sábado, 25 de julio de 2015

EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO

El pianista que llegó de Hamburgo y La baronesa del circo Atayde son dos de las obras literarias que forman parte de la saga El quinteto de la frágil memoria, en la cual se narran acontecimientos históricos de Europa y Colombia en los últimos 150 años. Una obra monumental en la cual su autor, Jorge Eliécer Pardo, se sumerge a través de dos personajes claves, Hendrik Joachim Pfalzgraf, el pianista que llegó de Hamburgo, y Carlos Arturo Aguirre, el carpintero del barrio Egipto. Una obra en la que ha estado inmerso en los últimos 25 años, pero que en realidad abarca toda su existencia e incluso varios decenios antes de su nacimiento.* Es un viaje en el que el pasado se hace contemporáneo del lector. Una soberbia lección de historia, sobre todo en un país donde la hemos vilipendiado y convertido en el trapo con el que limpiamos la basura que no queremos que vean los vecinos. En ella se entrelazan, como si se tratase de un puzzle, o de una fina madeja, las consecuencias de la guerra en los pueblos y en la vida familiar y privada, recordándonos que no hay ninguna decisión política que no tenga efectos en las personas anónimas. En otras palabras, que los ciudadanos sólo somos marionetas en las manos de los poderosos, y que ellos juegan con nosotros sin medir las consecuencias de sus actos; además, porque la mayoría de las veces no les importa. Sólo les interesa el poder político y para lograrlo se ponen al servicio de unos pocos individuos sin rostro que controlan el sistema económico. Todos sabemos lo que significó la Segunda Guerra Mundial en Europa; sin embargo, ignoramos que Colombia también se vio afectada económica y socialmente por este conflicto bélico. Se suele hablar de los campos de concentración nazi y se omite hablar del campo en el que se encerraron a las colonias judía, japonesa y alemana durante dos años. Al mismo tiempo, que nunca se habla de la política perversa que tuvo el gobierno de Eduardo Santos para impedir que los judíos, que habían sobrevivido al horror de los campos de exterminio, viajaran a Colombia. Los que lograron llegar fueron una minoría que no fue bien acogida. Jorge Eliécer Pardo nos lo cuenta así: “Luis López de Mesa … escribió en una circular que el gobierno consideraba a los cinco mil judíos establecidos un porcentaje insuperable. Pedía a los cónsules que pusieran las trabas posibles al visado de nuevos pasaportes para impedir el ingreso de judíos, rumanos, polacos, checos, búlgaros, rusos e italianos. Afirmaba, además, que estos personajes llegaban a los puertos en tal grado de miseria, que carecían de los centavos necesarios para el pago del timbre nacional y del transporte al lugar de destino, aumentando el número de desocupados que se dedicaban a negocios ilícitos o de ilícita operación. Hacía énfasis en que los judíos que abandonaban Alemania perdían su identidad, adquirían la condición de apátridas y que para dejar de serlo solicitaban la nacionalidad, y que Colombia no estaba en condiciones de aceptarlos. Cuando la Unión Panamericana exigió la entrada de refugiados, López de Mesa dijo que sí lo harían si se trataba de inmigrantes de buena índole racial y moral, porque los judíos tenían una orientación parasitaria de la vida (El pianista que llegó de Hamburgo, Cangrejo Editores, 2012, pág. 27). Luis López de Mesa era su canciller desde 1938 y en el año de 1932, en el gobierno de Alfonso López Pumarejo, había sido ministro de Educación. López de Mesa, médico y especializado en psiquiatría, abogaba por un mejoramiento de la raza como requisito previo para poder acceder al progreso, practicó una política racista, xenófoba y antisemita. Según él, la llegada de judíos amenazaba los valores supremos de la sociedad colombiana y además se oponía férreamente a la alfabetización de las clases populares. Muchos de esos alemanes, japoneses o judíos, que creían haber escapado a las garras del delirio, fueron atrapados más tarde por la vesania que significó la Guerra Civil colombiana, más conocida como la Época de la Violencia, que se desató después del fatídico 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Gaitán. La pugna fratricida por el poder, que enfrentó a liberales y conservadores, sembraría las semillas de la violencia que hemos vivido en los últimos 60 años. Pues bien, es este eterno conflicto humano, el de la guerra, la columna vertebral de la obra de Jorge Eliécer Pardo. Y como toda columna tiene varias ramificaciones, entre ellas: el lenguaje, la intertextualidad, la soledad y el exilio. El lenguaje El manejo del lenguaje de Jorge Eliécer Pardo es de una gran riqueza en todos los sentidos: gramatical, verbal y sintáctico. Si se habla de una fuerza descomunal en los libros de Pardo es, precisamente, el lenguaje. Diría que leer su obra es hacer una aventura en el lenguaje, como si cada palabra, cada imagen, cada frase, fuese una nave que nos transporta al pasado, a mundos conocidos o inimaginables, existentes o inexistentes, tangibles e intangibles. Pocas veces puede leerse una obra literaria con un manejo tan brillante de la lengua castellana; al menos de la lengua que hablamos en Colombia. En la utilización de la lengua están implícitas múltiples características alusivas al pueblo que la habla, a su idiosincrasia, a su historia, a su trayectoria sociológica y cultural. Con esto no quiero decir que la obra de Jorge Eliécer Pardo no sea universal. Si bien parte de acontecimientos locales, éstos rápidamente se transforman en universales; por lo que todos los lectores, sin importar su lengua y cultura, pueden reconocerse a sí mismos. La obra de Pardo se convierte en una metáfora fácilmente reconocida por el lector, sin importar la situación geográfica y la cultura a la que pertenezca. La intertextualidad El Pianista que llegó de Hamburgo y La baronesa del circo Atayde son también un soberbio recorrido y un gran homenaje a dos obras cumbres de la literatura colombiana: Cien años de soledad y La vorágine, sin olvidar a José Asunción Silva y la obra de Vargas Vila. Jorge Eliécer Pardo establece un diálogo permanente con los autores fundacionales de la literatura colombiana. Por supuesto que sólo la palabra pianista nos hace pensar en Pietro Crespi, el eterno enamorado de Amaranta. Y es que Hendrik Joachim Pfalzgraf tiene mucho de ese italiano extraviado en el amor, fugado, sería la palabra adecuada, que es Crespi. Los dos tienen ese aura de desamparo que los persigue hasta más allá del delirio. En ese laberinto sin Dédalo, Pfalzgraf busca a Matilde, a veces la encuentra en el rostro esquivo de Julieta-Matilde para terminar por refugiarse en una senilidad que lo conduce a los puertos del pasado, donde finalmente se reúne de nuevo con ella, con la verdadera, con Matilde Aguirre. Además hay un sinfín de alusiones a Mauricio Babilonia que hacen que la obra de Jorge Eliécer Pardo navegue en una enorme ola por el mar insondable que es el realismo-mágico de Gabriel García Márquez, sin sacrificar su impronta, su huella, su sello personal. Pero también hay múltiples alusiones a La vorágine y a Arturo Cova. El solo nombre de Carlos Arturo Aguirre es un homenaje a Cova. Él y Pfalzgraf siguen los pasos de ese hombre que se lo tragó la selva cuando sólo buscaba a la mujer amada. Ninguno de los dos cae en sus fauces, pero sí se los traga la soledad, el desamparo y el alcohol. La soledad En el caso de la soledad, hay una frase que penetra como puñal afilado: “Estaba a punto de volverse retrato como los que colgaban en su sala”. Es una descripción de la soledad, no la que buscamos para vivir y trabajar en paz, sino la que nos impone la vida, sumiéndonos en un túnel oscuro y aparentemente infinito. Y si digo que esta frase tiene el filo de un puñal afilado, es porque Pfalzgraf siente cómo su identidad va borrándose, desdibujándose en el tiempo y en el espacio, como si tuviese dificultades para ver su imagen reflejada en el espejo, como si la soledad le robase su identidad. Así como había vivido oculto por varios años en el sótano de la casa de su tío, para evitar ser una más de las sombras de los trenes sin regreso, que viajaban a los campos de exterminio nazi, otra forma de borrarse a sí mismo, vuelve a ocultarse en los vericuetos del desamparo para evitar el delirio que lo acosa con el disfraz de la soledad. Sin embargo, ese delirio acabará por darle alcance años más tarde, cuando se interne ineluctablemente en las sombras de la decrepitud y senilidad. En cuanto a Carlos Arturo Aguirre se refiere, es gracias al olor que puede ir tras de las huellas de su amada y a veces inventada baronesa. Es el olor de la mujer amada, sumado al del alcohol, la cuerda floja en la que camina como un sonámbulo-funámbulo tratando de no caer al vacío, a la nada, que es la soledad. Sin embargo, es consciente de que la cuerda siempre se rompe por la parte más delgada, y que la soledad, que lo atormenta en sus noches de pesadilla, es la constatación de la presencia etérea de su amada María Rebeca. Al menos bajo los efluvios del alcohol puede creer que sí existió, que no es un invento de su mente febril o de un delirium tremends que lo lanza ineluctablemente al vacío, una y otra vez, hasta el infinito, hasta el agotamiento total. El exilio Soy de Hamburgo, huérfano y desamparado, desplazado por la guerra. Perseguido aún por Hitler. Abandonado por el amor y por una única hija. Dolido por la soledad. Eso es tu profesor: poca cosa (ídem, pág. 145). En otras palabras, exiliado en sí mismo. Como lo somos todos los seres humanos en mayor o menor medida, así la mayoría no lo reconozca o no alcance a entenderlo. Pfalzgraf, en la búsqueda de sí mismo, terminó desaviado, definitiva e inexorablemente, en el laberinto de su memoria. Tal y como le había sucedido años antes a Carlos Arturo Aguirre cuando se perdió por entre los zaguanes y las esquinas y en las noches de amor robadas a las empleadas domésticas después de llegar a su casa en el estado de semiconciencia que deja una botella de alcohol bebida con la única compañía que brinda la soledad: el desarraigo y la errancia. Pfalzgraf y Carlos Arturo Aguirre se perdieron por los vericuetos de la peste del olvido, fueron barridos por el mismo viento que borró a Macondo. --------------------- *Versión impresa en El Magazín del diario El Espectador (Colombia) http://elespectador.com/noticias/cultura/el-puzzle-de-historia-articulo-575050

FÉMINAS O EL DULCE AROMA DE LAS FEROMONAS: I CAPÍTULO

BETSABÉ


Hacia tus pies resbalo, 
a las ocho aberturas, 
de tus dedos agudos, 
lentos, peninsulares, 
y de ellos al vacío 
de la sábana blanca 
caigo, buscando ciego 
y hambriento tu contorno 
de vasija quemante!

EL INSECTO
PABLO NERUDA


Son las once de la mañana, acabo de terminar con todos los preparativos para el reencuentro. No demoran en llegar. Estoy un poco ansiosa, imagino que ellas también lo estarán. En veinticinco años es la primera vez que estaremos todas juntas. El encuentro de este fin de semana en realidad fue concertado pocos meses antes de nuestro adiós a las aulas. Sabíamos que la vida nos depararía caminos diversos, pero no queríamos renunciar a la posibilidad de volver a vernos algún día.
Nos habíamos conocido en la universidad aunque teníamos intereses diferentes. La crítica para Betsabé y para Miranda, el teatro para Carmen, la historia del arte para Isabel, el tema de los derechos humanos para Fernanda, el cine para Laura, las antigüedades para Saskia, la antropología cultural para Francisca, las artes plásticas para Teodora; pero era la literatura la pasión que nos había unido para siempre. Por ella sellamos un pacto de amistad y de lealtad que el tiempo no pudo romper.
Y estaba César, el negro hermoso, con el que soñábamos casi todas. Era nuestro comodín, nuestra compañía, nuestra risa y el hombre por el que suspirábamos. Pero era de Betsabé. La amaba con locura y de eso no nos cabía la menor duda. Sin embargo, ella soñaba con ser tan amada como Matilde Urrutia. Era la única mujer que le hacía sentir celos. Solía decir que nadie había sido tan deseada como ella. -La única mujer que le han compuesto versos sobre los ocho huecos de los dedos de sus pies. -¡Qué mujer tan afortunada! -decía-. Y para nosotras ella era la privilegiada. Era ella quien en las noches cabalgaba horas enteras sobre el cuerpo que nos hacía soñar mañana, tarde y noche. Betsabé era la vasija que recibía, cada anochecer y cada madrugada, el líquido seminal que todas añorábamos. Mientras que su cuerpo se abría como una rosa tocada por el rocío, los nuestros se secaban como riachuelos en época de sequía.
César amaba la poesía y la danza. Nunca he visto a nadie bailar un mapalé o una cumbia como él y al mismo tiempo sumergirse en los movimientos primigenios de la danza contemporánea. Betsabé era su fuente de inspiración, la consideraba la reencarnación de Isadora Duncan. Cualquier movimiento que ella hiciera con su cuerpo, o con sus manos, le servía a César para el montaje de una coreografía. La cadencia de la respiración en reposo o la respiración salvaje del amor o el simple movimiento de sus manos, mientras se cepillaba el pelo, eran elementos recreados en el escenario. El cuerpo de Betsabé era un océano infinito por el que César navegaba subido en un velero. Ella era el viento que lo conducía a una playa segura o era la tormenta que lo extraviaba arrojándolo en islas desconocidas. Ella podía ser un hada benefactora o una Calipso que le hacía olvidar de donde venía y para donde iba.
Para Betsabé nada era suficiente. Hacía todas las preguntas, cuando en realidad tenía todas las respuestas. Tal vez era su condición de ninfa que le impedía saciarse por completo. Y aunque ella era el aire que César respiraba, también era el huracán que lo ahogaba. Nunca estaba del todo contenta. Si César viajaba con el grupo de danza, o si se demoraba en llegar a la universidad, miles de dudas la aquejaban y ensombrecían el rostro que todas anhelábamos. César era paciente, el amor lo hacía tolerante; y si no era el amor, era la pasión que en el día crecía como un volcán a punto de hacer erupción y en la noche era aplacado con caricias milenarias. César vivía para bailar, pero no hubiera podido hacerlo sin esa fuerza de la naturaleza que era Betsabé. Ella era el fuego que lo quemaba, pero también era el agua que lo aplacaba. Sus carnes rubicundas y rollizas hacían pensar en la bella Hélène Fourment, la amada de Rubens. Nada que ver con el esqueleto que Twiggy puso de moda en los años 60. Twiggy era la famosa modelo de Mary Quant, la diseñadora de la minifalda y de los pantaloncitos calientes. Betsabé no hubiera podido usarlos, pero no le hacían falta. Se sentía bien consigo misma, esa sensación la sigue acompañando. Por fortuna aún no había llegado la moda de la lipoescultura, ni de la anorexia ni de la bulimia. Sobra decir que a Betsabé no le interesa la moda impuesta en la década de los 90.
Betsabé amaba la poesía por encima de todo. Le gustaba Quevedo, pero también leía a César Vallejo. Sobre todo cuando entraba en crisis de identidad. Entonces solía recitar algunos de sus versos. Sobre todo cuando César comenzó a alejarse de ella. Si bien la amaba, también entendía que ella le cortaba las alas. A él le gustaba viajar, ella era sedentaria. A él le gustaba experimentar la vida, a ella le interesaba más conocerla a través de los libros. Ella anhelaba un hijo de los dos. César ya lo tenía, era el baile.
Poco a poco, el amor de otrora fue dando paso a un precipicio que amenazaba con tragárselos, y él no estaba dispuesto a aceptarlo. Betsabé no entendía que César pudiera amar la danza tanto o más que a ella. Su problema no eran las otras mujeres, era la danza. Y como antes había sentido celos de Matilde Urrutia, ahora comenzaba a sentir celos del baile. Cuando él estaba montando un espectáculo, Betsabé casi ni lo veía. Comenzaron los reproches, las palabras mal dichas en momentos que no debiesen existir. Se hacían daño. Más tarde Betsabé me escribiría que entre pelea y pelea sentía como si le sumergiesen la cabeza a la fuerza en una piscina, y cuando estaba a punto de ahogarse, se la sacasen de nuevo. Para más tarde volver a comenzar con el suplicio. Una y otra vez, hasta el agotamiento total. Su fuerza de antaño, su risa desbordante o las huellas que dejaba en el camino para que César la encontrase, se fueron diluyendo. Betsabé dejó de ser la geografía por la que César viajaba día a día. Su aire se volvió ponzoñoso y él finalmente encontró otra vida. Lejos de todas nosotras. Lejos de Betsabé. Ella había caído en un pozo muy profundo, le costaría mucho trabajo salir de allí.
Volvería a ver a César varios años después. Seguía igual de cálido. Había encontrado una nueva pareja, bailarina como él, y juntos habían abierto una academia de danza contemporánea. Se había convertido en un empresario muy exitoso en el aspecto financiero y profesional. Su academia crecía cada vez más, pero él seguía siendo el mismo hombre que yo había conocido en la universidad. Nunca fue una persona pedante, ni el ego se le creció cuando comenzó a ganar dinero. Para entonces su vida estaba dedicada por completo a la danza, así que había dejado de escribir. Aunque seguía leyendo.
Aprovechaba el poco tiempo libre que le quedaba para sumergirse en la lectura de una novela. Seguía siendo un apasionado de la literatura latinoamericana, especialmente del Boom. Su escritor favorito seguía siendo Onetti y seguía soñando con visitar algún día la ciudad de Santa María. Ese lugar mítico, ubicado en ninguna parte, pero tan arraigado en los seguidores de su obra. Supongo que como muchos de ellos lo llevaba escondido en alguna parte de su sistema límbico. De Betsabé ya no hablaba, como si nunca hubiese existido. De su compañera de entonces hablaba poco, lo que verdaderamente lo apasionaba era referirse al espectáculo que estaba presentando o la obra que iba a montar. Para entonces había comenzado a hurgar en sus raíces africanas, lo que daba a su danza un aire de experimentación que se salía de todos los movimientos de la danza contemporánea. El mapalé, la cumbia o el currulao se unieron a los movimientos que imitaban el cortejo de las aves, o la cacería de un tigre o el lento deambular de una jirafa o el viento azotando las arenas del desierto.
Con el tiempo se iría a vivir a Europa, como muchos otros artistas o escritores. Aquí se ahogaba. El sistema político imperante, la represión ideológica, la guerra civil nunca declarada ni reconocida, los desaparecidos y la violencia urbana, terminaron por hacerle comprender que si bien amaba este país, también era cierto que su trabajo como artista podía conducirlo fácilmente al olvido en cualquier mazmorra oculta. Terminó emigrando, como lo han hecho varios miles de nuestros compatriotas en los últimos años, aunque sus motivos no eran económicos, sino el rechazo profundo a un sistema cada vez más inequitativo y más represivo. Y al igual que se había labrado un nombre, aquí entre nosotros, terminó por labrárselo en tierras extrañas gracias al lenguaje universal de la danza. Se convirtió en uno de nuestros tantos embajadores anónimos que han llevado nuestra cultura allende las fronteras. De ésto último me enteré en un programa de la televisión sobre personajes colombianos en el extranjero.
Para ese entonces, Betsabé también había terminado por olvidarlo. Se había enfrascado en una relación bastante tumultuosa con un cartagenero. Quedó encinta, tuvo una hija y el hombre “si te he visto, no me acuerdo”. Era un pobre tipo que cada vez que veía a una hermosa mujer en la pantalla solía exclamar en voz alta, para que todo el mundo lo escuchara: -¡Carambas! No la reconocí vestida; y luego soltaba una sonora carcajada. Eso lo hacía sentir muy macho. Era el típico individuo que cree que para ser hombre tiene que acostarse todos los días con una mujer distinta. Por supuesto que una relación con un hombre así no podía tener futuro, pero eso no significa que Betsabé no hubiese sufrido una vez más. Nuevamente conoció el desamor y el abandono. Pasaba días enteros sin que el teléfono no timbrara ni una sola vez. Parodiando a César Vallejo, solía decir: -Hoy nadie ha preguntado por mí. Un viento de soledad y de pesadumbre se apoderó del apartamento. Al igual que César dejó de escribir. Siempre le había interesado la crítica literaria y hela aquí sin producir ni siquiera una línea. Ella, una lectora como pocas, ya no analizaba ni hacía contribuciones a la crítica. Lo supe por una carta que me envió, decía así:
Querida Antonia: Me encuentro sumida en un túnel lóbrego y oscuro. En vano busco la salida, no la encuentro. Estoy extraviada en mí misma, lo sé, pero no logro encontrar el camino que me lleve a la luz, a la superficie. No he vuelto a escribir, casi no leo, ni siquiera a Cabrera Infante. La revista y el periódico con los que colaboraba se cansaron de llamarme. El teléfono hace días que no suena; cada rato lo descuelgo imaginando que ha dejado de funcionar; lo cual sería un alivio. Pero no, tiene corriente. Lo que pasa es que nadie se acuerda de mi existencia. Sino fuera por mi niña yo misma creería que he dejado de existir. “Hoy no ha venido nadie;/y hoy he muerto qué poco en esta tarde”.
Como Vallejo me cuesta trabajo respirar, me duele la vida. Es como si me parara en el borde de la tierra, como si hubiese llegado hasta el último confín del mundo y todos los caminos hubiesen desaparecido detrás de mí. Siento que no tengo escapatoria. No puedo regresar, ni tampoco puedo continuar. Me siento sola, irremediablemente sola. El amor es una farsa que me ha dejado postrada, como si me hubiesen apaleado horas y horas; con la desventaja que me dejaron viva. La vida se me presenta en forma de un huracán que todo lo devasta, que todo lo arrasa. ¡Qué lejos están los tiempos en que mi única preocupación era ser amada como Matilde Urrutia! Una sola caricia, una mano que se posase en mi cabeza, un cuerpo en el lado oscuro de mi cama... y me sentiría una mujer querida. Ya ves, estoy en la otra orilla, en la orilla de la desesperanza, y lo peor es que no tengo ánimos para abandonarla.
Te recuerdo, Betsabé
Al saber el estado en el que estaba sumida le respondí:
Amiga: Lo que me cuentas me llena de tristeza. Me dices que hace tiempo no escribes, que ni siquiera sientes placer con Cabrera Infante, tu escritor predilecto hace algunos años. Te sientes vulnerable, todos los somos; lo que pasa es que los momentos de vulnerabilidad no nos llegan a todos al mismo tiempo. Imagínate la hecatombe si así fuera. Vuelve a escribir. Tienes un caudal muy fuerte, déjalo correr, no lo detengas, aunque a veces creas que sus remolinos te ahogan o te sacuden, sigue adelante, así creas que vas a morir en el intento. Eres una mujer muy inteligente, posees una profunda sensibilidad, y sobre todo, sabes como dejarla correr, como si fuese un río para que otros se bañen en sus aguas.
Escribir no es fácil, nada en la vida lo es. Recuerda esa película de los ’70, que aunque no era una buena producción cinematográfica, si tenía un título muy sugestivo “Nunca te prometí un jardín de rosas”, yo creo que escribir es eso. La vida está llena de avatares. Escribir, es recorrer un camino lleno de zarzas que te cortan la piel a cada segundo, como si estuvieses caminando con los pies descalzos por encima de brasas ardiendo, al mismo tiempo que debes abrirte camino con un machete para cortar las ramas llenas de espinas que te cierran el paso. Esa es la creación. Dolorosa e inusitada.
Piensa en la obra de Pollock. En ese acto creativo como un gran grito salido de las entrañas del ser humano o en El Grito de Eduard Munch. Ya sabes, él mismo decía que el cuadro lo había imaginado en una noche en que atravesaba un puente con dos amigos y que de pronto había necesitado quedarse atrás y observar el cielo rojo, como si fueran “lenguas de fuego -mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo- y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza”. Si esa descripción es válida para el expresionismo, también es válida para la creación literaria. Escribir es doloroso, como la vida. Recuerdo tu poesía, los versos eran como El Grito, hondamente metafísica, por eso no es para todo el mundo ni para todas las ocasiones. Es una poesía que cala hondo, sigue adelante no te detengas, así a veces creas que es el último soplo de vida que inhalas. Detrás vendrán otros soplos y otras bocanadas de aire y entre unas y otras encontrarás nuevamente el camino que has perdido. Te darás cuenta que solo está escondido detrás de la neblina.
Yo tampoco te olvido, Antonia

Nota: Betsabé es el primer capítulo de mi libro Féminas o el dulce aroma de las feromonas. Ediciones Ble, Manizales, 2008


lunes, 20 de julio de 2015

Shirley Berrío, cuando creerse blanca es sinónimo de bajeza



En el día de ayer, lunes 20 de julio, fuimos testigos una vez más de un acto de exclusión social, solo que en este caso tiene un matiz aún más grave si se quiere, ya que tiene implícito una carga profunda de racismo. Me refiero al acto bochornoso que protagonizó Shirley Berrío en un parqueadero de Cartagena al insultar, con palabras de grueso calibre, a un chofer de taxi porque supuestamente le habría rayado el carro. No sólo lo insultó, sino que lo llama negro repetidamente; lo que para ella es un insulto y una forma de mostrar su supuesta superioridad racial.


A diferencia de Shirley Berrío, yo no considero que la palabra negro sea un insulto. Al contrario, pienso que cuando alguien se refiere a la gente que tiene la piel oscura como morenita o afrocolombiana, en realidad la está estigmatizando y excluyendo. Además, porque se nos olvida que la especie humana viene de África; al menos eso es lo que arrojan todos los descubrimientos antropológicos hechos hasta ahora.

Podría también decir que su nombre Shirley nada tiene que ver con su apariencia física. No es rubia, no tiene los ojos azules, no es nórdica, ni siquiera es gringa; es cartagenera. En otras palabras es mestiza, como lo somos todos los colombianos; en eso radica nuestra gran riqueza cultural. Por otra parte, no creo en las razas humanas, creo en la especie humana; y considero que es la única especie animal capaz de autodegradarse a sí misma, como lo prueban Shirley Berrío, o Mely  Bermudez o Nicolás Gaviria y la lista continua.

Colombia es un país violento desde las entrañas mismas del poder económico y político, que ha perpetuado la sociedad de castas impuesta por los españoles, pero además es racista. El caso de Shirley Berrío es uno entre millones. Ella es el producto de una educación excluyente que no le ha enseñado el respeto y que los seres humanos somos iguales, no le ha enseñado que no hay nadie superior a otro, y que el hecho de pertenecer a una clase social privilegiada, me refiero en lo económico, no la hace mejor que los otros a los que ella se refiere como negros, taxistas rateros, entre otros epítetos propios de una gamberra de esquina. Incluso de malandra. Y si digo ésto es porque en determinado momento ella hace un gesto con su mano como si tuviese un revolver y quisiese dispararle al taxista que está insultando; pueden verlo en el video:


Imagino también que en su familia han tenido empleadas domésticas negras, como muchas de las familias cartageneras. Por lo que yo le preguntaría ¿y si desprecia tanto a las personas negras, como acepta que le preparen la comida, que le laven la ropa, o que la conduzcan a las fiestas si le toca coger un taxi?

La sociedad cartagenera, como lo es la colombiana, ha impedido el ascenso social, ya que eso la privaría de tener mano de obra barata, en muchos casos raya incluso con la esclavitud. Recuérdese el caso de un edificio de dicha ciudad que no permitía que las empleadas domésticas tomasen el ascensor.

Shirley Berrío muy posiblemente haya ido a la universidad, pero si tiene un diploma que acredita sus estudios superiores, la verdad es que como persona, como ser humano, es de una pobreza enorme.  Eso indica que el sistema educativo cartagenero y colombiano ha hecho muy poco por educar en un sistema de respeto y de igualdad. ¡Ni qué decir de sus padres! Supongo que ella sólo está repitiendo lo que ha escuchado decir desde siempre.

Para terminar esta cuadro desolador, Shirley Berrío luego pidió disculpas en Caracol Radio diciendo que su comportamiento era producto de la efervescencia… vaya, vaya…; pero lo que es peor es que remató diciendo: “Tengo muchos amigos negritos”. ¿Acaso se considera a sí misma como muy blanquita? Esta respuesta, que de disculpa no tiene nada, sólo refleja hasta que punto es ignorante y hasta donde llega su estulticia y su ignorancia; y al mismo tiempo hace gala de su falta de inteligencia. Imagino también que se considera a sí misma como muy católica, por lo que estaría faltando a una de las reglas básicas de este credo religioso: la compasión y la caridad.

Shirley Berrío ignora, entre muchas otras cosas, que la violencia es una espiral, un laberinto del cual es muy difícil salir, máxime cuando el Estado, principal garante de los derechos de los ciudadanos, la desconoce, o toma sólo medidas de emergencia que son llevadas a cabo en la inmediatez y sin tener una verdadera bitácora para convertirlas en posibilidades de cambio de la forma de actuar y de pensar del colombiano común; y cuando digo esto, me refiero a hombres y mujeres. No olvido que es la mujer, en muchos casos, la principal gestora de la ideología machista. Muchas veces ayuda a perpetuar las diferencias entre hombres y mujeres; sobre todo si no ha leído ningún artículo concerniente a la condición de la mujer; como pareciese que fuese el caso de Shirley Berrío.

Lo poco que hemos ganado como sociedad, que trata de dejar atrás un pasado negro, lo estamos destruyendo; así es imposible lograr algún día la paz que todos deseamos. Hay que desarmar primero la forma de pensar violenta, principal arma mortífera, para que el desarme de las armas de fuego sea una realidad ; y eso parece desconocerlo Shirley Berrío.


Por último quisiera agregar que una buena forma de mostrar su arrepentimiento, pero sobre todo de comenzar a cambiar su forma de ser y de pensar para con los demás, es que junto con Melissa Bermudez y Nicolás Gaviria, creen una fundación de ayuda a los policías y a las personas que tratan de salir adelante con un trabajo digno pero que no han podido estudiar. El primero de ellos debería ser el taxista y los policías insultados y agredidos, e incluso comprarles una vivienda digna; no creo que donde vivan sea la mejor de las habitaciones.

sábado, 18 de julio de 2015

COCINA Y CULTURA


Normalmente cuando se habla, se estudia o se analiza la historia de un país, o de un pueblo determinado, generalmente se circunscribe a los episodios políticos, económicos, religiosos y sociales; quedando por fuera muchos aspectos que nos darían más luces para una comprensión más amplia del tema objeto de investigación. Es lo que suele ocurrir con los procesos culturales: Literatura, danza, teatro, artes plásticas, entre otros; pero me atrevería a asegurar que la manifestación más ignorada de todas es la cocina. Posiblemente porque siempre ha sido del dominio de las mujeres (el gyneceo griego), y la historia ha sido contada por y para los hombres... No obstante, hablar del pueblo francés, italiano o chino, y no hablar de su gastronomía, es casi que una herejía. ¿Quién de nosotros no ha saboreado un delicioso filet mignon, una lasagna o un chuep-suey? Son platos que rompieron las fronteras, y que se internacionalizaron mucho antes que la palabra globalización llegara a los oídos de los diferentes pueblos del planeta. No olvidemos que la pasta la introdujo Marco Polo en Italia, a su regreso de China, después de haber viajado a través de la ruta de la seda en la segunda mitad del siglo XIII. Por su parte, el pavo conquistó el paladar europeo después de la llegada de Cortéz a México y la papa salvó a Europa de las hambrunas que solían asolarla; y por supuesto el maíz, el cual ha jugado un rol preponderante en la historia americana, no sólo como base alimentaria de los pueblos aborígenes, sino en su cosmogonía. Para el pueblo Quiché el maíz figura en la que se ha denominado La Biblia Americana: El Popol-Vuh, o Libro Sagrado de los Quichés. El maíz, la papa y la yuca, principalmente, le permitieron a los pueblos americanos crecer y fortalecerse demográficamente; hasta el punto que Guy Martinière afirma en su libro Les Amériques Latines: Une histoire économique , que a la llegada de los españoles había en el continente americano 80’000.000 de habitantes. La papa, y más de 160 maneras de deshidratarla, le permitió a los pueblos andinos sortear sin dificultad las malas cosechas y lo que ellas hubieran significado: El hambre.

En el caso de Colombia hay que tener en cuenta sus diferentes regiones, tan disímiles entre sí, y ésto incluye a la culinaria. El Caribe colombiano se enriquece con los hábitos alimenticios de los esclavos venidos de Africa y los cocos que venían en los barcos negreros, como estrategia de los esclavistas para que los esclavos no se les murieran de deshidratación, ya que con esta fruta se suplía el agua, y además les proporcionaba proteína y grasa. Asia, por su parte, aportaría más tarde el arroz, y de esa mezcla de culturas surgiría el arroz con coco costeño. Los fritos, caros a los africanos, y la carimañola se insertan en el lenguaje de todos los colombianos. Sin olvidar al banano, o macondo en lengua yoruba y por supuesto el café, fuente de la principal entrada de divisas en Colombia. La arepa indígena, o tortilla en Centroamérica, acaba por deleitar a los españoles y criollos sin que hasta el momento haya podido ser desplazada por sus descendientes, especialmente en el Altiplano Andino.

La papa se inserta en el menú diario, y surge ese plato extraordinario, digno de exportación: El ajiaco santafereño. La yuca se une a la papa ya mencionada, y se crea el sancocho (con sus múltiples variedades), al cual se le agrega carne para ser cocida al mismo tiempo que los otros ingredientes, con lo cual se evitaba su pronta descomposición, ya que la sal en tiempos de la Colonia era bastante costosa y los esclavos no tenían medios para adquirirla. El mondongo tiene su origen en España, en los callos madrileños, pero en su criollización dejará de ser un plato seco para convertirse en una sopa, al menos en Colombia, ya que en Chile se conserva como segundo plato y recibe el nombre de guata. El arequipe valluno es igualmente una herencia española, como son muchos de nuestros platos.

Por otra parte, no hay que olvidar el cacao americano, sin él no existiría esa bebida energizante que conquistó a la corte española, y al mundo entero: “El chocolate, xocolatl, palabra azteca y producto azteca. En el imperio de Moctezuma era precioso y abundante a la vez, y hacía las veces de circulante monetario... El emperador Moctezuma gozaba bebiendo chocolate”, tal y como nos lo cuenta Carlos Fuentes en su magnífico libro EL ESPEJO ENTERRADO. Los tamales, o hallacas, también son un legado de las culturas precolombinas; y en Nariño se perpetúa una tradición gastronómica también indígena: el cuí. En Antioquia y Viejo Caldas, fuera de la arepa ya mencionada, están los fríjoles o frisoles, ricos en proteína vegetal, acompañados por un buen hogao, plátano maduro y arroz, ingredientes africanos y asiáticos, perfectamente asimilados por nuestra cultura.

En el Altiplano Cundiboyacense se hacen las almojábanas, de la palabra árabe mojábena, que por supuesto sufre su transformación; de la torta árabe, hecha con queso, huevos, manteca y azúcar, se pasa a lo que nosotros degustamos de harina de maíz y queso. Y otra herencia, no estrictamente árabe sino mudéjar, el indio, en vez de estar envuelto en hoja de parra como sucede en su lugar de origen, en Colombia se envuelve en una hoja de repollo.

En el Tolima está la lechona, en Los Llanos Orientales la ternera a la llanera, y en los dos casos, como ya vimos, ni el cerdo ni la res son originarios de América. Al contrario de la yuca brava o mandioca del Amazonas (que de no saberla tratar puede llegar a ser fatal), o las hormigas culonas de los Santanderes, platos ancestrales indígenas, que hoy seguimos comiendo, aunque a veces sólo se trate de simple y llana curiosidad.

Y por supuesto están las frutas, ese gran universo gastronómico al que no siempre le concedemos el lugar que se merece, especialmente a las frutas tropicales, a no ser que de pronto colombianos de la talla de Gabriel García Márquez escriban un ensayo cuyo título sea El olor de la guayaba. El madroño, la guanábana (o lechosa), la feijoa, la guama, por no nombrar sino unos cuantos, son una verdadera delicia, hasta para el paladar más exquisito. Americano es también el tomate, refiriéndose a él Carlos Fuentes dice:

Al principio, en Europa, se temió que fuese venenoso, pero más tarde, por supuesto, se descubrieron sus deliciosas virtudes. La palabra deriva del azteca xitomatl pero probablemente los italianos le dieron su nombre más hermoso: pomodoro, la manzana dorada, con su insinuación de paraísos, tanto de placer como de pecado – como si los dos pudiesen separarse”.

El tabaco, el ají (o chile), y por supuesto la coca, son productos netamente precolombinos. Un cronista de las indias, citado también por Carlos Fuentes, el padre Joseph de Acosta, en su Historia Natural de las Indias de 1591, se refería a ésta última que “[mascándola un hombre] puede caminar doblando jornadas sin comer a las veces otra cosa...”. Todo ésto sin olvidar los animales que por siglos habrían de alimentar la imaginación de escritores y artistas: El cóndor, la llama, la alpaca, el guaxolotl, más conocido entre nosotros como pavo, y entre los franceses, donde enriquecería considerablemente su cocina, dinde o a veces dindon. Es también en la corte de Versalles donde la esposa de Luis XIV, una infanta española, introduciría la bebida a la que ya hemos aludido: El chocolate.

Como hemos podido observar la historia de Colombia, y con ella la del Mundus Novus, nombre dado en honor a Américo Vespucio a esta tierra ignota y desconocida para Europa hasta 1492, no puede ignorar la historia de la culinaria y de los elementos que la componen, puesto que el encuentro de culturas dejó una traza indeleble en nuestro diario vivir.

BIBLIOGRAFIA

ABAD FACIOLINCE, Héctor. Tratado de culinaria para mujeres tristes. Santafé de Bogotá, Alfaguara, 1997.
FUENTES, Carlos. El espejo enterrado. México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
MARTINIERE, Guy. Les Amériques Latines: Une Histoire Economique. Presses Universitaires de Grenoble, 1978.
El sabor de Colombia. Bogotá, Villegas Editores, 1994.
La cocina colombiana paso a paso. Santafé de Bogotá, Editorial Voluntad, 1995.
(Nota: Apartes de este artículo fueron publicados en Papel Salmón del diario La Patria, Manizales- Colombia, en Septiembre de 2001).
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sábado, 11 de julio de 2015

LA RUTA DEL ESPEJO

Dos poemas de mi libro La ruta del espejo: MI MEMORIA SE DESPOJA///
1/
Me fundí en la noche,/
Atenta, la virgen,/
me condenó al ostracismo dentro de mí misma,/
-el mido a la nada, el terror, al vacío, me sumergieron en el olvido-/
No pude unir los retazos de mi memoria/
mis manos de tejedora no recordaron los gestos/
debí huir d ela morada de Penélope./
2/
Mi memoria es una linterna de sombras,/
Caronte la contempla extasiado,/
su mortecina luz titila/
en los espesos bancos de calígine. ///   
SHEREZADA Sherezada, llama de la noche de los tiempos,/ -discípula secreta de Hefestos, testigo muda de los amores de Afrodita-/ cogita al calor de la fragua,/ estaña las remembranzas/ /// Sherezada, sacerdotisa de las quimeras,/ delinea la aurora, vence al crepúsculo/ /// Sherezada, ama del fuego,/ lo acaricia con su lengua/ el hierro fundido se desliza entre sus dedos,/ lo abraza en su propia forja/ Parada frente al yunque,/ con la lumbre quemándole las manos,/ Sherezada, herrera de vocablos,/ suelda las sílabas/ moldea imágenes, crea verbos/ /// Sherezada, gata silenciosa,/ se desliza cada noche por lo vericuetos de la memoria/ sale indemne de su laberinto/ /// La voz viene de las profundidades de la historia/ atraviesa eras geológicas/ -SOMOS SOMBRA Y OLVIDO-/ Sherezada, hija de la noche,/ acaricia su cabellera,/ huele a áloe y canela venidos de reinos recónditos de la ruta de la seda/ ----------------------
Nota: Estos dos poemas hacen parte de mi libro La ruta del espejo, Editions du Cygne, Paris, 2012, en edición bilingüe.

sábado, 27 de junio de 2015

CLAUDE MONET, LAS NINFEAS Y SU CASA EN GIVERNY

Siempre he sido una gran admiradora de Claude Monet (1846-1926), conozco gran parte de su obra pictórica,y cada que vez que puedo voy tras sus pasos. Es así como ayer estuve por segunda vez en su casa de Giverny, con el fin de hacer una larga visita a los estanques de ninfeas y de sauces llorones; así como al taller donde quedaron fijados en el lienzo definitivamente, como si el tiempo no hubiese pasado.
Monet se instaló en este hermoso pueblo de Normandía en el año de 1883, en 1890 compró la casa a la que hago referencia y posteriormente el terreno que la circunda donde daría rienda suelta a su imaginación con la concepción de los jardines que la harían famosa y donde él pintaría la mayor parte de sus obras.
Recorrer el estanque, los pequeños canales que lo alimentan, atravesar los puentes japoneses, uno de ellos con glicinias, observar los lotos y los sauces llorones, es asistir a la contemplación de una obra de arte viva y que está ahí para el disfrute de todos los sentidos. El espectador se convierte en un contemporáneo de Monet y de todos los artistas que conformaron el grupo de los Impresionistas, Berthe Morizot, Auguste Renoir, Edgar Degas, Camille Pissarro, Paul Cézanne y Édouard Manet.
Luego están los jardines que él mismo diseñó, alejándose bastante de la concepción francesa de rigor y armonía absoluta que había sido la constante en los parques de los castillos. Aquí el protagonista es el color. Monet creó una fiesta permanente de colores, una orgía sería la palabra más indicada. Además, al mezclar diferentes flores, creó la posibilidad de un perfume que se propaga en el aire y que hace vibrar los sentidos. Es como si el jardín fuese una gran paleta y cada árbol un pincel que le sirve al artista en ese oficio enorme que es la pintura. Y por último está la casa. Una inmensa construcción, de habitaciones amplias y bien iluminadas. En su salón principal creó un pequeño museo con sus obras, cuyas copias pueden observarse hoy en día, ya que los originales están en los museos.
El comedor nos habla de su propietario, una inmensa mesa, con capacidad para 14 comensales nos da la bienvenida. Y al lado una cocina espaciosa y bien dotada. En la segunda planta están las alcobas y aunque no se pueden visitar todas, si se puede entrar a la de Monet y su esposa. No hay que olvidar que Monet era un gran admirador de las estampas japonesas, lo que lo llevó a tener una muy buena colección de una pintura que él y sus amigos comenzaban a conocer y a respetar.// Las estampas japonesas tuvieron una influencia muy importante en el grupo de los Impresionistas, pero también fueron admiradas por los intelectuales y escritores de la época, como Zola. Las cuales mostraban a los pintores occidentales otra forma de concebir la perspectiva. Ya no era el punto de fuga, tan en boga desde el Renacimiento, sino las imágenes superpuestas; una encima de la otra, como una especie de escalera o de pirámide. También mostraban una forma diferente de ver el mundo, o para ser más precisa de ver la intimidad de una casa; ya que los japoneses describen todas las actividades diarias, como cocinar, ver a alguien caminar, o verlos trabajar en los campos de arroz, o en el baño, desde el suelo. Recuérdese que los japoneses realizan su vida cotidiana, al menos en el siglo XIX, no sentados en sillas, como los occidentales, sino sentados en el suelo.// Volvamos a sus jardines y al lago artificial donde sembró cientos de nenúfares, que se convirtieron en su modelo predilecto y en un permanente laboratorio de experimentación pictórica. Monet vivió allí los últimos cuarenta años de su larga y prolífica vida. Es en estos jardines donde pudo entregarse sin reserva alguna a su gran pasión, la pintura; ya que los años de precariedad económica habían quedado atrás. Monet, desde muy temprano, había logrado un rompimiento absoluto de todos los cánones académicos; pero es solo al final de su vida que logra, gracias a los nenúfares, acercarse a lo que posteriormente se conocería en la historia del arte como abstraccionismo. Es aquí donde surgen Las Ninfeas, cuadros que ya preludian lo que posteriormente sería el abstraccionismo. Es de recordar que Monet y Cézanne son los verdaderos precursores de la pintura abstracta. // A un costado de la casa está el taller que Monet hizo construir para los veintidos cuadros de los nenúfares. Es espacioso, con una luz cenital que lo atraviesa de pared a pared, y donde instaló telas para filtrar la fuerte luz del verano.
Y por último está la visita obligada al pequeño pueblo de Giverny, donde se puede almorzar en un buen restaurante, entrar a una de sus galerías de arte o visitar la tumba de Monet y de su familia o la pequeña iglesia, o admirar las casas, perfectamente restauradas; como si Giverny se hubiese detenido en el tiempo, esperando ver surgir la imagen de Claude Monet de alguno de sus recovecos. // Cabe recordar que Claude Monet y Georges Clemenceau (1841-1929) eran amigos y se respetaban y admiraban mutuamente. Por otra parte, Monet era conciente del rompimiento que su obra significaba en la historia del arte y que sus ninfeas eran algo completamente inédito; por lo que deseaba para ellas un lugar único y que todo el pueblo francés pudiese verlas y apreciarlas. Clemenceau comprendió en toda su dimensión el deseo de Monet; por lo que le pidió que él mismo decidiera como deseaba que sus pinturas fueran expuestas.
Es así como el Museo de L’Orangerie, conocido también con el apelativo de la Capilla Sixtina del Impresionismo, expone desde 1927 “Las Ninfeas” de Claude Monet. La sala fue especialmente adecuada para estas inmensas pinturas, ya que Monet las legó al Estado francés con la condición de exponerlas en un lugar permanente. // De dos obras que inicialmente iba a donar terminó por entregar veintidos paneles, que componen a su vez ocho composiciones, para un total de cuarenta metros de lienzo. Este proyecto le llevó catorce años de arduo trabajo. En esta hermosa sala el espectador puede sumergirse en el mundo poético y privado de Claude Monet.

miércoles, 24 de junio de 2015

A ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ: AMIGO, PUEDES DESCANSAR EN PAZ

Amigo puedes descansar en paz. La sombra siniestra que te cegó la vida y que nos dejó a todos los manizaleños un poco huérfanos por fin pasará el resto de su vida en la sombra de una mazmorra. * A MI AMIGO ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ Nota: Esta reseña sobre Orlando la publiqué el 26.12.2013, y ahora vuelvo a hacerlo como un homenaje al hombre cálido y a la mente brillante que fue Orlando Sierra Hernández. ————————————– El 30 de enero de 2002 un sicario le disparó a mi amigo Orlando Sierra Hernández, Director del diario La Patria de Manizales. El 1 de enero de ese mismo año había perdido a mi hermano, luego de una serie de desastrosas operaciones que tenían como objetivo curarle un cáncer terminal que se lo había comido a pasos de gigante sin que él mismo se hubiese dado cuenta del enemigo que albergaba en su esófago. Fue Carlos Arboleda Gonzalez, Director del Instituto de Cultura de Caldas para ese entonces, quien me dio la noticia: -A Orlando le dieron dos disparos en la cabeza. Sé que no dije nada. Nunca he olvidado esa frase y lo que yo sentí. Un enorme grito salió de mis entrañas y se quedó atorado en mi garganta. Aún hoy, casi 12 años después, sigue ahí, sin salir. Pensé: -Le han dado en la cabeza, en lo más grande que él tiene. Dos días después moría. Doce años después lloro sus muertes. Eran dos hombres que yo amaba, con amores diferentes. Uno era el amor filial y el otro la amistad, abierta, transparente, honesta. Orlando tenía una inteligencia única, de esas que pocas veces encontramos en nuestras vidas. Era lúcido, brillante, culto -con una cultura enciclopédica-, un gran lector y un gran conversador. Era un duende maravilloso, poseía un gran sentido del humor. Estar con él, así fueran cinco minutos –ya que siempre estaba ocupado- era reírse a carcajada batiente; siempre tenía algo para decir que hiciera sentir a su interlocutor como la persona más importante en el universo. Pero también era crítico y analítico, no dejaba nada en el tamiz de sus escrutinios. Decidió poner el dedo en la llaga de un departamento que desde los años 80 no ha dejado de conocer el látigo de la corrupción y de la politiquería barata; sobre todo la de dos seudos políticos de baja estofa que hicieron de las arcas del departamento sus alcancías personales. Uno de ellos está muerto. El otro lleva en sus hombros un historial delictivo que heredó uno de sus vástagos. No sé cómo se miran a la cara. Lo que uno desea para sus hijos es una herencia de honestidad y trabajo, no de corrupción ni de ambición sin medida. Desafortunadamente esa ha sido un poco la historia de este país de electores que se dejan comprar por una teja -o en el mejor de los casos por un almuerzo- sin ponerse a pensar que no es el minuto siguiente el que hay que resolver, sino la vida entera y la vida de los hijos de los hijos. Orlando intuía lo que iba a pasarle. En una de sus publicaciones, que rivalizaban con un huracán, le pregunté si no le daba miedo, le dije que era muy valiente, me respondió: No, no lo soy. Sé con quién debo medirme. En este caso concreto hablaba de un intelectualoide que ha dedicado gran parte de su vida a hablar mal de los escritores. Esa sabia frase se le olvidó muy pronto cuando decidió tomar pulso con la vagabundería que se había tomado los pasillos de la Asamblea de Caldas desde hace más de tres décadas. Ayer un juez, de eminente no tiene nada, dejó en babia el proceso que se adelantaba por el asesinato de uno de los ciudadanos más ilustres que ha tenido Caldas,y de uno de los mejores periodistas de Colombia. No obstante, me pregunto,¿podrá el asesino, al menos el que dio la orden de matar a Orlando, dormir en paz? ————————— Hoy, 25.06.15, puedo escribir: Amigo: Ese hombre, Ferney Tapasco, el mismo que le ha hecho tanto daño a Maizales y Caldas, el que cegó tu vida, ya ha sido condenado a 36 años de cárcel. Eso no te hace regresar a nosotros y a tu amado periódico La Patria, pero al menos podemos dormir tranquilos sabiendo que se hizo justicia. Descansa en paz querido amigo, siempre tendrás mi aprecio y admiración; así ahora tenga los ojos llenos de lágrimas, sigues aquí, en el centro de mi intelecto y de mi cariño.

domingo, 21 de junio de 2015

VIRGINIA WOOLF O LA GRAN RUPTURA

La primera vez que escuché el nombre de Virginia Woolf * fue en 1967 y nunca he olvidado ese momento. Mis padres me habían llevado a ver una película que se titulaba “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (1). A la postre yo contaba con escasos once años, por lo que si bien me quedaron en la memoria algunas escenas, también es cierto que no entendí la película. ¿Cómo podría entenderla si aún era una niña? Pero el nombre no lo olvidé nunca, así la película en cuestión poco o nada tuviese nada que ver con la escritora a la que hacía alusión.// Ahora bien, ya que hemos entrado en el tema a tratar en este día, debo hacer al menos una breve alusión a su biografía. Virginia Woolf nace en Londres el 25 de enero de 1882 y muere, por su propia decisión, el 28 de marzo de 1941, cuando veía como una nueva crisis de alineación mental la acechaba. Como la mayoría de las mujeres de su tiempo Virginia Woolf no asistió ni a la escuela ni a la universidad, pero contó con la gran fortuna de ser hija de uno de los más grandes intelectuales ingleses del siglo XIX: Sir Leslie Stephens (crítico, historiador y filósofo), poseedor de una enorme e importante biblioteca; en la cual Virginia, junto con su hermana Vanessa, se recluyó en el sentido simbólico de la palabra. Por otra parte, sus hermanos la pusieron en contacto con intelectuales jóvenes como Keynes, el economista, o el poeta T.S. Eliot, entre otros; juntos formaron el Grupo de Bloomsbury.// Virginia y Vanessa fueron víctimas del abuso sexual de sus dos medios hermanos, huella indeleble, que afectaría para siempre a la escritora. Estudió latín y griego, lenguas que le proporcionaron una inmensa cultura literaria. A la edad de 19 años se inició en el mundo de las letras, colaborando con reseñas literarias para un importante periódico londinense. En 1912 contrajo matrimonio con Leonard Woolf, un intelectual amigo del grupo de Bloombsbury. Juntos fundaron la empresa editorial Hogart Press. Para 1925 ya era una escritora madura, es el año de la publicación de La Sra. Dalloway. Esta década es importante tenerla en cuenta ya que tres años antes había aparecido el Ulises de Joyce, a quien el matrimonio Woolf se había negado a publicar, considerándolo demasiado obsceno. Y traigo a colación esta anécdota, ya que muy a su pesar Virginia Woolf representa, junto con Joyce y Faulkner, la gran ruptura literaria con la tradición decimonónica. El flujo de conciencia, trabajado por Joyce, aparecerá mas tarde en Las Olas de Virginia Woolf. Estos tres autores ahondan en las profundidades del alma humana de una manera no tratada hasta ese entonces.// Con La Sra. Dalloway, su obra maestra para muchos críticos literarios, Virginia Woolf retrata, en el lapso de escasas veinte horas, la vida de una mujer nacida y criada en la época victoriana, con todo lo que ello significaba. El libro, inicialmente titulado Las Horas, narra la preparación de una fiesta que el matrimonio Dalloway dará en la noche. En el transcurso del día Clarissa Dalloway rememora su vida y analiza el presente. La novela, a pesar de transcurrir en un solo día, como el Ulises de Joyce, abarca 30 años de la vida de los personajes. Básicamente la obra inicia con la llegada de un antiguo novio, Peter Walsh, quien ha pasado varios años en la India. Su entrada a la habitación de Clarissa ocurre cuando ella está remendando el vestido que utilizará en la noche:// “Aquí está, remendando un vestido; remendando un vestido, como de costumbre, pensó Peter Walsh; aquí ha estado sentada todo el tiempo que yo he estado en la India; remendando el vestido; … porque no hay nada en el mundo tan malo para algunas mujeres como el matrimonio, pensó; y la política; y tener un marido conservador…” (2)// Esta imagen nos conduce a la mitología griega, a ese enigmático personaje de Penélope, tejiendo y destejiendo la tela para el traje de bodas. Penélope, con el acto de deshacer cada noche el trabajo del día, logra estar atada permanentemente al marido que no ve desde hace varios años, es su forma de proteger, de preservar su vida, su amor. Clarissa, en cambio, rehace su vida. Ese acto que pareciera tan efímero e intrascendental, en realidad conecta a Clarissa con el pasado; significa que está cosiendo (leáse uniendo) los pedazos de su vida. Clarissa, como Penélope, representa la fidelidad a un amor, a un hombre, a un pasado, a la vida misma.// “Y de buena gana Clarissa se hubiera mordido la lengua por haber recordado con estas palabras a Peter Walsh el que se hubiera querido casar con ella. Desde luego, quise hacerlo, pensó Peter Walsh; casi me destrozó el corazón, pensó; y quedó dominado por su propia pena, que se alzó como una luna que se contempla desde una terraza, horriblemente hermosa en la luz del día naufragante. Jamás he sido tan desdichado, pensó. Y, como si de veras estuviera sentado en la terraza, se inclinó un poco hacia Clarissa; adelantó la mano; la levantó; la dejó caer. Allí arriba, sobre ellos, colgaba aquella luna. También Clarissa parecía estar sentada con él en la terraza, a la luz de la luna”. (3) // Clarissa está casada con Robert Dalloway, pero en realidad sigue amando a Peter Walsh, a quien ella dejara por no ofrecerle la seguridad económica que una mujer de su condición social y de su época ansiaba tener. Peter Walsh habría sido la pasión, Robert Daloway es la estabilidad económica, social y emocional. // “…diría a Clarissa que la amaba, así, lisa y llanamente. Tiempo hubo en que tuvo celos de Peter Walsh; celos de él y de Clarissa. Pero a menudo le había dicho Clarissa que acertó al no casarse con Peter Walsh; lo cual conociendo a Clarissa, era evidentemente verdad; necesitaba apoyo. No era débil, pero necesitaba apoyo. … su propia vida era un milagro; si, debía reconocerlo sin sombra de duda; ahí estaba él, en el mejor momento de su vida, camino de su casa de Westminster, para decir a Clarissa que la amaba. La felicidad es esto, pensó. … Él le ofrecía las flores, rosas rojas y blancas rosas. (Pero Richard no consiguió decirle que la amaba; no con estas palabras).” (4) // Peter Walsh es un personaje bastante melodramático, en este sentido tiene mucho de los personajes románticos, está lejos de la mesura inglesa, es la antítesis del marido de Clarissa, quien es un auténtico Lord, flemático, austero en los sentimientos, frío y calculador. Por su parte le deja un espacio libre, a su lado conoce la independencia, no la “encierra” en un mundo de celos, ni le es infiel con otras mujeres. La casa es un microcosmos donde Clarissa se sabe ama y señora del mundo. Allí construye un universo armónico e inamovible, un mundo donde el único ser que no encaja es la Srta. Kilmann (juego de palabras en inglés que significa matahombres). // “El vestíbulo de su casa era fresco como una cripta… Era su vida, aquella influencia, se sintió bendita y purificada, diciéndose, en el momento de coger el bloc con el mensaje telefónico escrito en él, que momentos como aquél eran brotes de árbol de la vida, flores de tinieblas, pensó ( como si una hermosa rosa hubiera florecido sólo para sus ojos): Y ni por un momento creyó en dios, pero, pensó, levantando el bloc, precisamente por ello una debe recompensar en el vivir cotidiano a los domésticos, sí, a los perros y a los canarios, y sobre todo a Richard, su marido.” (5) Peter Walsh, en cambio, la habría “sofocado”. Si se hubiese casado con él, la hubiera desestabilizado, ya que es un aventurero. El se define a sí mismo como un romántico filibustero, un aventurero, rápido, osado. Y como todo aventurero es también un soñador: “Y el mejor juez de gastronomía en la India”. Está siempre dispuesto a ir tras un nuevo amor, tras una nueva ilusión: // “¿quién era Peter para afirmar que la vida es coser y cantar? ¿Peter, siempre enamorado, enamorado de la mujer de quien no debía enamorarse? ¿Qué significa tu amor?, hubiera podido preguntarle – Clarissa. Y sabía la respuesta de Peter: El amor es lo más importante del mundo y ninguna mujer puede llegar a comprenderlo. Muy bien. Pero, ¿Acaso había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la molestia de dar un fiesta sin razón alguna”. (6) // Peter es un “irresponsable”, si se tiene en cuenta el significado de “responsabilidad” para una sociedad que aún vivía bajo los parámetros de la época victoriana. Está atrapado en el pasado, como buen romántico es un sentimental y además bastante solitario. El habría significado la pasión, la sensualidad, el erotismo, todo aquello que Robert le negaba: // “Todo había terminado para ella. La sábana estaba lisa, y estrecha era la cama. Se había subido sola a la torre y los había dejado, a los demás, jugando al sol. La puerta se había cerrado, y allí, entre el polvo de yeso caído y la broza de los nidos de pájaros, cuán distante parecía el panorama, y los sonidos llegaban débiles y fríos (se acordó de cierta ocasión, en Leith Hill), y ¡Richard, Richard!, gritó. Como en el nocturno sobresalto del que duerme y extiende la mano en las tinieblas en busca de ayuda. Almorzando con Lady Bruton, recordó. Me ha abandonado, estoy sola para siempre, pensó, cruzando las manos sobre la rodilla”. (7) // No hay que olvidar que aún a comienzos del siglo XX, tanto en la burguesía como en la aristocracia europea, los matrimonios solían dormir en cuartos separados; puesto que el acto sexual representaba, básicamente, la reproducción. Una vez el hombre había asegurado su linaje, poco o nada tenía que hacer en la cama de su legítima esposa. El placer estaba en la calle, en los lujosos y costosos prostíbulos de la época. En cuanto a Virginia Woolf se refiere, logra retratarse a sí misma en el personaje atormentado de Septimus. Al igual que él, ella ha conocido la locura, y al igual que él ha estado internada en instituciones psiquiátricas, con todo el horror que ello podría representar hace noventa años. “Septimus descendía otro peldaño en la escalera que le llevaba al fondo del pozo”. Con este personaje, Virginia Woolf hace una premonición de su propia muerte: // “Le habían abandonado. El mundo clamaba: Mátate, mátate por nosotros. Pero ¿a santo de qué iba a matarse por ellos? La comida era agradable; el sol cálido; y el asunto de matarse, ¿cómo lo llevaba uno a cabo? ¿Con un cuchillo de mesa, feamente, con sangre y más sangre? ¿Chupando una tubería de gas? Estaba demasiado débil, apenas podía levantar la mano. Abandonado, como están solo aquellos que van a morir, y en ello había cierta belleza, era un aislamiento sublime; representaba una libertad que las personas vinculadas no pueden conocer. Holmes había ganado, desde luego; el bruto de los rojos orificios de nariz había ganado. Pero ni siquiera Holmes podía tocar aquel último resto perdido en los límites del mundo, aquel forajido que, vuelta la vista atrás, miraba las regiones habitadas del mundo, que yacía, como un marinero ahogado, en la playa del mundo”. (8) Ahora bien ¿Porqué he titulado este aparte “la gran ruptura”? Por varios aspectos: // 1. La obra está marcada por el psicoanálisis, no hay que olvidar que los Woolf son los primeros en publicar a Freud. Este aspecto se ve claramente desarrollado en el monólogo interior: “Porque esta es la verdad acerca de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que cual un pez habita en profundos mares, y nada entre oscuridades, trazando su camino entre matas de gigantescos hierbajos, por espacios moteados por el sol, y sigue adelante y adelante, penetrando en las tinieblas, en la frialdad, en lo profundo, en lo inescrutable, y de repente sale veloz a la superficie, y se exhibe y nada en las olas rizadas por el viento, y tiene una positiva necesidad de trato, de roce, de calor, con charlas ligeras. ¿Qué piensa el gobierno hacer –Richard Dalloway lo sabría- con la India?”. (9) 2. El segundo aspecto sería la utilización de la desambiguación, o flashback, una clara influencia del lenguaje cinematográfico. Esta característica se puede ver claramente en el pasaje anteriormente leído. Me refiero a la escena cuando Peter Walsh recuerda la luna que había enmarcado uno de los pocos momentos mágicos que había tenido con Clarissa, y como esa luna regresa nuevamente, de una forma simbólica – presencia tutelar sería la expresión adecuada-, a posarse encima de ellos. 3. Otra ruptura, o innovación literaria, es la reflexión sobre la mujer, el matrimonio y la sexualidad femenina. Clarissa Daloway analiza amargamente su desconocimiento del placer sexual. Situación bastante común en los matrimonios del siglo XIX e incluso hasta bien entrado el siglo XX. No hay que olvidar que es sólo hasta los años ’60, con el Movimiento de Liberación Femenina, y por supuesto con el invento de la píldora anticonceptiva, que la mujer da rienda suelta al placer; ya que el acto sexual había dejado de estar ligado únicamente a la reproducción. La posibilidad de decidir cuántos hijos se desea tener, en qué momento y con quien, significa para la mujer un gran paso en la aceptación del compañero y poder disfrutar sin miedos a un embarazo indeseado de la relación sexual. “Su cama se haría más y más estrecha. … El dormitorio era una estancia de ático; la cama, estrecha; y mientras yacía allí leyendo, ya que dormía mal, no podía apartar de sí una virginidad conservada a través de los partos, pegada a ella como una sábana”. (10) // Por otra parte este pasaje de “virginidad conservada a través de los partos, pegada a ella como una sábana”, bien podría decirse que es autibiográfico, así Virginia Woolf no haya tenido nunca hijos. Y si digo esto es porque su relación con Leonard Woolf no fue nunca de pasión. Cuando él le propuso matrimonio ella se destabilizó a tal punto que tuvo que ser internada en un hospital pquiátrico. Estando allí ella misma le escribió una carta en la que le dice: “Usted no me atre físicamente. El otro día cuando me besó, yo sentí lo mismo que si hubiera sido una roca la que me hubiera besado.” No obstante, al salir del hospital Virginia y Leonard se casan, pero ella pasará dos largos años enferma. Una vez casados Leonard haría circular la leyenda que Virginia era frígida, con lo que él ocultaba su propia repulsión hacia el acto sexual.// 4. En esta obra, Virginia Woolf también reflexiona sobre el rol que tendría la mujer en el siglo XX. Siglo de oportunidades, en el cual la mujer tendría una vida activa en profesiones que siempre habían sido territorio exclusivo del hombre: la medicina, el derecho, la política y logra entender que ninguna profesión le será vedada.// Este aspecto será magistralmente analizado en una obra posterior: Un Cuarto Propio o Una Habitación propia (publicado en 1929 y traducido posteriormente al español por Jorge Luis Borges); ensayo en el cual Virginia Wolf pone dramáticamente el dedo en la llaga sobre la condición femenina en la Inglaterra de los años 20. Analiza históricamente el papel jugado por la mujer: siempre reducida al gineceo, a la crianza de los hijos, sin derecho a la educación, a la cultura e incluso al lenguaje; puesto que su verdadero manejo y conocimiento lo dan el estudio, la lectura e incluso el oficio de escribir. “Primero nueve meses para que nazca la criatura. Después tres o cuatro meses para criar la criatura. Una vez despechada la criatura se necesitan a lo menos cinco años para jugar con la criatura. No se puede, parece, dejarlos corretear por las calles… También dice la gente que la naturaleza humana se forma antes de cumplir los cinco años”. (11) // El hombre, en cambio, se levanta cada día, se va para la oficina, se encuentra con los amigos, regresa a la casa en la noche, encuentra la comida caliente, puede leer el periódico, o un libro, o escribir, y los hombres de hoy en día pueden ver televisión o trabajar en el computador; y todo ello en un cuarto especialmente diseñado para ellos. Virginia Woolf se hace la siguiente pregunta: “¿Porqué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Porqué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura? ¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte?” (12) Virginia Woolf analiza la extrema pobreza que caracterizó por siglos la condición de la mujer occidental. Es de anotar que en el caso específico de Inglaterra, sólo en 1880 se le permitió a la mujer casada el manejo de sus propios bienes. Sin embargo, el caso inglés no deja de ser privilegiado, recordemos que en Francia la mujer sólo tuvo acceso a su propia cuenta bancaria en 1968. La dote, práctica común hasta finales del siglo XIX, era manejada por el marido, ella carecía además (y carece aún) de un cuarto propio.// Por otra parte, analiza, de una forma magistral, la misoginia que ha caracterizado a los grandes pensadores y hombres políticos a través de los tiempos: “Pope: La mayoría de las mujeres carecen de todo carácter… Napoleón las creyó incapaces… Mussolini las desprecia…” (13) Y eso que no hace alusión a Platón, quien se quejaba que la educación de los niños estuviese a cargo de las mujeres, alegando que no recibían ninguna instrucción, cuando ellos mismos se la negaban. // Esta misoginia ha dado como resultado la violencia de género, uno de los grandes dramas que ha tenido que afrontar durante milenios la mujer. Leyendo La Historia de Inglaterra, del Profesor Trevelyan, Virginia Woolf nos da a conocer la vida de la mujer inglesa en el seno familiar: “Golpear a la esposa era un derecho reconocido del hombre, y era ejercido sin recato por humildes y poderosos… La hija que rehusaba casarse con el caballero elegido por sus padres se hacía acreedora a que la encerraran, la golpearan y la tiraran por el suelo, sin que la opinión pública se conmoviera. El casamiento no era asunto de afecto personal, sino de avaricia familiar, especialmente en las caballerescas clases altas… El compromiso solía tener lugar cuando una de las partes aún estaba en la cuna, y el casamiento cuando apenas habían salido del cuidado de sus niñeras”. (14) Las niñas estaban destinadas a aprender los trabajos domésticos, por lo que rara vez aprendían a leer y a escribir, y entre más baja fuera su condición socio-económica peor era su situación familiar y social. Por lo tanto, no nos debe extrañar que para el siglo XIX, cuando las mujeres comienzan a publicar, algunas de ellas opten por seudónimos masculinos: George Eliot, Georges Sand. Esto las protegía, al menos aparentemente, del hazmerreír de sus contemporáneos. En realidad lo que hacían era escudarse de los improperios que podrían recibir día a día. Afortunadamente sus nombres verdaderos y su condición de mujeres, quedaron inscritos en la historia de la literatura. Y es que además las mujeres se ven siempre enfrentadas a un eterno drama: demostrar cuán capaces son, algo que los hombres no siempre deben hacer, al menos en la proporción e intensidad de las mujeres. La mujer ha debido escuchar permanentemente el mismo argumento: “-Eres incapaz, no tienes los conocimientos necesarios. -Eres mujer, eso es asunto de hombres…” Para lo cual se ve forzada siempre a eludir o a refutar sus puntos de vista y si ésto es una verdad de a puño hoy en día, en pleno siglo XXI, podemos imaginarnos como sería hace cien o doscientos años. // Pero no todos los hombres han sido misóginos. Virginia Woolf trae a colación la teoría de Coleridge, sobre la inteligencia andrógina. Y no tiene porque ser de otro modo, ningún científico ha demostrado fehacientemente que el cerebro de las mujeres sea diferente al de los hombres; lo que nos hace diferentes son los órganos reproductivos. Lo que si puede diferir es nuestra capacidad cognitiva, pero pienso que este factor se debe más a conductas sociales y culturales que a una forma diferente del funcionamiento de las neuronas. // A partir del siglo XVIII, las mujeres comienzan a traducir, a escribir (con Madame de Staël a la cabeza, 1766-1817; y quien además fuese odiada por Napoleón, que siempre la consideró alemana), y comienzan a ganar dinero. Y es que la literatura no debe ser vista como un pasatiempo, sino como una profesión, un oficio: “El dinero da valor a lo que impago es frívolo.”, dice Virginia Woolf. Es acá cuando se comienza a operar la emancipación de las mujeres. Ellas le abren el camino a Maria Shelley, aunque Virginia Woolf ni la nombra en su célebre ensayo, ni a Jane Austen, así como a las hermanas Brontë, a George Eliot, a Georges Sand o a Emily Dickinson. Pero ¿Cómo escribir sin un cuarto propio? ¿Cómo estudiar, leer y crear si no se posee un espacio que la aísle de los pequeños dramas familiares? El niño que llora, la empleada que desea saber que debe preparar para el almuerzo (cuando puede darse el lujo de tenerla…), la labor de cualquier mujer comienza antes del alba y termina bien avanzada la noche… todo ésto en las labores domésticas… Y recuerda Virginia Woolf a Miss Nightingale: “las mujeres nunca tienen una media hora… que sea realmente de ellas”. (15) Con este libro, Virginia Woolf se erige como una de las primeras feministas, no hay que olvidar que apoya el movimiento de mujeres que buscan el derecho al sufragio, este derecho lo obtiene la mujer inglesa en 1919; en Colombia habrá que esperar hasta 1954. // En Orlando ** (1928), obra poco conocida en nuestro medio, Virginia Woolf hace una travesía por la historia de Inglaterra, desde la época Isabelina (siglo XVI) hasta 1920. Orlando es escritor, aristócrata, sibarita, vividor, mujeriego que va trasegando a través de los siglos, hasta llegar al siglo XIX donde se convierte, de la noche a la mañana, en mujer. Este personaje es creado en homenaje a la mujer que tanto amó, escritora como ella: Vita Sackville-West. (16) // En Las Olas (1931), Virginia Woolf desarrolla un estilo completamente diferente al utilizado en sus obras anteriores. El libro carece de argumento en el sentido clásico del término; no obstante el lector va conociendo la trama y la vida de cada personaje a través de los monólogos interiores. Cada personaje habla de sí mismo y de sus compañeros. En esas voces desgarradas nos enteramos de los dramas de cada uno, de sus ambiciones y frustraciones, de sus desarraigos reales e imaginarios… ““El brillo purpúreo”, dijo Rhoda, en el anillo de la señorita Lambert cruza y vuelve a cruzar la mancha negra en la página blanca del libro de rezos. Es un brillo amoroso, del color del vino. Ahora que tenemos las maletas deshechas en los dormitorios, nos sentamos en rebaño bajo mapas de todo el mundo. Aquí hay pupitres con pocillos para la tinta. Escribiremos con tinta nuestros ejercicios. Pero aquí nadie soy. No tengo cara. Tanta gente, todas vestidas de sarga castaña, me ha robado la identidad. Todas somos desconsideradas y retraídas. Buscaré un rostro, un rostro compuesto y monumental, y lo dotaré de omnisciencia, y lo llevaré bajo mis ropas, como un talismán y después (lo prometo) encontraré un escondite en el bosque para poder allí, mirar en secreto mi colección de curiosos tesoros. Lo prometo. Así no lloraré”. (17) // Es ante todo un libro metafísico. Más que una novela, se trata de una búsqueda interior, que está ligada más a preguntas y respuestas filosóficas, que a una trama en el sentido de las novelas editadas en el siglo XIX. Es una novela que bien podría denominarse urbana, puesto que Londres está siempre presente. Posee una influencia enorme en cada personaje, por lo cual es otro de los personajes, aunque esté detrás de bambalinas: “Londres está ahora velado, ahora se desvanece, se hunde, cae.” (18) Para terminar con este breve capítulo sobre Virginia Woolf es importante entender que sin su legado literario la presencia de la mujer en la literatura del siglo XX tal vez no hubiese sido la que ahora conocemos, o al menos hubiésemos tardado más tiempo en encontrar el lenguaje que hoy utilizamos. La ruptura literaria de Virginia Woolf abrió caminos hasta ese momento desconocidos y permitió ahondar en la creación literaria y reflexionar sobre la condición femenina. Las mujeres que tomaron su relevo así lo comprendieron: Marguerite Yourcenar, quien fue su traductora a francés, y por supuesto Simone de Beauvoir; para no enumerar sino dos grandes escritoras del siglo XX. ————————————– Notas bibliográficas: 1 Esta producción cinematográfica fue realizada por Mike Nichols (1966) e interpretada por Elizabeth Taylor y Richard Burton. La obra había sido llevada anteriormente a las tablas por (1962) Edward Albee. 2 WOOLF, Virginia. La Señora Dalloway. Biblioteca El Tiempo. Serie II clásicos. 2002 Casa Editorial El tiempo. Pág. 41 3 Idem, pág.42 4 Idem, pág. 114-115 5 Idem, pág. 30 6 Idem, pág. 119 6 Idem, pág 47 7 Idem, pág. 91 8 Idem, pág. 157 9 Idem, pág. 32 10 FORRESTER, Viviane, Virginia Woolf, Albin Michel, 2009 11 WOOLF, Virginia. Un cuarto propio. Alianza Editorial. Pág. 25 12 Idem, pág. 28 13 Idem, pág 32 14 Idem, pág. 44 15 Esta obra fue llevada al cine por Sally Potter (1992), y los roles principales fueron interpretados por Tilda Swintum y Quentin Crisp. 16 WOOLF, Virginia. Las Olas. Editorial La Oveja Negra Ltda. 1983. Pág. 29 17 Idem, pág. 53 Nota : Náufraga Perpetua, sobre la vida y obra de Virginia Woolf, es un libro con el cual obtuve el Premio Especial Ensayo Poético en le XXVI Encuentro Nacional de Poetas Colombianas Museo Rayo-Roldanillo en 2010. La obra fue publicada posteriormente por Ediciones Embalaje – Museo Rayo en 2012. *Este artículo forma parte de mi libro ¡Cuidado ! Escritoras a la vista…, Ediciones Ble, Manizales, 2009. Pueden leerlo gratuitamente, en versión corregida, en la Biblioteca Virtual de la Universidad Nacional de Colombia : http://biblioteca.universia.net/html_bura/ficha/params/id/59549809.html **Al respecto pueden leer el cuento Detrás del espejo, Féminas o el dulce aroma de las feormonas, seguido del libor de cuentos Voces del silencio, Ediciones Ble, Manizales, 2008 ; publicado en este espacio : • http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2015/06/10/detras-del-espejo/