En este blog podrán leerse artículos, poemas o cuentos sobre mujeres y hombres que han jugado un rol decisivo en la construcción de nuestro imaginario colectivo; bien sea a través de la literatura, del arte y por ende de la cultura.
domingo, 20 de marzo de 2016
CUANDO LA VANIDAD ES MÁS FUERTE QUE LA RAZÓN: EL CASO DE JESSICA CEDIEL-MARTÍN CARRILLO
EL CASO CEDIEL-CARRILLO
Considero a la aspirante a vedette Cediel y al médico Carrillo igual de culpables, a la presentadora por su extrema vanidad y al supuesto cirujano estético por lo que sería su desmedida ambición económica y por desear ser una estrella social, de esas que se apagan pronto:
Y aunque ya he publicado este artículo vuelvo a hacerlo hoy puesto que considero de gran importancia sumarme a esta discusión sobre los falsos postulados de belleza que han creado médicos inescrupulosos, sin olvidar a los laboratorios farmacéuticos y de belleza, o la moda, en fin todas las arandelas insulsas con las que pretenden seguir controlando a las mujeres; aunque no ignoro que cada vez hay más hombres que se adhieren a esta nueva visión de una belleza fabricada con un bisturí o con químicos que dejan graves secuelas en el cuerpo en el que son inoculados, y por supuesto la muerte, como ya ha sucedido infinidad de veces.
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CIRUJANOS ESTÉTICOS, LÚGUBRES MARCHANTES DE LA MISERIA HUMANA:
Antes que todo deseo manifestar que no pretendo criticar ni demeritar las cirugías estéticas que buscan una solución ante situaciones extremas, como puede ser una quemadura, o un ataque con ácido* o un accidente, entre otras causas.
* http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2012/02/26/quemada-viva-el-caso-de-suad/
http:
Solo me voy a referir a los procedimientos estéticos que se hacen por dictámenes sociales; muchos de ellos por modas que pretenden la cosificación del ser humano; sobre todo la cosificación de la mujer en una sociedad fatua que pretende mostrarla como un objeto de decoración más que se pone en el centro de una sala.
Nunca he entendido como una persona, hombre o mujer, puede someterse a una cirugía estética solo por seguir los nuevos postulados de belleza física, o para lograr un ascenso social o laboral, o para ganar un reinado de belleza, a los que la sociedad colombiana es una verdadera adicta, o para enamorar a un traficante de drogas, como si eso fuera un gran logro en la vida de una mujer; tampoco entiendo que alguien se someta a una cirugía bariátrica cuando no se amerita o cuando se acude a un médico inescrupoloso.
Pero, ¿de dónde nos viene este culto al cuerpo?
Primero que todo habría que pensar que es tan antiguo como la humanidad misma. Todos los pueblos del mundo han decorado sus cuerpos de diversas maneras. Y si pensamos en los griegos veremos que algunos atletas, sobre todo aquellos que ganaban carreras, entre otros, eran considerados luego semidioses. Es el caso de Antinoo, el hermoso efebo que enamoró al emperador Adriano.
En el Medioevo se produciría un cambio radical. El cristianismo comenzó a condenar todo tipo de abalorios o menjurjes, y se comenzó a exaltar una belleza espiritual no física. Una forma muy efectiva de ejercer control sobre las mujeres en particular y sobre la sociedad en general.
A comienzos del siglo XVI, Juan Ponce de León va tras la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, al menos eso cuenta una leyenda que decía que se encontraba en lo que hoy es la región de La Florida (USA). Pero anteriormente Herodoto (s IV a C) ya había hablado de la existencia de una fuente con esas propiedades y luego Alejandro Magno habría ido tras su búsqueda.
Esa temática de la eterna juventud va a retomarla Oscar Wilde en su libro El retrato de Dorian Grey. Su protagonista, un hombre dado a las bajas pasiones, se mantiene fresco y lozano a pesar del paso del tiempo y de su vida abyecta; es su retrato el que va envejeciendo y transformándose en poco menos que un monstruo. Y Virginia Woolf, en su maravilloso libro Orlando, nos trae la vida de un hombre nacido en la época isabelina y que no solo no envejece ni muere sino que un día, en plena época victoriana, se despierta siendo mujer.
Luego, en el siglo XX, más exactamente en los años 60, fue la escuálida Twiggy la que impuso la supuesta belleza de mujeres esqueléticas, supongo que sufría de una severa anorexia, muy diferentes a las mujeres soberbias, como Hélène Fourment, que pintaba Rubens, y en el siglo XIX están las mujeres de Renoir.
Recuerdo a mi abuela como una de sus herederas. Una mujer sin complejos, que se sentía bien en su cuerpo, poseía una hermosa cabellera, con la cual diariamente se hacía una enorme moña, no se maquillaba, y se vestía muy bien; esa era, digamos, su única vanidad. Su verdadera belleza estaba en su inteligencia y en su autonomía; y aunque había nacido en 1900 nunca fue una mujer sumisa ni dócil, como la mayoría de las mujeres de su generación.
En lo que a mí respecta recuerdo que siendo una adolescente me dijeron que debía operarme la nariz; en esa época, comienzos de los años 70, era algo común. Siempre e invariablemente dije NO. Y desde entonces he repetido una y otra vez que hay que saber envejecer. No somos eternos, ni me interesa ser eternamente joven. Pienso que lo mejor que me ha pasado en la vida es precisamente eso: envejecer. Sobre todo ahora que estoy pensionada y que no tengo que rendirle cuentas a ningún jefe (hombre o mujer). Cuando me miro al espejo y veo mis arrugas me digo a mí misma que ellas son el reflejo de las sendas que he seguido en mi vida, ahí están, son testigos de mis éxitos y de mis fracasos, de mis alegrías y de mis tristezas, no borraría ninguna de ellas ni por un minuto. Hacen parte de mi ser, son un libro donde está escrita mi vida.
Ahora bien, de un tiempo para acá he escuchado decir que operarse, o sea hacerse una liposucción, o aumentarse los senos o las caderas, en fin todas las barrabasadas que se han inventado los médicos, muchos de ellos inescrupulosos, lúgubres marchantes de la miseria humana, es una inversión. No entiendo como alguien puede endeudarse solo por pretender tener el cuerpo o la cara que ha visto en Internet y que cree que le sentaría a las maravillas. Considero una verdadera atrocidad decirle a una hija menor de edad que se le va a dar como regalo de sus quince años una cirugía cualquiera, debería ser prohibido; por eso apoyo incondicionalmente la propuesta de ley del senador Mauricio Lizcano, aunque debo aclarar que no soy su seguidora ni mucho menos su admiradora. Ninguna menor de edad debería ser sometida a una cirugía innecesaria, sin contar que no tiene la madurez para poder entender el modelo de belleza que la sociedad actual, banal y fútil, espera de ella. Hacerlo es participar de un mundo que pierde sus valores éticos, que pierde su norte, y que enseña que sólo en la apariencia física está la felicidad.
Por otra parte, no hay que olvidar el papel funesto que han jugado muchas veces los medios de comunicación al exaltar esa belleza de origen traqueto y venderla como una forma de éxito social. Colombia ha sufrido cambios enormes en estos últimos treinta años, muchos de los cuales han sido producto de esa alianza tenebrosa de narcotráfico y política. Afortunadamente hay miles y miles de mujeres que saben que solo con la educación y un trabajo digno podrán convertirse en personas autónomas.
Por último quisiera decir que ninguna de las mujeres que conozco que se han operado me parece que han quedado bonitas; por el contrario, cuando las veo me parecen desfiguradas, y algunas que eran hermosas se convierten en aspirantes a monstruos, como Frankenstein, el personaje de Mary Shelley; sobre todo aquellas que exageran con los labios, o con las caderas o con los senos.
lunes, 7 de marzo de 2016
CLARA ZETKIN Y LA HISTORIA DEL 8 DE MARZO
Foto: Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo
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En agosto del 2011 escuchamos a la entonces senadora Liliana Rendón dar una serie de afirmaciones que demuestran hasta que punto una persona que ha pasado por una universidad, y que ha llegado a ocupar un puesto de tanta importancia como es el de congresista, no acaba de entender que si ello ha sido posible es gracias a las luchas de millones de mujeres que la han antecedido y que han hecho cambiar la legislación patriarcal y machista que impedía la educación superior para la mujer.
Sus declaraciones “soy femenina, pero no feminista”, entre otras bastante desafortunadas, sólo reflejan el desconocimiento que muchas mujeres colombianas tienen sobre el feminismo y como siguen perpetuando desde sus hogares el machismo que tanto daño nos ha causado.
Para la muestra pienso en un artículo publicado en la revista Carrusel del diario eltiempo.com (20.02.2011), en el que se resaltaba la siguiente afirmación: “No son feministas que buscan reivindicarse frente al mundo apabullante de los hombres”, frase escrita con relación a cinco escritoras de un nuevo género al que han denominado “chik lit”, y del cual haría parte Isabella Santo Domingo. No sé si ella es antifeminista, lo que sí sé es que yo siempre me he considerado feminista, sin que me avergüence de ello o lo oculte. Por el contrario, he tratado que mi postura sea de carácter público, puesto que considero que la reflexión sobre la condición femenina y la investigación sobre su historia, son necesarias a la hora de entender el complejo mundo en el que vivimos.
El desconocimiento de la historia nos condena a repetir infinitamente los mismos errores y las mismas injusticias. El desconocimiento del pasado nos impide comprender el presente, e impide, igualmente, que nos proyectemos al futuro. No en vano se dice “que él que ignora el pasado, está condenado a repetirlo”.
Y la historia de la humanidad, léase historia política, social, religiosa, económica, artística, cultural, está viciada de argumentos y posiciones que dejan por fuera la visión del mundo de la mujer; como si ella simplemente no existiera, o no pensara, o no trabajara. Y creer en este mito es ignorar una serie de acontecimientos que han hecho posible que la mujer occidental participe hoy en día en procesos políticos, culturales, educativos, o científicos, entre otros.
Si hoy en día la mujer puede votar, elegir sus gobernantes, o ser elegida; si puede decidir cuántos hijos tener y cuándo, es gracias a las luchas que llevaron mujeres como Clara Zetkin (1857-1933-sufragista y de quien hablaré más tarde), o Margaret Sanger (1879-1966) quien había ejercido como enfermera en la primera guerra mundial y que luchaba por dar a conocer a las mujeres las ventajas de la planificación familiar. Gracias a ella es que hoy en día gozamos de la píldora anticonceptiva, puesto que financió la investigación llevada a cabo por el Dr. Gregory Pincus; investigación que hizo posible la creación de la píldora anticonceptiva y que salió al mercado en 1965, la misma que cambiaría para siempre la vida de millones de mujeres y estoy segura qu también cambió la vida de la sra. Rendón; aunque ella no sea consciente de ello.
Mujeres feministas han existido siempre, desde Diotima de Mantinea, sacerdotisa y filósofa, maestra de Sócrates, o Aspasia de Alejandría, pasando por la emperatriz Teodora o por Hildegarda de Bingen o por Eloísa o por Sor Juana Inés de la Cruz. Mujeres que dejaron una huella enorme en la historia de la búsqueda del conocimiento; así la historia escrita por los hombres, para los hombres, las haya borrado de un plumazo.
Y si bien la revolución sexual de los años 60 y 70 del siglo XX fue posible gracias a la píldora anticonceptiva, solemos pasar por alto la otra revolución que influye en el día a día, la conquista del sufragio femenino, así como la Revolución Industrial y el derecho a la educación. Los derechos inalienables como ciudadanas solo fue posible hacerlos valer después de llevar a cabo luchas de gran magnitud. Me refiero al derecho al voto; el mismo que llevó a Liliana Rendón al Congreso de la República.
La primera en reivindicarlo fue la francesa Olimpia de Gouges (1748-1793). En 1843 Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin (1848-1903), pero sobre todo precursora de la emancipación de la mujer en Francia, redactó un discurso dirigido a los obreros, en el que los llamaba a reflexionar sobre la igualdad; aludía que ésta comenzaba con la igualdad de sexos y el respeto hacia la mujer. La lucha por el derecho al voto si bien fue notoria en las clases burguesas francesas, no lo fue en las clases populares. La clase obrera no participó y en los campos simplemente ni se hablaba de ello. No obstante, Flora Tristán luchó por los derechos de la clase trabajadora y de la mujer. La lucha por la emancipación de la mujer encontró enemigos de la talla de Proudhon (1809-1865), quien argumentaba que la igualdad entre los dos géneros sería “el fin de la institución del matrimonio, la muerte del amor y la ruina de la raza humana”; y que por lo tanto “no hay otra alternativa para las mujeres que ser amas de casa o prostitutas”. Afortunadamente había voces masculinas que ya profundizaban en la importancia de la inclusión de la mujer; me refiero a Federico Engels (1820-1895) y Carlos Marx (1818-1883), quienes proclamaban que la emancipación de la clase obrera tenía que ir acompañada de la emancipación de la mujer y de su independencia económica.
El derecho al sufragio, fue una lucha larga y ardua llevada a cabo por mujeres de diversas nacionalidades y culturas, pero unidas por un único deseo: ser reconocidas como parte activa de una sociedad democrática, lo que quiere decir que sus derechos civiles les fueran acordados. En España emerge la figura de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), que si bien reconocía que en el siglo XIX se habían logrado avances considerables en el campo de la cultura y de la política, y que se reconocía la libertad de cultos ; ponía sin embargo el dedo en la llaga al denunciar que el tema de la emancipación de la mujer había sido ignorado por los legisladores.
En Estados Unidos surgieron las figuras de Matilda Electa Joselyn Gage (1826-1898), Susan B. Anthony (1820-1906) y Elizabeth Cady Stanton (1815-1902). Otra sufragista importante fue Alice Paul (1885-1977), una de las primeras mujeres en asistir a la universidad. Estudió sociología en la Universidad de Pensilvania y luego viajó a Londres para hacer un doctorado en economía y ciencias políticas. Fue una gran defensora del sufragio femenino y en 1916 fundó el Partido de Mujeres (NWP, por sus siglas en inglés). Luchó por incluir en la Constitución de 1923, una enmienda para que el derecho a la igualdad de la mujer, frente a los derechos del hombre, fuese aprobada. La enmienda fue incluida en 1972, cinco años antes de su muerte. Junto con Alice Paul luchó otra gran mujer, Lucy Burns (1879-1966), juntas enfrentaron a la sociedad de su época y la prisión. Todas estas mujeres lograron una ruptura radical con las costumbres de su época y sembraron las bases de la sociedad contemporánea.
Y si bien cada sufragista jugó un papel clave en la reivindicación de los derechos políticos de las mujeres, debe destacarse a la alemana Clara Zetkin, creadora del Día Internacional de la Mujer. Normalmente se ha creído que el 8 de marzo conmemora el incendio en el que habrían perecido 129 obreras de una fábrica textil de Nueva York, Estados Unidos, incendio que habría sido provocado por el dueño para acabar de raíz la huelga inminente de las trabajadoras que luchaban por mejores condiciones laborales y el cual tuvo lugar en 1857. Sin embargo, hay otra fecha que alude también a una fábrica ardiendo con 146 obreras dentro, la mayoría de ellas de origen judío e italiano, es la del 25 de marzo 1911. Incendio que habría sido provocado por un corto circuito y en las que las empleadas quedaron atrapadas.
En realidad quien concibe el Día Internacional de la Mujer, es esta valiente mujer llamada Clara Zetkin, quien había ingresado al Partido Socialdemócrata en 1881 y en 1890 creó la sección femenina del partido. Luego pasó a formar parte del partido Comunista Alemán. En la Primera Guerra Mundial se unió a un movimiento pacifista con su amiga y colaboradora Rosa Luxemburgo (1870-1919) y en 1915 realizó en Berlín una Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la Guerra. Su actividad militante y su posición antibélica la condujeron varias veces a la prisión. Fue una férrea defensora de los derechos de la mujer y de su derecho al sufragio universal. Clara Setkin presenta una propuesta en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, que había sido llevada a cabo en agosto de 1910, y cuya idea había surgido por el Woman’s day, que venía celebrándose en Estados Unidos desde 1908 por las sufragistas, como una clara reivindicación de sus derechos a ser consideradas ciudadanas de primera y dejar a un lado la errónea imagen de ama de casa que el ala conservadora y religiosa había defendido hasta la saciedad: la mujer como garante de la reproducción y conservación de la familia; negándole la participación en procesos económicos, políticos, culturales y sociales.
Es así como el 19 de marzo de 1911 se lleva a cabo la primera celebración del Día Internacional de la Mujer; en 1914 la fecha se pasa para el día 8. Otro acontecimiento importante, silenciado por la historia oficial, es la protesta de las mujeres rusas el 8 de marzo de 1917, a causa de la escasez de alimentos, lo que desencadenó el movimiento de masas conocido como la Revolución de Octubre del mismo año. En 1975 la ONU, declara, sin hacer alusión a este acontecimiento, el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer y reconoce la figura de Clara Zetkin como su creadora. El 19 de marzo de 1911 pasó a la historia como una jornada donde más de un millón de mujeres, en diferentes ciudades europeas, salió a la calle para exigir su derecho al voto, a la educación y al trabajo y en la que también se denunciaba la discriminación laboral. La manifestación se había llevado a cabo exitosamente en Alemania, Suiza, Dinamarca y Austria ; lo que mostraba a qué punto la mujer era capaz de aglutinar fuerzas y de hacer valer sus derechos.
No obstante, las mujeres que combatían la inequidad y el sometimiento ancestral al poder masculino eran muy pocas. La mayor parte de la población femenina occidental no participó y cuando lo hizo fue en su contra. Es el caso de la Liga Nacional de Mujeres Anti-Sufragio, creada en 1908, y presidida por la novelista Mary Ward (1851-1920), tía del escritor Aldous Huxley (1894-1963). La Liga rechazaba de plano el derecho al sufragio de las mujeres, con argumentos tan traídos de la cabeza, como era el de “no querer aceptar más cargas de las ya impuestas”. El derecho al sufragio femenino no fue otorgado fácilmente, ni se dio al mismo tiempo en todos los países. El primer país en otorgarlo fue Nueva Zelanda en 1893, seguido de Australia en 1901. En Europa, fue Finlandia en 1906, España en 1931, Francia en 1957 y Suiza en 1971. En América, el primer país en concederlo fue Canadá en 1918 y Estados Unidos en 1920. En Colombia en 1954 -paradójicamente fue bajo la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla que este derecho fue otorgado a las mujeres-. Y mientras todas estas luchas se daban, los hombres seguían insistiendo en sus prerrogativas patriarcales, como lo siguen haciendo hoy en día. Los salarios de las mujeres siguen siendo inferiores al de los hombres, sin tener en cuenta ni la formación ni la capacidad de unos y otros. La jornada laboral de la mujer sigue siendo más larga que la del hombre, ya que el trabajo de la casa, el cuidado de los hijos, la supervisión de los deberes escolares, siguen estando en gran medida en manos de la mujer. La mujer conquistó el derecho a la educación, a trabajar fuera del hogar y a ganar un salario que le permita mejorar su nivel de vida y el de su familia; pero al mismo tiempo incrementó su tiempo de trabajo. Y si hago esta acotación, es para afirmar que aún nos queda un largo camino para recorrer, que debemos seguir luchando por nuestros derechos, pero sobre todo que debemos educar a nuestros hijos con una conciencia de igualdad y de respeto; ya que muchas veces somos las mismas mujeres las que perpetuamos la tradición de una sociedad machista, intolerante e injusta¸ como es el caso de Liliana Rendón.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Novela por entregas: Féminas o el dulce aroma de las feromonas
La revista digital Panorama Cultural, dirigida por el escritor y periodista franco-español, Johari Cardona, publicó mi nouvelle Féminas o el dulce aroma de las feromonas; pueden leerlo en el enlace que adjunto:
Nota de Panorama Cultural:....................
http://panoramacultural.com.co/index.php?option=com_content&view=article&id=4008 ......................................
Altamente existencial, llena de caracteres, amores y desencuentros, la novela “Féminas o el dulce aroma de las feromonas” es la primera novela publicada por entregas en PanoramaCultural.com.co.
Su autora, Berta Lucía Estrada, describe en esta obra la vida de diez amigas de la universidad y su relación con el amor, los libros y el arte. Un mundo en el que todo es posible y donde los protagonistas recrean una realidad en función de sus aptitudes, conocimientos y sensibilidades.
Esta novela representa un maravilloso viaje por el intelectualismo del siglo XX y XXI pero también una cartografía de ese feminismo consciente que se busca, se cuestiona y vibra en cada letra.
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lunes, 1 de febrero de 2016
EL GATO QUE VENÍA DEL CIELO, DE TAKASHI HIRAIDE
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Confieso que amo los gatos, sólo he tenido uno, fue hace muchos años, cuando estaba en la universidad, desafortunadamente tuve que regalarlo muy pronto porque la hermana con la que compartía apartamento no lo soportaba.
Mi admiración por ellos nunca se ha esfumado, me parecen enigmáticos y envidio la independencia de la que hacen gala; tal vez por eso en mi poesía siempre hay un gato que se pasea orondo, haciendo alarde de la leyenda que dice que son eternos y que nunca mueren, o al menos que tienen siete vidas.
Y ese sentimiento de complicidad lo he encontrado en dos libros maravillosos : Kafka en la orilla de Haruki Murakami
http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2011/05/30/haruki-murakami/
y La gata gatona de Nicolas Bayle; este último es un hermoso poema infantil. Pero también veo que El gato que venía del cielo tendría antecedentes en un hermoso cuento de la tradición oral japonesa, La historia de Himelia, que narra como una pequeña niña es encontrada dentro de un bambú cuando un viejo leñador está aserrándolo. El leñador y su mujer nunca tuvieron hijos, así que la llegada de la niña, que se llamará Himelia, viene a llenar el vacío de ese anhelo. Más tarde, cuando Himelia tiene 15 años, ella les cuenta que en realidad es una ninfa que viene del cielo y que es allí donde debe retornar en una noche de luna llena. Y al igual que la pareja de escritores, a la que el gato Chibi le ha cambiado la vida, Himelia transforma la vida del viejo matrimonio. Y por supuesto que no olvido al gato memorable que aparecía de cuando en cuando en la casa de verano de Cortazar y al que él llamaba Teodoro Adorno.
Pues bien, si hablo ahora de gatos es porque acabo de leer una historia sobre uno de ellos ; me refiero Al gato que venía del cielo, de Takashi Hiraide, (Japón, 1950). No sólo es un libro muy poético sino que no dudo en decir que se trata de una pequeña joya literaria, de esas que están destinadas a convertirse en clásicos de la literatura universal.
El gato que vino del cielo es una nouvelle, tan solo 131 páginas, y es la primera obra narrativa de Hiraide, quien antes de su publicación ya era bastante reconocido en su país, no como narrador sino como poeta. Este libro pasó desapercibido por las editoriales y por los críticos; no así por los libreros que lo sacaron del ostracismo y le dieron el lustre que merece. De la noche a la mañana Hiraide se convirtió en un autor de culto y su pequeña novela fue traducida a varios idiomas; desde entonces no ha dejado de vender su obra, e incluso ganó el prestigioso premio Kiyama Shohei Award. Pero quizás su principal presea literaria sea el caluroso elogio que recibió del Nobel de literatura Kenzaburo Oé .
El gato que vino del cielo es, aparentemente, una obra sencilla, sin mayores tramas y en gran parte autobiográfica; no obstante, pienso que si el lector se queda con esa idea en realidad no ha entendido la profunda reflexión que está escondida en sus breves páginas.
La historia es sobre una joven pareja de escritores y correctores de estilo que se traslada a los suburbios de Tokio, a una casa con un enorme jardín que ha ido quedando a la deriva; Chibi, el gato, es su visitante asiduo y poco a poco se convierte en el centro de la relación; como si en cierta forma fuese el hijo que el matrimonio nunca quiso tener.
Detrás de este encuentro furtivo, Hiraide nos cuenta la burbuja inmobiliaria que hubo en Japón a finales del siglo pasado y la dificultad que se tiene para no sucumbir a las enormes distancias entre el lugar de trabajo y la vivienda.
En realidad El gato que vino del cielo es una metáfora de la soledad y de la búsqueda que todos los seres vivos tenemos para lograr la interaccion humana.
Incluso el jardín se convierte en un protagonista de la obra; los árboles, los insectos, o los pájaros, que lo habitan, son una presencia que nos recuerda que los seres humanos no estamos solos en este planeta y que compartimos nuestras existencias con esas otras vidas a las que a veces no conferimos el interés que merecen.
En una entrevista leí que Hiraide decía que una parte de la descripción del jardín podía ser desesperante para un lector occidental; pero la verdad es que yo no sentí esa sensación; por el contrario, leí cada capítulo como si bebiese el néctar más refinado; también es verdad que soy una asidua lectora de la literatura japonesa, así que a lo mejor algo he aprendido de su estilo, sin que llegue nunca a cansarme.
El gato que vino del cielo, es también una lección, o más bien una crítica, al exceso de individualismo que nos acecha hoy en día y que impide que establezcamos relaciones con las personas que nos rodean. El gato que aparece en la vida de la joven pareja de escritores en realidad ha sido adoptado por una familia vecina. Podríamos decir que el amor que las dos familias le tienen las convierte en rivales. Chibi es el centro de sus intereses, pero también puede ser la caída al vacío, la presencia éterea de la soledad, o el fracaso que afrontamos cuando somos incapaces de comunicarnos con nuestros congéneres.
El gato también se erige como un pequeña divinidad que le permite a la pareja que visita conocerse a sí misma. En su vida hay un antes y un después ; y ese instante efímero, que puede ser un día, o una semana, o dos o tres años, está marcado por la llegada del pequeño felino. Es gracias a él que la pareja que lo acoge es capaz de profundizar en sus sentimientos y anhelos más profundos y más recónditos; como si su presencia fuese una senda sagrada a recorrer para lograr una verdadera trascendencia en la vida discreta y silenciosa que lleva.
Por otra parte, la desaparición de Chibi marca la muerte del dueño de la casa y la desaparición de todo un mundo; como si Chibi y el anciano se llevaran consigo antiguos arcanos escondidos en un cofre cuya llave se han llevado consigo.
lunes, 18 de enero de 2016
V PARTE: EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO
TRADICIÓN ORAL :
El exilio y su regreso a la boca del camino que no tenía huellas y moviéndolo por ríos y laderas en busca de su pasado (Idem, pág.223) y luego una pregunta de hondo sentido metafísico : ¿Moría o renacía? (Idem, pág. 223) Me hacen reflexionar sobre uno de los aspectos literarios que más me han interesado en mi oficio de crítica literaria : La tradición oral.
Siempre he creído que la primera manifestación del arte fue la palabra embarazada por los ojos atónitos de los pueblos en la noche de los tiempos y que al llegar a las nueve lunas parió la pintura, la música y la danza.
Las cosmogonías explican el mundo y todos los fenómenos que nos rodean.
Estos primeros esbozos del hombre, por lograr la comprensión y aprehensión del mundo que lo circunda, evolucionarán hasta convertirse en mitos cosmogónicos. El pensamiento mítico, y su representación oral o plástica, coadyuva a la unión y permanencia del grupo social al que se pertenece. El artista y el contador de historias tienen características cuasi sagradas; en algunos casos el poder de la palabra les concede el estatus de chamán.
El artista tuvo desde la antigüedad un rol decisivo en su comunidad. Si la caza, y posteriormente la agricultura, había sido mala, el chamán narraba los mitos cosmogónicos relacionados con el problema a resolver. De esta forma la búsqueda de la solución a un problema, ontológico o natural, es a todas luces mágica. Lo que no difiere mucho cuando alguien reza ante un nacimiento, la compra de una casa o la muerte de un ser querido; otra forma de rememorar los mitos cosmogónicos; así ahora los llamen religión.
Los mitos cosmogónicos siempre relatan los orígenes de la vida y de los elementos naturales; por lo que su recreación permanente asegura el tiempo primordial necesario para la preservación de la vida, de la especie, del mundo. El mito cosmogónico está íntimamente ligado al tiempo circular o tiempo sagrado o tiempo primigenio; es decir, al tiempo de los dioses. Los mitos son las primeras expresiones literarias producidas por la especie humana.
Y por supuesto que Jorge Eliécer Pardo no podía ignorar este aspecto tan fundamental en la literatura de todos los tiempos. Pardo admira y resalta esta compleja produccion literaria y estética que es la cosmogonía de los mal llamados pueblos naturales y que hace parte de la literatura oral, madre de la literatura escrita. Para entender este postulado en toda su dimensión sólo nos bastaría recordar que la Iliada y la Odisea, así como los libros sagrados del Mahabharata y del Ramayana, fueron en sus orígenes literatura oral, solo siglos después fueron recopilados y escritos.
Léamos uno de los párrafos cosmogónicos que trae a colación El pianista que llegó de Hamburgo :
“Oyó decir que los Tikunas habían poblado la tierra por una pareja que salió de la rodilla de Yuche. Le mostraron dónde aparecía el Yaku-Runa en forma de delfín, a orillas del Amazonas, buscando lavadoras solitarias para robarles el alma. O cómo Yaku-Runa se trasformaba en sinuosa mujer morena y pálida que emergía del agua y con una sonrisa lujuriosa envolvía a los hombres con sus encantos y los llevaba a las profundidades del río.” (Idem, pág. 220)
Entender la tradición oral es entender que la literatura es tan antigua como el hombre y que ha sido un bálsamo entre tanto infortunio. Y este aspecto cuasi sagrado, lo digo en el sentido mítico del término, lo ha entendido muy bien Jorge Eliécer Pardo al hacer alusión a la cosmogonía de los Tikunas.
Y por supuesto, podríamos también incluirlo en el apéndice de la intertextualidad a la que se hacía referencia anteriormente.
LENGUAJE CINEMATOGRÁFICO :
Para terminar, aunque podría seguir hablando sobre muchos otros temas literarios que se encuentran en El pianista que llegó de Hamburgo y en La Baronesa del Circo Atayde, voy a hacer referencia al lenguaje cinematográfico del que hace gala Jorge Eliécer Pardo.
Anteriormente decía que la literatura era la progenitora de todas las artes y aunque es indudable la influencia que la literatura ha ejercido sobre el cine, también es importante recordar que es el lenguaje cinematográfico, a todas luces revolucionario, el que cambió para siempre la forma de hacer y escribir una novela.
La novela cronológica, secuencial, tan en boga en el siglo XIX, piénsese en Balzac o en Dostoievski o en Zola, para no citar sino unos pocos ejemplos, sufre un vuelco radical con la llegada del rollo cinematográfico que mezcla hechos del futuro, con el pasado, o con el presente, o con los sueños de sus personajes.
Aunque cabe recordar que la primera escritora que había hecho uso de este recurso, muchos siglos antes que Virginia Woolf, fue la primera novelista de la que se tiene registro, Murasaki Shikibu; a la que se suele ignorar cuando se dice una y otra vez que la primera novela de la Historia de la Literatura fue escrita por Miguel de Cervantes Saavedra.
Otro de los aspectos heredados del cine es comenzar una historia por el final, algo insólito en la literatura hasta la aparición de este nuevo lenguaje. Piénsese en La señora Dalloway de Virginia Woolf, una de las primeras escritoras que entendió las múltiples posibilidades que otorgaba escribir como si se tratase de componer un puzzle o de pegar los diferentes retazos para hacer un paschwork.
Ese puzzle del que hablo aparece a todo lo largo y ancho de las obras de Pardo a las que he aludido anteriormente. Cabe decir que su manejo del tiempo es muy bien logrado y que nos hace penetrar en un tunel del tiempo que no tiene astrolabio, ni brújula, pero con el que escribe una soberbia bitácora que nos lleva por mares insondables, conocidos y desconocidos.
Es una bitácora del desamparo, de la soledad, del infortunio, del exilio, de la guerra, de la evocación, del delirio.
Es una bitácora que a veces llega a puertos donde nos cruzamos con diferentes personajes, bien sean literarios o históricos.
Es una bitácora que recrea la saga nórdica.
Es una bitácora que pinta un nuevo fresco de la historia de Occidente en los últimos ciento cincuenta años en el mejor de los estilos renacentistas, pero con un pincel diferente; el del lenguaje cinematográfico y con un manejo del verbo alucinante, a todas luces contemporáneo, posmoderno.
Es una bitácora que rescata la historia colombiana que nadie se ha atrevido a mirar de frente de miedo que le salgan más brazos a ese pulpo que nos ahorca cada día más.
Por último diría que El pianista que llegó de Hamburgo y La Baronesa del Circo Atayde son una metáfora del eterno incendio en el que nuestras vidas se incineran a cada instante y de la incapacidad del ser humano de resconstruirse y de reinventarse a sí mismo.
El Quinteto de la frágil memoria es un fresco que pone de manifiesto la gran erudición de Jorge Eliécer Pardo y su profunda sensibilidad social que lo compromete con el desamparado, con el desahuciado, no sólo víctima del sistema político y económico, sino del desarraigo que nos acompaña en la larga noche en la que pueblan nuestros sueños -léase pesadillas- metafísicos.
Es por ello que El pianista que llegó de Hamburgo y La Baronesa del Circo Atayde deberían ser una lectura obligatoria en escuelas, colegios, universidades, empresas, partidos políticos, sindicatos; estoy segura que aprenderíamos mucho sobre nuestra idiosincrasia y entenderíamos este remolino de violencia en el que hemos navegado por décadas. Para entender el presente hay que conocer el pasado y para proyectarse hacia el futuro tenemos que conocer el pasado y el presente. El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Eso lo sabemos con creces los colombianos.
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BIBLIOGRAFÍA
Libros de Jorge Eliécer Pardo:
PARDO, Jorge Eliécer. El pianista que llegó de Hamburgo. Cangrejo Editores, 2º edición, 2014.
—————————-. La baronesa del circo Atayde. . Cangrejo Editores, 1º edición, 2015.
Bibliografía analítica:
COUTO, Mia. El último vuelo del flamenco. Editorial Alfaguara. 2008.
ESTRADA ESTRADA, Berta Lucía. ¡Cuidado! Escritoras a la vista… Ble Ediciones, 2009.
—————————-, Breve comentario sobre La vorágine. Grafía Plena, La Patria, 1989.
FOENKINOS, David, Charlotte. Gallimard, Paris, 2014.
FORRESTER, Viviane. Virginia Woolf, de Viviane, Editions Albin Michel, Paris, 2009.
FRAZER, Georges. El folklor en La Biblia. Fondo de Cultura Económica. 1993.
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de Soledad.
HUSTON, Nancy. Lignes de faille. Actes Sud, 2006.
KETTU, Katja. La sage femme. Actes Sud, 2014.
LEVI, Primo. Si c’est un homme. Julliard, 1987.
MEZA, Martha Patricia. En nombre de Lilith. Colección Las Ofrendas. Escuela de Estudios Universitarios. Universidad del Valle, 2011.
SCHOENBORN, Clara. Los oficios en clave de Atenea. Apidama Ediciones, Bogotá 2012.
SEMPRÚN, Jorge. La escritura o la vida. Fábula Tusquets Editores, 6o edición, 2013.
OTSUKA, Julie. Quand l’empereur était un dieu. Livre de poche, 2008.
PETROWSKAJA, Katja. Peut-être Esther. Récit Seuil, 2014.
RIVERA, José Eustacio. La Vorágine.
miércoles, 13 de enero de 2016
IV PARTE: EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO
EL EXILIO:
Siempre he creído que el exilio es en cierta forma una de las variantes de la muerte. Al menos cuando es el resultado de una desición que debe tomarse de un momento a otro para poder salvar la vida. Fui testigo de este drama en los años 80 del siglo pasado, no porque yo hubiese sido una perseguida política, sino porque una gran cantidad de mis compañeros y profesores de la Sorbona eran exiliados. Algunos venían del Cono Sur, huían de las dictaduras que asolaban el continente y trataban por todos los medios de reconstruirse a sí mismos en una ciudad que los acogía y que los rechazaba al mismo tiempo. Pero también conocí a muchos colombianos que habían tenido que dejar sus familias y lo poco que tenían detrás de ellos. Era la época de Barco y Belisario Betancourt. Con el primero todos sabemos lo que su gobierno persiguió y condenó los Derechos Humanos y con el segundo sabemos que gran parte de su respeto por los jóvenes de izquierda era subirlos a un avión y enviarlos hacía París.
Siempre recuerdo a uno de mis profesores, el académico y escritor Rubén Bareiro-Saguier quien llevaba varios años en la Ciudad Luz; aunque para él siempre fuese oscura. Un día, hablándome de su exilio, le pregunté si nunca había regresado a su país, y me respondió, con la voz entrecortada, que una vez, estando en la frontera entre Argentina y Paraguay, del otro lado de la linea imaginaria entre los dos países, se sentó en el suelo y contempló el territorio natal por espacio de varias horas. Eran los tiempos de Strossner. Años después Bareiro-Saguier regresaría a Paraguay y yo no volvería a verlo ni a tener contacto con él; pero nunca he olvidado esa tarde en la que me abrió su herida purulenta. Para ese entonces yo ya tenía el suficiente criterio intelectual y la suficiente sensibilidad política y social como para comprender el terrible drama que me contó en pocas frases; por eso entiendo los versos de Clara Schoenborn:
“Ha sido este silencio/la sustancia de mi viaje” (Poema Inmigrante) (Op. cit. Clara Schoenborn. Apidama Ediciones. Bogotá. 2013).
Por otra parte, la sociedad francesa es muy diferente a la de hace treinta o treinta y cinco años. Ahora hay mayor apertura, menos xenofobia y muchos más extranjeros que en esa época. Eso no quiere decir que sea una sociedad perfecta, no lo es y no lo será nunca; pero al menos hay más respeto por la otredad. También es cierto que lo veo con mis ojos de latinoamericana integrada a esta sociedad que admiro y respeto; y además tengo la doble nacionalidad. Sin embargo, eso no me impide ser crítica y ver los desmanes que produce la xenofobia y la islamofobia en un país que se considera garante de los Derechos Humanos.
Pues bien, un tema así no podía pasarme desapercibido con la lectura de El pianista que llegó de Hamburgo.
El exilio, el desarraigo, el eterno deambular de un lugar a otro, sin nunca poder echar raíces, es el otro drama de Pfalzgraf. Como judío-alemán debió huir de su país donde se llevaba a cabo una política de exterminio -no sólo de su pueblo, sino de los roms, de los comunistas y de los homosexuales- e instalarse en uno al otro lado del orbe, Colombia. Esta política, no hay que olvidarlo, correspondía a un sentimiento muy generalizado en Europa hasta la Segunda Guerra Mundial: El odio y la exclusión de los judíos. Un sentimiento común en todas las clases sociales, sin importar el grado de instrucción que se tuviese, lo que incluye a muchos intelectuales que habían crecido en una ambiente de antisemitismo que consideraban normal. Es el caso de Virginia Woolf. -¿Cómo?, diría mucha gente, si Leonard, su marido, era judío. Y si, lo era. Pero eso no evitaba que Virginia Woolf haya sido antisemita como la sociedad de su época y como todos los integrantes del grupo de Bloomsbury. Su diario personal, el que llevó rigurosamente cada día de su vida, así lo atestigua. Nunca aceptó a su suegra, ni siquiera la invitó al matrimonio. No sólo porque no pertenecía a su círculo social y económico, así Virginia después de la muerte de su padre siempre hubiese tenido problemas económicos, sino porque la madre de Leonard era judía (3). También habría que recordar a otro de los grandes intelectuales antisemitas, el francés Louis-Ferdinand Céline. Sin olvidar los nexos de Heidegger con el Nazismo. Cabe recordar que los intelectuales y artistas solo conocieron La Solucion Final cuando la guerra terminó. No obstante, Heidegger, entre otros intelectuales de la época, nunca se disculpó ni renegó de sus escritos antisemitas y a favor de Hitler.
Volviendo a la novela que nos ocupa, El pianista que llegó de Hamburgo, yo diría que el párrafo mejor logrado, en lo que se refiere al drama del exilio, es cuando Pfalzgraf se da cuenta que definitivamente ha perdido todos los puntos de referencia. Ya no es un hamburgués, rara vez se acuerda que es judío, ni siquiera los suyos lo aceptan como tal ni a él le interesa ser aceptado ni ser reconocido como uno de ellos; pero tampoco es un colombiano. Mientras que él piensa y habla en español, sus lenguas maternas, el alemán y el yiddish, ni siquiera lo visitan en sus noches de desvarío; para la gente del común sigue siendo el alemán, el extranjero loco que va trás los pasos de una mujer muerta.
Y si hago enfásis en el idioma es porque raramente se habla que una segunda o tercera lengua puede convertirse en la lengua materna; sobre todo cuando se la ha elegido y se ha hecho todo lo posible por conocer sus vericuetos y secretos más recónditos. Y Pfalzgraf ha adoptado el español como si fuese la lengua que lo acunó en las lejanas noches de su infancia. Él no pelea con la lengua de Cervantes, al menos con la que se habla en Colombia, él la ama, como se ama a una amante huraña que poco a poco termina por caer rendida a los pies del eterno pretendiente. Yo diría que Pfalzgraf siguió sin saberlo los pasos de Jorge Semprún cuando éste último recuerda su relación visceral con el francés:
“En lo que a mí respecta, había escogido el francés, lengua del exilio, como otra lengua materna, originaria. Me había escogido nuevos orígenes. Había hecho del exilio una patria.” (Jorge Semprún. La escritura o la vida, Fábula Tusquets Editores, pág. 293).
Aunque yo diría que en el caso de Pfalzgraf, no se buscó una patria sino una Matria. La encontró en Colombia. La esquiva, la violenta, la de los paisajes inhóspitos y grandes llanuras, la de los incendios que aparecen en todas partes. Y aún así él, el pianista que llegó de Hamburgo, decidió quererla y dormir con ella por el resto de su existencia. Hablando, además, en otra lengua, la lengua del exilio, en la que nunca pensó en los largos años de su encierro en el sótano de Hamburgo cuando debió esconderse de las razias de los SS.
El pianista que llegó de Hamburgo es el libro del exilio por antonomasia, es el libro del miedo del presente y de la angustia por el futuro, es el libro de la evocación frente a un mundo nuevo en el que no encuentran ningún punto de referencia, o al menos muy pocos, con el mundo desaparecido; el mundo que duerme en lo profundo de nuestra memoria. Sin embargo, el pasado siempre nos atrapa, nos encarcela detrás de barrotes de olvido y bruma, ya que las trompetas de guerra suenan en los oídos de Pfalzgraf y terminan por ganarle la partida. Pfalzgraf, después del bogotazo y de su estadía en los Llanos, entenderá que la guerra no es que le pise los talones sino que siempre está tres pasos delante de él.
“No podría regresar a Hamburgo, su sótano desapareció en el bombardeo, tampoco a la casa de La Candelaria para incendiarla como lo hacían los indígenas huitotos al morir, enterrados en la maloka que habitaron. Una vez quemada la maloka era abandonada porque a ella había entrado la enfermedad, la tragedia y la muerte. Hendrik no era jefe de nada, se creía un fracasado de todo. Tampoco podría ser vestido de ceremonia ni mecido dentro del chinchorro, nadie lo lloraría. No lo enterrarían en una fosa de cuatro metros con una gran totuma de ambil, zumo de tabaco para matar la enfermedad que lo agobiaba, para atrapar por siempre y no dejar escapar el espíritu maligno que lo mató, ni sembrarían un árbol sobre su tumba, ni incineraría ninguna tribu porque carecía de todo. ¿Podía quemar los retratos de sus parientes?
No supo en qué momento se volvió viejo y cómo pasaron esos diez años bajo la sombra de las grandes ceibas; tampoco cómo superó las pestes que lo rezagaron en muchas caminatas, ni mucho menos por qué se mantenía vivo entre alimañas y enfermedades.” (Idem, pág. 221)
Pero antes, diez años atrás, le había dicho a Matilde :
“Soy de Hamburgo, huérfano y desamparado, desplazado por la guerra. Perseguido aún por Hitler. Abandonado por el amor y por una única hija. Dolido por la soledad. Eso es tu profesor: poca cosa.” (Idem, pág. 145)
En otras palabras exiliado en sí mismo. Como lo somos todos los seres humanos en mayor o menor medida; así la mayoría no lo reconozca o no alcance a entenderlo. Pfalzgraf, en la búsqueda de sí mismo, terminó desaviado, definitiva e inexorablemente, en el laberinto de su memoria. Tal y como le había sucedido años antes a Carlos Arturo Aguirre cuando se perdió por entre los zaguanes y las esquinas y en las noches de amor robadas a las empleadas domésticas después de llegar a su casa en el estado de seminconsciencia que deja una botella de alcohol bebida con la única compañía que brinda la soledad: el desarraigo y la errancia. Pfalzgraf y Carlos Arturo Aguirre se perdieron por los intersticios de la peste del olvido, fueron barridos por el mismo viento que borró a Macondo.
En este sentido Pfalzgraf y Carlos Arturo Aguirre son antihéroes -o héroes al revés-; podría decirse incluso que son como una metáfora de la inutilidad que representa cualquier esfuerzo que se haga por mejorar la condición humana. Como si fuesen dos aparecidos o zombis que vagan por los terrenos áridos del desamparo, de la evocación, del olvido y del olvido final que es la muerte. Son antihéroes que saben que la esperanza es una quimera inútil y que por más que lo intenten no podrán escapar a los designios de su propio drama; de ahí que se ahoguen en el alcohol y en las drogas. Una forma de poder mirarse en el único espejo que verdaderamente importa: el que nos revela la carencia absoluta de humanidad en el ser humano. En otras palabras el deseo perenne de caer en un abismo sin fin sin que halla una red en la mitad que nos impida seguir buscando el fondo. Lo que para Pfalzgraf es otra forma de recitar eternamente el Kaddish, la plegaria de los muertos. En otras palabras sabe que la música y la muerte son sus únicas certezas, sus únicas posesiones.
Pfalzgraf y Carlos Arturo Aguirre no entienden, o simplemente no les interesa entender, el mundo en el que viven; saben que sus vidas están signadas por la fatalidad. Es por ello que renuncian de antemano a buscar una salida que los aleje del precipicio en el que han caído. Ya no son los héroes de las sagas nórdicas que buscan salvar a su pueblo y por ende a sí mismos; ni tampoco son Sigfridos que pueden atravesar el fuego sin que nada les suceda, no están protegidos por la sangre del dragón, ni poseen cascos para poder ser invisibles, ni tienen una espada mágica que los haga invencibles. Por el contrario, son antihéroes que están condenados a errar eternamente en el infortunio. Así que simplemente se entregan al ojo del huracán, como si fuese la amada a la que se ha esperado desde siempre; solo que en su ojo no hay valquirias que los esperen, solo están la ocuridad y la oquedad de la noche.
martes, 12 de enero de 2016
III PARTE: EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO
LA INTERTEXTUALIDAD:
El Pianista que llegó de Hamburgo y La Baronesa del Circo Atayde son también un soberbio recorrido y un gran homenaje a dos obras cumbres de la literatura colombiana : Cien Años de Soledad y La Vorágine; sin olvidar a José Asunción Silva y la obra de Vargas-Vila. Jorge Eliécer Pardo establece un diálogo profundo con los autores fundacionales de la literatura colombiana.
Por supuesto que solo la palabra pianista nos hace pensar en Pietro Crespi, el eterno enamorado de Amaranta. Y es que Hendrik Joachim Pfalzgraf tiene mucho de ese italiano extraviado en el amor, fugado sería la palabra adecuada, que es Crespi. Los dos tienen ese aura de desamparo que los persigue hasta más allá del delirio. En ese laberinto sin Dédalo, Pfalzgraf busca a Matilde, a veces la encuentra en el rostro esquivo de Julieta-Matilde para terminar por refugiarse en una senilidad que lo conduce a los puertos del pasado donde finalmente se reune de nuevo con ella, con la verdadera, con Matilde Aguirre.
… “amante, maestro, preceptor. Espejo sin imagen, tiempo sin tiempo. Quiero irme lejos contigo. Dejaré a mi hijo por ti. Me mostrarás la salida de los barcos y navegaremos por tus mares y lagos”. (El Pianista que llegó de Hamburgo, pág.277)
Pero antes de penetrar en ese laberinto, se había internado en otro, en la jungla, donde le contaron
que por allí había viajado otro abatido, el poeta Arturo Cova. (Idem, pág. 219)
con la diferencia que Pfalzgraf logró salir de ella; para luego perderse en otra aún más huraña y hostil, el mundo de los habitantes de la calle, de los innombrables, de los ñeros, como comúnmente se denomina a esos hombres y mujeres -lo que no es sino otra forma de ignorar su existencia- que han perdido la brújula de sus destinos y que vagan en el remolino de la Calle del Cartucho. Mientras Pietro Crespi se suicida ante la negativa de Amaranta de corresponder a su amor, Pfalzgraf se pierde en las drogas y en el acohol. Otra forma de suicidio, si se quiere aún más radical que la de Crespi.
Otro elemento recurrente que une al pianista de Hamburgo con Cien Años de Soledad es el color amarillo. En este caso no son las mariposas de Mauricio Babilonia que lo preceden por todas partes sino una flor amarilla que lo espera en el futuro:
“Las mujeres, todas, le parecían bellas; pero sabía que una, con una flor amarilla en la mano, caminaba desde el futuro hacia él”. (Idem, pág. 103)
Luego :
“La esperaba, dispuesto a todo; al cerrar los ojos e imaginar que era la mujer que vino del futuro con una flor amarilla en la mano intentó acercar sus labios gruesos a esa boca que aún hablaba de despedidas.” (Idem, pág. 125)
Más adelante :
“En la sala había un enorme ramo de rosas amarillas. Quiso olerlas y pasar los dedos por la textura de sus pétalos pero su alumna Matilde apareció al lado de su esposo. La miró como si hubiera emergido del mismo ramo amarillo y quedó ensimismado porque ya no pudo entender nada de lo que decían.
De nuevo, en su cuarto del segundo piso, supo que ella era su alumna dorada, la que le cambiaría la historia en su nueva vida. Le pareció oír la voz de Matilde: Jamás comprendí las palabras de los hombres, crecí en los brazos de los dioses.” (Idem, pág. 137).
Por otra parte la frase -Jamás comprendí las palabras de los hombres, crecí en los brazos de los dioses- nos remite inmediatamente a la intuición anteriormente desarrollada: Matilde es una mujer éterea, inexistente.
Estas alusiones a Mauricio Babilonia, como muchas otras, hacen que la obra de Jorge Eliécer Pardo navegue en una enorme ola por el mar insondable que es el realismo-mágico de Gabriel García Márquez, sin sacrificar su impronta, su huella, su sello personal.
En cuanto a Carlos Arturo Aguirre se refiere, si bien no se interna en la selva ni consume drogas, ni vive en hoteluchos, ni prostíbulos de mala muerte, ni vaga por las calles de los desposeídos como Pfalzgraf, si va trás los pasos de Cova y sin saberlo sigue los mismos senderos del que en un futuro sería su yerno; aunque él nunca lo llegase a conocer ni a saber de su existencia, al menos no de forma concreta, sólo velada.
Es importante anotar que la saga El Quinteto de la Frágil Memoria, de la cual hacen parte los dos libros a los que hago referencia, bucean permanentemente en un mundo onírico, propio del trópico, pero que tiene también raíces muy profundas en África; piénsense por ejemplo en Mia Couto y en su magnífica obra El último vuelo del flamenco.
Y es que cuando se habla de surrealismo generalmente se piensa en André Breton, Louis Aragon, Paul Eluard, Jacques Prévert, Antonin Artaud o Max Ernst; quienes por la década del 20 ya conformaban un grupo sólido que habría de transformar la literatura y las artes plásticas del siglo XX.
Y cuando se trata de América Latina comúnmente se piensa que éste llegó con Ernesto Sábato o con Alejo Carpentier. Sin embargo, este último aseguraba en Haití, en el año de 1943, que estaba ante los prodigios de un mundo mágico, de un mundo sincrético, de un mundo donde hallaba al estado vivo, al estado bruto, ya hecho, preparado, mostrado, todo aquello que los surrealistas fabricaban demasiado a menudo a base de artificio, en cuanto a la literatura se refiere; puesto que en pintura habría que mencionar a Wilfrefo Lam y a Frida Kahlo. Algunos dirán que la misma Frida decía que ella había conocido El Surrealismo cuando Breton le dijo que su obra era onírica. Lo que ella omitió es que tenía la suficiente cultura artística para conocer muy bien que era lo que se estaba haciendo en Europa, más específicamente en Francia. Aunque también es cierto que decir que nunca había oído hablar del Surrealismo le daba un aura de originalidad que ella deseaba para construir su mito, su imagen de diosa, tal y como se representó ante sus amigos poco antes de su muerte.
Este mundo, preparado, mágico, no es único de la zona caribeña sino inherente a toda la América Latina. Y ésto fue precisamente lo que José Eustasio Rivera intuyó al escribir La Vorágine, editada en 1924, el mismo año en que aparecía El Manifiesto Surrealista de André Breton.
Las imágenes oníricas, utilizadas por Rivera, habrían de cambiar el concepto que se tenía hasta ese momento de la literatura colombiana en particular y de la latinoamericana en general. La importancia y la influencia de su obra son hoy en día innegables, sobre todo para los autores de los años 20 y 30 del siglo pasado.
Donde mejor puede observarse esta característica surrealista en La Vorágine es precisamente en la descripción que hace el autor de la naturaleza, en la que rompe con los postulados idealistas de Rousseau que hablaban de una naturaleza idílica en la cual el hombre podría vivir en perfecta armonía y en un estado de permanente felicidad. Paisaje que será tomado posteriormente por los románticos. La naturaleza vista por Rivera es, por el contrario, una fuerza destructora, avasalladora, que conduce al hombre al extravío mental y que termina engulléndolo. El verdadero protagonista de la obra no es Cova sino la selva misma. José Eustasio Rivera la transforma en una materia antropozoomorfa, dueña de una fuerza indecible, y por qué no decirlo, hasta maléfica. La naturaleza sufre un cambio profundo en la temática latinoamericana y a partir de ese momento ya no volverá a ser tratada como el escenario de fondo del Buen Salvaje roussoniano.
Sin olvidar que es una novela de denuncia social y política. El autor es testigo directo de la explotación de la Casa Arana y si bien su relato es descarnado está lejos de ser panfletario. A estas alturas Cova ya ha dejado de ser un simple intelectual urbano que se adentra en una zona jamás imaginada para conocer una realidad de miseria y explotación infrahumanas en las que las ansias de poderío superan toda esperanza de cambio o de conmiseración cristiana. Y es aquí donde Pfalzgraf va a camuflarse utilizando como artificio la piel de Cova.
“En la zona sur del Putumayo encontró a veteranos caucheros cicatrizados por la esclavitud de las compañías que los trataban de irracionales y salvajes; que con el cambio de luna y amarrados al cepo, les supuraban las heridas de los viejos latigazos propinados por los hermanos Julio César y Lizardo Arana, laceraciones que curaban con el jugo lechoso extraído del siringa o árbol de caucho después de haber sido vendidos por el temible Funes a la Peruvian Amazon Company. … Muchos aborígenes lo confundieron con un misionero de los que llevaron la evangelización, pero al saber que superaban el recuerdo de una mujer, lo condujeron a lo profundo de la manigua para que tomara las pócimas que ellos preparaban y dejaban a la luz de la luna para arrancarle la pena del corazón. La voz de que había un blanco enamorado recorriendo el sur de Colombia y que viajaba hacia el Brasil, que no era humano sino que había caído del cielo a una de las lagunas de la llanura, pasó de boca a oreja por los paisajes remotos. Le dijeron que por allí había viajado otro abatido, el poeta Arturo Cova, en busca de un amor devorado por la selva.” (Idem, pág. 218-219)
Sólo que Pfalzgraf habrá que esperar a otra jungla para ser engullido, la de cemento que le espera a su regreso a Bogotá; cuando sus pasos, guiados por el alcohol, el delirio y la soledad, lo conduzcan por los vericuetos de la calle del Cartucho.
Pero antes Carlos Arturo Aguirre se había sumergido en el alcohol y en el desvarío de un amor extraviado, perdido en las nebulosas de su memoria, oculto en los zaguanes del barrio Egipto, en las calles amadas por la lluvia y barridas por el viento. Grita su amor en cada esquina, en cada portal. No le importa que lo vean llorar por la mujer que lo abandonó cuando creía que ya nunca se iría. En ese sentido Carlos Arturo Aguirre difiere del concepto de hombría tan arraigado en la cultura machista y misógina del colombiano común y corriente. Lo que lo hace casi que un hermano gemelo de Crespi. El desamor y la pérdida de la mujer amada no los impulsa a buscar otro amor sino a abrazar literalmente a la muerte. Crespi se lanza en sus brazos, como otros lo hacen desde lo alto de un arrecife para caer en picada libre en el mar agitado; mientras que Carlos Arturo Aguirre bigardea en esa otra muerte que brinda el alcohol y que no es sino otra forma de suicidio. Como lo haría años después el amor de su hija Matilde, Pfalzgraf. Y ésto me lleva a otro asunto recurrente en su obra : la soledad.
LA SOLEDAD :
La soledad, como el amor, la muerte o el exilio, entre muchos otros temas, hacen parte de la literatura. Aparecen desde Homero, pasando por Safo y luego por Shakespeare o Cervantes o Baudelaire, hasta llegar a Virginia Woolf o Marguerite Yourcenar o Sábato o García Márquez o Philippe Roth o Amos Oz. Sin olvidar los mitos y leyendas que han existido desde la noche de los tiempos y que han sido fuente inagotable de la tradición oral de todos los pueblos y culturas. Son temas inagotables, perennes, inmutables, así la aproximación de cada autor nos los muestre de una forma diferente. Y si son eternos es porque son la esencia misma de la existencia humana. Las interrogantes que suscitan atañen a problemas metafísicos inherentes a cualquier persona; independientemente de la cultura o pueblo a la que se pertenezca.
En el caso de la Soledad, hay una frase que penetra como un puñal afilado :
“Estaba a punto de volverse retrato como los que colgaban en su sala” (Idem, pág. 117)
Es una descripción de la soledad, no la que buscamos para vivir y trabajar en paz, sino la que nos impone la vida, sumiéndonos en un túnel oscuro y aparentemente infinito. Y si digo que esta frase tiene el filo de un puñal afilado, es porque Pfalzgraf siente como va borrándose, desdibujándose en el tiempo y en el espacio, como si tuviese dificultades para ver su imagen reflejada en el espejo, como si la soledad le robase su identidad. Así como había vivido oculto por varios años en el sótano de la casa de su tío, para evitar ser una más de las sombras de los trenes sin regreso que viajaban a los campos de exterminio nazi, otra forma de borrarse a sí mismo, vuelve a ocultarse en los vericuetos del desamparo para evitar el delirio que lo acosa con el disfráz de la soledad. Sin embargo, ese delirio acabará por darle alcance años más tarde, cuando se interne ineluctablemente en las sombras de la decrepitud y de la senilidad.
Pero mientras tanto trata de hacerle frente y de no caer definitivamente es sus fauces. Y como en los tiempos de la guerra es la música la que logra mantenerlo a flote. Podría decirse que es ella, la música, su verdadera amada, y que es a través de ella que construye, que crea y recrea, que inventa a la otra, a Matilde y a Julieta-Matilde. También podría decirse que Pfalzgraf, gracias a la música, se reinventa a sí mismo para poder seguir existiendo, para no internarse aún en las brumas del olvido. Más adelante, en las nebulosas de ese olvido, podrá perder la capacidad de oir, pero nunca estará sordo a la música, su verdadera amada que simpre lo acompañará; y él la intrepretará, como si acariciase sus muslos, en intrumentos imaginarios.
Pero antes de ese momento el piano es una barca que le permite bogar por las aguas de la imaginación y poder burlar por algún tiempo al delirio que lo persigue para lanzarle la flecha del desvarío. Otras veces es su mascarón de proa que lo guía en los bancos de niebla de la desesperanza y de la soledad. No obstante, no podrá escapar nunca de ella, ya que al final el olvido, otra de las máscaras de la soledad, le nublará el presente; sobre todo cuando se acueste en la cubierta a dormir la siesta, ya no en la barca sino en la nao de Leteo.
En cuanto a Carlos Arturo Aguirre se refiere es gracias al olor que puede ir trás de las huellas de su amada y a veces inventada Baronesa.
“Tenían por costumbre reconstruir el pasado como una forma de vivirlo de nuevo. Recrearon el domingo en el Parque de los Novios cuando se dijeron a qué olía cada uno. Ella a jazmines y rosas de mayo y él a agua de colonia. No se confesaron que ese olor era parte del goce cuando pasaban sábados y domingos en la cama, jugando a no dejarse nunca. A pesar del abandono, el olor lo perseguía en los insomnios, perdía la respiración y se asfixiaba tanto que debía darse golpes en el pecho al pensar en la separación definitiva. ¡Ese olor, Dios mío, ese olor!, lo buscaba por la casa, entre el armario, en el jardín interior, en los huecos de los fogones de la estufa, en la alacena y los frascos, en las vajillas y las prendas, en la ropa de cama, en todas partes” . (La Baronesa del Circo Atayde, pág.108)
Pero es también ese olor, sumado al del alcohol, la cuerda floja en la que camina como un sonámbulo-funámbulo tratando de no caer al vacío, a la nada, que es la soledad. Sin embargo, está consciente que la cuerda siempre se rompe por la parte más delgada; y que la soledad, que lo atormenta en sus noches de pesadilla, es la constatación de la presencia éterea de su amada María Rebeca. Al menos bajo los efluvios del alcohol puede creer que si existió, que no es un invento de su mente febril o de un delirium tremends que lo lanza ineluctablemente al vacío, una y otra vez, hasta el infinito, hasta el agotamiento total. Por eso no le importa que los vecinos sientan lástima por él o lo consideren el pobre loco del barrio Egipto.
II PARTE: EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO
EL LENGUAJE :
El manejo del castellano de la parte de Jorge Eliécer Pardo es de una gran riqueza en todos los sentidos, gramatical, verbal, sintáctico. Si se habla de una fuerza descomunal en los libros de Pardo, es, precisamente, el lenguaje.
Diría que leer su obra es emprender una aventura a través del idioma; como si cada palabra, cada imagen, cada frase, fuese una nave que nos transporta al pasado, a mundos conocidos o imaginados, existentes o inexistentes, tangibles e intangibles. Pocas veces puede leerse una obra literaria con un manejo tan brillante de la lengua castellana ; al menos de la lengua que hablamos en Colombia.
Es un manejo del lenguaje como pocas veces se encuentra en la literatura.
Es impecable, limpio, rico en metáforas que nos hacen volar y caer en picada, sumergirnos en aguas turbulentas y en lagos sin olas, nos hace pisar el rocío del amanecer y viajar en el ojo del huracán.
Es avasallador por decir lo menos. Es como cabalgar en un caballo desbocado que corre por la cresta de la cordillera vadeando abismos ocultos por la bruma. Otras veces es plácido como las aguas de un lago en tiempos de verano.
Y si digo ésto es porque en la utilización de la lengua están ímplicitas múltiples características alusivas al pueblo que la habla, a su idiosincracia, a su historia, a su trayectoria sociológica y cultural. Con ésto no quiero decir que la obra de Jorge Eliécer Pardo no sea universal. Si bien parte de acontecimientos locales, éstos rápidamente se transforman en universales; por lo que todos los lectores, sin importar su lengua y cultura, pueden reconocerse a sí mismos. Su obra se convierte en una metáfora fácilmente reconocida por el lector, sin importar la situación geográfica y la cultura a la que pertenezca.
“Debajo de los cobertores Hendrik Pfalzgraf encontraba la oscuridad de su sótano en Hamburgo. El ruido del aire que entraba por los resquicios y, el insistente golpeteo de la ventana contra su marco, lo conducían al moderato del Concierto No 1 de Brahms. Tenía entre su maletín burdo las viejas partituras que conocía de memoria y que desplegaba sobre los atriles como una manera de sentirse acompañado. Pasaba las páginas en su mente buscando los mejores movimientos o escuchando, muy adentro de su laberinto, todo el concierto. (Idem, pág.” 101)
Lo que me lleva a recordar a Ernesto Sabato con una hermosa frase que Bruno le dice a Martín, si mal no recuerdo es así : -No hay nada más universal que una pareja besándose en un parque. A lo que yo agregaría : No hay nada más universal que las guerras, o el amor, o la soledad, o el delirio, o el exilio, o la evocación, o la migración. No hay nada más universal que el saudade del que hablan los portugueses y que se respira en cada página de El Pianista que llegó de Hamburgo y en La Baronesa del Circo Atayde, los libros que hacen parte de la saga El quinteto de la frágil memoria.
LA MÚSICA :
Para nadie es un secreto que el lenguaje poético es música. Y música es lo que suena en cada párrafo, en cada página de la saga de Jorge Eliécer Pardo.
Hendrik Joachim Pfalzgraf, el pianista que llegó de Hamburgo, nos lleva de la mano a través de un magnífico recorrido por la música clásica; especialmente en el triángulo en B de la música alemana: Bach, Beethoven y Brahms; como bien lo señala el autor ; pero también están los boleros de Agustín Lara. Y para Carlos Arturo Aguirre, el personaje central de La Baronesa del Circo Atayde, además de los boleros están los tangos que forman parte intrínsica de su vida.
Habría que hacer enfásis en que la música sirve como mecanismo para hacer girar la memoria, y más que memoria la evocación y la imaginación. (1)
“Creo que voy a escribirle unos versos porque la música es amor en busca de palabras… La música excava el cielo, es eco del mundo invisible” (Idem, pág. 283-284).
Leyendo la saga pensé en una idea que tuve casi a todo lo largo de la lectura de Lolita de Nabokov, no porque las obras se parezcan, sino porque para mí, por más extraño que pueda parecerles a los que han leído esta gran obra, Lolita es un personaje que solo existe en la imaginación de Humbert Humbert. Pues bien, lo mismo podría decir de Matilde Aguirre y de María Rebeca Pérez, las amadas del pianista de Hamburgo y del carpintero Aguirre. Aunque no niego la posibilidad que ellas se hayan cruzado en sus caminos en algún momento de sus vidas sin abrir las puertas a nada más.
El amor que Pfalzgraf y Aguirre construyen alrededor de ellas -sofocante, delirante-, se transforma en una pasión que las convierte en diosas, en mujeres de leyenda, en mujeres miticas; no en una sino en varias mujeres a la vez que aparecen y desaparecen en la bruma del recuerdo; que toman diferentes formas, diferentes caras, como máscaras que ocultan lo que no puede decirse, lo que no puede mostrarse, precisamente porque no hay nada que mostrar; como no sea una obsesión nacida de un ansia por encontrar a la mujer ideal, la que todo hombre desea en algún momento de su vida pero sin que ella llegue verdaderamente a compartir su lecho.
Podría enumerar mútiples parráfos que me sirvan para apuntalar esta hipótesis; pero basta con traer a colación a dos de ellos :
1. “Quiso suspender las notas en el espacio vacío de su incertidumbre, prolongarlas para que subieran por las escaleras y llegaran a ella y le dijeran cuánto la amaba. Soltó los pedales al verla en el comienzo superior de la escalera, como una aparición sagrada, transfigurada con la luz violeta que los pétalos dejaron en su entorno. Bajó sin tocar los escalones, le dio un beso en la boca, abierto y profundo. Llévame a casa. Era la primera vez que lo pedía. Siempre salía como sombra o como enamorada invisible y, una vez ganaba el andén, la ciudad era suya, sin temores. Se vistió su traje oscuro y los zapatos de charol negros con la rapidez de la nueva canción de Lara que ella adivinó en las ranuras. Parecían un daguerrotipo. Hendrik sintió que adherían en su espalda una cuerda y lo subían a una de las huellas de la pared, al clavo, para que empezara a contar su historia a los ángeles protectores o a los seres solitarios. Se agarró de Matilde y ella lo tomó por el brazo y lo llevó hasta la puerta. Cuando cerraron, aún los perseguía la voz de Agustín Lara.” (El pianista que llegó de Hamburgo, pág. 201)
2. “Creía que le agradaba. María Rebeca cerró los ojos y él supo que fingía sueño profundo. Como en los últimos años abrió una botella de aguardiente y puso la victrola en medio del patio, con los tangos que le arrancaban el alma. Deambulaba de la sala a la habitación, de la mirada insultante al disco negro y pesado de 78 rpm, de los ojos cerrados de Rebeca al amanecer colándose por la puerta abierta; los vecinos se lamentaban por el escándalo y la compasión por el hombre que se hundía en las borracheras.
El día que me quieras /la rosa que engalana,
… y la casa quedó sola. … Cerró los portones con llave y se tiró a la calle hacia la cigarrería. Mientras bajaba hasta la Carrera Séptima, el aire de la tarde y la llovizna le ayudaron a recapacitar sobre lo ocurrido. La amaba más, la deseaba más, la poseería las veces que le viniera en gana, haría valer su derecho: era su mujer. Pensó que lo recibiría sin protestas y aligeró el paso simulando sobriedad. Al regreso, el aguacero arreció y, empapado, subió hasta el barrio Egipto con la botella envuelta en una bolsa de papel. Pasó los dos portones, con erección. Al entrar en la alcoba con la imagen de Rebeca tendida boca arriba en el blanco inmaculado, encontró la cama vacía. La buscó por toda la casa golpeándose con las paredes. Miró en el interior del armario y ahí estaban sus vestidos, sus abrigos, sus capas, sus pijamas, sus calzones y brasieres, menos el sombrero de ala ancha que le regaló veintiún años antes en la sombrerería ni el abrigo de piel que jamás estrenó. Salió como demente a gritar el nombre de su fugitiva y desde las ventanas lo compadecieron aún más.” (La Baronesa del Circo Atayde, pág. 156)
Carlos Arturo Aguirre buscará a su amada María Rebeca en las letras de los boleros y del tango. Aunque sabe de antemano que su búsqueda es en vano y que su presencia es sólo una fuga permanente. Sabe también que la Baronesa del Circo Atayde es éterea y que boga gracias a los vientos y huracanes que despejan los caminos por donde transitan los hombres que la desean encerrar en una casa y ponerla al cuidado de los hijos.
PERSONAJES MÍTICOS:
María Rebeca en realidad es el origen del universo, no el del dios de los judeocristianos sino el Big-Bang, esa inmensa explosión de la que surgió la galaxia en la que habitamos:
“Se abría la caja. Emergía el primer llanto, aliento primigenio, sin aceptarlo o negarlo, la alumbre descubría, pequeña cabeza. ¿Dónde está su padre? ¿La madre asexuada? . En ese lugar y en todos destinada al ciclo perverso de la muerte… Penetró la remembranza del gran ruido…” (Idem, pág. 27).
Jorge Eliécer Pardo nos lo cuenta desde los mitos cosmogónicos, aliento primigenio, que debió haber estallado durante milenios en un ruido ensordecedor que finalmente parió el universo que habitamos y terminó creando la vida que nos rodea. Pero como toda vida, creó también la finitud, la muerte. Para que algo exista, y esté completo, obligatoriamente tiene que existir su contrario; de otra forma sería la Nada, le Néant, el vacío sideral.
María Rebeca también nos remonta a Lilith, del vocablo hebreo lil, que significa aire, viento, espíritu. Recuérdese que el aliento es aire y es viento que genera vida, su ausencia es la muerte. Posteriormente lil dio origen a Laila, la noche. Por algo Lilith es considerada en el folclor hebreo como el espíritu que copula con los súcubos y además es la causante de las poluciones nocturnas de los hombres. En realidad Lilith es una figura mítica que se remonta a la cultura mesopotámica, como lo es una gran parte del Antiguo Testamento. (2)
“El sexo los unió en profundas entregas a campo abierto mientras recorrían el nirvana. La arropaba con el cuerpo avasallante. Cuando María Rebeca quiso cubrirlo con el suyo, se lo prohibió. … Planeó su fuga. La humillación de la postura del misionero no la soportaría, así fuera su primer hombre.” (Idem, pág. 91)
Este párrafo me recuerda el libro En nombre de Lilith (Colección Las Ofrendas. Escuela de Estudios Universitarios. Universidad del Valle, 2011), de la poeta Martha Patricia Meza:
“Olvidaste que fuimos hechos de polvo cósmico, somos iguales. ¿En qué momento comenzaste a posar de pavo real, mientras la humanidad se hundía en el lodo y la guerra y la miseria?”
Lilith, movimiento perpetuo, creación perpetua, eterno devenir. Debe ser por eso que la consideran malévola, a veces es una criatura de la noche o una lechuza. Lilith la rebelde, la que no se doblega ante nadie, ni siquiera ante el amor; por eso ha sido condenada al ostracismo y al olvido. No hay que olvidar que existió antes que Eva.
Y una de las tantas hijas de Lilith es Antígona:
“… emprendió la aventura encerrada en su cofre-sarcógafo. María Rebeca, en el devenir, el silencio, encontró una manera no de morir, sino de sobrevivir.
“Al ser izada con la cuerda, en medio del aire entre la claraboya y el piso, círculo de arena sin malla protectora, supendida, antes de las miles de vueltas que la alejan del pasado odioso, se da cuenta, en el balanceo, de que su presente, el olvido y el perdón, se convertía en remolino donde sus acciones se volvían justas, repetidas. (Idem, pág. 120)
Antígona, digna hija de Lilith, antes de ser sepultada en vida, prefiere ahorcarse, tal y como lo habían hecho Artemisa y Erígone en los mitos mesopotámicos. Sin olvidar a Ariadna ahorcándose de un árbol, al menos en una de las variantes del mito.
Antígona no se arredra ante el poder de Creonte, su tío, que quiere vejarla, humillarla más allá de lo indecible.
Pero antes había logrado:
(llegar) “hasta los huesos, espina dorsal, daga dórica.” (Idem, pág. 120)
No hay que olvidar que el cuerpo de su hermano Polinices fue dejado en las afueras de Tebas, a la intemperie, para que los cuervos y los perros se dieran un festín. Y es que la mayoría de los pueblos del mundo han hecho de la muerte un ritual que incluye la sepultura de sus seres queridos. Cuando este ritual no se hace, no sólo es una afrenta al muerto sino a todo su linaje. Cuando se desconoce el lugar donde reposan el cuerpo que se ama no puede hacerse el duelo. Esa es la gran tragedia de Esquilo que sigue repitiéndose hasta el infinito. Los desaparecidos son un ejemplo de este mito. Las Madres de Mayo dicen que la peor tortura de la dictadura aún no termina; ya que cuando se levantan tienen la esperanza que en cualquier momento va a sonar el timbre y que una vez abierta la puerta van a abrazar al hijo perdido. A medida que avanza el día la esperanza comienza a diluirse y con la llegada de la noche, regresan las lágrimas nunca vertidas ante una tumba. Ese es el drama de miles de mujeres colombianas ante el horror de la guerra que hemos vivido en los últimos sesenta años. Somos eternas Antígonas en busca de los huesos a los que debemos dar sepultura.
Y luego está Medea. La que traiciona a su pueblo y huye siguiendo las huellas del amado que habrá de abandonarla cuando ya no la necesite. Recordemos que Medea aparecerá siglos después en otro territorio y hablando otra lengua, ya no griego sino náhuatl; me refiero a Malintzin, mas conocida como La Malinche o La Lengua de Cortés; al menos en la leyenda negra que se ha construído en torno a este personaje bastante controvertido.
…“te he dado más de lo que he recibido.” (Idem, pág 166)
Cuando en realidad era ella la que había dado todo, sin recibir nada a cambio.
“A pesar de que creía morir sin él, se dio cuenta de que el amor es un invento de quien lo desea.” (Idem, pág. 166)
Medea, la eterna exiliada, huye en la cresta de las centurias:
“Ella buscaría el olvido y la paz sin lograrlo. Fenecía su descendencia, libre de lazos, libre de opresiones, de amor maternal, fría para su nuevo viaje hacia la tierra que jamás la olvidó.” (idem, pág. 166)
Pero antes de La Malinche está Ariadna. En la versión más conocida del mito, ella había traicionado a su pueblo para seguir a Teseo y luego ser abandonada por él cuando ya no le era útil.
Y por supuesto está Penélope. La eterna tejedora de vocablos, de historias; no en vano Sherezada es una de sus caras pupilas.
“El ovillo retorna al arcón y la respuesta queda en el aire, allí, donde dejó las voces. Texo, tejido, textus, palabras“. (Idem, pág. 188)
Y antes puede leerse:
“Recogida, madeja humana, armada de dos agujas afiladas… Desde los trapecios, las vigas y la claraboya, bajan los hombres a asediarla para lograr sus encantos. En el descenso la ven cubierta por la urdimbre y, al llegar al círculo de arena, La Baronesa ha descosido la capa para quedar expuesta. Ellos no soportan tanta belleza… No cree en la fidelidad de los pretendientes, menos en su propia castidad. Su manta, como sus sueños e ilusiones, mueren una y mil veces en la desnudez.” (Idem, pág, 187).
La frase Ellos no soportan tanta belleza me hace pensar en uno de los juicios más famosos de la historia; el de Friné. La hermosa hetaira que sirvió de modelo para La Venus de Cnido de Praxiteles. Friné es procesada por impiedad y por haber violado los misterios eleusinos; posiblemente las dos grandes transgresiones en el mundo griego; algo parecido a la acusación que le hicieron a Sócrates. La leyenda dice que el acusador era un antiguo amante que no aceptaba que ella lo hubiese abandonado; en otras palabras no soportaba que tanta belleza ya no fuese de él. El orador Hipérides hace una defensa bastante original. En vez de utilizar su famoso verbo decide quitarle su túnica. Ante su desnudez los jueces entendieron que una belleza así era un tributo a la diosa Afrodita y que por fuerza tenía que pertenecerles a todos; a lo mejor esa fue la verdadera razón por la que no la condenaron a una muerte segura. Los ojos lascivos de esos hombres finalmente le preservaron la vida. Este episodio fue representado por Jean-Léon Gérôme, Friné ante el aerópago (1861).
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1. Recordemos que María Moliner, al hablar de evocacion, dice lo siguiente : 1. Tr. Invocar a las almas de los muertos. 2. Representarse a alguien en la imaginación para sí mismo, o describirlo o representarlo para otros, algo que ocurrió en tiempos pasados.
2. Para entender un poco más este enunciado puede leerse El Folklor en La Biblia, de Georges Frazer
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III parte: http://blogs.elespectador.com/elhilodeariadna/2016/01/12/iii-parte-el-puzzle-de-la-historia-o-el-aroma-a-tropico-de-jorge-eliecer-pardo/
sábado, 9 de enero de 2016
PRIMERA PARTE: EL PUZZLE DE LA HISTORIA O EL AROMA A TRÓPICO DE JORGE ELIÉCER PARDO
Nota: El resumen de esta ensayo de largo aliento fue publicado inicialmente por El Magazín del diario El Espectador en el mes de septiembre de 2015, hoy les presento la primera parte de un total de cinco.
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A MODO DE INTRODUCCIÓN : UN REPASO POR LA HISTORIA RECIENTE :
Nunca he creído que América Latina en general, y Colombia en particular, haya estado por fuera de los dos grandes conflictos bélicos del siglo XX, como tampoco estuvo por fuera de la Gran Depresión de Estados Unidos. Esta última fue una sombra siniestra sobre mi familia. Mi madre, que había nacido en 1924, tuvo a la edad de tres años una ostiomelitis que la postró en cama durante cuatro largos años. Mi abuelo, al igual que la mayoría de la gente de su época, era un agricultor y ganadero, así que para poder hacer frente a su enfermedad perdió lo que tenía. A partir de 1929-1930 vendía las vacas a $5 y encimaba el ternero. Nunca más pudo recuperarse del todo. La Gran Depresión dejó una huella indeleble en la economía familiar.
En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, habría que recordar que muchos alemanes se exiliaron en varias ciudades de Colombia, Manizales entre ellas. Así que yo crecí con hijos de alemanes que habían participado en esa pesadilla o que habían huído del conflicto bélico o de la posguerra. Incluso mi hijo es nieto de uno de los jóvenes que tuvieron que enlistarse en las filas de Hitler sin entender muy bien porque debían tomar las armas y su tío abuelo pereció en los campos de batalla sin haber conocido al vástago que estaba por llegar al mundo; a un nuevo mundo que será recordado siempre como el del exterminio judío. El que comenzó con La noche de los Cristales Rotos :
La persecución se acrecentó cuando un joven judío polaco —Herschel Grynzapan— de diecisiete años, llegó a la embajada alemana en París y pidió hablar con el embajador. En su lugar lo recibió Ernest von Rath, tercer secretario. El muchacho buscaba vengar a su padre —uno de los dieciocho mil judíos alemanes deportados a Polonia días antes— y asesinó al diplomático. El hecho enervó a Hitler: ciento diecinueve sinagogas fueron incendiadas, setenta y seis destruidas, siete mil quinientos negocios de judíos saqueados, veinte judíos detenidos y treinta y seis fusilados. En La Noche de los Cristales Rotos —como se conoció la venganza— el valor de los vidrios destrozados se calculó en cinco millones de marcos. (El pianista que llegó de Hamburgo, Jorge Eliécer Pardo, Editorial Cangrejo, 2012, pág. 22)
Al leer este episodio pensé inevitablemente en Charlotte de David Foenkinos, Premio Renaudot y Premio Goncourt de Lycéens 2014. En su libro relata que también fueron quemadas las barbas y trenzas de los judíos ortodoxos. Una forma de borrar su existencia, su cultura, sus creencias religiosas. Una forma de sembrar la humillación, el desamparo y el miedo que habría de reinar en Europa en los siguientes siete años.
El desenfreno es total.
Es así como tiene lugar la Noche de los Cristales.
Del 9 al 10 de noviembre de 1938.
Los cementerios son profanados.
Los bienes (de los judíos) son reducidos a la nada.
Miles de (sus) almacenes desvalijados.
Se obliga a muchos a cantar delante de las sinagogas a las que se ha prendido fuego.
A algunos les queman sus barbas.
A otros, rehenes en sus propios teatros, los golpean hasta matarlos.
Los cadáveres semejan basura.
Miles de hombres son internados en los campos
Miles.
Uno de ellos es el padre de Charlotte.
(Charlotte, de David Foenkinos, pág. 117, Edit. Gallimard,2014. Traducción libre de la autora del artículo).
Y por supuesto están los campos de concentración, Jorge Eliécer Pardo nos lo narra así:
Los amigos de la familia decidieron quedarse, sus propiedades y dinero estaban perdidos y en sus brazos —por obligación— lucían la estrella de David para ser identificados por los alemanes puros. El exterminio se agrandó después de los dos atentados al Führer y muchos fueron presos en guetos, con muros rematados por alambradas de púas. Se morían lentamente, hacinados —trece personas por habitación— entre el hedor insoportable de sus propias heces mientras aguardaban el turno de ser conducidos a las duchas. (Idem, pág.23)
Los campos de la ignominia, los campos de exterminio, los que nos hacen mirarnos al espejo, no sólo como la especie que ha creado la cúpula de Brunelleschi, sino que hemos abierto literalmente las puertas del infierno de Rodin y de Camille Claudel, aunque antes hubiésemos contemplado desde lejos las del paraíso de Ghiberti. Por lo que inevitablemente pienso en Primo Levi, en Jorge Semprún, en Herta Müller, en Katja Kettu, en Katya Petrowskaja o en Clara Schoenborn, y la lista podría continuar .
Jorge Semprún recuerda así su paso por Buchenwald:
Es el silencio del bosque el que tanto os extraña. … No, no es el silencio… no habían oído el silencio…
Se acabaron los pájaros… El humo del crematorio los ha ahuyentado… nunca hay pájaros en este bosque…
Escuchan, atentos, tratando de comprender.
- ¡El olor a carne quemada, eso es !
Se sobresaltan, se miran unos a otros. Con un malestar casi palpable. Una especie de hipido, de naúsea. (La escritura o la vida. Jorge Semprún. Fábula Tusquets Editores. 6a edición. 2013. Pág. 17).
Y es que nadie que no haya estado en un campo de extermino nazi puede imaginar siquiera el olor del que habla Semprún. El olor de los hornos crematorios es el olor que había hecho huir a los pájaros. Semprún hace del olor una especie de hilo conductor de su obra. Habla de los olores en las barracas, el olor de los prisioneros, habla de su propio olor, pegado a él como la muerte misma con la que se cruzó durante su cautiverio; me refiero a su estadía en el infierno de Buchenwald.
Este infierno de olor a carne humana quemada aparece en Los oficios en clave de Atenea, de la colombiana de origen judío-alemán Clara Schoenborn (Premio Nacional de Poesía Ediciones Embalaje-Museo Rayo, 2011), ese olor y esa pesadilla aparecen en versos dispersos en diferentes poemas, lo que me ha permitido recrear un nuevo poema:
Tanto puño contenido
en tu cementerio de embriones (Poema Revolucionaria)
Sólo yo conozco
esa antigua fundición de cadáveres (Poema Guerrera)
Es mi arco un prisionero
obligado a ser verdugo
a esparcir su metalurgia
entre golpes de muerte (Poema Cazadora)
En los jugos de esta muerte voy a revivir (Poema Amante)
Para exorcizar en ellos (ellas)
mi propia muerte (Poema Guerrera)
y por ello se hace más denso
el silencio del mundo (Poema Cazadora)
(Los oficios en clave de Atenea. Clara Schoenborn. Apidama Ediciones. Bogotá. 2013).
Aún Clara Schoenborn, sin haber sido testigo directo de los campos de exterminio, intuyó que el canto de los pájaros había desaparecido del paisaje fracturado por los hornos crematorios. Como si ese olor nauseabundo tuviese su propia memoria y navegase en el tiempo y de generación en generación.
Y Jorge Semprún, al recordar el paso de la muerte por el campo de concentración, nos dice :
Desde hace dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejos en Buchenwald. (Jorge Semprún, op. cit. pág. 15).
Y más adelante :
Dos años de eternidad glacial, de intolerable muerte me separaban de mí mismo.¿Volvería a mí algún día ? ¿A la inocencia, cualquiera que fuera el afán de vivir, de la presencia tranasparente a uno mismo ? ¿Sería para siempre jamás ese otro ser que había atravesado la muerte, que se había alimentado de ella, que se había deshecho en ella, evaporado, perdido ? (Idem, pág. 121)
Este párrafo me hace pensar en una frase de Herta Müller que leí hace algunos meses :
De qué vas a avergonzarte cuando careces de cuerpo (Todo lo que tengo lo llevo conmigo. ePUB, pág 370).
Una frase que busca desentrañar los infiernos personales de los prisioneros de los campos de concentración y como sus victimarios trataron de borrar, de aniquilar sus vidas. En este caso se trata del drama del poeta Oskar Pastior y de otros prisioneros a los que Herta Müller entrevistó y que le contaron la vida dentro del campo de trabajo forzado, esta vez bajo la ordenes de los rusos.
A esa gran insania, la de los campos de contración y exterminio nazi, hay que sumarle otra de la que raramente se habla : Los Niños de Lebensborn (Fuente de vida) al que hace alusión Jorge Eliécer Pardo con su libro El pianista que llegó de Hamburgo :
...mi hija Laura, se diluye en la neblina espesa. Se la llevan unos hombres indefinidos, con uniformes de casacas y gabanes grises que, entre el claroscuro, dan la espalda. Detrás de la cortina densa están los niños de Lebensborn, en el castillo donde crecen los hijos de Hitler, los pequeños engendrados por soldados nazis, rubios, de ojos azules y de más de un metro con setenta de estatura. Laura camina hacia el bosque, voltea la cabeza y me mira, como suplicando el rescate, en este solsticio de invierno. Como miles de niños de Polonia, Checoslovaquia y Francia, es secuestrada para que forme parte de la guardia pretoriana del Führer. No soy un músico de Hamburgo sino un oficial al que le entregan varias alemanas para que preñe y devuelva al Reich cuatro hijos de los cuatrocientos mil hombres y mujeres que gobernarán el mundo. … Himmler firma los papeles que le trajeron: L343-38, el número que le asignan para el futuro. Los experimentos dan sus resultados y los padres no volveremos a ver a los pequeños de Lebensborn. Entregan a mi niña el anillo con la calavera como símbolo y lealtad al Führer: obediencia, fraternidad y camaradería. La cabeza de la muerte que recordará a Laura que se halla lista para sacrificar su existencia en cualquier momento, por el bien de la raza germánica. La insignia la sacan del santuario secreto, del castillo de Himmler, en Wewelsburg, herencia de uno de los oficiales de la vieja guardia, muerto en combate. Los ojos celestes de ella se desvanecen entre mis lágrimas. (El pianista que llegó de Hamburgo, pág. 131-132)
Un drama poco conocido, al menos yo sólo vine a saber de él gracias a Nancy Huston y su libro Marcas de Nacimiento (Premio Fémina 2006). Entre 1940 y 1945 los Nazis llevaron a cabo un vasto programa de germanización o arianización. Hasta aquí es algo sabido por todos nosotros, lo que yo ignoraba es que bajo las órdenes directas de Heinrich Himmler más de doscientos mil niños de todas las edades fueron literalmente secuestrados en sus países de origen: Polonia, Ucrania y los Países Bálticos, con el fin de suplir las pérdidas humanas de la guerra. Los niños más pequeños eran llevados a unos centros considerados como granjas de cría y de allí pasaban a vivir con familias alemanas que los criaban como si fuesen propios. Los niños que habían iniciado la etapa escolar eran conducidos directamente a centros especiales donde se les educaba bajo los preceptos arios. Una vez terminada la guerra se crea la UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration), cuyo objetivo principal era buscar a los niños raptados por los nazis. Solamente cuarentamil lograron ser restituidos a sus familias de origen.
Algo similar ocurrió en Polonia, donde dos mil quinientos niños del ghetto de Varsovia fueron separados de sus familias y posteriormente dados en adopción a familias católicas polacas. La gran diferencia es que los niños no fueron robados a sus familias, sino que éstas consintieron en entregarlos voluntariamente. Los progenitores estaban conscientes que era la única forma de preservarles la vida. Detrás de tamaña empresa estaba una trabajadora social, Irena Sendler (Polonia - 1910-2008).
Desafortunadamente este programa de desaparición forzada no fue el único que se dio en Europa. Me refiero al caso de los niños desaparecidos en los años que siguieron a la Guerra Civil Española. Durante los años de 1939 a 1949, miles de niños, hijos de padres y madres republicanos, fueron dados en adopción a familias con nexos falangistas, o bien internados en hospicios públicos. Muchos de ellos no solamente nunca regresaron con sus familias biológicas sino que aún hoy en día no saben la verdad sobre sus orígenes. Durante la época franquista se consideraba a los republicanos como una especie diferente y cruel por naturaleza.
Y en esta idea del mal republicano quien llevaba la peor parte era la mujer. Se hablaba incluso de la crueldad femenina, que era acentuada si la mujer participaba en política. La idea de darlos en adopción a familias adictas al régimen de Franco era poder educar a los niños bajo los preceptos falangistas; al mismo tiempo que borraban toda huella que pudiese llevar a la identificación del niño robado. Este delito no prescribe, así Franco haya muerto, y se le considera crimen de lesa humanidad. España, en su recuperación de la memoria histórica, ha emprendido una tarea ardua, difícil y encomiable, en pro de los Derechos Humanos; aunque no hay que olvidar las múltiples trabas que han puesto los bandos de los dos extremos para que la verdad no salga a la luz. En la época de la dictadura franquista había una copla que decía más o menos así: Se me ha perdido un niño en el fondo del jardín/ he encontrado un niño en el fondo del jardín.
Este programa perverso inevitablemente me hace pensar en los niños robados por la dictadura argentina, con el cruel objetivo de darlos en adopción a las familias de los victimarios de sus propios padres; es decir, los hijos de los detenidos-desaparecidos. Las Madres de la Plaza de Mayo han logrado encontrar a algunos de ellos, pero aún quedan otros muchos en manos de las familias victimarias o familias con nexos cercanos a la dictadura. La Asociación de las Madres de la Plaza de Mayo (abuelas de los niños en cuestión), estima que alrededor de quinientos niños habrían sido robados a sus padres legítimos y dados en adopción. Hasta el momento han sido recuperados alrededor de ciento nueve niños, en un programa sin precedentes por el restablecimiento de la verdad, la búsqueda de la identidad y de la reconstrucción histórica; pero sobre todo en un arduo trabajo de reivindicación y respeto a los Derechos Humanos.
Y en Chile están los niños robados a sus madres durante dos décadas, las de los 70 y 80 del siglo pasado, durante la férula que significó la dictadura de Pinochet. Con el agravante que apenas se comienza a develar este oscuro episodio histórico. Como en el caso español se desconoce cuantos niños pudieron haber sido víctimas de adopciones ilegales, no se sabe si fueron cientos o miles. Uno de los principales culpables de este delito atroz es el sacerdote católico Gerardo Joannon, de la Consagración de los Sagrados Corazones. Por supuesto que él no actuó solo, lo hizo en connivencia con hospitales, enfermeras, trabajadoras sociales; es decir apoyado y protegido por el Estado. Aún sigue sin ser juzgado.
Por otra parte, Colombia no fue ajena a los campos de concentración. Recuérdese que durante dos largos años decidió internar a las colonias japonesa, italiana y a la alemana; y aunque aparentemente el trato fue bueno, la realidad es que estaban encerrados como si fuesen criminales. Esto sin contar que les prohibió toda posibilidad de tener un trabajo digno y por ende la posibilidad de mejorar su economía familiar y grupal. Este episodio histórico fue llevado al cine por Carlos Palau, una pequeña joya del cine colombiano, tal vez la única, así algunos digan que esta película pudo haber sido mejor, que le faltó dramatismo, que la fotografía le roba protagonismo a los actores que son demasiado estáticos, me refiero a Sueño en el Paraíso (2007). Cinta que me hizo pensar en Akira Kurosawa, no en vano Palau vivió varios años en Japón y es un gran admirador de la cultura nipona. También recordé el libro Cuando el emperador era un dios (2002) de Julie Otsuka (Premio Fémina Extranjero 2012, con la obra Algunas no habían visto nunca el mar), el cual narra la vida en el campo de concentración que Estados Unidos construyó para mantener prisionera a la colonia japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Es de anotar que la gran mayoría de hombres y mujeres llevaban años trabajando en dicho país y que sus hijos habían nacido en suelo estadounidense; ellos también tuvieron que vivir durante dos largos años en los campos de la ignominia. Al salir lo habían perdido todo.
Hendrik buscó al señor Massi. Le dijo que si la bella y delgada Magdalena era su hija, fuera a presentarse porque lo estaban buscando para recluirlo en uno de los campos de concentración que organizó el estado colombiano para los amigos de Hitler y Mussolini. Explicó, sin importarle, que salió de Hamburgo huyendo de la guerra y que no era más que un ex patriado que pretendía esconderse del exterminio. No dijo más, tenía dignidad y el silencio de la música. (Idem, pág. 87)
Terminada la guerra, Colombia tuvo una política antisemita al cerrarle la puerta a cientos de judíos que clamaban por un país que los recibiera después de conocerse la barbarie de los campos de concentración y de exterminio nazi. Algunos de ellos pudieron llegar a Barranquilla y migrar luego a diferentes regiones donde formaron familias; la mayoría de ellos con colombianas ajenas al odio que la sociedad occidental había alimentado en contra de su pueblo.
Luis López de Mesa … escribió en una circular que el gobierno consideraba a los cinco mil judíos establecidos un porcentaje insuperable. Pedía a los cónsules que pusieran las trabas posibles al visado de nuevos pasaportes para impedir el ingreso de judíos, rumanos, polacos, checos, búlgaros, rusos, italianos. Afirmaba además, que estos personajes llegaban a los puertos en tal grado de miseria que carecían de los centavos necesarios para el pago del timbre nacional y del transporte al lugar de destino, aumentando el número de desocupados que se dedicaban a negocios ilícitos o de ilícita operación. Hacía énfasis en que los judíos que abandonaban Alemania perdían su identidad, adquirían la condición de apátridas y que para dejar de serlo solicitaban la nacionalidad y que Colombia no estaba en condiciones de aceptarlos. Cuando la Unión Panamericana exigió la entrada de refugiados, López de Mesa dijo que sí lo harían si se trataba de inmigrantes de buena índole racial y moral, porque los judíos tenían una orientación parasitaria de la vida. (Idem, pág. 27)
Muchos de esos alemanes, japoneses o judíos, que creían haber escapado a las garras del delirio, fueron atrapados más tarde por la vesania que significó La Guerra Civil Colombiana, más conocida como la época de la violencia, que se desató después del fatidico 8 de abril de 1948 cuando asesinaron a Gaitán. La pugna fratricida por el poder, que enfrentó a liberales y conservadores, sembraría las semillas de la violencia que hemos vivido en los últimos sesenta años. Aunque sería más honesto decir que han vivido las comunidades campesinas, negras e indígenas; sin olvidar a las clases populares que habitan en los cinturones de miseria o en los barrios más desfavorecidos de las principales ciudades colombianas. Los ciudadanos de las clases media y alta hemos sido más bien espectadores de un conflicto que nos negamos a reconocer; y los que han sabido de su existencia es porque de una u otra forma han sido copartícipes de este inmenso río de sangre que no ha dejado de correr. Me refiero a los ganaderos y terranientes; así como muchos empresarios. El eterno y nunca solucionado problema de la tenencia de tierras en Colombia. Una gran cicatriz que no hemos podido cerrar del todo. Cada vez que lo intentamos la herida se hace más y más grande. Por otra parte, hay que recordar los campos de concentración de las FARC, y ésto en fechas bastante recientes. Una forma de perpetuar los campos de concentración de Stalin una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial; recuérdese que Buchenwald funcionó hasta 1950, ya no bajo las órdenes de los nazis sino de los comunistas. La ignominia de las FARC corrobora que en la guerra el hombre alcanzan límites indescriptibles de horror y que olvida que sus prisioneros son seres humanos.
Pues bien, es este eterno conflicto humano, el de la guerra, el tema central de la obra de Jorge Eliécer Pardo. Es la columna vertebral de sus dos últimas obras, El pianista que llegó de Hamburgo y La Baronesa del Circo Atayde, que hacen parte, a su vez, de la saga El Quinteto de la frágil memoria. Una obra monumental en la que ha estado inmerso en los últimos veinte años, pero que en realidad abarca toda su existencia.
Por lo general los lectores no avezados suelen ignorar que una obra literaria no se gesta de un día para otro. Podría decirse que se gesta desde antes incluso del nacimiento del escritor. Lo digo porque hay multiples causas y eventos de toda índole que influyen en la creación literaria; ésto también es válido para la creación artística. Y en una novela histórica este ingrediente es una verdad de a puño.
Suelo decir que los escritores nos alimentamos de todo lo que vemos en la calle, de todo lo que escuchamos, de las experiencias de los otros, de las lecturas que hacemos; entre muchos otros ingredientes que nos nutren a todo lo largo de nuestra existencia y que van tomando forma a medida que emprendemos el oficio de escribir.
Y si alguien sabe de lo que hablo es precisamente Jorge Eliécer Pardo. Su obra desentraña más de cien años de la historia reciente de Europa y de Colombia. Es un viaje en el que el pasado se hace contemporáneo del lector. Una soberbia lección de historia. Sobre todo en un país donde la hemos vilipendiado y convertido en el trapo con el que limpiamos la basura que no queremos que vean los vecinos.
Y es que los colombianos nos hemos puesto una venda en los ojos para no vernos en el espejo y tener que enfrentar nuestros propios fantasmas, nuestros propios demonios; esos que nos despiertan todos los días con un nuevo atentado, un nuevo asesinato, una nueva masacre. Porque hasta las palabras las hemos ido disfrazando, para que pierdan peso y valor, para que no sean nominativas, para que no nombren, para que oculten en vez de mostrar. Es el caso de la palabra masacre. ¿Cuántas han habido en Colombia en los ultimos cincuenta años? En realidad es un genocidio, pero le tememos a esa palabra; no le tememos a otra de grueso calibre, pero decir genocidio, es algo que debe callarse a como dé lugar. -¡Eso no ocurre en nuestro país ! ¡Si aquí ni siquiera hay un enfrentamiento armado !, diría Álvaro Uribe Vélez. Y con respecto a los cerca de cuatro millones de desplazados, su fiel seguidor José Obdulio Gaviria, el mismo que se considera a sí mismo filósofo y sociólogo, los llama : Migrantes.
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