jueves, 21 de octubre de 2010

GUIOMAR CUESTA ESCOBAR Y SU CASILDEA DE VANDALIA

CASILDEA DE VANDALIA O EL ALTER EGO DE GUIOMAR CUESTA ESCOBAR
Para los amantes y conocedores de la poesía el nombre de Guiomar Cuesta Escobar hace parte de su patrimonio cultural. Sus 16 libros publicados, a lo largo de treinta años de producción continua, más los premios nacionales e internacionales obtenidos, le han asegurado un lugar permanente en el estrado de la letras colombianas, hispanoamericanas y en las letras universales; lo que le ha asegurado un puesto en la Academia Colombiana de la lengua, de la que forma parte desde hace seis años y desde hace un año pertenece a la Academia de la Historia; otra presea más a su ya importante carrera literaria. Es por ello que su presencia el 17 de marzo de 2009, en el Teatro Los Fundadores, de la ciudad de Manizales, con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer, fue un verdadero acierto; sobre todo en una ciudad en la que raras veces hacen presencia escritoras reconocidas. Ese día, los espectadores allí presentes, tuvimos la oportunidad de asistir a la presentación de su último libro Casildea de Vandalia. Cuyos cinco primeros capítulos le valieron el accésit al I Premio de Poesía María Fulmen, de la ciudad de Sevilla, España, 2005. Galardón que se viene a sumar a otros con los que ya cuenta en su rica trayectoria poética. En la contracarátula del libro puede leerse que el jurado le otorgó el accésit “por la belleza de su obra poética y el homenaje a la obra de Cervantes”.
Este libro, de inconmensurable belleza, es el fruto de una larga gestación poética, nada menos que 11 años de investigación, de lectura, de creación, de recreación poética. Proceso que rompe con la falsa creencia popular de la inspiración súbita en una noche de luna llena o de una escritura dictada por las musas. Y si bien es cierto que la creación literaria puede ir acompañada de momentos de gran sensibilidad, también es cierto que nadie nace escritor, uno se hace escritor, para retomar la célebre frase de Simone de Beauvoir: “uno no nace mujer, uno se hace mujer”. El conocimiento del lenguaje, el manejo de las imágenes poéticas, la musicalidad de los versos, la fuerza de las palabras, no se improvisan. Por el contrario, un escritor debe trabajar arduamente para lograr un mínimo de condiciones literarias que le permitan lograr la calidad estética necesaria para que su obra literaria sea reconocida; y trabajar más arduamente aún para que el conjunto de su obra, o una parte de la misma, se convierta en una verdadera obra de arte y para que pase a la posteridad.
Y Guiomar Cuesta Escobar lo ha logrado con Casildea de Vandalia. A mi modo de ver es su obra cumbre, difícil, aunque no imposible, de emular o de superar. Es una obra producto de la madurez literaria de la autora y donde convergen múltiples disciplinas. A saber: la antropología cultural, la sociología, la historia, la reflexión sobre la condición femenina y por ende de la condición humana, la investigación literaria, la intertextualidad, el intento de hacer una autobiografía poética y la exploración de la propia historia familiar de la poeta; así como la búsqueda permanente de la belleza poética, e incluso, lo que yo llamaría arqueología literaria.
Pero antes de elucidar todos esos conceptos se hace imperioso hacer un breve recuento del libro: ¿Cómo surgió?, ¿Quién es Casildea de Vandalia y cuál es su desarrollo literario? Para lo cual nos tendríamos que remitir a su alter ego, a la poeta Guiomar Cuesta Escobar, que le ha dado vida a este personaje minimizado y ridiculizado en la obra cervantina. Tratemos, entonces, de responder a estas interrogantes:
1. ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? y ¿quién es Casildea de Vandalia?
Para ello habría que tener en cuenta a la propia autora, quien cuenta, llena de alborozo y de admiración por Miguel de Cervantes Saavedra, como hace doce años, releyendo la obra magna de la literatura española, Don quijote de la Mancha, su atención recayó en un personaje femenino, de nombre Casildea, al que pocas veces se hace referencia o sobre el cual la mayoría de las personas ni siquiera se detiene a pensar quién es o qué hace en dicho libro. Casildea, es la amada del Señor del Bosque o Señor de los Espejos; para quien ella es “la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe”. Para una mujer, como Guiomar Cuesta Escobar, que ha hecho de su vida una permanente reivindicación de género, una mujer, a la que el Señor del Bosque considera “que sus embustes le gruñen en las entrañas”, no podía pasar desapercibida:
“Por eso llegué a la vida muda/ privada de la voz/con la lengua atada/
a las profundidades del planeta/ por culpa de los aborrecidos inventos/ del Señor del bosque”.(Casildea de Vandalia, pág. 42)
Mientras que el nombre de Dulcinea del Toboso es un referente universal, el de Casildea de Vandalia es ignorado y borrado de la memoria colectiva; al mismo tiempo que carece de estudios literarios que enaltezcan a este personaje tan singular y a la vez tan vilipendiado. Al ser muda, no puede defenderse de los ataques que le hace el Señor de los Espejos; así que, incólume, ve pasar los siglos sin poder defenderse, ni hacer uso de la palabra y sin poder dar a conocer toda la sapiencia que ha ido atesorando con el correr de los tiempos.
“cuatrocientos años enterrada en el olvido…
… con mi lengua aferrada al fondo del océano/ y los labios
clausurados por la más penosa herencia…/ este largo cautiverio/ donde triste gimo y lloro/ mi prolongado destierro/ comprendí –por los siglos de los siglos-/ mi inexplicable mudez”.(Casildea de Vandalia, pág.104)
Y es Guiomar Cuesta Escobar, la poeta, artífice de las palabras, tejedora de historias, testigo del dolor humano, pero también de sus alegrías, la que va a concederle a Casildea de Vandalia el don de la palabra. Mucho se ha dicho que el poeta es un ser “escogido” para contarnos a los seres terrenales las desdichas y los alborozos que suelen poblar la historia, así como los mitos y las leyendas. Pablo Neruda lo dice así en su obra Canto General:
“Yo estoy aquí para contar la historia…
Yo incásico del légamo”
Son tus palabras en mi boca
Las que resbalan, el canto nocturno
Mezclado con lluvia y follaje”...
“Del aire al aire, como una red vacía
Iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo.”
Y Guiomar Cuesta Escobar, heredera del enorme legado poético de la lengua hispana (1), ha sabido recoger en su recipiente de barro las palabras y las imágenes nerudianas, para reelaborarlas y crear otro mundo cosmogónico como el que nos presenta Neruda en "La lámpara en la tierra"; al mismo tiempo que hace alusión a la historia, al tiempo lineal, a la mejor manera de Los conquistadores.
Guiomar Cuesta Escobar, la chamana, no sólo le otorga el poder de la palabra a Casildea de Vandalia, sino que la transforma en una caballeresa andante, en una quijote femenina, y la pone a trasegar por el mundo, hasta traerla a América, en busca de su editora; descendiente del primer editor del Quijote de la Mancha, Juan de la Cuesta:
“Yo salí de mi patria a buscar reinos extraños/ quien me albergase y recogiese/ y habiéndola hallado en América del sur/ volví en este hábito de peregrina/ a buscar a mi editora/ y a desenterrar muchas riquezas/ que llevo adentro escondidas”.
Y luego, emulando a Alejo Carpentier, la poeta-chamana(2)la envía en busca de sus orígenes africanos, la hace emprender un viaje a la semilla, un retorno al útero, un viaje sagrado a las entrañas mismas del origen de la vida:
“Ya iniciaré el viaje a mi semilla
Para dar cuenta de toda esa maldad
que me postra y desaparece
como a tantas y tantas mujeres…”
Este regreso a los orígenes es bastante importante, ya que el sentimiento de bastardía del pueblo latinoamericano nos sigue lacerando, como si la violación del conquistador, a las mujeres aborígenes, se perpetuara una y otra vez en cada una de nosotras. Saber de dónde venimos, tener la certeza de quiénes somos, nos permite trazar una senda para no volvernos a extraviar:
“¿De cuál de estas vetas
fuimos extraídos?
¿De cuál cantera
fue arrancado el ser humano?”)

Versos que nos recuerdan la maravillosa cosmogonía de "Canto General":

“Como la copa de la arcilla era
La raza mineral, el hombre
Hecho de piedras y de atmósfera,
Limpio como los cántaros, sonoro.
La luna amasó a los caribes.”

Y al igual que Pablo Neruda, Guiomar Cuesta Escobar, consciente de su papel como poeta, sabe que ha sido “elegida”(3)y que su destino es proteger y velar por Casildea, la desposeída de la palabra, pero indómita y valiente como una guerrera:
“Me instruyeron en el misterio
de aquella vedada ceremonia
y viajé a las entrañas del terror
a liberar cual leona
a esta Mujer de ballesta y espada.”
Casildea, se convierte así en la representación muda de todas las mujeres ignoradas, mancilladas, vejadas, abandonadas; que claman por ser liberadas del yugo milenario que ha significado la opresión masculina:
“Casildea escucha
el rugido de una leona
profundo clamor de sus raíces
centurias y milenios
que liberan de nuevo
su cordón de plata.”

Y más adelante:

“¡Cuántos gritos silenciados
murieron en su garganta!
¡cuántos horrores
conoció su cuerpo!”
El cuerpo de todas, el dolor de todas, el infortunio de todas. Casildea es la caballeresa andante que busca liberarnos de todos los oprobios, que busca redimirnos y devolvernos nuestra dignidad humana. Es la caballeresa que lleva en su yelmo inscrita la lucha por la condición femenina; que no es otra que la lucha por la condición humana:
“Las mujeres hemos compuesto
nuestros mejores poemas
en lengua nativa
y han florecido y se preservan
a pesar de todas las falacias.”
Y para lograrlo, Casildea, en un rito iniciático, se purifica a sí misma y al hacerlo purifica, a su vez, a todo el género humano:
“Me bañé en el torrente de Val-andaluz/hasta borrar las huellas de esa historia que cargo a mis espaldas
milenios de terror -desprecio- y abandono.”

Baño(4)que le permite darnos la palabra a todas y liberarnos de la ignominia sufrida desde tiempos inmemoriales:
“Se rompen siglos de soledad
milenios de ataduras
ceguera y mordaza
tiranía de principados
huestes espirituales dueñas de la muerte.”
Al mismo tiempo que nos hace dadoras de vida, protectoras de la palabra, guerreras del conocimiento:
“Y el hoy le señala un único camino
la nueva tierra que se abre a su paso
terreno abonado
día a día y en reposo
pronto verá la cosecha”.
En toda esta parte cosmogónica, también están implícitas la historia y la sociología. Si bien el texto poético es mitad mito, mitad leyenda, también hace referencia a la historia latinoamericana y a su pueblo. Casildea de Vandalia bucea en las raíces del pueblo latinoamericano. En él encontramos al aborigen de estas tierras indómitas y hermosas:
“En la mano te deja su esmeralda
una Maga de Muzo.”

Pero también al descendiente del conquistador de yelmo y espada:

“Este caballero e hijodalgo
salvó a algunas de aquellas grandes mujeres / mineras de Vandalia
con su gran conocimiento de las rocas
y de los yacimientos de carbón y oro.”
Y encontramos al esclavo, raptado de otras tierras no menos indómitas y hermosas, el África negra:
“La misma oscuridad
que rayó el horizonte de Micaela
cuando zarpó hacia su nueva tierra
y tocó fondo...
Era el abismo que la transformaría
en esclava liberta.”
El libro de Guiomar Cuesta Escobar, es un canto a la vida, al hombre, sin distinción de colores, donde todas las etnias se conjugan en una sola; donde las raíces del árbol se transforman en una sola, es decir en su tronco. Georges Deleuze decía que el verdadero futuro de Europa estaba en la mezcla de las diversas raíces culturales que anidan en el mal llamado Tercer Mundo. Ese árbol puede ser una ceiba o un baobab, pero también un roble, árboles sagrados para infinidad de pueblos y culturas, y a través de todos los tiempos:
“el inmenso roble sintió
que a su tronco se aferraba
una planta de tallo muy delgado…
Casildea regresó a saludar a su árbol
a confiarle sus cuitas…
conmovida
entró en un diálogo sustancial
con su amado roble…”
Estos versos nos recuerdan a Mircea Eliade, el gran historiador de las religiones, y a su análisis del árbol: “la imagen del árbol no se ha escogido únicamente para simbolizar el Cosmos, sino también para expresar la vida, la juventud, la inmortalidad, la sabiduría. … el árbol ha llegado a expresar todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia, todo cuanto sabe que los dioses poseen por su propia naturaleza y que no es sino rara vez accesible a individuos privilegiados, héroes y semidioses.”
Los árboles son también la representación del axis-mundi, y éste, a su vez, es el pilar que sostiene el mundo y el que permite el paso del iniciado a los otros mundos, allí donde moran los espíritus, los dioses y a veces los ancestros. Es la puerta, o puente, al espacio sagrado y al atravesarla se deja atrás el mundo terrenal o profano:
“Cuando comencé a dibujar el árbol…
cuando el universo viaja
y su giro
nos lanza a otra esfera
más allá de la conciencia
me di a la tarea de travesar el bosque
y escuchar desde mi interior
el concierto de aves
y el manantial.”
En esa búsqueda incesante y apasionada de las raíces, Guiomar Cuesta Escobar nos habla de sus ancestros:
“tuve que rastrear los descendientes
De Juan de la Cuesta
y supe que una rama había emigrado
hacia Sur América.”
Al mismo tiempo que escribe su propia autobiografía:
“Mi editora
aguerrida como su bisabuela
tremenda como ella
que se batió con el oro y emprendió
su heroica batalla…”
Por otra parte el libro Casildea de Vandalia es fruto de una verdadera investigación literaria, donde se observa el rigor investigativo de la autora, y su disciplina a la hora de escribir y de buscar las fuentes que enriquecen su obra poética. Puesto que Guiomar Cuesta Escobar, es consciente que su poesía es producto del legado milenario de otros creadores, e incluso sabe que ella misma es producto de la cultura y tradición judea-cristianas; de allí su profundo conocimiento de La Biblia; a la que hace referencia a todo lo largo del libro de Casildea de Vandalia. Las citas, cuidadosamente escogidas, enriquecen considerablemente el texto, ya que se establece un diálogo entre la poeta y sus colegas. Esta intertextualidad enriquece el texto poético y nos muestra, en toda su dimensión, la erudición de Guiomar Cuesta Escobar.
Otro de los aspectos que debe resaltarse, en cuanto al arduo trabajo de investigación se refiere, es los que yo he llamado “arqueología literaria”; ya que en el libro, objeto de este análisis, encontramos el estilo de las crónicas de Indias. Ese estilo, que ya no se usa –estila, sería la palabra adecuada-, sigue siendo de una gran vigencia estética y nos corrobora, una vez más, la sapiencia de Guiomar Cuesta Escobar y la libertad poética de la que hace gala a la hora de plasmar con su pluma, su rica e inconmensurable cosmogonía; haciendo que el lector sea partícipe de ese mundo imaginario y tan personal. Esa es la magia de la literatura, la magia de poder vibrar con las imágenes poéticas que el “elegido” ha utilizado para hacernos vivir e incluso transformar nuestra propia visión del mundo.
Para terminar, no puedo dejar pasar por alto la belleza del lenguaje poético utilizado por la autora de Casildea de Vandalia. No en vano Guiomar Cuesta, al igual que su Casildea, ha sido nombrada miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, en su caso preciso no de Vandalia, sino de Colombia. Honor anhelado por muchos, siendo muy pocos los escogidos.
Citas bibliográficas:(1) Para Gaston Bachelard “El soñador* aislado guarda dentro de sí valores oníricos ligados a su idioma; guarda dentro de sí la poesía propia a su lengua y a su cultura. Al aplicar las palabras a las cosas, las puede poetizar. … El poeta más innovador, al explotar el sueño más liberal de las costumbres sociales, transporta en sus poemas los gérmenes que vienen del fondo social de la lengua.”
BACHELARD, Gaston. L’eau et les rêves. Essai sur l’imagination de la matière. Librairie José Corti. 1974. Página 182. *Nota: léase poeta. (Traducción libre de la autora del ensayo).
(2)Para Mircea Eliade “el chamán es un mago y un hombre-médico: se cree que puede curar, como todos los médicos, y efectuar milagros fakíricos, como todos los magos, sean primitivos o modernos. Pero es, además, psicopompo, y puede ser también un sacerdote, místico y poeta”.
ELIADE, Mircea. El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Fondo de Cultura Económica. México, primera reimpresión, 1982. Página 21.
(3)Para Gaston Bachelard el agua “se ofrece como un símbolo natural de pureza; ella se erige en una psicología de la purificación. …El agua transparente es una tentación constante para el simbolismo de la pureza. El ser humano puede encontrar, sin necesidad de un guía o de una convención social, esta imagen natural.”
Ibid. Página 181-182. (Traducción libre de la autora del ensayo).
(4)ELIADE, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Labor/Punto Omega. Barcelona, 5ª edición, 1983. Página 128. (El subrayado es del autor).
BIBLIOGRAFÍA
BACHELARD, Gaston. L’eau et les rêves. Essai sur l’imagination de la matière. Librairie José Corti. 1974
ELIADE, Mircea. El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Fondo de Cultura Económica. México.,Primera reimpresión, 1982. Página 21
NERUDA, Pablo, Canto General

martes, 28 de septiembre de 2010

ISLA NEGRA

Siempre he creído que uno de los lugares más famosos, al menos para un hispanohablante, es Isla Negra, no importa si se ha estado físicamente o no. Todos los que amamos a Pablo Neruda conocemos su existencia, así como todos conocemos otros lugares míticos, ancorados en lo más profundo de nuestro sistema límbico, como son Macondo, o Santa María o Yoknapatawa. La diferencia, es que Isla Negra existe, pero, contrariamente a lo que uno pudiera creer no es una isla. Está, eso sí al borde del mar, de un mar violento, las olas parecieran ser del tamaño de una casa, y vienen a morir en un acantilado de una hermosura inconmensurable. Son piedras enormes, cuasi míticas, como si el mundo recién despertara de un largo y profundo sopor, como si recién acabase de ser inventado, creado o soñado, o todo a la vez; ¿Por qué, dónde comienza la realidad y donde termina la imaginación? La frontera entre esos dos conceptos es frágil y como un funámbulo transitamos sobre ella, meciéndonos de un lado a otro de esa cuerda que puede romperse al menor descuido.
Hace tres años tuve la oportunidad de visitar la casa que Pablo Neruda construyó como si de un barco se tratara. Una casa nada convencional y en la que difícilmente yo podría vivir. No obstante, la emoción que sentí al visitarla no ha sido nunca equiparada con otras experiencias y otros viajes. El día anterior habíamos estado, mi marido, mi hijo y yo, en “La Chascona”, la casa de Pablo Neruda y Matilde Urrutia, en Santiago. Es de anotar que “chascona” quiere decir “despelucada”; es así como Neruda llamaba a Matilde, la mujer de su vida. Y si bien la visita me había interesado mucho, máxime que fue allí donde la turba enloquecida saqueó la biblioteca de Neruda la noche de su muerte, sin que las fuerzas policiales hicieran algo por proteger el legado del poeta. Recuérdese que Augusto Pinochet acababa de dar su golpe de estado y que Chile entraba en una larga y tenebrosa noche, de la cual aún se hacen esfuerzos enormes por salir de ella y recobrar la cordura que le fue arrebata en la nefasta fecha del 11 de septiembre de 1973. La biblioteca, como todas las construcciones de Neruda, tiene una particularidad bastante extraña. Cuando se penetra en su interior, y se comienza a recorrerla, lo primero que viene a los sentidos es una sensación de mareo, el piso está construido en declive, y los oídos perciben un crujido, el crujido de la madera de un bote en alta mar; de tal forma que al caminar se siente la impresión de estar navegando. No en vano Neruda se llamaba a sí mismo “Marinero en tierra”. Al día siguiente de la visita de Isla Negra, visitamos su tercera casa, “La Sebastiana”, ubicada en Valparaíso. Tiene cuatro pisos, como una torre de Babel que quiere tocar el cielo. Pero es Isla Negra, a una hora de Valparaíso, la casa que hizo que todos los sentimientos de amor, admiración y respeto por Pablo Neruda, salieran a flote. Cuando entré en la sala la guía comenzó a explicar el significado de cada objeto y al ver sus mascarones de proa, traídos de sus viajes, sentí que un quejido profundo salía de mi pecho y que por razones de “urbanidad” debía acallar. Cuando entramos al cuarto que compartía con Matilde Urrutia, al ver su cama, colocada debajo de una ventana sin cortinas, de tal forma que al salir los primeros rayos del sol pudiesen penetrar para que de esa forma fuese despertado y no con el sonido trivial, y a veces de pesadilla, que es un despertador automático. Y al mismo tiempo que los tímidos rayos del sol le besaban las mejillas; sus ojos, al abrirse con el contacto de las manos de la aurora, vieran ese mar indómito que lame las rocas de su casa. Entonces, ya no pude más, y el quejido que trataba de ahogar, de retener en silencio, salió con una furia incontenible. La poesía de Neruda, con la misma que había aprendido a amar, me refiero a “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, o “El hondero entusiasta” o “Los versos del capitán”; o con la que había viajado, pienso en “Alturas de Machu-Picchu”, esa oda latinoamericana, ese lamento visceral, esa búsqueda de nuestros propios orígenes; salió a flote en un llanto que ya no pude controlar. Todas las fotos que registran mi rostro ese día, muestran la pérdida y el dolor, pero también el amor y la esperanza. Por supuesto que también visité la biblioteca. En un corredor largo y estrecho, hay una mesa que el mar le regaló una mañana, una mesa que había naufragado quien sabe por cuánto tiempo. La ubicó al lado de otra ventana, a la que consideraba su cuadro favorito, ya que desde allí vislumbraba su mar. En esta biblioteca está parte de su considerable colección de caracolas marinas, la mayor parte fue donada a la Universidad de Chile, y por supuesto, su colección de botellas. La visita culmina con el paseo obligado del jardín donde están enterrados los dos amantes, al frente del mar. No hay que olvidar que para que ésto fuese posible hubo que esperar largos años, hasta 1992, ya que Pinochet había prohibido que su sepultura ocupase el lugar que el poeta había designado como su lugar preferido para su sueño eterno.

domingo, 18 de julio de 2010

EL RACISMO COMO PRETEXTO DE PERSECUCIÓN

*(Ver nota al final del artículo).
El pasado mundial de fútbol, celebrado en Sudáfrica, el país donde el Apartheid fue derrotado por ese personaje extraordinario llamado Nelson Mandela, nos puso sobre el tapete, nuevamente, la posibilidad de mirar la historia y analizar ese crimen atroz que fue la trata de esclavos; así como la posibilidad de hacernos una autocrítica, y porque no de pedir perdón por los vejámenes cometidos por nuestros ancestros y por las ignominias que aún seguimos realizando, no sólo contra África sino contra la población negra que habita en nuestro territorio. El apartheid es una palabra que podría muy bien ser sinónimo de opresión, de fascismo y por supuesto de racismo. Desafortunadamente, los medios de comunicación colombianos no se han detenido a realizar un trabajo exhaustivo sobre el racismo en Colombia. Se habla, eso sí, sobre peculados, sobornos, narcotráfico, guerrilla, deuda externa; pero el racismo no sólo no es un tema que les atraiga sino que en últimas lo consideran inexistente en nuestro territorio. Así, la forma de pensar, de hablar y de actuar del colombiano diga lo contrario. Tal vez la explicación de este fenómeno sea la poca importancia que se le da en nuestro medio al racismo.
EL RACISMO Y LA HISTORIA: Según la definición del diccionario, racismo significa ‘Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que en ocasiones, ha motivado la persecución de otro grupo étnico considerado como inferior’ (1). Esta definición, difiere ligeramente de otras en cuanto que hace explícita la palabra “persecución”. El racismo, no es otra cosa que el arma más poderosa con la cual ha contado el hombre en el transcurso de la historia para poder perseguir, esclavizar y oprimir a diferentes grupos humanos que él mismo, en su omnipotencia, ha designado como inferiores. El racismo, ha sido el pilar de muchos sistemas políticos, económicos y religiosos.
ANTECEDENTES: Los griegos denominaban a todo aquel que no había nacido en territorio helénico con el apelativo de ''To xeno'' (el extranjero). Luego, "extranjero" se convirtió en "bárbaro", denominación recogida posteriormente por los romanos, sirviéndoles de baluarte en la campaña de extensión de su Imperio. Luego, Occidente reemplazó el término por el de "salvaje", siendo este último el utilizado en nuestros días.
Es posible que "bárbaro'' halla sido en un principio identificado al canto inarticulado de los pájaros, en contraposición al lenguaje humano. Y el término "salvaje", hace referencia directa a algo agreste, inhóspito, a selva, en últimas a la vida animal, opuesta en su totalidad a la cultura humana. En los dos casos se niega la existencia de una cultura diferente a la del pueblo que se autodenomina como "civilizado" (2).
En la mayoría de los grupos étnicos -considerados por Occidente como salvajes- la humanidad se restringe a su propia tribu o a su grupo lingüístico; hasta el punto que muchas de ellas tienen una palabra especial que designa a los integrantes de su pueblo como los hombres verdaderos, mientras que a los congéneres de otras tribus se les asigna una palabra que carece del significado esencial de "hombre". Esto es lo que comúnmente se conoce como etnocentrismo.
EL "CENTRO" EN EL MITO: Para los Incas, Cuzco significaba “ombligo del mundo”. En Irán, la montaña sagrada Haraberezaiti se hlla igualmente en el centro de la tierra. La mitología judeo-cristiana considera al Gólgota el centro, y el paraíso terrenal tiene la misma ubicación (3). Ejemplos como estos abundan en las mitologías de Laos, Japón, Finlandia, etc... El simbolismo del "centro" aparece a su vez en la literatura y arquitectura medievales: "...la basílica de los primeros siglos de nuestra, … y la catedral de la Edad Media, reproducen, simbólicamente, la Jerusalén celestial'' (4).
LOS "ELEGIDOS" Y LA PERSECUCIÓN: El pueblo israelita se consideraba como el “elegido” por Jehová. En la Edad Media, Occidente emprendió las grandes cruzadas con el pretexto de rescatar la tierra santa de manos paganas; pero como siempre el verdadero objetivo era ir tras la riqueza y el botín que la guerra pudiera depararle. Los españoles, escudándose en la idea de que su fe y su religión eran las verdaderas y de que su dios era el único, oprimieron, avasallaron y saquearon a América: Si ese dios no reinara sobre el mundo, no habría esclavos, ni amos, ni vasallos, ni colonias (5).
En la isla de La Española (hoy territorio de Haití y República Dominicana) a comienzos del siglo XVI, Fray Bartolomé de las Casas abogaba por los indios y denunciaba la explotación de la cual eran objeto por parte de los españoles, y proponía, como único medio para abolirla, traer esclavos negros del África. Para defender a los nativos alegaba que también eran hijos de Dios y que poseían -al igual que los cristianos- un alma. Mientras tanto los indígenas dejaban a los cadáveres de los españoles, que habían sido hechos prisioneros, varios días al sol, con el fin de verificar si sufrían o no el proceso de putrefacción (6). Los franceses -mientras tanto- encarcelaban y torturaban a los hugonotes, y a sus mujeres las marcaban de la misma forma que lo hacían con las prostitutas.
La Alemania nazi, inventa los hornos de cremación donde perecen varios millones de judíos (que por lo demás siempre habían estado confinados en los ghettos europeos) y de gitanos, aunque ya nadie se acuerde del holocausto de estos últimos. ¿A quién podría importarle la muerte de un gitano? Total, no es explotable políticamente. Aún hoy siguen siendo objeto de persecución por parte de la policía europea; son los parias de la opulencia.
Rafael Leónidas Trujillo (dictador dominicano), persigue y asesina, en los años 30 a 30.000 Haitianos. Otro tanto de argentinos desaparece durante la pasada dictadura, en la llamada guerra sucia. En la India persisten las castas, y se persigue a la minoría musulmana. En Sri-Lanka, la persecución es contra el pueblo tamil. En Irlanda, continúan los violentos enfrentamientos entre protestantes y católicos. En Colombia, el Grupo Lingüístico de Verano evangeliza a los grupos indígenas, sin olvidar a los sacerdotes y monjas católicos y el genocidio, no reconocido aún por el Gobierno, que ha vivido Colombia en las últimas tres décadas.
Los ejemplos anteriores, sirven para ilustrar el hecho de que el racismo no es sólo un prejuicio contra el color de la piel, sino que la mayoría de las veces ha sido utilizado como pretexto para perseguir a aquellos que no profesan la misma religión o la misma ideología del pueblo colonizador o de la clase con el poder económico, militar y político necesarios para imponer su propia ideología.
EL CONCEPTO DE RAZA Y SUS IMPLICACIONES: El diccionario define el concepto de raza como un “grupo humano que presenta un conjunto constante de caracteres corporales distintivos y hereditarios” (7). Y aunque en la actualidad sólo se distinguen tres grupos (caucasoides, mongoloides y negroides), aún se utiliza la clasificación del naturalista sueco Carlos Von Linneo (1707-1778); clasificación basada principalmente en la distribución geográfica y en el color de la piel de los individuos. De ahí la creencia común de raza blanca, negra, indígena, y en Colombia de raza criolla; llegándose incluso a hablar de raza manizaleña (tal como rezaba en una publicidad con fines turísticos para la ciudad en el año de 1987).
Las implicaciones de la anterior clasificación han sido funestas, y lo que es peor, se sigue perpetuando. ¿Cómo? A través de la educación, los medios de comunicación, los prejuicios sociales, la religión, la política.
EL RACISMO EN COLOMBIA: Para nadie es un secreto que los departamentos del Chocó, del Casanare, del Guainía, del Amazonas, del Putumayo, entre otros, han sido las regiones más desprotegidas por el gobierno. Su población representa la minoría del pueblo colombiano; minoría a la que se denomina despectivamente "negra e india". Estas regiones (que también forman parte del territorio nacional), carecen de vías de penetración suficientes, de servicios públicos, de programas verdaderamente eficientes de vivienda, salud, educación y trabajo.
Y por si fuera poco, el Gobierno, obviando el problema de tenencia de tierras que hace imperiosa una política de reforma agraria radical, impulsó en la década de los 70 y 80 a la clase campesina, hoy desplazada, a proletarizarse en los grandes latifundios o a colonizar territorios de asentamiento indígena, con el consecuente enfrentamiento, lo que causó la muerte a centenares de indígenas.
DICHOS POPULARES Y RACISMO: El lenguaje en Colombia, posee un sinnúmero de dichos populares con marcada connotación clasista, que oculta, en últimas, los prejuicios raciales que se tienen contra los grupos minoritarios: "Hay que trabajar como negro para vivir como blanco". El insulto más grande para un colombiano es ser llamado "indio" o “negro”. En los mundiales de fútbol, celebrados en las décadas de los 70, 80 y 90, los periodistas deportivos se referían a los africanos como los "morenitos", pero nunca les decían a los europeos los "blanquitos". Estas expresiones, utilizadas en todas las clases sociales, representan sólo algunos ejemplos del lenguaje racista empleado a diario por el pueblo colombiano.
Habría que señalar que la educación impartida en los colegios, escuelas y universidades en general, continúa enseñando y transmitiendo la imagen de civilización occidental como la única aceptable, lo que supone que aún somos un país colonizado culturalmente.
1.Diccionario Kapelusz de la Lengua Española, Editorial Kapelusz, Buenos Aires, Argentina.
2.Claude Lévi-Strauss, Race et Histoire, Editions Gonthier, Unesco 1961, Bibliothéque Média-tions, France.
3.Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno, Alianza/Emecé.
4...., Lo Sagrado y lo Profano, Labor /Punto Omega, 5a edición, 1983.
5.Eduardo Galeano, Memorias del Fuego. 1. Los Nacimientos, Siglo XXI Editores, S.A., 8a edición.
6.Claude Lévi-Strauss, Race et Histoire.
7.Diccionario Kapelusz.
* Nota: Este artículo fue publicado en el año de 1987 por el diario La Patria (Manizales-Colombia). Ahora vuelvo a publicarlo, aunque con algunos ajustes, teniendo en cuenta que la situación, con respecto al racismo, poco o nada ha cambiado, al menos en lo que tiene que ver con la situación colombiana. Cabe recordar que en 1987 aún estaba vigente en Sudáfrica el Apartheid; por lo que celebro que la ONU haya declarado el 18 de julio como el Día Internacional Nelson Mandela. Dicha fecha coincide con la de su nacimiento, es de anotar que el pasado 18 de julio este excelente líder cumplió 92 años.

domingo, 20 de junio de 2010

José Saramago: Viaje a Portugal, la historia de un amor

La primera vez que leí a José Saramago fue en 1998, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura. Lo hice con una obra exquisita, Viaje a Portugal, una oda al patrimonio intangible y tangible, una invitación al viaje por el territorio que lo vio nacer y al que le debe su lengua y su cultura. Algunas de las descripciones que nunca olvidaré, son la de un frío amanecer en medio de una zona boscosa, donde la niebla se levanta poco a poco para dar paso a la magnificencia de los árboles; o la visita a un restaurante popular en un pequeño pueblo. O la denuncia que hace al constatar como el arte religioso es expoliado por capellanes inescrupulosos de pequeñas iglesias pueblerinas; al mismo tiempo que nos dicta toda una cátedra de historia del arte, ya que nos habla de varios pintores que los libros sobre el arte europeo han ignorado conscientemente. Precisamente es este libro el que hizo posible el encuentro del escritor y de su esposa. Pilar del Río, periodista y gran lectora, un día cualquiera le dice a su librero de confianza que le recomiende algún autor, él le pone en las manos un libro de José Saramago, diciéndole que aunque es un escritor desconocido es un verdadero maestro de las letras. Pilar se lleva el libro a casa y pasa la noche en blanco, leyéndolo con verdadero placer y admiración. Al día siguiente regresa a la librería y compra los libros de Saramago que en ese momento estaban traducidos al español.Y mientras los lee, planea, junto con una amiga, un periplo siguiendo la ruta indicada por Saramago en Viaje a Portugal. Al llegar a Lisboa lo contacta, en esa primera entrevista surge un amor y una pasión que los acompañó por el resto de sus vidas. Pilar del Río se convirtió en su esposa, traductora y crítica. Una bella historia de amor, que muestra como la realidad va más allá de toda ficción literaria.
Después de este libro leí otros con verdadera admiración, como El Ensayo sobre la ceguera, o con algo de tedio como El Viaje del Elefante. José Saramago, fue un intelectual a carta cabal y su obra nos deja un legado invaluable; sobre todo por su posición crítica frente al Vaticano, a la religión católica y al fanatismo religioso venga de donde venga. También su posición crítica frente al capitalismo salvaje y frente a las grandes desigualdades imperantes entre Norte y Sur, entre los países del Primer Mundo y los mal llamados del Tercer Mundo. Su obra es una invitación a la reflexión ontológica y al goce estético; ya que su obra es de una gran riqueza semántica y de un estilo impecable.
Nota de protesta: José Saramago murió el pasado viernes 19 de junio en su casa de la Isla de Lanzarote en España, donde vivía con su esposa Pilar del Río. A sólo un día después de su muerte, el diario del Vaticano, “L’obsservatore Romano”, en una columna escrita por Claudio Toscani, arremete contra él, en un lenguaje panfletario y cobarde. Y digo cobarde porque Saramago ya no puede contestar. La furia de Toscani nace del hecho que Saramago fue un ateo confeso toda su vida y un gran crítico de la religión católica; pero sobre todo de los representantes de la Iglesia y del papel que han tenido a través de toda la historia de Occidente. En su columna venenosa, Toscani hace gala de una gran intolerancia ideológica, se olvida que el Concilio Vaticano II declara el derecho a la libertad de culto y pregona la tolerancia religiosa. El fanatismo religioso es el que tanto daño le ha hecho a los pueblos a través de la historia. Caer en él es desconocer que los seres humanos no somos iguales y que la libertad de pensamiento es un derecho que nos asiste.

viernes, 4 de junio de 2010

EL SECRETO DE SUS OJOS

“El secreto de sus ojos” ganadora del Óscar a la mejor película extranjera (2010), así como del Festival Internacional del Cine de La Habana, del Premio Clarín y del Premio Sur. En el 2009, año de su estreno, fue vista por dos millones y medio de espectadores argentinos y ha sido la segunda película más taquillera de la filmografía argentina. Fue un proyecto realizado conjuntamente con España.
Dirigida por José Luis Campanella, con las actuaciones de Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella, y guión de Eduardo Sacheri y Juan José Campanella; “El secreto de sus ojos” es un thriller que nos pone en frente de la Argentina de 1974, cuando las oscuras fuerzas que sumirían al país en una de sus más desastrosas debacles, estaban aunando fuerzas para apropiarse del poder. Y en esto radica uno de los mayores logros de la película, la época nefasta del gobierno de Isabel Perón, la Triple A, Alianza Anticomunista Argentina, aparece tangencialmente; no obstante, se siente su enorme peso a todo lo largo de la película. Ya que la época de la represión, que conduciría a una de las peores dictaduras de la historia de América Latina, no es tema central del argumento, pero está presente en la historia de sus protagonistas; ya que el miedo se convierte en una segunda piel y termina por destruir sus sueños y sus vidas. Es una forma diferente de contar la historia, nos deja interrogantes, nos cuestiona, nos enfrenta a nuestra propia historia como pueblo latinoamericano y nos insta a conocerla mejor. No en vano siempre se ha dicho que el desconocimiento del pasado nos condena a su eterna repetición. Lo que ha vivido Colombia en los últimos ocho años es un claro ejemplo de ello.
Un funcionario de la justicia, Benjamín Espósito, ya jubilado, representado por Ricardo Darín, decide escribir un libro sobre el caso que le cambió su vida para siempre. Espósito recuerda sus años como agente de la justicia federal, y a sus compañeros de oficina, el dipsómano ayudante Pablo Sandoval (Guillermo Francela) e Irene Menéndez-Hastings (Soledad Villamil) jefa del Departamento de investigaciones. El recuerdo de la historia es una investigación de la brutal violación y posterior asesinato de una joven mujer. Lo que pudiera parecer una investigación anodina, como muchas de las que pueden enfrentar a diario los investigadores judiciales, se convierte en una historia de amor no convencional. Los secretos de 25 años atrás vuelven para asediar a sus protagonistas, y Espósito se da cuenta que si no enfrenta el pasado y desvela sus misterios, no podrá nunca reconciliarse consigo mismo, ni podrá vivir su única historia de amor.
Con “El secreto de sus ojos”, Campanella nos deslumbra con su manejo de la cámara, con su genio para armar las secuencias, su sensibilidad para crear sonidos, ambientes; pero también para mostrarnos el lado oculto del ser humano. Me refiero a la ternura, al amor, a los sueños, esos pequeños detalles que nos ennoblecen; al mismo tiempo que refleja las bajezas, venganzas y miserias, o la crueldad que acompaña muchas veces a los oscuros personajes que desean sobresalir a cualquier costo. Con esta película Juan José Campanella ha entrado por la puerta grande de la historia del cine y le ha dado a América Latina la posibilidad de ser nuevamente el foco de atención de la cultura.

martes, 1 de junio de 2010

CLAUDE MONET Y CHAÏM SOUTINE (3o día)

(Visita realizada al Museo de L’Orangerie el 23 de mayo de 2010).
Aunque he visitado varias veces el Museo Jeu de Paume, aún no conocía su gemelo, L’Orangerie, situados los dos en el Jardín de las Tullerías. París es una ciudad infinita, culturalmente hablando, siempre nos sorprende, siempre tiene algo para mostrarnos, nunca acabamos de descubrirla por completo. Ni siquiera los parisinos la conocen a fondo. Así que no me ruborizo al decir que es hasta ahora que descubro las maravillas que alberga en su interior.
El Museo de L’Orangerie, conocido también con el apelativo de la Capilla Sixtina del Impresionismo, expone desde 1927 “Las Ninfeas” de Claude Monet (1846-1926). La sala fue especialmente adecuada para estas inmensas pinturas, ya que Monet las legó al Estado francés con la condición de encontrarles un lugar permanente. Georges Clemenceau (1841-1929), al aceptar su proposición, le pidió a Monet que él mismo decidiera como deseaba que sus pinturas fueran expuestas. De dos obras que inicialmente iba a donar, terminó por entregar 22 paneles, que componen a su vez 8 composiciones, para un total de 40 metros de lienzo. Este proyecto le llevó 14 años de arduo trabajo. En esta hermosa sala, recientemente renovada, el espectador puede sumergirse en el mundo poético y privado de Claude Monet. Me refiero a su casa de Giverny, a sus jardines y al lago artificial donde sembró cientos de nenúfares, que se convirtieron en su modelo predilecto y en un permanente laboratorio de experimentación pictórica. Monet vivió allí los últimos cuarenta años de su larga y prolífica vida. Es en estos jardines donde pudo entregarse sin reserva alguna a su gran pasión, la pintura; ya que los años de precariedad económica habían quedado atrás. Monet, desde muy temprano, había logrado un rompimiento absoluto de todos los cánones académicos; pero no es sino al final de su vida que logra, gracias a los nenúfares, acercarse a lo que posteriormente se conocería en la historia del arte como abstraccionismo. Hoy en día es considerado uno de sus precursores. Otros dos museos de visita obligatoria, en cuanto a Monet se refiere, son el de Marmottan y el de Orsay.
El Museo de L’Orangerie expone, además, dos importantes colecciones, una sobre la obra de Paul Klee, perteneciente a un importante galerista de arte, Ernest Bayeler, y la colección Walter-Guillaume con obras de Renoir, Cézanne, Modigliani, Rousseau, Laurencin, Picasso, Matisse, Derain, Utrillo y Soutine. La primera es itinerante y la segunda permanente. Y si bien reconozco que Paul Klee es un artista extraordinario, tampoco puedo negar que su obra no me hace vibrar. Por eso he decidido hablar sobre Chaïm Soutine, artista que hace parte de la colección Walter-Guillaume.
La Colección Walter-Guillaume, lleva el nombre de dos coleccionistas. Paul Guillaume, marchante de arte, cultivado y con una sensibilidad especial que le hizo comprender desde muy joven la importancia del arte moderno. Es de anotar que contó con la suerte de conocer muy joven a Guillaume Apollinaire, quien se convirtió en su mentor, y el poeta Max Jacob le presentó a personajes de la talla de Modigliani, De Chirico, Marie Laurencin, Picasso o Picabia, artistas que pasaron por su galería de arte. Paul Guillaume supo comprender desde el primer momento hasta qué punto tenía delante de sí obras que pasarían a la posteridad. Murió en el año de 1932. Su esposa Juliette Lacaze se convirtió en su heredera universal; tiempo después contrajo nupcias con el empresario Jean Walter; juntos continuaron la pasión de Guillaume. Poco antes de su muerte Madame Walter-Guillaume decidió donar la colección al Museo de L’Orangerie, que la expone desde 1984.
Y es esta colección la que me hizo descubrir un pintor extraordinario que nunca había oído nombrar: Chaïm Soutine (1893-1943), reconocido como el artista más patético del expresionismo de la escuela de París. Este pintor, de origen lituano, nació en el seno de una familia judía, enfrentada a una vida miserable. Su padre trabajaba como ayudante en un taller de sastrería y con su magro salario debía sostener una prole numerosa. El mismo Soutine comenzó a trabajar a los doce años en el taller de su tío. Pero su verdadera inclinación era la pintura y el dibujo. Su padre se oponía férreamente a esta pasión, ya que era un judío ortodoxo para quien las imágenes representadas por el hombre eran pecado. La austeridad religiosa y el miedo, asediaron su infancia y parte de su adolescencia; sin olvidar al hambre y al frío, que fueron prácticamente sus eternas compañeras. La angustia vivida en sus primeros años nunca lo abandonaría, fue la fuente primordial de su creación artística; no en vano muchos autores han dicho que la verdadera musa es la tragedia.
En 1913 llega a París, allí conoce a sus compatriotas Marc Chagall y Jacques Lipchitz, y luego encuentra a Modigliani, construyendo con él una larga amistad. Se vuelve un asiduo visitante del Museo del Louvre, y Rembrandt y Courbet se convierten en sus pintores predilectos. Rembrandt mismo es el modelo a seguir. No en vano años más tarde pintaría una obra “La res desollada”, en clara alusión a un célebre cuadro del pintor holandés. La anécdota de esta obra es bastante elocuente con respecto a la personalidad sombría de Soutine. En vez de trabajar directamente en un matadero, delante de la res que acababa de ser sacrificada, Soutine se la lleva directamente a su apartamento y allí procede a la elaboración del cuadro. Cuando el olor a carne descompuesta comienza a sentirse en los corredores, los vecinos llaman a la policía para que indaguen lo que sucede en la vivienda del pintor. Entre 1915 y 1919 descubre el sur de Francia. Sus pueblos fueron la base para un cuadro maravilloso titulado “Árbol caído” (1923-1924). Un inmenso árbol cae sobre un pueblo entero, pareciera como si sus casas fuesen como la vida misma del hombre, frágil y desamparada. En otro de sus cuadros aparece uno de los característicos pueblos franceses, pueblos suspendidos y cuyas casas se abaten las unas contra las otras, en una clara referencia a la precariedad de la existencia. Sus retratos nos muestran seres extraviados en sí mismos, alejados de todo intento de comunicación humana. Sus miradas no se dirigen a ninguna parte, ni siquiera se miran ellos mismos. Sin embargo, algunos colores utilizados, como el rojo, podrían dar destello de alegría al lienzo, como es el caso de “La joven inglesa” (1934). Pero en soutine el rojo, en vez de dar un tono de alegría a la composición, acentúa el desgarramiento interior de su personaje. En otras palabras, su obra nos enfrenta a nuestros propios demonios.
Hace poco una persona, muy cara a mis sentimientos, y a raíz de un artículo que publiqué en Papel Salmón sobre Haruki Murakami, me decía que tras la lectura de uno de sus libros “era muy difícil salir indemne”. Pues bien, al ver la exposición de Soutine recordé la frase y a su remitente; ya que sentí exactamente la misma sensación, me costó salir indemne. Y en el cuaderno que siempre me acompaña, anoté, como si de escritura automática se tratase, lo siguiente:
Su obra te lleva por terrenos baldíos, por arenas movedizas. Soutine te agarra de la mano, como si fuese una tenaza, y no te suelta, te sumerge en el desamparo, en el terror, en la pesadilla. Es una obra que molesta, que trata de ahogarte en aguas turbias; no se sale incólume después de haberla visto. Nos enfrenta a nuestros fantasmas, llama a gritos a los demonios que nos habitan, nos lleva por la cuerda floja como si fuésemos funámbulos en busca de un precipicio donde arrojarnos en una caída sin fin. O como si resbaláramos en un terreno cenagoso o fuésemos tragados por arenas movedizas, como si nos perdiésemos para siempre en un terreno hostil y desconocido. Al final tuve la impresión que para Soutine la vida es un hueco negro que atrae hasta el fondo. Este cúmulo de sensaciones lo había experimentado hace dos años con la gran exposición de Louise Bourgeois, organizada por el Centro Georges Pompidou, aunque de una manera mucho más intensa, (para mayor información puede leerse el artículo que publiqué en este mismo blog hace dos años). Esta sensación de extravío también la había sentido dos días antes cuando observaba atentamente la obra de Edvard Munch en La Pinacoteca, exposición reseñada en este blog, el pasado 29 de mayo.
Si bien los nenúfares de Monet me habían llevado al paraíso, Soutine me paseó por su propio infierno. Lo que quiero decir es que L’Orangerie nos enfrenta a dos lecturas diferentes, pero cada una de una riqueza invaluable. No en vano la vida misma nos hace bascular entre la alegría y la pesadilla a todo lo largo de nuestra existencia. Dejó como legado 482 obras, pero había pintado muchísimas más, desafortunadamente la mayoría de sus obras fueron destruidas por él mismo ya que no aceptaba ni la más leve crítica; pero otras fueron destruidas porque él mismo consideraba que no tenían valor artístico*.
Bibliografía: Musée de L’Orangerie. Guide de visite. Texte de Jean-Noël von der Weid. 2007
*Nota: No hace ni dos horas que terminé de escribir este artículo en el que hago alusión a la obra de Louise Borgeois; sin saber que había muerto en el día de ayer (31 de mayo 2010), tenía 98 años y una mente completamente lúcida, nunca dejó de trabajar. La paz sea en su tumba. Siempre la recordaré, no sólo como la excelente artista que se destacó a todo lo largo del siglo XX y en este primer decenio del XXI, sino como una mujer que supo luchar contra los avatares del tiempo, sin doblegarse nunca. Siempre será un faro en mi vida. Berta Lucía Estrada Estrada

domingo, 30 de mayo de 2010

WILLIAM TURNER (2o día)

(Vista realizada al Museo Grand Palais, París, el sábado 22 de mayo 2010)
La primera vez que escuché el nombre de William Turner (1775-1851), fue en el curso de Historia del Arte que debí tomar en la universidad por espacio de 8 semestres; y aunque había elegido la literatura como formación profesional, el arte tenía un lugar muy importante en el currículum. Tuve una profesora excelente que supo sembrar en lo más profundo de mi ser un intenso amor por el arte, siempre le estaré agradecida. Turner me fue presentado, junto con John Constable (1776-1837), como uno de los precursores del movimiento que partiría la historia del arte en dos: El Impresionismo. Así ellos no hubieran vivido para darse cuenta hasta que punto su pincelada, su paleta, la concepción de sus temas, había dado paso a una verdadera revolución artística. Y es que los grandes pintores y escultores son aquellos que se arriesgan, que osan hacer algo diferente. La verdad sea dicha no me gustan los artistas que se repiten hasta la saciedad, como un Botero; en otras palabras no me gusta cuando un artista encuentra la gallina de los huevos de oro y la explota hasta el infinito. No en vano Pablo Picasso (1881-1973) solía decir que cada vez que la obra de una de sus épocas pictóricas comenzaba a venderse fácilmente, inmediatamente cambiaba de estilo, nunca se repitió, siempre buscó la innovación, sentía horror de copiarse a sí mismo, pero no de copiar a los clásicos. William Turner fue uno de los pioneros en comprender este postulado, mucho antes que Picasso naciera. Otra de las frases de Picasso era: “Un artista copia, un gran artista roba”. Turner no copiaba las ideas de los otros, las robaba y les daba su toque personal, que no era sino el de un genio de la pintura; ya que sabía admirar la obra de su tiempo y se servía de ella cuando lo consideraba necesario.
Turner y sus pintores es el nombre de la exposición que tuvo lugar en el Museo Grand Palais de París, (de febrero a mayo de 2010). Una exposición que ha sido realizada en asociación con la Galería Tate Britain de Londres y el Museo El Prado de Madrid. Esta exposición no sólo recoge la pintura de varios museos sino que se expone de una forma bastante original y pedagógica, ya que los lienzos de Turner son expuestos al lado de las pinturas y de los autores que tuvieron una gran influencia en su desarrollo pictórico, léase artistas que lo habían precedido como algunos de sus contemporáneos.
Es el caso de una de sus obras cumbres, “Helvoetsluys”, que comparte la misma sala de “La inauguración del Puente de Waterloo” de John Constable. Estas dos obras habían sido expuestas por primera vez en la Royal Academy en el año de 1832, una al lado de la otra. Con respecto a estos dos lienzos existe una anécdota bastante elocuente sobre la personalidad de Turner. Cada vez que había una exposición se trasladaba con su lienzo y paleta al museo donde iba a realizarse la muestra pictórica y allí trabajaba hasta el último momento, sólo dejaba de trabajar el día de la inauguración. Esto le daba la posibilidad de estudiar ampliamente las obras que iban a exponerse al lado de la suya y le permitía hacer algunos cambios con el objetivo final de opacar el trabajo de sus colegas y resaltar el suyo. En el caso de la marina señalada, Turner comprendió que el trabajo desarrollado por Constable aventajaba el suyo, gracias al brillante dominio de la representación atmosférica, en este caso preciso el cielo pluvioso de Londres, tema que Constable manejaba a la perfección; además había utilizado el color rojo para resaltar algunos aspectos de la obra, entre ellos dos de los barcos allí representados, lo que confería al cuadro un aspecto festivo, necesario para conmemorar la gran derrota de las tropas francesas y la consecuente caída de Napoleón. El rojo, en medio de una gama de tonos grises, daba a su obra un destello inusitado. Así que después de observar el lienzo detenidamente, Turner decidió dar un toque final a su marina, que resultaría a la postre una excelente decisión y que haría de ella una verdadera obra maestra; simplemente pintó sobre las olas una especie de mancha bermellón, con el resultado que su obra se transformó y ganó fuerza, sobrepasando con creces la marina de Constable. Esta anécdota muestra a qué punto Turner sabía mirar y apreciar la obra de sus contemporáneos; aspecto que no siempre ha sido la característica de los artistas, enfrentados generalmente en pequeñas rencillas y celos profesionales.
Esta costumbre de trabajar hasta el último momento en el lugar preciso de la exposición hacía que los pintores temieran que sus obras fuesen expuestas en la misma sala que las del Maestro. Solían decir que colgar uno de sus cuadros al lado de un Turner era como colgarlo al lado de una ventana, ya que era el Turner el que se llevaba todas las miradas, haciendo invisibles todas las demás. Fue exactamente lo que pasó con la marina ya señalada de Constable. Y es que Turner fue un verdadero maestro de la representación pictórica del mar, lo que lo llevó a hacer circular una leyenda en la que aseguraba que estando en un barco había sobrevivido a una tempestad marina porque se había agarrado fuertemente de un mástil para no caer al mar enfurecido.
Turner fue un viajero incansable y un gran admirador del Museo del Louvre que había abierto sus puertas al público en 1793. Allí conoció la obra de Claude Lorrain, de Nicolás Poussin y de Antoine Watteau. En Holanda conoció la obra de Rembrandt y en Italia, la de Raphael, Tiziano y Canaletto, entre otros.
Turner es el pintor de lo etéreo, de lo inaprensible. Gracias a su gran capacidad de observación, a su paciencia y a su disciplina, ha sido considerado como el pintor del agua, del fuego, del cielo. Logró palpar lo impalpable y transmitirlo en un lenguaje poético. Esto permite que la sensibilidad del artista sea plenamente percibida por el espectador, pero también por los pintores que lo sucedieron. Es el caso del cuadro “El incendio del Parlamento” (1834-1835), tema que retomaría años más tarde Claude Monet (1840-1926). O bien, el color amarillo imperante en su óleo “El Temerario remolcado a dique seco” (1839), indudablemente tuvo una gran influencia en Vincent Van Gogh (1853-1890). Su gusto por la fugacidad, superficies borrosas, difuminados y colores intensos, serían tomados por los impresionistas, así como su estudio de la luz natural. Ha sido también considerado como precursor del abstraccionismo, para lo cual citaría su óleo “Paisaje de río con bahía al fondo” (1835).
En 1804 abrió una galería de arte donde exponía su propia obra y en 1822 la adecuó con un sofisticado sistema de iluminación cenital, cubrió sus paredes con pintura roja, transformando así su galería en un verdadero museo dedicado a su propia obra; un gesto extraordinario para su época, que muestra a qué punto estaba convencido de su genialidad.
En el momento de su muerte había legado su producción artística a la nación inglesa: 19000 dibujos y más de 200 lienzos. En su testamento señaló que una de sus marinas fuese expuesta siempre al lado de una marina de Le Lorrain. Su herencia fue entonces distribuida entre la National Gallery y la Tate Britain. Sus restos reposan en la Catedral de San Paul, no lejos de Lord Nelson y de otros personajes importantes de la historia británica. William Turner preside para siempre el lugar más importante en el panteón de la pintura inglesa, siendo reconocido como el más grande pintor inglés de todos los tiempos.


Bibliografía:
CLAY, Jean. L’Impressionisme. Hachette. Paris, 1971. (Préface de René Huyghe, de l’Académie Française, Professeur au Collège de France).
FAROULT, Guillaume. Turner et ses peintres. Album de l’exposition. Éditions de la réunion des musées nationaux. Paris, 2010.
HILLYER et Huey. Petite histoire de l’art et des artistas. Fernand Nathan. París.

viernes, 28 de mayo de 2010

EDVARD MUNCH O EL ANTIGRITO (1 día)

(Visita realizada al Museo de La Pinacoteca, París,el vendredi 21 de mayo de 2010)
Para cualquier persona escuchar hablar de París es despertar sus más íntimos anhelos de conocer o volver a visitar esta ciudad que está ancorada en lo más profundo de nuestro imaginario colectivo. Su nombre deja una estela de suspiros, sólo equiparables al nombre del amado. Es mi ciudad bien amada. Siempre digo que no conozco otra que sea más hermosa, debe de ser porque una gran parte de mi juventud la tuvo como escenario. A ella le debo una parte muy importante de mi formación profesional y de mi desarrollo como ser humano. Visitarla es como recorrer un inmenso museo. Sus calles, callejuelas, avenidas, pasajes, edificios, monumentos, iglesias, restaurantes, cafés, bistrots, parques, galerías de arte, bibliotecas, librerías, salas de concierto o de teatro, son de por sí un inmenso regalo a los ojos y a la sensibilidad artística. Ni que decir de sus museos. Acabo de estar en París cinco días y cada día visité uno de ellos. Siempre lo hago y nunca me canso. En esta ciudad he visto exposiciones maravillosas, como la de Louise Bourgeois hace dos años. En esta ocasión visité los siguientes museos: La Pinacoteca, cuyas paredes acogen la obra de Edvard Munch, El Grand Palais, que albergó hasta el pasado 25 de mayo una parte importante de la obra de William Turner y de sus contemporáneos, L’Orangerie, que expone desde 1927 las Nimfeas de Claude Monet y en cuyo subsuelo está expuesta temporalmente la colección de obras de Paul Klee, perteneciente a Ernest Beyeler y la colección de Jean Walter y Paul Guillaume, el Museo Jacquemart-André que expone la más importante colección de arte realizada por un latinoamericano, el mexicano Juan Antonio Pérez Simón, la cual abarca una importante representación del arte español y por último el Museo Marmottan, que acoge varias de las obras de Monet, entre ellas la célebre “Impressions, soleil levant”, que dio lugar al nombre del grupo al que perteneció y del cual fue su más importante representante: El Impresionismo. Y en este mismo museo puede visitarse al final de esta primavera, una exposición con un título bastante poético y que nos sumerge en un dulce saudade, “Las mujeres en tiempo de Proust”. Allí pude deleitarme con la obra de la gran pintora impresionista Berthe Morizot (1841-1895) y descubrir a una exquisita acuarelista y dibujante, Madeleine Lemaire (1845-1928).
Y como cada exposición amerita al menos un breve artículo, voy a dedicar cinco entregas para tratar de asimilar la emoción sentida y poder trasmitirla a través de las palabras.
EDVARD MUNCH O EL ANTIGRITO, este es el nombre de la exposición que actualmente se encuentra expuesta en el Museo de la Pinacoteca, Plaza de La Magdalena, París. Este genial pintor noruego es conocido básicamente por una obra “El Grito”, lo que ha llevado a que su extensa producción pictórica sea prácticamente desconocida por fuera de su país natal; es por ello que La Pinacoteca decidió no exponer la obra que ha opacado todas las demás. Tanto “El Grito” como “Niñas sobre un puente”, son dos pinturas que me siempre me han impactado, pero tener la posibilidad de ver más de 150 pinturas de Munch, poder observar toda su trayectoria artística, descubrir su vida marcada por el sufrimiento, la enfermedad y el alcohol, me ayudó a entender más a este artista melancólico, violento, reservado, viajero, exiliado en sí mismo. Su paleta, -cargada de colores rojos, verdes, azules-, su pincelada alargada y libre, sus grabados de mujeres solas, prisioneras de sí mismas -ya que sus largas cabelleras se convierten en barrotes- o sus parejas de amantes que se besan y abrazan como si se lanzasen a un precipicio o los retratos que nos muestran una soledad infinita e inconmensurable, nos recuerdan el sufrimiento permanente del artista. Y es que la infancia de Edvard Munch (1863-1944) estuvo marcada por la tragedia. Su madre murió de tuberculosis a la edad de treinta años, cuando Munch aún era un niño. Su abuela había muerto de la misma enfermedad a los treinta y seis años y su hermana las siguió por la misma senda cuando sólo tenía quince; e incluso Munch estuvo a punto de morir por una hemorragia pulmonar a los trece años. Él mismo diría años más tarde, en una frase lapidaria, “vivo con los muertos”. La muerte se convierte en su compañera perpetua, en su verdadera amante, en su única amada. Por otra parte, Munch leía y admiraba a Baudelaire, es posible que su poema “La Carroña”, lo haya también influenciado en esa obsesión que lo poseyó durante toda su vida con respecto a la muerte. En cuanto al hermoso poema titulado “La Cabellera”, pudo haberlo inspirado para pintar esas mujeres con largas melenas, como si fuesen medusas; y en las cuales queda atrapada su propia existencia, o la del amado, como lo había anotado anteriormente. Es el caso de la litografías “Vampiro II”, realizada en 1895, o “Celos” (1896), o bien “Madame” (1895).
Desde 1880 había entrado a formar parte de un agrupación de bohemios dirigidos por el escritor Hans Jaeger (1854-1910) y por el pintor Christian Krohg (1852-1925). El círculo estaba formado por intelectuales y pintores que se revelaban contra el exceso de puritanismo de la Noruega de finales del siglo XIX, por lo que Munch se convirtió fácilmente en el hazmerreír del grupo, ya que su padre era un religioso fanático y bastante puritano. Pero también se revelaba contra las injusticias sociales de la época. Es de anotar que aún no existía la seguridad social, ni la jubilación. Las jornadas de trabajo eran de 12 horas diarias, durante 6 días a la semana, y el trabajo de los niños aún no estaba reglamentado, así que trabajaban por un salario de miseria, en horarios iguales al de los adultos. Las empleadas domésticas trabajaban en jornadas que podían llegar fácilmente a las 16 horas. Las mujeres trabajaban igual que los hombres pero recibían una paga inferior. Las condiciones de higiene eran deplorables y la tuberculosis estaba presente en todas las esferas sociales, pero especialmente en las más desfavorecidas. La enfermedad, la muerte, la miseria, el despertar de la sexualidad, el alcoholismo, son los temas centrales de su obra. Los representa con una furia indescriptible y le da a sus obras un aire de inacabadas que será su sello personal; como si la tragedia no se acabase nunca y siguiese moviendo los hilos de la vida más allá de la muerte misma. Él mismo solía decir que "La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles que rodearon mi cuna y me siguieron durante toda mi vida".
A la muerte de su progenitor, en 1889, Munch entra en una etapa de gran inestabilidad que lo llevará a viajar incansablemente durante 15 años. Visita varias veces Francia y conoce y estudia la obra de los impresionistas, como Monet o Pissarro y de los posimpresionistas, como Van Gogh o Toulouse- Lautrec. Se familiariza con la pincelada libre y su paleta se aclara, aprende a trabajar en espacios abiertos, aprovechando la luz natural.
La obra de Munch, es la representación de la incomunicación humana, de la soledad, del hastío; tal y como se observa en los grabados sobre madera titulados “Los solitarios (dos personas)”, realizado en 1899 y “Dos mujeres en la rivera”, (1908-1909). Su obra pictórica refleja el dolor en toda su dimensión, como si el artista no creyera en la felicidad, ni siquiera en momentos de alegría efímera. No obstante, en algunos de sus cuadros hay una verdadera explosión de color, que anticipa la fiesta que estallará con los fauves o la explosión del expresionismo. Es el caso de “El sombrero rojo”, óleo realizado en 1891. Otra de sus características más sobresalientes son los personajes desprovistos de un rostro, como si las manchas que lo representan significasen el anonimato más absoluto o la miseria humana que suele acompañarlo. Es el caso del óleo “Las Bañistas” (1904-1905). No obstante, toda su obra está marcada por un grito infinito, desgarrador, que sale de lo más profundo de su alma atormentada, como si nunca hubiese conocido el sosiego. Su obra, aún aquella que representa la figura humana, es como un mar enfurecido, como una tormenta que sólo deja a su paso desolación y muerte. Su obra carece de esperanza, es una condena que no tiene fin y de la que es imposible escapar.
En 1899 ingresa en un sanatorio para someterse a una cura contra su alcoholismo. En1902, tras una pelea violenta con su compañera Tulla Larsen, con quien comparte su vida desde 1898, se hiere la mano derecha con un tiro de revolver. En 1908 cae en una depresión nerviosa que lo lleva a internarse durante seis meses en la clínica del Dr. Jacobson. En esta época sufre de alucinaciones y de paranoia. Él mismo decía que su desorden mental era la fuente de su genialidad. Al igual que Virginia Woolf, se cree que la enfermedad que lo aquejaba era un trastorno bipolar. En 1930 sufre una grave enfermedad que lo deja casi ciego. Es en este período que realiza una gran serie de autorretratos, sirviéndose de la fotografía como medio pictórico. En 1937 los nazis confiscan 82 pinturas que estaban repartidas en los museos alemanes y lo declaran “artista degenerado”. En 1940, durante la ocupación noruega por parte de las tropas alemanas, Munch rechaza todo contacto con las tropas nazis y se retira aún más de lo que ya había estado en los últimos años. En 1943 recibe múltiples homenajes de la parte de los distintos estamentos sociales, culturales y políticos noruegos.
Edvard Munch muere el 23 de enero de 1944 en Ekely, cerca de Christianía, la cual había cambiado su nombre por el de Oslo en 1926. Nunca dejó de pintar. Sus últimos cuadros, básicamente autorretratos, son de una fuerza avasalladora que nos revelan el genio que siempre fue. No en vano solía decir: “Mi arte es una confesión de lo que yo hago”, y yo podría agregar: una muestra de lo que soy. Legó toda su obra a la Municipalidad de Oslo, es decir mil pinturas, 18.000 grabados y cerca de 5000 acuarelas y dibujos. En otras palabras, una obra mucho más extensa que “El Grito”, la obra que todos conocemos.
Bibliografía:
Edvard Munch ou l’anti-cris. Connaissance des arts. Paris, 2010.
Edvard Munch, película de Peter Watkins (1974).

miércoles, 19 de mayo de 2010

KIRMEN URIBE

KIRMEN URIBE
Bilbao - New York - Bilbao

“Vojtech (Jasny) me dijo una frase: “Nada ocurre en vano””. (Bilbao-New York-Bilbao. Editorial Seix Barral S.A. 2009, página 156). La lectura de esta sabia sentencia, con la cual se puede, o no, estar de acuerdo, me hizo pensar en Ernesto Sabato y en todas las veces en que ha insistido en que la casualidad no existe. Este libro, cuya acción transcurre en un vuelo transoceánico, lo adquirí el pasado 22 de abril en el aeropuerto de Barcelona, mientras hacía una escala técnica. Primera “coincidencia”. Pero no fue sino hasta ayer que decidí leerlo, con el fin de darme una especie de vacaciones de un estudio que en este momento estoy realizando sobre un autor ya desaparecido. En uno de sus libros emblemáticos el tema central gira alrededor del mar, de los barcos y de los marineros. Segunda “coincidencia”; por lo demás bastante extraña. Al ver el libro en la librería me asaltó el recuerdo de haber escuchado en TV española que había obtenido dos premios bastante importantes, nada menos que el Premio Nacional de Narrativa 2009 y el Premio Nacional de Crítica 2008 en lengua vasca, euskera, como prefiere nombrarla Kirmen Uribe (Ondarroa, Viscaya, 1970). También obtuvo el Premio de la Fundación Ramón Rubial y el Premio del Gremio de Libreros de Euskadi.
Conozco muy poco del pueblo vasco, a pesar que la región cafetera está llena de sus descendientes, o de descendientes gallegos como es mi caso, aunque siempre prefiera decir que mis raíces están ancoradas en África y en los pueblos indígenas y no en España. Simplemente soy el producto de una mezcla de culturas, como la escena de las dos niñas que juegan a cazar mariposas con una sábana, al final del libro de Kirmen Uribe. Una es blanca y la otra negra. Una es descendiente de marineros vascos y la otra es descendiente de marineros senegaleses. Una historia común las une más allá de cualquier línea divisoria de odios racistas, la pesca, y los avatares de la vida en el mar, y por supuesto una lengua: el euskera, hablada en la actualidad solamente por una comunidad de 250.000 personas.
Kirmen Uribe ha escrito un hermoso libro sobre el país vasco y sobre la historia de una familia. Es un relato que abarca tres generaciones. La del marinero Liborio Uribe, su hijo, patrón del barco Dos Amigos, y el nieto Kirmen, filólogo de formación, con estudios de postgrado en literatura Comparada en la Universidad de Trento, escritor de profesión. Pero también está el hijo de su compañera Unai, a quien le rinde un cálido homenaje con un emotivo poema: “Naciste a mis ojos con trece años./ Así, de repente./ Fue un parto muy original,/ pues naciste mientras cenábamos una pizza”. La presencia de Unai deja la obra abierta, con la posibilidad de continuar más tarde con su propia historia. Es como un rond-point donde coinciden diversos caminos, pero que también se abre a nuevas y desconocidas rutas.
Y aunque es una historia de hombres, está siempre iluminada por un faro que no los deja perderse en las tempestades marinas o en las tempestades metafísicas. Ese faro es la mujer. Bien sea la abuela, la madre, la tía, o Nerea, la compañera de Kirmen y madre de Unai, son personajes femeninos que dan una fuerza vital a la creación de la ficción, o la descripción de la realidad, como quiera llamarse al libro de Uribe.
Sin embargo, no es la parte lírica de la obra la que me ha llamado la atención, sino la construcción misma de la novela, o de la biografía o de la autobiografía, o de la historia reciente de un pueblo que se negó a desaparecer bajo la dura dictadura franquista. Bilbao-New York-Bilbao es, incluso, una reflexión sobre la creación literaria, un manual, o guía, sobre la construcción narrativa. Concepto que luego encontré en una crítica de Jon Kortazar: “Me interesa más el mundo conceptual y la configuración teórica que propone que el argumento mismo del texto. Es decir, prefiero el aspecto del libro que me ha llevado a pensar sobre él, que la forma en que emociona, que es una de las virtudes que los lectores subrayan en la novela”.
Kirmen Uribe, con su obra Bilbao-New York-Bilbao, se impone como un referente obligado en las letras hispanas contemporáneas. No obstante, ésta no es su única obra. Hasta el 2008 era más conocido por sus libros para niños, siempre escritos en euskera, y por su poesía. Incluso el año pasado Patxi López, en su posesión como Lehendakari, leyó uno de sus poemas: Mayo.
Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
los abedules blancos de la rivera.
Una deferencia respetuosa para el escritor Kirmen Uribe; pero sobre todo un hermoso homenaje a las raíces de un pueblo que se niega a ahogarse o a fundirse en otra identidad. No en vano Kirmen Uribe, como Fernando Savater, aboga por una educación bilingüe. Es decir, aboga por una identidad vasca, pero sin dejar a un lado la lengua castellana y la tradición inherente a ella.

martes, 17 de noviembre de 2009

CLAUDE LÉVI-STRAUSS

MI ACERCAMIENTO A CLAUDE LÉVI-STRAUSS
En los años 70, mientras realizaba mis estudios de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), tuve la gran fortuna de tener como profesor a un jesuita a quien le debo mi pasión por la historia de las religiones. Su curso se llamaba Ciencias Religiosas, y estaba dirigido a dilucidar el pensamiento de uno de los más grandes pensadores del siglo XX en dicha materia, Mircea Eliade, pero también estaban Georges Frazer o Roger Caillois. No fue sino hasta más tarde, cuando me encontraba realizando la Maestría y el DEA en la Universidad de la Sorbona (París), cuando tuve la oportunidad de conocer a otro gran pensador, Claude Lévi-Strauss (1908-1909).
Si bien Lévi-Strauss ha pasado a la historia como etnólogo y antropólogo, su formación universitaria fue como filósofo. Su recorrido por esas dos disciplinas, que apenas se estaban formando en la primera mitad del siglo XX, se debió a su conocimiento de las tribus brasileñas del Matto Grosso y de la Amazonía. En Brasil trabajó como profesor desde 1932 hasta 1939. No es sino hasta 1955 que publica Tristes Trópicos, un diario sobre su experiencia con algunas de las tribus brasileñas. Pero también es una reflexión sobre el pensamiento religioso y sobre las diversas creencias religiosas. Entre ellas el Islam, doctrina a la que critica abiertamente; pero también se encuentra su admiración por el budismo. Tristes Trópicos es una obra de gran importancia y actualidad, ya que Lévi-Strauss supo adelantarse más de medio siglo a la discusión que llena todos los espacios políticos actualmente: la protección del medio ambiente. Ya en los años 50 este gran pensador tenía en claro que la destrucción del planeta tierra lleva consigo la destrucción de la especia humana, y de todas las demás especies. Su discurso era claramente ecológico, en un momento en que nadie que fuera occidental lo había planteado, ni figuraba como eje central de su discurso. El libro fue un verdadero éxito, y aún hoy en día sigue siendo de obligatoria lectura, para aquellas personas que se interesan por la diversidad cultural y por la protección del medio ambiente.
Y es que a Claude Lévi-Strauss hay que mirarlo como el gran defensor de la diversidad cultural y religiosa. De origen judío, pronto sintió en carne propia lo que era ser rechazado en la escuela por compañeros intolerantes, y porque no decirlo ignorantes. Pero su gran persecución no se dio sino hasta la Segunda Guerra mundial, cuando perdió el empleo como profesor de filosofía, por ser judío. El gobierno de Vichy no sólo estaba persiguiendo a un hombre por sus orígenes religiosos, sino que estaba persiguiendo a una de las mentes más brillantes del siglo XX. En 1941 se exilia en Estados Unidos, donde tiene la oportunidad de conocer a Roman Jackobson. Las investigaciones que realiza van a desembocar en lo que más tarde se conocería como el pensamiento estructuralista.
Otra de sus obras cumbres, es Las estructuras elementales del parentesco (1949), donde desarrolla, de una forma magistral, su tesis sobre el incesto y las normas que lo prohíben en diversas culturas. Más que nada, es un intento para demostrar que la prohibición del incesto es una norma cultural, que tiene múltiples formas de desarrollo. Es así como en una cultura puede ser considerado incesto las relaciones entre tía y sobrino, pero en el caso contrario, tío-sobrina pueden ser plenamente aceptadas. La lectura de este libro es más que nada un descubrimiento de una de las normas que han llevado a ejercer el control sobre la sociedad. Pero sobre todo, es la posibilidad de entender los mitos judeocristianos que se han tejido con respecto a dicha prohibición; permitiendo de este modo la comprensión de un tema tan complejo.
Hablar de Claude Lévi-Strauss, es también hablar de Émile Durkheim o de Paul Rivet, pero ante todo es hablar de Ferdinand de Saussure. Lévi-Strauss comenzó a indagar en los lineamientos que buscasen desarrollar una teoría sobre los fenómenos sociales como vehículos de comunicación. Su teoría convergía en la lingüística de Saussure, uno de los más importantes lingüistas del siglo XX. Saussure nos explicó que era un “signo” y cuáles eran sus funciones dentro de la comunicación humana y Lévi-Strauss nos explicó que “el etnólogo es como un lector que debe descifrar un complejo mensaje que se hace presente en su experiencia, y la cultura extraña es ese mensaje que transmite, por diferencia, una variante más del tema “humanidad” (Claude Lévi-Strauss. Antropología Estructural. Altaya, 1994. Pág. 17). Los fenómenos sociales son vistos a la luz como códigos que deben ser leídos y comprendidos. Cuando esos códigos pertenecen a la cultura en la que el individuo ha nacido y con la que ha crecido, son fácilmente decodificados y entendidos; es más, se hace de una forma inconsciente y natural. No obstante, cuando dicho individuo se cruza con los códigos de una cultura diferente a la suya, debe entonces entrar a la decodificación de dichos mensajes; es decir, debe proceder a observar de una manera científica la cultura objeto de estudio.
En 1959 es elegido profesor en el Colegio de Francia, un importante reconocimiento a su vida profesional y en 1973 entra en la Academia francesa
En 1960 publica Mitologías, como resultado de su cátedra en la Sorbona sobre Religiones Comparadas.
En 2008 la prestigiosa editorial La Pléiade publica una selección de sus obras, que habían sido previamente escogidas por el mismo Lévi-Strauss. Este gran pensador murió el pasado 31 de octubre, cuando sólo le faltaban algunos días para cumplir 101 años.
Algunas de sus obras son:
Raza e Historia. Altaya.
El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica. 1964
Antropología Estructural. Altaya. 1994

HARUKI MURAKAMI

Hace escasos dos meses, cuando me encontraba buscando novedades en una librería, tuve la fortuna de encontrar algunos libros de Haruki Murakami (1949), escritor hasta ese momento desconocido para mí. Y como siempre he tratado de acercarme un poco a la literatura japonesa decidí comprar uno de sus libros. Sputnik, mi amor. Dos días después adquiría Tokio blues, conocido también como Norwegian Woods, y a la semana siguiente compré Kafka en la orilla. El descubrimiento de este autor me abrió las puertas a un universo extraordinario, donde todo puede suceder. No obstante, la obra que más me ha impactado es precisamente Kafka en la otra orilla, y a la que me referiré más adelante.
Su obra hace gala de una gran erudición, ya que su autor es ante todo un gran lector, y además un melómano apasionado, gran conocedor de la música clásica y del jazz. Él mismo dice que el jazz le cambió la vida para siempre, al punto de haber tenido en su juventud un almacén de discos y un bar donde sólo se escuchaba dicho género.
Por otra parte es un autor poco apreciado por sus colegas japoneses, quienes lo consideran demasiado occidentalizado. Él mismo ha dicho que la literatura japonesa actual le llama muy poco la atención. Con respecto a Yukio Mishima confiesa que ha sido incapaz de leer la mayoría de sus libros. Sin embargo, es un gran admirador de la literatura clásica japonesa. Es un escritor muy leído por los jóvenes japoneses, lo que lo llena de orgullo y satisfacción. No le gusta dar entrevistas y evita ser fotografiado, puesto que no desea perder ni un ápice de su privacidad; esto hace que no se mueva dentro de los círculos intelectuales nipones, lo que acentúa aún más su característica underground y el rechazo de sus colegas japoneses. Ha sido nominado varias veces al Nobel de literatura, aunque él mismo siente cierta aversión por los premios literarios.
Su obra está marcada por la música, podría decirse que es la columna vertebral de su obra. Cómo si la narrativa fuese sólo un pretexto para rendir homenaje a músicos de la talla de Puccini, Haydn, Beethoven, Mozart, Bach; o del grupo “Million-Dollar trio”, integrado por Rubinstein, Heifetz y Feuermann. El rock también encuentra su espacio y en sus páginas encontramos alusiones a The Beatles, Rolling Stones, The Beach Boys, Simon&Garfunkel, Stevie Wonders o a Prince. Tampoco se olvida del cine y encontramos a Casablanca o las películas de François Truffaut. En filosofía nos habla de Sófocles, Aristóteles, Hegel; y en literatura de Shakespeare, Antón Chejov, Lorca, Hemingway, Kafka, entre otros. Ha traducido a Scott Fitzgerald al japonés.
Por otra parte en sus obras hace breves análisis de las obras de los autores que más le han impactado, es el caso de Murasaki Shikibu, la primera novelista en la historia de la literatura.
La obra, de Haruki Murakami, es ante todo una obra surrealista, donde las fronteras entre el sueño, la irrealidad, el inframundo y el mundo real, consciente, se entremezclan; dando como resultado un universo único, donde el onirismo juega un papel predominante. Otro de sus temas obsesivos es la soledad y la incomunicación humana. Es un autor que me hace pensar mucho en Ernesto Sabato, aunque no sé si Murakami lo haya leído alguna vez.
En Kafka en la orilla, nos encontramos con todos estos componentes. Es la historia de un adolescente de 15 años que abandona la casa paterna para huir de una terrible profecía que le ha lanzado su padre, a la manera del oráculo de Delfos, como si Kafka, el protagonista, fuera un moderno Edipo. Pero nadie escapa a su destino, al menos es lo que creían los griegos y es lo que de alguna forma proclama Murakami. En este libro, hermosamente escrito, nos encontramos con prostitutas que seducen hablando de Hegel, o con soldados que huyeron en la segunda guerra mundial para esconderse en bosques inhóspitos y que a pesar del tiempo siguen en la flor de la juventud. O encontramos a otro de sus personajes principales, Nakata, un viejo iletrado y simple, pero poseedor de un gran sentido de altruismo, y que tiene la gran virtud de poder comunicarse con los gatos. O un transexual, erudito y melómano, cuya verdadera morfología es la de una mujer.
Este último personaje me hace pensar que es imperioso que hable un poco sobre la visión que Murakami tiene de la mujer. Siempre había creído que los japoneses son extremadamente machistas y es posible que así sea; puesto que mi visón de ese país es bastante sesgada por la poca información a la que tenemos acceso en Colombia. Los libros de Murakami me han abierto la ventana a un mundo lleno de respeto y admiración del autor en cuestión por el sexo al que pertenezco; algo no muy usual en la literatura de todos los tiempos. Sus mujeres son todas poseedoras de una gran inteligencia, inmensamente cultas, melómanas, libres, independientes y liberadas, sexualmente hablando. En sus obras se habla sin tapujos del amor entre mujeres (Sputnik, mi amor), o de transexuales (Kafka en la orilla), como acababa de anotar. Murakami dice que la primera persona en leer sus manuscritos es su esposa, y agrega que ella es una crítica implacable, que no deja nada en suspenso.
Para terminar quisiera señalar que la lectura de Haruki Murakami es un regalo inmenso para el intelecto y un gran placer dado su gran manejo narrativo. Sus obras destacan por su alta calidad estética y por su originalidad. Al mismo tiempo que es un paseo por la historia de la literatura y de la música.

MILLENNIUM

Me he pasado los últimos quince días casi sin respirar, alargando para mañana lo que debo hacer hoy, tratando de dormirme más tarde de lo habitual y presa de un estado muy cercano a lo que los drogadictos pueden experimentar cuando la droga no está cerca o cuando están bajo sus efectos. La razón: la lectura de Millennium, la extraordinaria trilogía de Stieg Larsson (1954-2004), el escritor sueco fallecido poco días antes del lanzamiento de su primer libro, y justo cuando acababa de entregar a su editor el tercero de los libros que componen la trilogía en cuestión. Los hombres que no amaban a las mujeres (665 páginas), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (749 páginas) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (854 páginas), obra publicada por Ediciones Destino S.A, Barcelona, España, en asociación con Editorial Planeta, Colombia.
Y si bien conocía su obra desde 2006, no es sino hasta ahora que sentí la necesidad de leerla, y aunque he sido muy poco lectora del género negro no me arrepiento de haber emprendido esta loca carrera detrás de los secretos de Lizbeth Salander y de Mikael Blomkvist. La primera, una hacker consumada, poseedora de una memoria fotográfica y de una inteligencia cercana a la genialidad y como si fuera poco underground. El segundo, un periodista que podría simbolizar un quijote contemporáneo, socio de una revista mensual llamada Millennium y que en su defecto podría reemplazar tanto a la lanza del Quijote, como a su maltrecho Rocinante. Mis conocimientos de la literatura policiaca no iban más allá de algunas obras de Agatha Christie, leídas en mi adolescencia, y de Bebé Donge (1945), de George Simenon, leída en un curso de la Universidad de la Sorbona y luego trabajada por mí en la Universidad de Caldas en los cursos que yo dictaba de lengua francesa. Esta última, la leía haciendo un análisis comparativo con una obra excelente, y que no pertenece al género en cuestión, me refiero a Thérèse Desqueyroux (1927), de François Mauriac (Premio Nobel de literatura, 1952).
Millennium, es una obra que atrapa al lector y lo sumerge en un mundo lleno de intrigas, de corrupción a todo nivel, pero sobre todo, es una obra que denuncia la violencia de género. La obra en sí tiene muchas fallas a nivel narrativo, repeticiones innecesarias y a veces descripciones demasiado largas; pero eso no le resta importancia al libro. Más bien el problema de la versión en español, no hablo sueco, es una traducción no muy bien realizada por Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Me refiero a problemas de sintaxis, a la utilización en algunos casos de una jerga española desconocida en América Latina y a la utilización permanente de ese adefesio español de “ir a por”. Por lo demás, es una obra que se lee sin hacer ningún esfuerzo, algo ideal cuando se ha estado leyendo obras de cierta dificultad intelectual y que nos han llevado a desear simplemente “descansar y divertirnos”.
Millennium, es una obra que se sumerge en diferentes terrenos: la corrupción política, el mundo de los grandes empresarios y sus conexiones non sanctas con el mundo del hampa, o bien con los países donde el trabajo infantil no está reglamentado, convirtiéndose así en una moderna y terrorífica esclavitud, cuyos beneficiados son unos pocos hombres de negocios que actúan con toda impunidad, relacionándose con los más altos dignatarios o funcionarios estatales; o corrupción en los estamentos de la policía o en la rama judicial. También encontramos denuncias de corte ecológico o contra la globalización actual. Pero sobre todo, es una denuncia contra el maltrato de las mujeres; llámese trata de blancas, acoso y abuso sexual, disparidad salarial con sus homólogos masculinos, violencia o agresión doméstica.
Y es que Stieg Larsson me ha abierto una ventana a un país que desconozco por completo. A parte de la hermosa obra “El maravilloso viaje de Nils Olgersson a través de Suecia” de Selma Lagerlöf (Premio Nobel de literatura - 1909) o del asesinato del Primer Ministro sueco Olof Palme, en 1986, no sabía nada de Suecia. Siempre que pensaba en ese país nórdico, me imaginaba un país del primer mundo, una especie de paraíso donde la cobertura de protección social es una de las más importantes del mundo y con un importante nivel de vida. Pero también con una tasa de suicidios muy alta (es el número 35 de un total de 99 países registrados en un estudio llevado a cabo en 2006), actualmente tiene una tasa de suicidios aproximada de 20 ciudadanos por cada 100.000 habitantes). Pues bien, la lectura de Millennium me mostró un país con un nivel de corrupción y con una mafia tan bien desarrollados, que uno creería que está leyendo una obra que se lleva a cabo en cualquier país del Tercer Mundo; y porque no decirlo en la Colombia de Uribe. No en vano la escritora norteamericana Donna Leon ha dicho que todo en Millennium es “maldad e injusticia”. Sin embargo, no dice que tanto Lizbeth Salander como Mikael Blomkvist son dos justicieros que terminan triunfando y derrotando el mal que los acecha o que acecha a sus conocidos. Pero También están la directora de la revista, Erika Berger, una excelente periodista y gerente, o Annika Giannini, la abogada defensora de los derechos de las mujeres, o la policía Mónica Figuerola o la expolicía Susanne Linder, quien trabaja para Dragan Armanskij, el gerente de Milton Security.
Lizbeth Salander, como ya lo había anotado, es una marginal que vive en el anonimato, no se relaciona con nadie, ni permite que alguien le haga daño sin que se arriesgue a una terrible venganza de su parte. Está por fuera del establishment y su presentación personal está a leguas de lo que la sociedad actual considera como “medianamente aceptable”:
“Aquel día Lisbeth Salander llevaba una camiseta negra con la cara de un ET con colmillos y el texto I am also an alien. Una falda negra, rota en el dobladillo, una desgastada chupa de cuero negra que le llegaba a la cintura, unas fuertes botas de la marca Doc Martens, y calcetines con rayas verdes y rojas hasta la rodilla. Se había maquillado en una escala cromática que dejaba adivinar un problema de daltonismo”. (Los hombres que no amaban a las mujeres, pág: 62). Fumadora y bebedora de café empedernida, amante de la comida chatarra; como el autor que la creó. Irreverente e indócil, salvaje como una gata montés, autónoma e independiente y una enemiga acérrima de los servicios sociales y de la policía.
Mikael Blomkvist, periodista de izquierda, antirracista y luchador de los principios que deben regir una sociedad justa e igualitaria. Gran lector de la novela negra sueca. Profundo feminista, defensor a ultranza de la mujer. Pero también un playboy empedernido, lo que no impide que sea un personaje con el que todas las mujeres sueñan, y me incluyo en ese rango. Creo que si me lo encontrara a la vuelta de la esquina, fácilmente me iría a la cama con él y no es ninguna broma.
Y si bien estos dos personajes son los verdaderos protagonistas de la trilogía, no obstante la obra es un verdadero laberinto de personajes; si bien no los conté, podría decir, sin temor a equivocarme que pueden ser más de cien. Sin embargo, cada uno tiene bien definido su caracterología y su historia personal. Los hay para todos los gustos, desde el criminal a sueldo, pasando por el traficante de drogas o por el traficante de mujeres raptadas en los países del Este, o por el sádico y psicópata, disfrazado de antiguo espía ruso, o el oscuro funcionario estatal que pone en juego la seguridad de un país con tal de sacar adelante sus intereses personales, hasta los grupos de extrema derecha con rasgos neonazis. Pero también están los personajes que creen en un Estado de Derecho y luchan por su preservación.
Para terminar con esta reseña de Millennium, quisiera hacerle un homenaje a Stieg Larsson, al reconocerlo como un escritor feminista. Es de anotar que el 21 de septiembre de 2009 se le otorgó, a título póstumo, el V premio al trabajo más destacado contra la violencia de género, otorgado por el Consejo General del Poder Judicial de España. “Inmaculada Montalbán, presidenta del Observatorio contra la violencia de género del Consejo ha destacado la aportación del escritor, famoso por su trilogía Millennium, "a la visibilización y denuncia de la violencia contra las mujeres, que se sigue perpetuando en las sociedades actuales, también en las más avanzadas; y por poner de manifiesto que no sólo es deseable sino posible la construcción de una sociedad libre de violencia de género por todos sus integrantes, mujeres y hombres" (ElPaís.com-08/09/2009). El premio fue recibido por la compañera sentimental de Larsson, Eva Gabrielsson, con quien compartió los últimos 32 años de su vida; es decir desde que tenía 18 años hasta el día de su muerte, el 9 de noviembre de 2004.
Y como gran paradoja, no puedo pasarlo por alto, los ideales de Stieg Larsson, con respecto a una sociedad que proteja y respete los derechos de la mujer, están siendo vilmente pisoteados por su propia familia. Tanto su hermano como su padre, herederos de los derechos de autor de la trilogía, se han enfrascado en una batalla jurídica para dejar por fuera a su mujer Eva Gabrielsson. El problema radica en que Stieg Larsson y ella nunca se casaron, y al no tener hijos, las leyes suecas le niegan el derecho a la sucesión. En los cinco años que lleva la trilogía en las librerías, se ha vendido un total de 13 millones de euros. Hace poco los Larsson le ofrecieron a Eva Gabrielsson la suma de 2 millones, para que abandonara su deseo de convertirse en una de las legítimas herederas del autor de Millennium. Y en un gesto que refleja toda su dignidad como mujer, a la que se le están violando sus más mínimos derechos, rechazó la oferta que se le hizo. Una magra oferta para la suma recaudada hasta el día de hoy, pero sobre todo para la suma que se recogerá en los años que vienen.
Para terminar, quisiera hacer alusión a la película Millennium 2, dirigida por Niels Arden Oplev y Daniel Alfredson, con guión de Jonas Frikberg y fotografía de Peter Mokrosinski. Con Noomi Rapace, en el rol de Lisbeth Salander y Mikael Nyqvist, en el de Mikael Blomkvist. El largo metraje ha sido seleccionado para participar en el próximo Festival de Cine Europeo que se llevara a cabo en Essen y Boshum, en la región alemana de Ruhr, el 11 y 12 de diciembre de 2009. Falta ver si la Millennium, en su versión cinematográfica, logra el mismo éxito que la trilogía escrita por Stieg Larsson.

domingo, 4 de octubre de 2009

MARCELA SERRANO

Marcela Serrano nació en 1951 en la ciudad de Santiago, Chile. Hija del ensayista Horacio Serrano y de la novelista Elisa Pérez Walker.
El año 1973, por motivo del golpe militar, tuvo que cumplir su exilio en Roma, Italia. El año 1977 regresó definitivamente a Chile.
En 1994 fue declarada ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, por su obra Nosotras que nos queremos tanto, publicada en 1991, y el galardón de la Feria del Libro de Guadalajara (México) a la mejor novela hispanoamericana escrita por una mujer. Además, el mismo año obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago con la obra Para que no me olvides (1993), dicho premio es el más importante en su género en el país austral.
Algunas de sus obras son:
Antigua vida mía (1995)
El albergue de las mujeres tristes (1997)
Nuestra Señora de la Soledad (1999)
Un mundo raro (dos cuentos-2000)
Lo que está en mi corazón (2001), obra finalista del prestigioso Premio Planeta.
Hasta siempre mujercitas (2004)
La llorona (2008)
Marcela Serrano es una de las autoras latinoamericanas más vendidas y leídas.

Características generales de su obra:
1. Reflexión sobre la condición femenina: Cuando se lee a Marcela Serrano la primera impresión que arroja su obra es la reflexión sobre la condición femenina. Toda su obra está ligada por un eje central que bien puede denominarse la defensa de la mujer y el retrato íntimo que ningún hombre, por razones obvias, había podido realizar. Su obra, en cierta forma, nos desnuda, y pone en el tapete todos nuestros temores, miedos, esperanzas, vacilaciones, desengaños y fracasos; pero también nuestros amores y nuestros éxitos. Al respecto dice:
“No tengo ningún pudor en escribir como escribe una mujer. Al revés, pegaría un grito para decirles a todas las mujeres que por favor escriban distinto de los hombres… Porque creo que nosotras sí tenemos otro lenguaje”.
Por lo que hace una defensa a ultranza del derecho que tenemos las mujeres a escribir diferente a nuestros homólogos masculinos, dejando claro que su modo de pensar al respecto difiere de la visión de la escritora española Rosa Montero, para quien ser mujer es más bien algo ligado a la especificidad humana, un elemento más como puede ser un aspecto biográfico o la nacionalidad a la que se pertenezca, pero que en definitiva no tiene mucho peso a la hora de la creación literaria. Y para aclarar esta divergencia Marcela Serrano dice muy claramente:
“Yo defiendo el punto de vista femenino y Rosa Montero no. Ella dice que se siente más cercana de cualquier español de su generación que de una mujer de Sudáfrica. Yo no: yo me siento más cercana a una escritora marroquí que a Pérez-Reverte. Y eso tiene que ver con el punto de vista”.
Y yo agregaría, también la mirada, la sensibilidad e incluso nuestra carga ideológica. Marcela Serrano es bastante elocuente al decir que:
“Es imposible no escribir desde lo minoritario si estás en eso. Imaginémonos la Sudáfrica del apartheid: ¿podría un negro haber escrito desde el poder? Siempre tendría que escribir desde el margen... En ese sentido, dado que en la historia el poder ha sido masculino, el lenguaje también... Yo creo que la mujer escribe desde el espacio del no poder”.
Y yo agregaría desde el espacio oculto, desde el anonimato, como si su rostro estuviese oculto por un velo invisible que le nubla la vista, le cose la boca y le tapa los oídos; y sin embargo su grito de desamparo sale de lo más profundo de sus entrañas, para reafirmarse como ser humano, como mujer, amante, esposa, amiga, trabajadora; incluso como ciudadana de un país que la relega, la avasalla, la esclaviza y la ignora, a la hora de reconocerle sus derechos; pero que la tiene en cuenta a la hora de exigirle sus obligaciones. Marcela Serrano agrega, con bastante crudeza por cierto, que
“Hay un tipo de soledad determinada que tiene que ver con haber nacido en el espacio del no poder. Y ahí la lectura sirve para atenuar la soledad”.
Y es aquí donde llegamos al segundo punto.

2. La soledad: Como muchos de los autores contemporáneos Marcela Serrano indaga en el terreno metafísico y nos muestra sus personajes femeninos como si hubiesen sido cortados en una sala de cirugía con el más fino de los escalpelos. Es así como a través de su pluma descubrimos la inconmensurable soledad que suele rodear a la especie humana, independientemente de su extracción social, económica, política o religiosa; pero que se hace mucho más insoportable cuando se es mujer. Para explicar lo que podría no ser sino un embrollo, Marcela Serrano aduce a uno de sus personajes de “Hasta siempre mujercitas”, puesto que anteriormente las mujeres debían aceptar sin ningún tipo de rebelión el papel que se les había impuesto desde antes de su nacimiento, papel escrito desde tiempos inmemoriales. En cambio ahora, al menos en lo que concierne a las mujeres occidentales, podemos decidir si aceptamos o no los dictados de una sociedad y un Iglesia opresoras:
–“Esa es la diferencia entre las mujercitas de la Alcott y las mías. Creo que los mandatos no son muy distintos: lo que les enseñaron a las hermanas March no es muy distinto de lo que me enseñaron a mí. La diferencia está en qué podemos hacer hoy con esos mandatos. Hoy cabe una enorme cantidad de posibilidades que antes estaban vedadas: el ser profesionales, el salir a ganarse la vida… Y eso, la posibilidad de ganarnos el pan, ya nos ha cambiado literalmente la vida”.
Para reforzar su idea que los mandatos impuestos a la mujer de comienzos del siglo XXI, son los mismos que a mediados del siglo XX, Marcela Serrano agrega:
–“Hay una palabra, la obediencia. La obediencia a la que las mujeres estarían virtualmente sometidas... Sometimiento a la familia, a la bondad… Cada uno de esos roles (madre, hija, esposa...) tiene una carga gigantesca relacionada con la obediencia. Yo estaba en un colegio de monjas en los años sesenta, y hay frases enteras de la Alcott que me recuerdan mi formación. Esa cosa pudorosa y menuda desde la que había que mirar la vida… Y las virtudes femeninas, que implicaban siempre la humildad, la falta de ambición... Que los hombres que fuesen ambiciosos era un valor; en las mujeres, un defecto. Hasta las virtudes femeninas prácticas: aprender a cocinar, a tejer, a coser… En fin, todo estaba encerrado en lo pequeño, en la vida doméstica... No había un mandato de salir al mundo”.



3. La política y el exilio:
En 1972 vive su primera experiencia como exiliada en Francia, pero era un exilio deseado, no impuesto. Algo muy diferente del exilio que le tocó vivir para huir del régimen de terror impuesto por Pinochet, en Italia esta vez. Allí conoció el desarraigo, el dolor, el frío y el hambre. Al respecto Marcela Serrano dice:

“El exilio. Primero, antes del exilio había vivido en París un año como estudiante, debe haber sido cuatro años después del 68, cuando estaban todos los gérmenes de la Revolución de Mayo en el aire, y yo me fui con dos de mis hermanas, según nosotras a aprender francés. Congelamos nuestros estudios en Santiago y nos fuimos a vivir allá. Fue una experiencia fascinante, realmente apasionante. Aprendimos francés, pero también aprendimos muchas otras cosas. Después volví a Chile y vino el golpe. Ahí me tocó el exilio italiano; nos tocaba, uno no decidía cuando era militante de un partido, y tuve un exilio en Roma. Roma en sí fue un privilegio. El calor de los italianos, la recepción que nos hicieron, la solidaridad de ellos fue una cosa maravillosa, pero tuvimos que vivir en condiciones que yo ni siquiera intuía. Yo había tenido una vida bastante "regalada" antes de eso, en casa de mis padres, entonces fue muy duro. Al final me volví”.
Y es que la obra de Marcela Serrano no puede entenderse si se deja a un lado el aspecto político. Las alusiones a la dictadura, a la represión, a la tortura, a los desaparecidos, a los campos de concentración, al terror y al exilio obligado que vivieron miles de chilenos está inmerso a todo lo largo de su obra. El ambiente de persecución con el que toda una generación vivió y creció, se hizo adulta y pensante no escapa a su visión aguda del conflicto político chileno.
Para terminar podría decir que Marcela Serrano, Isabel Allende y Laura Restrepo, son las tres novelistas latinoamericanas con una obra sólida y permanente en el tiempo. Son tres referentes a la hora de estudiar la literatura actual latinoamericana; y cuando hago esta afirmación por supuesto que no hago distinción entre hombre o mujer.

NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO
Esta obra fue publicada en 1993 y en 1994 ganó el Premio sor Juana Inés de la Cruz, uno de los galardones más importantes de la literatura iberoamericana. Fue su primera obra, al menos la primera que escribió de una forma consciente, pensada para ser publicada y no archivada u olvidada en una da las tantas gavetas del pasado. En ella se relata la vida de cuatro mujeres, amigas entre sí y que la vida, por diferentes razones ha separado.
Este libro fue el primero que leí de Marcela Serrano, y hasta la fecha sigue siendo el que más me ha gustado. Pienso que en los demás se repite, sobre todo en “Hasta siempre mujercitas”. Esta obra, como todos sus demás libros, tiene un marcado acento feminista, en él indaga sobre la reivindicación de la mujer y sobre los estereotipos que le han impuesto; al mismo tiempo que muestra a un tipo de mujeres que han dejado atrás la tradición de las abuelas y que han hecho de sus vidas un sendero donde el hombre, fuera de cumplir con su papel de reproductor, poco o nada tiene que ver en el mundo femenino y en realización de un grupo selecto de mujeres. Es el caso de su personaje Sara. Marcela Serrano la integra a la historia con el siguiente párrafo:
“Sara nació, creció y vivió siempre entre puras mujeres.
Su padre abandonó a su madre el mes anterior a su nacimiento, en la ciudad de Valdivia. No se le volvió a ver. Siete años después se supo de su muerte y como ya había pasado a la categoría de personaje inexistente, esto no cambió el destino de nadie”.
O el personaje de Isabel:
“Creo que mi obsesión por mi vida profesional y mi dedicación a ella es casi sospechosa. Hernán me ha dicho incluso que es poco femenina. Pero… es que me dan escalofríos las vidas de aquellas mujeres sin cuento propio, las que aceptaron que el amor fuese la única referencia”. …
En su libro el hombre generalmente sale mal parado y las críticas acervas que se le hacen son verdaderamente corrosivas:
“No entiendo porque hay tantas mujeres solas y casi no hay hombres solos. María le responde:
- Todos se volvieron a casar, Laura, peor con mujeres más jóvenes. El mercado de ellos es fluctuante, el nuestro estático. Y si te encuentras con uno que se casó con alguien de su misma edad o que está solo, desconfía. Algún problema debe tener”.
La crítica a la religión católica marca el libro desde el principio, la autora ha reconocido abiertamente que hace mucho tiempo se separó de dicho legado y no tiene tapujos para reconocer que es atea:
“para su abuela esta niña no tenía nombre, porque no la bautizaron.
- ¿Cómo va a vivir esta niñita, sin fe de bautismo?
- Tiene certificado de nacimiento, mamá, Con eso le basta”.
Marcela Serrano, como la mayoría de las mujeres que nacimos en los años 50, y que crecimos con woddstock, con la Revolución de Mayo del 68 y con la gran revolución sexual derivada de la píldora, grita su derecho al placer y al orgasmo, grita su derecho al placer sexual libre de todo tapujo social y religioso; algo impensable para las abuelas que habían nacido 50 años antes:
“No quiero una sociedad donde no exista una sola mujer que no haya tenido un orgasmo”.
Dice uno de sus personajes femeninos; pero para llegar a esa sabia conclusión primero había tenido que pasar por la educación tradicional de cualquier mujer católica: el culto a la virginidad.
-“Debes tener en cuenta que la educación católica tradicional tiene un solo pecado fundamental: el SEXO, así, con mayúscula. La virginidad era nuestro valor más preciado. Casi todos los jóvenes con quienes pololeábamos entonces hacían el amor. Pero no con nosotras. Había otras mujeres para eso. Putas, empleadas, peluqueras, mujeres mayores. Había un acuerdo tácito: los hombres, sí; nosotras, no. La clásica doble moral de esta sociedad de mierda. Y el cero cuestionamiento nuestro de ella. Nuestra forma de vivir la sexualidad era fragmentadísima. …Mi curso del colegio se dividía en dos: las que conocían los besos con lengua y las que no”.
Este buceo por la sexualidad femenina, negada durante más de mil años, para ser finalmente aceptada y asumida en todo lo que tiene de grande y de hermoso, lleva a Marcela Serrano a hablar también de la masturbación y del aborto, sin ningún tapujo, asumiendo una realidad que siempre se ha querido ocultar.
-“Yo pensaba en esos países desarrollados donde abortar no es un delito, donde el Estado puede evitar esa miles muertes de mujeres del mundo popular por hemorragia y también evitar estos feroces negocios de los doctores ricos que hacen el doble juego de la moral. Soñé entonces con una Salud Pública capaz de recoger un problema tan dramático, tan cotidiano, tan desgarrador para cada protagonista y tan peligroso a la vez.
Y más adelante:
“¡Un país que no tiene una ley de divorcio ni una de aborto no tiene derecho a hablar de desarrollo!
Al final el libro cierra con una frase, que a mi modo de ver salva todo el libro,:
“-Al final, Ana –me dice con voz muy queda- nuestra tarea, la de nosotras las mujeres, es dar a luz y cerrar los ojos de los muertos. Exactamente los pasos claves de la humanidad. Como si la historia realmente dependiese de nuestras manos”.
Para terminar quiero decir que Marcela Serrano no es una de mis autoras preferidas, pienso, incluso, que algunas de sus obras no han debido ser publicadas. Creo que Marcela Serrano ha sido más bien el resultado de un markerting bien hecho más que el resultado de una buena literatura. Eso no quiere decir que libros como “Nosotras que nos queremos tanto”, no sea un libro que no merezca la pena de ser leído. Por el contrario, si bien reconozco que no es algo extraordinario, también es verdad que disfruté su lectura; como también es verdad que el último de los libros que leí de ella “Hasta siempre mujercitas”, me pareció bastante regular; eso sin hablar de “Un mundo raro”. Por el contrario “Para que no me olvides” me dejó una buena impresión; pero, insisto, no la considero una gran autora.