sábado, 22 de agosto de 2015

Bilbao-New York-Bilbao de Kirmen Uribe

Nota: Ayer terminé de leer La oculta de Héctor Abad Faciolince y al hacerlo pensé todo el tiempo en una pequeña joya que leí hace algunos años, Bilbao-New York-Bilbao del escritor vasco Firmen Uribe. Les comparto una breve reseña sobre ese libro:

Bilbao-New York-Bilbao

Berta Lucía Estrada Estrada

“Vojtech (Jasny) me dijo una frase: “Nada ocurre en vano””. (Bilbao-New York-Bilbao. Editorial Seix Barral S.A. 2009, página 156). La lectura de esta sabia sentencia, con la cual se puede, o no, estar de acuerdo, me hizo pensar en Ernesto Sábato y en todas las veces en que insistió en que la casualidad no existe. Este libro, cuya acción transcurre en un vuelo transoceánico, lo adquirí en abril del 2010 en el aeropuerto de Barcelona, mientras hacía una escala técnica. Primera “coincidencia”. En ese momento estaba leyendo toda la obra a Malcolm Lowry y en uno de sus libros emblemáticos el tema central gira alrededor del mar, de los barcos y de los marineros; segunda “coincidencia”, por lo demás bastante extraña. Al ver la obra Bilbao-New York-Bilbao, en la librería del aeropuerto, me asaltó el recuerdo de haber escuchado en la TV española que había obtenido dos premios bastante importantes, nada menos que el Premio Nacional de Narrativa 2009 y el Premio Nacional de Crítica 2008 en lengua vasca, euskera, como prefiere nombrarla Kirmen Uribe (Ondarroa, Viscaya, 1970), autor invitado a la Feria Internacional del Libro de Bogotá en su edición del 2010.

miércoles, 12 de agosto de 2015

CALLE DE LAS TIENDAS OSCURAS DE PATRICK MODIANO O EL ARTE DE PERDERSE A SÍ MISMO

BLOGS Cultura

18
10
2014
Berta Lucia Estrada Estrada

CALLE DE LAS TIENDAS OSCURAS DE PATRICK MODIANO O EL ARTE DE PERDERSE A SÍ MISMO

Por: elhilodeariadna

P Modiano 1
Rue des boutiques obscures (Folio 2011), del Premio Nobel de Literatura 2014 Patrick Modiano, es el libro que he leído esta semana. Mucho se ha escrito en estos días sobre el autor, y tal vez la frase más importante y reiterativa ha sido que “es un arqueólogo de la memoria”. También se ha recordado que él mismo dice que su memoria existe antes de su nacimiento. Elementos que cobran importancia cuando se lee el libro Calle de las tiendas oscuras. Su personaje principal, Guy Roland, al menos uno de sus nombres, de profesión detective, poco carismático, casi un borrador de sí mismo, parte a la misión más importante que ha hecho en los últimos quince años, la recuperación de su propio pasado, la recuperación de la memoria perdida en una mañana hibernal mientras cruzaba la frontera hacia Suiza, tratando de huir la ocupación alemana en territorio francés.
Es un libro sobre el exilio, no el exilio en tierras ajenas, sino el exilio en sí mismo. El que surge cuando nuestros recuerdos nos abandonan y nos vemos obligados a trasladarnos a vivir en un cuerpo que no nos pertenece porque todos los sentimientos, olores o caricias, que alguna vez lo poblaron, se fueron sin dejar huellas aparentes. Es un libro sobre la soledad más profunda, la soledad que nace de una vida sin pasado, sin imágenes, sin nombres.
Calle de las tiendas oscuras, Premio Goncourt 1978, está escrito como si fuese una novela policiaca. Guy Roland parte a la búsqueda de su propia vida, de sus propios recuerdos, extraviados en una amnesia severa de la cual desconoce las causas. Roland es un personaje gris, sin emociones, sólo lo mueve una especie de intriga sobre su propio pasado, pero sin que tenga mayores consecuencias en su nueva vida. Posiblemente porque es aún más gris que la anterior.
El libro es un viaje al interior de un laberinto, sin un Dédalo que sirva como punto de referencia para poder regresar si el encuentro con el Minotauro que habita en su interior es más monstruoso de lo que el protagonista pensaba.  Es un libro en que su personaje principal camina bordeando un eterno precipicio, enfrentado al permanente dilema de evitarlo o de lanzarse a sus fauces. Al final el lector es testigo de la pérdida de la brújula de Roland, cuando él mismo, que ha creído caminar en terreno firme, da vuelta atrás y piensa en regresar a su antigua calle, la de las tiendas oscuras, no en París, sino en Roma. Es en ese momento, en el que el lector, que creía que el rompecabezas había sido armado correctamente, se ve confrontado a la evidencia que faltan piezas para lograr armar toda la memoria.
Calle de las tiendas oscuras, es una narración que nos sumerge en arenas movedizas; pero sobre todo es un viaje interior, simbolista, el viaje que podría enfrentarnos con nosotros mismos, el viaje del conocimiento interior, que se revela al final como algo imposible de lograr; posiblemente porque estamos condenados desde siempre al olvido de nosotros mismos.


domingo, 9 de agosto de 2015

SIN NOMBRE, SIN ROSTRO, NI RASTRO, un cuento de Jorge Eliécer Pardo

Pueden escucharlo en:

https://www.youtube.com/watch?v=sl7l4LRM948&feature=youtu.be



SIN NOMBRE, SIN ROSTRO, NI RASTRO, es un cuento que hace parte del libro LOS VELOS DE LA MEMORIA (Ediciones Vericuetos, París, 2014) del escritor colombiano JORGE ELIÉCER PARDO  (1950). En total son 24 cuentos, acompañados de 40 rostros de mujeres dolientes. Cada una de ellas lleva en su cabeza, y algunas veces en su rostro, el velo que anteriormente nos cubría el pelo cuando íbamos a misa. En este caso el velo representa el duelo, el dolor, la tragedia que ha tocado no sólo a las mujeres sino al pueblo colombiano; así muchos crean que la guerra les es ajena porque no la han vivido en carne propia o porque viven atrincherados en las urbes.  
Son relatos cortos, crudos y muy bien narrados.  LOS VELOS DE LA MEMORIA es, ante todo, un libro que hurga en la condición humana; por eso no es un libro local sino universal. Bucea en el horror de la guerra, de las guerras de todos los tiempos y de todos los rincones del planeta. En este caso Colombia sólo es un microcosmos que simboliza el horror de la barbarie de esta especie que se autodenomina humana y que cree, con una gran soberbia, que está por encima de las demás especies animales y vegetales; cuando en realidad el horror ,que desencadena con su delirio, sólo demuestra su estulticia. LOS VELOS DE LA MEMORIA es un libro que deberían leer todos los actores del conflicto armado, sin olvidar a los políticos, empresarios, en fin; todos aquellos que han jugado un rol decisivo en esta guerra fratricida. Comenzando por los centenares de presos de los dos bandos, o por la Mesa de La Habana, y sin olvidar, por supuesto, al Centro Democrático y a su jefe Álvaro Uribe Vélez. Si lo hicieran, a lo mejor tendríamos oportunidad de una reflexión más consciente; y de pronto podríamos comenzar a cambiar este comportamiento tan ancorado en la violencia sorda que nos aqueja desde que tenemos memoria.

EL CASO DE SERGIO URREGO: OTRO OSCAR WILDE

EL CASO DE SERGIO URREGO: OTRO OSCAR WILDE

Blog: elhilodeariadna Berta Lucía Estrada Estrada

IN MEMORIAM DE SERGIO URREGO
Romain
Nota: Este post lo publiqué hace un año, hoy lo vuelvo a hacer como homenaje a Sergio Urrego y para decir enérgicamente que no lo vamos a olvidar. Por otra parte el pasado martes 6 de agosto de 2015, tuve la oportunidad de escuchar a la exrectora del colegio donde estudió Sergio cuando despotricó en la Blu radio; no sólo me pareció patética su supuesta defensa, sino que muestra a una mujer que incurre en la infamia y en el ataque alevoso. Me pregunto como pudo ejercer la docencia y la rectoría una persona que carece de principios morales y que muestra una bajeza total en su discurso. Pueden leer mi homenaje a Sergio Urrego.
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Hace un mes vi un afiche que me impactó enormemente, en la fotografía puede verse a un adolescente sentado en un corredor cualquiera y con la cabeza entre las piernas; se le ve destruido, al borde de cualquier situación nefasta. Al pie de la foto se lee:
Romain, 18 años, expulsado del domicilio familiar por ser homosexual.
Y por si fuera poco este fin de semana leí con estupefacción como un adolescente, de apenas 16 años, se había suicidado porque las directivas y docentes del colegio al que asistía habían comenzado a perseguirlo por su condición sexual; y al mismo tiempo los padres del adolescente al que él amaba, y que era su pareja desde hacía dos años, le habían puesto una demanda por acoso sexual.
Una historia de amor y de tragedia que me hizo pensar en el hermoso libro La balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde, autor de ese libro prodigioso titulado El retrato de Dorian Grey. Oscar Wilde (1854-1900) fue denunciado por haber seducido a un hombre mucho más joven que él, Alfred Bruce Douglas. El autor de la demanda era el padre del joven Douglas. Fue un proceso largo, penoso, donde se dijeron las cosas más horribles de uno de los intelectuales más brillantes de la época victoriana. El nombre de Wilde fue pisoteado, y lo que es peor fue encarcelado por su condición homosexual, además perdió toda su fortuna. Cabe señalar que la relación con Douglas era plenamente consentida, por lo que no puede verse en Wilde a un abusador. Douglas tampoco era un muchachito en el momento en que inicia sus encuentros con el escritor. Simplemente se amaban como se aman dos personas cuando son libres de hacerlo. Así Wilde hubiese estado casado. Este episodio de la vida de Wilde fue narrado en una novela por la escritora argentina Susana Sisman, No te enamores de Oscar Wilde, al respecto pueden leer la reseña que escribió Ricardo Bada:
http://blogs.elespectador.com/ricardobada/2011/07/13/autores-secretos-de-america-latina-6-susana-sisman/
Estando en prisión Wilde escribió De Profundis y luego en el exilio La balada de la cárcel de Reading. Una obra lírica donde se conduele de la posición cobarde de Douglas:
“Aunque cada hombre mata lo que ama, que lo oiga todo el mundo, unos lo hacen con una mirada amarga, otros con una palabra lisonjera, el cobarde lo hace con un beso, el hombre valiente con una espada”.
Una historia que se repite una y otra vez; pareciera que la sociedad, y su falsa moral, no estuviera nunca dispuesta a entender que la diversidad sexual existe; que no es un delito, ni un pecado, que no hay nada malo en que dos personas del mismo sexo se amen. Una cosa diferente es el abuso sexual de menores o las relaciones no consentidas, en esos dos casos si puede hablarse claramente de crimen.
Tampoco entiendo porque las directivas del Gimnasio Castillo Campestre le exigieron a Sergio Urrego ir al psicólogo, ¿desde cuándo la homosexualidad es un problema mental?
¿Hasta cuándo tendremos que seguir en una sociedad que cree haber entrado en el siglo XXI y que se comporta como si aún estuviésemos en el siglo XV? ¿Son las directivas personas idóneas para estar al frente de un colegio? Podrían alegar que la institución educativa es católica, pero entonces ¿se les ha olvidado que Colombia es un país laico? ¿Se les olvidó que el mismo papa, me refiero al actual, dijo que él no es nadie para condenar la homosexualidad?
Muchas preguntas tendrán que responder las directivas del plantel y los padres que pusieron la denuncia. Sin embargo, Sergio Urrego no volverá a la vida. Sólo espero que asuman su propia responsabilidad y que todos los demás docentes, padres de familia, y la sociedad en general, recapaciten sobre los prejuicios que pueden estar envileciéndolos como personas. Ahora tendrán que ayudar a que la pareja de Urrego pueda hacer el duelo y que lo acepten tal y como él es, no como sus padres quisieran que fuese. Para él, para la abuela y para los padres de Sergio, todas mis condolencias.
………………………….
Nota: Pueden leer dos cuentos sobre este tema que El Magazín de www.elespectador, me publicó
hace algunos meses:
http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2014/04/02/una-mirada-amarga/
http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2013/07/09/detras-del-espejo/

viernes, 7 de agosto de 2015

MARGUERITE YOURCENAR: ENTREVISTA DE LA MÁQUINA DE PENSAR, RADIO URUGUAY, A BERTA LUCÍA ESTRADA


La escritora colombiana Berta Lucía Estrada comentó en La Máquina de Pensar la obra de Marguerite Yourcenar. Para Berta Estrada, Yourcenar es una escritora que ha sido fundamental en la literatura occidental del siglo XX.
Durante la entrevista repasó coincidencias con Virginia Woolf, por ejemplo, el amor profundo por Grecia.
Si se identifica tanto con Adriano es precisamente porque Adriano, a pesar de ser el emperador de Roma, es un gran amante de la Grecia antigua. Él era un gran helenista y era un hombre que tenía nostalgia de ese mundo que habría querido, expresó.
Escuchar la entrevista

http://www.radiouruguay.com.uy/mecweb/imprimir.jsp?contentid=67386&site=22&channel=mecweb

EDWARD HOPPER VISTO POR PHILIPPE BESSON

EDWARD HOPPER VISTO POR PHILIPPE BESSON

Por: elhilodeariadna Autora del blog Berta Lucía Estrada Estrada


Bessonfoto Hopper
Siempre he creído que hay dos artistas que han logrado captar el sentimiento de soledad absoluta y visceral en un lienzo, me refiero a Edgar Degas (1834-1917 ) con su obra El ajenjo y a Edward Hopper (1882-1967) con Halcones de la noche. En las dos obras se puede observar a una pareja, en una terraza de un restaurante cualquiera de París en el caso de Degas, y la de Hopper en un bar de Nueva York.
el ajenjoel bar
Las dos parejas están separadas por siglos de incomunicación y absoluta tristeza, como si a pesar de compartir, probablemente, un lecho y una casa, nunca hubiesen construido nada juntos. Es el espejismo con el que cada uno de nosotros teje su propia apariencia y su propia visión de la relación afectiva. Y es precisamente este cuadro de Hopper la fuente en la que bebió Philippe Besson (1967) para escribir Final del Verano, por su parte  Habitación de hotel le dio la idea para el libro Decirte adiós y de la pintura El faro con dos luces, nació el tema para Un instante de abandono, donde explora otra forma de soledad. Me refiero a la vida que muchas personas deben afrontar en los pequeños poblados donde la vida obedece a conductas dictadas desde hace cientos de años, y donde la diversidad de pensamiento y la libre orientación sexual son consideradas comportamientos pecaminosos, por lo que son condenados al ostracismo social y a veces a la hoguera, por lo menos desde el punto de vista del repudio social y religioso, que acompañan a la mayoría de las sociedades ancoradas en viejos prejuicios y donde la modernidad nunca ha llegado, aunque a veces cuenten con Internet.
Hopper, cuya exposición puede visitarse en el Grand Palais (París), del 10 octubre 2012 al 28 de enero 2013, es uno de los más grandes pintores estadounidenses. Mientras que muchos de sus contemporáneos representaban el humo de las fábricas, él se dedicó a pintar las casas de Nueva Inglaterra; pero sobre todo a pintar el cataclismo humano. Lo que quiero decir es que pocos artistas han logrado hacer una radiografía de la modernidad como él. Sus temas son ante todo metafísicos, léase soledad, abandono, desesperanza, tristeza,  incomunicación humana, desconocimiento del otro, pero también desconocimiento de sí mismo. Cada uno de sus personajes está condenado de antemano a su propio abismo, a su propio infierno, como si no hubiese escapatoria posible. Cada pintura de Hopper cuenta una historia; pero la diferencia con otros pintores anteriores a él, es que la historia no está terminada, cada espectador debe buscarle un fin, como en el cuadro de Degas al que hacía referencia anteriormente; creo que este es un logro fundamental en los dos pintores. Es precisamente esta característica la que le permite a Besson construir su propio mundo narrativo. Él mismo afirma que no le gustan las pinturas que cuentan una historia terminada, donde la posibilidad de imaginación se reduce  a su más mínima expresión. Besson afirma que un cuadro debe dejar una parte para que cada espectador construya o imagine el final que más le guste, y yo agregaría el final que más se acomode a la propia vida o al menos a lo  que uno cree que es su propia vida. Los personajes de Degas, de Hopper y de Besson arrastran sombras dolorosas, pasados tormentosos, secretos que pesan en la vida de cada uno de ellos, están habitados por el hastío, carecen de futuro, están condenados al ostracismo dentro de sí mismos. Los personajes de Degas y de Hooper son anónimos, son NN que ha vomitado la ciudad, carecen de identidad, son eternos exiliados, extranjeros perpetuos en sus propios cuerpos, con los cuales están obligados a convivir así no lo deseen; por lo que Philippe Besson trata de nombrarlos, de construirles un pasado, en el que puedan verse a sí mismos, así vean toda la miseria humana escondida en el fondo de su ser, en otras palabras cada uno de ellos capta, a su manera, la fugacidad del tiempo y hace visible lo invisible.
pareja cama
Y si en literatura Hopper ha influenciado a Besson, en cine es Wim Wenders quien ha sucumbido a su magia, entre muchos otros directores de cine.
Para terminar quisiera hablar de la luz de Hopper y de su cálido colorido. Mientras que el cuadro El Ajenjo de Degas es una atmósfera gris, muchos de los cuadros de Hopper son bañados por una luz mágica, como si el sol que los baña fuese permanentemente veraniego.

sábado, 1 de agosto de 2015

DEL SUEÑO Y SUS PESADILLAS, DE JOHARI GAUTIER CARMONA O EL INFIERNO DE LAS PATERAS



En los últimos años he vivido de cerca el drama de los inmigrantes clandestinos que tratan de pasar el túnel de La Mancha arriesgando sus vidas, todo por el sueño de una vida mejor. Vienen de Siria, Afganistán, Sudán, Eritrea y la lista continua. Hombres, mujeres y niños. La mayoría son jóvenes, muchos de ellos adolescentes, y todos indocumentados; van detrás de un sueño que les permita vivir.


Las imágenes en la televisión son cada vez más dantescas, pareciera que el infierno no tiene límites. Sin embargo, cuando les preguntan si no tienen miedo a morir en el intento de pasar por el eurotunel, o morir asfixiados en el vientre profundo de una tractomula, responden que d si regresan a sus países de origen se toparían cara a cara con una muerte segura. Así que tratan de embolatar al miedo diciéndose a sí mismos que nada de lo que pueda sucederles en busca de la libertad y de una vida mejor puede ser peor que lo que han dejado atrás.

Algunos llegan a Francia por tren, otros llegan escondidos en camiones. Otros llegan a Europa en viejas barcazas atiborradas de gente, cuarenta, cincuenta o sesenta personas, donde normalmente no cabrían sino unas veinte. Cuando están cerca de la isla de Lampedusa en Italia, o cerca de las islas Canarias en España, los organizadores de estos viajes al horror, en realidad el crimen organizado, los abandonan a su suerte, muchas veces los lanzan al mar vivos para aligerar el peso de esas embarcaciones de miseria o para que lleguen a nado cuando vislumbran las costas. Sin contar que muchos de ellos o no saben nadar o no están en condiciones físicas debido a la larga travesía que han hecho, no sólo de semanas sino algunas veces de meses, cuando han debido atravesar el desierto de Libia, por ejemplo. 


Todos estos inmigrantes son víctimas de la trata de personas y para poder cumplir con el sueño de una vida mejor en una Europa supuestamente rica y generosa, pagan sumas que van desde los 1600€ hasta los 6000€. Sumas exorbitantes para cualquier persona, pero sobre todo para una familia que vive en un país en guerra o en el África Subsahariana.

Europa cierra cada vez mas sus fronteras, pero sigue haciendo guerras, y sobre todo sigue extrayendo todos los recursos naturales de África sin dejar nada a cambio. Una política que le sale aún más barata que los tiempos coloniales.

Para los occidentales África es una gran herida, una herida purulenta; que no se atreven a mirar cara a cara de miedo de ver reflejados en sus rostros la ignominia y la esclavitud a la que la han sometido desde hace más de quinientos años.

Esta África sin futuro, la que nos desnuda Johari Gautier Carmona en su último libro Del sueño y su pesadillas (Atmósfera Literaria, Madrid, 2014), contrasta con la de Léopold Sedar-Senghor: la de violentos guerreros de las sabanas ancestrales/África a la que cantaba mi abuela/Al borde de un río lejano. El África de Gautier, por el contario,  es un continente olvidado, sacudido por las mafias que desean sacar provecho de la miseria de sus habitantes, sin importarles la suerte que puedan correr una vez se embarquen en esas naves del delirio a las que ni siquiera las comandan pilotos experimentados, ni las proveen con la suficiente gasolina para llegar a buen puerto. Si hace doscientos años eran sus propios hermanos los que los vendían en los puertos como esclavos, ahora son ellos los que los envían a una muerte casí segura.

Gautier Carmona nos relata la vida de dos jóvenes senegaleses, Salif Bambara y Salif Diop, dos huérfanos que desean viajar a Europa para trabajar y poder ahorrar dinero con el cual puedan ayudar más adelante a otros huérfanos. El lector acompaña a estos dos muchachos a lo largo de su penoso viaje hasta las Canarias. En realidad el libro es una parábola de la lucha por la supervivencia, pero sobre todo es una lucha por no sucumbir ni a la locura ni al odio, ni a las disputas que pueden presentarse en situaciones límites, después que la barca en la que navegan ha quedado a la deriva y donde el agua dulce y los víveres ya se han agotado desde hace días. Sin olvidar los olores, la fatiga, las piernas entumecidas por la falta de movimiento, el calor del día y el frío de la noche.  La sal marina que quema sus pieles.


En esa barcaza está condensado el universo y la miseria humana; no obstante, el autor protege a sus personajes y les evita caer en el delirio. Los preserva hasta el final sin que pierdan las esperanzas por un final que puede cambiarles para siempre sus vidas. En el viaje habrían podido perder la brújula que los hace seres humanos; no obstante, logran salir del laberinto, no indemnes, pero si con la esperanza de una vida mejor.

jueves, 30 de julio de 2015

FÉMINAS O EL DULCE AROMA DE LAS FEROMONAS: 2o capítulo

CARMEN CARMEN
CARMEN CARMEN Cada vez que escucho La Habanera inevitablemente pienso en Carmen, no en la gitana de Bizet sino en nuestra compañera de universidad. Estudiaba literatura como nosotras, pero era la dramaturgia su verdadera pasión. Asistía a clases de actuación en las mañanas y leía cuanta obra se le atravesaba. En esa época todas leíamos desde teatro griego hasta Racine o Molière, pero ella buscaba, además, obras contemporáneas. Cuando descubrió a Brecht fue como si acabase de nacer. Por otra parte, estaba el teatro de denuncia de los años setenta y ella no podía escapar a su influencia. Pero si se escapaba de la universidad para irse una semana al Festival Internacional de Manizales. Solía decir que se iba para un congreso. Y tenía razón. En la universidad nos han debido dar la semana libre. Pretendían que leyésemos obras teatrales, pero no nos enseñaban a verlas, a disfrutarlas en escena. Carmen soñaba con ser una actriz reconocida. // Una de las obras que más le impactó, fue un montaje colectivo que se hizo sobre la masacre de las bananeras. Creo que fue esa obra la que definitivamente la marcó. Pero también el hecho que por esa época el Festival de Manizales recibía escritores latinoamericanos de enorme importancia. Pablo Neruda había sido uno de sus invitados de honor. Solía contar, con el corazón en la boca, que cuando Neruda se presentó en el Teatro Los Fundadores, los organizadores del evento cerraron las puertas cuando ya no hubo más sillas disponibles, pero que los estudiantes, enardecidos, las habían echado al piso. Echar era un eufemismo, porque las puertas eran de vidrio. La juventud entera quería ver al poeta. ¿Se imaginan? -nos preguntaba-. Esa noche sentí que mi vida nunca sería la misma. Que mi alma y mi cuerpo estarían para siempre ligados al teatro en particular y a la literatura en general -agregaba-. -Al año siguiente fue Ernesto Sábato el invitado de honor. ¿Cómo no obedecer a un llamado tan visceral como ese? -nos volvía a preguntar-. Otra vez, fue leyendo a García Lorca. La lectura de La Casada Infiel y Bodas de Sangre, no hacían sino confirmar su profunda pasión hacia la poesía y el teatro. // En realidad, el llamado a la literatura lo había tenido desde niña. Aprendió a hablar repitiendo las poesías que le recitaba su mamá. A la edad de cuatro o cinco años, ya hacía parte del grupo de teatro y de danza del colegio donde estudiaba. Aprendió a bailar una jota, o un pasodoble, al mismo tiempo que la cumbia, incluso recibió clases de ballet clásico. Lo que nunca pudo soportar eran los cursos de piano que recibió siendo adolescente. Más tarde diría que si de algo se arrepentía era de no haber sabido valorar el piano que tenía en casa. Hasta la lectura del pentagrama se le olvidó. Nunca dejaría de lamentarlo. Y sin embargo, durante años fue integrante de la banda del colegio, habiendo pasado por todos los instrumentos. Carmen tenía de la otra Carmen una pasión desmedida por la danza y por la música. Era bastante ecléctica en cuanto a gustos se refiere. En música aceptaba todo, menos el vallenato. -Eso no es música, es ruido, -aclaraba enfáticamente. // Podía escuchar un bolero o la ópera de Bizet con igual entusiasmo. Un día podía escuchar a Vivaldi y al siguiente pasarse toda la tarde escuchando tango, jazz o pasarse a Los Beatles o simplemente escuchar a Gina María Hidalgo. Y todo con el mismo ardor. Si escuchaba a Celia Cruz su cuerpo de medusa comenzaba a bailar sin importarle si tenía pareja o no. // Más tarde comprendería que entre Carmen, la música y la danza había una relación intrínsica. Eso, sumado a su deseo de ser actriz, le abrió unas posibilidades plásticas que no siempre es fácil encontrar en todos los actores. Carmen era otra de las incondicionales de César. Soñaba con él, no sólo en el ámbito sexual sino en el manejo que él le daba al cuerpo cuando danzaba. Carmen decía que al verlo bailar, era como si viese a Shangó. Se imaginaba a sí misma como Yemanyá, por lo que imitaba el movimiento de las olas cuando mueren en la playa. Debe de ser por eso que siempre iba llena de brazaletes, una de las insignias de la diosa africana. Ansiaba ser yoruba o lucumí, como en el poema de Nicolás Guillén. Decía que ella era 60% indígena y 40% negra. Que por fortuna no tenía nada de española ni de europea. En definitiva, estaba orgullosa de ser mestiza, -como lo es todo el mundo en este continente, decía. No obstante, cualquiera que la viera bailar un pasodoble, sabría leer en sus pasos los movimientos sensuales de una bailaora, varias veces centenaria, que se lucía en tierras ibéricas ante el César de turno. // Al final de la carrera, Carmen y César escribieron una obra y luego la llevaron a escena en Virginia, libros y pintura, el sitio cultural que había abierto Miranda con su compañera. Ella narraba en términos épicos, el choque cultural del siglo XVI, mientras que el cuerpo de César representaba un plañido profundo de los pueblos que habían visto arrancar sus raíces de cuajo. Por lo que su cuerpo simulaba a la vez un galeón y un galeote. Era el África ancestral que hablaba en cada músculo, en cada movimiento, en cada salto o asalto, en cada mirada, en cada gesto. Carmen, por su parte, narraba los hechos utilizando el poder de la tradición oral, como si fuese una antigua juglar. El resultado fue una obra a todas luces mágica. Los que tuvimos oportunidad de verla, nos sumergimos en un sueño que nos llevó a diferentes épocas, culturas y religiones. Carmen decía siempre que la gran tragedia del pueblo latinoamericano era su sentimiento de bastardía, por lo que la obra no era sino la búsqueda de la identidad perdida. // Los dos necesitaban contar la versión de los vencidos, pero no la náhuatl, sino la de ellos. La versión que salía de una memoria que venía allende el mar, pero también de las montañas y de los llanos. Su obra comenzaba con las frases de Binigdi Badio, un indígena cuna: “La cultura es para nosotros como un árbol mágico que hunde sus raíces en nuestra historia, para extraer de la memoria colectiva de nuestra gente, la savia maravillosa que nos nutre y nos hace retoñar de nuevo. Por eso no nos hemos acabado”. De todas formas los poemas indígenas o “cantos tristes” les ayudaron a encontrar un lenguaje que hurgaba en la esencia del pueblo latinoamericano. Carmen lo sabía muy bien, amaba la poesía náhuatl y cuando pensaba en lo que habíamos perdido recitaba los versos que hablaban sobre la llegada de Cortés a México: // En los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están salpicados los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre. Golpeábamos, en tanto los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros. Con los escudos fue su resguardo, pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.. Llorad, amigos míos, tened entendido que con estos hechos hemos perdido la nación mexicatl. ¡EI agua se ha acedado, se acedó la comida! Esto es lo que ha hecho el Dador de la Vida en Tlatelolco. . . (Visión de los vencidos. Miguel León Portilla.) // Con el montaje de la obra, Carmen había comenzado a despedirse de esta tierra, quería irse a estudiar a Francia. Pero también decía que antes de visitar la ciudad luz o de irse de paseo a Epidauros, tenía que hacer una peregrinación por los sitios sagrados de ese pasado glorioso y tumultuoso que tanto dolor le causaba. Así que primero se fue de viaje a San Agustín. La Fuente de Lavapatas significó para ella el comienzo de un viaje iniciático que culminaría en Machu-Picchu. Luego partió. Fue al día siguiente de la graduación. Se iba con la firme intención de no regresar nunca. Por supuesto que años después lo haría. Alguien como ella no podía estar lejos del mundo al que admiraba por encima de todas las cosas. América Latina hacía parte de sus entrañas, sólo que en ese momento aún no era consciente de ello. Lo sabría con el tiempo. // París significó para Carmen un descubrimiento en todos los sentidos. Salir a las calles y tropezarse con gente de los cinco continentes, escuchar lenguas que nunca había oído, conocer formas diferentes de vestir, de peinarse, leer obras que no nos llegaban o que lo hacían con varios años de retraso, poder escoger la formación académica que quisiese, ver a las mujeres mayores coqueteando con hombres jóvenes. Observar las ganas de conocer o de viajar de muchos franceses, su capacidad analítica y crítica; todo eso fue para Carmen como un nuevo renacer. Pero también estaba la otra parte, la parte oculta que le llevaría más tiempo conocer. El racismo y la xenofobia incrustada en una parte del pueblo que se negaba a aceptar que en la diversidad está la riqueza de la especie humana, o los desempleados, o los clochards errando por las calles, o las sopas populares. // Cuando Carmen comenzó a ver la otra cara de ese París cosmopolita y hermoso, sintió como si una bofetada le hubiese atravesado el rostro. Se dio cuenta que el mundo de inequidad también estaba fuera de América Latina y que la precariedad no era sólo una pandemia nuestra. A esas alturas ya sabía que era el choque cultural. Fue entonces cuando Alma, la francesa de corazón abierto y generoso, la invitó a conocer el Jardín Botánico de París. El aire cálido y húmedo, mezclado con las fragancias de flores tropicales que respiró en su invernadero, le trajo a la memoria el olor de su país. La invadió la añoranza, hasta que la morriña le dolió. La luz del trópico, las montañas y los abismos sin fin, empezaron a roerle el alma. Comenzó a soñar con tulcanes, con colibríes, con orquídeas, con el calor de su casa. El español atropellado le machacaba los recuerdos con la canción uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida. // Carmen, se había convertido en Carmen Carmen. Estaba escindida. Una parte amaba a Francia y a su lengua, y la otra amaba a Colombia. No podía tener las dos cosas a la vez, al menos eso creía. A su regreso, el país la recibió con la toma del Palacio de Justicia y con la explosión del Nevado del Ruíz. Pasarían muchos años antes de poder comprender que ella podía vivir con esos dos amores, sin serle infiel a ninguno. Terminaría también por comprender que el exilio hace parte de nosotros mismos como si fuésemos eternos exiliados en nuestros propios cuerpos, por lo cual no hay escapatoria posible. Es como la soledad, podemos estar en medio de una multitud y sentirnos abandonados en una playa de la cual nadie tiene ni la menor idea de su existencia. Porque finalmente soledad y exilio son sinónimos, o soledad y desesperanza, o desesperanza y exilio. Cuando finalmente lo comprendió, sintió que las partes de su cuerpo, que habían estado largo tiempo separadas, volvían a unirse en un todo. Fue cuando decidió nuevamente instalarse en Francia. Ella también viene hoy, me lo confirmó por correo electrónico hace una semana.

sábado, 25 de julio de 2015

EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO

El pianista que llegó de Hamburgo y La baronesa del circo Atayde son dos de las obras literarias que forman parte de la saga El quinteto de la frágil memoria, en la cual se narran acontecimientos históricos de Europa y Colombia en los últimos 150 años. Una obra monumental en la cual su autor, Jorge Eliécer Pardo, se sumerge a través de dos personajes claves, Hendrik Joachim Pfalzgraf, el pianista que llegó de Hamburgo, y Carlos Arturo Aguirre, el carpintero del barrio Egipto. Una obra en la que ha estado inmerso en los últimos 25 años, pero que en realidad abarca toda su existencia e incluso varios decenios antes de su nacimiento.* Es un viaje en el que el pasado se hace contemporáneo del lector. Una soberbia lección de historia, sobre todo en un país donde la hemos vilipendiado y convertido en el trapo con el que limpiamos la basura que no queremos que vean los vecinos. En ella se entrelazan, como si se tratase de un puzzle, o de una fina madeja, las consecuencias de la guerra en los pueblos y en la vida familiar y privada, recordándonos que no hay ninguna decisión política que no tenga efectos en las personas anónimas. En otras palabras, que los ciudadanos sólo somos marionetas en las manos de los poderosos, y que ellos juegan con nosotros sin medir las consecuencias de sus actos; además, porque la mayoría de las veces no les importa. Sólo les interesa el poder político y para lograrlo se ponen al servicio de unos pocos individuos sin rostro que controlan el sistema económico. Todos sabemos lo que significó la Segunda Guerra Mundial en Europa; sin embargo, ignoramos que Colombia también se vio afectada económica y socialmente por este conflicto bélico. Se suele hablar de los campos de concentración nazi y se omite hablar del campo en el que se encerraron a las colonias judía, japonesa y alemana durante dos años. Al mismo tiempo, que nunca se habla de la política perversa que tuvo el gobierno de Eduardo Santos para impedir que los judíos, que habían sobrevivido al horror de los campos de exterminio, viajaran a Colombia. Los que lograron llegar fueron una minoría que no fue bien acogida. Jorge Eliécer Pardo nos lo cuenta así: “Luis López de Mesa … escribió en una circular que el gobierno consideraba a los cinco mil judíos establecidos un porcentaje insuperable. Pedía a los cónsules que pusieran las trabas posibles al visado de nuevos pasaportes para impedir el ingreso de judíos, rumanos, polacos, checos, búlgaros, rusos e italianos. Afirmaba, además, que estos personajes llegaban a los puertos en tal grado de miseria, que carecían de los centavos necesarios para el pago del timbre nacional y del transporte al lugar de destino, aumentando el número de desocupados que se dedicaban a negocios ilícitos o de ilícita operación. Hacía énfasis en que los judíos que abandonaban Alemania perdían su identidad, adquirían la condición de apátridas y que para dejar de serlo solicitaban la nacionalidad, y que Colombia no estaba en condiciones de aceptarlos. Cuando la Unión Panamericana exigió la entrada de refugiados, López de Mesa dijo que sí lo harían si se trataba de inmigrantes de buena índole racial y moral, porque los judíos tenían una orientación parasitaria de la vida (El pianista que llegó de Hamburgo, Cangrejo Editores, 2012, pág. 27). Luis López de Mesa era su canciller desde 1938 y en el año de 1932, en el gobierno de Alfonso López Pumarejo, había sido ministro de Educación. López de Mesa, médico y especializado en psiquiatría, abogaba por un mejoramiento de la raza como requisito previo para poder acceder al progreso, practicó una política racista, xenófoba y antisemita. Según él, la llegada de judíos amenazaba los valores supremos de la sociedad colombiana y además se oponía férreamente a la alfabetización de las clases populares. Muchos de esos alemanes, japoneses o judíos, que creían haber escapado a las garras del delirio, fueron atrapados más tarde por la vesania que significó la Guerra Civil colombiana, más conocida como la Época de la Violencia, que se desató después del fatídico 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Gaitán. La pugna fratricida por el poder, que enfrentó a liberales y conservadores, sembraría las semillas de la violencia que hemos vivido en los últimos 60 años. Pues bien, es este eterno conflicto humano, el de la guerra, la columna vertebral de la obra de Jorge Eliécer Pardo. Y como toda columna tiene varias ramificaciones, entre ellas: el lenguaje, la intertextualidad, la soledad y el exilio. El lenguaje El manejo del lenguaje de Jorge Eliécer Pardo es de una gran riqueza en todos los sentidos: gramatical, verbal y sintáctico. Si se habla de una fuerza descomunal en los libros de Pardo es, precisamente, el lenguaje. Diría que leer su obra es hacer una aventura en el lenguaje, como si cada palabra, cada imagen, cada frase, fuese una nave que nos transporta al pasado, a mundos conocidos o inimaginables, existentes o inexistentes, tangibles e intangibles. Pocas veces puede leerse una obra literaria con un manejo tan brillante de la lengua castellana; al menos de la lengua que hablamos en Colombia. En la utilización de la lengua están implícitas múltiples características alusivas al pueblo que la habla, a su idiosincrasia, a su historia, a su trayectoria sociológica y cultural. Con esto no quiero decir que la obra de Jorge Eliécer Pardo no sea universal. Si bien parte de acontecimientos locales, éstos rápidamente se transforman en universales; por lo que todos los lectores, sin importar su lengua y cultura, pueden reconocerse a sí mismos. La obra de Pardo se convierte en una metáfora fácilmente reconocida por el lector, sin importar la situación geográfica y la cultura a la que pertenezca. La intertextualidad El Pianista que llegó de Hamburgo y La baronesa del circo Atayde son también un soberbio recorrido y un gran homenaje a dos obras cumbres de la literatura colombiana: Cien años de soledad y La vorágine, sin olvidar a José Asunción Silva y la obra de Vargas Vila. Jorge Eliécer Pardo establece un diálogo permanente con los autores fundacionales de la literatura colombiana. Por supuesto que sólo la palabra pianista nos hace pensar en Pietro Crespi, el eterno enamorado de Amaranta. Y es que Hendrik Joachim Pfalzgraf tiene mucho de ese italiano extraviado en el amor, fugado, sería la palabra adecuada, que es Crespi. Los dos tienen ese aura de desamparo que los persigue hasta más allá del delirio. En ese laberinto sin Dédalo, Pfalzgraf busca a Matilde, a veces la encuentra en el rostro esquivo de Julieta-Matilde para terminar por refugiarse en una senilidad que lo conduce a los puertos del pasado, donde finalmente se reúne de nuevo con ella, con la verdadera, con Matilde Aguirre. Además hay un sinfín de alusiones a Mauricio Babilonia que hacen que la obra de Jorge Eliécer Pardo navegue en una enorme ola por el mar insondable que es el realismo-mágico de Gabriel García Márquez, sin sacrificar su impronta, su huella, su sello personal. Pero también hay múltiples alusiones a La vorágine y a Arturo Cova. El solo nombre de Carlos Arturo Aguirre es un homenaje a Cova. Él y Pfalzgraf siguen los pasos de ese hombre que se lo tragó la selva cuando sólo buscaba a la mujer amada. Ninguno de los dos cae en sus fauces, pero sí se los traga la soledad, el desamparo y el alcohol. La soledad En el caso de la soledad, hay una frase que penetra como puñal afilado: “Estaba a punto de volverse retrato como los que colgaban en su sala”. Es una descripción de la soledad, no la que buscamos para vivir y trabajar en paz, sino la que nos impone la vida, sumiéndonos en un túnel oscuro y aparentemente infinito. Y si digo que esta frase tiene el filo de un puñal afilado, es porque Pfalzgraf siente cómo su identidad va borrándose, desdibujándose en el tiempo y en el espacio, como si tuviese dificultades para ver su imagen reflejada en el espejo, como si la soledad le robase su identidad. Así como había vivido oculto por varios años en el sótano de la casa de su tío, para evitar ser una más de las sombras de los trenes sin regreso, que viajaban a los campos de exterminio nazi, otra forma de borrarse a sí mismo, vuelve a ocultarse en los vericuetos del desamparo para evitar el delirio que lo acosa con el disfraz de la soledad. Sin embargo, ese delirio acabará por darle alcance años más tarde, cuando se interne ineluctablemente en las sombras de la decrepitud y senilidad. En cuanto a Carlos Arturo Aguirre se refiere, es gracias al olor que puede ir tras de las huellas de su amada y a veces inventada baronesa. Es el olor de la mujer amada, sumado al del alcohol, la cuerda floja en la que camina como un sonámbulo-funámbulo tratando de no caer al vacío, a la nada, que es la soledad. Sin embargo, es consciente de que la cuerda siempre se rompe por la parte más delgada, y que la soledad, que lo atormenta en sus noches de pesadilla, es la constatación de la presencia etérea de su amada María Rebeca. Al menos bajo los efluvios del alcohol puede creer que sí existió, que no es un invento de su mente febril o de un delirium tremends que lo lanza ineluctablemente al vacío, una y otra vez, hasta el infinito, hasta el agotamiento total. El exilio Soy de Hamburgo, huérfano y desamparado, desplazado por la guerra. Perseguido aún por Hitler. Abandonado por el amor y por una única hija. Dolido por la soledad. Eso es tu profesor: poca cosa (ídem, pág. 145). En otras palabras, exiliado en sí mismo. Como lo somos todos los seres humanos en mayor o menor medida, así la mayoría no lo reconozca o no alcance a entenderlo. Pfalzgraf, en la búsqueda de sí mismo, terminó desaviado, definitiva e inexorablemente, en el laberinto de su memoria. Tal y como le había sucedido años antes a Carlos Arturo Aguirre cuando se perdió por entre los zaguanes y las esquinas y en las noches de amor robadas a las empleadas domésticas después de llegar a su casa en el estado de semiconciencia que deja una botella de alcohol bebida con la única compañía que brinda la soledad: el desarraigo y la errancia. Pfalzgraf y Carlos Arturo Aguirre se perdieron por los vericuetos de la peste del olvido, fueron barridos por el mismo viento que borró a Macondo. --------------------- *Versión impresa en El Magazín del diario El Espectador (Colombia) http://elespectador.com/noticias/cultura/el-puzzle-de-historia-articulo-575050