- sin que necesitase una autorización marital. La autorización del marido aparece siglos más tarde con el Código Napoleónico. Incluso las mujeres alcanzaban la mayoría de edad a los doce años, mientras que los hombres la obtenían a los catorce. Régine Pernoud describe la situación de las mujeres medievales así: “En los registros notariales es frecuente ver a una mujer casada tomar decisiones sola, por ejemplo: abrir una tienda o ejercer una actividad comercial, sin necesitar una autorización del marido. ... el caso de los documentos de París del siglo XIII, registran un sinnúmero de mujeres que ejercen diferentes profesiones: maestra de escuela, médica, yesera, tinturera, copista, miniaturista, etc… Es sólo al final del siglo XVI, mediante una ley expedida por el Parlamento y fechado en 1593, que la mujer será apartada explícitamente de todas las funciones del Estado. La influencia, heredada del derecho romano, no tarda en confinar a la mujer a lo que había sido, a través de todos los tiempos, su dominio privilegiado: el cuidado de la casa y la educación de los niños. Tarea de la que luego será también apartada por la ley, puesto que no hay que olvidar que el Código Napoleónico le arrebata los pocos derechos de los que aún gozaba. Pierde el poder sobre sus propios bienes y se convierte en una figura subalterna en su propio hogar”. …“La sociedad conyugal del Medioevo, el padre y la madre, ejercía conjuntamente el oficio de la educación y de la protección de los hijos, al igual que la administración de los bienes”. Régine Pernoud nos hace tomar conciencia de la importancia de la mujer en el Medioevo, con lo cual quedan desvirtuadas muchas teorías que dicen que la mujer no tuvo ninguna relevancia social ni política en los últimos dos mil años. Otra religiosa que dejó una obra importante fue Herrade de Landsberg (1125-1195). Su libro Jardín de Delicias, con las miniaturas correspondientes, daba instrucciones a las novicias y a las monjas en general. Su trabajo bien puede interpretarse como un estudio sociológico, ya que muchas de las miniaturas, 336 en total, dan cuenta fiel de las costumbres monacales. Y por supuesto, está Hildegarda de Bingen (1098-1179). Como muchas mujeres de su tiempo, había sido entregada a la Iglesia cuando sólo contaba 10 años de edad. Era una especie de diezmo que las familias le pagaban a la Iglesia. En el caso de Hildegarda hay que reconocer que esta “transacción” espiritual, léase también económica, tuvo sus frutos. Al no casarse, ni tener hijos, pudo consagrarse enteramente al conocimiento. Escribió varios libros, entre ellos Scivias (Conoce los caminos), pero también escribió un número considerable de obras musicales sacras –setenta y cuatro en total-, a las que tituló Symphonia armonie celestium revelationum, e incursionó en los estudios científicos, tanto en física como en medicina. En esta última disciplina se adelantó varios siglos a la descripción de la circulación sanguínea. Realizó, igualmente, estudios de astronomía, y al igual que Hispatia de Alejandría estaba firmemente convencida que el sol era el centro del universo. Escribió un libro titulado Lengua ignota, por lo que los seguidores del esperanto la ven como la precursora de su lengua. Estableció correspondencia con los grandes letrados y hombres de la época, entre ellos el papa Eugenio III (+1153) y Bernardo de Claraval (1090-1153), el gran contradictor de Pedro Abelardo e instigador de la Segunda Cruzada; con el Emperador de Alemania Conrado y su sucesor Federico Barbarroja (1122-1190); estos hombre la respetaban y demandaban su sabio consejo. Denunció la corrupción de los grandes prelados y criticó la posición de la Iglesia frente a los cátaros. Si bien consideraba que éstos debían ser expulsados del seno de la Iglesia, al mismo tiempo condenaba la persecución y ejecución de la que fueron víctimas. Su actividad fue aún más lejos al convertirse en predicadora, antes que Bonifacio VIII (1235-1303), decidiera que las monjas debían vivir enclaustradas. Bonifacio VIII ordenó, igualmente, que las prioras fuesen supervisadas por un representante masculino de la Iglesia, arrebatándoles de este modo la autonomía que siempre habían tenido.

miércoles, 16 de julio de 2014

DETRÁS DE LOS VISILLOS DE LAS ESTANCIAS PRIVADAS DE MURASAKI SHIKIBU

¿Qué es La novela de Genji? La novela de Genji es considerada como la obra cumbre de la literatura japonesa; pero no es algo nuevo, lo ha sido desde siempre. En el siglo XV Ichijo Kaneghoshi (1402-1481) escribió 30 libros sobre esta monumental novela y aseguraba que “de todos los tesoros del Japón, el Genji Monogatari, es el más precioso”. Kaneghoshi fue un gran Estadista, habiendo ocupado varios cargos: Primer Ministro, Regente y Gran Canciller, se destacó también como erudito, escritor, crítico literario, poeta y filólogo. Por su parte, el Premio Nobel Yasunari Kawabata (1899-1972) lo sorprendió la muerte cuando estaba trabajando sobre una nueva versión de La Novela de Genji. Y Haruki Murakami (1949 – Premio Premio Internacional Catalunya 2011), en uno de sus libros, Kafka en la orilla, dedica varias páginas a Murasaki Shikibu. En cuanto a los escritores occidentales se refiere, habría que recordar que Marguerite Yourcenar (1903-1987) decía que “No se ha escrito nada mejor en ninguna literatura” y Jorge Luis Borges a su vez decía que “es una obra de arte jamás igualada”. Hay que tener en cuenta que la versión que seguramente leyó Borges es la de Arthur Waley, realizada entre 1921 y 1933, por lo que aún adolece de la moral victoriana; Waley quitó y cambió pasajes que encontraba seguramente molestos para su época. No obstante, esta es la versión que Virginia Woolf leyó y admiró. Otro de los admiradores incondicionales de La novela de Genji es Harold Bloom, pero yo tengo varias diferencias con respecto a algunos postulados que él hace y a los que luego haré referencia. La primera traducción completa de La novela de Genji al español se hizo apenas en el 2006. Es de anotar, que la edición de la colección Austral, del Grupo Planeta, es bastante mediocre, por no decir pésima, pero fue con la que inicialmente pude trabajar. Luego compré la versión en lengua francesa publicada por Diane De Selliers Editeur, una traducción que pone en relieve el genio literario de Murasaki Shikibu. Además, ilustrada, como lo eran las novelas en la época de la escritora. Por otra parte, en la traducción de Planeta hay otro aspecto que me parece muy grave, me refiero a los reiterados juicios de valor que hace Xavier Roca-Ferrer sobre las costumbres sexuales de la época, viéndola con una ceguera judeocristiana que no hace sino empobrecer la lectura de la novela. Hay que tener en cuenta que la Historia de la Literatura que conocemos en Occidente ha sido escrita por y para hombres, por lo que ha dejado a un lado, muy conscientemente, la investigación sobre las escritoras; es por ello que se nos ha enseñado que la primera novela es El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, borrando, desconociendo, o simplemente por ignorancia, que ya en el siglo XI, en la refinada Corte Heian del Japón, había novelas que se leían y circulaban entre sus súbditos sedientos, no sólo de buena literatura, sino de la representación de diversas manifestaciones culturales y artísticas. La familia Fujiwara, a la cual pertenecía Murasaki Shikibu, ostentaba el poder detrás del Emperador, puesto que éste básicamente era una figura representativa, y en algunos casos decorativa, ya que muchos de ellos llegaban al poder a la escasa edad de 7 años. Por otra parte, nunca estaban en el trono por muchos años, ya que abdicaban con frecuencia a favor de alguno de sus descendientes, no necesariamente a favor del primogénito. Las mujeres vivían en recintos vedados al hombre, pero eso no quiere decir que fuesen gineceos en el sentido que hoy conocemos dicha palabra, ya que las mujeres tenían libertad de circulación y podían recibir a los hombres que ellas deseasen en sus aposentos privados. De hecho las costumbres sexuales eran bastante diferentes a las de hoy en día; para decirlo de otro modo, y de una forma más coloquial, eran costumbres bastante relajadas, donde la virginidad no tenía ninguna importancia para el matrimonio. Es más, la concepción del matrimonio, como nosotros la conocemos hoy en día, no existía. Para entender un poco la complejidad de las relaciones sociales, hay que pensar en la cortina, o “kichó”, ya que formaba parte integral de la sociedad Heian, ya que los hombres y las mujeres no debían verse cara a cara si no eran marido y mujer. Los biombos servían para crear diferentes ambientes dentro de una misma habitación, ya que el concepto de privacidad del siglo XI, era desconocido en la sociedad nipona de la época. Ni los hombres, ni las mujeres estaban nunca solos. Entre más alto era el rango, más personas los rodeaban; costumbre muy en boga en la corte francesa, sobre todo en la época de Luis XIV. La época Heian, si bien fue de una gran opulencia, también es cierto que las personas que disfrutaban de la riqueza pertenecían a una pequeña minoría. Ello llevó al desgaste irreversible de la clase gobernante; es decir de la familia Fujiwara. No obstante, es importante anotar que durante 400 años Japón vivió en paz. La clase guerrera, los Shogun, vendría después de la desaparición de dicho período. Los pocos guerreros de la época Heian eran sobre todo para vigilar las fronteras, eran mal vistos y se les consideraba poco menos que patanes, sin ningún gusto, ni refinamiento. Detrás de los visillos de las estancias privadas de Murasaki Shikibu: Ubiquémonos detrás de un biombo y fisgoneemos la vida de la corte Heian y de su más prestigiosa representante: Murasaki Shikibu, novelista y poeta. No obstante ella no era la única escritora de su tiempo, puesto que no hay que olvidar a las grandes poetas Ono No Komachi, Izumi Shikibu y Akazome Emon y por supuesto a la narradora y rival de Murasaki Shikibu, Sei Shônagon, quien escribió El libro de la almohada o Anotaciones de la almohada. Para entender un poco más su compleja personalidad leamos lo que la propia Murasaki Shikibu escribió en su diario, lo que podría ser su mejor semblanza: “ “Hermosa, pero tímida, poco amiga de miradas ajenas, retraída, amante de las viejas historias, tan aficionada a la poesía que casi todo lo demás no cuenta para ella, y desdeñosa del mundo entero”, he aquí la opinión tan desagradable que la gente tiene de mí. Y, sin embargo, cuando me conocen me consideran dulce y muy distinta de los que les han hecho creer. Sé que la gente me tiene por una especie de proscrita, pero me he acostumbrado a ello y me digo para mis adentros: “Yo soy como soy” ”. Murasaki Shikibu, (973? – 1014?) pertenecía a la clase media y tuvo una educación bastante esmerada. Se casó muy joven y enviudó dos años después, sin haberse vuelto a casar; de esta relación nació su única hija. En el año 1008 La novela de Genji aún no estaba terminada, pero ya era leída y escuchada en la corte, puesto que se hacían lecturas en voz alta o se representaban pasajes de la obra. La autora nos narra la vida de la corte, un mundo que ella conocía de primera mano, puesto que al enviudar entró a formar parte del círculo de las damas de compañía de la emperatriz y en la que muy seguramente jugó un rol decisivo, gracias a su inmensa cultura y a su genio creador. Harold Bloom la compara incluso con Marcel Proust, puesto que La novela de Genji es una forma de recuperar el tiempo perdido; yo diría que en realidad es un gran fresco del Japón de los siglos X y XI. Bloom también la compara con Jane Austen y con Virginia Woolf, en cuanto a la laicidad de dichas autoras. Sin embargo, para mí Murasaki Shikibu es una escritora profundamente religiosa. En La novela de Genji se debaten dos corrientes teológicas: el Sintoísmo y el Budismo y es la segunda la que sobresale a través de toda la obra del Genji Monogatari. En realidad La novela de Genji es un tratado sobre la condición humana. En la época de la autora se consideraba que la sociedad en la que vivían era la época más corrupta que Japón había conocido hasta ese momento. En otras palabras Murasaki Shikibu, al igual que la gente de la Corte Heian, pensaba que vivía en una época de franca decadencia. Esta idea reflejaba el pensamiento religioso del budismo japonés, ya que creían vivir una especie de apocalipsis búdico, donde las enseñanzas de Buda no serían ni obedecidas ni respetadas. Yo diría que el Genji Monogatari es la búsqueda del placer absoluto sin que nunca se llegue a encontrarlo. Genji no conjuga el verbo saciar, siempre está detrás de nuevas sensaciones, el erotismo es una senda cuasi filosófica que rige su forma de vida, su pensamiento, su conducta. No obstante, no puede decirse que La novela de Genji sea una obra erótica. Es, en cambio, una novela profundamente sensual. Dicho de otra forma, es una égloga de los sentidos: el tacto, la visión, el olor, el gusto y el oído, y yo agregaría otro: el refinamiento. La novela de Genji es una visión bucólica del alma humana, si es que esa imagen es posible, y como se manifiesta a través de la sensualidad. La lectura de este libro me hizo no sólo recordar sino entender aún más esa gran película japonesa, El Imperio de los Sentidos, de Nagisa Oshima (1976). No obstante, cabe resaltar que en tiempos de Murasaki Shikibu el desnudo se consideraba algo fuera de toda estética, ella misma dice en su diario que una persona desnuda es horrible. Ni siquiera se desnudaban en el momento del coito, tal y como se puede apreciar en infinidad de ilustraciones. Tanto hombres como mujeres dormían vestidos, podían llevar hasta veinte prendas de vestir sobre sus cuerpos, sobre todo en invierno, ya que sus casas eran húmedas y al carecer de paredes interiores bastante frías; eso en un país donde las estaciones suelen ser verdaderamente marcadas. La obra de Murasaki Shikibu es, ante todo, un compromiso con la estética literaria; por lo que este rasgo la hace de por sí contemporánea, o mejor, la pone por fuera de una época determinada. La autora es consciente de su genialidad, de su sapiencia, sabe que su pluma es superior a la de sus congéneres, sean hombres o mujeres y que su obra pasará a la historia; por lo que se esfuerza, en todo momento, por dejar en su escritura una huella de calidad, pero sin dejar a un lado la delicadeza de su estilo. Murasaki Shikibu, como toda gran escritora, tiene como premisa que para poder escribir hay que leer mucho, no olvida que detrás de ella hay toda una tradición literaria, religiosa, filosófica y artística que debe conocer, bien sea para perpetuarla, refutarla o para rendirle culto. En su caso específico las letras y la lengua china; pero también las letras japonesas, su arte, su tradición oral. Pero al mismo tiempo es una mujer orgullosa de su cultura. Es por ello que su obra es un fresco en el que pueden leerse, léase verse, respirar, sentir la sociedad en la que le tocó vivir. Sin embargo, la manera de narrar es etérea, difuminada, como si fuese un dibujo en carboncillo en el que las imágenes han sido semiborradas por los dedos del artista. Me refiero, básicamente, a esa moral difusa que navega entre las costumbres fuertemente ancoradas en la Corte Heian y el deseo de cambiarlas, de hacerlas más púdicas, si cabe la expresión, más acordes con la religión budista. Y para ello Murasaki Shikibu se sirve del arte de las palabras, que no es otro que el arte de la poesía; por lo que suscita diversas emociones en el lector, independientemente del tiempo y las diferencias culturales que lo separan de la autora. Esto se ve claramente en el cambio que comienza a gestarse en Genji al regreso de su largo exilio; ocasionado precisamente, por la vida disoluta que llevaba, pero sobre todo por haber osado poner “los ojos” en una mujer que estaba consagrada al Emperador. Otra característica es la evocación permanente, a veces como si se tratase de un sueño u otras como una realidad de la que se es contemporáneo: el nacimiento de Genji, su infancia, adolescencia y plenitud y luego la decadencia que narra la vida de sus descendientes. La corte Heian, vista a través de la melancolía, es el resultado de la mirada contemplativa de Murasaki Shikibu. Las lágrimas, los poemas, los sueños que se confunden con la realidad, recorren como temas sucesivos estos textos en los que la imprecisión de la realidad, la luna llena, las hojas del otoño, las flores fugaces de un cerezo, la furia de un torrente o las montañas inhóspitas, son el trasfondo de profundas angustias o de amores no correspondidos, pero también son objeto de la confidencia y de la reflexión, del elogio de la amistad, el lamento de la separación o de la muerte como separación definitiva. La escritura de La novela de Genji: No hay que olvidar la gran importancia que la lengua china tenía en la corte Heian; de hecho, los ideogramas utilizados por sus súbditos habían sido inspirados en la escritura china conocida como KANJI, pero con una adaptación a la fonética de la lengua japonesa. Posteriormente los kanji fueron simplificados en símbolos fonéticos conocidos como KANA; produciéndose dos vertientes: HIRAGANA, o Kana fácil KATAKANA, o kana suplementario Es el hiragana la escritura que va ser adoptada por las mujeres, al punto que las obras escritas en esta modalidad se conocían como “literatura femenina”; concepto que nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, creemos haber inventado. Y aunque Murasaki Shikibu y Sei Shônagon hablaban y escribían correctamente el chino, escribieron sus obras en Hiragana. Algunos hombres, incluso, se burlaban de esta escritura y la consideraban intelectualmente inferior a la utilizada por ellos. Una explicación plausible que se ha dado de dicho fenómeno, era que en la Corte Heian estaba mal visto que una mujer hiciese un gran despliegue de sabiduría, por lo que a menudo era el hazmerreír de sus contemporáneos; como lo serían siglos más tarde “les femmes savantes” que ridiculizara Molière. No obstante, yo quisiera ver en esa decisión un rasgo más libre y más independiente de la parte de las mujeres; puesto que veo más bien una especie de código secreto que les ayudaba a comunicarse entre sí, a poder expresar sus más íntimos sentimientos de una forma diferente a la utilizada por los hombres. Tal y como sucedió durante siglos en la provincia de Hunan, situada en el centro de la China, al oeste de Pekín, donde las mujeres desarrollaron un complejo sistema de signos llamado Nushu, y el cual desapareció ante la persecución que sufrieron las mujeres que lo conocían durante la Revolución Cultural. Y si me permito hacer esta afirmación es porque en la Corte Heian una persona como Murasaki Shikibu no era una excepción, ya hemos visto que varias de sus contemporáneas pasaron a la historia como mujeres de letras. Ellas participaban activamente en las actividades culturales y el modo de comunicación era en poesía escrita y epistolar. En Occidente habría que recordar a Eloísa y a Pedro Abelardo (s XII) y posteriormente a los súbditos de la corte de Luis XIV (s XVII-comienzos del XVIII). Por otra parte, Murasaki Shikibu y Sei Shônagon, lideraban círculos literarios y artísticos, como más tarde lo harían Mme de Pompadour o Mme de Sevigné; recuérdese que es gracias a ellas que la lengua francesa se transformó y que las tertulias literarias y musicales se impusieron en el arte de vivir francés, pero también lo que se ha conocido como La Cultura de la Conversación, aspecto admirablemente analizado por Benedetta Craveri. La novela de Genji, escrita en Hiragana, fue dividida en 54 libros, de los cuales tres podrían ser apócrifos y la escritora incluyó 795 TANKA, o poemas, de 31 sílabas. Son los poemas a los que hago alusión. Siendo utilizados por las personas de la corte, así podían comunicar su manera de pensar y sus más íntimos sentimientos. Los Tanka eran utilizados en todas las manifestaciones de las relaciones humanas; es decir, no eran poemas sólo para la vida galante. Rasgos postmodernos en La novela de Genji: El primer rasgo postmoderno del Genji Monogatari, es que la creadora no escribió los libros por entregas, como lo hizo Balzac en el siglo XIX, sino que la obra obedece a toda una estructura bastante compleja, ya que se hacen saltos en el tiempo. En el capítulo 5 ya aparecen personajes y temas que serán desarrollados en el capítulo 13. Otro ejemplo de su postmodernidad está dado en el capítulo 15; allí se cuentan episodios del exilio de Genji, cuando ya hace mucho tiempo que él se ha reintegrado a la vida de la corte, y que ha recuperado su posición anterior, incluso cuando ya la ha fortalecido considerablemente. El segundo rasgo postmoderno, está dado por la utilización del Monólogo Interior, ese estilo literario que atribuimos a Virginia Woolf y a Joyce; pero que Murasaki Shikibu ya había desarrollado en la obra que nos ocupa. Es el caso de algunas de las reflexiones que Genji se hace a sí mismo sobre una mujer determinada, o sobre su propia vida y su espacio en el mundo: ““Si”, pensó Genji, “el mundo es un lugar ilusorio, como un sueño””. Y más adelante: “”¡Qué extraño es el mundo en que vivimos!”, pensó. “Han pasado casi treinta años desde que estuve aquí por primera vez, y se diría que todo ocurrió ayer. A veces me turba pensar en la transitoriedad de las cosas, siempre en perpetuo cambio… Pero basta con que me sea dado contemplar las flores de una nueva primavera para que me aferre a la realidad visible, por más que sepa que es sólo un sueño volátil…”” Cada personaje está encerrado dentro de sí mismo, con sus culpas, sus deseos; es un clima sombrío, de ahí que los diálogos directos sean muy pocos, ya que la mayoría es a través de poemas. El tercer rasgo postmoderno está dado por la INTERTEXTUALIDAD que abarca toda la obra. En ella se citan poetas clásicos, tanto chinos como japoneses, y la autora sabe que sus lectores sabrán reconocer cada uno de los poemas y podrán atribuirlos, sin problema alguno, a sus autores originales. Precisamente uno de los poetas más citados es el chino Po Chu I (772-846). El cuarto rasgo postmoderno está dado cuando pasa de narradora omnisciente a narradora homodiegética. Por ejemplo, cuando habla en primera persona y se queja de dolor de cabeza y que en ese momento está deprimida: “Hablaré de la sorpresa que tuvo su tía al regresar a la capital y encontrarla tan bien instalada, así como de la alegría y el sentimiento de culpa de Jiju en otro momento, pero ahora me duele la cabeza y me siento un tanto deprimida. Si se presenta la ocasión y no se me ha olvidado por completo, volveré sobre el tema en otro lugar de la obra”. Y más adelante: “Omitiré los detalles, pues demorarse en ceremonias de este tipo suele resultar tedioso, sobre todo si el narrador es tan incompetente como yo”. Con esta confesión Murasaki Shikibu nos quiere hacer ver cuán profundamente conoce la historia que está relatando, e incluso que ella hace parte integral de la misma. Sus personajes son emblemáticos, el Genji Monogatari no es una crónica social, ni la autora se interesa por este tema, habla más bien sobre la condición humana; otro rasgo posmoderno. Uno de las características más sobresalientes de Genji es su deseo nunca saciado, al cual se había aludido anteriormente. No obstante, no puede comparársele con el Don Juan de la literatura occidental, en cuanto que Genji nunca olvida a sus amantes, así lo hayan sido por espacio de unas horas: “Su voz se fundió en un susurro que encantó a Genji. El príncipe suspiró: ¿cómo era posible que todas las damas que le habían interesado tuvieran algo especial que las hacía imposible de olvidar?” (fragmento que puede verse como monólogo interior). Genji, a pesar de ser un mujeriego empedernido, también busca placeres en su propio sexo y aunque Murasaki Shikibu es bastante prudente, o bastante timorata, para hablar de este tema, hay, sin embargo, varias alusiones a relaciones homosexuales en su obra. Una de ellas es con el joven hermano de Utsusemi, una de las mujeres por las que él suspira. “Genji pidió al mocito que se tumbara junto a él, y Kogimi se alegró de poder estar tan a la vera de un príncipe tan joven y hermoso. Cuentan que aquella noche Genji halló al muchacho mucho más complaciente que su inabordable hermana”. No hay que olvidar que en la época Heian, como en Grecia y Roma, la homosexualidad era aceptada por la sociedad, así Murasaki Shikibu no sea muy explícita cuando narra este tipo de relaciones afectivas. O posiblemente sean las versiones contemporáneas las que ponen un velo de censura en los párrafos que sus traductores consideran polémico en la sociedad en la que actualmente vivimos y por ende dejan su huella de intolerancia e incomprensión de la historia social y sexual de los pueblos. Utsusemi, Fujitsubo y Murasaki, las mujeres de Genji: La historia de Utsusemi es bastante trágica. Estando casada con un viejo gobernador de provincia es violada en su propia casa por Genji y aunque la narradora lo cuenta de una forma bastante difuminada no deja lugar a dudas en cuanto al acto violento de El Iluminado: “Era tan pequeña que la levantó de la cama sin dificultad y se la llevó a su apartamento. Por el camino tropezó con Chujo (una de las criadas) que se sorprendió y trató de ver que estaba ocurriendo en las tinieblas que la envolvían. El perfume inconfundible del vestido del príncipe proclamaba con quien se había topado, … muy confusa no sabía qué hacer. De haberse tratado de un hombre de linaje inferior, hubiera saltado encima de él para defender el honor de su señora… Y más adelante: (La experiencia) de aquella noche fatídica la llenaba de angustia. No estaba dispuesta (se refiere a Utsusemi) a volver a pasar por aquella vergüenza”. La otra violación es la de Fujitsubo, la esposa del emperador, o sea del padre de Genji, de esta relación nacerá un hijo, el príncipe Reizei, quien llegará a ser también emperador. Esta relación que transgrede todas las normas sociales, acarrea en los dos personajes estados de ánimo que van desde el remordimiento hasta la entrada de Fujitsubo como vestal; es decir su entrada en religión. Estos no son los únicos casos de violencia sexual que se narran en el libro. Murasaki, el gran amor de Genji, es una niña de 10 años que él lleva a vivir a su propia casa, en realidad la rapta, y con la cual duerme todas las noches. Cuando Murasaki cumple 14 años la viola, y simplemente, a modo de “excusa”, le dice que “algún día tenía que suceder”: “Un día Genji se levantó de la cama temprano, pero Murasaki permaneció en el lecho hasta muy entrada la mañana en contra de su costumbre de madrugar. ¿Qué había sucedido entre los dos durante la noche?...” Antes de abandonar la estancia Genji introdujo una carta detrás de las cortinas de la cama. Al encontrarse sola, Murasaki levantó la cabeza de la almohada y descubrió una hoja de papel escrita con una caligrafía sin pretensiones. El poema decía así: ¡Qué absurda distancia nos mantenía separados cuando, noche tras noche, yacíamos juntos bajo la misma colcha! Tarde o temprano el momento tenía que llegar…” Este poema corresponde a “la carta del día siguiente”. Esta era una misiva que el “afortunado amante” dejaba debajo de la almohada de la elegida al día siguiente del primer encuentro sexual, a veces iba acompañada de un fastuoso regalo. Genji, a pesar de amarla, también sentirá el peso de la culpa. Esta transgresión, que no es la única en la novela de Murasaki Shikibu, es necesaria para llamar la atención del lector, así como el estado de conciencia que se establece de culpa y expiación. Algo parecido a lo que aún se sigue utilizando en literatura, incluso en las telenovelas que invaden nuestras pantallas a diario. Lo que quiere decir que la condición humana no cambia y que nuestros deseos y miserias son los mismos desde que la especie humana existe. En La novela de Genji hay otras escenas de violación, o al menos de intento, en las cuales las mujeres que rodean a la “codiciada” se convierten en cómplices del violador. Podríamos ver en ellas la representación de La Celestina de Fernando de Rojas. Genji, un exiliado del amor: “Fujitsubo recordaba las atenciones que hasta entonces había recibido de Genji como una pesadilla que quería relegar al olvido a toda costa”. Y es que Fujitsubu, muy a su pesar, se enamora de Genji, un amor correspondido en la medida en que él ama a todas las mujeres. Yo diría que es un enamorado del amor. Genji es un personaje que hubiese podido servir de modelo para los escritores románticos, es un eterno Don Juan, que va detrás de un amor idealizado y nunca experimentado, va detrás de todas las posibilidades que pueda brindar la sexualidad, sin saciarse nunca; por lo que siempre tiene la sensación de desarraigo amoroso, es un exiliado del amor. Para entender mejor esta idea, habría que tener en cuenta que Genji nunca abandona, o al menos en muy contadas ocasiones, la posibilidad de una nueva aventura, tanto sexual como afectiva, de ahí su eterna sed por lo desconocido y por transgredir las reglas sociales de su tiempo. “El pecado que supuso para ambos la concepción del heredero aparente no dejaba de atormentarla. Intuía que hasta entonces había conseguido escapar milagrosamente a su karma, pero que, cuando finalmente le tocara pagar por su crimen, el precio sería terrible”. Significado de Murasaki y Genji: Murasaki significa lavanda, espliego, por lo que podría suponerse que sus vestidos llevaban siempre este olor, ya que el perfume estaba directamente asociado con las personas, era su distintivo más preciado. Por su parte, Genji no es un nombre propiamente dicho, sino el título que recibían los hijos ilegítimos del emperador, y si bien gozaban de muchos privilegios nunca podían ascender al trono. Es por ello que con frecuencia la narradora se refiere a Genji, como Genji El Iluminado, o Genji el Resplandeciente. Características psicológicas: Con una gran delicadeza la autora representa, como si de una pintura se tratase, las características de cada personaje. “Mientras ella leía en voz alta una novela a sus mujeres, Genji reflexionó sobre lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo se explicaba que aquellos arrebatos súbitos de pasión no le hubieran abandonado todavía? A veces sentía vergüenza de sí mismo. ¡tenía ya treinta y dos años, y a su edad resultaban completamente ridículos! En otro tiempo se había comportado de un modo horrible, pero entonces era joven y alocado. Por otra parte, estaba seguro de que las faltas de entonces le habían sido perdonadas. ¿Iba a volver a las andadas? Trató de consolarse de algún modo, y acabó reconociendo -¡triste consuelo!- que ahora tenía más conciencia de los peligros que corría, de manera que algo había ganado con la edad”. “En la corte de cierto emperador, cuyo nombre y año omitiré, vivía...” Otra característica de extrema modernidad es la frase que da inicio al libro, ya que nos preguntamos: ¿En qué reino fue?, puesto que Murasaki Shikibu nos muestra claramente que los acontecimientos que serán narrados no pertenecen a la época en la que ella vive, lo que demuestra una gran habilidad narrativa. Los diálogos de poemas, no son directos, son alusivos, obedecen a códigos establecidos, nunca improvisados: “-Hubiese preferido marchar contigo a la vida de los pescadores a estar sola y triste en la ciudad, pensando en ti. “Esos cuadros me hubiesen servido de gran consuelo… Y Genji respondió, compadeciéndola: -Más lloro ahora que entonces, en los tiempos de mi exilio, al evocar las muchas lágrimas que en aquellos días derramé”. La música también forma parte de los diálogos y algunas veces reemplazan a los poemas: “Dominaba el son de la flauta, pero no faltaba tampoco el koto japonés y el laúd. La flauta es un instrumento melancólico cuya voz combina a la perfección con las brisas de otoño, especialmente en noches de luna tranquilas y radiantes como aquélla”. A modo de conclusión: Para terminar podríamos decir que la época Heian se caracterizó por una gran sensibilidad por la naturaleza, la música, la lengua china, la poesía. Por su parte, la caligrafía tenía un papel muy importante y era muy apreciada. Murasaki Shikibu sabía que necesitaba de transgresiones para poder llamar la atención del lector, amores prohibidos y “faltas repetidas”, con su consecuente castigo, de ahí que las mujeres entren en religión y que Genji se sienta culpable a todo lo largo de la obra. Kaoru, su hijo, al menos el que pasa como tal, es introvertido, delicado, no es mundano como el padre, en realidad es el héroe ya que Genji era alguien que había transgredido todas las normas sociales. Es decir, Genji, el Iluminado, sería un héroe a la inversa. En cuanto a Kaoru se refiere, es la antítesis de Genji, ya que nunca es capaz de tomar la decisión apropiada en el momento apropiado. La madre era la encargada, al menos en una gran medida, de asegurar el futuro de los hijos. Esto estaba dado por el linaje al que pertenecía y por la influencia que pudiese tener sobre el emperador y por supuesto al apoyo político que pudiese tener. La novela, en época de Murasaki Shikibu, era considerada como hoy en día, lo que hay allí escrito es ficción, así parta de la realidad: condición humana, ascenso político de un hombre o su caída, relaciones entre seres humanos. Para poder entender a cabalidad el mundo en el que vivió Murasaki Shikibu hay que tener en cuenta algunos aspectos, a saber: 1. Es una sociedad devota de la belleza, tanto física como espiritual. 2. En la corte Heian se rendía culto al ocio. En otras palabras sus súbditos vivían en un perenne Carpe Diem, puesto que vivían por y para el refinamiento más sofisticado; no sólo en cuanto a las actividades artísticas y literarias se refiere, sino a los objetos que los rodeaban y a los vestidos que utilizaban. 3. El Genji Monogatari no es una tratado de política, aunque como lectores penetramos muy bien en la jerarquía de la Época Heian. Sus gobernantes no se preocupan por hacer justicia social, sino por la caligrafía, la música, la literatura, las fiestas, los regalos suntuosos y al mismo tiempo se preocupan por los “tiempos degenerados” que les ha tocado vivir. El libro nos muestra la ambición por el poder, las rencillas, el arribismo y los conciliábulos para acceder a él e incluso la corrupción (se habla, incluso, de ahogar en dinero a un futuro yerno y de comprarle un ministerio). 4. Esta era una sociedad que vivía para el goce de los sentidos y al mismo tiempo eran profundamente espirituales, ya que el peso de la religión budista atraviesa toda la obra. No sólo viven rodeados de bonzos y sacerdotes, sino que siempre buscan la oportunidad de realizar retiros espirituales y cuando no pueden hacerlo dedican gran parte del tiempo a la oración, léase la repetición de los sutras, o la lectura de las escrituras sagradas. Según la concepción del mundo de Genji, hay que aprender a ser un ser humano y la única posibilidad es a través de la religión. Esta es la búsqueda de Genji o de su primo el emperador Suzaku, pero también de Murasaki, la esposa de Genji, o de muchos otros personajes de la obra. Todos ellos desean terminar sus días en un monasterio, y al optar por la vida monástica esperan dejar atrás el mundo de las “apariencias”, lo que les abriría la puerta para acceder al mundo espiritual. Es el caso de los personajes Kaoru y Ukifune, en los que yo vislumbro una reencarnación de Genji y Murasaki. En el caso específico de la mujer, la entrada a la vida monástica es una posibilidad de sobrevivencia; ya que al quedar viuda, o al perder el interés de su marido, o dejar de ser considerada “favorita”, la vida monástica le permitía tener un techo y comida, así fuera precaria. No hay que olvidar que este aspecto también se daba en Occidente; no sólo durante el Medioevo sino durante muchos siglos después. Para terminar yo diría que Murasaki Shikibu es un gran árbol del que crecen las ramas que dan cobijo a Yasunari Kawabata, a Yukio Mishima, a Haruki Murakami, a Marguerite Yourcenar o a Jorge Luis Borges. La literatura japonesa se alimenta de su savia y la occidental busca su sombra. Bibliografía : • Le dit du Genji, Murasaki Shikibu, Editions Selliers, 2008. • El libro de Genji, Murasaki Shikibu, Editorial Planeta, 2007. • Journaux des dames de cour du Japon ancien, Editions Philippe Picquier, 1998. • Notes de chevet, Sei Shônagon, Gallimard/UNESCO, 1966.

lunes, 30 de junio de 2014

LA LINEA AZUL DE INGRID BETANCOURT

En noviembre de 2010 el libro No hay silencio que no termine, de Ingrid Betancourt, http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2012/01/22/yasmina-khadra-e-ingrid-betancourt/ me dejó con la certeza que era una obra muy bien escrita, en la que se sumergía en el laberinto de la condición humana. El libro narra la miseria en la que solemos ahogarnos cuando el poder, o las ansias del mismo, se apodera de nosotros. Creo que nadie más podrá describir el horror del secuestro como lo hizo ella; tampoco creo que sea fácil igualar la descripción del descenso a los infiernos que vivió en los siete largos años de su cautiverio por parte de la guerrilla, más que anacrónica, de las FARC.// No obstante, la lectura de su tercer libro, La línea azul (Ediciones Gallimard 2014) no me causó la misma impresión. También es cierto que un autor no tiene que repetir las emociones o las impresiones que se han tenido con respecto a una obra anteriormente publicada; pero al menos uno creería que si debería de tratar de superar la calidad literaria, o al menos igualarla. Y no es éste el caso, aunque por supuesto, es sólo mi apreciación, lo cual no significa que a otra persona pueda parecerle excelente; de hecho en Francia han habido buenos comentarios alrededor de la obra en cuestión.// La línea azul es un libro que no suscitó en mí ningún interés, como no fuera el leerlo hasta el final para poder decir porque no me había gustado. Ni siquiera me preocupé por subrayar una frase, o por escribir alguna nota al final del libro, como suelo hacer la mayoría de las veces. Es un libro que se pierde en una maraña de tiempos que a mi parecer sobraban. Es como si la autora se hubiese sentado al frente de un rompecabezas ya armado, y luego hubiese separado pieza por pieza para volverlo a armar según su propia visión del panorama original. Creo que si hubiese utilizado la narración en primera persona, el resultado hubiese sido mucho mejor. Pero mezcló la historia, el testimonio y la ficción en una licuadora, y luego olvidó pasar la mezcla por el cedazo. Y no digo que eso no pueda hacerse, pero el resultado en este caso es bastante malo. El lenguaje de No hay silencio que no termine, su enorme riqueza, se diluye en La línea azul.// La lectura del libro en cuestión me hizo pensar varias veces que su escritura podría haber sido a cuatro manos, ya que cada vez que Ingrid Betancourt trata de hacer ficción deja atrás la calidad estética de No hay silencio que no termine. La parte histórica, concerniente al retorno de Perón y al coletazo de terror que llegó con el dragón bicéfalo de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), hace parte de los capítulos que se salvan de esa maraña que trató de tejer. Y cuando digo que pudo haber sido escrito a cuatro manos me refiero a una práctica muy común en Francia, imagino que pasa igual en cualquier país, y es la figura del escritor “negro”. Palabra bastante racista por supuesto, con la que se denomina al escritor desconocido y pagado por la editorial; o sea, es el escritor que se encarga del libro que luego sera publicado con el nombre de un escritor famoso, lo que garantiza el éxito editorial, al menos el éxito pecuniario.// Siempre he creído que a muchos autores les publican por su nombre, porque pertenecen a una red privilegiada en la que las mejores casas editoriales se pelean por sacar un libro con sus nombres, sin importar la calidad literaria del libro que sale al mercado; y éste sería un caso fehaciente de este mercado editorialista, en que lo que cuenta es la posibilidad de obtener grandes ganancias en desmedro de la calidad estética de la obra publicada. E Ingrid Betancourt aparentemente cayó en las redes que prostituyen el oficio literario. Muchos dirán que un escritor necesita ganar dinero, pero no creo que sea su caso. Se ha dicho que No hay silencio que no termine le habría dado ganancias más que exorbitantes, así que esa disculpa no sería válida en este caso.// La línea azul, probablemente será un bestseller, pero no pasará a la historia de la literatura como una obra de calidad. También es muy posible que luego sea llevada al cine, o a la televisión, de eso no me cabe la menor duda; y a lo mejor el resultado sea bastante bueno, ya que si bien es un novelón barato, como guión cinematográfico no está mal.// No obstante, hay un aspecto que quiero resaltar de La línea azul, y es el cambio político que ha tenido su autora. Cuando Ingrid Betancourt fue liberada agradeció hasta el delirio a Álvaro Uribe. No le faltaba razón. Pero sus palabras siempre fueron de elogio por su figura, sin que hubiese mediado un análisis crítico de los terribles años de su mandato. Si No hay silencio que no termine era una obra en la que pone en evidencia el infierno de las FARC, su podredumbre, el terror que impera en sus filas, la pesadilla de caer en sus garras, el nepotismo, la ignorancia, el fanatismo y la ceguera, en La línea azul nos muestra que esa condición infrahumana, de una izquierda anquilosada que repite los mismos crímenes de Stalin, es la misma ideología disfrazada de extrema derecha. Es la ideología de un Mussolini, de un Franco; tan caras a las dictaduras de los años 70 en el Cono Sur. La línea azul me hizo entender porque Ingrid Betancourt entendió que Uribe no podía retornar al poder bajo la máscara de muerte de su escudero Oscar Iván Zuluaga; y porque terminó apoyando el proyecto de paz de Santos. Postura que no dejo de aplaudir, ya que constato que recobró la cordura, y que estos años de libertad le han servido para analizar la política en Colombia.

lunes, 2 de junio de 2014

SOY DE IZQUIERDA Y ESTOY CON SANTOS

Siempre he sido de izquierda. Comencé a serlo en el primer semestre de universidad. Corría el año 1975 y la Teología de la Liberación nos invitaba a soñar con un mundo más justo, menos violento. Y si hablo de la Teología de la Liberación, es porque fue en las aulas de la Pontificia Universidad Javeriana que uno de mis profesores, un jesuita para ser más precisa, me acercó al marxismo; con él leí y analicé en clase, o en grupos de estudio, a Marta Harnecker. Me refiero a su lúcido libro Los conceptos elementales del materialismo histórico, entre otros libros que nos acercaban, a mí y a mis compañeros, a un mundo diferente al que conocíamos. No hacía mucho había pasado el Movimiento de Mayo del 68, y los ecos de las calles de París inundaban las universidades públicas y privadas de una Colombia que pugnaba por salir del siglo XIX. Las mujeres nos habíamos apropiado de los claustros académicos y ya no queríamos ni podíamos quedarnos en casa a hacer bordados como nuestras abuelas o algunas de las mamás de entonces. La mía trabajaba y había estudiado preescolar en la Universidad de Chile, algo muy raro en esa época. Pero su ejemplo de mujer trabajadora me permitió entender desde siempre que no había caminos vedados y que el estudio era la llave para comerme el mundo si ese era mi deseo. Pero antes de esa revolución tan importante, la del lema “Prohibido Prohibir”, hay que recordar la del 23 de abril de 1960, fecha del inicio de la comercialización de la píldora anticonceptiva; esa pequeña cosa que dio lugar a la revolución más grande de la historia de la humanidad. Por fortuna en la Colombia sin Ordoñez fue adoptada muy pronto. La píldora anticonceptiva nos daba a las mujeres la clave para poder gozar de nuestra sexualidad como quisiéramos, sin el peligro latente de un embarazo no deseado y sin tener que esperar a un matrimonio para poder tener relaciones sexuales. Pero también habíamos cantado y bailado, así hubiese sido viendo la película años más tarde, con Woodstock; esa maravillosa fiesta de mayo del 69. Woodstock abrió las puertas para que se pusiese fin a la guerra de Vietnam. Su lema “Hagan el amor y no la guerra” -tan contrario al pensamiento fascista de Uribe, Zuluaga, José Obdulio, Canal, Fernando, Hoyos, Paloma y del aprendiz de arcabucero Sepúlveda- se había apoderado de los jóvenes que no querían morir antes de los veinticinco años y que querían simplemente amar y ser amados. Más tarde, en los años 80, París y la Sorbona me nutrían de ideas y de pasiones que nunca han dejado de germinar. Además, creo en un Estado laico y en un Estado de Derecho, nada más peligroso que un Estado confesional o declarado al sagrado corazón de Jesús como la Colombia de antes de la Constitución del 91. Creo en la libertad de prensa, y estoy en contra de esa práctica abominable de Uribe de “escuchas” y de “falsos positivos”; ese eufemismo con el que se quiso ocultar el asesinato de muchos jóvenes que creyeron en una vida mejor y terminaron haciendo parte de un terrible montaje de parte de algunos miembros de la Fuerzas Armadas. Creo en los derechos de los trabajadores y en el derecho a sindicalizarse, entre muchas otros derechos inalienables de los ciudadanos. No obstante, no soy amiga de la guerrilla, considero que tanto las FARC como el ELN han cometido toda clase de delitos atroces, delitos de lesa humanidad, y aunque no han dejado de clamar por una Colombia más justa, no dudaron en hundirnos en el lodazal de las drogas ilícitas. Claman por una Colombia más justa y nos han aterrorizado durante cincuenta años con el secuestro y los ataques a la población civil. Claman por una Colombia más justa y han sembrado el campo de minas antipersonas dejando a miles de niños sin piernas. Claman por una Colombia más justa y le han robado la infancia a otros miles de infantes. Claman por una Colombia más justa y han violado y obligado a abortar a miles de niñas indefensas. Claman por una Colombia más justa y han obligado a miles de campesinos a dejar sus tierras. Claman por una Colombia más justa y han obligado al Estado a gastar sumas enormes en la guerra; dinero que ha debido ser para educación, vivienda, salud, generación de empleo, vías modernas y rápidas que conecten el campo con las ciudades. En fin, las guerrillas han impedido que Colombia sea un país mejor y más equitativo, no son amigos del pueblo colombiano, son uno de sus enemigos. Por otra parte, una guerrilla anacrónica como las FARC, enquistada en una ideología stalinista, no ha querido entender que no es con las armas que se hace y se construye la paz. Sólo hasta ahora se han sentado a discutir el tema que atañe a los 47’000.000 de habitantes de ese territorio llamado Colombia. Una guerrilla comandada por unos cuantos hombres barbudos, y la mayor parte del tiempo malolientes, sin ninguna formación académica -ya sé que las mujeres que militan en esa agrupación, así ellas digan lo contrario, no tienen ningún poder- no pueden decidir por todos los colombianos de bien que trabajamos todos los días para ofrecerles a nuestros hijos un mejor país. Por fin las FARC se han sentado a negociar, y si lo han hecho es porque están debilitadas, así digan y griten que no, que no lo están; la verdad es que están dando sus últimos estertores de bestia herida de muerte; y saben muy bien que el dinero acumulado por sus múltiples delitos no les sirve de nada en la jungla. Por todo eso estoy con Juan Manuel Santos. Nadie hasta ahora había sido capaz de sentarse en la mesa durante casi dos años a construir lo que hemos derrumbado en cincuenta años de guerra sin cuartel. Estoy con Santos en este proceso de búsqueda de una Colombia mejor y más equitativa; eso no quiere decir que siempre esté de acuerdo con él; eso no quiere decir que no tenga derecho a pedirle cuentas en su próximo período, y digo próximo período porque quiero creer que no todo está perdido y que los colombianos de bien, que somos la mayoría, vamos a salir el domingo 15 de junio a votar por él. A votar por la paz. Por eso no entiendo que los políticos de izquierda, Robledo y Clara López*, tengan el descaro de decirle a sus votantes que voten en blanco -aclaro que nunca he votado por ellos, ya que nunca han condenado vehemente las acciones violentas de las FARC-. Aplaudo y comparto la posición de Iván Cepeda y de Aída Avella, ya que entienden que nos estamos jugando otros cincuenta años entre el horror de la guerra o la paz a la que todo pueblo tiene derecho. Nota: También aclaro que si bien soy de izquierda eso no quiere decir que sea chavista, ni pro Evo Morales, ni pro Correa, ni pro Ortega, ni mucho menos pro Castro. Y también dejo en claro que la palabreja “castrochavista”, inventada por Uribe, es sólo el resultado de su poca o nula agudeza intelectual, otra más de sus tantas y tantas estupideces. *Aplaudo la decisión que Clara López ha tomado hoy, miércoles 4 de junio, de apoyar la candidatura de Juan Manuel Santos; por fin se dio cuenta de su responsabilidad política y humana. Afortunadamente una parte de los Verdes también se adhirió ayer martes.

domingo, 18 de mayo de 2014

NOSOTROS, LOS OLVIDADOS

Está lloviendo a cántaros, los niños están cansados y tienen frío, de hambre ya ni se quejan. Llevamos un buen rato caminando; la casa, la tierra, los animales, todo quedó atrás. Tuvimos que salir volando, no nos dieron la oportunidad de preparar los corotos, estamos más pobres que nunca, y lo que es peor, aún no sabemos adónde ir. No conocemos otra vida fuera del campo, a la ciudad nunca hemos ido, A mi marido le dijeron que si no se marchaba, le iba a costar caro. Sabemos que no es una broma. En esta país los campesinos estamos entre dos fuegos, no tenemos escapatoria. O somos compinches de la guerrilla o estamos con los paras y el ejército. O somos todo a la vez. ¡Dios, no para de llover! Mi niña tiene una tos que no me gusta y no tengo nada para darle. En mi cocina le hubiese preparado una limonada caliente con miel, eso se la calmaría un poco y la ayudaría a dormir. Aunque de estar en casa lo más seguro es que no tosería. A estas horas dormiría la siesta, mi marido estaría en las labores del campo y yo pararía de trabajar. Siempre estoy atareada con las gallinas, con el pancoger, con el hogar. Los campesinos no paramos de trabajar, sobre todo las mujeres. Somos las primeras en levantarnos y las últimas en acostarnos. Toda la responsabilidad de la familia recae en nosotras, aunque los hombres crean que son ellos los que llevan las riendas; de ser así nuestra vida sería mucho más fácil. Cuando mi marido se levanta antes del amanecer, yo ya he encendido el fuego en la cocina, he preparado la aguapanela, el chocolate, las arepas. Las jornadas en el campo son largas, extenuantes, peor no tediosas. Siempre hay algo que nos sorprende. Un pájaro que canta, un conejo que corre a campo traviesa, un perro que ladra y menea la cola, el olor a leche recién ordeñada, el aroma de una flor, la frescura del agua del río en una tarde calurosa o una noche estrellada. ¿Cómo sobrevivir? Porque al gobierno no le importa nuestra suerte. La guerra la sufrimos nosotros. En las ciudades ni se enteran de esa palabra. Oí decir que para el presidente el conflicto armado ni siquiera existe. ¿Se imaginan? Debe ser porque nunca ha cargado un fusil, ni le ha tocado caminar huyendo de su propia tierra; de todas formas no lo haría, se moriría del miedo pensando que puede pisar una mina; de esas que están por todas partes y que dejan a los niños sin piernas. Estamos huyendo y nadie nos ayuda, somos los olvidados del mundo; aunque en este país nos llaman los desplazados. Una forma de no ubicarnos en ninguna parte, de deshacerse de nosotros. ¿Y si regresáramos? ¿Si nos enfrentáramos a los que se hacen llamar comandantes, capitanes y les dijésemos que esa es nuestra casa y que no nos movemos de allí? Sería en vano. Suelen ser vengativos y crueles. Todos son iguales, no se puede escoger entre ellos. Son como gallinazos esperando la carroña. Se lo comen todo, destruyen todo. Las esperanzas, el amor, el alma. Por eso nos vamos. Tenemos los hijos, debemos sacarlos de este infierno; es su derecho. Ya no rezo, me cansé de hacerlo. Me cansé de pedir que se acabe esta vida de mierda que llevamos desde que la guerra llegó a estos lares. Supongo que Él, si es que de verdad existe, también se olvidó de nosotros.