jueves, 23 de febrero de 2012

GANADORAS XXVII CONCURSO EDICIONES EMBALAJE

BOLETIN DE PRENSA
GANADORAS XXVII CONCURSO EDICIONES EMBALAJE

En el marco del Aniversario del Museo Rayo, acostumbramos anunciar el fallo del jurado sobre los premios del Encuentro de Mujeres Poetas anterior. Este año, el jurado para el XXVII Encuentro de Poetas en el 2011 fue conformado por Carmiña Navia, poeta y profesora de Literatura de la Universidad del Valle, Co-Fundadora y Directora del Centro Cultural Popular Meléndez de Cali, Cristina Valcke, también poeta y profesora de Estudios de Género y Literatura de la Universidad del Valle y Águeda Pizarro, poeta y profesora jubilada del Departamento de Español y Estudios
Latinoamericanos de Barnard College de Nueva York, Directora de los Encuentros de Poetas Colombianas del Museo Rayo desde 1985 y actualmente Directora del Museo Rayo y Presidenta de la Fundación Museo Rayo.

El fallo fue el siguiente:

PRIMER PREMIO—Será editado por las Ediciones Embalaje del Museo Rayo, el
libro “Los oficios en clave de Atenea” de Clara Schoenborn, caleña. Su libro fue elegido unánimemente por el jurado por su extraordinario dominio del lenguaje poético y su honda compenetración con los personajes femeninos que sus páginas pueblan. Es un libro que reclama para nosotras la sabiduría femenina en palabras reveladoras, intensas y transformadoras. El libro será lanzado en el marco del XXVIII Encuentro de Poetas colombianas en julio del 2012.

SEGUNDO PREMIO— “Poemas Seleccionados” Sonia Solarte Orejuela, caleña,
residente en Alemania, ganadora de premios internacionales de poesía. Una poesía alucinante y alucinada donde el universo, el mundo, el ser mismo es un ser en trance de desaparecer….o una imagen recuperada del naufragio del olvido.” Una génesis y una profecía. Casandra habla.

TERCER PREMIO—“Ronda de divinidades” de Nancy Vargas Zamora. Una nueva
mitología de la mujer colombiana que le da una dimensión cósmica a divinidades como La Gaitana, María Cano, Salomé Castro, Policarpa Salavarrieta, Mercedes Loaiza, Teresa Olaya y otras y además denuncia la misoginia, la guerra y la violencia contra la mujer en los XX y XXI. La poeta identifica su cuerpo y su experiencia con la de su tierra y el planeta tierra, haciéndonos sentir su dolor por la destrucción del planeta en manos del hombre.

CUARTO PREMIO— “Sola, en el doblez de la oscuridad”, de Berta Lucía Estrada
Estrada de Manizales. Este libro ahonda en la profundidad de la memoria de una mujer que la pierde. En su exploración del tema, la poeta llega a tocarnos las cuerdas de la propia memoria y nos despierta la necesidad de entender lo que significa su pérdida.

Los premios y el lanzamiento del libro ganador se celebrarán en el marco del XXVIII Encuentro de Poetas Colombianas con lecturas especiales.

CONCERTADO CON EL MINISTERIO DE CULTURA
CALLE 8° No. 8-53 – TELEFONOS: 2298623 FAX 2297290 – ROLDANILLO VALLE COLOMBIA

e-mail: info@museorayo.co – museomarayo@yahoo.com
Sitio Web: www.museorayo.co

ÁNGELES CASO

El pasado fin de semana (18.02.2012) mi amigo Ricardo Bada me hizo llegar un breve artículo de Ángeles Caso, lo cual me dio la idea de publicar una breve reseña sobre su libro Contra el viento, Premio Planeta 2009. He aquí el vínculo del artículo en cuestión:

https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=gmail&attid=0.1&thid=13596c1f95d30a83&mt=application/pdf&url=http://mail.google.com/mail/?ui%3D2%26ik%3Da006841b2f%26view%3Datt%26th%3D13596c1f95d30a83%26attid%3D0.1%26disp%3Dsafe%26zw&sig=AHIEtbSJaKgPuqyfCZL5sxnadLxQAyJwiQ&pli=1

El año 2009 será recordado en la historia de los premios literarios como el año de las escritoras. Y es que los principales premios, comenzando por el Nobel, fueron ganados, en franca lid con sus homólogos masculinos, por mujeres de gran trayectoria literaria. Me refiero a la alemana Herta Müller (1953), Premio Nobel de Literatura 2009, a la senegalesa Marie NDiaye (1967), Premio Goncourt, la canadiense Alice Munro (1931), Premio Man Booker International, la estadounidense Elizabeth Strout (1956), Premio Pulitzer de Ficción, la inglesa Hillary Mantel (1952), Man Booker Prize, la mexicana Cristina Rivera Garza (1964), Premio Sor Juana Inés de la Cruz, obteniéndolo por segunda vez, la colombiana Ángela Becerra (1957), Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa de las Américas y la española Ángeles Caso (1959), Premio Planeta. Y aunque todas estas mujeres tienen en común el oficio de la escritura y su pasión por la ficción, sólo me referiré en este artículo a Ángeles Caso y su obra Contra el viento.

Ángeles Caso, si bien es poco conocida en Colombia, e imagino que en América Latina, en España su nombre es reconocido y algunas de sus obras han sido premiadas con anterioridad. Me refiero a “Un largo silencio” (2000), con la que obtuvo el V Premio Fernando Lara de Novela y “Peso de las sombras”, finalista del Premio Planeta 1994. Ha publicado varios libros, entre los que se cuentan varias biografías, habiendo sido incluso la única española en haber escrito la vida del compositor Giusseppi Verdi, ha incursionado también en el género del ensayo.

Ángeles Caso es hija de un eminente profesor universitario, filólogo y especialista en el siglo XVIII, incluso fue rector de la Universidad de Oviedo. La pasión por el estudio de las lenguas la transmitió a su hija, ya que ella estudió francés, inglés, italiano y portugués, por lo que se ha desempeñado como traductora. También ejerció el periodismo, pero finalmente lo abandonó para dedicarse en exclusividad a la literatura.

“Contra el viento”, ganadora del Premio Planeta 2009, es la historia de Zao, una valiente mujer nacida en Cabo Verde. Pero al mismo tiempo aparecen otras mujeres con sus vidas y sus dramas. La obra es, ante todo, la historia de las redes secretas e invisibles que suelen tejer las mujeres en la lucha contra la adversidad y el infortunio. Los hombres que aparecen a lo largo del relato son déspotas, machistas, violentos y egoístas. Sin embargo, en la narración aparecen tres hombres llenos de ternura y de respeto por tres de las mujeres que pueblan la ficción de Caso. Una hermosa forma de reconciliarse con el género masculino y de mostrarnos que los hombres también pueden ser solidarios y amarnos sin límites.

El libro de Ángeles Caso es una denuncia social, política y económica, ya que “Contra el viento” nos muestra la vida de las mujeres africanas que deben dejar todo, padres, hijos, hermanos, a veces sus propios maridos, amigas, para ir a trabajar en condiciones de inmensa precariedad a Europa; en este caso preciso a Portugal y España. Pero también podría ser el caso de muchas colombianas o ecuatorianas o bolivianas, por no seguir enumerando todo el continente latinoamericano. En otras palabras, es la historia de la migración sur-norte, basada en la búsqueda de un mundo mejor, más equitativo; pero donde la realidad es muy diferente a la imaginada. En vez de igualdad, se encuentra un racismo oscuro, soterrado y ancorado en lo más profundo de muchos hombres y mujeres que no han entendido que en la diversidad radica la riqueza de la especie humana. La migración conlleva, en la mayoría de los casos, al renunciamiento de un pasado personal, lleno de raíces y de identidad cultural y a veces lingüística. Cuando eso sucede la persona que emigra se convierte en un exiliado en sí mismo, lo que hace muy difícil la integración a la sociedad que se pretende adoptar, máxime si las políticas de los países donde se llega adolecen de postulados y programas que ayuden a que la integración sea más fácil; por lo que la mayoría de los emigrantes terminan viviendo en guetos, con todo lo que ello puede significar de bueno o de contraproducente en la nueva vida que se emprende.

Contra el viento, es la historia de la precariedad, del abuso sexual, de la explotación, que a veces raya con la esclavitud. Es la historia de un mundo opulento y racista, que ve en las extranjeras seres de poca valía, a las que un mendrugo de pan y un salario de miseria deben bastarles para su supervivencia y la de sus familias. Es también la historia de las inequidades entre el primer mundo y el mal llamado tercero. Las mujeres africanas, que son obligadas a la migración, son en su mayoría analfabetas, ya que en sus países de origen se les suele negar el derecho inalienable a la educación; por lo que muchas de ellas son explotadas por las modernas redes de esclavitud, o trata de blancas, como se llama ahora a tan infame explotación. Otras, como es el caso de Zao, deben trabajar en pequeños oficios, meseras o tareas domésticas, cuidado de los niños, cuando los propios deben ser abandonados en sus propios países, o deben pagarles a vecinas para que se los cuiden mientras ellas trabajan para poder alimentarlos. El libro es una denuncia de la pobreza, de esa carencia a todo nivel, difícil de imaginar en la España de hoy en día: “La pobreza las rodeaba, como una cadena que las sujetara contra la esquina del mundo donde se acumulan la miseria y la marginación, de las que difícilmente lograrían salir sin sentir al menos el estigma marcado para siempre en sus frentes” (Ángeles Caso, Contra el viento, pág: 72).

Contra el viento está escrito en un lenguaje sencillo, no académico, lleno de poesía y de imágenes dolorosas, las imágenes de las mujeres olvidadas, invisibles. No obstante, gracias a ellas muchas de nosotras hemos podido superarnos en este mundo dominado por los hombres. Ellas nos han ayudado con el cuidado de nuestros hijos, para que nosotras podamos trabajar, escribir, viajar. Su renuncia y sumisión han contribuido para que perseveremos en nuestra carrera loca hacia el éxito. Pero también es la historia de la amistad sin límites que se establece entre dos mujeres de culturas diferentes; en este caso preciso entre Zao y la autora del libro. Y traigo a colación este dato ya que Zao existe. Ella conoció a Ángeles Caso cuando fue a solicitarle trabajo como empleada doméstica. Es por ello que en las declaraciones que Caso dio el día de la entrega del Premio Planeta, dijo que la mitad del dinero ganado era para ella; puesto que era consciente que Zao sólo le había prestado su propia historia, la historia de la migración y del exilio.

CASO, Ángeles. Contra el viento. Editorial Planeta, 2009. 267 páginas

miércoles, 8 de febrero de 2012

CARTA ABIERTA A GREGORIO PERNÍA

Confieso que no conozco a Gregorio Pernía, solo sé que es actor de telenovelas, pero nunca lo he visto actuar ya que no soy televidente, sólo enciendo el televisor para mirar las noticias. La última vez que miré una telenovela fue una que protagonizó Margarita de Francisco, y que se llamaba Mujer con aroma de café, y eso que llegué a ella cuando ya llevaba bastante tiempo; es decir, cuando era todo un éxito. No obstante, acabo de ver el video que Pernía ha grabado en el que pide perdón a las mujeres y exhorta a J Mario a hacer lo mismo. Y ese video lleno de carga emocional, pero sincero, me ha impulsado a escribir esta carta abierta.
No sé exactamente a que episodio, o episodios, se refiere Pernía para exigirle a J Mario disculpas para con nosotras; pero si he tenido el infortunio de escuchar algunas veces al “animador” cuando he llegado temprano al salón de belleza, donde siempre lo ven algunas de las clientas. Siempre me ha parecido de una gran chabacanería y de un irrespeto descomunal. Lo poco que le he escuchado ha sido un discurso claramente misógino, día a día perpetúa lo que yo llamo la ideología machista que tanto daño le ha hecho a la sociedad a través de toda la historia de la humanidad. No entiendo como la televisión colombiana, en vez de dignificar a la mujer, puede contribuir a envilecerla, lo que la convierte en cómplice del maltrato a las mujeres y del feminicidio.
Deseo felicitar a Pernía por elevar su voz de protesta, pero al mismo tiempo decirle que no comparto su expresión “ponerse los pantalones”, ya que no hay que ser un “macho” para reconocer los errores, sino asumirse como un ser humano. Para ello hay que respetar a nuestros congéneres y respetarnos a nosotros mismo, algo que efectivamente desconoce J Mario.
Es una obligación de todos nosotros, hombres y mujeres, luchar contra todo tipo de discriminación social, llámese xenofobia, racismo, machismo o intolerancia religiosa, como la del procurador Ordoñez por ejemplo.
Gracias Gregoría Pernía por elevar su voz y mostrarnos, sin vergüenza, que los hombres también lloran y que siguen siendo viriles, deseados y amados.
Berta Lucía Estrada

domingo, 5 de febrero de 2012

1Q84 DE HARUKI MURAKAMI

En mayo de 2011, cuando recién comencé a escribir el blog El Hilo de Ariadna (www.elespectador.com), publiqué uno artículo sobre Haruki Murakami
(http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2011/05/30/haruki-murakami/) y ahora vuelvo a reseñarlo ya que acabo de leer la primera parte de su trilogía 1Q84. Y si bien sus otros libros me habían impactado desde todo punto de vista, especialmente el de Kafka en la otra orilla, no puedo decir lo mismo del primer tomo de su más reciente trabajo. Es muy posible que a mucha gente le haya gustado, lo cual no invalida para nada su criterio ni el mío, esa es la magia de la literatura en particular y del arte en general; puesto que las verdades absolutas no existen y la apreciación estética no obedece a criterios específicos. Así que voy a permitirme expresar mi desilusión con la lectura de 1Q84.
Siempre he creído que la gran “astucia” de un autor, léase pintor, escultor, escritor o músico, es poder “sorprender” a sus espectadores o lectores; pero cuando esa “sorpresa” desaparece, para dar la sensación de “déjà vu” (ya visto), como dicen los franceses, la magia de la lectura desaparece para dar paso a una sensación de agobio que impide, por supuesto, el gozo estético frente a la obra que se tiene ante los ojos. Y eso es lo que me sucedió con la obra en cuestión.
Y si bien 1Q84, está muy bien escrita, desde el punto de vista del estilo literario al que nos tiene acostumbrados Murakami, la historia repite muchos de los elementos que aparecen en sus otras obras; me refiero, básicamente, al aspecto onírico. Sin embargo, hay una característica que deseo resaltar por encima de todo, y es su maestría a la hora de armar el rompecabezas de la historia, o historias, que conforman 1Q84.Todos los elementos que van apareciendo a todo lo largo de la obra, poco a poco van encajando en la soberbia construcción del puzle, sin que ningún elemento, por pequeño que parezca, quede por fuera. Es como una maquinaria donde todos los piñones encajan los unos con los otros. No obstante, no me sedujo, no me eclipsó como Kafka en la otra orilla.
Sin embargo, hay otros dos aspectos que quisiera resaltar:
1. La evocación permanente que hace del magnífico libro 1984 de Georges Orwell, el cual leí precisamente en 1984, también vi la película en la que Richard Burton tenía el papel protagónico. Su lectura es obligada si se desea entender el mundo en el que vivimos actualmente y en el cual somos “controlados”, por utilizar un eufemismo, por ese Gran Hermano que es Internet y donde todo lo que hacemos deja una huella indeleble. Aunque en el momento en que Orwell escribió el libro no podía ni siquiera imaginar que algo como Internet podría existir algún día. Y mientras que Orwell escribe sobre el futuro, Murakami lo hace sobre el pasado. Pero tanto el uno como el otro nos demuestran que el libre albedrío es algo inexistente y que los seres humanos somos sólo marionetas que danzamos al son que unos pocos que controlan el mundo nos ponen como música de fondo.

2. Ya en el artículo que había escrito sobre Kafka en la orilla, había resaltado el lado feminista de Murakami, aspecto que se reafirma en 1Q84.
Y por último, quisiera hacer alusión que la lectura de dicha obra, al menos del primer tomo, no pienso leer los otros, me hizo pensar en varios momentos en la saga de Stieg Larsson, Millenium. Estoy convencida que Murakami también leyó a Larsson y que 1Q84 podría ser un elogio a su obra. Incluso uno de sus personajes femeninos principales, por no decir el principal, Aomamé, tiene mucho de Lisbeth Salander.

martes, 24 de enero de 2012

YASMINA KHADRA E INGRID BETANCOURT

Yasmina Khadra (jazmín verde), es el seudónimo del escritor argelino Mohammed Moulessehoul (1955). Khadra vive actualmente en Aix-en-Provence y su obra literaria ha sido escrita en francés, no sólo porque nació cuando Argelia era aún una colonia francesa, sino porque cuando estaba en el colegio el profesor de árabe criticaba y rechazaba su forma de escribir y el de francés lo estimulaba y apoyaba; por lo que desde entonces escribir en dicha lengua se convirtió en algo natural. Es de anotar que Yasmina Khadra fue galardonado con el Gran Premio de Literatura Henri Gal 2011, concedido por la Academia Francesa, por el conjunto de su obra literaria.

Hace algunos años compré uno de sus libros, Las Golondrinas de Kabul, pero como muchos otros ha estado en la estantería de mi biblioteca esperando su lectura, ya que soy una compradora un poco compulsiva; así que a veces los libros me esperan algún tiempo para ser leídos. Y esta semana volví a encontrarme con el autor en cuestión al adquirir L’équation africaine (Éditions Julliard, Paris, 2011). Si bien al principio pensé que me encontraba frente a una pequeña joya sobre la condición humana, poco a poco este sentimiento fue cediendo, hasta tener la impresión de estar leyendo un bestseller y al final creí estar viendo una telenovela colombiana, de esas que hacen llorar a medio país varias veces a la semana. Pero sobre todo, tuve la impresión que el tema había sido escogido gracias a No hay silencio que no termine de Ingrid Betancourt. El libro de Khadra narra el secuestro de un médico alemán y de su amigo, un empresario que dedica parte de su fortuna personal a la ayuda humanitaria, por parte de una banda de rebeldes sin causa de Somalia.

Ahora bien, si hay un aspecto que resalto del libro de Betancourt, es la discreción a la hora de mostrar el horror al que se vio enfrentada; es un velo de pudor que mitiga lo que podría ser un cuadro dantesco. En cambio, en Khadra ese pudor es inexistente; más bien se tiene la impresión de ser un observador de primera fila en un circo romano del siglo XXI. Su libro es bastante realista, como si aún estuviese escribiendo para lectores decimonónicos. Pienso que la gran diferencia es que mientras que Ingrid Betancourt experimentó en carne propia siete años de infierno, Yasmina Khadra sólo ha imaginado lo que puede ser el descenso a los infiernos. Su lenguaje es cruel, despiadado, descarnado, no disfraza las palabras. Y si bien el Dr. Kurt Krausmann, el personaje principal, aprende a conocerse a sí mismo a medida que sobrevive al terror, a la manera de un viaje simbolista, un viaje al interior de sí mismo; el autor se pierde al regodearse en pequeños detalles de golpes y sangre. Sobra decir que la lectura de L’équation africaine no me produjo mayores sensaciones, más bien me dejó fría y en algunos pasajes más bien me produjo desagrado.

Aunque ya había publicado la reseña sobre el libro de Ingrid Betancourt, ahora vuelvo a hacerlo teniendo en cuenta que pretendo hacer un análisis comparativo con la "L'Équation Africaine de Khadra". “No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace algún tiempo están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura, el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa; entrevista y comentario publicados por la prensa en el segundo semestre de 2010. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Editions Gallimard, 2010. Lo leí en francés, ya que las traducciones rara vez son fieles a las obras originales.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas. La primera fue una gran admiración por su valentía; me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. También seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias, además de ser un acto de sensatez en un país de doble moral como es el nuestro. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando regresé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. Tuve la sensación que la autora quiso utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio, no hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano; así que al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir; aunque todos conocemos la verdadera razón, sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.

domingo, 1 de enero de 2012

ORÍGENES DEL ÁRBOL DE NAVIDAD

El árbol, las plantas, las flores, los lagos y los ríos han jugado un papel muy importante en el pensamiento religioso de las comunidades campesinas europeas, asiáticas, africanas o americanas. El árbol, por su parte, ha tenido una fuerte significación espiritual, a veces ha sido visto como una fuerza del bien, considerándosele a una divinidad benefactora, y otras como una fuerza del mal, que devora a los intrusos que osan internarse en sus dominios. En otras ocasiones el árbol, o el bosque, es considerado un refugio, bien sea para ermitaños, sabios, hombres y mujeres solitarios que desean huir de las veleidades de la vida citadina. Mircea Eliade, al hacer alusión al origen sagrado de los árboles, dice:

“La imagen del árbol no se ha escogido únicamente para simbolizar el Cosmos, sino también para expresar la vida, la juventud, la inmortalidad, la sabiduría… El árbol ha llegado a expresar todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia, todo cuanto sabe que los dioses poseen por su propia naturaleza y que no es sino rara vez accesible a individuos privilegiados, héroes y semidioses… todas las plantas cultivadas actualmente se consideran en un principio como plantas sagradas”.

“El Señor de los Anillos”, de Tolkien, rescata la rica tradición celta que reverenciaba a los robles, con la figura mágica de los ents, cuya figura principal es Bárbol. Estos míticos personajes son árboles enormes y su misión es la de ser pastores de otros árboles, poseedores de una gran sabiduría y viejos “como los montes”. Pippin, uno de los hobbits, no olvidaría nunca su encuentro con Bárbol, la fuerte impresión que le causarían sus ojos profundos y penetrantes, es uno de los párrafos más significativos de la obra, de gran calidad estética:

“- Uno hubiera dicho que había un pozo enorme detrás de los ojos, colmado de siglos de recuerdos, y con una larga, lenta y sólida reflexión; pero en la superficie centelleaba el presente: como el sol que centellea en las hojas exteriores de un árbol enorme, o sobre las ondulaciones de un lago muy profundo. No lo sé, pero parecía algo que crecía de la tierra, o que quizá dormía y era a la vez raíz y hojas, tierra y cielo, y que hubiera despertado de pronto y te examinase con la misma lenta atención que había dedicado a sus propios asuntos interiores durante años interminables”.

La figura de los ents, como pastores de un gran rebaño de árboles, hace alusión a antiguas creencias campesinas, donde los bosques han jugado un rol preponderante en su cultura y en sus ritos. Los árboles, y sus misterios insondables, aparecen una y otra vez en los cuentos de hadas tradicionales: Hansel y Gretel, La Bella Durmiente, Blanca Nieves y los siete enanos, La Bella y la Bestia, entre otros. Para Bruno Bettelheim penetrar en un bosque, perderse en él y encontrar de nuevo el camino a casa, es el equivalente a un viaje interior, al conocimiento que todo ser humano debe tener de sí mismo. Por otra parte, significa superar las diferentes pruebas que la comunidad exige para que los infantes pasen a la edad adulta y puedan integrarse como personas útiles y productivas al grupo al que pertenecen; este aspecto está relacionado con la creencia en la sabiduría de los árboles y en el rol mágico que se les atribuye.

No obstante, el culto al árbol hay que buscarlo en pueblos más antiguos que los mismos celtas, y para ellos tendríamos que remontarnos a los persas (1.500 a. de c.). En el Museo del Louvre se conserva una tabla de bronce denominada Sit-Shamsi, en la cual se relatan los rituales de esta extraordinaria cultura, los cuales incluían su devoción por el árbol y la concepción religiosa que tenían de los bosques. Esta característica sacra, con respecto al árbol y a todos los mitos que lo rodean, sigue presente en otro de los más fuertes sincretismos religiosos: el árbol de navidad.

En el siglo XVI, con la Reforma Protestante, surge un dilema teológico: si el protestantismo le niega a María su condición de virgen no puede realizarse un pesebre, puesto que ella es su figura central; pero la celebración de la navidad debe ser continuada, para ello se acude a los antiguos ritos campesinos en torno al culto de los árboles, especialmente el del roble. Es de anotar que el origen del pesebre, o nacimiento, se remonta apenas al año 1223, o al menos es la fecha que los franciscanos han querido inmortalizar con el fin de preservar la memoria de Francisco de Asís como su posible inventor. De todas formas la tradición del pesebre es bastante reciente si se la compara con el rito de los árboles. Las antiguas religiones europeas y su culto a la naturaleza, nunca desaparecieron totalmente, o al menos no entre las comunidades campesinas, especialmente en Gran Bretaña, donde aún existe una creencia popular con respecto al roble; dicha creencia pregona que la persona que abrace uno de sus inmensos troncos, estará protegida contra los malos espíritus y además le otorgará la fuerza necesaria para continuar el camino de la vida. Esta presencia se constata cada vez que se visita un antiguo monasterio o una catedral; puesto no hay que olvidar que dichas construcciones fueron levantadas en sitios de culto de los celtas.

Para entender un poco más el culto a los árboles, por parte de los celtas, habría que hablar sobre los druidas. Éstos eran sacerdotes que ejercían además funciones políticas y judiciales; y al igual que el mago Merlín habitaban, o al menos se reunían, en los bosques, bajo los robles. Tanto los hombres como las mujeres podían acceder al sacerdocio, para el cual debían prepararse por espacio de 20 años. En la época de la invasión romana jugaron un papel preponderante puesto que trataron de oponerse a ella. En Francia encontramos a Vercingetorix, quien ha servido como modelo para la creación del famoso galo de las tiras cómicas: Asterix. Vercingetorix fue un gran guerrero celta que luchó contra la invasión romana, habiendo sido derrotado por las huestes enemigas; esta derrota marcaría el inicio de la desaparición del pueblo galo.

En el siglo VI aún quedaban algunos druidas en territorio escocés, los cuales poseían un gran conocimiento de las facultades curativas de las plantas y árboles que rodeaban el territorio donde solían habitar, y es muy posible que estos conocimientos fueran de la mano con prácticas que posteriormente darían origen a la alquimia, de ahí los poderes “mágicos” de Merlín. Este conocimiento profundo de la naturaleza lo consiguieron en una íntima relación con ella. Para los celtas, los árboles eran elementos sagrados y preciosos, integrados plenamente dentro de su propia concepción del mundo. El roble era el árbol sagrado por excelencia, allí habitaban el señor de los bosques y las hadas. Los druidas le tenían un especial aprecio, el cual sobrevivió a la desaparición de sus creencias religiosas.

Otra de las tradiciones navideñas es la del muérdago y aún sigue tan vigente como lo fue hace dos mil o mil quinientos años atrás. La costumbre de besarse debajo de una de sus ramas está íntimamente relacionada con los ritos druídicos de fertilización, puesto que su savia era considerada por los sacerdotes celtas como el semen del señor de los bosques. Plinio relata un antigua leyenda y describe su ritual: en la sexta noche del plenilunio, un druida, preparado por un previo ayuno y vestido de blanco, se subía al árbol y con su mano izquierda cortaba una rama, poco después se sacrificaban dos toros y su sangre, mezclada con la savia de la rama recién cortada, era enterrada a los pies del árbol; este rito permitía la regeneración del tiempo y la permanente fertilidad de la tierra. Hoy en día son reconocidas sus propiedades medicinales, pero durante muchos siglos esta creencia fue ridiculizada, se creía que eran inventos populares y poco científicos.

Por otra parte, habría que entender que el árbol, al igual que para el pueblo araucano, les permitía a los druidas el acceso a los tres mundos, puesto que representaba el Axis-Mundi. Es decir, a través de él se podía pasar fácilmente de un mundo a otro: cielo-tierra-infierno (o mundo de los muertos). Para que esta comunicación se produzca es necesaria una columna universal o Axis-Mundi, la cual se encuentra enclavada en las entrañas de la tierra y también sostiene al cielo. En realidad es un eje cósmico y a su alrededor se extiende el mundo. El Axis-Mundi, como todo eje, se encuentra en el centro, en este caso en el centro de la tierra; por lo que puede ser representado por una montaña, una escalinata, una cúpula o un árbol. Cabe anotar que muchas de las catedrales construidas en el territorio que hoy conocemos como Gran Bretaña fueron construidas en antiguos lugares de peregrinación celta; es decir donde habían existido robles reverenciados por este pueblo. Para terminar, debo recordar que según Mircea Eliade la aguja de las catedrales góticas son una representación simbólica del Axis-Mundi; es decir, del árbol sagrado de los celtas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

ESPAÑA ENTRE DOS SIGLOS, DE ZULOAGA A PICASSO, de 1890 a 1920

I parte:

Generalmente cuando pensamos en la pintura española los artistas que se nos vienen a la mente son Domenico Theotokópoulos, llamado El Greco – originario de la isla de Creta y como su nombre lo indica no era español sino griego-, Velázquez, Zurbarán, Murillo, Ribera, Goya, Picasso, Dalí, Miró, Gris y más recientemente Remedios Varo o Antoni Tápies. No obstante, la historia del arte suele ignorar un período trascendental en la pintura ibérica, que va desde 1890 hasta 1920. Época de gran importancia ya que al igual que los movimientos artísticos franceses, correspondientes a la segunda mitad del siglo XIX, fue un movimiento de ruptura, de innovación, de búsqueda de nuevos lenguajes pictóricos; más osado, menos convencional, tanto en la pincelada como en los temas que abordó. Es este período que el Museo de la Orangerie ha querido mostrarnos a muchos amantes del arte que no lo conocíamos: España entre dos siglos, de Zuloaga a Picasso, de 1890 a 1920, es el nombre de la exposición a la que hago referencia.

Pero para entender un poco el silencio de la historia del arte que va de los años 1830 a 1920, en cuanto a la pintura española se refiere, hay que recordar la guerra llevada por el pueblo español en contra de la opresión napoleónica (recordemos ese gran cuadro de Goya llamado 3 de mayo); también hay que tener en cuenta la España miserable de la que raramente se habla, pero que en realidad se sumergía en la hambruna y la ignorancia, puesto que la mayor parte de su población vivía en condiciones de pobreza absoluta y no tenía acceso a la educación, por lo que la gran mayoría era analfabeta. Y no hay que olvidar otro aspecto importante: la pérdida de su última colonia, Cuba, en 1898. El orgullo de otrora había dado paso a una España que trataba de resurgir de las cenizas de un pasado glorioso, pero opresor; me refiero exactamente a las colonias que había instaurado en el territorio de América Latina y a las cuales había despojado de sus riquezas y había tratado de borrar del mapa sus culturas, lenguas y creencias, habiendo cometido el más grande etnocidio de la historia de la humanidad.

No obstante, España, con un pasado pictórico extraordinario, siguió creando, así no conozcamos a los artistas que surgieron entre el período de 1828; año del deceso de Goya y 1906, cuando Picasso comienza a ser conocido, tras abandonar el período azul y pintar los bocetos de ese gran cuadro que daría inicio a lo que posteriormente se conocería como cubismo, Les demoiselles d’Avignon.

Pero antes de este cuadro excepcional, estaban los pintores Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Hermen Anglada Camarasa, Darío de Regoyos e Isidre Nonell, entre otros. Estos artistas eran ante todo viajeros incansables, que se interesaban por otras culturas y otras lenguas y por supuesto deseaban empaparse de otras corrientes pictóricas; especialmente del grupo que posteriormente se conocería como Impresionista (es el caso específico de Sorolla). En 1900, cuando Isidre Nonell regresa a España le cedió su taller de Montmartre a Picasso.

Como gran paradoja, en cuanto al silencio que se hizo en torno a la historia del arte española del período que nos ocupa, es importante anotar que los pintores franceses como Gustave Courbet y Eduard Manet eran grandes admiradores de la pintura ibérica; aspecto ignorado durante mucho tiempo por los especialistas que quisieron tender un manto de olvido sobre los pintores anteriormente señalados. Incluso Ignacio Zuloaga, cuando hablaba de Manet, a quien estimaba, admiraba y respetaba, decía que él era un “pintor franco-español”. Los pintores españoles en cuestión expusieron en las galerías que comenzaban a apostar por un arte no convencional, como la Galería Vollard o la Durand-Ruel. Y el curador Léonce Bénédite, del Museo de Luxemburgo, no dudó en comprar lienzos de Zuluoaga (Mi tío y mis dos primas) o de Sorolla (El regreso de la pesca). Estos artistas también hicieron presencia en Nueva-York, Bilbao, Barcelona y por supuesto Madrid y entablaron amistad con Degas, Toulouse-Lautrec, Matisse, Seurat, Signac y con el grupo de escritores de la época; es así como conocieron a la poeta Anna de Noailles.


La posibilidad de penetrar en un mundo artístico e intelectual de vanguardia, rico en simbología, pero también reconociéndose como herederos de una fuerte e importante tradición pictórica, hicieron posible que estos pintores encontrasen su propio lenguaje, diferente a lo que los críticos posteriores admirarían y respetarían. Es así como finalmente se ha hablado de dos Españas: una blanca, con Sorolla a la cabeza y otra negra, la de Isidre Nonell.

(Este artículo continua la próxima semana)

Nota: El pasado jueves 8 de diciembre de 2011 un periodista de la wradio (Colmbia) confesó, sin ambages, que una de las promesas que se había hecho para el 2011 era leer un libro por mes, pero que esa promesa no la había podido cumplir, que ni siquiera había podido leer seis libros en todo el año. Es inconcebible que un periodista de una emisora tan importante tenga el desparpajo de confesar algo que para cualquier otro periodista europeo sería poco menos que inaudito. Esto me hace pensar en la hermosa y dolorosa carta de demisión que escribió el profesor de la facultad de periodismo de la Universidad Javeriana, al no poder seguir soportando la mediocridad de los estudiantes que llegan a sus aulas.

viernes, 9 de diciembre de 2011

VENUS KHOURY-GHATA, PREMIO GONCOURT DE POESÍA 2011

El pasado miércoles 7 de diciembre fue otorgado el Premio Goncourt de Poesía a Venus Khoury-Ghata, quien ha ganado innumerables preseas literarias, como el Premio de la Academia Francesa (2009), el Premio Apollinaire o el Premio Mallarmé, entre otras.

Venus Khoury-Ghata nació en 1937 en el norte del Líbano, en un pequeño pueblo llamado Pshery, el mismo que vio llegar al mundo al poeta Jalil Gibran. Desde 1972 vive en París. Inicialmente trabajó para la revista Europa, dirigida en ese entonces por Louis Aragon, a quien ella, en compañía de otros colegas, tradujo al árabe. Es novelista y poeta, ha publicado alrededor de treinta títulos. Es de anotar que el New Yorker, al referirse a esta insigne poeta y novelista, dijo la siguiente frase: “Venus Khoury-Ghata es a la poesía lo que Gabriel García Márquez es a la novela”.

Su última libro Où vont les arbres? (¿Adónde van los árboles?) Mercvre de France 2011, indaga en su tema predilecto, la muerte. Ante nuestros ojos desfila la patria herida, violada, devastada por el fuego inclemente de la guerra. La Patria que tiene mil, un millón de amantes, la Patria que se casa todos los días con alguien diferente y a la que la autora llama madre:

“Se casa con guerreros y soldados de plomo

La casa se hundía a medida que ella se casaba de nuevo y que

Las lágrimas corrían por nuestras mejillas”

Es una progenitora que a pesar de estar muerta sigue engendrando hijos de hombres desconocidos que la violan en el patio trasero de un cementerio. Es entonces cuando la autora deja entrever que en realidad ella representa la muerte:

A veces es una madre que ama a sus hijos, pero otras:

“La madre quería vender a sus hijos pero ningún camino los aceptaba”

“Entre la madre y nosotros estaba la sombra del invierno”

“La madre nos quería con brazos largos… para introducirnos en su sueño”

La madre, con cara de fuego, se pierde en las colinas o detrás de los árboles, es esquiva, a veces amante, pero en general violenta. Es una trashumante en un “paisaje sedentario”. Cree partir cuando en realidad es el camino el que avanza.

Cuando hace referencia a la casa, describe su techo como una tumba, pero también como un hueco que entierra el sol:

“La casa le dio la espalda

Ella cavó un hueco dentro de otro hueco y cada noche enterró un sol”

La madre, eterna lavandera, lava la sangre de la tierra mientras que las manos de sus hijos se transforman en piedras.

Al final se pregunta quienes somos para contar la vida de nuestros padres mientras morimos con cada lámpara que se extingue.

Nota: La lectura de este libro me hizo sentir que en vez del Líbano, arrasado por guerras intestinas, la poeta estaba hablando de Colombia y de nuestros ríos de sangre, un país muy diferente a aquellos que se empeñan en mostrar sus habitantes, marcados por el signo de la violencia y de la pobreza, como los más felices del planeta.

domingo, 4 de diciembre de 2011

POMPEYA: EL ARTE DE VIVIR

El derrumbe de una civilización es sinónimo de olvido, y su rescate, una necesidad para la comprensión del pasado y del presente. Al menos esta pareciera ser la premisa de la exposición que actualmente presenta el Museo Maillol de París: “Pompeya: El arte de vivir”. Exposición dedicada, más que a la ciudad en sí misma, a la villa, a la casa, al domus de Pompeya, una de las dos ciudades sepultadas por la terrible erupción del Vesubio el fatídico 24 de agosto del año 79 de nuestra era; la otra ciudad, todo el mundo lo sabe, es Herculano. En esta soberbia exposición vemos desfilar ante nuestros ojos la vida doméstica, la privacidad de cada familia, casi que sentimos el olor del pan salir de sus hornos, el tintineo de las monedas cuando llegan al fondo de la bolsa o el susurro de las comadres contándose las unas a las otras las últimas noticias políticas o sus gemidos a la hora de amar; ya que podemos penetrar en la intimidad de sus hogares, bien sea uno patricio o de un humilde comerciante o de un liberto o la sombría habitación de un esclavo.
Hasta el siglo XVIII, más exactamente hasta el año 1713, nadie había visto ni visitado una verdadera domus romana. Esto fue posible gracias al príncipe d’Elbeuf, Emmanuel de Lorraine, residente de la Villa de Portici, que al ver que semana a semana los campesinos de la región le hacen llegar soberbias estatuas en mármol o diversos objetos de gran valor artístico procede a excavar, en una primera instancia, un teatro de estatuas que envía posteriormente a Viena. Por su parte, Carlos III de España, el rey de las dos Sicilias, ordena en 1734 que las excavaciones sean coordinadas y vigiladas, y en 1738 Herculano aparece debajo de las cenizas. Es sólo en 1748 que se descubre el foro y el barrio de los teatros de Pompeya. Europa, en pleno Siglo de las Luces, descubre estupefacta el Domus de los Papiros, una biblioteca que albergaba 1800 manuscritos antiguos. La fiebre por Pompeya acababa de comenzar, un estado que nunca más nos ha abandonado. Es a partir de ese momento que se comienza a entender que es un atrium, un balneum o un tablinum, entre otros conceptos. Los arquitectos descubren un mundo desconocido, de gran refinamiento, lleno de frescos y de mosaicos; algunos con temas que la falsa moral judeocristiana considera como lascivos; pero comunes y corrientes para la población romana de hace 2000 años.
A pesar de todas las sombras que todavía ocultan el pasado, Pompeya y Herculano nos dan la clave para la comprensión y lectura de un pasado donde el esplendor, la búsqueda permanente de la estética, del hedonismo, tenían un papel fundamental en una sociedad que había entendido muy bien que la vida es una sola y que no se debe desperdiciar ni un sólo minuto que pueda dedicarse al ocio y a la buena mesa, no en vano son ellos los que pusieron en la mesa lo que hoy en día los franceses consideran uno de sus platos insignes, el foie gras; eso si, sin dejar a un lado el trabajo que les permitió tener un excelente nivel de vida, sin este último aspecto dicha sociedad no hubiese llegado al altísimo refinamiento social, cultural y artístico que desarrolló.
Las casas poseían acueducto y alcantarillado; algo no muy común en la India de hoy en día. Habían letrinas tanto en las casas de los patricios, como para el pueblo en general. Es de anotar que las letrinas no eran cubículos unipersonales como las que hoy tenemos en nuestros hogares. Tanto para los griegos como para los romanos ésta era una actividad pública y allí se discutía de política, de filosofía, de literatura. En las casas de los patricios o comerciantes acaudalados incluso se servían ricas viandas; es decir, era una actividad desprovista de la intimidad que la sociedad occidental contemporánea le ha otorgado, incluso las letrinas eran compartidas por hombres y mujeres. No obstante, el alcantarillado no cubría toda la ciudad, en la mayoría de las casas se tiraba el agua sucia a la calle; por lo que en cada una de ellas habían especies de puentes, hechos con piedras más grandes que las del andén propiamente dicho, para poder transitar libremente sin tener que pisar el agua sucia.
En cuanto a la mujer se refiere, es importante anotar que tenía el derecho a trabajar al lado de su marido o bien emplearse en una panadería o como tejedora, o como lo que hoy conocemos una obrera; es decir, no estaba relegada al gineceo. Podía circular libremente por las calles o ir al teatro o recibir a sus amigas en su casa; y las mujeres casadas, conocidas como matronas, le rendían culto a Bona Dea, la diosa buena. El matrimonio estaba reservado a las clases altas y el divorcio era una práctica común; en las clases populares se practicaba la unión libre. El sexo estaba desprovisto de los conceptos que hoy consideramos obscenos o perversos. El acto amoroso se representaba permanentemente, tanto en los triclinium, comedores, como en las alcobas; la iconografía de falos y vulvas era común y podía incluso encontrarse en las tumbas. La iconografía de falos desproporcionados protegían a la familia y a la casa de los malos espíritus. Según Antonio Varone “el sexo era para los romanos un acto positivo, fuente de vida y de felicidad, un elemento mágico”, algo muy diferente a los prejuicios de la sociedad contemporánea.

domingo, 27 de noviembre de 2011

MARIANNE VON WEREFKIN Y EL EXPRESIONISMO ALEMÁN

EL EXPRESIONISMO ALEMÁN

La Pinacoteca de París, fiel a su espíritu de diálogo, presenta por primera vez una exposición sobre el Expresionismo Alemán, no por autores, como se ha hecho hasta ahora, sino exhibiendo las dos corrientes pictóricas, tan diferentes entre sí; tanto desde el punto de vista de la pincelada y de la paleta como desde la búsqueda filosófica, especialmente Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), movimiento intelectual que incursionó incluso en la música al aceptar en sus filas a Shönberg, y Brücke (Puente), movimiento más centrado en la emoción, en la sensibilidad. Los artistas adscritos a estas dos corrientes sufrieron la persecución nacionalsocialista y fueron considerados artistas degenerados. Der Blaue Reiter, se desarrolla, básicamente, en Munich y la región bávara, mientras que Brücke lo hace en Dresde, Moritzburg y Berlín.
Pero antes de hablar un poco más sobre el Expresionismo Alemán, me gustaría recordar que la Historia del Arte del siglo XX se centró sobre todo en analizar y mostrar, una y otra vez, el arte del Renacimiento italiano; por lo cual muchos otros movimientos han sido poco difundidos. Es el caso específico de Las Puertas de Ghiberti (1378-1455), conocidas por todas aquellas personas que se hayan interesado, poco o mucho, por el arte florentino. No obstante, el trabajo en bronce de Las Puertas de Bernward (1015) y de La Columna de Cristo (1020), de la Catedral de Hildesheim, denotan un florecimiento extraordinario en las artes alemanas del Medioevo; siendo prácticamente desconocidas no sólo para los neófitos sino para muchas personas que se precian de conocer un poco el arte occidental.
Después de este breve paréntesis podemos dar un salto en la historia y ubicarnos a comienzos del siglo XX. Desde 1905 artistas como Franz Marc, Paul Klee, Kirchner, Von Jawlensky o Heckel, habían puesto sus ojos en el fauvismo, pero también entendieron la importancia de Vincent van Gogh, al mismo tiempo que descubrían el “arte negro”, que les mostraba otros códigos estéticos, tan diferentes al mundo occidental. O en el caso de Kirchner el arte realizado en los mares australes. No obstante, me interesa hacer énfasis en las mujeres que participaron activamente en el movimiento expresionista, a saber: Gabriele Münter (Alemania, 1877-1962), Natalia Sergejewna Goncharova (Rusia, 1881-1962) y Marianne von Werefkin (Rusia, 1860-1938).
Gabriele Münter, junto con Paula Modershon-Becker (Alemania, 1876-1907), es uno de los íconos de la pintura expresionista. Compañera sentimental de Kandisky por espacio de varios años, incursionó en la pintura abstracta desde sus primeros años como pintora. Después de la II Guerra Mundial se dedicó en cuerpo y alma a la difusión de Der Blaue Reiter. Consciente de su genialidad decidió donarle su obra a la ciudad de Munich.
Natalia Sergejewna Goncharova, de espíritu autónomo, rebelde, contestaria, desde muy joven se vio envuelta en persecuciones moralistas que la acusaban de moverse en círculos de pornografía. Su talento sobrepasaba el interés por la pintura, ya que siempre le interesó trabajar como decoradora de compañías de ballet clásico; habiéndose desarrollando plenamente en este campo cuando decidió instalarse definitivamente en París.
Marianne Von Werefkin
De los artistas que hacen parte de la exposición de La Pinacoteca, hay una que me llamó poderosamente la atención y a quien no conocía, hablo de Marianne Von Werefkin (Rusia, 1860-1938). Nacida en el seno de una familia aristócrata, con el nombre de Marianna Wladimirowna Werefkina, en 1883 decide entrar a la Escuela de Arte de Moscú, en 1886 hasta 1896 toma cursos particulares con el artista Ilya Répin y éste le presenta a Alexej von Jawlensky quien se convierte en su compañero sentimental, poco tiempo después se instalan en Munich, donde abren una galería de arte que expone los trabajos de Jawlensky. Marianne Von Werefkin se dedica por completo a la difusión de la obra de su compañero, lo que les permite entrar de lleno en la vida artística de la ciudad. Durante 10 años se olvida de su propio trabajo; pero también es cierto que años antes había sufrido un accidente de caza en el cual su mano derecha había perdido gran parte de su movimiento, lo que le dificultaba mucho el ejercicio de la pintura. La relación con su pareja es cada vez más tormentosa y la artista se da cuenta que su vida profesional es verdaderamente ahogada por su compañero sentimental, en realidad es su sombra; así que en 1905 retoma nuevamente las riendas de su vida y con ella los pinceles. En 1909 crea, junto con Kandisky y Franz Marc, La Nueva Asociación de Artistas de Munich, en 1912 la abandona y participa en la primera exposición de Der Blaue Reiter, organizada por la Galería Sturm de Berlín y se convierte en una de sus principales teóricas. Muchos de los postulados artísticos que se le atribuyen a Kandinsky son en realidad postulados de Marianne von Werefkin; Kandinsky la respetaba y admiraba; era consciente de su gran capacidad analítica y crítica y de su gran visión artística; no en vano había dirigido con gran éxito la galería de arte que exhibía la obra de von Jawlensky. Un año después Marianne von Werefkin forma parte de Primer Salón del Otoño Alemán, que acoge la vanguardia artística europea. En 1917 conoce a Rilke y en 1918 se instala en Ascona. En 1924 funda Der Grösse Bar, en el cual participan los pintores Walter Helbig, Ernst Frick, Albert Kohlen, Gordon McCouch, Otto Niemayer y Otto van Rees.
Sus obras pictóricas tienen como centro temático a la mujer, a su aislamiento, a su soledad intrínseca; así ella hubiese sido respetada por todos sus congéneres masculinos, entendía como pocas personas el dolor de ser mujer en un mundo gobernado por hombres. Es el caso del cuadro “Otoño” (La Escuela) realizado en 1907, donde se observa a un grupo de niñas acompañadas de su maestra, el grupo camina al lado de un lago apacible pero triste. Ni la maestra ni las niñas tienen rostros definidos, llevan una máscara que las hace iguales, carecen de futuro, son ovejas que van por su propia decisión rumbo al sacrificio. Un sacrificio por lo demás inútil, puesto que la sociedad que lo espera lo considera fútil; como si la profesora y las niñas no tuviesen otra escapatoria distinta a la muerte; en realidad son cadáveres que se pasean antes de quitarse el disfraz que oculta su terrible soledad.
Nadie mejor que ella para entender el dolor humano, y lo plasmaba, incluso, en una extraña mezcla de “realismo onírico”. Cuando hago esta aseveración es básicamente al observar el cuadro que se titula “La Mujer de la Linterna”, 1910. En él se representa a una mujer, que puede también ser un monje medieval, paseándose por un paisaje invernal, desolado; es una persona abatida por la vida, su joroba habla de una vida ruda y un ambiente inhóspito. Al observar la obra pictórica siento el frío corroerme los huesos y el viento helado me pega en la cara. Sin embargo, el color rojo, caro a los fauvistas, está presente en toda la pintura; en ella, dos cerdos duermen plácidamente, como si no les esperara un triste fin, ajenos al drama de la mujer que se aproxima con la linterna.

jueves, 17 de noviembre de 2011

GIACOMETTI Y LOS ETRUSCOS

Giacometti y los Etruscos, la confrontación entre dos mundos”, es el título de una de las exposiciones que se exhiben actualmente en La Pinacoteca de París, un museo que en pocos años se ha convertido en un lugar muy importante de la promoción y difusión del arte; pero sobre todo en la forma de abordar los temas, ya que ha venido haciendo una revolución museográfica, que difiere mucho de las exposiciones que se hacían en los años 80 del siglo pasado. Ahora son más pedagógicas, más investigativas, han dejado de centrarse en el tema central de la exposición, en este caso Giacometti, para bucear en un pueblo poco conocido y bastante desprestigiado como es el pueblo etrusco. Para nadie es un secreto que ningún artista ni escritor surge de la noche a la mañana, para ello es necesario haber leído enormemente, haber estudiado a los clásicos y a los olvidados. Es el caso que nos ocupa, Alberto Giacometti (Suiza, 1901-1966) es un escultor por el que he sentido una gran admiración y cuya obra me ha puesto siempre a indagar sobre los grandes cataclismos humanos. Lo que no sabía es que su verdadera fuente de conocimiento estaba en el pueblo que antiguamente habitó en la región que hoy conocemos como Toscana. Y si bien el arte etrusco me ha llamado poderosamente la atención, desde que visité por primera vez el museo del Louvre en el año 1981, nunca había pensado que había un cordón umbilical que lo uniera a Giacometti. También es cierto que básicamente lo que conocía son las esculturas que servían de urnas funerarias y en las que a menudo se encuentran parejas de amantes tirados en una cama y desde la cual nos miran con esos grandes ojos sabios que tienen a menudo las parejas que aman y disfrutan del sexo y que carecen de los falsos artificios derivados de la equívoca y malsana virtud pregonada más tarde por la religión judeocristiana, prejuicios que también derivan de las sociedades misóginas helénica y romana; ya que es importante tener en cuenta que la mujer etrusca era respetada en el seno de su sociedad y estaba al mismo nivel que su homólogo masculino, y a diferencia de las griegas y romanas no era excluida de la vida política, económica y social e incluso participaba abiertamente en los ágapes que en el caso griego sólo estaban destinados a los hombres y a las hetairas.
Giacometti conoce el arte etrusco en los años 20 en el Museo Etrusco de la Villa Giulia de Roma, donde por primera vez se enfrenta a esas figuras alargadas como cuchillos y en París se convierte en un asiduo visitante del Departamento de Arte y Arqueología del Museo del Louvre; pero lo que verdaderamente llamó su atención fue una exposición sobre el arte etrusco realizada por dicho museo en 1955. En 1960 emprende un viaje, una peregrinación sería la palabra correcta, a la Toscana. En Volterra, antigua ciudad etrusca, visita el Museo Guarnacci y descubre La sombra de la noche (s II a.C. escultura expuesta en París en esta soberbia exposición sobre Giacometti y los etruscos, siendo, además, la primera vez que sale de Italia), que marcó al artista por el resto de su vida, al punto de rendirle un culto especial, culto que en gran parte opacó su obra, ya que el mismo consideraba a veces que no estaba a la altura de esa magnífica figura filiforme, alargada, que es La sombra de la noche. Una obra que aparece a nuestros ojos como actual, rompiendo parámetros académicos, bastante abstracta, una obra revolucionaria en cualquier tiempo y en cualquier espacio. El título de la obra, L’Ombra della sera, ha sido atribuido a un verso de Gabriele D’Annunzio (Italia, 1863-1938, escritor admirado por Joyce y temido por Mussolini). En todo caso cuando observamos las obras de Giacometti, como La mujer de Venecia o El Hombre que camina (ésta última subastada en el 2010 por Sotheby’s por la suma de 104.3 millones de dólares), y tenemos ya como referencia La sombra de la noche o las otras figuras filiformes etruscas, no podemos ignorar ese cordón umbilical que viene de lo más profundo de la historia y que llega hasta nosotros como si el artista o los artistas que las concibieron fueran nuestros contemporáneos. Refinados, exquisitos, hombres del mar, vistos por los griegos como una amenaza, y cuyo trabajo artístico dialoga con la obra de Giacometti, así los separen 2300 años y hablen lenguas diferentes; porque en este caso la lengua del arte les permite decodificar códigos y asumirlos como propios. El arte, a veces, como es el caso que nos ocupa, borra diferencias culturales, étnicas, religiosas e incluso borra diferencias políticas; lo que le confiere una característica y un poder universal. También podría hablarse de un pozo profundo de la memoria común de la humanidad donde algunos escogidos, como Alberto Giacometti, pueden penetrar en sus profundidades, entenderlas y recrearlas para el hombre contemporáneo; es el caso de Pablo Picasso (España, 1881-1973) con la Dama de Elche (arte íbero s v o VI a.C), o del arte africano tanto para Giacometti como para Picasso.
Esas figuras alargadas habrían representado para los etruscos una comunicación con el más allá, una forma de establecer contacto con el alma del difunto. Incluso Giacometti habría dicho a su gran amigo Jean Genet (Francia, 1910-1986) que “le gustaría hacer una estatuilla y enterrarla, para que sólo fuese descubierta cuando nadie más se acordara de él y cuando las huellas de su nombre hubiesen desaparecido”. Una linda forma de cruzar el umbral de la eternidad.

domingo, 30 de octubre de 2011

Breve historia de la bruja

(I parte)

El próximo 31 de octubre se celebrará la fiesta del Día de las Brujas, festejo claramente condenado por la Iglesia católica, que ve en él una amenaza a su inmenso poderío ideológico y religioso, y que esconde las raíces de una tradición milenaria del pueblo celta, cruelmente perseguido por los cristianos, hasta su desaparición como pueblo propiamente dicho. La festividad era conocida con el nombre de Samhain, o fin del verano, lo que significa que llegaba la larga noche, la oscuridad propia del invierno, donde la luz del día es muy corta. Según los celtas en esta noche los espíritus de los muertos podían recorrer los lugares en los que habían vivido, por lo que en las puertas de las casas se dejaba un poco de comida, para que al pasar por allí sintieran que eran bien recibidos. De ahí que hoy en día los niños reciban dulces en la noche del halloween, palabra que tiene origen en un vocablo celta. Para combatir esta festividad religiosa, el cristianismo creó el Día de los Muertos que se celebra el 1 de noviembre.

Sin embargo, la bruja o hechicera es un personaje legendario que se remonta, incluso, a la época de los faraones egipcios. En el libro “Las Sociedades Secretas”, de Peter Gitlitz ,se menciona un papiro encontrado en una de las pirámides, donde se puede observar a Ramsés III con punciones en diversas partes del cuerpo, lo que coincidía con las dolencias reales del faraón. Según el papiro ésto habría sucedido en el año 1.100 a. de J.C. En la Grecia antigua también se practicaba el oficio de la brujería. Los autores clásicos hacen alusión a ellas y a sus pócimas mágicas. Horacio hace referencia a una mujer de nombre Canidia, cuyo oficio era la preparación de perfumes y de bebedizos para rendir culto a Príapo, el dios del sexo. Teócrito nos habla de ellas en su obra “Idilios”:

“En una noche serena, en un poblado junto al mar. La luna y las estrellas destacan en el cielo… Ante una hoguera, dos mujeres se dedican a hacer conjuros y hechicerías amorosas… entre hierbas, laureles, vellones de oveja, harina, filtros, fórmulas y varios instrumentos hechiceriles, Simeta invoca a la Luna, a Artemis y a otras diosas para lograr de nuevo el amor de su idolatrado Delfis”.

Pero las brujas de la antigüedad estaban muy lejos de ser consideradas como los seres maléficos del Medioevo. En el mundo antiguo, como ocurre aún hoy en día en los mal llamados “pueblos naturales”, no se hacía una clara distinción entre magia y religión. La preparación de bebedizos y el ejercicio de la magia estaban reservados a personas que gozaban de gran prestigio dentro de la comunidad. Por otra parte, sólo podía trabajar en el oficio el elegido que hubiese cumplido con largos y penosos años de aprendizaje; tal y como ocurre con los chamanes de múltiples etnias y culturas, o de los “mamos” de la comunidad arhuaca, asentada en la Sierra Nevada de Santa Marta, o de los curanderos de nuestros pueblos indígenas.

En realidad la persecución de las brujas sólo se inició en el siglo XIV. Las mujeres que serían perseguidas, torturadas y asesinadas en la hoguera o ahogadas en los ríos, eran sacerdotisas al servicio de diosas de antiguas religiones precristianas, religiones en su gran mayoría de origen panteísta. Su gran crimen fue seguir profesando las creencias de sus antepasados, en una época donde el cristianismo luchaba por asegurar su dominio como única religión monoteísta en territorio europeo.

En la Alta Edad Media, las brujas eran aquellas mujeres campesinas que conocían muy bien su entorno, sabían que plantas eran benéficas para las diversas enfermedades que aquejaban a su familia y comunidad. Pero por este conocimiento, que además era un oficio ejercido por los judíos (a quienes sólo se les permitía ejercer los oficios concernientes a la medicina y a la de prestamistas), serían perseguidas implacablemente por la Santa Inquisición, persecución que se haría extensiva también a los judíos, aunque los móviles fueran muy diferentes. El manejo de las pócimas curativas, es decir las primeras nociones científicas, no podían ser del dominio femenino. A las brujas se las comenzó a quemar, supuestamente, por herejes, pero la razón verdadera era por ser amantes del conocimiento. Pero no solamente se les quemaba, sino que se les sometía a torturas y vejámenes sin límites; para lo cual se desarrollaron aparatos de una alta sofisticación como la Dama de Nuremberg. De todas las torturas la peor era la psicológica, la persecución que se les infligía llegaba a límites tan insoportables que sucumbían rápidamente en la histeria colectiva, lo que agravaba aún más su situación, puesto que sus torturadores podían aludir que estaban poseídas por el diablo. En Alemania, por ejemplo, la caza de brujas llegó a cotas tan altas, que en muchos poblados se quedaron sin mujeres. Solo en Bamberg la cacería condujo al asesinato de 600 personas, la mayoría de ellas mujeres, incluyendo a las niñas y algunas veces a los hombres; por otra parte hay que tener en cuenta que los poblados rara vez superaban los 2000 o 3000 habitantes. Pero el juicio más famoso lo es sin duda la cacería de brujas emprendida en Salem (Estados Unidos), en el invierno de 1.602; y llevada magistralmente a las tablas por el dramaturgo Arthur Miller. Las acusadas, al menos en un principio, pertenecían a las clases menos favorecidas, la primera en ser acusada fue una esclava llamada Tituba, que además carecía de cualquier derecho otorgado a los habitantes del pueblo. Le siguieron una pobre mendiga, y una mujer que vivía con un funcionario sin que estuviesen casados. Estas mujeres eran consideradas como una mancha para la comunidad puritana de su tiempo, se salían de los convencionalismos exigidos por la época; por lo tanto no encajaban dentro de su comunidad. La cacería sólo paró cuando llegó a las capas más importantes de la sociedad, 18 meses después de haberse iniciado. Había dejado 19 muertes, entre ellas la de un hombre. Frente a las muertes de Europa, especialmente Alemania, esta cifra parece ridícula, no obstante dejó una herida profunda en la sociedad norteamericana; y si Arthur Miller no hubiera exorcizado ese dolor, es muy posible que la herida nunca hubiese cerrado del todo. Se cree que la razón verdadera que motivó todo el juicio, era una disputa concerniente a la posesión de tierras.

¿Pero quiénes eran en realidad estas mujeres llamadas brujas? La Santa Inquisición había hecho su primera aparición en Francia en el año de 1184 con la persecución, y posterior exterminio, de los herejes conocidos como albingenses o cátaros. La maquinaria de persecución y tortura se fue perfeccionando y derivó en la cacería de brujas, a las que se ha identificado desde entonces con el mal, con las fuerzas ocultas y con el culto a Satanás. Dicha cacería corresponde a la represión religiosa y sexual, ésta última derivada de un fuerte sentimiento de misoginia, acentuada por la sociedad patriarcal, de la cual la Iglesia judeocristiana se ha alimentado durante siglos. La represión, si bien había comenzado desde el siglo XIV, no es sino hasta el año de 1.560 cuando se pondrá en marcha la gran maquinaria de horror e ignominia en contra de las mujeres conocidas como brujas. Esta persecución obedecerá a oscuros sentimientos de poder político y ambición económica. Por supuesto que había una creencia generalizada en cuanto a la hechicería se refiere, hechicería que era mal comprendida, puesto que las mujeres que la practicaban eran generalmente curanderas y parteras; que por su mismo oficio, como se anotaba anteriormente, conocían muy bien su entorno natural, por lo tanto sabían que plantas tenían propiedades medicinales; algo que podía parecer insólito para el escaso o nulo conocimiento científico de su tiempo. Cuando la cacería se desató, cualquier acontecimiento que supuestamente se saliera de lo normal, era considerado de origen satánico: una enfermedad, la muerte de un ser querido o de un animal, una sequía o una inundación… Si una mujer auxiliaba a alguien con hambre y éste moría poco tiempo después, la mujer en cuestión podía ser acusada de poseer poderes maléficos. Es de suponer que estas creencias, que simplemente correspondían a la ignorancia que se tenían sobre la ciencia o sobre las fuerzas naturales, contribuyeron al ejercicio de venganzas personales. Pero también “cazar” brujas otorgaba poder político dentro de la comunidad a la que se pertenecía, puesto que el “cazador” ganaba “respeto”, un respeto que como es fácil suponer era más bien derivado del temor a ser también acusado de prácticas de hechicería. El oficio de “cazador” llegó a ser verdaderamente lucrativo desde todo punto de vista, lo que incluía edición de manuales que enseñaban como combatir la brujería. El más famoso de todos fue el Malleus Malificarum. En Francia, el juez que mandase a la hoguera o a la horca a cierto número de brujas, adquiría prestigio dentro de su profesión y en el seno de la sociedad de su tiempo.


II parte

Orígenes de la violencia en contra de la mujer:

Los hombres que también cayeron dentro de esta ignominia, generalmente habían sufrido en carne propia la persecución de sus hijas, sus esposas, hermanas o madres; es decir, habían caído en desgracia ante su comunidad. Se estima que entre 1.560 y 1.760 murieron asesinadas en territorio europeo más de 100.000 “brujas”. Para entonces cualquier rescoldo de religiones paganas había sido sofocado por las Iglesias Católica y Protestante.

No obstante, es necesario tener en cuenta que la violencia en contra de la mujer tiene raíces históricas muy profundas y que no deben minimizarse ni ignorarse. En el caso de la mujer occidental, hay que buscar las raíces en la sociedad misógina griega y romana. Pero también hay que buscar las raíces en la persecución que hizo la Iglesia en contra de las mujeres a las que llamó despectivamente “brujas”, mote que aún se sigue utilizando cuando se desea desprestigiarlas. La bruja, ese personaje de los cuentos infantiles, que produce miedo, y a veces asco, en realidad hace alusión a mujeres sabias, que poseían conocimientos muy profundos sobre las plantas curativas, y eran las depositarias de un legado milenario. Su sapiencia estaba íntimamente ligada a la religión de origen panteísta, tan en boga en las sociedades campesinas de la antigüedad, incluso en las sociedades campesinas del Medioevo. Cuando el cristianismo comienza a expandirse en Europa, se tropieza con los dioses y diosas tutelares y con los espíritus del bosque, a los cuales los campesinos les rendían culto. Pero no será hasta más tarde (s XIV) que la persecución en contra de las creencias campesinas comenzará en todo su horror, me refiero a la cacería de brujas. La persecución se hizo directamente hacia la mujer, puesto que en la ideología judeocristiana es ella el símbolo de la perdición del hombre. La supremacía masculina no podía tolerar que hubiese mujeres sabias, con profundos conocimientos curativos; ello le contrarrestaba el poder omnipotente que los prelados de la Iglesia deseaban imponer a todos los estamentos sociales de la época. Al mismo tiempo que les permitía ahogar todo el rescoldo de las religiones paganas y entronizar aún más el culto mariano, que tanto daño le ha hecho a la mujer occidental. La tortura, la vejación y el asesinato de miles de mujeres, sentó las bases de la demonización de la mujer, por lo que muchos hombres se han sentido desde entonces autorizados para martirizarla e incluso para asesinarla. La imagen de la bruja, poseedora de todos los males, quedó ancorada en lo más profundo del imaginario colectivo; y deshacer esa imagen es una labor que todos deberíamos tener como una prioridad en nuestras vidas, en nuestro quehacer diario, en nuestras actuaciones en familia y en la sociedad. Sin embargo, han habido hombres que han entendido el verdadero rol de la mujer en la sociedad y en la historia, que la han defendido y que han sido feministas aún cuando en el tiempo en que les tocó vivir dicha palabra no existía aún; es el caso de Jules Michelet (1789-1874), en su libro “La bruja. Un estudio de las supersticiones de la Edad Media”, él mismo declara: “me siento profundamente hijo de la mujer”. Con esta obra Michelet busca hacer una reivindicación del papel jugado por la mujer en la historia francesa y al mismo tiempo rendirle un tributo. Seguramente las reflexiones de Michelet tienen origen en las posesas de Loudun, de Aix y de Louviers (2). Para entender que había pasado en el siglo XVII, Michelet se remontó a los orígenes de la bruja; por lo que nos explica el significado de la palabra:

“Durante mil años, la Bruja fue el único médico del pueblo. Los emperadores, los reyes, la gran nobleza tenían algunos médicos de Salerno, musulmanes, judíos, pero la masa del pueblo no consultaba más que a la Saga o a la mujer-sabia. Si no curaba, se la atacaba, se la llamaba bruja. Pero generalmente, por un respeto mezclado de temor, se le llamaba igual que a las Hadas, Buena mujer o Bella dama”. [1]

Y más adelante:

“La Iglesia, que la odiaba profundamente, contribuyó a fundar su monopolio para conseguir la extinción de la Bruja. En el siglo XV declaró que si la mujer se atrevía a curar, sin haber estudiado, sería considerada bruja y debería morir.” [3]

La Iglesia se armó contra la mujer médica, por eso la condenó con el nombre de bruja y la persiguió incansablemente; y al mismo tiempo creó una tortura psicológica que devastó a la mujer: desde la creación de la universidad, en el siglo XII, la Iglesia le había cerrado las puertas. Así que si para ejercer una profesión, como la medicina, era necesario tener un título, la mujer quedaba simple y llanamente por fuera de todo acceso al conocimiento científico. De ahí, a la cacería de brujas, no había sino un paso. Cacería que nunca ha dejado de existir, ya que el feminicidio, y el machismo que lo acompaña, son una supervivencia clara que dicho flagelo sigue azotando a la sociedad contemporánea. Es por ello que considero que la sociedad y las leyes debieran tener este aspecto muy en claro para poder considerar al machismo no sólo como un comportamiento ancorado en el imaginario colectivo, sino como un delito que podría ser considerado incluso como de lesa humanidad.

[1] Michelet, Jules. La Bruja. Un estudio sobre las supertifciones en la Edad Media. Ediciones Akal. 3ª edición 2006. Pág: 31.

[2] En la década de 1970 tuve la oportunidad de ver una película que nunca olvidé “Los demonios de Loudun”, (Director: Ken Russell, protagonizada por Vanessa Redgrave y Oliver Reed-1971).

(3) Jules Michelet, op.cit, pág. 40

martes, 6 de septiembre de 2011

NUALA O'FAOLAIN

“Yo soy la irlandesa típica: nada extraordinaria, heredera de un largo linaje nada extraordinario, de esos que no dejan huella. De un país católico conservador que tenía miedo de la sexualidad y que me prohibía incluso obtener información sobre mi cuerpo, yo podía esperar -desde mi posición de niña, desde mi posición de mujer- a encontrar dificultades en mi existencia. Pero al menos -era lo que se decía entonces- yo no tendría la enorme responsabilidad de ganar mi vida. Un hombre terminaría por casarse conmigo y por cuidarme. Pero la gente típica no existe”. [1]

La voz que habla es la de Nuala O’Faolain (1940-2008), periodista y escritora irlandesa. Mi encuentro con ella fue bastante peculiar. Normalmente entro a las librerías buscando libros de autoras desconocidas o poco publicadas en Colombia y en una de esas visitas me saltó a los ojos el Premio Fémina 2006, “La Historia de Chicago May”. Como hago siempre, leí la reseña de la contracarátula y la breve presentación del libro me cautivó. Estaba ante algo que se salía de todos los esquemas hasta ese momento por mí conocidos. Llegué a casa y me devoré el libro en poco menos de tres días. “La Historia de Chicago May” puede leerse desde diversos ángulos: Desde la sociología, si uno desea conocer al pueblo irlandés de finales del siglo XIX y su éxodo a Estados Unidos; o desde la historia de la prostitución y de los bajos fondos que marcaron esa época; o desde la posición de una mujer a la que la vida le ha negado toda posibilidad de educación y de un trabajo digno. Pero también puede leerse como los apartes autobiográficos de la autora, irlandesa como su protagonista, y conocedora del medio familiar y social de Chicago May. Por sus páginas se deslizan dos vidas paralelas, la de Chicago May, prostituta y ladrona de poca monta, que vivió sus momentos de “gloria” a finales del siglo XIX y comienzos del XX y la de Nuala O’Faolain, periodista exitosa de comienzos del siglo XXI, en las que el hambre, el alcohol y las faltas de oportunidades se hacen eco.

Es un libro que mezcla el trabajo investigativo, con la sociología y con la literatura. El trabajo investigativo bucea en la biografía de una mujer que existió realmente; con la sociología porque trata de entender las causas sociales, económicas e históricas que influyeron en Chicago May; y en la literatura, porque la autora se siente libre para recrear el personaje y poner en su boca palabras que posiblemente nunca dijo ni pensó. Al mismo tiempo que hace crítica literaria, ya que su libro está marcado por autores irlandeses, como Joyce, por ejemplo, al que analiza y reconoce como el principal escritor irlandés. Hace, también, una crítica feroz a la Iglesia católica y a la influencia nefasta que ha tenido en la sociedad irlandesa. Ve en ella una maquinaria de opresión y de avasallamiento contra los más desposeídos y los más vulnerables:

“May se sacudió la fe con tanta brutalidad que se deshizo de las medallas benditas… Pareciera que ella no hubiera estado nunca influenciada por los curas –como muchos irlandeses católicos que abandonan todo una vez cometido el primer pecado, como si el autoritarismo de la Iglesia fuera tan absoluto que ninguna parte de sí mismo pudiera finalmente verse comprometido-.” [2]

Más adelante dice:

“En la época en que May moría, incluso hace medio siglo, Irlanda era víctima del terror institucionalizado hacia las mujeres; es decir, hacia la sexualidad. Un hombre irlandés, entre cincuenta, era sacerdote: las tres cuartas partes de los hombres entre 25 y 34 años eran célibes; las admisiones de hombres en los hospitales siquiátricos se habían multiplicado por cuatro en sólo diez años e Irlanda tenía la tasa de natalidad más baja de Europa. El clero trabajaba de una manera obsesiva con el fin de controlar la sexualidad por imposición y propagando el sentimiento de asco hacia el mismo. Cuando yo era joven… el arzobispo de Dublín prohibía el uso de tampones, para evitar que las niñas se familiarizaran con su cuerpo. Quedar embarazada, por fuera del matrimonio, significaba la desgracia total para las niñas y sus familias. La contracepción estaba prohibida, e incluso se negaba el conocimiento a la misma. Las mujeres debían ir a la iglesia para purificarse después de cada alumbramiento. ” [3]

La crítica a la Iglesia, y a la religión católica, atraviesa toda la obra de Nuala O’Faolain. La autora se revela como una gran anticlerical y es consciente del gran mal que la religión, en este caso la católica, ha hecho entre las masas, a través de todos los tiempos y de todas las sociedades.

Pero, ¿Quién es Nuala O’Faolain?

Esta extraordinaria mujer nace en la Irlanda en 1940 y muere el 9 de mayo de 2008. La Irlanda de su niñez es poco más o menos la misma que describe Frank McCourt (1930).[4] Una infancia dolorosa, traumática, gris, envuelta en una bruma espesa, como su país. Su padre era un mujeriego empedernido y su madre una alcohólica consuetudinaria, que traería al mundo mueve vástagos, sin que llegase nunca a ocuparse de ninguno de ellos. Nuala O’Faolain vivió la pesadilla del alcoholismo por espacio de varios años y uno de sus hermanos, alcohólico como ella, murió por su causa. O’Faolain comienza su carrera profesional como profesora de literatura en la Universidad de Dublín y luego se dedica al ejercicio del periodismo, destacándose por sus columnas mordaces y por su compromiso de género. Y es que a Nuala O’Faolain hay que entenderla básicamente desde su posición feminista; sin esa premisa es difícil acercarse a su obra. Nuala O’Faolain era abiertamente bisexual, tal y como lo habían sido sus predecesoras Georges Sand, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar o Simone de Beauvoir entre otras. Su llegada a la literatura, más bien su despertar como creadora, tiene sus raíces más en el azar, que en una búsqueda consciente de convertirse en escritora. A mediados de los noventa, un editor norteamericano le sugiere publicar sus artículos en un libro. Ella acepta la sugerencia, pero se pregunta ¿Y quién va a escribir el prólogo? Y acto seguido se responde: “Lo haré yo misma”. De un prólogo para un libro que recogía artículos sobre la condición femenina y sobre la cultura, poco a poco surge una autobiografía que llevó como título “Are you somebody?” (¿Nos hemos visto en alguna parte?). Lo que debería haber sido un prólogo de unas cuantas páginas, se convirtió en un libro de 312 páginas y su publicación fue un éxito en Estados Unidos. De la noche a la mañana Nuala O’Faolain se convertía en un hito editorial. Luego vendrían otras obras:

“My dream of you” (2001), “Almost there” (2003), “The story of Chicago May” (2005). En las que continuaba la saga de su vida. Más tarde publicaría “Quimeras”.

Al final de su vida dirigía un taller de creación literaria en una universidad de Estados Unidos.

El 12 de abril de 2008 reconocía, públicamente, que padecía cáncer de pulmón y que no sólo aceptaba la enfermedad sino que rechazaba todo tratamiento agresivo, como podía ser una quimioterapia. En dicha alocución radial, dijo frases tan bellas como:

“La belleza ya no significa nada para mí. Traté de leer a (Marcel) Proust de nuevo recientemente, pero se ha ido. La magia se ha ido. Me impresionó la rapidez con que mi vida se tornó negra.”

Para una mujer como ella -culta, melómana- al no experimentar placer con las cosas que siempre había amado, era una sensación peor que la enfermedad que la aquejaba. Al mismo tiempo reconoció ser atea y por lo tanto no creer en otra vida, por lo que se lamentó que todos sus conocimientos y experiencia adquirida, se fueran con ella a la tumba; e igualmente se lamentó de dejar a los amigos que amaba. Los últimos años los había vivido en Nueva York, así que una vez que se enteró que pronto iba a morir, emprendió un periplo hermoso: Viajó a Berlín para asistir a la Ópera, visitó el Museo del Prado en Madrid y fue a Sicilia, para luego internarse en una clínica para enfermos terminales en Dublín, donde finalmente falleció. Una bella forma de aceptar la partida definitiva y muy diferente a la muerte de millones de personas, como había sido el caso de los muertos en los campos de concentración de Auschwitz o a causa del hambre en Darfur; como ella misma lo reconoció. Nuala O’Faolain murió rodeada de la gente que amaba y en Irlanda, su país, y en su ciudad, Dublín. Murió en el espacio que reconocía como suyo y al que estaba íntimamente unida, tal y como ella lo reconociese en la entrevista anteriormente mencionada.
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[1] O’Faolain, Nuala. On s’est déjà vu quelque part? Sabine Wespieser Éditeur. 2002. Pág: 7 (Traducción libre del francés al español por la autora del libro).

[2] O’Faolain, Nuala. L’histoire de Chicago May. Sabine Wespieser éditeur. 2005. Pág: 273 (Todas las notas concernientes a este capítulo son traducción libre de la autora del presente artículo).

[3] Idem. pág. 372-373

[4] Autor de “Las cenizas de Ángela”Premio Pulitzer 1997 y llevado al cine en 1999 por Alan Parker.

lunes, 4 de julio de 2011

MARIE NIMIER

En un blog anterior (17.11.2009) escribí sobre “El Africano” (2003) de Le Clézio, Premio Nobel 2008, obra que busca comprender a un padre ya muerto y al que poco o nada se ha conocido. En esa misma línea Marie Nimier, francesa como Le Clézio, escribe “La Reina del silencio”. El nombre de Marie Nimier no nos dice nada en Colombia; es más, me atrevería a decir que en América Latina tampoco es conocida. No sucede lo mismo en Francia. Allí, cuando se pronuncian las dos palabras que componen su nombre y apellido, puede observarse una estela luminosa, seguida de un silencio respetuoso y bien merecido. Marie Nimier nació en París en 1957 y publicó su primera obra a la edad de 28 años; una novela con tintes autobiográficos, de una joven suicida y con la cual obtuvo nada menos que el Premio de la Academia Francesa y de la Sociedad de amigos de las Letras en 1985. Desde entonces no ha dejado de escribir. Actualmente tiene una importante producción que abarca desde canciones y literatura infantil y juvenil, hasta novelas y obras de teatro.
Sin embargo, mi primer encuentro con Marie Nimier fue sólo en el 2004, a través de TV5, la cadena francófona para América Latina, que me permitió, por espacio de algunos años, mantener los lazos con una lengua y una cultura que siempre han sido mi pasión. Era un reportaje que le hacían sobre el libro que acababa de publicar:” La Reina del Silencio” y con el cual había recibido el Premio Médicis. La presentación del libro giró en torno a la figura de su su padre, escritor como ella, prematuramente desaparecido. La escuché hablar -o más bien callar-, sumirse en un silencio insondable, sería la expresión adecuada, cuando se le interrogó sobre el título del libro. En todo caso intuí que era un relato desgarrador e íntimo. Dos años después pude adquirir la obra en cuestión. Su lectura no me defraudó, al contrario, fue un bálsamo para las sensaciones que había despertado en mí la entrevista del 2004. Una entrevista que hablaba de la figura paterna y todo lo que hable sobre dicha figura tiene para mí un significado inmenso. Es por ello quizá que siempre he amado a Jorge Manrique (1440-1479) y sus “Coplas a la muerte de mi padre” y es también una de las razones por las que me gusta tanto “El olvido que seremos” (2006) de Héctor Abad Faciolince.
“La Reina del Silencio” es una obra psicológica, donde la autora hurga en el pasado. Un pasado desconocido para ella o simplemente olvidado. Es un libro que trata de buscar respuestas a las pesadillas y a los miedos que la acechan en la noche. Bucea en los recuerdos de sus hermanos y en los de su madre, interroga a los amigos de su padre, busca en los periódicos de los años 1950 y 1960. Es decir, Marie Nimier parte en un viaje cuyo destino principal es saber quién fue verdaderamente su padre, al que perdió a la edad de cinco años.
Roger Nimier (1925-1962), su progenitor, fue un escritor aclamado por la crítica literaria, una especie de “enfant terrible” de la literatura francesa. Un hombre al que se amaba o se detestaba, pero que nunca pasaba desapercibido. Escritor irreverente, una especie de dandi del siglo XX, amante de la buena vida, sibarita refinado, amante de las mujeres; un “coureur de jupons”, como dicen los franceses. Un hombre brillante, poseedor de una pluma no menos brillante y que significaba en Francia todo un icono a seguir. No obstante, estando en el culmen de su carrera literaria, decide abandonarla y darse un receso de 10 años, previo consejo de un amigo escritor, poco talentoso, y al que imagino enfrentado a una furia de celos frente al talento de Roger Nimier. Una especie de “reclusión”, término empleado por él mismo.
“Mi padre ni siquiera tiene 30 años cuando decide dejar de escribir novelas, y sin embargo, hace parte de los 10 mejores novelistas franceses, según una encuesta publicada en Nouvelles Littéraires; no obstante interrumpe deliberadamente su carrera. Esta decisión le fue sugerida por un amigo, 40 años mayor que él. … Pienso en mi padre, en el silencio de mi padre. Pienso en la tristeza que ha debido sentir al leer las cartas de Jacques Chardonne. Lloro su silencio como nunca he llorado su desaparición. ¿Cómo es posible tomar una decisión semejante a los 29 años? ¿Qué es lo que uno puede decirse a sí mismo? ¿Qué no se tiene talento?... ¿Qué debería haber ganado el Premio Goncourt? ¿Que los otros no saben leer, ni apreciar y que se está cansado de no ser comprendido?... El año en que mi padre deja de escribir, Barthes firma “El Grado Cero de la Escritura” y Robbe-Grillet publica “La doble muerte del profesor Dupont”. …. ¿Qué es lo que cree Roger Nimier? ¿Qué lo dejó el tren de la modernidad?” (Marie Nimier, La Reine du Silence, Éditions Gallimard. 2004, Pág. 51-52-57- traducción libre).

Sólo que el receso fue para siempre, puesto que Roger Nimier murió en un accidente automovilístico a la edad de 37 años. Marie Nimier, su hija, escarba entonces en el pasado para entender la postura paterna, y poder así comprender el abandono de la creación literaria, sobre todo cuando se está en el culmen de la fama.
Es esta pérdida temprana, y lo que ella significa -la ausencia del padre-, el padre conocido por toda una generación y desconocido para la persona más importante: su hija, lo que lleva a Marie Nimier a emprender una búsqueda de la imagen paterna, a tratar de entender sus raíces y los traumas que el pasado ha podido dejar en ella. Uno de los cuales es el no haber podido nunca obtener el permiso de conducir, a pesar de haber presentado cuatro veces el examen requerido para dicho fin; como si el accidente sufrido por su padre le impidiera una y otra vez tener la suficiente concentración para no cometer errores. O bien, como si quisiera purgar eternamente la desaparición del padre, como si en últimas ella fuera la culpable de su muerte.
“La Reina del silencio” posee un lenguaje lírico, intimista; es como una brisa que poco a poco se vuelve viento y que termina por ser un huracán que lo arrasa todo. Es un lenguaje doloroso, conmovedor; es como si se penetrara en terrenos pantanosos, en arenas movedizas, y se temiera a cada instante que la tierra termine por tragarnos. El pasado regresa una y otra vez, la mayoría de las veces a través de pesadillas que le impiden respirar, un pasado que trata de unirse a su presente; a un presente que Marie Nimier rechaza; pero sin ese presente no podría entender ni a su padre ni entenderse a sí misma; por lo tanto sabe muy bien que la búsqueda de la verdad, de “su verdad”, es lo que le permitirá la reconciliación consigo misma y con la imagen del padre que la acecha permanentemente.
En esa búsqueda hay dos palabras que cobran una importancia enorme; la una es “silencio”:
“Numerosos son los escritores que han visto morir a sus padres cuando eran niños. ¿Esta pérdida prematura significaría una pequeña máquina que fabrica, alternativamente, escritura y silencio? Primero de la escritura, para llenar el vacío, y luego el silencio, para hacerse perdonar el hecho de haber robado la palabra paterna, ¿de habérsela apropiado?” (Idem. Pág. 55).
Con esta cita se entienden aún más los traumas de Marie Nimier. Es como si ella se sintiera culpable de estar viva, de escribir, de “usurpar” el lugar que le correspondía al padre. Es como si ella misma se recriminara a sí misma de ser una “ladrona de palabras”. Una culpa que siente que debe expiar por siempre, de ahí el hecho de no haber podido nunca pasar el examen para obtener el permiso de conducir. “Silencio”, es una palabra que aparece una y otra vez a todo lo largo de la narración, hasta casi hacerse a la idea que ese estado, o esa palabra, es la protagonista de la obra.
La otra palabra es “miedo”:
“… el miedo es también la náusea, la misma que me atacaba cada verano en el bus de Saint-Brieuc, la misma que ahogaba con azúcar blanca remojada en alcohol de menta, como si cada vez que pasara cerca del cementerio donde está enterrado mi padre, hubiese sido necesario marcar con ese acto, lo que nunca pudo ser por las palabras. El miedo no era solamente la sensación de ahogo. … sino las piernas temblorosas y la imposibilidad de hablar o de gritar para protegerme del peligro; mis cuerdas vocales hacen parte de ese circuito curioso que une las partes altas y bajas del cuerpo, en una misma incapacidad visceral de reaccionar contra la violencia cuando era dirigida hacia mí.” ( Idem. pág, 157)
¿Qué es lo que esconde Marie Nimier? ¿De qué violencia habla? ¿Acaso fue víctima de abuso sexual por parte de su padre? ¿Es esa la razón principal por la que sufre pesadillas? ¿Y la sensación de ahogo? ¿Qué se le dijo que no dijera?
Es un miedo visceral que se acentúa aún más cuando ve o coge un cuchillo; o el miedo que le inspiran sus propias muñecas, a las que tuvo que tapar durante años con manillas, para poder escapar a su visión. Ella misma reconoce que las muñecas son su Talón de Aquiles. El origen de ese miedo lo conoceremos más adelante cuando sepamos que su padre intentó suicidarse cortándose las venas en la bañera de su apartamento:
“Mi madre está convencida que yo no estaba presente, que no vi las sábanas en la bañera –mucho menos las hojas de afeitar-. Es una de las últimas cosas que me contó de mi padre, su tentativa de suicidio, antes de ella nadie me había hablado al respecto. … es mejor un padre muerto que un padre que amenaza con llevarnos consigo. De arrancarnos del lado de la madre a la que se adora. Que un padre que rompe el sofá. Que un padre que trata de estrangular a su mujer y al día siguiente llega con los brazos llenos de rosas”. (Idem, pág. 125-126)
Ella misma intentará suicidarse tirándose a las aguas heladas del Sena, previa ingestión de una fuerte dosis de barbitúricos, mucho antes de conocer la historia de tentativa de suicidio de su progenitor. Incluso mucho tiempo antes de leer una carta que su padre le escribió a uno de sus amigos cuando ella nació:
“Nadine dio a luz ayer a una hija. /Inmediatamente me fui al Sena para ahogarla y así nunca más oír hablar de ella”. (Idem, pág. 143)
“Para él yo era la Reina del Silencio, sobrenombre poético que me dejaría un mal gusto en la boca, un gusto a fuego y a sangre. ¿Qué reina podía ser yo en su espíritu, yo a quien él había llamado María Antonieta en el registro del estado civil? Una reina silenciosa, una reina a la que se va a cortar la cabeza…” (Idem, pág. 53)
La niña que estorba, la niña que no se deseaba tener, la niña que debe guardar “silencio”, “la reina del silencio”. ¿Qué secreto insondable, oscuro y siniestro guarda una niña de escasos cinco años? ¿Acaso el abuso al que se hacía alusión antes? ¿Es esa la clave para poder exorcizar el pasado y liberarse de las pesadillas? ¿Es ese secreto el que le impide respirar, moverse, ser ella misma? Marie Nimier, no revela el secreto. Sólo sugiere. Es el lector quien debe sacar sus propias conclusiones. El relato de “La Reina del Silencio”, si bien es extremadamente doloroso, también es respetuoso para con el padre. Podría incluso decirse que es un relato púdico, que busca dejar en el pasado momentos escabrosos que podrían “dañar” la imagen del escritor, del hombre público; así su hija necesite a toda costa exorcizar el pasado. En todo caso, el libro es un homenaje al padre y al escritor, pero también muestra la faceta de un hombre lleno de “errores”, de faltas, y el peso que éstas dejan en su progenie.

lunes, 20 de junio de 2011

AKIRA YOSHIMURA

Akira Yoshimura (1927-2006), ganador de múltiples premios y autor de una obra prolífica, pero poco conocido en Colombia; tal pareciera que estuviésemos condenados a navegar por un pequeño mar de conocimiento, ignorando los inmensos océanos que existen. Acabo de leer uno de los libros del autor en cuestión “Libertad bajo palabra”, llevado al cine por Shohei Imamura, con el título de “La anguila” (Premio a la Mejor Película Extranjera en el Festival de Cannes - 1998). Yoshimura fue Director de la Asociación Japonesa de Escritores y del Museo de Literatura Japonesa Moderna, entre otros cargos de importancia cultural.
“Libertad bajo palabra” (Emecé Editores-2002), es la historia de un hombre condenado a prisión por el asesinato de su esposa. La obra se desarrolla cuando sale libre bajo palabra y decide trabajar como obrero en la construcción de una represa. Hasta ahí la historia pareciera banal, sino fuera porque los trabajos a desarrollar tienen lugar en un valle prácticamente inaccesible rodeado de montañas y espesos bosques. En dicho lugar vive una comunidad de 300 personas que no tiene contacto con el mundo externo y que ha estado allí por generaciones. El libro narra el choque entre la comunidad y los empleados de la compañía encargada de los trabajos y de los empleados estatales, que buscan indemnizar a la población al menor costo posible, sin tener en cuenta, además, lo que podría sucederle después. Es decir, sin llevar a cabo estudios sociológicos que permitan una mejor comprensión de la comunidad y por lo tanto que permitan asegurarle un mejor futuro.
La obra es una pequeña tragedia al mejor de los estilos griegos, contada con un lenguaje simple. El destino del narrador, al cual él no puede ni quiere escapar, se entrelaza con el drama que llega como un huracán devastador a ese valle otrora bucólico; pero con códigos sociales bastante estrictos. Los acontecimientos, que van desde la violación, pasando por el suicidio y el asesinato, son contados con un lenguaje de una poesía sutil, delicada, refinada. El lector observa los acontecimientos detrás de la bruma, a través de la cual ve desfilar el pasado del protagonista y el presente del que es testigo obligado. Esta pequeña obra de arte (173 páginas), nos pone delante de la condición humana y toda la miseria que ella conlleva. Es un libro que invita a la reflexión sobre nuestra propia historia y el drama de los más de tres millones de desplazados por los paramilitares, las FARC, y porque no decirlo por el ejército; en esta guerra fratricida a la que los colombianos asistimos de espaldas, ignorando la tragedia que tiene lugar en el patio de nuestras casas. Pero también me hizo pensar en los pueblos desaparecidos bajo las aguas, bien sea intencionalmente, como es el caso de las represas, o en los pueblos borrados del mapa por el invierno que acabamos de vivir.
Akira Yoshimura murió en la primavera de 2006, él mismo decidió el momento de su deceso; ya que estaba aquejado de un cáncer terminal y prefirió una muerte digna al insoportable tratamiento médico que a veces se realiza con el único fin de alargar más la vida, ya de por si dolorosa, de un paciente condenado irremediablemente a la muerte. Lo hizo en su casa, acompañado de su esposa, Setsuko Tsumura, también escritora. A su hija, y cuidadora, le había anunciado horas antes que partiría para siempre. No obstante, tuvo la fuerza suficiente para trabajar en una novela hasta el último momento. Una hermosa forma de morir.

martes, 3 de mayo de 2011

ERNESTO SÁBATO O EL LABERINTO DE LA SOLEDAD

El sábado 29 de abril murió en su casa de siempre, en Santos Lugares, Buenos Aires, Argentina, el gran poeta, pensador y ensayista, Ernesto Sábato, Premio Cervantes 1984. El próximo 24 de junio hubiera cumplido la edad legendaria de 100 años. Es por eso que su muerte no me tomó por sorpresa, al igual que él, yo sabía que su partida era más que inminente; aunque Sábato la esperaba desde hacía más de veinte años. Murió prácticamente ciego, como si su enfermedad hubiese sido una consecuencia directa de su portentoso texto “Informe sobre ciegos”. No en vano Sábato decía que las coincidencias no existen, como si en el fondo todo tuviese un sentido predeterminado, pero ante todo trágico. Y es que la obra de Sábato, como su vida, está signada por el dolor y el sufrimiento. Él mismo decía que siempre sintió estar viviendo en el cuerpo de otro, ese otro era su hermano mayor que había muerto antes de los dos años y al que su madre había bautizado Ernesto. Cuando el Ernesto del que hablo nació, su progenitora decidió llamarlo así para reemplazar al hijo que había perdido. Es posible que eso haya influido en el hecho de querer sobreproteger al hijo; puesto que durante toda la infancia Sábato miraría la vida a través de una ventana, de esa forma vería jugar a los demás niños, los vería correr, caerse y volver a levantarse, los vería pelear y reconciliarse; por lo que la realidad para él era algo que se veía a través de un vidrio, no algo que se vive. Ese sentimiento de soledad y aislamiento aparecerá más tarde en su obra “El Túnel” (1948), publicada inicialmente por la Revista El Sur.
“El Túnel”, narrado en primera persona, presenta algunas semejanzas con esa otra joya literaria de Albert Camus, “El Extranjero” (1942), obra existencialista, donde la incapacidad de mostrar los sentimientos lleva a Mersault, su protagonista, a ser condenado a muerte por un asesinato, que en otras circunstancias le habría valido sólo una ligera pena de prisión. En el caso de Juan Pablo Castel, protagonista de “El Túnel”, él mismo afirma, desde el principio de la obra, que mató a la única mujer que amaba y la única que lo comprendía. Camus, como lo había hecho antes Marguerite Yourcenar con la obra de Virginia Woolf y de Constantino Kavafis, dio a conocer a Ernesto Sábato en los círculos intelectuales de París; y en Alemania es Thomas Mann quien lo elogió.
Según Sábato la existencia humana se desarrolla en un túnel en el que hay pequeñas ventanas, en las cuales nos detenemos a mirar otros túneles, y de vez en cuando nos tropezamos con la mirada de otra persona que se ha detenido al mismo tiempo que nosotros y que también nos observa; es entonces cuando hacemos gestos inútiles que buscan establecer una comunicación con ese otro ser que vaga perdido en un túnel paralelo al nuestro. En la obra que nos ocupa, Juan Pablo Castel conoce a María Iribarne, la única persona que se detiene a mirar el pequeño detalle que ha pintado en una obra, “Maternidad”, en la que hay una mujer que observa jugar a un niño, pero en un extremo de la obra hay otra pequeña escena, una mujer mira el mar a través de una pequeña ventana; detalle que ha pasado inadvertido para todos los asistentes a su exposición, menos para ella. Y es que Sábato es, ante todo, el escritor de la soledad y de la incomunicación humana. Su obra metafísica narra el dolor humano, pero también la incomprensión y el desconocimiento que cada uno de nosotros tiene en cuanto a su propio ser se refiere. Para entender mejor esta idea en “Sobre Héroes y Tumbas” (1961), Sábato habla de las máscaras que cada uno de nosotros se pone para ocultarle a los demás nuestros verdaderos sentimientos; dice que para cada ocasión y para cada interlocutor utilizamos una máscara diferente, y que sólo nos despojamos de ella cuando estamos solos o cuando creemos estarlo.
“Sobre Héroes y Tumbas” es también una epopeya, ya que Sábato narra una parte de la historia argentina; pero también es una discusión filosófica y literaria. Hay un capítulo, que debería ser lectura obligatoria en las clases de literatura, en el que dos de sus personajes, Martín y Bruno, hablan de Borges. Pero sobre todo hay una frase que considero maravillosa y que resume muy bien lo que debería ser considerado buena literatura, en ella Bruno le dice a Martín, palabras menos, palabras más, que no entiende porque en Europa le piden a la literatura latinoamericana hablar de gauchos o de la pampa, cuando hablar de una pareja que se besa en un parque, hace que la narración deje de ser local para convertirse en universal. Pero a Martín y a Bruno también los une el fantasma de una mujer, Alejandra. Heredera de una vieja y rancia familia de abolengo, Alejandra termina inmolándose en la casa de sus ancestros junto con su padre, Fernando Vidal Olmos; acto premeditado que busca, a través del rito del fuego, purificar el incesto en el que viven desde hace muchos años. No obstante, Sábato siempre deja abierta una posibilidad hacia un futuro mejor, por ello, al final del libro, hace alusión a una luz encendida en medio de la noche, y luego Martín viaja el sur como una posibilidad de renacimiento y de esperanza. “Sobre Héroes y Tumbas” es, también, una obra surrealista, completamente onírica. No hay que olvidar que Sábato, luego de obtener un Doctorado en Física, había viajado a París en el año de 1938 con una beca para seguir sus estudios en el Instituto Juliot-Curie; pero su encuentro con André Bréton le mostró que había otra senda diferente a la ciencia. Esa senda era la literatura y Sábato se sumergió en ella como si fuese un mar insondable, donde nadaría siempre en busca de una orilla en la cual pudiese descansar; aunque era consciente de ese imposible.
“Abbadón, el exterminador” (1974), es tal vez su obra más compleja y densa, pero también la más perturbadora de su trilogía literaria. Podría decirse que es una continuación de “Informe sobre ciegos”, ese relato prodigioso que hace parte de “Sobre Héroes y Tumbas” *. En este libro, Sábato bucea en realidades y mundos diferentes. Se pasa de la historia argentina y de la historia del siglo XX a mundos aún más oníricos, si cabe la expresión, que en su obra anterior; es una búsqueda del absoluto y una lucha contra fuerzas ocultas que acechan al ser humano. También encontramos crítica literaria y a un Sábato que hace gala de una inmensa erudición y reflexión existencial, donde él se convierte en un personaje más de la ficción. Con dicha obra ganó en Francia, en 1976, el premio a la mejor obra extranjera.
Pero Sábato no sólo fue un excelente novelista, sino un excelente ensayista, que de una u otra forma creó una corriente filosófica, la “cosificación” del hombre contemporáneo. Para Sábato, la angustia y la soledad del hombre del siglo XX, y porque no decirlo del XXI, se debe a una eterna expiación que estaría pagando, por haber dejado a un lado la época de la espiritualidad que imperaba en el Medioevo, donde el mundo giraba en torno a Dios, lo que comúnmente se conoce como teocentrismo; para dar paso al Renacimiento, época antropocéntrica, donde el mundo olvidó a ese ser superior y entronizó a la razón, sin haber dejado nunca de rendirle tributo.
Sábato también jugó un papel decisivo en política, ya que en su juventud fue comunista y anarquista. Fue, también, un gran defensor de los Derechos Humanos. En 1984, al año siguiente del derrumbe del gobierno de facto (1976-1983); Raúl Alfonsín creó una comisión, la CONADEP, encargada de investigar el horror de esa larga y tenebrosa noche que fue la dictadura argentina; con el fin primordial que los 30000 desaparecidos, y el horror de las torturas a las que fueron sometidos muchos más, no quedaran en el olvido ni en la impunidad, un esfuerzo heroico para el rescate de la memoria y que aún hoy sigue dando frutos con la condena a perpetuidad, en una prisión común, el pasado 22 de diciembre de 2010, de Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la junta militar; el mismo que Ernesto Sábato visitara al comienzo de la dictadura. La comisión en cuestión fue presidida por Sábato y nueve meses después se publicó el informe “Nunca más-Informe de la CONADEP- Septiembre de 1984”, también conocida como “Informe Sábato”, con un prólogo escrito por él.
Para terminar con esta breve presentación de una parte de su extensa obra, quisiera reseñar su último libro “España en los diarios de mi vejez” (2004). Oda a ese país al que los latinoamericanos estamos unidos por sentimientos de rencor y de amor; es una obra lírica e intimista, cuya lectura me produjo un inmenso placer y me hizo recordar ese gran poema de Pablo Neruda, “España en el corazón” (1937).
Es de anotar que la primera vez que escribí sobre Ernesto Sábato, fue en 1980 y 1981, cuando con un gran entusiasmo y pasión leí su obra y escribí una monografía para obtener el diploma universitario en la Universidad Javeriana. Trabajo que fue dirigido por el gran docente y crítico literario Cristo Rafael Figueroa, alguien a quien respeto y admiro profundamente. La lectura y análisis del universo sabatiano, tuvieron una fuerte influencia en mi desarrollo y madurez; nunca más volví a ser la misma, Sábato, sin saberlo, me cambió la vida para siempre. Por último quisiera decir que si alguien se merecía el Premio Nobel de Literatura, era Ernesto Sábato, lástima que en Suecia nunca lo hubieran entendido.

*Para mayor información sobre Informe sobre ciegos puede leerse en mi blog la entrada titulada: Ernesto Sábato: elementos míticos en Informe sobre ciegos.

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