lunes, 25 de agosto de 2008

María Isabel Rueda y su corta visión sobre la violencia de género (respuesta a uno de sus malogrados consejos)

NOTA: El presente artículo hace parte de un libro que preparo en la actualidad sobre la mujer, por lo tanto hay que leerlo teniendo en cuenta dicha premisa.

VIOLENCIA DE GÉNERO

En el caso de Colombia la desigualdad es enorme; así se haya legislado a favor de la mujer, la oferta de trabajo privilegia al hombre y a la mujer se la sigue considerando inferior en capacidades y en desempeño laboral. En cuanto al desempleo femenino es del 22%, uno de los más altos en América Latina, frente al 17%; donde el desempleo alcanza la escalofriante cifra de 6.5 millones de mujeres cesantes, mientras que México tiene el más bajo con 2.7%, hombres incluidos. El promedio salarial de las mujeres en Colombia es del 25% menos que le de los hombres; mientras que las estadísticas de mujeres jefes de hogar, para 1998, era del 24.4%, según datos proporcionados por el DANE, en el 2000. Por otra parte la precariedad de los empleos, en América Latina, afecta más a las mujeres que a los hombres, ya que muchas de ellas trabajan en actividades donde es más difícil ejercer un control por parte de la administración; como es el caso de las empleadas domésticas. En Colombia el 18.5 de la población femenina rural es analfabeta, 0.6% más que la población masculina. Los préstamos del Banco Agrario en el 2000, eran del 84% para los hombres y el 16% para las mujeres. La titulación de terrenos baldíos es del 44% para los hombres y del 28.4% para las mujeres.[1] Sin olvidar que es el país con el mayor número de desplazados en el mundo, 3000000, en el 2008. Víctimas del conflicto armado que padecemos desde hace 50 años, pero sobre todo víctimas del paramilitarismo. En cuanto a la violencia física en contra de las mujeres, habría que recordar que en Argentina cada 36 horas es asesinada una mujer, el 40% de ellas por sus conyugues o compañeros. Sólo en el 2007 fueron asesinadas 240. “La tasa más alta de femicidios en Europa corresponde a Rumania, con 12,9 mujeres asesinadas anualmente por un millón de habitantes. En Bélgica es de 10,61, en Portugal de 5,07 y en España de 3,27. La tasa más alta en el mundo es la de Colombia”. El País, España, 2004[2] En Francia cada 72 horas una mujer es asesinada por su pareja o expareja. Sus derechos sociales aún están por debajo de sus derechos civiles y políticos. En el 2007, 4000 mujeres fueron violadas cada mes, lo que arroja una cifra aterradora de 48000 violaciones en el año. Una mujer, de cada 10, confiesa ser víctima de violencia conyugal, pero sólo un 13% denuncia. En España la violencia contra la mujer no ha dejado de crecer en los últimos años. Sólo en el 2007 hubo 170 asesinatos cometidos en el seno de su hogar. Asesinatos que se comenten cada vez de manera más brutal: uso de hachas, tirarlas por la ventana o el balcón o quemarlas vivas. El 6 de diciembre de 1989 ha pasado a la historia como una de las más tristes fechas de feminicidio en el mundo. Me refiero a la Masacre de Montreal, donde murieron 19 estudiantes de la Escuela Politécnica, llevada a cabo por un solo hombre que las asesinó por ser mujeres y por robarle, según él oportunidades de estudio y empleo. Luego de cometer el acto se suicidó, dejando una carta en la que enfatizaba en que no era un loco, sino que había realizado el asesinato colectivo con plena conciencia de sus actos. Su nombre era Marc Lépine. Según Pierre Guéno, una mujer de cada 3 en el mundo, es golpeada u obligada a tener relaciones sexuales o sufre tortura psicológica. Desafortunadamente el silencio y el sufrimiento de millones de mujeres son pan de cada día y aún está lejos el día en que se termine. No obstante muchas veces la peor enemiga de la mujer es la mujer misma. Y sin embargo María Isabel Rueda, periodista de gran renombre en Colombia, le aconsejó al Congreso de la República de olvidarse de legislar a favor de la equidad de género. No solo es una enorme privilegiada en un país donde la iniquidad es rampante, sino que le da la espalda a sus congéneres, con el flojo argumento que en su caso nunca ha sido discriminada. Desafortunadamente ella no es la única en pensar de esa forma, por lo que la tarea por la reivindicación de los derechos de la mujer sigue siendo ardua, en América Latina en general y en Colombia en particular. María Isabel Rueda no es una periodista del siglo XIX, ni de mediados del siglo XX, aunque parezca demasiado insólito; estoy hablando de una mujer contemporánea y con gran influencia en el país. Por lo que Florence Thomas, la gran feminista y directora del Grupo Mujer y Sociedad, le escribió una carta abierta en su columna semanal del diario El Tiempo (7 de agosto de 2008), lo siguiente: “Recomendarle al Congreso no perder el tiempo con las reivindicaciones de las mujeres me parece demostrar una visión ingenua, clasista, pobre y, sobre todo, tan centrada en tu propia condición. No cabe duda de que necesitamos un Congreso con una fuerte perspectiva de género, con una decidida voluntad política que les apueste a los derechos de las mujeres, con una bancada de mujeres que no se deje manosear por los patriarcas de siempre, que no tenga miedo de hablar de mujeres cada vez que sea necesario, pues al contrario de perder tiempo, sería ganar un tiempo invaluable para el desarrollo de este país. El mundo empieza a saber que cuando las mujeres de un país avanzan, el país avanza y ningún hombre retrocede. Y para que las mujeres avancen necesitan herramientas legislativas, participación masiva en los espacios de decisión política y acciones positivas. Necesitan convicción para romper la aún mundial hegemonía masculina y convencer a mujeres como tú de que la democracia sin las mujeres no anda”. Habría que recordarle a María Isabel Rueda que en Colombia la violencia intrafamiliar afecta al 67% de mujeres y el 16% de los niños sufre maltrato infantil. Sólo en el 2007 se registraron 183 femicidios y entre enero y julio del 2008 se han presentado 64, según cifras de Medicina Legal” (datos proporcionados por El Espectador, 16.08.08). En materia de legislación en pro de la defensa de las mujeres, habría también que recordarle lo siguiente: Desde 1890 y durante más de 90 años el Código Penal contaba con una figura denominada Legítima Defensa del Honor, mediante la cual se exoneraba al hombre por asesinar a su esposa si ésta le era infiel. Un recurso polémico que fue reformado luego de la batalla que libraron las mujeres por la igualdad de género y el restablecimiento de sus derechos, aunque hoy en día sigue vigente para casos en los que se comprometa la reputación o el respeto por los derechos fundamentales de una persona. Actualmente existe otra figura que también ha generado controversia. Se trata de la motivación de ira e intenso dolor, un argumento que puede usar el abogado del agresor para que la condena se rebaje significativamente. Pero no es utilizado frecuentemente, porque se considera demasiado complaciente. De hecho, este no es el único mecanismo que existe en Colombia para lograr reducir considerablemente los años de prisión. Si el hombre o la mujer confiesa el asesinato, la pena ya no será de 25 a 40 años de cárcel, sino que puede llegar a ser de diez años o menos. El grupo de investigadores que trabajan en la Unidad de Vida de la Fiscalía explican que cerca del 70% de los casos de crímenes pasionales que se registran, por lo menos en Bogotá, son ejecutados por el esposo. La razón es que normalmente la mujer toma un arma como símbolo de protección, pero rara vez con la intención de usarla”.[3] Es claro que si no fuera por la legislación, la violencia contra las mujeres sería aún mayor, algo que María Isabel Rueda parece no comprender; por lo que yo agregaría que defender nuestros derechos y decírselo en una carta abierta, como lo ha hecho Florence Thomas, no significa que ella sea nuestra enemiga, ni que las feministas odiemos a las que no lo son; simplemente es hacerle caer en cuenta cuan ingenua puede ser su postura y cuanto análisis de la violencia de género le queda por hacer. La violencia en contra de las mujeres no ha dejado de crecer, pero también es cierto que hoy en día es más visible de lo que era hace 10 o 30 años. Al menos en lo que concierne al mundo occidental, las mujeres cada vez toman más conciencia de sus derechos y por lo tanto las denuncias se han incrementado. Lo que antes se cubría con un velo en la familia, imponiéndose la ley del silencio, hoy esa ley comienza a resquebrajarse; el miedo hacia el violento que habita en nuestra propia casa, poco a poco da paso a una toma de conciencia por parte de la mujer y en algunos casos de los hijos, por lo que la mujer encuentra las fuerzas necesarias para buscar ayuda y denunciar a la pareja que la acecha y martiriza. El sentimiento de inferioridad, tan arraigado en el género femenino, comienza a dar paso a un sentimiento de rebeldía ante la infamia de la que es víctima. Sin embargo no puede decirse lo mismo de los países musulmanes o de la India; sin contar con los países de regímenes totalitarios como la China y Cuba, donde los delitos son celosamente guardados por el Estado, por lo que la opinión pública desconoce lo que verdaderamente pasa en su propio país y por supuesto sin que les llegue nunca información de lo que sucede en el resto del mundo; ya que la opresión política también es otra forma de discriminación hacia una población en general y hacia la mujer en particular. Es el caso de Aung San Suu Kyu, la líder política del partido de oposición birmano. Desde 1990 ha estado prisionera en su casa, luego de haber ganado las elecciones con el 80% de votos a su favor. Desde entonces ha estado incomunicada, con algunas breves excepciones en las que ha quedado libre. En 1991 ganó el Premio Nobel de la Paz, pero la Junta Militar le negó la salida del país. Es también el caso de Benazir Butho, aparentemente asesinada en 2007 por órdenes expresas del presidente Musharraf, quien ayer mismo (18.08.08) debió demisionar, antes de exponerse a un juicio político en Pakistán. [1] Datos publicados en: Las mujeres en Colombia: una situación de desventaja. http://www.rel-uita.org/old/mujer/las%20mujeres%20colombia.htm [2]16 días de activismo contra la violencia hacia las mujeres. http://www.margen.org/wp/2007/11/25/16-dias-de-activismo-contra-la-violencia-hacia-las-mujeres/ [3]SUAREZ, Mariana y Diego Alarcón. El Espectador. Bogotá 16.08.08

lunes, 4 de agosto de 2008

Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres de Hunan

Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres de Hunan

Si bien es cierto que el derecho a la educación les fue negado por siglos a las mujeres, tanto en la sociedad occidental como en la oriental, también es cierto que no todas se plegaron con facilidad a esta forma de tiranía. Es el caso de las mujeres de la provincia de Hunan, situada en el centro de la China, al oeste de Pekín. En los años 90 una periodista china escuchó atónita como en un Congreso de Mujeres en Canadá le preguntaban por el lenguaje secreto de las mujeres de Hunan. En ese momento no supo que responder porque nunca había oído hablar de él. A su regreso a China viajó a dicha provincia con el fin de investigar sobre el Nushu, o lenguaje de las mujeres. En ese momento no quedaban ni media docena en conocerlo. Eran todas ancianas y la última de ellas murió en 2004, llevándose consigo todo un código de signos que hasta los más hombres más eruditos no han logrado descifrar del todo. El Nushu posee alrededor de 700 signos y el chino literario cuenta con alrededor de 40000. La población maneja un promedio de 4000. Este lenguaje se remonta a varios cientos de años atrás, incluso hay quienes lo sitúan en el año 300 dC. La mujer china, como tantas otras, ha sido víctima de un machismo aberrante, por lo que generalmente ha estado recluida en su casa. Las mujeres de Hunan no eran una excepción, por lo que inventaron un sistema de comunicación a través del canto. Como no podían salir de sus casas se sentaban en las ventanas y se cantaban las unas a las otras. En esas canciones se contaban sus pequeños secretos, dolores, sus alegrías y el maltrato sufrido por sus cónyuges. Al mismo tiempo comenzaron a crear un sistema de escritura único y desconocido por los hombres. Como a las mujeres chinas se les prohibía el acceso a la educación, no sabían leer ni escribir el mandarín, decidieron crear el Nushu. Y al no tener hojas de papel a su alcance, ya que su uso era exclusividad de los hombres, crearon pequeños libros en seda, en el cual daban consejos a las hijas casaderas. Estos libros se conocían con el nombre de “cartas del tercer día”, ya que eran enviadas a sus hijas al tercer día de su matrimonio. Es de anotar que una vez casadas, la probabilidad de volverlas a ver eran más que remotas, ya que pasaban a formar parte de la familia del marido, quedando bajo la tutela de éste por el resto de su vida. Un marido que conocía solo el día de la boda; es de anotar que los matrimonios eran concertados por los padres. Otra forma de escribir era en los abanicos; pero sobre todo en las vendas que utilizaban las mujeres para evitar el crecimiento de los pies, previamente fracturados por sus propias madres; esto con el fin de lograr el canon de belleza exigido por los hombres. No solamente escribían pequeñas historias sobre sus vidas, sino poemas y hasta relatos de lo sucedido en sus comarcas. En la seda y en los abanicos, los signos eran pintados, y en la venda, bordados. Cuando la mujer moría, todas sus pertenencias eran enterradas con ella, así que hoy en día se conserva muy poco material. Además este lenguaje fue severamente perseguido durante la Revolución Cultural, habiéndose desatado lo que se denominó “caza de brujas”. Las mujeres que lo conocían o bien fueron torturadas y/o asesinadas o bien decidieron nunca más volver a expresarse en Nushu. Por lo que la lengua se perdió. En el año 2004 murió la última mujer que lo conocía, su nombre era Yang Huanyi y tenía 98 años. Sólo entonces el gobierno chino se dio cuenta de la gran riqueza cultural que el mismo había hecho desaparecer, así que abrió un museo con el poco material que se pudo recoger.
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/estrada_berta_lucia/index.htm

lunes, 9 de junio de 2008

LOUISE BOURGEOIS


“EL ARTE ES UNA GARANTÍA DE SALUD MENTAL”


En 1978, hojeando el periódico, leí por primera el nombre de Louise Bourgeois, estaba al pie de una foto que mostraba algo para lo que la sociedad no estaba aún preparada, y mucho menos yo, que venía de una provincia mojigata y conservadora. Se trataba de la exposición “A banquet fashion-A fashion show of body parts”. Era un performance presentado en la Galería de Arte Contemporáneo de New York, donde el crítico de arte Gert Schiff se paseaba entre las obras de Louise Bourgeois luciendo un extraño vestido en látex que ella misma había confeccionado para la ocasión. No volvería a saber de ella y mi frágil memoria la olvidaría. Pasarían poco más de veinte años antes de volver a sumergirme en las imágenes inquietantes de su obra. Fue en el marco del Diplomado de Historia y Crítica del Arte del Siglo XX, programado por el entonces Instituto de Cultura del Departamento, bajo la égida de Carlos Arboleda G. y por la Universidad Santo Tomás. Desde entonces he estado fascinada por esa mujer casi centenaria y que aún continua en el oficio inmenso y doloroso de la creación artística.

Pero solo el año pasado pude estar frente a una de sus obras. Fue en el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se encuentra una de sus grandes arañas y la cual amenaza con engullir a los turistas que se pasean debajo de sus inmensas patas. Esta cercanía me dejó el amargo sabor de no poder contemplar sus Cell, sus tótems o sus dibujos; pero al menos había podido tener una idea más real de la genialidad de la artista. Esta frustración desapareció hace algunos días cuando pude visitar la retrospectiva que le dedicó el Centro Pompidou de París, del 5 de marzo al 2 de junio. Más de 200 obras, exposición nunca hecha hasta ahora de su producción artística, en cuanto a la cantidad de obras se refiere. Es de anotar que nunca una obra, o más bien el conjunto de ellas, me había producido un impacto tan absoluto y brutal. Sus Cell me sumergieron en un mundo doloroso, oscuro, turbio; fue como descender a las tinieblas de un pasado agobiante y lacerante. No en vano la autora ha estado siempre fascinada por el psicoanálisis. Yo no sería la única espectadora en confesar su confusión. Al respecto la artista dice: “Mis obras son una reconstrucción del pasado. En ellas el pasado se ha vuelto tangible; pero al mismo tiempo están creadas con el fin de olvidar el pasado, para derrotarlo, para revivirlo en la memoria y posibilitar su olvido”*. O bien: "Todos los días uno tiene que abandonar su pasado o aceptarlo, y entonces, si no puede aceptarlo, se hace escultor." A lo que yo le replicaría: o escritora.

Louise Bourgeois nace el 25 de diciembre de 1911, en el seno de una familia burguesa y adinerada, cuyo oficio era el de restaurar antiguos tapices. Es en este taller que comenzará su labor de dibujante, al “recrear” los trazos que el tiempo había arruinado. Su labor de tejedora no la abandonará nunca. Más tarde entrará como alumna al taller de Fernand Léger, quien le hará comprender que su verdadero camino no es el dibujo ni la pintura sino la escultura. De ahí a admirar a Bruncusi o a Giaccometti no habría sino un paso. Sus primeros dibujos nos muestran a la mujer-casa. Una obsesión permanente en su obra. La mujer que no puede ni debe prescindir de ese espacio que en muchas ocasiones se convierte en una cárcel; sobre todo cuando la figura paterna corresponde más bien a la de un cancerbero o un torturador. Toda su vida Louise Bourgeois ha estado tratando de exorcizar una infancia traumática, no sólo con el dibujo sino con la escultura, “Destrucción del padre” (1974), y con la escritura, “Niñez abusada”. Tal vez por eso dice: “Cuando se experimenta el dolor, uno se puede enclaustrar con el fin de protegerse. Pero la seguridad de la guarida puede también ser una trampa”. A la edad de 11 años su madre cae enferma y Louise deberá cuidar de ella hasta su muerte 10 años después. Es en este lapso de tiempo que su padre, y con la aceptación tácita de la madre, llevará a vivir bajo el techo familiar a su amante. Un acto que Louise Bourgeois siempre sintió como una violación. Ella misma dice que “ser artista es una garantía para nuestros congéneres que los agravios recibidos no harán de nosotros un asesino”.

Los dibujos de la Mujer-Casa, realizados a partir de los años 40, cuando ya la artista se encuentra viviendo en New-York, nos muestran las piernas frágiles de una mujer sosteniendo un inmenso rascacielos, por lo que su identidad queda perdida entre las ventanas y chimeneas del paisaje neoyorkino o bien nos muestran a la misma autora volando por encima de ellos o flotando en el aire. Es la época en que su condición de exiliada se le hace insoportable. Sabe que no podría vivir en el seno familiar pero tampoco puede abstraerse al dolor que significa estar lejos de las personas que ama. Conocer a Louise Bourgeois es enfrentarse a un mundo sensible del cual no se habla, pero que está allí: la casa, el hogar, la maison, el foyer. Dicho en otras palabras el territorio que cualquier especie animal protege y defiende. En él se abriga, en él ama y en él sufre. La casa puede ser vista, o «vivida», como un remanso o como una prisión. Durante milenios la mujer estuvo aislada de la sociedad, recluida en un gineceo, sin permitírsele espacios para la expresión estética. Carencia que experimenta la artista quien con esos ejercicios bastante íntimos, pero innovadores dentro de la plástica, y que imagino que no debieron haber sido concebidos para ser vistos por persona alguna, mucho menos para ser expuestos en una galería o museo. Los veo más bien como ejercicios introspectivos que tratan de dar respuestas a la vida de una mujer enclaustrada entre cuatro paredes, a las cuales se llama «casa». Y desde allí observa como la vida transcurre sin que a ella le ocurra nada extraordinario, y peor aún sin que ella pueda hacer algo por cambiar el mundo que la rodea. No hay que olvidar que durante años fue considerada sólo la esposa del gran especialista de arte primitivo Robert Goldwater, sin que las galerías o los museos se mostrasen interesados en su obra. Estos primeros dibujos, que bien podrían clasificarse como surrealistas, de una u otra forma desnudan su alma, y nos dan la mirada de una mujer en un mundo de hombres hecho para hombres; de ahí sus Femme-Maison. Mujeres que no sólo portan la casa a cuestas sino que se identifican a tal punto con ellas que llegan a reemplazar a sus rostros. Y es que su obra siempre ha estado marcada por una permanente búsqueda de la identidad de la mujer, en el buceo de su propia psique; búsqueda que se ha acentuado en los últimos años, cuando la muerte la acecha en cualquier lugar de su apartamento. Ella misma dice: “Mi cuerpo se convierte en la materia prima y yo expreso lo que siento a través de él”. Al mismo tiempo que crea la serie mujer-casa, defiende el rol de la mujer, sin que se haya considerado nunca una feminista comprometida. Yo diría más bien que ha sido una feminista consciente del rol que le ha tocado jugar a la mujer en la sociedad de todos los tiempos; lo que la hace, a mi modo de ver, mucho más feminista que las radicales que han contribuido a crear un ambiente de desconcierto y rechazo en la sociedad actual.

A finales de los ’60 crea “Personajes”. Tótems que recuerdan los personajes de su infancia, marcados por el fantasma del exilio y que no hubiesen podido ser concebidos en su país de origen: “Yo no hubiera sobrevivido en Francia en el caos de la celda familiar”, explica la artista. Es una obra compuesta aproximadamente de 80 esculturas, cada una con una identidad bien definida. Son esculturas frágiles, con un equilibrio precario y que recuerdan un poco a las obras de Brancusi. Algunas de ellas siguen con el tema ya explorado de la Mujer-Casa; los rascacielos que la encierran y que la ahogan, pero cuyos techos le permiten respirar. No en vano es en la terraza del edificio donde vive, donde instala por primera vez su taller. Otro de sus temas recurrentes en esta serie, es la soledad. Al respecto la artista dice: «Al principio hacía figuras solitarias que no tenían ninguna libertad... Ahora hago grupos de objetos que se relacionan entre ellos... Pero todavía existe el sentimiento que me movió al principio: el drama de uno entre muchos».

En los años ’60, se muestra como “l’enfant terrible” que ha sido desde siempre, al desafiar el puritanismo radical de la sociedad americana al crear “La abstracción excéntrica”. Un serie de falos desproporcionados, algunos colgando del techo, otros emergiendo de superficies que recuerdan los drapeados de Bernini. Es cuando crea “Fillete” (Niñita). Un inmenso falo con el que posará orgullosa para el fotógrafo Robert Mapplethorpe en 1982. Una vez más surge la Louise Bourgeois que quiere bucear en el inconsciente. Ella misma dice: «toda mi obra está basada en mi infancia». Por lo que para llegar a arrullar un falo proverbial y tomarse una foto con él debajo del brazo, como si se tratara de una baguette, con una sonrisa de mujer realizada sexualmente y sin tabues a la hora de gozar del sexo, tuvo que haber librado primero una lucha consigo misma del tamaño de una catedral gótica. Sobre todo para expresar su sentimiento con respecto a “Fillette”: “Cuando yo cargo un pequeño falo en mis brazos, me da la impresión de cargar un objeto amable, no un objeto al que yo le haría daño”. Es en esta década que su obra alcanza dimensiones extraordinarias, sus temas abarcan todo el mundo femenino: el coito, el embarazo, la crianza, amamantar, el cuerpo de la mujer en el espacio, el dolor, sobre todo el dolor humano; y estos temas son representados con todos los materiales que están a su alcance: Bronce, mármol, yeso, látex, madera. En cuanto al exorcismo se refiere, ella misma dice: “El exorcismo es algo sano. Cauterizar, quemar con el objetivo de sanar. Es como cortar las ramas de los árboles. He aquí mi talento”.

En 1974 crea la serie a la que hacía alusión anteriormente, “La destrucción del padre”. Por una parte quiere aniquilar la imagen paterna y por otra deshacerse del dolor que le ha infligido la muerte del marido. Es una instalación turbadora. Es una gruta concebida como un pequeño teatro, donde la artista, junto a su familia, se dispone a darse un gran festín, a todas luces antropófago. La figura del padre amado y a la vez odiado, surge, en esta su primera instalación, como “…Una pieza claustrofóbica, demasiado claustrofóbica, sin que ofrezca ninguna salida”, tal y como lo expresa la propia artista. El gran escultor Richard Serra, y quien expone actualmente en el Grand Palais de París, dice al respecto: “La fuente del dolor, el corazón y la ansiedad de esta obra son indescifrables, no obstante despierta en mí recuerdos de experiencias personales que yo preferiría olvidar”. En esta obra, como en muchas otras no es tanto la materia prima la protagonista como el color; sobre todo el rojo. El rojo puede significar pasión pero también violencia, desastre, caos, aniquilación, rabia y olvido. Y por supuesto el negro, muerte, tragedia, llanto, duelo. No es sino hasta el año de 1982, con la retrospectiva que se realiza en el Museo de Arte de Nueva York, que esta artista prodigiosa comienza a ser conocida en el ámbito internacional y a ser nombrada al lado de genios como Picasso o el mismo Giaccometti.

En 1980 Louise Bourgeois se traslada a vivir a un gran loft. Lo que parecería una anécdota sin importancia se convierte en uno de los ejes fundamentales de la obra que comienza a tomar forma a partir de ese momento. Son las Cell, o Celdas, donde la artista comienza a recrear todo el universo de su infancia. Sillas, brocados, tapices, miembros colgando, juguetes. En los ’90 recrea las habitaciones de sus padres y la suya propia. Al observarlas, el espectador no puede escapar a la sensación de opresión y de ahogo que le invade. Las puertas, las ventanas, los laboratorios, las habitaciones íntimas, invitan al voyeur que abriga en cada uno de nosotros a fisgonear, léase bucear, las obsesiones que dieron lugar a tan extraordinarias instalaciones. El símbolo de la tragedia y de la desesperanza está magistralmente representado en este ambiente traumático que cuenta, sin decirlo explícitamente, el abuso del que posiblemente fue víctima en su niñez. El buceo y la búsqueda de los recuerdos se hace aún más intenso, todo el pasado se despierta y grita para no ser olvidado ni ignorado. Luego vendrían las Cell encerradas por una inmensa araña. Homenaje a su madre, a quien ve como a alguien que trabaja permanentemente, que teje y desteje como la eterna Penélope. Desteje no para destruir sino para restaurar. No hay que olvidar que su oficio era restauradora de tapices antiguos. Ella misma dice: Yo vengo de una familia de restauradores. La araña es una restauradora. Si destruyes su tela, ella no se desespera. Ella teje y repara”. Al mismo tiempo sus arañas quieren hacer un homenaje a la madre que cuida, que protege, que ama. Entre las dos había un lazo muy fuerte, hasta el punto que cuando la madre muere, Louise Bourgeois intenta suicidarse. Ella misma ha manifestado en varias ocasiones que su madre era su mejor amiga.

En los últimos años, hablo de la presente década, la artista, ya nonagenaria, ha encontrado nuevos canales de expresión. Lejos de sentarse en una butaca a esperar que la muerte le toque la espalda, se ha dedicado a crear las cabezas y tótems utilizando burdas telas y tapices antiguos: “Yo necesito mis recuerdos. Ellos son mis documentos. Me paso la vida mirándolos… y estoy profundamente celosa de ellos”. El trabajo de su madre, el de tejedora, aparece nuevamente en sus manos y al igual que ella se convierte en otra Penélope. Como toda su obra es un trabajo inquietante, un grito que sale de sus entrañas para recordarle el embarazo, el parto, la crianza de los hijos, el hijo problema, el amor de madre. Ya no sale de su apartamento, recordemos que ha alcanzado la edad de 97 años y aún sigue creando… No en vano Louise Bourgeois no ha dejado de repetir a lo largo de estos años que “el arte es una garantía de salud mental”, a lo que yo agregaría: una garantía de sentirse vivo.
*Nota: Tanto los nombres de las obras como las citas bibliográficas han sido traducidas del francés al español por la autora del artículo.


BIBLIOGRAFÍA


BADER, Cristhine. Louise Bourgeois, Scultura e opera grafichi. Suisse 2006.
CLAIR, Jean. Cinq notes sur l’oeuvre de Louise Bourgeois. Envois L’Échoppe. 1999.
Louise Bourgeois. Por Simonne Sauren (Búsqueda por Internet).
Louise Bourgeois: decir lo que no se puede decir. Por Sara Rivera (Búsqueda por Internet).

Publicaciones del Centro Pompidou:
Louise Bourgeois. Folleto de la exposición del Centro Pompidou. 2008.
Louise Bourgeois au Centre Pompidou. Beaux Arts. 2008. Este catálogo contiene los siguientes artículos:
- “Indiferente à tout ce qui n’est pas art”. Entretien avec Marie-Laure Bernadac et Jonas Storve. Commisaires de l’exposition.
- Chère Louise, lettre d’amour. Par Marie Darrieussecq.
- Magistrale marginale, Louise Bourgeois dans l’art contemporain. Par Itzhak Goldberg.
- L’Album de 1945 à nos jours. Par Emmanuelle Lequeux.
- Au nom du père, l’art comme thérapie. Par Eveline Grossman.
- Les fils de l’araignée. Robert Gober, Mike Kelley, Tracey Emin… Par Emmanuelle Lequeux.
- Face caméra. Entretien avec Brigitte Cornand. Propos recueillis par Bernard Blistene.
Louise Bourgeois. Connaissance des Arts. Centre Pompidou. 2008. Este catálogo contiene los siguientes artículos:
- Naissance et rennaissances de Louise Bourgeois. Entretien avec Marie-Laure Bernadac, par François Legrand.
- Roman de famille. Par Myriam Boutoulle.
- Être sculpteur. Par Jerôme Coignard.
- Quand les mots deviennent formes. Par Françoise Monnin.
- Dans la peau de Louise Bourgeois. Oeuvres commentées par Guitemie Maldonado.


viernes, 21 de marzo de 2008

Voces del Silencio

Voces del Silencio

verveearth@gmail.com

LA COCINA COMO MANIFESTACIÓN CULTURAL E HISTÓRICA

LA COCINA COMO MANIFESTACION
CULTURAL E HISTORICA


Manizales, 2001-04-03


“A quienes - luchadores empedernidos de lo autóctono - te reprochen tus platos forasteros tendrás que recordarles también los frisoles y el ajiaco, la carne en polvo y el chicharrón son importados. Ni marranos ni judías ni gallinas había en estas tierras del extremo occidente. Que llevamos tres siglos cocinando plátanos verdes y maduros no quita la verdad de que nos lo trajeron, con sus esbeltos cuerpos, los esclavos.

... Hace apenas un siglo, en los días de parsimoniosa llovizna bogotana, tomar café era cosa de esnobs y a los raigales se recomendaba beber sólo chocolate, si no querían pasar por extravagantes.

Los fundamentalistas del estómago limítense a la yuca, la papa o el tomate. Cosas buenas, mas pocas. En todo caso, si creen que su pasado es único, que no son un misceláneo menjurje americano, europeo o africano, que se dediquen a cultivar sus limitados horizontes.

...Eso sí, si un día estás en la obligación de invitar a personas que se jactan de ser naturales, muy locales y auténticas, perfectamente autóctonas, de esas que se envanecen porque jamás han ido a tierra ajena, entonces ese día les preparas nuestro más ancestral plato, la comida nuestra por antonomasia, maravilloso descubrimiento culinario de los indígenas que poblaban nuestras tierras por los lados de Citará. La receta está dada por un cronista de la Colonia y consiste en freír unos gusanitos que los indios llamaban mojojú y nosotros todavía conocemos como mojojoi... “Rinden mucha manteca, fríen huevos en ella, y lo que quieren, y el tostado o chicharrón que queda lo comen con muchísimo gusto. Guisados, y de mil maneras lo comen, son muy útiles, pues en sus tiempos se proveen varios negros con estos gusanos de manteca para muchos días”.
HECTOR ABAD FACIOLINCE
“TRATADO DE CULINARIA PARA MUJERES TRISTES”


Normalmente cuando se habla, se estudia o se analiza la historia de un país, o de un pueblo determinado, generalmente se circunscribe a los episodios políticos, económicos, religiosos y sociales; quedando por fuera muchos aspectos que nos darían más luces para una comprensión más amplia del tema objeto de investigación. Es lo que suele ocurrir con los procesos culturales: Literatura, danza, teatro, artes plásticas, entre otros; pero me atrevería a asegurar que la manifestación más ignorada de todas es la cocina. Posiblemente porque siempre ha sido del dominio de las mujeres (el gyneceo griego), y la historia ha sido contada por y para los hombres... No obstante hablar del pueblo francés, italiano o chino, y no hablar de su gastronomía, es casi que una herejía. ¿Quién de nosotros no ha saboreado un delicioso filet-mignon, una lasagna o un chuep-suey? Son platos que rompieron las fronteras, y que se internacionalizaron mucho antes que la palabra globalización llegara a los oídos de los diferentes pueblos del planeta. No olvidemos que la pasta la introdujo Marco Polo en Italia, a su regreso de China, después de haber viajado a través de la ruta de la seda en la segunda mitad del siglo XIII. Por su parte el pavo conquistó el paladar europeo después de la llegada de Cortéz a México y la papa salvó a Europa de las hambrunas que solían asolarla; y por supuesto el maíz, el cual ha jugado un rol preponderante en la historia americana, no sólo como base alimentaria de los pueblos aborígenes, sino en su cosmogonía. Para el pueblo Quiché el maíz figura en la que se ha denominado la “Biblia Americana”: El Popol-Vuh, o Libro Sagrado de los Quichés. El maíz, la papa y la yuca, principalmente, le permitieron a los pueblos americanos crecer y fortalecerse demográficamente; hasta el punto que Guy Martinière afirma en su libro “Les Amériques Latines: Une histoire économique”, que a la llegada de los españoles había en el continente americano 80’000.000 de habitantes. La papa, y más de 160 maneras de deshidratarla, le permitió a los pueblos andinos sortear sin dificultad las malas cosechas y lo que ellas hubieran significado: El hambre.

En el caso de Colombia hay que tener en cuenta sus diferentes regiones, tan disímiles entre sí, y ésto incluye a la culinaria. El Caribe colombiano se enriquece con los hábitos alimenticios de los esclavos venidos de Africa y los cocos que venían en los barcos negreros, como estrategia de los esclavistas para que los esclavos no se les murieran de deshidratación, ya que con esta fruta se suplía el agua, y además les proporcionaba proteína y grasa. Asia, por su parte, aportaría más tarde el arroz, y de esa mezcla de culturas surgiría el arroz con coco costeño. Los fritos, caros a los africanos, y la “carimañola” se inserta en el lenguaje de todos los colombianos; sin olvidar, claro está, al banano, o “macondo” en lengua yoruba y por supuesto el café, fuente de la principal entrada de divisas en Colombia. La arepa indígena, o tortilla en Centroamérica, acaba por deleitar a los españoles y criollos sin que hasta el momento haya podido ser desplazada por sus descendientes, especialmente en el Altiplano Andino.

La papa se inserta en el menú diario, y surge ese plato extraordinario, digno de exportación: El ajiaco santafereño. La yuca se une a la papa ya mencionada, y se crea el sancocho (con sus múltiples variedades), al cual se le agrega carne para ser cocida al mismo tiempo que los otros ingredientes, con lo cual se evitaba su pronta descomposición, ya que la sal es costosa y los esclavos no tiene medios para adquirirla. El mondongo tiene su origen en España, en los “callos madrileños”, pero en su criollización dejará de ser un plato seco para convertirse en una sopa. El arequipe valluno es igualmente una herencia española.

Por otra parte no hay que olvidar el cacao americano, sin él no existiría” esa bebida energizante que conquistó a la corte española, y al mundo entero: “ El chocolate, xocolatl, palabra azteca y producto azteca. En el imperio de Moctezuma era precioso y abundante a la vez, y hacía las veces de circulante monetario... El emperador Moctezuma gozaba bebiendo chocolate”, tal y como nos lo cuenta Carlos Fuentes en su magnífico libro EL ESPEJO ENTERRADO. Los tamales, o hallacas, también son un legado de las culturas precolombinas; y en Nariño se perpetúa una tradición gastronómica también indígena: el cuí. En Antioquia y Viejo Caldas, fuera de la arepa ya mencionada, están los fríjoles o frisoles, ricos en proteína vegetal, acompañados por un buen hogao, plátano maduro y arroz, ingredientes africanos y asiáticos, perfectamente asimilados por nuestra cultura.

En el Altiplano Cundiboyacense se hacen las almojábanas, de la palabra árabe “mojábena”, que por supuesto sufre su transformación; de la torta árabe, hecha con queso, huevos, manteca y azúcar, se pasa a lo que nosotros degustamos de harina de maíz y queso. Y otra herencia, no estrictamente árabe sino mudéjar, el indio, en vez de estar envuelto en hoja de parra como sucede en su lugar de origen, en Colombia se envuelve en una hoja de repollo.

En el Tolima está la lechona, en Los Llanos Orientales la ternera a la llanera, y en los dos casos, como ya vimos, ni el cerdo ni la res son originarios de América. Al contrario de la yuca brava o mandioca del amazonas (que de no saberla tratar puede llegar a ser fatal), o las hormigas culonas de los Santanderes, platos ancestrales indígenas, que hoy seguimos comiendo, aunque a veces sólo se trate de simple y llana curiosidad.

Y por supuesto están las frutas, ese gran universo gastronómico al que no siempre le concedemos el lugar que se merece, especialmente a las frutas tropicales, a no ser que de pronto colombianos de la talla de Gabriel García Márquez escriban un ensayo cuyo título sea “El olor de la guayaba”. El madroño, la guanábana (o lechosa), la feijoa, la guama, por no nombrar sino unos cuantos, son una verdadera delicia, hasta para el paladar más exquisito. Americano es también el tomate, refiriéndose a él Carlos Fuentes dice:

“Al principio, en Europa, se temió que fuese venenoso, pero más tarde, por supuesto, se descubrieron sus deliciosas virtudes. La palabra deriva del azteca xitomatl pero probablemente los italianos le dieron su nombre más hermoso: pomodoro, la manzana dorada, con su insinuación de paraísos, tanto de placer como de pecado – como si los dos pudiesen separarse”.

El tabaco, el ají (o chile), y por supuesto la coca, son productos netamente precolombinos. Un cronista de las indias, citado también por Carlos Fuentes, el padre Joseph de Acosta, en su Historia Natural de las Indias de 1591, se refería a ésta última que “[mascándola un hombre] puede caminar doblando jornadas sin comer a las veces otra cosa...”. Todo ésto sin olvidar los animales que por siglos habrían de alimentar la imaginación de escritores y artistas: El cóndor, la llama, la alpaca, el guaxolotl, más conocido entre nosotros como pavo, y entre los franceses, donde enriquecería considerablemente su cocina, dindon. Es también en la corte de Versalles donde la esposa de Luis XIV, una infanta española, introduciría la bebida a la que ya hemos aludido: El chocolate.

Como hemos podido observar la historia de Colombia, y con ella la del Mundus Novus, nombre dado por Americo Vespucio a esta tierra ignota y desconocida para Europa hasta 1492, no puede ignorar la historia de la culinaria y de los elementos que la componen, puesto que el encuentro de culturas dejó una traza indeleble en nuestro diario vivir.






BIBLIOGRAFIA:

ABAD FACIOLINCE, Héctor. Tratado de culinaria para mujeres tristes. Santafé de Bogotá, Alfaguara,1997.
FUENTES, Carlos. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
MARTINIERE, Guy. Les amériques latines: une histoire économique. Presses universitaires de Grenoble, 1978.

El sabor de Colombia. Bogotá, Villegas Editores, 1994.
La cocina en Colombiana paso a paso. Santafé de Bogotá, Editorial Voluntad, 1995.

viernes, 18 de enero de 2008

SIMONE DE BEAUVOIR

SIMONE DE BEAUVOIR


Hace seis años escribí para Papel Salmón un artículo titulado Cuatro Mujeres, cuatro momentos, en el cual hacía alusión a Simone de Beauvoir, y lo que su legado filosófico y literario había aportado a la sociedad en general y a la mujer en particular. Hoy, seis años después, retomo lo ya escrito, para desarrollar un poco más las ideas allí descritas; pero, básicamente para realzar y elogiar la voz y el pensamiento de una mujer que luchó abiertamente contra la sociedad de su tiempo y que fue clave en el cambio radical que experimentó la mujer, principalmente a partir de la segunda guerra mundial. Es innegable que su producción ha tenido un rol definitivo en los cambios socioculturales de Occidente, logrando ejercer una gran influencia que perdura hasta hoy y que perdurará, de eso estoy completamente segura, durante mucho tiempo más. Habiéndose ganado un lugar en las letras francesas y en la historia de la literatura. ¿Pero, quién era Simone de Beauvoir?

Esta mujer, llamada a liderar el movimiento feminista y a gritar en contra de la opresión masculina, nació en París, más exactamente en el Boulevard Raspail, un nueve de enero de 1908. Nace en el seno de un hogar burgués, lleno de libros y visitado permanentemente por los intelectuales y artistas de la época. Las conversaciones en torno al arte, a la literatura, a la música -incluso su madre, como muchas burguesas del siglo XIX, interpretaba el piano- estimularán el ansia por el conocimiento, por el análisis, por la crítica y sembrarán las primeras semillas de la búsqueda estética que habrá de acompañarla hasta su muerte, acaecida en 1986. Por otra parte, el Boulevard Raspail, encontrándose en el centro de Montparnasse, sería el lugar que los nuevos intelectuales elegirían para pasear, comer y hablar sobre literatura. La Coupoule, ese gran restaurante que se convertiría en un hito de la vida parisina de comienzos del siglo XX, abría sus puertas y allí se daban cita artistas, escritores, políticos y bohemios. Y para Simone de Beauvoir nada de esto podía pasar desapercibido. Años más tarde, y con Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre a la cabeza, la vida literaria se desplazaría un poco más al norte, a Saint-Germain des Près, básicamente al Café Aux deux Magots, dando lugar así a todo un movimiento literario que se conocería luego como La Rive Gauche; del que harían parte entre otros, Aragon, Gide, Malraux, Mauriac... Y es que para hablar de París y de su mundo intelectual y artístico, indudablemente hay que hablar de sus cafés y restaurantes; puesto que ellos han jugado un rol importante en la vida parisina.

En uno de sus libros, Mémoires d’une fille rangée, relato autobiográfico por excelencia, Simone de Beauvoir nos da cuenta de una infancia felíz y protegida. Y aunque su madre le transmite una educación católica y conservadora, al mejor estilo decimonónico, la mente analítica de su padre, le abrirá las puertas para ir a la universidad, en un tiempo donde las mujeres crecían sólo para convertirse en madres y amas de casa. Es de anotar que una vez finalizada su carrera de filosofía, recibe el diploma con los mayores honores universitarios.Y es en las aulas de la Sorbona donde conoce a Jean-Paul Sartre; esa mente lúcida que hará posible la concepción del existencialismo. Pronto entablan una relación que hará de ellos la pareja de intelectuales más singular del siglo XX. Sartre, filosófo y escritor, ateo y libre, será quien ejerza una influencia permanente en la vida de Simone de Beauvoir y viceversa. Negarlo sería desconocer la enorme admiración y respeto que le profesaba Sartre; hasta el punto que todo lo que él escribía, pasaba por el tamíz de Simone de Beauvoir. Ahora bien, ¿Porqué la relación Sartre-de Beauvoir es singular? Desde sus inicios, Sartre plantea la necesidad de establecer una relación abierta, sin tapujos, libre en todo el sentido de la palabra, sin ataduras, sin hijos y con amantes de los dos lados; eso sí, sin mentiras, ni doble vida. La única condición: contarse todo el uno al otro. Y Simone de Beauvoir, rebelde por antonomasia, será una estudiante disciplinada en esta área del conocimiento impartida por Sartre. La libertad de su relación la lleva a reflexionar sobre la relación de sus padres, y pronto comprende que su madre, católica ferviente, no ha sido sino la sombra de su marido, sin haber tenido nunca una vida propia.

En esta nueva filosofía de vida, Simone de Beauvoir irá hasta más allá de los límites, de lo que entonces se consideraba “buenas costumbres”. Dentro de las leyendas que circulan sobre su vida, se cuenta que cuando trabajaba en el Liceo como profesora de filosofía (oficio que ejerció hasta 1948), seducía a sus alumnas y luego las llevaba a la cama de Sartre. Incluso durante algún tiempo compartieron un apartamento en el que vivían ellos dos, eso si en habitaciones separadas, con otras dos jóvenes mujeres y un hombre. Sartre llamaba a ese singular grupo, la tribu. Y si bien Sartre ocupó un lugar muy importante en la vida de Simone de Beauvoir, fue Nelsón Algren, escritor norteamericano, su gran amor. Su relación se extendería por espacio de quince años, pero fue básicamente una relación epistolar. Simone de Beauvoir le escribió 300 cartas que luego serían publicadas en un libro por Sylvie Le Bon de Beauvoir. Dicha relación comienza a ser epistolar cuando Algren, siguiendo la tradición, le regala un anillo de hojalata, el mismo que Simone de Beauvoir guardara celosamente en su dedo hasta el día de su muerte, al mismo tiempo que le propone matrimonio y vivir indefinidamente en Nueva York. Esta petición hace que Simone de Beauvoir decida romper, alegando entre otras cosas, que jamás abandonaría a Sartre. Para entonces ya se había negado a seguir teniendo relaciones sexuales con él, aunque se veían diariamente e incluso compartían el mismo lugar de trabajo. Cada uno con una máquina de escribir, el uno al lado del otro, leyéndose mutuamente, haciendose críticas y estimulándose intelectualmente; la mejor forma como Simone de Beauvoir podía entender y aceptar la relación con ese monstruo de la filosofía existencialista que fue Sartre. Esta singular relación ha dado para que muchos críticos, y porque no decirlo detractores, la llamen simplemente “la libertina”; borrando así de un solo plumazo su contribución a la literatura, a la filosofía y al feminismo. Y es que aún nos regimos por estándares de pensamiento machista, lo que es plenamente aceptado en un hombre, es rechazado en una mujer. De Sartre no se dice que fue un libertino, finalmente es un hombre. Por otra parte, no es la libertad sexual que puso en práctica Simone de Beauvoir lo que en verdad me interesa, sino su obra. Sobre todo esa máxima “On ne naît pas femme, on le devient” (no se nace mujer, uno se convierte en mujer), lo que me ha estimulado intelectualmente desde mi adolescencia. Así escritoras de la talla de Julia Kristeva se vayan lanza en ristre en contra de dicha frase. Y es que Simone de Beauvoir, con su obra El Segundo Sexo, sentó las bases del feminismo que hizo posible que la mujer participe activamente en la vida laboral, que vaya a una universidad, que se lance a la política, al mundo de las finanzas... es decir que gane para si el mundo que siempre le había sido vedado; así todo el mundo, incluídas las mujeres, niegue la influencia del feminismo en dicho cambio social, cultural y económico. Pero al momento de escribir el libro en cuestión, Simone de Beauvoir ya tenía detrás de si una enorme trayectoria en el mundo de las letras, e incluso había participado en la fundación de la revista Tiempos Modernos, de donde fuera además colaboradora. Más tarde vendrían otras obras, como: La Invitada, la Fuerza de la Edad y La Mujer Rota, entre otras. Al lado de Jean-Paul Sartre estaría siempre al frente de las luchas políticas, denunciando y acusando, y aunque siempre se consideraron de izquierda, nunca militaron en el partido comunista ni en ningún otro, ya que no aceptaban las ataduras y compromisos que supone la militancia en un partido determinado. Simone de Beauvoir estuvo siempre al frente de los movimientos feministas, fue su más firme abanderada y luchó por los derechos de la mujer, entre ellos el derecho a decidir sobre su propia sexualidad. En 1971 firma el Manifiesto por la Libertad del Aborto, luego aceptaría la presidencia de la Liga de los Derechos de la Mujer. En 1981 se adhiere a la campaña antisexista de los Derechos de las Mujeres que lideraba Yvette Roudy y hasta su muerte en 1986 firmaría cientos de proclamas por la libertad, igualdad y emancipación de la mujer.


Y puesto que estamos hablando de cambios, no hay que olvidar que en el siglo XIX, Georges Sand, ya se había revelado en contra de los convencionalismos de su época, los cuales exigían que la mujer se limitara al desempeño de los roles domésticos. Y por supuesto que debo nombrar a Virginia Woolf. Esa extraordinaria escritora, que sin ser considerada feminista en los términos en que se entiende hoy en día dicha palabra, escribe una obra que ha marcado un hito en la historia de la literatura, Habitación propia. Allí, Virginia Woolf analiza el porque de la poca o nula producción literaria de las mujeres, y su conclusión es precisamente el hecho de no haber tenido nunca un espacio para ellas. Las bibliotecas fueron consideradas, hasta bien entrado el siglo XX, como un espacio masculino, en el que la mujer no era bienvenida. En cambio, el espacio de la mujer era, y aún lo sigue siendo en muchas culturas, la cocina. Otro de los aspectos analizados es que al no prepararse intelectualmente, al no aprender un oficio, tiene que aceptar las reglas masculinas, puesto que independizarse económicamente es imposible. Por lo tanto la crianza de los hijos y la sumisión absoluta al marido, como única posibilidad de existencia, le impide su propio desarrollo intelectual y espiritual. Algo que comprendió muy bien Simone de Beauvoir, al analizar la relación de sus padres, a la que me refería anteriormente. Pero también está Marguerite Yourcenar, esa incomparable escritora, que al igual que sus antecesoras, daría mucho que hablar a los círculos pacatos y conservadores de su época. No hay que olvidar además que hay muchas otras mujeres que abrieron el camino para que hoy en día podamos hacer uso de derechos inalienables, no sólo de la mujer, sino del ser humano.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Detrás del espejo


Tengo tres o cinco años, estoy jugando con mis primas en la casa de la abuela. Es una casa enorme, llena de habitaciones cerradas y mal iluminadas, por las que yo me paseo triunfal, como si fuera otra persona. Me gusta ir a la casa de los abuelos. Cada vez que lo hago, mi mamá me peina con mucho cuidado y me viste como lo hace cuando vamos a misa los domingos. A veces me coloca mi camisa predilecta y luego me monta en el carro, hacemos un viaje largo; al menos eso me parece a mí. Cuando llegamos, mi mamá deja caer tres veces un gran aldabón que hay en la puerta de entrada. Me gusta su sonido, gong-gong-gong, es como si la música saliera de las entrañas de la casa, y luego la puerta se abre. Subimos una larga escalera, me da la impresión que subo hasta el cielo. Arriba están los abuelos, siempre hay galletas de vainilla y yo puedo comerme las que quiera. No hay restricciones. Al final de las escalas hay un corredor largo y al fondo está la cocina, corro a reclamar las galletas que tanto me gustan. Al lado del corredor, están alineadas las habitaciones, todas se comunican unas con otras. Al lado de la cocina hay más escaleras, así que sigo subiendo, llego a una gran terraza, es la terraza más grande que conozco, apenas para patinar; pero aún no sé, así que mi mamá no me deja traer los patines. Es el lugar de la casa que más me gusta. Los adultos nunca suben. Levanto mis brazos y toco el cielo. Oigo voces, me buscan y me dicen que baje, no les gusta que esté arriba solo, mi mamá no se cansa de decirme que es peligroso, yo no entiendo que es el peligro, miro para todos lados pero no lo veo. Imagino que debe ser un señor muy feo, a lo mejor tiene mal olor. No me gusta que la gente huela mal. Por eso me gusta tanto que mi mamá me bañe. Sé que debo obedecer, así que bajo. Me encuentro con mis primas. Me siento bien con ellas, menos con Susana. Jugamos a las escondidas. Hay tantos lugares donde esconderse en esta casa, así algunas puertas estén cerradas y no podamos cruzarlas. A mí no me gusta buscar, prefiero correr a esconderme y esperar, sin respirar apenas, que alguna de ellas descubra donde estoy. Pero siempre soy el primero que pillan y eso que me oculto muy bien, dentro del armario de mi abuela; estoy convencido que es el mejor escondrijo. Las puertas del armario tienen unos espejos del tamaño de las puertas, me gusta mirarme en ellos, a veces me da la impresión que mi cuerpo crece, que se transforma, me veo reflejado dos, tres, cuatro veces. Como si fuera un camaleón. Mi papá, que siempre me cuenta historias de animales, me habló hace poco de ellos. Me dijo que cambiaban de color, utilizó una palabra muy rara, que no entendí, me la repitió varias veces, como hace cuando quiere que yo me aprenda una palabra nueva. Mimetizar, mimetizar, mimetizar. La repetí varias veces. Es nuestro juego. El día de mi cumpleaños me regaló un libro de zoología, todos los días se sienta conmigo y me muestra un animal diferente. Me lee sus características, si tiene pelo o lana o plumas o escamas, me dice su nombre. Me explica si es mamífero u ovíparo, si es terrestre o acuático. Me gusta oír la voz de mi papá. Recuerdo que debo esconderme, así que abro la puerta del armario sigilosamente y me oculto detrás de los vestidos de la abuela. Me gustaría ponermelos algún día, voy a preguntarle si me presta alguno. Escucho pasos, tratan de no hacer ruido, pero yo puedo oír el aleteo de las moscas en la oscuridad de la alcoba, así que los pasos, por más silenciosos que sean no me pasan desapercibidos. Los pasos se paran al frente del armario, me quedo más quieto que nunca, ojalá continuen; pero la puerta comienza a abrirse, muy suavemente, sin hacer ruido. Tengo un poco de miedo, no quiero que me descubran. Pero a quien veo entrar es a Susana, a ella no le toca buscar, sino esconderse. Así que se pone un dedo en la boca y se sienta a mi lado. Ella es más grande que yo, cuando lloro, se burla de mí y se pone a cantar en un tono muy desagradable: -El bebé está llorando, el bebé está llorando... y entre más la escucho más ganas de llorar me dan. A veces pienso que no me quiere. Me hala el pelo o me da puños, con las otras primas es igual y después dice que no ha hecho nada. Y si la regañan, se aguanta y no llora. Esperanza ya nos ha debido de encontrar, no sé que le pasa hoy. Así que comienzo a aburrirme, además no contaba con la presencia de Susana, este es mi rincón, no sé porque vino a meterse aquí. Entre la ropa de mi abuela, hay algo que nunca había visto, es una prenda rara, como si fuesen dos cuencos de coco o dos tazas para naranjas o mandarinas. La cojo y la miro. Le pregunto a Susana si ella sabe qué es y me responde con aire de suficiencia: -Es para las mujeres, cuando sea mayor yo también tendré uno, mi mamá me lo prometió. Me lo arrebata de las manos y se lo pone en el pecho. Yo la encuentro linda y eso que no soy muy amigo de ella. Le respondo que yo también le voy a decir a mi mamá que me compre uno. Me responde con una gran carcajada, -¡Pero si tú no eres como yo! En su voz hay algo horrible, como si fuese un cuchillo, de esos que utilizan para cortar carne. Yo sé que hacen mucho daño, el otro día me corté un dedo y me salió mucha sangre y eso que mi mamá siempre me ha dicho que no debo jugar con ellos. No entiendo porque me dice que no soy como ella. Es verdad que tengo el pelo muy corto, pero yo quisiera tenerlo largo, como el de Esperanza. Me gusta su pelo, es sedoso y brillante, su mamá le hace unas trenzas muy bonitas. También me gusta su ropa. Yo no sé porque siempre me visten con pantalones, yo quisiera ponerme el vestido azul con el que ella va a misa, como el que tiene hoy. Susana, se sigue probando la pieza de los cuencos y yo quiero arrebatársela, ella no me deja. En cambio me dice que los hombres no usan ese tipo de prendas. Nuevamente siento que me hiere y cuando voy a ponerme a llorar, la puerta se abre y Esperanza grita emocionada: -1-2-3, los encontré.

Me llamo Orlando y tengo quince años. A todos mis compañeros les está saliendo barba, menos a mí; por lo que todo el tiempo me hacen bromas bastante pesadas. O me llaman niñita, marica, o me dan patadas o me insultan. Venir al colegio a veces resulta una tortura, pero ni modo de decirle a mi papá que me quiero salir. Además no estoy muy seguro que en otro colegio no me pase algo parecido. Yo solo siento que estoy atrapado en el nombre de Orlando. Como si ese nombre fuese mi verdugo. En las noches, en la soledad de mi alcoba, me imagino con otro nombre, sonoro y profundo: Cayetana. Con él callaría a mucha gente, a los que no me aceptan, a los que me pegan en la calle o en el colegio; pero sobre todo podría vestirme como una mujer. Al menos eso es lo que el médico me aconsejó. Mi papá está muy preocupado porque no desarrollo los músculos de un hombre y porque no hay atisbos de barba, así que me envió donde un médico. El doctor quizo saber que pensaba de mi cuerpo, y yo, por primera vez en la vida confesé mi deseo: -Quiero el cuerpo de una mujer, no me gusta el empaque con el que llegué al mundo. Él me aconsejó que me vistiera de mujer para ver si seguía pensando lo mismo. En la casa se armó la de Troya. La voz amada de mi padre sonó como los truenos en plena tormenta. No me pegó, pero el grito fue suficiente para producirme una gran herida.

Estoy parado al frente del espejo de la abuela. Trato de ponerme la prenda de los cuencos, mi mamá me dijo que se llamaba brasier. No sé como se pone. -¿Cómo harán las mujeres? -me pregunto-. Comienzo a sentir una sensación de incomodidad, no tardo mucho en saber porque, detrás de la silla, que hay a un lado de la cama, está escondida Susana. Me mira con una sonrisa burlona que me hiere el alma. Nuevamente me dice que yo no soy una niña y me ordena que me baje los pantalones, cuando lo hago ella se sube el vestido y se baja los calzones y señala con un dedo -¿Ves?, tú no tienes un pipí como el mío. Nunca lo tendrás. Luego se los sube y se va corriendo. Yo no puedo moverme, siento que estoy pegado al piso y de la rabia o de la sorpresa, no sé, me orino encima de la ropa. Susana debe de ser el peligro del que tanto habla mi mamá.

Tengo 20 años, mi papá sigue insistiendo que debo ver a un médico, -pero a uno competente -me dice, sin mirarme- no al tegua que le recomendó vestirse de mujer -aclara con la voz llena de ira-. Ya no me habla directamente, siempre me habla como si me enviara una razón, tampoco me mira a los ojos. Ya no soy el niño consentido a quien le solía leer historias de animales. El médico me prescribe un tratamiento hormonal, mi cuerpo comienza a cambiar; pero algo en mi interior sigue rechazando ese miembro que me estorba. Comienzo a ser aceptado por las chicas. Siempre me han gustado las mujeres, por eso anhelo ser como ellas. Ahora tengo una amiga con quien salgo siempre, no sé si estoy enamorado, pero nos entendemos; aunque ella no sabe que en el fondo la busco porque ella tiene lo que a mí me falta.

Un charco se ha formado a mi alrededor, huelo a orines, no me gusta sentirme sucio. Me pongo a llorar y veo a mi mamá parada en el umbral de la puerta preguntando porque no he ido al baño. No sé que responder. En el fondo sé que es mejor no hablar de los juegos con Susana. En la casa busco prendas de mi hermana mayor, me las coloco cuando ella no está. Descubro que hay una mansarda. Me escondo en ella cada vez que puedo. Se convierte en mi lugar predilecto. Allí hay un viejo baúl con ropa que nadie se pone. Los vestidos me quedan muy grandes, así que ensayo con las camisas, descubro que son de mujer, y aunque me llegan al suelo puedo caminar sin caerme todo el tiempo. En la buhardilla también hay un espejo, me paseo frente a él y sonrío cada vez que veo mi imagen, mi verdadera imagen, reflejada en él. Pienso que soy un camaleón, comienzo a entender la palabra mimetizar. Aprendo que yo también puedo cambiar de aspecto, ese es mi secreto, no debo revelarlo. Pero aquí, en este cuarto oscuro, es donde verdaderamente soy felíz. Susana no sabe de la existencia de este cuarto, así que cuando ella viene, yo no hablo de él, no quiero que suba.

Una amiga de la universidad, a la que le gusta mucho leer, siempre está con un libro en la mano, me habló hoy de un libro que lleva mi nombre: Orlando. Dice que es un libro muy bueno, de una escritora inglesa. Quedo atónito. Yo, que toda la vida he detestado mi nombre, y ahora descubro que es el título de un libro muy famoso. Me pongo un poco nervioso, pero ella no lo nota. Le digo que me hable un poco sobre el argumento.
-Es un hombre de la época isabelina, un aristócrata inglés, a quien le encantan las mujeres -igual que yo, pienso-.
-Orlando, sin ser un ser sobrenatural o un dios o algo parecido, ni envejece ni muere.
-Como en el caso de Dorian Gray -le contesto-.
-Algo así. Con la diferencia, que él no hace pactos de ninguna clase, ni tiene una mente abyecta, no tiene manchas que ocultar. El caso es que a mediados del siglo XIX, trescientos años después de haber nacido, y en plena época victoriana, un buen día se despierta siendo mujer. Es un libro que bucea en la intimidad del ser humano -concluye-.
Recuerdo el armario de la abuela y a Susana diciendo que no soy como ella, que nunca lo seré. Siento una gran desazón. Quiero salir corriendo a comprar el libro y no puedo. Otra vez estoy pegado al piso. Por primera vez intuyo que si puedo cambiar. Que el alma que habita en esta carcasa equivocada, puede al fin encontrar el cuerpo adecuado.

Mi mamá acaba de subir, me ha visto con ropas de mujer. Me ha hecho bajar de inmediato y me ha prohibido regresar a la mansarda. Mi secreto ha sido descubierto, me siento desnudo, no entiendo que mal puede haber en vestir ropas de mujer. No digo nada, pero ante mí todo es negro. Me han cerrado el acceso al único lugar donde soy yo mismo.

Tengo cuarenta años, estoy casado desde hace diez y tengo dos hijos. Soy un hombre roto, dual. En mí siempre ha habido un cisma. Debo fingir que soy felíz, cuando en el fondo quisiera recuperar lo que me quitaron antes de nacer, mi cuerpo de mujer. Tal vez si fuese andrógino, mi vida sería diferente. Cuando me quedo solo en el apartamento, me pongo la ropa de mi esposa y me paseo ante el espejo largo rato. Lo vengo haciendo desde hace unos tres años. Desde que visité a un chamán que al verme me dijo: -Debes aceptar a la otra que llevas en tí. Desde entonces he venido abriéndole camino a la Cayetana de mi adolescencia, poco a poco se apodera de mí y rompe el silencio. A medida que lo hace, mi cuerpo comienza a unirse, poco a poco voy dejando atrás la sensación de estar escindida. He hecho progresos, ya sé caminar en tacones y me desenvuelvo mejor con las manos. No quiero que mis gestos parezcan caricaturas cuando recupere mi verdadero yo. Deseo que cuando a ella le llegue el momento de hablar, no tenga los gestos de él. Desde hace poco estoy pensando en hacerme operar. Ese miembro que llevo entre las piernas cada vez me estorba más. Siento a Cayetana como si fuese un volcán que anida en mi interior, su fuerza magmática crece y crece; no demora en hacer explosión. Cuando eso ocurra, mi antigua armazón habrá desaparecido y dará paso al cuerpo que siempre he ansiado.





domingo, 4 de noviembre de 2007

EL RACISMO COMO PRETEXTO DE PERSECUCIÓN (artículo)

EL RACISMO COMO PRETEXTO DE PERSECUCIÓN



Nota: Este artículo fue publicado por primera vez en el año 1986 y cre que aún sigue vigente, por eso vuelvo a publicarlo. EL RACISMO Y LA HISTORIA: Según la definición del diccionario, racismo significa ‘Exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que en ocasiones, ha motivado la persecución de otro grupo étnico considerado como inferior’.[1] Esta definición, difiere ligeramente de otras en cuanto que hace explícita la palabra “persecución”. El racismo, no es otra cosa que el arma más poderosa con la cual ha contado el hombre en el transcurso de la historia para poder perseguir, esclavizar y oprimir a diferentes grupos humanos que él mismo, en su omnipotencia, ha designado como inferiores.
El racismo ha sido el pilar de muchos sistemas políticos, económicos y religiosos; por lo tanto, no siempre ha representado el cúmulo de prejuicios que aún hoy persisten en contra de las mal llamadas minorías étnicas. Por el contrario, esta idea -como se verá posteriormente- es relativamente nueva.

ANTECEDENTES: Los griegos denominaban a todo aquel que no había nacido en territorio helénico con el apelativo de ''To xeno'' (el extranjero). Luego, "extranjero" se convirtió en "bárbaro", denominación recogida posteriormente por los romanos, sirviéndoles de baluarte en la campaña de extensión de su imperio. Luego, Occidente reemplazó el término por el de "salvaje", siendo este último el utilizado en nuestros días.
Es posible que "bárbaro'' haya sido en un principio identificado al canto inarticulado de los pájaros, en, contraposición al lenguaje humano. Y "salvaje", hace referencia directa a algo agreste, inhóspito, a selva, en últimas a la vida animal, opuesta en su totalidad a la cultura humana. En los dos casos se niega la existencia de una cultura diferente a la del pueblo que se autodenomina como "civilizado"[2].
En la mayoría de los grupos étnicos -considerados por Occidente como salvajes- la humanidad se restringe a su propia tribu o a su grupo lingüístico; hasta el punto que muchas de ellas tienen una palabra especial que designa a los integrantes de su pueblo como los hombres verdaderos, mientras que a los congéneres de otras tribus se les asigna una palabra que carece del significado esencial de "hombre", ésto es lo que comúnmente se conoce como etnocentrismo.

EL "CENTRO" EN EL MITO: Para los Incas, Cuzco significaba “ombligo del mundo”. En Irán, la montaña sagrada Haraberezaiti se haya igualmente en el centro de la tierra. La mitología judeo-cristiana considera al Gólgota el centro y el paraíso terrenal tiene la misma ubicación.[3] Ejemplos como estos abundan en las mitologías de Laos, Japón, Finlandia, etc... El simbolismo del "centro" aparece a su vez en la literatura y arquitectura medievales: "...la basílica de los primeros siglos de nuestra era, así como la catedral de la Edad Media, reproduce simbólicamente la Jerusalén celestial''.[4]

LOS "ELEGIDOS" Y LA PERSECUCIÓN: El pueblo israelita se considera como el “elegido” por Jehová. En la Edad Media, Occidente emprendió las grandes cruzadas con el pretexto de rescatar la tierra santa de manos paganas; pero como siempre el verdadero objetivo era ir tras la riqueza y el botín que la guerra pudiera depararle. Los españoles, escudándose en la idea que su fe y su religión eran las verdaderas y que su dios era el único, oprimieron, avasallaron y saquearon a América:"Si ese dios no reinara sobre el mundo, no habría esclavos ni amos, ni vasallos ni colonias.[5]

En la isla de La Española (hoy territorio de Haití y República Dominicana) a comienzos del siglo XVI, Fray Bartolomé de las Casas abogaba por los indios y denunciaba la explotación de la cual eran objeto por parte de los españoles, y proponía como único medio para abolirla, traer esclavos negros del África. Para defender a los nativos, alegaba que también eran hijos de Dios y que poseían -al igual que los cristianos- un alma. Al mismo tiempo, los indígenas dejaban a los cadáveres de los españoles hechos prisioneros varios días al sol, con el fin de verificar si sufrían o no el proceso de putrefacción.[6] Los franceses, mientras tanto, encarcelaban y torturaban a los hugonotes, y a sus mujeres las marcaban de la misma forma que lo hacían con las prostitutas. La Alemania nazi, inventó los hornos de cremación donde perecieron varios millones de judíos (que por lo demás siempre habían estado confinados en los ghettos europeos) y de gitanos, aunque ya nadie se acuerde del holocausto de estos últimos. ¿A quién podría importarle la muerte de un gitano? Total, no es explotable políticamente. Aún hoy siguen siendo objeto de persecución por parte de la policía europea, son los parias de la opulencia.

Rafael Leónidas Trujillo (dictador dominicano), persigue y asesina en los años 30, a 30.000 haitianos. Otro tanto de argentinos desaparece durante la dictadura militar, en la llamada guerra sucia. En la India persisten las castas y se persigue a la minoría musulmana. En Sri-Lanka, la persecución es contra el pueblo tamil.

Los ejemplos anteriores, sirven para ilustrar el hecho de que el racismo no es sólo un prejuicio contra el color de la piel, sino que la mayoría de las veces ha sido utilizado como pretexto para perseguir a aquellos que no profesan la misma religión o la misma ideología del pueblo colonizador o de la clase con el poder económico, militar y político necesarios para imponer su propia ideología.

EL CONCEPTO DE RAZA Y SUS IMPLICACIONES: El diccionario define el concepto de raza como un “grupo humano que presenta un conjunto constante de caracteres corporales distintivos y hereditarios”.[7] Y aunque en la actualidad sólo se distinguen tres grupos (caucasoides, mongoloides y negroides), aún se utiliza la clasificación del naturalista sueco Carlos Von Linneo (1707-1778); clasificación basada principalmente en la distribución geográfica y en el color de la piel de los individuos. De ahí la creencia común de raza blanca, negra, indígena, y en Colombia de raza criolla; llegándose incluso a hablar de raza manizaleña (concepto que fue explotado en la década de los '80 en una publicidad con fines turísticos para la ciudad). Las implicaciones de la anterior clasificación han sido funestas, y lo que es peor: se sigue perpetuando. ¿Cómo? A través de la educación, los medios de comunicación, los prejuicios sociales, la religión, la política.

EL RACISMO EN COLOMBIA: Para nadie es un secreto que el departamento del Chocó, las intendencias y comisarías han sido las regiones más desprotegidas por el gobierno. Su población representa la minoría del pueblo colombiano; minoría a la que se denomina despectivamente "negra e india". Estas regiones (que también forman parte del territorio nacional), carecen de vías de penetración suficientes, de servicios públicos, de programas verdaderamente eficientes de vivienda, salud y educación.
DICHOS POPULARES Y RACISMO: El lenguaje en Colombia posee un sinnúmero de dichos populares con marcada connotación clasista, que oculta en últimas los prejuicios raciales que se tienen contra los grupos minoritarios: "Hay que trabajar como negro para vivir como blanco". El insulto más grande es ser llamado "indio". Los periodistas se refieren a los jugadores negros con el eufemismo de "morenitos". Estas expresiones, utilizadas en todas las clases sociales, representan sólo algunos ejemplos del lenguaje racista empleado a diario por el colombiano. Habría que señalar que la educación impartida en los colegios, escuelas y universidades en general, continúa enseñando y transmitiendo la imagen de civilización occidental como la única aceptable, lo que supone que aún somos un país colonizado culturalmente.

[1] Diccionario Kapelusz de la Lengua Española, Editorial Kapelusz, Buenos Aires, Argentina.
[2] Claude Lévi-Strauss, Race et Histoire, Editions Gonthier, Unesco 1961, Bibliothéque Média-tions, France.
[3] Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno, Alianza/Emecé.
[4] ..., Lo Sagrado y lo Profano, Labor /Punto Omega, 5a edición, 1983.
[5] Eduardo Galeano, Memorias del Fuego. 1. Los Nacimientos, Siglo XXI Editores, S.A., 8a edición.
[6] Claude Lévi-Strauss, Race et Histoire.
[7] Diccionario Kapelusz.

Dos Mujeres (cuento)


Primera voz:


Estoy esperando mi turno, el médico debe de llamarme de un momento a otro. He venido sola. Llamé y pedí la cita, hablé directamente con él. No tuve necesidad de decirle para que llamaba, él lo sabía, simplemente me dijo cuanto costaría la intervención. El número de teléfono me lo dio una amiga, la única persona que conoce lo que voy a hacer. Las mujeres tenemos redes ocultas. La información circula de boca en boca, casi en un susurro. Echo un vistazo a mi alrededor, es una gran sala, limpia, agradable, bien decorada. El consultorio se encuentra en una casa ubicada en una zona residencial, donde varios médicos tienen sus consultorios. Aparentemente todo está en regla, menos el procedimiento que se me hará en unos cuantos minutos. Pensé mucho si debía hacerlo o no. La religión y la sociedad tienen un peso enorme en este país. Las mujeres y la sexualidad se miran a veces con cierto desprecio. Hace poco el presidente, que se cree el papá de todos nosotros, dijo en la televisión que “el gustico había que dejarlo para después del matrimonio”. ¡Vaya forma de hablar! Yo me pregunto dónde está su inteligencia y sin embargo fue reelegido. Por supuesto que yo no voté por él. Tampoco lo hice la primera vez. Sin embargo no es el único en pensar de esta manera. Muchos hombres lo hacen, pero son los primeros en querer acostarse con una mujer, sin tomar ninguna precaución, y después la dejan sola. Pero ese no es mi caso. Estoy casada, soy madre de dos adolescentes y me había hecho ligar las trompas hace más de diez años. Como quien dice, ejerzo una sexualidad legal desde el punto de vista social. Los sacerdotes aceptan las relaciones sexuales dentro del matrimonio sólo con fines reproductivos; debe de ser por eso que hay tanto cura detrás de los niños.

Segunda voz:


Nunca he sentido tanto pánico. Me siento sola, desamparada. Tengo solo veinte años y ya estoy en embarazo. Mi novio ni siquiera me quiso acompañar, a duras penas me dio parte del dinero para el aborto, lo demás lo tuve que pedir prestado. Nadie sabe donde estoy. Encontré este consultorio mirando los avisos clasificados del periódico. Llamé a varios y me decidí por el más económico. El consultorio -si es que puede llamársele así a esta casa oscura, ubicada en el sur de la ciudad, en un barrio de estrato tres y donde la limpieza brilla por su ausencia- más que darme tranquilidad contribuye a esta sensación de ahogo que me impide respirar. En mi familia ni siquiera sospechan que estoy en embarazo, de ser así mi papá me habría dado una paliza enorme y lo más seguro es que me habrían echado de la casa. ¿Y adónde ir? No tengo trabajo fijo, ni siquiera pude terminar el bachillerato. En cuanto a mi novio, me dijo que él no respondía; lo que quiere decir que no me hubiera ayudado. Ayer incluso lo vi muy amacizadito con una vecina. Ya me encontró reemplazo.
Primera voz:
Decía que lo pensé mucho. Amo a mis hijos y amo el rol de madre, pero no me siento capaz de recomenzar nuevamente con un bebé en brazos. Tengo que trabajar. El salario de mi marido y el mío a duras penas alcanza para llegar a fin de mes. Ya perdí la memoria de la última vez que salimos de vacaciones. La casa donde vivimos aún le pertenece al banco y faltan varios años para acabar de pagar la hipoteca. Mis hijos están en la universidad y eso cuesta un ojo de la cara. Hace mucho tiempo dejé de tener empleada, por una parte no podría seguir pagando sus servicios y por otra nos hemos arreglado para cumplir cada uno con las labores del hogar, hacemos un trabajo equitativo. Pero eso no quiere decir que mis hijos tengan que asumir la crianza de un nuevo miembro de la familia. Eso está descartado por completo, ni siquiera me planteé la posibilidad. Un hijo es responsabilidad de los padres, de nadie más. Ellos tienen sus propias vidas, los hemos educado para que sean autónomos, mi marido y yo respetamos su independencia y ellos la nuestra.
Segunda voz:
En mi casa no hay privacidad, somos cinco hijos, tres hombres y dos mujeres. La casa tiene dos habitaciones y el abuelo vive con nosotros. Así que hasta el espacio de lo que podría ser la sala, está ocupado. ¿Dónde podría criar a mi hijo? ¿En que cama lo acostaría, si ya la comparto con mi hermana? ¿Cómo darle de comer a un bebé, si yo misma tengo hambre permanentemente? Y si trabajase, ¿Quién me lo cuidaría?
Primera voz:
Tampoco le he dicho nada a mi marido. Entre los dos decidimos tener dos hijos y luego estuvimos de acuerdo en una ligadura de trompas. Ese día él me acompañó. Es un hombre solidario, me ama y me respeta; pero esto no estaba dentro de nuestros planes. Podría alegar que tengo problemas de salud, pero no es verdad, estoy muy bien. Considero que la mujer es dueña de su cuerpo, por lo tanto es la única que debe decidir si de verdad quiere tener sexo o no. Pienso también que el sexo debe de ser asumido de una forma responsable. Ese es mi caso, así que no veo porque no podría tomar una decisión yo sola con respecto a algo que me atañe a mí antes que a nadie. La legislación siempre ha estado en contra de la mujer, hasta ahora le había impedido el acceso a un aborto profiláctico, con todas las de la ley. Incluso si el niño por nacer era producto de una violación, y muchas de ellas son incestuosas, o si se comprobaba que tenía una malformación que hiciera inviable su vida o incluso si la vida de la madre corría peligro. Por fortuna la legislación cambió hace pocos meses. En cuanto a la interrupción de un embarazo en el que ninguna de estas características hacen parte de él, y es la mayoría de los casos -madres adolescentes, jefes de hogar agobiadas por la pobreza y con varios hijos, o mujeres como yo que libremente decidimos cuantos hijos tener y en que momento- aún se considera un delito que da de uno a tres años de prisión. Cuando las cárceles están llenas de paras y guerrilleros que han matado a cientos de personas, para luego salir libres en menos de lo que canta un gallo, en el caso de los primeros. Lo segundos se quedan un poco más, aunque nunca es suficiente. ¿Cómo pagar la vida de un ser humano? Peor aún, ¿Cómo pagar la vida de cientos de seres humanos? ¿Y los qué lo han perdido todo? Y lo que es peor, los jefes paras nunca van a parar a prisión. Eso por no hablar de los violadores de niños, la mayoría de ellos, al declararse culpables, terminan por no ir ni siquiera a la cárcel.
Segunda voz:
Al acostarme con mi novio sabía muy bien lo que podía pasar. Pero habla tan bonito... me dijo que me quería, que no iba a pasar nada, que era solo un momentico, que no había nada que temer y que además íbamos a casarnos. Y por supuesto le creí, la muy idiota. Y eso que este barrio está lleno de muchachitas como yo, con niños en brazos y los papás en brazos de otras.
Primera voz:
Las que pagamos somos las mujeres. Nos condenan por querer decidir sobre nuestros cuerpos, sobre nuestro futuro y el futuro de nuestros hijos. Porque esto también les atañe a ellos. Los hijos deben venir al mundo como consecuencia de un acto de amor, de responsabilidad, de esperanza y porque no, de capacidad económica. No se puede traer hijos al mundo a diestra y siniestra. Eso no es humano. Ni para ellos ni para nadie.
Segunda voz:
La muchacha que estaba adentro acaba de salir, es mi turno, hay otras cinco que esperan su turno. Me hacen una seña y entro. La puerta se cierra detrás de mí y me siento más sola que nunca.
Primera voz:
La respuesta de la jerarquía eclesiástica a la aprobación de la interrupción del embarazo, ha sido poco menos que aterradora. Su respuesta tajante fue que los legisladores que habían aprobado la ley estaban excomulgados y han amenazado con dicha práctica a las mujeres que aborten y a los médicos que hagan el procedimiento. Recientemente leí que en Colombia se practican alrededor de 400000 abortos anuales, cifra dada antes de la aprobación del aborto bajo las circunstancias anteriormente señaladas. Van a excomulgarnos a todas y a todos, ¿Y los abortos de los años anteriores? Al paso que van se quedarán sin fieles. Cualquiera diría que vivimos en tiempos de la inquisición. A lo mejor me mandan a la hoguera si llego a escribir lo que estoy pensando. En este país la tolerancia es cero y la violencia de género es pan de cada día.
Segunda voz:
Me sacaron del consultorio casi en andas. Veo en el rostro del médico, aunque no ví ningún diploma que lo acredite como tal, una ráfaga de terror. He comenzado a sangrar. Me dicen que debo irme rápido, que ellos no responden. Camino media cuadra, la cabeza me da vueltas, no veo nada, ya no siento nada.


Primera voz:
Recuerdo que en los años 70 y comienzos del 80 las adolescentes italianas viajaban a Inglaterra los fines de semana para poder abortar. El Estado italiano finalmente lo aprobó hace más de 20 años. En Francia, el aborto fue legalizado en 1975 y nadie hasta ahora ha sido excomulgado. La Iglesia sabe muy bien que el Estado francés es laico. Es gracias a la laicidad, que la presión de algunos grupos de musulmanes en el 2003 no tuvo eco en la campaña que se hizo para que la escuela pública aceptara que las estudiantes musulmanas llevaran puesto el shador o la pañoleta en las aulas de clase. De haberlo aceptado hubieran terminado por asistir con la burka puesta. La religión es muy importante, pero el derecho de cada cual a decidir sobre su propio cuerpo es una verdad incontestable, que va mucho más allá del credo de cada cual.

El médico me ha llamado. Me levanto segura de mi decisión. Sé que va a dolerme, soy consciente de ello y lo asumo libremente, es mi derecho.

viernes, 19 de octubre de 2007

POESÍA FRANCÓFONA (artículo)

POESIA FRANCOFONA

Nota de la autora: Aunque este blog está dedicado a la mujer, hoy hace referencia a la "poesía de las negritudes", poco conocida en nuestro medio. La poesía africana, al igual que la producción literaria de la mujer, es segregada, poco estudiada; sobre todo en Colombia, donde no deja de ser marginal. Y en un reconocimiento a poetas que conozco poco, publico este artículo como homenaje a una lírica hermosa y profunda.

El movimiento literario de las “negritudes” marcó la primera gran ruptura que se dio en el Africa colonial, con Léopold Sedar Senghor (Senegal, 1906-2001) a la cabeza; quien publica una Antología (Antología de la Nueva Poesía Negra y Malgache en Lengua Francesa, 1948) en la cual recoge parte del universo literario del Africa francófona. La literatura de las negritudes toma el nombre de los debates intelectuales que se dan en los años 30, impulsados por el poeta de origen antillano Aimé Césaire (Martinica, 1913), y posteriormente por Senghor y Jean-Paul Sartre. Aimé Césaire desarrolla su propio concepto de la negritud, en una hermosa cascada de imágenes que sienta las bases de un movimiento que habría de ser decisivo para las luchas anticolonialistas emprendidas por los países africanos en la década de los ‘60 :

“mi negritud no es una piedra, su sordera precipitada
contra el clamor del día
mi negritud no es una fuente de agua putrefacta en el ojo
muerto de la tierra
mi negritud no es ni una torre ni una catedral
ella se sumerge en la piel roja del sol
ella se sumerge en la piel ardiente del cielo
ella rompe el agobio que produce la paciencia”.

Y en otro poema denuncia la época colonial como solo un descendiente de esclavos puede hacerlo:

“(llegado) mi turno
elevaré al aire un grito tan violento
que salpicará de lodo al cielo
y por mis ramas desgarradas
y por el tiro insolente de mi fusil herido y solemne
le ordenaré a las islas que existan”.

El movimiento de las negritudes no es solamente un movimiento político, sino que busca ir más allá de la simple denuncia social, busca mostrarle a Occidente que el África y las Antillas también existen, y que el colonialismo es la peor vergüenza del siglo XX. Pero sobre todo, pretende mostrar que también pertenece a una cultura, por la que se debe luchar y ayudar a preservar. Todos los pueblos y culturas pertenecen a la humanidad, por lo que no puede ni debe excluirse ninguno de ellos. El movimiento es apoyado por intelectuales de la talla de Sartre, André Gide, Albert Camus, André Bretón, entre otros.

Para Senghor la “literatura de las negritudes” es un signo de reconocimiento, una fórmula que abrió camino a los poetas africanos nacidos en plena época colonial, y que además se identificaban con la lucha del pueblo africano. Su producción literaria no sólo denuncia la época colonial sino que refleja la búsqueda por una autenticidad cultural; la cual había sido ignorada para poder justificar, primero la esclavitud y luego la colonización, en este caso la francesa.

La literatura de las negritudes se define en un principio como un proyecto de rehabilitación del hombre y la mujer negros. Siendo su tema principal la exaltación del “alma negra”, que no es otra cosa que reconocer su existencia humana, algo que no siempre fue admitido por los países colonialistas. (Recordemos como hacia 1520 España se debate en un dilema teológico en el cual el tema primordial es si los indígenas americanos poseen o no un alma; lo que traducido a otros términos quería decir: ¿Son seres humanos o no lo son? Dando lugar a mitos culturales que han dejado una huella indeleble y que han sido el origen del racismo y la xenofobia por parte de los pueblos europeos en contra de los pueblos del mal llamado Tercer Mundo; dándose incluso la vergonzosa pregunta si los indígenas, negros, latinoamericanos, maghrebíes, asiáticos o el pueblo nativo australiano somos iguales a los blancos).

Para descubrir el espíritu de la lucha de las negritudes, es necesario mirar su obra literaria, puesto que son los primeros en hablar de ella al mismo tiempo; y el género que más impacta es la poesía, puesto que es el género predominante en el África colonialista y postcolonialista. Lo que no excluye que también se haya manifestado en los géneros de novela y ensayo, no obstante la literatura de las negritudes es esencialmente un mito poético. Mito que impuso una imagen y un modelo de poeta negro y de su poesía: Víctima de la colonización, el poeta se rebela con su canto; y como el poeta es negro, su canto adquiere todas las virtudes inherentes a su pueblo. El canto se destaca por una temática coherente, donde se exalta dicha condición. Todo comienza por un grito, el más violento que pueda imaginarse, una voz dolorosa toma como testimonio la inmensidad del sufrimiento negro; David Diop (Senegal, 1927-1960) lo expresa así:



“¡Sufre, pobre negro!...
El látigo silba
Silba en tu espalda sudorosa y sangrante (...)
¡Sufre, pobre negro!...
¡Negro obscuro como la miseria!”


El poeta explora los espacios infinitos del “país del sufrimiento”, de los barcos negreros, de la explotación de la caña de azúcar en la época infame de la esclavitud americana.

Para Jean-Paul Sartre “El negro consciente de sí mismo se ve ante sus propios ojos como el hombre en el que ha caído todo el dolor humano, que sufre por todos, incluyendo al blanco”. Al menos es lo que dice un poema de Bernard Dadié (Costa de Marfil, 1916):


“Te agradezco Señor, por haberme creado Negro,
por haber hecho de mí
la suma de todos los dolores,
(por haber) puesto sobre mi cabeza,
el Mundo.

Lo liberé del Centauro,
Y lo sostengo desde sus albores”.


En estos versos hay una clara alusión a la redención cristiana, y a la necesidad del sufrimiento, como única posibilidad de salvación eterna.
Senghor, por el contrario se rebela y denuncia la opresión. Cuando el dolor se convierte en algo insoportable, rechaza a Occidente y a la supuesta razón que lo sustenta. Léopold Sédar Senghor se regocija ante la fuerza liberadora:


“Pero yo romperé las risas en todos los muros de Francia”.

Y en otro poema:

“Que nosotros estemos presentes en el renacimiento del Mundo
Como la levadura que le es necesaria a la harina blanca,
(Puesto que) ¿Quién aprendería el ritmo del mundo muerto de
máquinas y cañones?”


El rebelarse supone mirarse dentro de sí mismo: Es el viaje interior que busca la identidad perdida o aniquilada. El poeta negro descubre nuevamente el paraíso de la negritud original; que no es otro que el prestigio de un pasado mas que glorioso y de la riqueza infinita de la tradición africana. La poesía se convierte en un eco nostálgico, como si fuera la música de un tambor lejano, que clama por un regreso del África sagrada y extraviada:

“África, África mía
África de violentos guerreros de las sabanas ancestrales
África a la que cantaba mi abuela
Al borde de un río lejano”.
David Diop


Y Birago Diop nos rebela el gran secreto de África: la comunicación permanente entre los seres humanos y los dioses, entre los vivos y los muertos, el pasaje abierto entre dos mundos (el profano y el sagrado):

“Aquellos que están muertos no han partido nunca,
ellos están en el niño que llora,
y en el tizón que arde.
Los muertos no están bajo tierra:
ellos están en el fuego que se expande,
ellos están en los árboles que lloran,
ellos están en la roca que se queja
ellos están en la selva, ellos están en la morada:
los muertos no están muertos.

Escucha mas a menudo
las cosas que los seres.
La voz del fuego se escucha,
escucha la voz del agua,
escucha en el viento
las breñas que sollozan
Es el aliento de los ancestros”.
Birago Diop (Senegal, 1906-1989)




Poemas traducidos por la autora del artículo

El velo (cuento)


El encuentro
I
La tarde del miércoles es mi preferida, no tengo que ir al liceo. Estoy tirada en mi cama, con los ojos cerrados, tratando de descansar un poco. El timbre suena dos veces con insistencia. Estoy sola en el cuarto y no tengo deseos de recibir a mis amigas. Escucho la voz de mi madre pidiéndome que eche un vistazo. Me paro con desgano y recorro la distancia que hay entre mi cuarto y la entrada principal. El timbre suena por tercera vez, -ya voy, ya voy -grito, malhumorada-. Al abrir la puerta, veo a un hombre parado en el corredor. Su rostro no me dice nada, no creo conocerlo. No es muy alto, debe medir 1.68 m., es más bien delgado, de rostro alargado; pienso que no ha debido afeitarse en los últimos días. Su pelo es liso y sus ojos cafés claros. No vive en el edificio. Todos los vecinos nos conocemos los unos a los otros, los muchachos son amigos de mis hermanos. Es una pequeña comunidad que ha dejado sus raíces atrás en busca de un mejor futuro. Un futuro que aún no llega. El recién llegado me mira y cuando voy a preguntarle que desea, da media vuelta y desaparece en el ascensor.

II
No había vuelto a pensar en el incidente, hasta ahora que lo he vuelto a ver al salir de la tienda de abarrotes con mi mamá. Está recostado en el umbral del edificio del frente, con los ojos puestos en el local. Apenas salimos se escabulle entre la gente. Hay otros “encuentros”, me doy cuenta que no son fortuitos, me molestan, me producen una sensación de agobio que no puedo definir. Puede ser a la salida del liceo, o en el parque, donde llevo a mi hermano pequeño, o en la calle donde vivo. Nunca me habla. No obstante su presencia me disgusta.

La petición
I
Son las ocho de la noche, estamos en familia, es la hora de la cena, no esperamos a nadie. El timbre de la puerta suena. Mi hermano mayor dice que debe de ser uno de sus amigos. Se equivoca, es el mismo hombre que me hostiga desde hace varias semanas. Sin ser invitado y sin saludar siquiera, entra directo a la sala. Pide hablar con mi papá y con mis hermanos. Mi mamá y yo nos vamos para la cocina. -¿Qué querrá? –me pregunta-. No contesto nada, pero yo lo sé. Lo comprendí al verlo atravesar el comedor y sentarse en el sofá. Es por mí que viene, quiere negociar con mi padre y la mercancía soy yo. Venimos de lejos, nos hemos instalado en los suburbios de una gran megalópolis, pero no hemos abandonado nuestras tradiciones ancestrales. En nuestra cultura las mujeres no escogen el marido, son los padres los que deciden por ellas. Me pregunto si mi papá y mis hermanos aceptarán su petición. Siento que los ojos se me llenan de lágrimas, pero sé que no puedo decir nada. De todas formas nadie me escucharía. Sólo me queda esperar.

II
Por mi mamá sé que el desconocido me quiere como esposa. Le ha propuesto a mi padre una buena cantidad de dinero, que él ha rechazado, tiene otros planes para mí. Debería sentirme aliviada, pero no lo estoy. Una vaga sensación de incertidumbre se aloja en mi pecho. Sigo saliendo a hacer las compras o al liceo; lo hago insegura, no quisiera encontrarlo al doblar una esquina o en la mitad de la calle; para mi gran tranquilidad no lo vuelvo a ver. Pasado el tiempo ya ni me acuerdo de él.

III
Hoy nos ha vuelto a visitar el supuesto pretendiente de F. y nuevamente lo he rechazado. No tengo nada en su contra, es sólo que no pertenece a nuestro mundo, aunque profese las mismas creencias religiosas. No habla nuestra lengua, ni conocemos su familia, no sabemos nada de él. Por otra parte he estado hablando con mi primo, hemos acordado unir a nuestras dos familias con la alianza entre su hijo y F. Aún no le he dicho nada a la madre ni a sus hermanos, pienso hacerlo pronto; cuando todo esté arreglado. En cuanto a mi hija será la última en saberlo, su opinión no cuenta, sabrá obedecer, como lo hizo su madre y la madre de su madre y así sucesivamente.

No duermas más, mi niña...
I
Es miércoles, acabo de hacer las compras del día. Me demoré un poco más en la tienda de abastos, había mucha gente esperando su turno. Regreso a casa, los paquetes están pesados, me detengo a cada instante para descansar un poco; ojalá que en casa sepan entenderlo, no me gusta ver a mi papá enojado. Cuando eso sucede me encierro en el cuarto, hasta que se le pase. Sólo me faltan 10 metros para llegar a la calle donde vivimos, respiro tranquila; si estoy con suerte llegaré antes que él. Al doblar la esquina escucho que me llaman por mi nombre, debe de ser uno de mis primos; levanto la cabeza confiada y es entonces cuando veo al señor de pelo liso y ojos cafés claros delante de mí. No debo hablarle, ni siquiera mirarle a la cara; sino me convertiría en la vergüenza de la familia. Decido pasar a su lado rápidamente, pero no logro hacerlo; me ha tirado algo al cuerpo, mis ropas se impregnan de un fuerte olor, luego enciende un fósforo, me ha convertido en una tea humana.

II
No sé donde estoy, imagino que en mi cuarto, aunque no reconozco el colchón donde estoy acostada. A veces escucho la voz de mis hermanos, aunque no logro comprender del todo lo que dicen. Solo he podido escuchar a mi papá que me susurraba muy cerca al oído: -No duermas más mi niña, despierta, despierta. Y yo que creía que no me amaba. Me doy cuenta que debo de estar durmiendo desde hace mucho tiempo, lucho por despertar, pero en vano, no lo logro. Me viene a la mente el cuento de la bella durmiente que me narraban en la guardería, debo dormir igual que ella; la diferencia es que no habrá un príncipe encantado que venga algún día a despertarme, hace mucho dejé de creer en ellos.

lunes, 15 de octubre de 2007

LA POESÍA EN TIEMPOS FARAONICOS (artículo)

LA POESIA EN TIEMPOS FARAONICOS



“Díos Mío! Esposo mío
Es placentero ir al estanque
Tu deseo de verme descender
De bañarme delante de ti
¡Me regocija!

Te permito ver mi belleza
A través de una túnica del más fino de los linos reales,
Impregnado de esencias balsámicas,
Y mojado en aceite perfumado.

Me sumerjo en el agua para estar a tu lado,
Gracias al amor, salgo, con un pescado rojo en la mano.
Contento está entre mis dedos,
Lo coloco sobre mis senos.

¡Oh! Tú Esposo mío, ¡Oh! Amado mío
Ven y mira”.


Cada vez que se habla del tiempo de los faraones se suele pensar siempre en las pirámides, en la Esfinge y en las momias. Pero rara vez se piensa en el rol que jugaron las mujeres en el antiguo Egipto, con excepción de Nefertiti o de Cleopatra, rara vez hacemos alusión a ellas. De estas dos mujeres sabemos que eran poseedoras de una extrema belleza, y en el caso de Cleopatra conocemos la historia de su reinado, más por haber sido el gran amor de Marco Antonio, que por haber sido reina de Egipto.

Pero la poesía que se nos ha legado nos muestra a una mujer muy diferente a la que habita hoy en día en los afluentes del Nilo. La mujer en tiempos faraónicos se caracterizaba por poseer una gran libertad sexual, e incluso, como puede apreciarse en los siguientes versos, era considera igual al hombre:

“¡Oh! Isis…
Tú eres la Diosa de la Tierra,
El poder que les conferiste a las mujeres
Es el mismo que ostentan los hombres”.

De todos los aspectos divinos de feminidad, Isis se manifiesta a nuestros ojos como la diosa por excelencia, la más conocida de todas, la imagen misma de Egipto. Admirable compañera de Osiris, que supo secundarlo, e incluso ayudó a perpetuar el culto de su esposo. Isis es considerada como la maga por excelencia, con poderes que le otorgaban la capacidad de curar a los dioses. Isis es también considerada como la diosa de la tierra, es decir la madre biológica y por ende protectora de las mujeres, ella también es la diosa del amor y de la felicidad:

“Como es de hermosa tu cara gozosa
Cuando te rodea la gloria.
Hombres y mujeres te ruegan les concedas el amor
Las vírgenes, en las festividades, se abren para ti y te obsequian su espíritu.
Tú eres la Dama de la Alabanza, Maestra de la danza,
Maestra del amor, de las mujeres y de las núbiles.
Tú eres la Dama de la embriaguez y de las fiestas,
Dama del Olivo, Maestra en trenzar la corona,
Dama de la felicidad, Dama de la exultación,
Es a ti, Majestad, a quien cantamos”.


Los cantos fúnebres:

Los ritos funerarios eran acompañados de mujeres, conocidas como las plañideras, que clamaban al cielo por la pérdida de un ser querido. Estos cantos cumplían las funciones de lamentaciones, en ellos la amante se conduele por la pérdida del amado:

“Regresa, Amado mío, tú que has partido,
Para que bajo los árboles hagamos lo que más te gusta.
Lejos está mi corazón
Sólo contigo, deseo hacer lo que me gusta.
Si te vas al país de la eternidad, yo te acompaño,
Tengo miedo que mi esposo me mate.
Vine por el amor que te profeso.
Libera mi cuerpo de tu amor”.

En este canto funerario puede observarse también la presencia del adulterio, el cual era gravemente castigado. Mientras que el divorcio era una práctica aceptada, que no necesitaba de jueces que lo aprobaran, puesto que era suficiente el deseo común de la pareja y el consentimiento de la familia, para que la separación fuera un hecho. No obstante, el adulterio tenía características socio jurídicas bien diferentes. Al hombre adúltero, considerado como un violador, se le practicaba la emasculación (castración), si la unión no había sido violenta se le daban cien bastonazos, o se le cortaban las orejas y la nariz. A la mujer que había consentido a la unión sexual también se le cortaba la nariz, lo que le causaba una desfiguración y la vergüenza permanentes, ya que quedaría marcada de por vida, recordando que había sido adúltera. El castigo para la mujer también podía traducirse en la condena a trabajos forzados y el destierro al vecino país de Nubia.

Sin embargo en la práctica los jueces no siempre eran tan severos, y con frecuencia perdonaban a los adúlteros; sobre todo si la mujer declaraba haber sido seducida, lo que era considerado como una especie de violación, por lo que su marido se abstenía de presentar demanda:

“No copules con una mujer casada. El que copula con una mujer casada, en su cama, su propia mujer podría ser violada en el suelo”.

Este refrán podría muy bien significar: No le hagas a los demás lo que no deseas que te hagan a ti.

Por otra parte los faraones podían tener una esposa y una favorita, práctica que no era exclusiva de los reyes, sino que parece haber sido común a toda la sociedad; al menos para aquellos que podían darse el lujo de mantener dos mujeres, que por otra parte debían convivir bajo el mismo techo.


Las egipcias y su arreglo personal:

Las mujeres egipcias se vestían con túnicas del más fino de los linos, túnicas transparentes y perfumadas:

“(He aquí) una túnica blanca
Bálsamo para tus hombros
Guirnaldas para tu cuello
(Llena tu) nariz de salud y felicidad;
Perfuma tu cabeza
Dedica este día a la celebración”.

El enamorado, por su parte, desea convertirse en parte de la túnica, para poder estar al lado de su amada:

“¡Si yo pudiera solamente, ser su blanqueador!
¡Sólo por un simple mes!
Entonces mi felicidad sería lavar los aceites
De olivo que impregnan su diáfano vestido”.

Los vestidos de las mujeres del Antiguo Egipto eran siempre tejidos en lino blanco. La única manifestación en el color se hacía en los cinturones, tejidos en diferentes tonalidades. En ningún caso se veía una mujer egipcia adornada con vestidos bordados con múltiples colores, como si lo hacían las mujeres del Oriente Medio.

Sin embargo las mujeres egipcias amaban el maquillaje con el cual ornaban sus ojos. Se hacían grandes líneas que los enmarcaban, dándoles un sensual encanto. Esto sumado a los ungüentos y perfumes que aplicaban tanto a sus cuerpos como a sus vestidos, nos muestran unas mujeres de gran voluptuosidad. No es sino pensar en la imagen de Nefertiti, quien nos hace soñar aún hoy en día con la inefable belleza de estas seductoras mujeres.


El matrimonio:

La mujer gozaba de los mismos derechos que el hombre, era libre y podía ser propietaria de sus bienes; no obstante para casarse se le exigía ser virgen. Toda jovencita, en edad de merecer (como se decía en el siglo XIX), aspiraba a convertirse en nébèt – pèr, ama de casa, puesto que es el título que otorga seguridad económica y un puesto respetable en la sociedad:

“¡Oh, tú, el más hermoso de los hombres!
Mi mayor deseo es vigilar tus bienes,
Y convertirme en el ama y señora de tu casa.
Que tu brazo repose sobre el mío
Y que mi amor te regocije.

Le confieso a mi corazón
Con un deseo de amante:
¿Puedo tenerte como esposo?
Sin ti soy un ser en la tumba
¿No posees tú la salud y la vida?


Los poemas de amor de las jovencitas están marcados por la pasión, pero también por la discreción y la ansiedad. Su erotismo es aún tímido:

“La voz de mi amado ha turbado mi corazón.
El me dejó presa de mi ansiedad.
El vive cerca de la casa de mi madre.
¡Sin embargo yo no sé como ir hacia él!
¿Será que mi madre podrá hacer algo?

El no conoce mi deseo de tenerlo entre mis brazos
El no conoce lo que ha hecho confiarme a mi madre
Oh bienamado ojalá la diosa de las mujeres
¡La Dorada, me destine para ti!

Mi corazón se agita,
Cuando pienso en mi amor,
El no me deja reaccionar “como se debe”,
Se sobresalta cuando me acerco a él.

No logro vestirme
No pongo atención a mi apariencia
No maquillo mis ojos
Y no me perfumo con suaves fragancias.


¡No te rindas, ya casi lo tienes!
Me dice mi corazón cuando pienso en él.
¡Oh, corazón mío, no me conduzcas a la pena!
¿Por qué reaccionas como un loco?

Espera sin temor, el bienamado viene hacía ti;
Pero compórtate a los ojos de la multitud.
No les hagas decir de mí:
“¡Esta mujer está enamorada!”.

Cálmate mientras lo evocas,
¡y no te agites tanto mi corazón!”


El joven enamorado también le canta a su amada:

“La bienamada sabe lanzar el lazo,
(Sus cabellos, ella los lanza como un reto)
Agita su cabellera como si fuera una red
Con sus ojos me convierte en su cautivo
Con sus adornos me domina
Con su lengua me marca como si fuera hierro candente”.


Hasta que la enamorada cede a sus deseos:

“Cuando la tengo entre mis brazos
Y cuando sus brazos me enlazan
Es como un país de ensueño
Es como tener el cuerpo impregnado de aceites perfumados.

Cuando la beso
Y siento sus labios entreabiertos
Me siento ebrio
Aún sin haber bebido cerveza.

Ah, mi sirviente, yo te digo,
Apúrate a preparar la cama,
Coloca el más fino de los linos para cubrir su cuerpo,
No tiendas para ella una simple tela
Coloca en el lecho sábanas perfumadas…

Ah, quisiera ser su esclava negra,
La que lava sus pies,
Así podría ver la piel
De todo su cuerpo”.



Estos versos de un fuerte erotismo y sensualidad nos permiten ver a una mujer que sabe disfrutar de su sexualidad, nos conducen inmediatamente a reflexionar sobre la actual condición de la mujer musulmana. A la mujer de los tiempos faraónicos aún no se le practicaba la ablación, como si ocurre hoy en día en muchos poblados campesinos del Egipto contemporáneo.


Bibliografía : DESROCHES NOBLECOURT, Christiane. La femme au temps des Pharaons. Stock / Laurence Pernoud. Paris, France. 1986.

Los poemas han sido traducidos del francés por la autora del artículo.